viernes, 28 de octubre de 2011

El tío Tupelo vuelve a casa

Cuando llegué al colegio, tenía esta nota sobre mi mesa: hoy a las cuatro, en la casa de la profesora Glawe, no puedes faltar, solo que estaba en inglés, y no le hice caso.
Volví a casa andando porque hacía un día soleado pero frío. Llevaba la chamarra colgada del hombro y la camisa seguía por debajo del jersey. Cuando dejé atrás la sombra del colegio, me encendí un cigarro, me puse los cascos y como siempre he sido afortunado, sonó esto:

Ya no me importaba que me vieran fumar, me iba. Pero nadie me veía porque nadie había allí. Todos estaban detrás de las ventanas, detrás de las cortinas echadas y no me importaba, me iba. Jugaba a elegir la casa que más me gustaba, a pisar el verde de los jardines, a oler quién estaba haciendo la colada, paraba para mirar atrás y el camino no se me hacía largo, ya lo había caminado. Me iba.
Llegué a casa y no había nadie. Bajé al sotano. En mi habitación, en el suelo, la maleta abierta, todas las cosas dentro, las paredes vacías, la cama hecha, la luz entrando por la ventana y un par de libros sobre la almohada. Los cogí. Recordé que tenía que devolverlos. Justo oí la puerta en el piso de arriba. Subí las escaleras con prisa.
- ¿Qué haces aún aquí?
Alan miraba los libros. Yo también los miré. Se los tendí, mientras veía cómo se quitaba la bufanda, el abrigo; mientras resultaba que, por un momento, quizás porque me iba, me di cuenta de que medía dos metros y pesaba más de cien kilos.
Sonrió y cogió los libros.
- ¿Los leíste?
Mentí que sí con la cabeza mientras le devolvía la sonrisa.
- ¿Te acuerdas de lo de la casa de la profesora Glawe?
- ¡La nota!
- No puedes faltar. En quince minutos, tío... Yo tengo que hacer antes algo, voy a casa de los Jensen, te veo allí.
- Ok.
Bajé las escaleras corriendo. Me desnudé corriendo. Cogí una toalla corriendo y encendí el portátil, lo llevé al baño, elegí una canción. Siempre he sido afortunado, porque cuando salí de la ducha, frente al espejo empañado, la canción que sonaba era ésta:

Veinte minutos después llamaba a la puerta. La señorita Glawe me sonreía, pero yo tenía fija la mirada en su perfecta y decolorada permanente. La seguí por un laberinto enmoquetado, me asusté con los autorretratos enmarcados, los barrocos gatos de cristal, los muebles de bonanza. La moqueta nunca lleva al país de Alicia, y nos dejó en una habitación donde entré entre aplausos. Enrojecí, de vergüenza, casi de vergüenza ajena. Allí estaban todas, con sus manos huesudas, sus cabelleras de rizo tieso, sus sonrisas legañosas, sus caricias del midwest, dulces y frías como una enorme y alcanforada tarta de calabaza. La señorita Sorensen me abrazó, la señorita Jensen me besó en las dos mejillas, la profesora Christensen me apretó, la profesora Eggsphueler mantuvo una distancia que agradecí y Alan me guiñó un ojo. Me senté. Me preguntaron. Corrieron rápido los primeros diez minutos y cada uno comenzó a compartir sus propias conversaciones mientras la señorita Glawe, que ya pasó a llamarse Stephanie, empezaba el escandaloso espectáculo de viandas festivas del medio oeste. Con una cabeza de brocoli cruda apunto de bañarla en una salsa de jalapeños, me pillaron por sorpresa al grito de démosle ya los regalos de despedida. Me iba.
Abrí el primero, entre espectantes e indescriptibles sonidos guturales que hacían las veces de onomatopeya en suspenso:
Un pesado libro de fotografías como ésta:

O ésta:

O ésta:

Abrí el segundo regalo: una enorme camisa vaquera, con sus costuras elaboradas, sus elegantes chorreras, sus cremosos botones y su entallado perfil fuera de la ley. Enorme porque la talla era dos veces la mía y mientras discutían sobre esto extendiendo la camisa sobre mi pecho, me di cuenta de que la radio estaba encendida y estaba sonando esto:

Y abrí el tercero de los regalos, plano, rectangular, delicado. Lo abrí con cuidado y, al abrir la caja, el cedé se escapó, pero lo cogí en el aire, ante el asombro espantado de mis amigos de fiesta. Sonreí y leí: Uncle Tupelo, No Depression. Volví a sonreír. Afirmé cuando alguien preguntó si me sonaban. Alan añadió:
- La profesora Eggsphueler es una gran aficionada al country, pero no sabía qué regalarte, y pensó que esto era mejor para alguien joven... y, ya sabes, europeo.
Sonrío.
La profesora Eggsphueler con su etérea presencia, sus formas de holograma polvoriento, su sonrisa pendiente y su mirada ausente, se puso de pie, cogió el disco, y preguntó, ¿quieres oírlo? A lo que yo contesté que sí. Desapareció tras el sofá, y también desapareció Bobby Fuller a los pocos segundos. Y... como soy afortunado, sonó esto:

Sonreí una vez más. Volví, estudiadamente, a ponerme rojo. Dije que gracias, muchas gracias, mientras miraba al suelo y veía que una de mis zapatillas estaba desatada. Pero me daba igual, me iba. Y me entraron unas ganas enormes de fumar un cigarrillo.
No sabía cómo excusarme.
Cada grupo volvió a su conversación.
El tiempo se eternizaba entre asentir con la cabeza y sonreír con los labios.
Entonces, sonó el teléfono. La profesora Glawe, perdón, Stephanie, se sobresaltó. Se rió de manera histérica. Todos la acompañaron. Salió y volvió a entrar como si aquello fuera una escena de teatro. Dijo: Alan, es para ti, es Lisa. Alan salió y volvió a entrar y siguió la función y declamó para todos:
- Tengo que irme. Se me olvidó que hoy los niños tenían reunión en la iglesia. Lisa me está esperando fuera. Ángel, ¿te importaría conducir el coche de vuelta a casa? O mejor, vete con él a dar una vuelta, no llegaremos hasta la cena.
- ¿Con eso?
Todos se rieron mientras, por la ventana y sin mirar, yo apuntaba a su pickup Dodge Ram, varias toneladas sobre cuatro ruedas que no sabría como mantener en un único carril. Dije que no, pero ya era que sí, ante la algarabía de arpías cariñosas que se despedían de mí entre promesas que nunca nadie cumpliría. Me iba. Volvía a agradecerles los regalos, lo atentas que habían sido conmigo, y concluí con una de esas frases memorablemente bochornosas que no merece la pena repetir. La señorita Eggsphueler volvió con el disco en bandeja y me lo ofreció como si fuera algún tipo de ofrenda que tomé sin desmerecer la solemnidad de su ceremonia. Pero al hacer la ficticia reverencia, volví a ver mi cordón desatado, y ya de paso, me agaché y lo anudé.
Las veía, através de la ventana, mientras fuera el aire era aún más frío y la luz empezaba a enturbiarse y Lisa tocaba el claxon mientras Alan se montaba y los niños, desde las ventanas del coche, todos, como si fuera una comedia, esperaban ansiosos para verme buscar el tiento con el que acertar con el agujero de la cerradura de la puerta y hacer un esfuerzo exagerado para auparme a la cabina, cerrar la puerta y arrancar la dichosa furgoneta. Eso me llevó un minuto, quizás dos, pero desde fuera debía parecer eterno. No alcanzaba al volante, me estaba poniendo nervioso buscando la palanca para manipular el asiento, me sentía como si estuviera en la Soyuz; soy un conductor de autobuses de dos pisos, pensaba, y pisé el acelerador cuando la Ram se arrancó sin previo aviso, a tirones. Fuera oía otra vez el claxon del coche de Lisa y torcía el volante, interminable el giro, hacia la izquierda como si aquella fuera la dirección exacta que llevaba al barranco por el que tenía que precipitarme.
Me reía.
De manera histérica.
Estaba nervioso.
No le pillaba el tranquillo.
El mundo me parecía diminuto desde allí arriba.
Me sentía inmenso. Poderoso. Pero eran sensaciones desagradables, incómodas.
Todo recto. Pasando las mismas casas que antes olían a colada y los jardines a yerba húmeda y el olor a maíz frito se extendía gracias a las colas de las ardillas. No olía nada de eso ahora. Solo veía pasar las casas, la gente, los buzones de correos como si fueran maquetas, mientras seguía hacia abajo, en dirección a la estatal, sin prisa, pero ya sin miedo. Entendía el volante, el pilotaje, los pedales eran pocos, y cobardes, las medidas exageradas pero empezaba a controlarlas: era una dimensión ficticia y acababa de leer las páginas necesarias para meterme en la historia. Ya estaba. Encendí la radio, y como soy afortunado, sonó esto:

A los quince minutos, ya embriagado por la verticalidad del asfalto, la voz de Willie Nelson y las proporciones de la máquina, me asusté, tomé conciencia de la situación, y conduje tieso hasta el cruce donde giré a la derecha. La noche acechaba y todo era plano. El cielo empezaba a quebrarse y se deshacía en ribetes de colores calurosos, casi inflamados. Todo era tierra rojiza ondulada y el frío ahumaba los cristales mientras Willie Nelson dejaba espacio a una vieja amiga:

Y todo parecía más bello que nunca, y la serenidad no me dejaba oír el sonido del motor. Parecía que flotaba, que no pensaba detenerlo nunca, que ya no me iba, sino que me dejaba ir. A la entrada de Schleswig el coche derrapó porque frené con brusquedad al llegar a la zona urbana. Acepté el riesgo como un vuelco al corazón que me urgía, como un placer ridículamente efervescente. Se fue, pero lo disfruté. Me iba. Solo lo entendía yo, pero frené, esta vez con delicadeza, al reconocer el estrecho camino de tierra que nacía en la esquina del cementerio baptista a la salida del pueblo. Había oscurecido, pero conduje unos quinientos metros por el sendero, hasta detener aquel autobús junto a un ribazo de alambre de espino. Salté desde las alturas y disfruté de mis huellas sobre el polvo. A la derecha, el sendero seguía recto hacia ningún sitio. Junto al ribazo, a pocos metros, se cruzaba una vaguada y se subía al cementerio. No era la primera vez que venía, pero sí la última.
Caminé entre las lápidas sin mirar los nombres, abrochándome la chamarra y encendiéndome un cigarro. Cuando llegué al árbol, como hacía siempre, me santigüé secularmente y me senté con la espalda reposado sobre el tronco. El suelo estaba frío pero mullido. Frente a mí, se abría la vastedad de aquella tierra ajena que me había recibido con los brazos abiertos, aunque fuera manca. Me iba. El pueblo de Schleswig asomaba como una sombra inquieta a un par de millas al norte. El resto era un paisaje desolado, de formas inalcanzables, con medidas abrumadoras pero a la vez narcotizantes, suaves; me dejé mecer por la sensación de lo extraño que se volvió familiar, y ahora me empeñaba en rechazar la nostalgia. Me iba. Tenía muy claro que me iba y no quería volver.
Había llegado allí un año antes. Cuando me hicieron la propuesta, me invadió un sentimiento de aventura caduca y bohemia. Aquello estaba muy lejos pero había estado siempre tan cerca en una ficción construida a base de historias veraces y masculinas, Hemingway, melancólicas pero preñadas de trascendencia, Fitzgerald... palabras como preñada, veraz, trascendente, nombres de escritores que eran ajenos a aquel horizonte pardo y seco. Llegué con mis pretextos, con mis ideas preconcebidas, con la banda sonora de viejas canciones de blues y country, con el sonido del alambique, el olor de la artemisa y el sabor del tabaco de mascar. Me iba de allí sin que aquello hubiera salido del cromo de las canciones, de la celulosa del papel. Me iba y ya no era el mismo pero volvía sin ser quién creía que volvería siendo. Solo yo lo entendía, creo.
Saqué el ipod, me puse los cascos y busqué la canción. La canción con la que me recibió Chicago desde lo alto del avión hace ya más de un año. La canción que hizo ecos inexactos en mi imaginario hasta que conocí a la señorita Eggsphueler. Como siempre he sido afortunado, ésta fue la canción que sonó en mi despedida, la misma que sonó en mi bienvenida. Me acurruqué bajo el árbol, encendí otro cigarro, pulsé el play y clavé la mirada en un horizonte que parecía no haber alcanzado en un año entero, ni aún conduciendo una Dodge Ram. Pocos días después me fui, sin mirar atrás:

II Edición de la Discoteca Caprichosa: Thee Mighty Caesars


II Edición de la Discoteca Caprichosa: Bobby Fuller

Y vamos terminando... ya me he relajado. Solo una más.

II Edición de la Discoteca Caprichosa: Lydia Lunch



II Edición de la Discoteca Caprichosa: The Shins

Nuria Fergó está en televisión. Menuda impresión, Rosa de España asusta a la nación: quiere escribir un libro. ¿De ficción? Pierdo la noción del ridículo y juego, a leer revista del corazón, a escribir rimas como quien nunca aprende la lección.

II Edición de la Discoteca Caprichosa: The Cynics

Esta vez, solo busco cerrar los ojos, mover ligeramente la cabeza, olvidarme de todo y relajarme. Sobre todo, relajarme. Olvidarme de los doce minutos, justo el One Sunday Morning (Song for Jane Smiley's Boyfriend) de Wilco, que tardo en ir de casa hasta la puerta del hospital. Olvidarme de los siete minutos, justo el Art of Almost de Wilco, que tardo en contestar emails que no quisiera leer. Olvidarme de los cuatro minutos, justo el Capitol City de Wilco, que tarda en abrirse la primera puerta del garaje, se cierra, bajo la rampa, se abre la segunda, salgo y se cierra. Olvidarme de los escasos tres minutos, justo el Rising Red Lung de Wilco, que necesito para respirar hondo, concentrarme, convencerme, contentarme y abrir la puerta de mi oficina. Olvidarme del disco de Wilco y buscar en el yotube canciones para evadirme, mover la cabeza espasmódicamente, sin más. Eso sí, en el título, la palabra babe or baby, por jugar un rato.

viernes, 14 de octubre de 2011

Jodido

Después de la entrada anterior, necesitaba vomitar. Que si retoza sobre el barro, que si se autolesiona, que si les censuran en la MTV, que si se pegan entre ellos en el aeropuerto de Heathrow, que si un periodista de The Guardian dijo que eran nazis porque hace diez años el cantante dijo que le molaban Skrewdriver, que si tal, que si cual. Han salido de la escena hardcore para petarla hasta en las revistas indie. Y los jovenzuelos airados hacen moshing en sus conciertos. Han grabado uno de los mejores videos hardcore de los últimos años. La canción está de puta madre. El cantante grita y está gritando una jodida historia de amor obrera que me importa bien poco, porque solo necesitaba gritar. Aún me retumba en la cabeza que en la anterior entrada escribí el nombre de Julio Iglesias. Fuck. Fucked-up. Paso de colgar los videos en directo, buscáis en youtube. Primero la canción a secas, luego el videoclip, y me voy al baño a vomitar.


jueves, 13 de octubre de 2011

La incógnita Carr-Presley-Dalida

Si algún día leeis la novela de Rubén Martínez titulada Crossing Over os encontraréis, muy probablemente, con una definición de cultura e identidad donde ambas son concebidas como una conjunción compleja entre nuestras raíces y nuestros viajes. Rubén Martínez, nacido en Los Ángeles pero de origen mejicano, describe en esa novela el viaje de la familia Chavez desde Michoacán en México hasta el otro lado de la frontera, pero la novela traspasa lo puramente específico de su argumento para dejar testimonio de lo dificultoso que resulta definir nuestro lugar en el mundo cuando somos producto de una compleja combinación de culturas, costumbres, realidades, incluso virtualidades. Martinez dice: no somos ni el uno ni el otro, somos dos, doloroso y excitante... no podemos ser uno, siempre debemos ser dos y más de dos: la suma de nuestras partes es más grande que la suma total. La traducción es mía. Y para ilustrar todo esto utiliza la metáfora de las estaciones de radio que se pueden captar cerca de la frontera, un espejismo espacial donde la mezcla es tan palpable y natural que deja de ser chocante: las señales de las radios se cruzan y mezclan a Pedro Infante con Johnny Cash y pone la rúbrica: "el ronroneo de Vicky Carr sobrevuela como una armonía fantasmagórica la voz susurrada de Elvis Presley." Y la traducción es mía. Y la imagen la he hecho mía y me ha divertido imaginar un dueto entre Vicky Carr y Elvis Presley.
Todo el mundo sabe quién es Elvis Presley, pero aunque Vicky o Vikki Carr haya ganado varios grammies, tenga una estrella en el Paseo de la Fama, haya cantado para cinco presidentes de los Estados Unidos (estuvo apunto de causar el divorcio de Gerald Ford por el verbo fácil de éste) o fuera nombrada en los 70 como el personaje más importante del año por Los Ángeles Time, no es muy conocida por aquí. Y, aunque nacida en El Paso, Texas, su familia era mejicana y nació como Florencia Vicenta de Casillas Martínez Cardona y algunos de sus mejores éxitos fueron en castellano y los cantó en dueto con Julio Iglesias, Vicente Fernández, Trini López o Danny Rivera.
No, no me ha dado un telele.
Pero me ha llamado la atención que uno de los mayores éxitos de Vikki Carr tenga un recorrido tan amplio que la conecte con Elvis Presley, con Perry Como y hasta con la Dalida de los años 60 en Francia. La historia de una canción compuesta en un preciso momento hace años pero que ha tenido tanto recorrido que emerge como el mejor ejemplo de lo que es la música: una suerte de misterio que fluye, une y eleva, se remonta y avanza sin ningún tipo de prejuicio ni reparo.
Hablamos de "It's Impossible", en castellano, "Somos Novios". Una canción que cantaron, en su día, desde Perry Como, Andy Williams o Jerry Vale hasta Andrea Bocelli a duo con Christina Aguilera. Una canción que, al parecer, escribió por primera vez un músico francés llamado Jack Dieval con letra de Michel Rivegauche y tenía el título de "J'ai le mal de toi". Quería que representara a Francia en Eurovisión, pero no lo logró. Después, la canción se convirtió en "Parlez-moi de lui" y la grabó Dalida en 1966:

Pronto, Al Stillman la tradujo al inglés, le cambió el título, y la cantaron, entre otras, Cher o Shirley Bassey. Ya estamos en los años 70:

Pero aquí no podía acabar la historia. El famoso compositor de boleros de origen maya, Armando Manzanedo Canché, cuyas canciones han cantado desde Frank Sinatra hasta Raphael, pasando por Tony Bennet, Luis Miguel o Roberto Carlos, la cogió, la reescribió, la puso una letra en castellano y la convirtió en "Somo novios", que en Estados Unidos, así, en castellano, para el público latinoamericano, la popularizó Vikki Carr:

Rápidamente, Sid Wayne, famoso compositor para las películas de Elvis Presley, compuso la canción "It's Impossible" que no podía ocultar sus deudas con la de Manzanedo, pero, aunque éste le llevó a juicio por plagio, acabó perdiendo. Perry Como la convirtió en un éxito y Elvis Presley la hizo también suya:



De una una cantante italiana nacida en El Cairo que hizo su vida en Francia, a un chaval de Misisipi que se fue a Tennesee para convertirse en un ídolo internacional, pasando por una cantante de El Paso con origen mejicano, un americano de origen italiano, un mexicano de origen maya, un tejano nacido en New York o una californiana de origen armenio. ¿Qué nos dice eso? ¿Que el amor es universal? ¿Que lo es la música? ¿Que lo somos nosotros? ¿Que el youtube es fantástico para perder el tiempo? ¿Que se me fue la mano? No lo sé.

miércoles, 12 de octubre de 2011

Correcto Joni

Ese comienzo me suena a alguien, y no caigo, y me está trasladando el cerebro. He puesto los diez primeros segundos de canción, veinte veces, ¿Blood Red Shoes? ¿The Thermals?... No sé, no sé. Pero me recuerda a alguien y me da igual, después empieza con el Joni Joni wait until september, y me olvido. Creo que la sencillez, aunque sea mentira, es el secreto de una buena canción. No me gustan los planteamientos barrocos, los desarrollos elaborados, las complicaciones extremas. Aunque luego escucho canciones de diez minutos con largos desarrollos, abstractas intros y finales con fuegos de artificio y también me lo trago. Pero no hay nada como una canción de tres minutos con guitarras a ritmo de récord de los diez mil y una batería que ha metido los dedos en el enchufe. Das en la clave con una palabra sencilla que sirva como eje, como vértice, y luego dejas que la canción se expanda, se extienda por tres minutos incandescentes y volátiles.

Correcto.

Joni no sé quién es pero me recuerda a alguien. No sé si llegará en Septiembre o más tarde, pero llega al final de la canción y ha merecido la pena.

No he vuelto a oír nada de estos tíos desde 2008. Paul Thompson volvería a la batería de Franz Ferdinand y alguno de ellos andaba por The Royal We. No sé si han vuelto a ver a Joni, pero, después de un puto día de trabajo asqueroso suenan de puta madre, así, sencillo, sin pretensiones, de puta madre, Joni.

sábado, 1 de octubre de 2011

Algo pasa con Marah


Algo así estuve pensando todo el concierto. Estuve inventándome intrigas, montándome películas. Nos dieron cinco minutos de descanso y salimos a fumar un cigarro. Se lo conté. Pasa algo raro, ¿no has visto los ojos del hermano guapo? Le llamo el hermano guapo, pero ella no está de acuerdo. Digamos que es el hermano que no lleva gorro. Y el otro parece estar todo el rato encima de él, diciéndole qué tiene que hacer. ¿No te has fijado? Ella sigue fumando. Después del descanso, y en medio del escenario, colgándose la guitarra, Serge, porque se llama Serge Bielanko, empieza a hablar de lo que echa de menos a su mujer y a sus dos hijos, a los que ha dejado en Estados Unidos, para venirse de gira a España. Pues igual es eso, la susurro a gritos. Una vez más, me he montado mi propia película. Quizás tiene esos ojos por el jet lag. Y es una coincidencia demasiado irónica, porque luego miro a mi derecha y veo el nombre del festival que organiza el concierto en un cartel bien grande: Jet Lag.

Serge baja al público, como todo el mundo debe ya saber, como hasta su mujer sabe, y se pierde entre la gente mientras cuenta la historia del lavaplatos que sueña. Siempre lo hace. Con su harmónica. Pero le cuesta volver al escenario. Y el grupo se marca un bis y el nuevo batería se da prisa en pasarle una chaqueta por encima de los hombros a Serge y sacarlo del escenario cuando la gente aún aplaude. Él dice que no, pero se deja llevar. Cuando volvió al bis, venía con una botella de vino medio vacía. Sus ojos me lo decían: que todo es fantasía, pero la fantasía, a veces, es pura realidad.

Bueno.

A la mañana siguiente, enciendo el ordenador y tecleo el nombre del grupo en el google finder. Y voy leyendo. Han estado tres años separados. La última vez que los vi fue en 2008, cuadra. Tocaban en el Antzokia con Deadstring Brothers. También los vi un año antes y en el mismo sitio, cuando fueron los gallegos de The Right Ons quienes les telonearon. En su página web, Dave Bielanko cuenta qué ha pasado en esos tres años, mientras describe cómo grabaron el último disco, "Life is a Problem", que aún no he oído porque no sabía que existía. Dave cuenta que durante la gira de "Angels of Destruction" todo se fue a la mierda. Malos rollos con otros componentes del grupo, por algún asunto que concernía a la teclista Christine Smith, ya miembro permanente del grupo; malos rollos con su mánager, con el abogado del mánager; malos rollos que les llevan a perder parte de su equipo, a abandonar Nueva York, a empezar de cero, a caer en un agujero negro y pasar los días bebiendo vino de cartón. Emigran a un recóndito área rural amish en Pennsylvania. La historia toma tintes de película indie, ganadora del premio del público en Sundance. Serge deja el grupo para dedicarse a su familia y compartir blog con su mujer. El grupo se mantiene en un limbo incómodo. Dave sigue dándole al vino de cartón y a los documentales y a los antidepresivos. Después, todo se va arreglando poco a poco. Tres años después, Serge decide volver. Tocan dos o tres conciertos. La esposa de Serge baila en uno de ellos y le da para escribir una entrada bastante emotiva en su reconocido blog. Salen de gira hacia España y su primer concierto es en Bilbao. No es raro, su promotora también es del Botxo, Dave se colocó una ikurriña en la chaqueta, Bilbao está en su corazón, dice. Y ahí estoy yo, entre el público, en una esquina, mirándole a los ojos a Serge Bielanko y pensando que puedo adivinar qué le duele y qué le place.

La verdad es que si jugué a adivinar el tormento de los Bielanko mientras ellos solo intentaban facturar música, fue por una sola razón. Porque su música, te guste o no te guste, o a mí al menos me lo parece, es intrigante. Intrigante porque estimula la sensibilidad más dramática. Te enerva, te enciende, te emociona, te reverbera en el pecho más que en los oídos. Es rock, es folk, siguen patrones clásicos con algún ramalazo moderno, pero sobre todo son pura energía, pura sinceridad, puro estímulo. Y así no puedes evitar que la ternura te erice la epidermis, que te llene la cabeza de pájaros, que te de por hacerte el listo y ponerte a inventarte las vidas ajenas.

Tocaron todas las canciones que ya les han hecho tener un repertorio sólido. Demostraron que tienen tablas para alcanzar un buen nivel sin darlo todo del todo. Les faltó un guitarrista, tienen un bajista nuevo que daría para una sola entrada, la teclista ha cogido más protagonismo, Serge es más polifacético que nunca y el nuevo batería, con su rictus impertérrito, le ha bajado un tono al grupo, pero queda bien. Pero esto pertenece solo mi perspectiva particular, los pequeños detalles que vi yo.

Son lo que vieron mis ojos: los ojos de Serge Bielanko, las botas de Dave Bielanko, la camiseta del fotógrafo que en la nuca leía "Tom Petty Rocks", la portada del directo mientras sonaba "Sooner or Later", el tupé de un tío que tenía cerca, los tirantes del bajista, la gorra del baterista, la flor roja de la teclista, el tatuaje de un vecino, lo fríos que se me quedaron los pies. Después, el concierto probablemente fuera una cosa completamente distinta.

Cada uno.

Cada uno que se invente su propia fantasía.

Cada uno.

Cada uno que sueñe sus sueños mientras friega los platos.

Y los ojos de Serge Bielanko, los ojos de Serge Bielanko que se sigan abriendo y cerrando mientras canta, con la barbilla bien alta y la harmónica en la mano.

Aunque tarden otros tres años, yo volveré a ir, y volveré a hacer el idiota jugando a descifrar detalles que antes cifro, pero eso solo querrá decir que Marah sigue tocando, y sigue tocando con el mismo talento las mismas buenas canciones.

Solo esperemos que, por lo menos, yo sepa escribir mejores crónicas. Por cierto, dice el tío que ha colgado estos vídeos en el youtube que no tiene el copyright, y lo dice en inglés, yo en castellano, pero igualmente los cojo, los cargo y los cuelgo aquí. Ahí están los Bielanko y, por suerte, a mí no se me ve.