viernes, 20 de enero de 2012

Las experiencias vitales de la emancipación

Pensé que ya había vivido todas las experiencias vitales de primera fase que se presumen cuando uno se emancipa: los dedos cruzados debajo de la mesa del director de oficina del banco, la primera visita de la pareja a las obras, la noche arrancando papel tintado y el chino que no sabía llegar al portal, las mañanas lluviosas con el chandal viejo pintando los techos, el primer día que enciendes el lavavajillas y no sabes cómo apagarlo, las visitas al merkamueble y al Leroy Merlín y al Ikea y a yo qué sé dónde, el primer día durmiendo juntos sin encontrar tu espacio, el primer reparto de tareas, las múltiples cenas de inauguración, la primera visita inspectora de tu madre, la primera reunión de la comunidad, los primeros meses sin televisor (qué felicidad), las primeras plantas en el alféizar, mi caja de herramientas en oferta del Carrefour, la subida del euribor... Ya va para tres años, pero aún quedan muchas otras, presumo, aunque contaba ya con ellas para la segunda fase, y no me voy a poner a explicar qué entiendo por la segunda fase, porque me da vértigo.
Pero aún me quedaba una de la primera fase: el día entre semana que libras en el curro, bajas solo a comer donde tu madre, y en la sobremesa te da por enredar entre las cosas que dejaste abandonadas en tu vieja habitación y que tu madre guarda impoluta como si estuviera esperando que alguien inventara el rebobinado temporal.
Y eso ocurrió ayer. Y como este blog va de música, me limitaré a contar lo que tuvo de musical esta última experiencia vital de emancipación tardía. Y lo de rebobinar viene al cuento, porque ayer casi se me saltan las lágrimas al enredar entre mis viejas cintas de casete. Codificado en aquella señal analógica, dibujado en las carátulas manuales, me di una vuelta por el pasado, un pasado que era lo mismo ridículo como excitante, de todas formas curioso y bastante patético. Cogía una cinta y no me reconocía, cogía otra y descubría a un crío que debía haber sido yo pero no me lo podía ni imaginar. Había nombres que no recordaba ni podía haber imaginado que estuvieran en mi habitación: Pennywise, Biohazard, Janis Joplin, Cockney Rejects, UK Subs, Eric Clapton, Bob Dylan, Eskorbuto, Lin Ton Taun, Orange Juice, Pantera, The Replacements, The Clash, Itoiz, Urtz, Big Star, EH Sukarra, La Banda Trapera del Río, Lord Sickness, los Flying Rebollos, Frank Sinatra, los Rolling Stones, Napalm Death, Manolo Cabeza Bolo, Toy Dolls, Death Kennedys, Beach Boys... ¿Qué tipo de mutante musical podía surgir de esa mezcla? ¡Si hasta encontré una cinta que recuerdo haber comprado en el Cash Converters con las mejores canciones de las películas de John Wayne! Infumable, pero era yo, ahí estaba, casi podía verme otra vez, tirado en el suelo, con un bolígrafo de punta fina, escribiendo los títulos a dos colores, con una curiosidad que ahora casi me parecía patética. Y todo mientras mi madre me gritaba que no posara las cajas sobre la cama, que iba a ensuciar la colcha.
De todas las cintas, me subí cinco. El Are You Experienced? de Jimmi Hendrix porque siempre me gustó cómo aquella vieja amiga de la carrera, ahora compañera de curro y hasta madre de un hijo, dibujó el título sobre el lomo de la cinta. Y porque recuerdo las noches de viernes en el Kubil y correr bajo la lluvia para coger el primer tren de cercanías de la mañana siguiente, y mientras tanto, en el intervalo, cargar con un walkman donde no dejaba de escuchar a Hendrix. El Karkoma de Juicio Final, con una horrorosa fotocopia escondiendo una cita de TDK. Porque también me trae recuerdos de otros tiempos, del concierto en fiestas de Bilbao, de cantar "Contra corriente" mientras seguíamos la corriente a la gente que tenía porros. La cinta original del Diary of a Madman de Ozzy Osbourne. Porque yo estaba orgulloso de mi cinta original del Keeper of the Seven Keys de Halloween, y la llevaba a clase y se la enseñaba a todo el mundo, hasta que un repetidor de octavo me agarró por el pescuezo, me dijo que se la dejara, y a los cinco meses, cuando insistía por décima vez para que me la devolviera, me contestó con una sonrisa, vamos a hacer una cosa, yo me quedo con ella, y tú tienes dos opciones, o aceptas que te la cambie por dos cintas de Ozzy Osbourne, o me la regalas. Al final, solo fue una cinta, el Diary of a Madman, pero creo que a la larga, salí ganando y no me dolió ninguna parte de mi cuerpo. Una maqueta de un grupo de Barakaldo que pasó a mejor vida muy pronto, aunque alguno de sus miembros sigue por ahí dando guerra y ahora tienen hasta su propio estudio de grabación. La maqueta no tiene título y el grupo se llamaba Cotton Fielsd. Así, mal escrito, cualquiera puede ver que es un juego de palabras. Le he hablado muchas veces a ella de este grupo, y cuando encontré ayer la maqueta, fue como si encontrara un tesoro. De hecho, volví a mi casa, y como el único equipo de sonido que tengo es una mini cadena que me regalaron cuando cumplí los veinte (más o menos), aún tengo pletina, y me puse a escucharlo mientras colgaba la colada (otra experiencia vital de primera fase). Y, por último, la cinta original del Vitalogy de Pearl Jam, porque me la regaló mi abuela. Mi abuela falleció hace poco más de un mes. Aún ayer cuando evité coger el ascensor y subí andando hasta el cuarto piso para comer con mi madre, me paré en el rellano del tercero y me asomé a la ventana del patio. Desde allí le tiraba céntimos a la cocina, cuando la oía ver la televisión, para que se asomara con su eterna sonrisa. La echo de menos, y recuerdo aquel cumpleaños en el que la mujer, y ya cojeaba, me acompañó hasta Vellido (ahora es la sede del PNV) para regalarme lo que quisiera por mi cumpleaños. Cuando apunté en una vitrina a la diminuta caja grisácea con las letras rotuladas en dorado del Vitalogy, mi abuela puso cara de susto y dijo, ¿eso?, eso, abuela, la contesté, y eso he guardado siempre y ahora lo guardaré aún con más ahínco, porque Eddie Vedder ha pasado a formar parte de mi última experiencia vital de la primera fase de emancipación. Para celebrarlo, escuchamos la canción ñoña del disco que cuando era un crío recién cumplida la mayoría de edad, me ayudaba a sobrellevar los múltiples desencantos amorosos en plan Óscar Wao pero sin tanto dramatismo: Betterman. Quién sabe, quizás fuera mejor antes, cuando grababa las canciones en el cromo.

martes, 17 de enero de 2012

MaMaMalkmus GuiGuiGuided SilSilSilver


Esta mañana paseaba escuchando el último disco de Stephen Malkmus and The Jicks. Malkmus, ya sabes, Pavement, sí. Luego por la tarde, cuando entraba al cuarto, me resbalé con el rockdelux que estaba tirado en el suelo de la habitación. No me caí, pero amenacé con ello, y al recogerla, me encontré con el cartel del próximo Primavera. Y ahí estaba, el nombre que me emocionaba, el que soñaba con ver en directo cuando un compañero me comentó que iba a intentar hacerse con un par de abonos para ir de excursión a Barcelona. Pero, no, al día siguiente, me lo chivaron en Radio 3: Guided by Voices, no, no van a venir a Barna. Pues nada, se jodió la marrana. Aún recuerdo aquella fachada de ladrillo del Rasputin de Powell Street y el ascensorista con el ceño fruncido leyendo a Tolstoi. En alguno de los pisos coloridos, pregunté por el último disco de Guided by Voices y un crío con flequillo, más pálido que los vampiros de Stephanie Meyer, luciendo cara orgullosa de estudiante de Berkeley, me guiñó un ojo, terció una sonrisa poco sincera, y me dijo ven mientras hablaba y yo no entendía nada, aunque, de vez en cuando, reconocía que había nombrado a Robert Pollard. Para cuando volví a casa, ya lo había rallado el reproductor del coche. Pero ahí no he terminado hoy, porque luego he vuelto a salir a la calle, y en lugar de Stephen Malkmus, me he puesto a escuchar a un colega suyo que le ayudó a grabar su primer disco en solitario, un tal David Berman, del que conozco más de una, pero sobre todo es una, una sola canción, la que se me ha quedado grabada, tatuada en el tímpano para siempre. Y me quedé más tranquilo después de que, recuperado de mi intento de caída, y ya leída la lista de grupos del Primavera, seguí perdiendo el tiempo y leí la entrevista a Alejandro Díaz Garín en el mismo número. Me quedo más tranquilo porque solo recuerdo una canción de Silver Jews, no recuerdo los títulos de Malkmus, y no me preguntes cuántos discos ha sacado Robert Pollard en solitario. Eso sí, al menos tienen tres canciones que me gustan, y con eso es suficiente:



viernes, 13 de enero de 2012

La curiosidad de los nombres


Hace poco que un amigo mío debatía con su pareja cuál podría ser el nombre de su segundo hijo, hija en este caso. A ambos les gustaba Maren, que es un nombre en euskera, o como diría aquel, en vascuence. Mi amigo no las tenía todas consigo, así que llamó a Euskaltzaindia, insititución cultural fundada en 1919 que rige la normativa de uso de la lengua vasca. Según nos contaba en la grada de Lasesarre, en Euskaltzaindia le dijeron que Maren era un nombre masculino que encontraba su versión castellana en el nombre de Mariano. Así que rechazaron esa opción. Al día siguiente, mientras cruzaba un paso de cebra cargado con bolsas del Eroski (que por mucho que suene a ruso también es vascuence), escuché como una madre le gritaba el nombre a su hija para que no se retrasara y cruzara detrás de ella. Aciertas, la niña se llamaba Mariano.
En fin, curioso, y no tiene nada que ver con la música.

Aunque quizás Jarvis Cocker fuera capaz de escribir una nueva letra, ahora que reúne a los Pulp, solo con el material de esta ridícula anécdota.
Pero la curiosidad también asalta a todos aquellos quinceañeros que se reúnen en un garaje para ponerle nombre a su recién estrenado grupo de música. Y no solo los quinceañeros, también los músicos talluditos que celebran proyecto se encuentran con uno de los momentos claves de todo grupo de música que se precie: ponerle un nombre al invento. Daría para una tesis doctoral estudiar los ingredientes innovadores, extravagantes, sugerentes, iconoclastas, subversivos, miméticos, fanáticos, evocadores, sofisticados o pretenciosos que se perciben en la elaboración, ya sea barroca o minimalista, de la nominación de grupos de música. Yo no lo voy a hacer, ya he hecho la mía, y me costó mis muchos años de dioctrías, dolores de espalda, asocialidad variada y psicosis de pacotilla. Que lo haga otro.
Pero vamos a lo que iba que ya he plantado demasiada paja en esta entrada florida. Ayer, en el curro, que tiene estas cosas buenas, me permitía trabajar frente a la pantalla del ordenador, mientras escuchaba música. Como el portátil pertenece a una honorable institución que no fue fundada en 1919, apenas tengo música en el disco duro de este ordenador. Así que, como recurso, visito este blog de vez en cuando (así le subo el ánimo al contador de visitas), me pierdo en el universo myspace-youtube, o aprovecho las fuentes preñadas de otras páginas webs. Ayer, le tocó a my sweetheart the drunk, blog musical que se puede encontrar en la lista de enlaces de este blog mucho menos original y meritorio, y que es de obligada visita (hago el vínculo sobre el nombre, por si acaso).
Primero escuché el postcad del concierto en acústico que Lori Meyers hizo en Hoy empieza todo, programa madrugador de la parrilla de Radio 3 que me hace siempre de copiloto por la A8. Del mismo programa, escuché después el postcad del concierto de The Pains of Being Pure at Heart, mucho más sosetes que los granaínos. Después de todo eso, aún me quedaba más trabajo que teclear, y más ganas de acompañarlo con música, así que rebusqué en el buzón de las entradas antiguas del blog y me encontré con una entrada colgada el 5 de Enero con un enlace al "mastodóntico widget" en el que la NME proponía 100 bandas de obligada escucha durante el año 2012. Ahí que me puse. Algunas las pasaba a velocidad de vértigo porque la electrónica, bien y mal entendida, no es lo mío y me entra con cuentagotas, y porque aún estoy aprendiendo a apreciar el hip hop. Pero con otras me detenía de lo lindo e incluso aceptaba una segunda escucha. Así que andaba yo entretenido, igual que ahora me entretengo escribiendo esta entrada que parece no tener fin. Y en esas llegué a un grupo que me sorprendió ya desde el inicio por su nombre: Zun Zun Egui. No es extraño que me sorprendiera, ¿no? Igual te piensas que tengo talento y sé de lo que hablo, y me lo he montado de puta madre para cerrar ahora el círculo y hablar de otra institución que vigila el buen uso de otra lengua, la que ahora uso, porque Juan Antonio de Zunzunegui fue un portugalujo que contó con un sillón en la RAE desde 1957 hasta su muerte. Pero no fue por el novelista que estos tíos se pusieron ese nombre. Aunque casi. Porque sí, me puse a buscar, una vez más, por internet, abandonando mis obligaciones laborales, y descubrí que estos tíos de vascos no tienen nada, porque Zun Zun Egui, que ellos lo escriben separado, y con razón, son de Bristol, aunque dos de sus miembros, como sus nombres indican, Kushal Gaya y Yoshino Shigihara, tienen unos orígenes bastantes alejados de Bristol... y de Portugalete.
Pero con eso, no me di por satisfecho, y seguí a la caza, buscando una entrevista donde consiguiera averiguar el por qué del nombre. Y no fue difícil. Así de fácil: vieron el nombre de Zunzunegui escrito en la placa de una calle mientras viajaban por España, y ya está, se despertó la curiosidad lingüística porque, según la ya nombrada Shigihara, le hizo gracia, ya que "zun zun", en japonés, significa avanzar rápidamente, y "egui" es el adjetivo para calificar algo que es muy muy raro. Y tiene gracia, aunque Zunzunegui, Juan Antonio, quiero decir, no creo que corriera por muy raro que le pareciera algo. O quizás sí.
Ah, sí, por cierto, la música. Pues suenan muy modernos, tropicales y eso, pero con un toque psicodélico, desatado, que los hace muy prácticos si estás de humor (o con el colocón adecuado) para olvidarte de novelistas de principios de siglo y darle brillo a la pista de baile.





domingo, 8 de enero de 2012

De qué hablamos cuando hablamos borrachos




Entre cubatas navideños, salían los nombres trillizos, cuatrillizos. Mientras nuestro pincha preferido se aliaba con la causa irlandesa y le daba la bienvenida al dublinés con un buen recital de Imelda May, nosotros seguíamos con nuestras torpes conversaciones. Nos reíamos de que en castellano las patas de un gato se llaman patatas si el que lo dice es compatriota de Imelda May y no puede ya con su jameson. Nos prometíamos visitas que ya habíamos prometido antes. Nos contábamos los metros cuadrados de nuestros pisos y nos valían con los dedos de la mano. Nos íbamos mencionando nombres, trillizos, cuatrillizos, que sabíamos que al día siguiente no recordaríamos.


Y así fue.


Y entre todos esos, quedó uno que olvidamos tan rápido que aún hoy no recuerdo haberlo oído.


Pero las nuevas tecnologías tienen esas cosas, y se ve que hasta un valor retroactivo. Digo que ayer fue cuando desde la isla Esmeralda nos mandaron recordatorio de uno de esos nombres y aquí lo dejo, porque he de confesarlo, la canción me ha atrapado.


Ella se llama Lisa Hannigan y la conocía aunque haya oído su nombre por primera vez. La conocía porque salía siempre ahí, a la vera de Damien Rice, del que hacía mucho que no oía nada, por cierto, y, a veces, hasta le aporreaba la batería en algún concierto.


Allá por 2007, Damien Rice anunció que rompían relación artística. Poco después, Hannigan sacó su primer elepé. A finales del verano de este año que acabamos de terminar, sacó el segundo. La canción que propongo, la misma que nos han propuesto, pertenece a ese último disco. La primera vez que la escuché, pensé que era Laura Veirs, o quizás Aimee Mann, porque no soy muy bueno para recordar voces, y se me hacen familiares, y las confundo, y luego pensé que quizás fuera Damien Rice si se hubiera cambiado de sexo, así que no andaba muy desencaminado. En fin, merece la pena el vídeo, y no sé de qué me dan más ganas, si de ser Lisa Hannigan en el vídeo o los que se están divirtiendo a su costa.


martes, 3 de enero de 2012

Año nuevo, propuestas nuevas

Tres propuestas recién comenzado el año: un concierto diferente, un proyecto sugerente y una canción.


Empezamos con la canción porque he empezado el 2012, año en el que terminará el mundo, ya lo sabemos todos gracias a John Cusack, obsesionado con una canción que he escuchado hoy mientras bajaba a la plaza, mientras esperaba mi cola en la pescadería, mientras cogía patatas en el Eroski y mientras volvía, con la lengua fuera, a casa. Creo que The Secret Society, a los que ya conocía pero no les había prestado la atención necesaria, se van a colar entre mi antología de buenos letristas en castellano:







Segundo, un concierto diferente, porque no es un concierto del todo. Y es que el poeta y relatista David Mardaras, amén de músico y hombre de mundo, con el que me une una vieja amistad así que no soy objetivo aunque trate de serlo, se verá acompañado de Juan y Urko para estrenar un nuevo proyecto: Hipocondríacos del Amor. Vendría a ser como una lectura de poemas acompañada por música. Podéis encontrar más información en el blog de David, donde también averiguaréis de donde vienen esos poemas e incluso, creo, aún podéis acceder al estudio pormenorizado y detallado, inspirado pero también reflexivo, en el que David explica cómo entiende él la relación entre música y poesía. Antes que ellos, ese mismo día, actuarán KKK!, siglas que atienden al nombre Kontubernio Kriminal Kósmiko y que reúnen a miembros de Grupo de Presión con el barakaldés Álvaro Brutus, conocido por otros proyectos como Karpenters o 3lp3rr0v3rd3. Si nada lo remedia yo estaré allí como público expectante. La cita: el 13 de Enero, y gratis, en el Sentinel Rock Club de Erandio.


























Y la otra cita será el 4 de Febrero, para empezar, porque creo que ya han anunciado otra más a los pocos días. Ya hablamos antes de ello aquí y en otros foros y publicaciones con mucho más eco, se anunció antes. Parece que se prepara el desembarco de la franquicia Independance en Bilbao. Para calibrar el potencial y la acogida, han preparado un par de citas en la sala RockStar de Bilbao. La primera cita será, como digo, el 4 de Febrero, y a los djs habituales de la sala madrileña, se unirán otros más autóctonos. Una buena oportunidad para bailar, berrear y pillarte una melopea "indie", si eso existe o no suena tan mal como suena por escrito.
Tres propuestas de año nuevo y ninguna promesa.