viernes, 21 de diciembre de 2012

Actualidad en los 70



Esta canción es de los setenta. Uno de los hermanos Hackney falleció, no pudo ver cómo Drag City Records recuperaban sus canciones en 2009. Los otros dos hermanos aún siguen, según wikipedia, viviendo en Vermont y tocando en una banda de reggae. Cuando escribieron esto, aún vivían en Detroit, eran jóvenes, se nota, pero, joder, si lees o escuchas atentamente, parece que lo que dicen lo podría suscribir mucha gente hoy en día. Mi sensación cuando entro a los bares y pongo la oreja, es que la mayoría de la gente tiene la misma opinión que los hermanos Hackney compartían hace más de 30 años. Si eso no te interesa, déjate llevar por la música, 30 años más tarde, esa línea de bajo se sigue bailando como si estuvieras entrenando los ganchos contra un saco de boxeo. 
Hace tiempo, Mike Rubin comentaba en el New York Times que estos tíos fueron punkies antes de que existiera eso. Yo aún sigo intentando averiguar si lo que me ha tirado al suelo han sido los redobles de batería o un guitarrazo por la espalda. Lo pone ahí abajo, pero por si acaso: Death, Politicians in My Eyes.


jueves, 20 de diciembre de 2012

Drive-by-bloggers

Este video ya lo he puesto antes.
Lo colgué porque aparece alguien vestido como alguien. Uno se murió (o quizás no) antes de que yo pudiera llegar a conocerle, al otro alguien le llegué a conocer y por eso colgué el vídeo.
Ahora, vuelvo a hacerlo, y solo había una razón en el principio: ayer estábamos esperando nuestro turno en la fotocopistería y había un anuncio de un autónomo que se ofrecía a arreglar guitarras. Yo le pregunté si le había hablado del video y como cabeceó de izquierda a derecha, acabé hablándole de él de todas formas. Le prometí que lo colgaría en el blog y así podría verlo, aunque no creo que deje de comer si acaba por no verlo, pero bueno.
Yo lo cuelgo.
Además, en el final, apareció una segunda razón: esta mañana conducía en la espesura oscura de la autopista mal iluminada y no acababa de transportarme lejos la canción que cantaban los Tame Impala. Me puse a pensar en cosas, que no es un plural que signifique mucho pero sí variado, y entre tanto me acordé de lo que prometí ayer entre olores de tinta fresca y motores acalorados. Me lo apuntaba en la agenda mental que llevo tan mal como la electrónica que no tengo, cuando me acordé de algo que sucede en el video y que veréis cuando la guitarra empieza a estar terminada y empieza con la decoración, y entonces me acordé mejor de la canción y recordé una línea que deslizó, como quien no quiere la cosa, en esta canción, Mike Cooley, el guitarrista, sonriente al final del vídeo con su guitarra en la mano. Y no es para manos, una guitarra fabricada por Scott Baxendale y con diseños decorativos de Wes Freed. Baxendale pasó por Kansas, Nashville y Texas, antes de instalarse en 1998 en Denver, Colorado, y abrir la Colfax Guitar Shop que aparece en el vídeo. Antes de eso, arregló guitarras a gente como Johnnny Cash, Hank Williams Jr. o Elvis Costello, se las hizo a clientes tan reputados como Willie Nelson, Dave Alvin o John Mellencamp y ahora cuenta con clientes que se equiparan o incluso superan en fama a Cooley y sus Drive-by-Truckers: Justin Townes Earle, Johnny Depp o Henry Rollins Band por nombrar a tres. Wes Freed, por su parte, amén de ser actor e intentarlo hasta hace unos años con la música (y un fanático de la NASCAR) es también el responsable de la estética de los álbumes de Drive-by-Truckers, reconocible casi con los ojos cerrados. 
Pero me he perdido. Hablaba de una frase, una línea que decorará la guitarra y ha decorado desde 2008 esa canción: "I used to hate the fool in me, but only in the morning. Now I tolerate him all day long." Que si se me permite una rápida y torpe traducción, vendría a ser: "Antes odiaba lo imbécil que soy, pero solo por las mañanas. Ahora he conseguido soportarme de la mañana a la noche." Sí, torpe y demasiado rápida, pero se pilla. 
Y pillo carrerilla y me quedo manco de lo intenso que me pongo porque me dijeron que el secreto para ser feliz era aprender a aceptarse a uno mismo, averiguar cómo quererse si se puede, y me vas a perdonar, pero a mí me cuesta lo mío, aunque le ponga brío e interés, porque me veo en el espejo, o me oigo hablar, o releo lo que escribo, o me pillo en un renuncio, o me cuento las mentiras, o me tiño los defectos pero sigo viéndolos, y me cuesta aceptarme, así que no te cuento quererme. Cooley no lo pudo decir mejor en un par de frases que contienen más que lo que cabe en menos de un par de docenas de palabras. 
Dos razones, una al principio, otra al final, para volver a escuchar, en el momento más oportuno, el "The Perfect Timing" de Drive-by-Truckers:


jueves, 13 de diciembre de 2012

Toni Monserrat



Yo esto no lo sabía, porque, vaya por delante, confieso mi ignorancia en lo concerniente al rock and roll facturado en Mallorca. Y ya puestos a confesar, hace falta valor para abrir la entrada con una frase que incluya "concerniente" y "facturado" en veintidós palabras (encima las cuento). Vuelvo a la música: Sexy Sadie, sí, claro, y hasta Sterlin, incluso L.A. o si me pones una pistola de agua en la cabeza, te digo que sí, que he oído hablar de Astrolabio y de Paul Zinnard, y hasta de Odette, pero ni idea de que venían desde las Islas Baleares. 
Ahora mismo, y aprovechando el bandcamp, estoy escuchando a Son & The Holy Ghosts, que también vienen de allí aunque parezcan provenir de un paraje desértico donde el estepicursor rueda en libertad. No son los únicos, porque también a Toni Monserrat se le nota la marca del stetson en cómo se le abulta el pelo en la nuca, y exagero, por supuesto, pero luego me explico. Volvamos, ahora, a lo de la ignorancia. 
Porque a Toni Monserrat le llegué a conocer, aunque no fuera por la música. Fue por culpa de los indios y los vaqueros, y los crooners académicos que se desbocan durante los postres. Pero eso nos lo guardamos para recordarlo cuando nos emborrachemos, ahora nos quedamos con que conocerle le conocí. Eso sí, ignorante de mí, no sabía que hablaba con aquel que cantaba lo de "Al sur de la carretera de Manacor" que luego he aprendido que poco más que fue un himno entre los aficionados al rock and roll de la isla. Todo eso lo he averiguado hace como quien dice dos días. Sabía que a Monserrat le debían 38 pavos, pero ni idea de que él era el asesino del granero o que venía del profundo sur. O sin grandilocuencias pretenciosas: no sabía que formó parte de Murder In the Barn o de The Deep South. Si lo hubiera sabido, no habría cambiado mucho, pero, por lo menos, le hubiera pedido que hiciera alguna versión de The Long Ryders.
Toni Monserrat publicó en Junio de 2011 su álbum 38 Bucks. A su nombre, le añadió las siglas Inc, que ya sabemos que abrevian la nominación de una corporación en los nombres comerciales, pero aquí no quiere más que señalar que Monserrat no es un juanpalomo e incorporó a un buen puñado de colegas para que le echaran una mano. A saber, Simó Vall a la guitarra, Jaume Amengual a los teclados y el piano, Felipe Sánchez al bajo y Jaume Roig a la percusión y batería. Y no venían de estar sentados en el parque haciendo pira, porque, el que no colaboró con Monserrat en alguno de sus anteriores proyectos, ya mencionados, es porque estuvo en otros como BB Sin Sed, Sterlin, Misty Mountain, Sinfónica... o en más de uno a la vez. Es decir, que hay currículo. Por si acaso con ellos no era suficiente para decorar la habitación, Monserrat llamó por teléfono y contrató a una buena cuadrilla de escayolistas para ponerle unas molduras bien chulas al techo: Jason Ringenberg, sí, el de Jason & The Scorchers, Tim Easton o los hermanos canadienses Minnikin, Ruth, ex-The Heavy Blinkers y Gabriel, ex-The Guthries, donde también estaba la hermana, colaboran, marcándose duelos vocales a pecho descubierto o tocando lo que haga falta, pero sin magrear.
Easton colabora en la canción que da título al disco "38 Bucks", una historia de amor que en realidad habla más sobre lo que duele manejarse entre la esperanza y la inercia, probablemente la canción más redonda del disco, con un estribillo que marca el derrotero de la canción y de todo el álbum: imágenes sencillas pero potentes que trascienden su aparente trivialidad. Los hermanos Minnikin lo hacen en "Caroline", la canción más rica en instrumentación, con más juegos melódicos, aunque siga un patrón convencional y homenajee la tradición lírica americana de cantarle a mujeres que hicieron bien con darle al cantante un portazo en las narices. El gran Ringenberg, por su parte, se apunta a un combate amistoso en el que, seamos sinceros, gana a los puntos. "Johnny Supermarket" tiene un aire más country que el resto del disco y cuenta una historia que ya hemos oído sobre viajes desesperados y personajes que luchan contra un destino anodino. 
De todas formas, con eso que dije del stetson, igual pensáis que os vais a encontrar con un imitador de Slim Dusty, y poco hay aquí de eso. Aquí, las raices ya han pasado por el cowpunk, y el día que Dylan se enchufó la guitarra, y han superado las magníficas visiones de Jeff Tweedy cuando era un jovenzuelo. A esas tres canciones, se les suman otras diez que siguen un patrón económico, piano y guitarra acústica sobre una base rítmica muy sencilla, resolutivo, menos de cinco minutos, y evocador, historias aparentemente recurrentes que desprenden misteriosos significados ocultos. Le he oído decir por ahí a Monserrat, y a otros que hablan de él, que era su disco más personal y sincero, por eso, aunque escuches historias de amor en sus diferentes versiones, de pérdida, de ruptura, de culpabilidad, de nostalgia, de esperanza, en realidad, se perciben sentimientos más universales aún que el amor (si eso es posible), como la rebeldía desesperada contra nuestra propia molicie, la eterna lucha entre la voluntad de descubrir y la seguridad de lo que ya descubrimos, la atracción de la imaginación y la brusca conciencia de la realidad, la soledad y la nostalgia como un abrigo sin botones en un día de viento helador (joder, me gusta esta comparación, ¿hago mal en decirlo?, advierto, no tengo copyright, así que, al saqueo). 
En resumen, el disco descubre una apuesta extrema por la sencillez con el ánimo de regresar al instinto más primitivo en el que la música divertía, pero también trascendía y despertaba. Alguno igual se duerme, porque trasnocha, o porque le hipnotiza el ritmo del piano, pero otros, como yo, disfrutarán con los estribillos, algunos apenas esbozados pero reconocibles, las inflexiones dylanianas de Monserrat, y sus historias, incluídas las cartas, que recuerdan al mago de Portland al que tanto le gusta lo que en el Oeste llaman comida vasca, Willy Vlautin. Si mezclas todo eso con bourbon, yo me atrevo hasta a montar en el rodeo.
Un gran trabajo. Para escuchar el disco, si no podéis comprarlo, visitad su badcamp: tonimonserrat. Y para ilustrar esta entrada, no he conseguido ningún vídeo de ninguna de estas canciones, pero, al no haber más, cuelgo un par de vídeos: el primero, Toni Monserrat versionenado a The Ramones, el segundo, Toni Monserrat Inc con Tim Easton tocando una canción de este último, "Northbound".

Con The Ramones:



Con Tim Easton:


martes, 11 de diciembre de 2012

Internet es más angosto que las Cuevas del Drach

Estoy preparando otra entrada que publicaré pronto. Si no es hoy, será mañana, y si no, el mes que viene, pero pronto, al fin y al cabo. El caso es que preparándola, me he calzado mis diez minutos de caprichoso asueto arqueológico en el youtube. Y me he encontrado con esto. Y he viajado incluso más lejos que Mallorca. Entre ambas canciones, hay casi diez años de diferencia. Y, desde la última, casi que otros diez hasta hoy. Las dos las canta la misma persona: ahí tienes la ligazón. Una, a mí, me transporta, vía salto en el tiempo, hasta las casetes de cinta magnética, la angustia adolescente y los chupitos aquellos en un tugurio multicolor y de ambiente familiar que compartía nombre con una revista de música alternativa (un dos tres, no respondas, que yo también lo sé). La otra, la más joven, tiene un aroma a esas mañanas de domingo lluvioso cuando aún no habías llegado a casa y no querías hacerlo, y paseabas por la calle, intentando evitar el convencimiento de que estabas haciendo el ridículo, la certeza de que hacía mucho tiempo que los sábados por la noche ya no eran el lugar donde ibas a encontrar lo que buscabas. ¿Sabes el aroma del que hablo? Es a lo que huele tu conciencia cuando va más rápido que tu apetito y se gripa, es a lo que huele lo que se pudre cuando empieza a transformarse porque no se destruye, y nos cuesta darnos cuenta y aceptarlo. Es a lo que olían las paredes húmedas cuando ibas de una a otra en esas mañanas madrugadas y lluviosas. 
No me digas que, mejores o peores, no hay nadie ahí fuera que comparta conmigo estas canciones.
La otra entrada, pronto, si no es el mes que viene, el próximo. O mañana mismo. 

1996 Sunflowers



2005 Sterlin


viernes, 30 de noviembre de 2012

Buffet libre



Ayer cenamos con Sallie Ford & The Sound Outside. Ni ella ni ellos lo saben, pero nosotros sí. Estábamos en Bilbao a eso de las ocho menos algo y como ambos habíamos comido pronto y poco, decidimos ir a Ledesma antes del concierto y cenar algo en el FreshCo (hagamos publicidad directa, como en las series de televisión, imagínate que mientras escribo, te sonrío y sujeto, al mismo tiempo, un buen plato repleto de ensalada).
Como no cabía esperar de otra manera, dado que nos estábamos dejando llevar por horarios poco mediterráneos, éramos los únicos no extranjeros en el local. Menos de una decena de personas en las mesas y los únicos que hablaban en castellano: nosotros y la encargada. No nos costó nada darnos cuenta de que los guiris extraviados que se habían sentado y no sabían muy bien por dónde empezar eran los tíos a los que habíamos venido a ver en concierto. Sallie Ford parecía ausente pero sonriente. Ya no diré más porque sería violar la intimidad de los músicos: digamos que buffet libre, a todo turista le mola la paella y que yo también me armo un lío con la máquina de helados del FreshCo. Ya de sobremesa, la risa de Sallie Ford retumbaba por todo el local, prometiendo un buen rollo que se nota en sus canciones por mucho que ponga cara muy seria. Por supuesto, no tuvimos arrojo para acercarnos a ellos y saludarlos o desearles un buen concierto, o lo que sea que se diga en esas ocasiones. Fuera nos encendimos un cigarro y caminamos con la mano sin cigarro al cobijo del bolsillo hasta el Azkena.
La sala se llenó incluso para ver a Gacela Thompson. Se hicieron un poco de rogar y apenas intimaron con el público, y eso que tenían a media cuadrilla por las primeras filas. Fueron fieles a su estilo, sin batería, con violinista, guitarras acústicas que parecen jugar al ajedrez juntas, mucha trascendencia, tiempos lentos, algún medio tiempo y versión de Elvis Presley. Nada que no les hubiera visto ya antes. Y tampoco ahora consiguieron atraparme, aunque, probablemente, ése no sea su objetivo. Su intensidad (cada palabra se canta como si fuera la última que van a cantar, cada nota se toca como si acabaran de llegar al clímax) parece que alcanza con nitidez y mesura al público, pero a mí me sobrepasa. Me sienta como un cubata demasiado cargado. La destreza con las cuerdas de ambos guitarritas es innegable, y cualquiera se pone a dudar ahora del bagaje y el currículo de Carlos Beltrán quien, en Gacela Thompson, está más comedido que en sus otros proyectos, como si el entrenador le hubiera retrasado de la mediapunta para jugar como mediocentro de contención. Sonó bien la armónica, y fueron ganando en pegada con las canciones, y, por supuesto, que a mí no me atrapen no significa nada, igual soy yo el antílope ágil y escurridizo del Sáhara y no ellos, aunque me parezca más al famoso Gacela Thompson de Humor Amarillo.
 
Casi sin hacer la digestión, se montaron la mesa de mezclas, el chiringuito de merchandising al fondo del bar, y ya estaba Sallie Ford bien guapa y repeinada (no acabaría igual) junto al micrófono y escoltada a su derecha por el serio y aparentemente tímido guitarrista Jeffrey Munger y a su izquierda por el robusto y aparentemente bonachón bajista Tyler Tornfelt, quien acabó hasta los mismísimos del equipo de luces. Detrás, a la batería, Ford Tennis. Por cierto, había como el doble de peña comiendo en el FreshCo, quiero decir, que la familia de los sonidos exteriores parece que es más amplia que lo que se muestra sobre el escenario. Vamos, que viajó toda la cuadrilla desde Portland, Oregón, a la que, por cierto, dedicaron con un humor la misma canción que en el disco de 2011 habla de la ciudad de las rosas. El mismo humor que demostró Sallie Ford desde el principio cuando, acababa de ponerse la guitarra en ristre, y solo le faltó el riau riau riau para desternillarse de risa mientras saludaba al público con un chirriante (pasará a la historia como uno de los mejores saludos pelotistas): "hola Bilbao, sardina bakalao". Anyway.
Tocaron Dirty Radio, su disco de debú, practicamente entero (si no fue entero literalmente), versionearon algo de country y presentaron unas cuantas canciones nuevas. Quizás es solo la impresión que se llevó un servidor, pero sonaron mucho más contundentes y abigarrados. Munger agarraba el mástil de su guitarra como si estuviera partiéndole el cuello a una gallina, Tornfelt perdía la vista en el infinito y el batería venía y volvía de los platillos como si el espacio exterior quedara a un salto de rana. En comunión, la señorita Ford ponía caras, hacía contorsiones con su voz, bailaba coreografías jeroglíficas y acababa  con movimientos de greñas que ni los Sepultura. Solo le faltó poner cuernos cuando se ponía farruca a la vera de un Munger que no movía ni un nervio de su cara pero sacudía las cuerdas a lo Dinosaur Jr. Si el espíritu de Bessie Smith estuvo ayer en el Azkena, también lo estuvo el de Guy Picciotto, aunque éste igual se me apareció solo a mí. Soy pelín exagerado, pero el caso es que a mí me sonaron más rockeros que souleros o rockabilleros pero sonaron igual de bien, cien, cien veces volvería a verlos aunque intentaré que la próxima no me dé después por contarlo y convencerme de que tiene gracia cuando me creo que sé jugar con la prosodia. 

Momento de gloria: cuando todo el mundo se puso a cacarear. 
Momento para olvidar: lo siento, de verdad, pero sigo sin explicarme cómo hay gente que paga dieciséis euros y medio para tocarle los huevos a los que tiene alrededor. Me estaré haciendo yo viejo, pero es como pagar para entrar en un museo e ir directo a la tienda de regalos, o colarte en el cine para solo entrar en el baño o ir al fútbol y emborracharte en el ambigú. Para eso, me emborracho de bar en bar, meo en los baños de la biblioteca o tiro el dinero por la ventana, joder. 
Momento a secas: cada vez que Sallie Ford recuperaba la respiración y se reía en el microfóno después de decir gracias.
Momento de futuro: anunciaron que su próximo disco está a la vuelta de la esquina y puede que como siempre me equivoque y que luego sea que no, faltará grabarlo y la producción y que yo aprenda algo de música, pero me da la sensación de que van a hacer el mismo camino que Arctic Monkeys salvando las muchísimas distancias que esta afirmación tan vandálica puede significar. Me refiero a que si los ingleses fueron de la pista de baile al tartán de Josh Homme, los de Portland parece que van a abandonar la pulcra heladería del mall para colarse en un tugurio del extrarradio, escucha si no, en su web (o aquí abajo), "They Told Me", adelanto de lo que será, o haber escuchado ayer el bis tan eléctrico con el que cerraron un concierto cojonudo, seamos certeros y, por una vez, directos.

Mientras tanto:




martes, 20 de noviembre de 2012

Tec

Dime lo que quieras que no te escucho. Si me preguntas qué fue de Bishop Allen, te diré que lo excomunicaron. Ni idea. Dime ahora lo que quieras que me da igual, pero hizo click, y ya no hubo stop. No sé ni los años que han pasado desde que escuché esta canción por primera vez. Después, la olvidé, como muchas otras, pero, por una razón u otra, permaneció. Ahí, al fondo, en un cajón, como sucede con la mayoría de las fotografías, haga clic o ya no hagan clic las cámaras de fotos. 
Hoy he tenido que teclear click con las teclas de mi teclado, tec-tec-tec, y me ha regresado a la memoria esta canción y las ganas de escucharla porque es tan liviana, tan sencilla, como esa alegría que apenas dura el segundo que nos lleva apretar el botón. 
Y si no te gusta, igual de fácil es no hacer tec.


sábado, 17 de noviembre de 2012

Batería de noticias (alguna ya hasta de hemeroteca)



- Ayer se celebró el Kiosko Fest'12 con la gente de La Furgoneta Azul pinchando música que iba desde Happy Mondays hasta Black Keys y el resto de grupos podéis verlos en el cartel. Si estuvisteis, enhorabuena, seguro que os lo pasasteis de pm, si no, pues jodido, mala suerte. Yo me lo perdí, estaba muy lejos, relajándome después de un largo y espeso día de trabajo en los Yelmo del centro comercial de la estación de trenes María Zambrano de Málaga. No fue lo mismo, pero la peli de Ozon también merece la pena. El que no se consuela... es porque no tiene 2013, esperemos que se repita y esta vez no me lo pierda. Perdón por llegar tarde aunque seguro que fue un éxito lo publicite yo antes o después.
- The Delta Saints ya tienen disco, aunque no en la calle. Se anuncia que habrá que esperar hasta el 15 de Febrero en Europa. El título, Death Letter Jubillee. Esperemos que luego vengan a presentarlo.
- Muchos conciertos en los próximos días que aquí el servidor intentará atender: Napoleón Solo y Muy Fellini, Sallie Ford & The Sound Outside, Two Gallants (qué ganas), Veronica Fall, Willis Drummond...
- También se ha hecho pública la oferta músical de la Azoka de Durango, cita obligada cuando llega el frío. Otra vez Willis Drummond, si uno es bueno, dos mejor, y Zuloak, entre otros.
- También noticias de los grupos que tienen algún tipo de vínculo (aunque con alguno sea de segunda mano, hay que decirlo) con este blog:  All Nighters Club estará dentro de ná en la fná, Kubers tiene casi el disco a punto y los Porco Bravo vuelven a subirse al escenario para tocar junto con Rise to Fall un día y con Lendakaris Muertos el otro.
- Me he pasado todo mi viaje de trabajo escuchando por calles desconocidas a Comet Gain, qué felicidad.
- La peña que es mi cuadrilla anda ya pensando en comprarse los abonos del BBK Live por adelantado: Green Day, Depeche Mode, Kings of Leon, Editors, Two Door Cinema Club, Delorean y We Are Standard. Yo no comparto la emoción pero me dejaré llevar por su entusiasmo, qué más da.
- Y hoy algunos igual estáis a tiempo de ir al Sonora a ver a Templeton, aunque llegaréis tarde. Yo, bien acompañado, me apunto a algo más modesto y casi que mejor si dejo de escribir y me empiezo a vestir: nos piramos a ver a Dr. Maha's Miracle Tonic en el Noviembre Kulturala, del que tampoco he hablado y bien que podría haberlo hecho y que dice mucho de la gente de Lutxana-Erandio. Si quedan ganas mañana, ya os cuento cómo fue el concierto. 

viernes, 2 de noviembre de 2012

Lo mejor del ano

Como este blog es tan desastroso que tenemos por costumbre olvidarnos a propósito de la virgulilla que convierte a la letra ene en la letra eñe, me adelanto dos meses al final del año y acometo la tediosa labor de proponer lo mejor de este 2012, según el criterio del único bloguero (voy a empezar a utilizar el término globero, mejor, tal y como se toma en la acepción que usan los ciclistas) que escribe aquí. 
Siguiendo con el despropósito (y por convencimiento personal) no hay ni orden ni criterio en esta lista. Bastante tiempo me ha llevado averiguar si lo que he escuchado este año era realmente de este año o de otro anterior. Así que, además, no me pidáis que os señale cuál de todos estos me gusta más que el resto y cuál menos, porque me la trae al pairo. Todos ellos han sido distribuidos en España en 2012, yo los he escuchado durante esos días que comprenden los meses de enero hasta hoy comienzos de noviembre y han tenido al menos un par de canciones que me han hecho tomarles más aprecio y dedicarles más tiempo que a otros. De algunos, ya he hablado aquí. De otros, disfruté en silencio, que es un eufemismo (y una estupidez) cuando hablamos de música. 
Quería también proponer canciones (pero no me ha dado tiempo) y conciertos (pero no me ha dado la memoria), y quizás lo haga después. Después, también, si de aquí hasta el 31 de Diciembre (noche favorita de dipsómanos y amantes de la cocina en miniatura), se edita y distribuye algo que el globero principal de este blog considere necesario incluír en esta lista que tiene más de cajón y de sastre que de lista y de éxitos, pues se hará sin ninguna vergüenza y reparo que para eso somos quienes somos. Luego ya, dentro de unos meses, nos divertimos todos con las famosas listas de las revistas especializadas y jugamos a averiguar cuántos de los que fueron elegidos en Fiasco Fiasco! tuvieron más honores que el dudoso de haber estado incluídos aquí. 
Por supuesto, se anima a todos aquellos forasteros y forasteras que se desorienten y acaben por visitar estos inhóspitos parajes, a que participen y falten al respeto, glosen, comenten, descalifiquen o, si han tomado drogas de cualquier tipo, muestren su conformidad con el gusto aplicado del globero. Está de más la invitación, pero ya puestos, hagamos del sarcasmo un argumento más. Aquí va la lista de lo mejor del ano según Fiñasco Fiñasco!:

Japandroids con Celebration Rock
Paul Weller con Sonik Kicks
Richard Hawley con Standing in the Sky's Edge
La Habitación Roja con Fue eléctrico
Love of Lesbian con La noche eterna. Los días no vividos
Chuck Prophet con Temple Beautiful
Cloud Nothings con Attack on Memory
Benjamin Gibbard con Former Lives
Edward Shape and The Magnetic Zeros con Here
Grupo de Expertos Sol y Nieve con El eje de la tierra
Django Django con Django Django
Brendan Benson con What Kind of World
Band of Horses con Mirage Rock
AC Newman con Shut Down the Streets
Alabama Shakes con Boys and Girls
Niños Mutantes con Náufragos
Los Punsetes con Una montaña es una montaña
Regina Spektor con What We Saw from the Cheap Seats
The Men con Open Your Heart
M Ward con A Wasteland Companion
Dr. Dog con Be the Void
The Shins con Port of Morrow
Dr. Maha's Miracle Tonic con Dr. Maha's Miracle Tonic
Alex Winston con King Con
Sharon Van Etten con Tramp
Allo Darlin' con Europe
Craig Finn con Clear Heart Full Eyes
Dayna Kurtz con Secret Canon Vol. 1
Laura Gibson con La Grande
McEnroe con Las Orillas
Josh Ritter con Bringing the Darlings
Guided by Voices con Class Clown Spots an UFO
Ry Cooder con Election Special
Thee Brandy Hips con Raincoat
The xx con Coexist

Creo que hacen treinta y cinco. Son suficientes. Me habré olvidado de algunos, de otros no me quiero acordar. Ahora que los veo, así, ahí, puestos, y pienso en ello, me da la sensación de que soy un triste. Pero bueno, también hay buenas raciones de efervescencia y alguna invitación a la oscuridad más tenebrosa. Poco rock and roll, ¿no? Y demasiadas camisas de empleado de gasolinera del medioeste, pero bueno. 
Pongo una canción de cualquiera de los discos que tenéis ahí arriba, y a otra cosa:



GAC (Es decir, gilipollez al canto); ¿soy yo? ¿o por momentos, la voz de Gibbard me recuerda a la de Chrissie Hynde?

sábado, 20 de octubre de 2012

Se gripó



No me ha dado tiempo ni a hablar de ellos, fijo, lo estoy haciendo ahora, pero justo para decir adiós, y eso no mola. Me hubiera gustado fingir que lo sabía todo de ellos antes, no ahora que los de Vallecas han dicho que se llevan al motociclón para el desgüace. Se les gripó el motor... de tanto usarlo.
Los tíos que quisieron, y lograron, "jevimetalizar el punk", han publicado una carta de despedida en la que confiesan que la juerga también cansa y que mejor se marchan antes de que degenere la cosa. Como siempre que ocurre algo así, parece que los que escuchamos o vemos no nos damos cuenta de nada: "¡pero qué me estás contando, si me crucé yo ayer con él y se le veía muy bien!" ¿Te suena? Pues se podía tunear para la ocasión: "¡pero qué me estás contando, si me oí entero el "Gentuza" ayer y sonaba de puta madre!" Solo los implicados conocen el proceso y el final.
Eso sí, como son de Vallecas y además dibujan cuernos con los dedos de la mano, son generosos hasta el último momento, y anuncian una gira de despedida. No hay detalles, pero los habrá. Y todo el mundo anda quitándose los cuernos de las manos, para recuperar el índice y cruzarlo con el medio y buscar así la suerte que lleve a los Motociclón a visitar sus barrios por última vez. Decir adiós de la mejor manera, como dice Robertez: cara a cara.
Aún parece que habrá una última oportunidad (para algunos la primera, lo confieso) de disfrutar del crapulismo, los solos de guitarras picudas, la verborrea de Robertez, los himnos de barrio y un buen subidón huracanado de rock and roll. Después, nos quedará la memoria, el vinilo... y los vídeos del youtube, donde, como en éste, también se recuperan otros iconos de una historia que, a veces, no sale en las enciclopedias, pero sí salía en las películas:

Advertencia: las imágenes corresponden a la película de Eloy de la Iglesia de 1983. En el youtube, te piden que actualices tu edad de nacimiento porque el vídeo incluye imágenes que pueden herir tu sensibilidad. Todo depende del calibre y el carácter de tu sensibilidad... y de tu fecha de nacimiento, claro. La mía se remonta a antes de que Eloy de la Iglesia paseara la cámara por Bilbao, pero su película también forma parte de mi educación sentimental. Si te enferman las debilidades y los trastornos humanos, no veas el vídeo, pero escucha la canción, que merece la pena. 


lunes, 15 de octubre de 2012

me la suda me da igual


 Jode tener que esperar el metro media hora, pero te da tiempo para buscar argumentos. Y ella encontró un argumento demoledor: con su último disco, hemos visto a los Porco Bravo como siete u ocho veces en directo. 

Eso, en principio, debería afectar a nuestra capacidad psicomotriz. Te pongo ejemplos. El otro día estaba leyendo una novela cualquiera y decía algo así como: "y él la miró de manera lasciva". En mi cerebro, algo se encendió: "se ve cual es tú papel", murmuré sin querer. Y la tía que tenía enfrente en el metro, se asustó. Otro ejemplo: tengo este rollo del curro y nos estamos fumando un cigarro en el patio y la compañera echa pestes de otro compañero y yo le digo que sí a todo. Luego le insisto, que me da igual, yo a lo mío. "Que haga lo que quiera", le repito. Y ella insiste, que si esto que si lo otro. Así que, al final, cantándolo y todo, la miro a los ojos y concluyo: "me la suda, me da igual".  Más: que estuve el otro día almorzando en un bar con una cabeza de jabalí disecada como decoración y tuve que agarrarme a la barra para resistirme a las ganas de agarrarla por el cuello, la cabeza, digo, y lanzarla de una patada al comedor del bar. Que entro al Dia y cuando veo el Lío en la cola me dan ganas de gritar: ¡Estáis cachondas!

Siete u ocho veces. Empezando por el yugo y terminando por la bengala. 

Y nuestras siete u ocho veces no son récord. Haberlos haylos que nos superan. Y preguntémosles a ellos, seguro que multiplican por cuatro para calcular los que nosotros no hemos visto. Argumentos abrumadores. 

Los Porco necesitan un descanso. Bajarse del escenario, entrar en el estudio, volver con más fuerza y más canciones. 

A) Eso te lo digo yo que de música entiendo lo que entiendo de raices cuadradas: que es muy difícil.
B) Por la razón que doy en A), los Porco harán bien en pasar de mí y hacer lo que les plazca. 
C) El otro día iba corriendo y vi un berenjenal, quise meterme, pero me caí en una acequia.

Ahora, en serio, si es que puedo. Mi poco criterio musical me da para considerar que en este último año el progreso de los Porco Bravo ha sido mayúsculo. Su directo ya era sugestivo antes del disco, pero el buen puñado de canciones que reunieron en Grooo!!! no hizo si no mejorar la manera de resolverlas ante el público. Se fue notando que, con el paso de los conciertos, siete u ocho, recuerda, los de Barakaldo se apoderaban de sus propias canciones para ensancharlas, complicarlas y hacerlas aún más efectivas. Ahora las dominan. Llegados a este punto, es la opinión de este donante de cerebro que más canciones no solo supondrían un repertorio más largo, si no que acabaría por colocar a las de ahora en su próximo nivel: capaces de encontrar su hueco entre otras que llegan para quitárselo. 

Dicho lo dicho, queda algo más por decir. Porque dicho lo dicho, parece que acabé descontento este sábado con el concierto en el que telonearon a Handsome Dick Manitoba y los suyos. Y no es así. Si todo lo de arriba parece crítica, habría que ser gilipollas para criticar un concierto redondo, efectivo y contundente. Habría que ser gilipollas para no reaccionar ante los cabezazos que daba Dean Rispler mientras seguía los guitarrazos de Asier Domínguez. Habría que ser gilipollas para no recordar a esos tres extranjeros algo extraviados que llegaron cuando aún no se habían encendido los marshalls, los perdí de vista, y los encontré de nuevo con los ojos excitados y sonrientes después de haber hecho de costaleros en las procesiones sacrílegas de Manu El Gallego. Habría que ser gilipollas para no coronar al primer grupo que ha tenido los cojones de surfear en el Antzokia. Surfear: mantenerse en equilibrio encima de una tabla especial que se desplaza sobre la cresta de las olas. Quita las olas y ponle público. Si lo hace el Jagger ya estaría actualizada la Wikipedia. Habría que ser gilipollas para desmerecer lo que otras veces hemos alabado. 

Después de ellos, Dean Rispler habló en euskera, Ross the Boss me acaloró el brío cuando puso la guitarra tiesa y escuché a Handsome Dick mientras, una vez más, bordaba su papel de predicador del rock and roll... y del Bronx. Para cuando estos tíos grabaron Go Girl Crazy! yo aún no había nacido, y más de treinta años después, se suben ahí y, abajo, yo parezco veinte años más viejo que ellos.

Para muchos de los que lean esto (es un eufemismo) que le dedique casi una decena de párrafos a unos, y solo un par de líneas a The Dictators (como encima lo lea Andy Shernoff, me monta un pleito), es como que gane el Real Madrid la Champions con tres goles de Cristiano Ronaldo y abra el Marca en portada con el empate del Athletic en partido amistoso contra la Cultural de Durango.

¿Sí? 

Me la suda, me da igual.

viernes, 12 de octubre de 2012

No Harmonica at Work

A veces pienso que me van a echar del curro un día de estos.
No será por escuchar a Five Horse Johnson en la oficina.
Pero, a veces, pienso que sí.
Me echarán porque no valgo.
O porque valgo mucho.
Pero no por escuchar a Five Horse Johnson mientras me quedo ciego
delante
del ordenador.
Pero, a veces, yo pienso que sí.
Y cómo voy a resistirme
si tengo
la mesa llena de papeles que no entiendo
y parpadea la pantalla
y si no me meto tralla
un día de estos me van a encontrar tieso
con la mano en el ratón
y el cordón
rodeándome el cuello.
Si no dejo
que Johnson y sus cinco caballos
galopen por mi oficina,
me dediquen un solo de armónica,
me movilicen la fibra
voy a acabar por arrojarme al vacío
y eso que las ventanas de la oficina no se abren del todo.
¿Por qué?



El cielo nublado



Seis y media de la mañana y aunque aún no haya amanecido, se ve el cielo nublado. Y el asfalto húmedo. Camino como si me diera más pena que pereza. Advierto los huecos: espacios donde en otro tiempo, había gente. Ahora tienen rutinas desempleadas. 
Sigue el quiosco iluminado. Se ve la plaza turbia. Las sombras se desperezan. La lluvia dibuja faralaes sobre los círculos de luz de las farolas. Y como no tengo ganas de trabajar, mi espíritu le infunde aún más pesadumbre a una mañana cualquiera en un día laborable vulgar cuando el trayecto urbano hasta mi plaza de garaje privado se convierte en una repentina oportunidad para brindar por mis miserias. 
Y entonces, la música que suena, me pega un calambrazo:


Ese estribillo del comienzo, como si tuviera una soga al cuello, me lleva de un tirón quince años atrás, cuando sobrevivía con la urgencia y la desesperación propia de mi edad, ajeno al optimismo, presa de la rabia y la indignación, de esas energías adolescentes mal encauzadas. Me posa, como si me vomitara después de fagocitarme, en medio de una pista de baile improvisada en el centro de un bar diminuto con serrín en el suelo, mucho humo, olor a humedad y un montón de siluetas que como yo, tienen más pelo, menos kilos, más elasticidad, menos ganas de estarse quieto. Y todos bailamos, movemos la cabeza, gritamos, nos golpeamos los unos con los otros, nos desvanecemos al mismo tiempo que nos hacemos corpóreos. Yo qué sé. Así que voy con el fall in, fall in en la cabeza, en el presente de madrugón que me traslada al pasado de madrugada, y ver a una mujer de mediana edad atareada limpiando un portal, me arrebata de la misma manera, pero me convierte la bilis plomiza en un chute de adrenalina que, no te confundas, para cuando llegue al garaje, ya me he cansado de luchar contra la mediocridad. 

Pero llego al coche. 
Y aunque había dado por sentado que me gustaban más los discos anteriores de Cloud Nothings, cuando Baldi pasaba de tener compinches si no era necesario, le doy otra oportunidad a los de Ohio porque hoy parece que me han salvado el día inoculándome el fall in, fall in en el coco. Y vuelve a ocurrir. Aunque esta vez no viajo en el tiempo. Lo hago en el espacio. Arranco, salgo del garaje, empino la cuesta, cruzo semáforos, libro las rotondas, supero la circunvalación, sus obras y sus misterios, llego a la autopista, me cubre la oscuridad y le doy al play. Y "Wasted Days" me sostiene en el presente, me devuelve a aquí y a ahora. Y cuando llega al tercer minuto y creía que lo había entendido todo, pierdo la noción, abro más los ojos, manejo el volante, uso los itermitentes, pero mi mente ha cogido la salida y durante los próximos cuatro minutos viaja por un limbo entre lo freudiano, lo kafkiano, lo proustiano, lo baldiano, lo garciano, lo messiano, lo osinagaiano, mariscaliano, marciano, iano, ano, no, o. El último minuto, no puedo evitarlo, reduzco, busco la cobertura del carril de la derecha, y golpeo tantas veces como puedo el volante mientras lo intento también con mi cabeza.


Y cuando termina... 
... digo buag. 
Y la vuelvo a poner. 
Para entonces, la señora ya habrá terminado de limpiar el portal. Los huecos seguirán vacíos. La ciudad ya ha empezado a despertar. Yo estoy apunto de entrar en otra y empezar a vacilar, a oscilar, a levitar, a malgastar mis días, aunque solo con estas madrugadas, merezca la pena hacerlo.

domingo, 23 de septiembre de 2012

Al final, va a ser que sí, que también Morrissey estuvo en el concierto de Manolo Kabezabolo




Joder, que ayer parecía que estábamos hablando del 4 de Junio de 1976 en el Lesser Free Trade Hall de Manchester, cuando los Sex Pistols anunciaron que iban a pasar a la historia y resulta que sólo lo vieron 40 personas pero, con el tiempo, tanta gente juró haber estado allí que, en pretérito, había más gente viéndolos que en Copacabana con Rod Stewart. 
A mí no me preguntes, porque mi madre aún no había dado a luz. Le faltaban quince días para descansar. Pero sí que estaba hace dieciséis años, cuando se celebraron por última vez las fiestas del que ahora es mi barrio, y antes no lo era, y en la plaza, que ahora ya no es la plaza pero antes lo era, tocó en directo Manolo Kabezabolo en pleno debate sobre el derecho de las gallinas a abortar. 
Yo estaba allí. Y anoche parecía que había estado todo el mundo, por dios. Resulta que todo el mundo vio a Manolo pelearse con su guitarra; parece que, al final, va a ser que estuvo hasta Morrissey, codo con codo con Tony Wilson, viendo como Kabezabolo correjía la deriva del punk en un barrio obrero a finales de los noventa.
Y qué bien que volviste, ché. 
Porque... que no hay nada mejor que las fiestas del barrio lo saben hasta en el extrarradio. La gentrificación está de moda, pero aquí nos dejan las aceras como estaban. Los bares se llenan cuando hay hambre, pero ya no hay música en los bares. Qué bueno que, dieciséis años después, nos volvemos a reunir con los pañuelos en ristre, abonados al fetichismo dipsómano, dispuestos a celebrar que, aunque no nos saludemos por la calle, todos somos del barrio. Fantástico: aunque no actuara Manolo porque Manolo, ahora, no da pie con bolo. 
El viernes, haberlos haylos, hubo conciertos. Llegamos para ver cómo Norte Apache se cargaba al Comandante Carleton y poco más. Después estuvimos de cuerpo presente mientras tocaba Rock Alcohol, pero, entre porcos y flautas, no me enteré de mucho. Se veía bonito el paisaje iluminado desde allá arriba, y para de contar.
El resto de las fiestas, en lo que concierne a la actividad musical, pues... lo que se espera. Y qué más da, si lo que mola es el campeonato de futbito y el concurso de putxeras y que bebes más que cuando te enseñaron a jugar al kinito. Porque de eso ha ido todo: de viajes en el tiempo, de fotos en blanco y negro, de perderte por la pendiente del tiempo que ha pasado y cómo se te ha quedado, lo quieras o no, esa cara de gilipollas aparbao. Entre barbacoas, Carlinhos Brown en vena, pachangas variadas y heróicos himnos del folclore txoznero, las fiestas me dejaron un par de momentos musicales de lágrimas en blanco y negro, de colaboraciones dramáticas para los de yofuíaegb y epopeyas coming-of-age para la versión perversa yoyameemborrachabaenlaegb.
A ONE: Ver a la peña desfasada en un templo afterhour, que ahora ya no lo es, gritando a pleno pulmón y con el puño en alto las soflamas arrebatadas y desesperadas de Parabellum... casi que te trastorna mientras te traslada a tiempos que siempre fueron peores. A TWO: Escuchar, entre efluvios de champiñón, el "Corazón de Tango" tengo el cuerpo de jota hoy, Francis, de Doctor Deseo y acordarte de cada palabra, una detrás de otra, sin avergonzarte ni ponerte ñoño y melodramático... como que hace que merezca la pena que, dieciséis años después, todo el mundo jure que, en su día, estuvo en la plaza del barrio asistiendo al concierto de un Manolo Kabezabolo al que ya hemos convertido en leyenda. 
El resto, lo dejamos para la lírica. Como carnaza para extravagantes entradas que no valen para nada. Válgame el cielo, cabrón, ¡calla ya! Te levantas por la mañana, te tumbas en el sofá, pones The Smiths y todo merece la pena, estuviera o no estuviera Morrissey allí. Da igual el tiempo que pase, lo que cambie la gente, que aprenda o no aprenda a tocar la guitarra Manolo Kabezabolo; aún así, sigue mereciendo la pena. Vivan las fiestas de barrio. Viva la música que escuchamos. Vivan los conciertos que vimos. Vivan las resacas que se pasan en el blog.Viva yo... y mi caballo.


martes, 18 de septiembre de 2012

¡Pero Bubu!

Iba a escribir esta entrada como dios manda, tirando de wikipedia y de youtube, poniéndome el disfraz, dejando de mascar chicle. Pero, en su lugar, he decidido hacerlo así:

Joder que me caía mal aquel tío. ¿Y entonces? ¿Qué hacía en su casa? ¡Son las seis de la madrugada! Tú te ves aquí, en casa de un extraño, buscando en todos los cajones de su cocina mientras él sigue hablándote a través de la puerta del baño. Debajo del fregadero encuentras una botella de lejía. Bébetela. Escuchas cómo tira de la cadena. Bébetela. Estás borracho y por eso eres capaz de pensar en beberte la lejía, mientras eres consciente del ruido de la cisterna y, al mismo tiempo, te poseen imágenes diabólicas de tu niñez. Aparece tu padre. ¡En tu cabeza! ¿Qué coño haces ahí! Ven. ¡Véte! Y todo se vuelve aún más loco por culpa de David Thomas y sus colegas. David Thomas y sus colegas. 
Vuelve del baño y el tío que me caía mal se ríe cuando me ve con la botella de lejía en la mano. 
Se pierde por la puerta. 
Vuelve con una botella de un vitriólico líquido blanco. Baila. Viene bailando mientras grita no-alignment pact!. David Thomas y los demás. Cojo la botella y le pego un largo viaje sin pararme a pensar qué es. La botella de lejía cae al suelo. Vuelvo a ver a mi padre. Río. Sí, de manera enfermiza. 
Media hora más tarde estamos sentados en su sofá.
El vecino pegó en la puerta. Amenazó con llamar a la policía. Se apartó justo a tiempo cuando la botella de lejía voló sobre su cabeza. 
Estamos fumando hierba.
Escuchando modern dance. 
Y el baila. De vez en cuando, se pone de pie y baila. Baila para mí, el cabrón. Me pone enfermo. Cuanto más fumo, peor me cae. Cuanto más bebo, menos me pregunto qué bebo. Le veo y me dan náuseas. Me río si mi padre aparece de nuevo. Luego me concentro en David Thomas y el cerebro me perfora un clavo. Le oigo hablar mientras baila:
- ¡Pere Ubu son lo más grande! Escucha, escucha: simplemente desconcertante. ¡La ostia!
Se contornea como si la diarrea le engrasara las extremedidades. Se ríe. Se da la vuelta. Toca una trompeta imaginaria que le metería por el culo. No me muevo. Fumo. Tengo la botella sobre el regazo y si me empalmo la voy a partir en dos. Me río. Se ríe. Fumo. Baila. Le digo sin alterar la voz:
- Eres el tío más imbécil que he conocido en mi puta vida. 
Y dice que sí con la cabeza, pero no deja de bailar. Se desternilla de risa. Canta: 
- ¡Gone, gone, gone by her heart! 
Da saltitos. Se cae. Se estrella contra la tele. Se quiebra sobre el sofá. Se lanza contra mí. Le aparto y cae de espaldas sobre la mesa que se parte en dos pero no se inmuta. Se levanta, baila. No se oyen los gritos. Ni como golpean la puerta. Yo fumo y cuando termino, lanzo la chicharra al aire sin mirar dónde cae porque estoy fijamente deseando abrirlo en canal con mi mirada. Pero no puedo. La canción muere en una marejada ondulante y entonces escuchamos los gritos y vemos cómo las cortinas han estallado en llamas. 
Aulliditos atronadores. Grita y corre a la cocina y yo corro más rápido, me divierto, hasta la puerta. El vecino la aporreba y llegó acompañado de su hijo que me saca dos cabezas y me agarra de la pechera y me lanza contra la pared, me grita, y le entiendo, porque me enseña que en la otra mano lleva la botella de lejía, que más vale que nos vayamos a dormir la moña o en lugar de llamar a la policía se encargará él mismo de que me beba esa botella en copas de champán. Se oye como se caen los cacharros en la cocina. Huele. Hiede. Arde. El vecino asoma la cabeza. ¿Qué pasa ahí dentro? Pregunta. Pero yo, a esas alturas, ya solo me concentro en escuchar a David Thomas y Peter Laughter: "life stinks I'm seeing pink I can't wink I can't blink I like the Kinks I need a drink I can't think I like the Kinks Life Stinks."
Y como es cierto. 
Cuando me baja. 
Cuando sigue a su padre por el pasillo mientras murmuran pero qué coño, y yo veo cómo el resplandor crece, y el humo no cede, y el tío al que tanto odio grita como un niño de preescolar. Cierro la puerta. Me quedo fuera. Bajo las escaleras, aprovecho las sombras, me adentro en un callejón y me siento en las tinieblas. Imagino que desde allí solo se puede ver la punta de mi cigarro cuando aspiro. Estoy a gusto. Se me ha bajado el pedo. Desde allí veo cómo el vecino aparece corriendo por la puerta y cruza la terraza de madera y baja al jardín dando saltos y vuelve arrastrando una manguera y sube los peldaños de dos en dos. Entra. Deja la puerta abierta y oigo crepitar a Pere Ubu. 
- ¡Pero Bubu! ¡Corre Bubu!
Murmuro sin hacerme gracia. Mi padre se apalanca a mi vera. Me mira como me miraba cuando no le hacía falta decirme qué miraba. 
- Lo sé, viejo, lo sé. 
Pero él dice que no con la cabeza, aunque me mire con una compasión que no merezco y que me produce náuseas. 
Vomito. 
Levanto la cabeza y veo cómo salen los tres a la terraza. El tío que tanto odio tiene el rostro tiznado. Le ofrece la mano a su vecino. No oigo, pero veo el gesto de reproche. Sé que le ha dado las gracias y se ha excusado al mismo tiempo. Mi amigo se queda allí un momento mientras les ve subir al piso de arriba. El barrio permanece ajeno al jaleo. Nadie ha alterado su sueño. Escucho el silencio dentro. Apagó la música. Parece que mira hacia el callejón. Ven. Baja. Acércate. Estoy aquí. Cállate, susurra mi padre. Parece que aguza la vista. Quizás ve mi cigarro cuando aspiro. Se ilumina el mismo punto indeciso que acaba de iluminársele en el cerebro. 
Pero se da la vuelta y entra dentro. 
Corre Bubu, murmuro. 

Dieciséis años más tarde encontré trabajo en una biblioteca municipal. Todos los sábados tenía que madrugar más que nadie y recoger los periódicos y tenerla abierta antes incluso de que posara el sol sobre los naranjos del parque. Al mediodía dejaba de venir la gente para llevar y traer libros que siempre me preguntaba si se leían. Me aburría y paseaba entre las baldas buscando algo que nunca encontraba. A la hora de comer, me encerraba en el despacho y comía en silencio. Alargaba la sobremesa enredando entre los libros que esperaban para ganarse tejuelo y encontrar un hueco en la colección. Un día me senté junto a la reluciente fila de cedés que acababan de comprar para subirse al carro de los nuevos tiempos. Aún no habían terminado de catalogarlos. Iba mirando uno por uno cuando encontré el "The Modern Dance" de Pere Ubu. Todo volvió de golpe. Dieciséis años después. Y dieciséis años más tarde todo lo que vuelve no vuelve igual. Es algo distinto. Igual de doloroso, pero distinto. Estuve mirando el disco sin atreverme a abrirlo. Y allí lo dejé sobre la mesa. 
A las seis de la tarde quedaban un par de horas para cerrar y nada mejor que hacer que holgazanear junto a la ventana. Aunque estaba prohibido, saqué mi móvil y la llamé. No había nadie en toda la sala, pero en mi cabeza ya no quedaba un mueble de pie porque desde el almuerzo había tenido dentro al tío más imbécil que había conocido jamás sin dejar de bailar y apagar fuegos. 
- Hola. 
- Bien.
- ¿Vas a venir a buscarme?
- Ok. 
- ¿Te apetece ir al cine?
- Bueno, ya me paso yo por el videoclub antes de ir a casa. 
- Pizza. Me apetece más pizza. 
- Vale.
- ... Hasta luego.
Luego ya no valía. Una electricidad como vecina, que ya conocía, me atravesó de los pies a la cabeza. Había entrado un anciano a la sala y se había sentado a leer el periódico y me miraba asustado por encima de sus anteojos. Empecé a abrir todas las ventanas de la sala. Y las que seguían al otro lado de las baldas. El viejo me seguía con la mirada. Entré en la hemeroteca y aún quedaba gente rezagada que se asustó al ver como me movía poseído sin reparar en ellos. Abría todas las ventanas y me iba. Entré en la sala de infantil, mi compañero me sonrió al entrar y gritó qué haces cuando me vio salir. Lo mismo que me preguntaba la chica nueva de portería cuando veía cómo enredaba en el equipo de megafonía que cada día voceaba la sirena que anunciaba el cierre, pero, esta vez, me las arreglé para que funcionara la pletina del cedé y me atreví a abrir la caja de "The Modern Dance" y le di al play sin pensar. Giré la ruleta del volumen hasta que no pude más. Y lo demás fue esperar. 




 

sábado, 8 de septiembre de 2012

Upcoming: Villa de Bilbao


En 1989, ha llovido desde entonces, que estamos en Bilbao, aunque el cambio climático nos haya obligado a revisar los tópicos, se organizó la primera edición del Villa de Bilbao, el concurso de grupos noveles. Los barakaldeses Yo Soy Julio César consiguieron el premio al mejor grupo en la categoría de pop-rock y los madrileños Tokio se llevaron la gloria en metal. Los Bichos, por cierto, se conformaron con un accésit. Desde ahí, hasta al año pasado. Ahora, el número de premios, mayores y menores, es imposible de resumir. Digamos que el palmarés en los principales lo coparon los catalanes The Free Fall Band en pop-rock (Dr. Maha’s Miracle Tonic, de los que ya hemos hablado en este blog en varias ocasiones, acabaron segundos), Echovolt de Cádiz ganó en metal  y, a juicio del jurado, la propuesta de los vizcaínos Dr. Skyloop, formado por Sanchesqui y Lupo de Olimpic, venció en la categoría de nuevas tendencias, categoría que, en los primeros años, no existía.

Entre medias: 21 ediciones, ni más ni menos. Veintiún ediciones con multitud de premios y muchos grupos premiados que, más tarde, han hecho carrera. Algunos con más éxito, otros con menos. Algunos perduran, otros perecieron en el intento, pero todos alcanzaron, en mayor o menor medida, una relativa visibilidad que, ahora, al revisar el palmarés histórico del concurso, le da más brillo aún a esta apuesta atrevida. 

Por nombrar a algunos, sin orden ni criterio, valiéndome de mi conocimiento y no de rigurosos filtros de calidad o cantidad, voy a mencionar a algunos. No todos se llevaron primeros premios. Algunos de todos estos que nombraré ahora se conformaron con accésits o recibieron premios menores, pero, todos pasaron por el escenario de La Iglesia de la Merced: los donostiarras de La Perrera, Su Ta Gar, los asturianos de Dr.Explosion, Los Nadie de Getxo, Lord Sickness, ganadores el mismo año que Australian Blonde se llevó un accésit, los madrileños de Psilicon Flesh, Little Fish de Bilbao, que dejó en segunda posición a Manta Ray, Afraid to Speak in Public, PiLT, los catalanes B-Violet, Fromheadtotoe, Atom Rhumba, Zea Mays, Caballero Reynaldo de Valencia, Ya Te Digo, Mermaid, los gerundenses de La Suite Mosquito, Valhalla, los suecos de Very Ape, Audience, Sidonie, El Columpio Asesino, estos cuatro en un mismo año que más que un concurso parecía un festival visto desde el presente, Ortophonk, 12Twelve, noruegos como The Carburetors o The Low Frequency in Stereo, Hora Zulú, Ainara Legardón, The Painkillers, The Unfinished Sympathy, The Boogie Punkers, The Sunday Drivers, Standard (ahora We Are Standard, ya lo sabemos todos), Cápsula, The Soulbreaker Company, Renochild, Yakuzi, Mendetz, Electroputas, Sharon Stoner, Le Noise, The Sinclairs (ahora The Brand New Sinclairs, ya deberíamos saberlo todos), The Cherry Boppers, Olimpic, Cordura, Aaron Thomas, Munlet, Eureka Hot 4… 


La edición de este año comenzará el jueves 13 de Septiembre con la actuación de los madrileños Terrier y los vizcaínos Mild y Tooth. Los tres lo harán a las ocho en Bilborock, con entrada gratuita. Y por allí, andará un jurado que tendrá trabajo de aquí a las finales. Serán treinta y ocho los grupos a valorar para un jurado que, en sus tres categorías, cuenta con miembros de irreprochable currículo, gente como Fernando Gegúndez, Francisco Corral, Pablo Cabeza, Igor Cubillo, José María Aguiriano, el bajista Francisco Javier González, Mariluz González, el dj Mimoloco, Josu Lafont, “Madel” de Chico y Chica o la fotógrafa gallega Raquel Durán.
 

Ellos tendrán la decision final. Los demás, lo veremos de pie y haremos nuestras propias quinielas. Gane quien gane, una vez más, el Villa de Bilbao servirá como una impagable oportunidad de descubrir nuevos grupos, algunos de los cuales acabarán en la lista del próximo bloguero que, en pongamos que diez años, se encargue, por vicio o aburrimiento, como yo, de hacer entradas tan superficiales como ésta. Igual hasta vuelvo a ser yo mismo si en diez años no aprendo nada nuevo. Podéis apostar por ello.