domingo, 19 de diciembre de 2010

Atom Rhumba

Creo que nos complace jugar a buscar indicios de cómo nos hacemos mayores. Llevamos siglos cometiendo los mismos errores, y no vamos a parar ahora. Ésta es una larga tradición universal que nos pone a todos en el mismo lugar. Envejecer es un proceso apenas aprehensible hasta que no es demasiado tarde. Nos regodeamos buscando nuestra propia y paulatina decadencia, haciéndonos creer que partimos de un sitio muy muy alto, cuando en lugar de caer, quizás lo que estemos haciendo es dar un salto hacia arriba.
Pues sí, uno de esos indicios es cuando, camino de un concierto, ocupas los momentos de silencio en el metro para pensar en esas memeces.
Antes todo parecía que era excitación. La electricidad expectante parecía venir sumada al precio de la entrada junto con el iva. Pero ahora ya no. Vas pensando primero en cuánta gente va a haber, en lo que te va a costar aguantar los pisotones, las cabezas que se mueven, los cigarrillos que se exhalan sobre tu coronilla. ¿No es un buen indicio?
Y aún así, en una tarde fría, escondes el cuello dentro del abrigo, y cruzas los jardines de Albia dejándote llevar por la inercia.
No sé cuántas veces hemos visto en directo a Atom Rhumba.
Recordamos una, en fiestas de Ondarroa, cuando el recinto de txoznas contaba solo con unas diez personas extraviadas que habían venido específicamente a ver el concierto, el resto celebraba las fiestas patronales. Nosotros dos estábamos entre la escasa decena.
La de ayer no pasa por ser una noche más. Quizás para ellos fuera un concierto más, aunque a mí me sonaran distintos, mucho más compactos y contundentes. Pero está claro que eso es culpa mía, es que me estoy haciendo viejo.
Y quizás porque me estoy haciendo viejo, o quizás porque es así, el último disco de Atom Rhumba lo he disfrutado a pedazos. Si antes las canciones eran rotundas, ahora las deconstruyes, como un cocinero moderno, y empiezas a tamizarlas como si en un único gesto te alegraras al mismo tiempo por encontrar pepitas de oro y gozaras con el barro que se queda en la superficie del cedazo (aquí podría haber hecho un chiste malísimo con esa última palabra, ¿verdad?). Quizás por eso mi canción preferida es “Heart on Parole” si tengo que elegir una. El matrimonio beatleiano entre las guitarras de Irazoki y Rober! me han hecho pensar en el adulterio. La busco una y otra vez en el ipod y cuando la encuentro, me quedo mirando el cedazo con un pie metido en el American River y el otro en el Nervión.
Y ya no sé qué más decir. Éste es el tercer párrafo que empiezo con una conjunción. Me hago mayor. Viejo. ¿Cuento cómo fue el concierto? Para qué. Hay crónicas a mansalva y porlafeis en la red. Escritas por gente que entiende más que yo. Yo me conformo con acostumbrarme a la extraña sensación que me dejó el concierto cuando salí de allí: algo me decía que había disfrutado, pero no sentía esa energía instantánea y perecedera, casi física, como un latigazo de entusiasmo efervescente, que he sentido tantas otras veces al terminar un concierto. Todo lo que sentía era templaza y sosiego, sin iluminaciones o frenesí. En lugar de esa fogosidad, una certeza complaciente y constante: ésa es la música que quería oír, y me consuela pensar que esta vez no será efímero, porque me hago viejo, y algo tiene que tener de bueno hacerlo, ¿no?
“Heart on Parole”, vamos.