lunes, 27 de febrero de 2012

Fiesta Bilbao Rock City 2012




El otro día llego a mis oídos que alguien comentó que en mis crónicas hablo más de mí mismo que del concierto. Y me comparaban con algún plumilla local. ¿Qué digo? Que sí, es cierto. Supongo que esto no son crónicas ni nada que se le parezca. A estas alturas, cualquiera que haya visitado este blog sabe qué puede encontrarse y lo rápido que puede salir de aquí y huír de más miseria y verborrea. Pero yo sigo a lo mío, aunque hoy, con un poco de pereza.


El año pasado hice un comentario pormenorizado de mi experiencia personal de la fiesta de Bilbao Rock City, si es que a aquello se le puede llamar pormenorizado y a mi presencia, experiencia. Pero lo hice. Y este año, como dos seguidas ya hacen tradición, pues se me suponía lo mismo. Y no quiero hacerlo. Me vence la molicie y la conciencia.


Pero soy terco. Y un poco inconsciente.


El viernes, en resumen, nos presentamos puntuales a la fiesta anual en la sala Santana 27. Nos los vimos todos, en plenitud de facultades y sin perdernos ni una coma. Excepto con Gora Japón, con quienes adelantamos el cigarrillo subversivo. Todos los demás, y desde diferentes ángulos, los observamos con distintos prismas y efectos secundarios: desde el asentimiento más tecnócrata hasta la admiración más ojoplática.


Como me pinchan, evitaré añadir la crónica rosa que tan fácilmente se presta a tener protagonismo porque una de las cosas atractivas de esta fiesta es que puedes compartir platea con los músicos y echarle un vistazo al sushi del backstage. Como me pinchan más, tampoco alargaré los datos sobre la presencia de intelectuales locales, amigos que hacía tiempo que no veía, otros que estrené y botellas de heineken que explotan para convertirse en rondas gratis. Me limitaré a decir que




a) Collider nos dejó fríos.


b) Last Fair Deal nos ganaron para la causa a partir de los treinta últimos segundos de su primera canción.


c) Gora Japón me obliga a guardarme mi opinión para un artículo científico.


d) Los Tupper nos hicieron mover algo más que el cuello.


e) The Jukebox Racket nos lo pusieron difícil pero su versión de Motorhead alcanzó el top ten.


f) The Extended Plays nos dejaron buen sabor de boca.


g) Mountain Men sonaron aún mejor que el fin de semana anterior y nos pueden contar ya entre su grupo de fans.


h) The Fakeband nos ayudaron a jugar a los tópicos locales, y gané, tía, que conste.


i) Zodiacs hicieron lo que siempre han sabido hacer tan bien como siempre lo hicieron.


i) We Are Standard los acabamos yéndonos ya a por la puerta de salida y a uno de los dos le revolvieron la cabellera.




Fue la noche de las versiones (desde Grand Funk Railroad hasta Girls), las presentaciones y las celebraciones. Nuestra impresión personal fue que hubo menos público que el año anterior. En el viaje de vuelta, jugamos a los pódiums, y en el mío ganaban los mismos que el año pasado, pero con proyecto distinto. El año pasado Positiva, este año Mountain Men. Cada uno tendría sus quinielas y habrá tenido sus plenos al quince, digo yo. Por lo demás, espero que la idea perdure en el tiempo porque, además, creo que se ha dado con un formato atractivo y distinto que le da a la cita un carácter especial. Y, como también debe ser costumbre, aprovecho para felicitar a los responsables de la web por hacernos las cosas más fáciles. Dicen que hasta que no pierdes algo, no te das cuenta de su valor. No parece que sea este el caso. Ojalá que sea así.

sábado, 18 de febrero de 2012

Toro y la Niña del Frenesí Live!




Estaba hasta los… de verle el careto a los Sonics a la derecha de esta entrada según miras de frente la pantalla de tu ordenador. Horror, no sé ya ni el tiempo que llevaba esa foto en blanco y negro colgada ahí. Así que sí, había ganas de quitarla de ahí.
Una larga sequía de algarabía musical que se terminó ayer. Hace unas horas. Y que seguirá hoy, dentro de unas horas. Y ya era hora.
En realidad, ayer el día empezó bien desde la mañana: iba de paseo haciendo mis labores más livianas y rutinarias cuando le di al play y el azar quiso elegir el “Ride Ride Ride” de Vetiver. Me alegró la burocracia y las colas tediosas. Me enfiló el día.
Salimos de casa prontito por la tarde, nos metimos en el metro y nos plantamos en la fnac con ganas de ver en directo a We Are Standard pero sin poder hacerlo. Y es que la gente salía apelotonada por la esquina de la minúscula cafetería igual que rebosa la espuma de la cerveza en una caña fresca. Aún así, lo intentamos, nos buscamos un hueco pudiente al final de la corriente, justo delante del base del Gescrap Bizkaia Raúl López, y escuchamos a ciegas un par de canciones. Después nos fuimos a enredar por entre los estantes. Bajamos del primer piso, y ya se había terminado el guiso. Deu Txakartegi huía por el pasillo a velocidad indielectrónica y nosotros le imitamos. Fuera, al abrigo del frío, el cantante y el jugador de baloncesto despachaban amigablemente y nosotros poníamos rumbo a Ledesma en busca de un par de esas pobres metáforas que me inventé para explicar que el bar estaba lleno de gente.
Primer intento, frustrado. Así que después del mini bocadillo vegetal sin chicha ni limoná, nos fuimos al Muga, nos tomamos otro par de metáforas, y media hora más tarde nos fuimos a por el segundo concierto de la noche: Toro y la Niña del Frenesí, que así, a primeras, no sabes lo que te espera. Parece el título de un cuento corto de Haruki Murakami o el último sarao flamenco en El Taranto almeriense. Ni lo uno ni lo otro, pero mejor, aunque la comparación sea imposible. Nosotros íbamos informados por fuentes cercanas a la Casa Blanca, aunque aún guardábamos ese porcentaje impagable de sorpresa expectante que hace que los conciertos sean aún mejores cuando la sorpresa, al final, resulta agradable.
Toro y la Niña del Frenesí son dos, supongo que Toro a la guitarra y la Niña del Frenesí, Virginia, al micrófono. Tocaron anoche en un Umore Ona bastante repleto y muy limpito, con un público que hablaba demasiado al fondo pero que se rindió, por nuestra esquina, a la demostración enérgica de la capacidad comunicativa de los elementos más sencillos de la música. Lo digo de una manera menos pretenciosa y complicada: que una buena voz y un buen guitarrista se sobran para emocionar si la voz es buena y el guitarrista también. El repertorio fue desde Megadeth hasta Amy Winehouse, pasando por Nina Simone o PJ Harvey. Y en todo ese viaje, la voz de la Niña ni desafinó ni se amilanó ante la variedad de registros. Al contrario, sin perder su propia personalidad, el Toro y la Niña se acoplaron a cada canción con una precisión de malabares y de artes y oficios. Si ya tiene que ser difícil versionar a Mariah McKee o subir las cejas como Janis Joplin, es una declaración de intenciones que, en tu segunda canción, te atrevas a cantar a Nina Simone, y, el doble tirabuzón, hacer lo que ella hacía al piano, con una guitarra acústica. ¿Quieres más? Luego le pones soul a Megadeth y cierras con la violencia erótica del “Rid of Me”. Si lo apuestas todo a un ocho difícil en la ruleta, no arriesgas tanto.
Así que el primer concierto frustrado se compensó con un concierto sorpresa, de las sorpresas, que, ya sabes, al final, resultan agradables.
Por lo demás, el Kubil cerrado otra vez, nos tomamos la última, de vuelta, en el Muga, cambiando el Toro por el Porco, y la música por la conversación. Y, como digo, hoy sigue el espectáculo y si no son los Right Ons en el Antzoki, serán los Vegabonds encá la Lola o Josh Rouse en el Azkena. Por opciones, que no sea. Por lo tanto, bye bye Sonics.

lunes, 6 de febrero de 2012

The High Country by Richmond Fontaine

No soy bueno haciendo reseñas, en parte, porque no me lo propongo. Y porque luego voy y leo a otro que lo hace bien y me siento fatal conmigo mismo. Lo que es estúpido, suena de lo más estúpido, pero es lo que hay. El caso es que hoy he estado escuchando de arriba a abajo, desde el principio hasta el final, el último disco de Richmond Fontaine, titulado The High Country.

No sé muy bien qué canción elegir para proponer luego, como solía hacer antes, pero de hecho ya lo he hecho, y la he buscado en el youtube y, a falta de uno, serán dos los vídeos que cuelgue de la misma canción.

The High Country contiene 17 canciones, algunas de ellas instrumentales, todas parte de un todo que es la historia de unos cuantos personajes que viven en Clatskanie, al norte de Oregón, una zona boscosa donde la principal ocupación la proporciona la madera. Aunque, desde muy pronto, Willy Vlautin, gracias a Deborah Kelley, con quien comparte la tarea de cantar, plantea el argumento y desliza hasta el final, el resto del disco es una línea continua con múltiples líneas que la cruzan, una pista forestal con cientos de atajos que te obligan a perderte en el bosque. La historia es poco más que una dramática historia de amor y desamor. Una historia sobre la tragedia del destino, si es que eso existe, y las fuerzas centrípetas que a veces nos atrapan sin que sepamos cómo librarnos de ellas. Una chica se queda embarazada muy joven y su marido se queda cojo tras un accidente laboral. Un viejo amor vuelve al pueblo y parece que hay algo de esperanza para la protagonista. Sin embargo, otra historia paralela, la de un grupo de vecinos que se reúnen en un bar escondido en el bosque, acabará chocando con la principal para fastidiar el destino más colorido por el que luchaban la chica y su mecánico.

Los discos de Richmond Fontaine siempre suelen guardar una relación estrecha con el escenario de las historias que Willy Vlautin escribe. Si en Thirteen Cities eran trece ciudades pero, sobre todo, el desierto que las unía, en We Used to Think the Freeway Sounded Like a River, Vlautin volvía a la costa noroeste del Pacífico y aquí sube incluso un poco más arriba. Abandona el desierto para adentrarse en el bosque, y la música cambia para dejar de lado el silencio de la arena que muda de forma gracias al viento y pasarse a otro tipo de silencio, el que te permite percibir el ruido que hacen las hojas de los árboles. El disco es húmedo, en lugar de seco. Es oscuro, en lugar de luminoso, aunque aquella luminosidad quemaba, cegaba. Ahora, es una oscuridad que hiela, ciega. Porque lo más asombroso de este disco es que Willy Vlautin se ha acercado tanto que ha dado en el clavo. Muchos lo han intentado, pero Vlautin lo ha logrado del todo: la música como instrumento narrativo. El sonido y las letras se funde de tal manera que una es incapaz de funcionar sin la otra, forman un todo completo y estrenan un nuevo género que ya estuvo inventado desde hace mucho tiempo: la música como literatura, o al revés. Vlautin consigue que percibas la incapacidad física de superar una mente enfermiza cuando Angus King es incapaz de abandonar su casa, y lo consigue con una sola frase y con una música enloquecida que quebranta los límites de la evocación. Vlautin consigue que sientas miedo, abandonando la instrumentalidad de una canción para dejar, al fondo, que se sujete sobre una conversación robada, cinemática y volátil. Claude Murray conduciendo, la demencia en el bosque, la felicidad violada, la esperanza, el miedo, el amor... No es que las letras sean buenas, que la música sea mejor, es que la música y la letra funcionan en un matrimonio perfecto que no parece participar de la tragedia que describen.

Son muchos años de entrenamiento, muchos discos de prueba donde las historias de Willy Vlautin encontraban su dimensión más significativa y eficaz gracias a la pedal steel de Paul Brainard, al sentido del ritmo interpretativo del batería Sean Oldham, a la delicadeza del guitarra Dan Eccles o el suspense fundamental del bajista Dave Harding. Un conjunto que en este disco recuerdan al country más lo-fi y al más alt, recuerdan a The Waterboys cuando les duelen, recuerdan a Uncle Tupelo de bajón, recuperan sus raíces más punk... Muchos años construyendo personajes que encontraban en las canciones una oportunidad de trascender la ficción. Y esta vez, lo han conseguido al cien por cien. Porque el disco termina con una huída volátil, incómoda, evocadora, y en suspenso. Todo queda pendiente. Y, en tu cabeza, solo permanecen los golpes de Angus King, los disparos del revólver de Claude Murray, el sonido del sollozo de la chica que mientras tanto, solo quería soñar, y, no sabes, si te lo han contado, o lo has oído. Si lo has soñado, o de verdad era cierto.





sábado, 4 de febrero de 2012

Hoy entrevistamos a Newt "Cute" Sopolute, líder de Bazic Nazti Tacticz, Parte 2 de 2

- Sí. Estuvisteis dos años sin sacar nada. Bullard comenzó su otro proyecto y, por un largo tiempo, no se supo nada de ti. Sin embargo, de repente, aparece el segundo álbum y os catapulta a lo más alto. Bullard abandona la banda por unos meses, tú apareces en la prensa entrando en una clínica de rehabilitación y Sandro sufre un grave accidente de moto. Parece la típica historia sobre el hype y los riesgos del éxito.
- Bien. Tardamos dos años porque Sandro encontró trabajo en Tucson, cabrón. Y Taggart se marchó durante una temporada a Los Ángeles. Así que Bullard se enfadó y yo me dediqué a tocar por dinero con otras bandas de la zona, todas mediocres. Taggart volvió de Los Ángeles en verano, Sandro estaba de vacaciones, Bullard se aburría, y yo estaba hasta los huevos. Grabamos el disco en dos semanas. Escribimos las canciones cinco días antes. Así fue. Lo de catapulta… Creo que lo entiendo, pero paso de ti. Sí, salíamos en las revistas, viajamos a Europa, el cabrón de Letterman se rió a mi puta cara, cabrón. Lo demás viene… de serie se dice, ¿no? ¿Antonio? Se dice de serie, ¿no? De serie. Alcohol, drogas, mujeres, dinero, noches interminables. Tú ya me entiendes, no lo has vivido, ni lo vivirás, pero seguro que te lo han contado muchas veces. Bullard, como es perfecto y padre de familia, se piró. Siempre toma la solución más fácil, él es así. Sandro no tiene ni puta idea de conducir, se la habría pegado más tarde o más temprano, con éxito o sin él, aunque que estuviera puesto ayudó. Y yo, sí, entré a una clínica de rehabilitación, y salí de ella, y suena tan patético y tan típico que me aburre hablar de ello. Así que, si quieres, sí. Conocimos el lado oscuro del éxito, aunque a mí me gustó, if you wanna know the truth.
- Y, después, otro parón.
- Llámalo como quieras.
- Y dos años después, un tercer disco que no gustó a nadie. Atmósferas sobrecogedoras, largas partes instrumentales, tu voz distorsionada y dispersa… Las guitarras desaparecieron. Las letras se volvieron agresivas, abstractas y crípticas. ¿Fue un estado de ánimo?
- Crípticas. Joder. Fue una mierda de disco, sí. Todo fue cosa de Bullard, claro.
- No salisteis de gira y a los pocos meses sacáis vuestro cuarto disco, el que presentáis ahora. ¿Cómo describirías el disco? ¿Una vuelta a la receta del éxito?
- Sí.
- ¿Sí?
- Me estoy aburriendo. Qué quieres que te diga.
- El nuevo disco es más directo y conciso. Vuelven las guitarras y vuelven las letras narrativas y gráficas. Diría que el anterior disco fue un lapsus.
- Si tú lo dices.
- ¿Es también cosa de Bullard?
- Supongo que sí.
- ¿Y tú?
- Yo qué.
- ¿Qué aportas al grupo?
- La leyenda.
- ¿La leyenda?
- Sí. Soy el perdedor, el ruin, el rebelde estúpido que renueva la tradición. Así funciona todo. Cuando nos retiremos, ya tendrás el articulo hecho, todo el dossier. Yo, sin embargo, me habré dado cuenta de que no merecía la pena.
- ¿Planes de futuro?
- Mandarlo todo a tomar por culo.
- ¿Y en lo musical?
- Más de lo mismo.
- Y esta noche, ¿qué encontrará el que vaya a veros en directo?
- A cuatro gilipollas sin ganas de tocar.

Antonio aparece de la nada y sonríe. Sopolute le devuelve la sonrisa. Parece que comparten un código secreto que yo desconozco. Sinceramente, no sé ni el tiempo que ha pasado ni lo que ha contestado. Miro el reloj y me doy cuenta de que él ha hecho lo mismo antes que yo.
- Que le debo.
Pregunto, sacando el billetero.
- Invita la casa.
Responde Antonio con severidad.
- ¿Hemos terminado?
Sopolute se pone de pie. Es más alto que yo. Está muy delgado.
- Por mí, sí.
- Pues, bien.
Busca algo en sus bolsillos, yo ya estoy de pie. Guardo la grabadora en la bolsa y empiezo a repasar las cosas que tengo que hacer antes de volver al hotel.
- ¿Puedo hacerte una última pregunta?
Hasta yo mismo me sorprendo.
Asiente sin atención. Ha encontrado el tabaco sobre la barra, detrás de la taza del café.
- ¿Fumas?
Le digo que sí con la cabeza y me apunta hacia la puerta. Antonio ha vuelto al almacén. Cuando salimos fuera, nos ciega la luz de la mañana, como cuando tu madre te despierta de resaca y sube la persiana de golpe. Esto último es una licencia. Se enciende el cigarrillo y me ofrece uno.
- Shoot.
- ¿Por qué te llaman “cute”?
Se ríe.
- Que no sea evidente, quiere decir que me estás llamando feo.
Ahora, soy yo el que me río.
- Son cosas de abuela, ya sabes. Siempre me ha gustado. The irony. La ironía es el fondo de la cuestión.
- Ya.
- El fondo de la cuestión…
- ¿Por qué dijiste que entonces te darás cuenta de que no ha merecido la pena?
Yo creo que cuenta los segundos. Mira al frente, al tráfico emergente de la mañana. Es un día laborable y la ciudad no entiende de entrevistas, de canciones, de ironía. Termina el cigarrillo, lo tira al suelo, lo pisa, y no tiene prisa en contestar:
- A nadie le gusta del todo quién es. A mí también me gustaría ser otro. Yo. Alguien aburrido, mediocre, normal. Todo eso tiene que ser tan divertido, tan satisfactorio. Tan… cute. Ironic, isn’t it?
Digo que sí con la cabeza.

Hoy entrevistamos a Newt "Cute" Sopolute, líder de Bazic Nazti Tacticz, parte 1 de 2

Me cita en una taberna del extrarradio a las ocho menos diez de la mañana. He de decirlo: no conozco la ciudad, así que me levanto una hora y media antes de la cita. Bajo a desayunar, cojo un periódico en el rellano y salgo a la calle. E hice bien, porque me cuesta dios y ayuda encontrar el bar. Cuando llego, Sopolute ya está allí. Viste pantalones negros desgastados, una camiseta verde roída y sucia y un tres cuartos gris que le queda grande. También lleva guantes de lana aunque estemos en agosto, de esos a los que la gente le recorta los dedos, y él lo ha hecho. Lleva un gorro con orejeras y me sonríe con desgana. El camarero, con el codo contrario en la barra, parece sospechar de mí. Es un lozano septuagenario, de propensa barriga, camisa desabrochada hasta el tercer botón y castiza pelambrera. Es calvo, tiene un mondadientes en la boca. Cualquiera diría que he interrumpido una conversación. Sopolute no pega, pero parece que soy yo el desplazado. Me acerco sonriendo, pero no sé si saludar en inglés o en español.
Salgo de dudas:
- Hola…
Murmura, y se gira hacia el que, ya es evidente, es su amigo, Antonio el camarero:
- ¿Quieres un café?
Asiento.
- Ponle un café, Antonio.
Y ya tengo la primera pregunta:
- ¿Hablas español?
- Perfectamente fatal, como un puto americano de Iowa.

Newt Sopolute nació en Ida Grove, Iowa. En una de las entrevistas que repasé durante mi preparación para esta otra, le leí decir que en Ida Grove, Iowa, cazar ardillas a pedradas era un deporte de riesgo. Salió de allí cuando tenía doce años, primero a Omaha, después a Chicago, finalmente a New York y de allí a Londres. Lo que voy a descubrir ahora mismo es que antes de acabar en Londres, pasó por Vigo, Madrid y Bilbao. Me lo cuenta como si no le diera importancia, mientras le dice a Antonio que le ponga a él otro café.
- No me digas, yo soy de Bilbao.
- Really?
- Del mismo Bilbao.
- Good.
Parece que por ahí no quiere ir, así que cambio:
- Entonces, deduzco, no es la primera vez que vienes a Madrid.
- You’re smart.
- ¿Cuánto tiempo viviste aquí?
- Año y medio, creo, aquí arriba, en la buhardilla.
Me encanta como pronuncia buhardilla. Mentalmente, lo repito, incapaz de conseguirlo.
- No lo sabía. ¿Fue antes de Bazic Nazti Tacticz?
- Fue. Sí. Entonces tocaba en Chipchicks. Horroroso, ¿verdad?
- ¿Chipchicks?
- ¿Conoces a Maravilla Me Maravilla?
Ni te quiero contar cómo lo pronuncia.
- ¿El grupo de Nacho Chona?
- Nacho, sí. Cuando estuve aquí me follaba a su hermana. Tocaba la mandolina en aquel grupo. Dimos tres conciertos. ¡Tres conciertos! El primero arriba, en la buhardilla…

Se ríe. No sé muy bien cómo seguir esta conversación. Antonio ha desaparecido y trajina, al parecer, en el almacén. Yo bebo mi café y Sopolute parece que se aburre de repente. Así que me dispongo, directamente, a hacerle las preguntas que me corresponden, sin pararme a pensar en las respuestas. Con un gesto le pregunto si le molesta, con otro me dice que no, así que le doy al botón de grabar y el clic mecánico del comienzo, inaugura el movimiento de las páginas de mi libreta:

- Leí en una entrevista que fue tu padre quien te enseñó a tocar la guitarra.
- Mi padre era un cabrón. Un puto amargado. Le zurraba a mi madre y me zurraba a mí. Un día dijo que iba a buscar trabajo y no volvió. Fue un alivio. Él me enseñó qué era una guitarra; a tocarla, aprendí yo.
- ¿Quién es tu guitarrista preferido? ¿O en quiénes te has fijado para depurar tu estilo?
- En mi padre.
- Ya. Bueno, vayamos hacia atrás. Ha habido muchos cambios en Bazic Nazti Tacticz pero empezaste con Bullard a tu lado y sigues con él, ¿cómo es la relación entre vosotros?
- Caótica, enfermiza. Bullard es un hijo de puta al que todo le va bien. Es inteligente, cariñoso y trabajador. Todo el mundo opina lo mismo. ¿Yo?, yo no. Así que nos llevamos de culo. Yo no lo reconozco, pero le envidio de la misma manera que le odio. Un día, borrachos, le partí la mandíbula de una patada en la boca. Nunca me ha perdonado, ese cabrón rencoroso.
- Vaya. Vuestro primer álbum tuvo una buena acogida. La crítica os situó dentro de la corriente de neofolk que recurría a las guitarras eléctricas. ¿Tenías la percepción de formar parte de una escena? De hecho, por algún motivo, os mudasteis a Tucson, Arizona.
- Sí. Guitarras eléctricas y folk. ¿Tú sabes lo que es el folk? Yo tampoco. Y el neo menos. No tengo ninguna percepción. ¿Percepción? No sé muy bien, la verdad, qué quiere decir eso, pero bueno. Si nos movimos a Tucson fue solo por una razón: yo me enamoré de Emily. Emily tenía dieciocho años y me recordaba a mi madre, por muy morboso que eso te parezca. Sus padres se mudaron a Tucson, así que hice que toda la banda se mudara a Tucson.

viernes, 3 de febrero de 2012

Comet Gain

Hoy no está el día para desiertos. Las cosas más sencillas se acercan más a la idea de felicidad que todos buscamos. Hoy es día de playa.

jueves, 2 de febrero de 2012

Rainer Ptacek

A mí me gusta el video entero, escuchar a Rainer Ptacek mientras conduce. ¿Veis por dónde está conduciendo? Estos tíos hacen música como se conduce por carreteras que no están asfaltadas. Desierto a la izquierda, desierto a la derecha. Polvo. Pero si no queréis escucharle hablar, solamente tocar, movedlo hasta el minuto 2:40, más o menos, pero yo no os lo recomiendo.