jueves, 29 de marzo de 2012

Alberta Cross

Ya se han ido. Todo está más tranquilo ahora. Los pasillos vacíos. Solo quedan los restos de la batalla. Una densa nube de polvo cubre el vestíbulo y parece que aún resuenan los estallidos en el tímpano. Cierro la puerta, me aislo del mundo, me empeño por seguir mudo. Y, después, le doy al play:

martes, 20 de marzo de 2012

Sin cincuenta

Mierda. Me había convencido: hace frío, hace viento, tienes trabajo, me duele la cabeza, estoy seguro de que hoy me visita el espíritu santo. Lo que sea, pero me había convencido: hoy no corro. Y, al final, voy a correr. Mierda. Y voy a correr porque quiero escuchar música. A tomar por culo el trabajo, la molicie y los dolores hipocondríacos. Voy a ponerme las zapatillas, disfrazarme de kalenji y salir a dar la vuelta al pueblo con la lengua fuera y los tímpanos repletos de esto, os chivo mi playlist, con las canciones que al cargarlas, me han dado ganas de salir a alterarme el biorritmo con los latidos de la música:




1. Dime de Grupo de Expertos Solynieve


2. ¿Por qué no te largas de aquí? de Grupo de Expertos Solynieve


3. El evangelio (según Pablo) de Grupo de Expertos Solynieve


4. Clear Eye Clouded Mind de Nada Surf


5. Waiting for Something de Nada Surf


6. Waster Days de Cloud Nothing


7. Stay Useless de Cloud Nothing


8. The Fear de Dulce Pájara de Juventud


9. Junior vs. Death de Dulce Pájara de Juventud


10. The Bump de Deer Tick


11. Funny Word de Deer Tick


12. Let's All Go to the Bar de Deer Tick


13. She's a Bag of Potato Chips de Andre Williams and The Sadies


14. Found Love in a Graveyard de Veronica Falls


15. Bad Feeling de Veronica Falls


16. Ride Ride Ride de Vetiver


17. Romance de Wild Flag


18. Lonely Boy de The Black Keys


19. Little Black Submarines de The Black Keys


20. Rag Time Army de The Cubical


21. Walking Around Like Jesus de The Cubical


22. Punk's Pajamas de The Strange Boys


23. If There's a God by Ry Cooder


24. Hagamos cuentas de Maga


25. El ruido que me sigue siempre de Maga


26. Johnny Got a Boom Boom de Imelda May


27. Songs about Your Girlfried de Los Campesinos!


28. Rollercoaster de Layabouts


29. Chevy de Layabouts


30. 500 muertos de Juanita y Los Feos


31. Die de Girls


32. Pumped Up Kicks de Foster the People


33. Clang of the Concrete Swans de Comet Gain


34. Vaporcito de Bigott


35. Paper Airplane de Alison Krauss and Union Station


36. I Swear de Sally Ford and The Sound Outside


37. Danger de Sally Ford and The Sound Outside


38. Cage de Sally Ford and The Sound Outside


39. Diesel Smoke, Dangerous Curves de The Little Willies


40. Wide Open Road de The Little Willies


41. Pelican de The Maccabees


42. Novia depresiva de Rusos Blancos


43. The Unsinkable Fats Domino de Guided by Voices


44. Replicate de Fanfarlo


45. Don't Make a Fool Out of Me de Kitty, Daisy & Lewis


46. Make the First Move de Kakkmaddafakka


47. Coming Back to a Man de Dawes


48. Hide & Seek de Oso


49. El Bosque de Sidonie




Y no pongo la cincuenta por joderla. Ningún clásico. Que elija mi destino la diosa fortuna del shuffle. La mayoría las escucharé por segunda vez que es como hacerlo la primera. Así que... Se jodió la vagancia, me voy de trashumancia. Esto parece el twitter, qué gilipollez de entrada.

Grupo de Expertos en Estribillos Varios

Lo había estado intentando últimamente. Desde que me regalaron una los The Secret Society, no pillaba otra canción española de estribillo pegadizo para volver conduciendo desde el curro mientras berreo encerrado en mi utilitario. Lo intenté con Maga, con Burrito Panza, con Sidonie, con Jero Romero, Rusos Blancos... hasta con Manos de Topo. Y que no lo lograra, no quiere decir que no los tengan, pero uno es raro hasta para ser perro y verde y no lo encontró. Ayer sí. Ayer volvía de trabajar muy tarde y saliendo de una pequeña pero moderna y del color del perro ciudad de provincias veía a lo lejos una enorme presunción de tormenta. Algo, y lo digo en serio, de lo más acogedor. Así que lo intenté una vez más y tuve éxito. Para cuando llegué al primer peaje, ya tenía la canción tatuada en la epidermis y cualquiera que me viera desde su cabina recogiendo la tarjeta, fliparía. Menos mal que en el segundo, cuando ya había destrozado la canción una decena de veces con mi karaoke ronco y desafinado, no me encontré con la Guardia Civil. Aunque lo pensé. Y soñé que me paraban, me mandaban bajar la ventanilla y cuando escuchaban la canción, se ponían todos a bailar en una bella coreografía con tricornios al aire y cetmes de malabares. Lo sé: ni cetmes ni tricornios, pero era mi sueño. Y la canción es "Dime", escrita por Juan Rodríguez, alias Jota, para su otro proyecto, o uno de ellos, que igual tiene más y yo no lo sé: Grupo de Expertos Solynieve. El disco entero es muy recomendable. Me apunto a la lista la versión del evangelio de Manuel Ferrón o la versión del ex-Soft Machine, Kevin Ayers, o la planetera "¿Por qué no te largas de aquí?" y, en general, el disco entero de estos granaínos, que, además de Jota y de Ferrón, cuentan con Víctor Lapido de 091 y Lagartija Nick, con Miguel López de Lori Meyers y con el batera Antonio Lomas, del mismo grupo que el anterior. Y Raúl Bernal, a los teclados, claro, perdón por el desliz.
Perro... lo dicho, verde, la que yo karaoké hasta el peaje, y más allá, fue ésta:

jueves, 15 de marzo de 2012

Ryan Adams


Seis y media pasadas de la mañana. No hace frío. Me sé el camino de memoria. A veces, me doy una alegría, y busco otro que aunque sea más largo me dé otros alicientes: ver los mismos paisajes urbanos de siempre, pero con una luz distinta. Hoy, no. Cojo la misma calle de siempre, de todas las mañanas, y antes de empezar la cuesta abajo le doy al play del aipoz y Ryan Adams me da ganas de volver a la cama y taparme con la manta hasta la nariz, dormir, feliz, sin ganas de sobrevivir o reñirle al mundo. Pero esa sensación dura poco, y se convierte en otra más delicada y susceptible, diría que hasta más adulterada y edulcorada. Pero el cielo es púrpura y grana, la luz de las farolas turbia y decadente, el silencio de las calles vacías, insistente y evocador. Me dejo llevar por el pulso lánguido de la canción, me abandono a los detalles y camino sin prisa, con las manos en los bolsillos.
Me fijo en los pocos ciudadanos con los que me cruzo. Antes me cruzaba con más gente y pienso que no puede ser otra cosa que no sea la crisis, las coincidencias han acabado sepultadas por la evidencia: menos gente trabaja, menos gente te cruzas por la mañana. La señora que esperaba todos los días en la esquina con la carnicería, hace tiempo que dejé de verla, justo cuando estaba a punto de empezar a saludarla. En su lugar, miro hacia arriba, cuento las ventanas iluminadas, las que aún apuran el sueño, las sombras que demoran la mañana. Pero hay algo distinto, y empiezo a contarlas y la música de Ryan Adams, aunque no tenga nada que ver, me tienta el reposo de la emoción: banderas. En cada edificio, hay al menos dos o tres ventanas en las que cuelgan banderas de colores difuminados, que esperan a que el día se ilumine del todo para lucir con antojo los colores rojo y blanco. Parecen dormidas, no ondean, y quizás por eso el sentimiento que anuncian se hace más poderoso. Las voy contando, y cuento las personas que las han colgado, y como sonreían al hacerlo, y como resumen aspiraciones y sueños que nos definen más de lo que nosotros mismos pensamos.
Sigo andando y escuchando a Ryan Adams hablar sobre la lluvia. Pero se despejó el cielo. Me cruzo con más ciudadanos. Pocos, pero ciudadanos. Algunos caminan con la cabeza gacha, con prisa, resignados, casi diría que avergonzados. Una chica joven con aspecto de cansada fuma con tranquilidad en la puerta de una cafetería con la persiana medio bajada. Hago ademán de sonreírla, de contarla a qué estoy jugando, pero yo también agacho la cabeza y finjo. Luego la subo, y sigo contando banderas. Llego a la plaza y ya no queda nada del bullicio de antes. El quiosco está abierto, la luz se escapa entre las rendijas que dejan las revistas expuestas en silencio. Miro pero no veo al tendero, y no tiene clientes, pero tiene una bandera, con los mismos colores, cruzada al modo de la estrella sobre el portal. Me cruzo con más gente cabizbaja, acelerada o, por el contrario, los hay que retrasan los pasos como si no quisieran llegar allá donde vayan. Me fijo en la señora que apura su jornada y huele de lejos a lejía mientras se afana en ventilar el portal y con la uña, rasca los restos de pegamento que la publicidad de un cartel dejó en el mármol de la fachada. Va vestida en chándal, pero de cintura para arriba no se ha quitado la blusa y el jersey que no forman parte de su uniforme. Me da la espalda. Y vuelvo a subir y sigo contando banderas y cuento que ahí sigue a la espera, como cada mañana, el tío de la cara triste, con los cascos puestos, fumando en silencio en espera de que Manu abra la cafetería y sea, como siempre, su primer cliente. Le esquivo, cruzo el parque de correos, y entre los árboles busco más banderas, bajo las escaleras, no me cruzo con nadie en el paseo, y la calle peatonal de Arana me llena la mirada de balcones engalanados con geranios y ropa colgada y las banderas que esta vez cuelgan del palo, enhiestas, pero recogidas, agazapadas con la falta de viento. En la esquina, me cruzo con más gente, un hombre de mediana edad que fuma mientras camina hacia la estación; un chino enjuto que también fuma, despiertan con el cigarro en la boca, y me mira con reparo cuando pasa a mi lado; una niña dormida que se ha quitado la mochila y se ha sentado en un banco a esperar, perdida, parece; una señora oronda a la que hago madre, con la permanente desordenada, haciendo tiempo del poco que lleva despierta mientras debe de esperar a que alguien la recoja en la parada del autobús. No hay autobuses y Ryan Adams ya hace unos segundos que cambió de canción, pero el tempo sigue siendo el mismo, y al mismo ritmo sigue latiendo mi corazón.
Llego al callejón del garaje. Oscuro y húmedo, ya no quedan banderas. Casi en la puerta, me fijo en el último detalle. En el piso de arriba abrieron hace un par de años una residencia de ancianos. Las ventanas están cerradas y las luces apagadas, pero en el colgador, en procesión, todos los baberos hacen corro en silencio. Los cuento, como si fueran banderas de un país con un himno en pretérito y un producto interior bruto en blanco y negro. Me acuerdo de que ayer acabé de leer la historia de Antonio Altarriba padre y con eso me consuelo mientras subo la rampa del garaje. Altarriba llegó hasta el país de los baberos pero decidió echarse a volar. Seguro que a él las banderas de franjas coloridas dejaron de importarle después de su lucha contra los muros y el dinero. Mi padre no llegó hasta allí, le tocó antes y él no tuvo tiempo de decidirlo. Pienso cuando ya abro el coche, pero conoció los mismos muros, conoció igual de mal el dinero, los mismos sentimientos que llevaron a Altarriba a dejar sus zapatillas en el alféizar de la ventana. A mi padre sí le gustaban las banderas a franjas: nos lo prometió. Algún día nos llevaría a San Mamés a ver un buen partido. A cambio, porque nunca pudo permitírselo, nos hizo socios de otro equipo de franjas, pero éstas, de colores que representan la raíz mineral y el brillo del fuego en el horno. Y con ello aprendimos una lección que, aún hoy, seguimos poniendo en práctica.
Me quito los cascos y Ryan Adams se calla para siempre. Enciendo el coche, y un instante antes de meter la marcha atrás, me quedo mirando a la pared desconchada de enfrente, sin banderas, un muro que puedo saltar. Sin gritar, en voz baja, susurro: ¡hay que ganar al Manchester, joder! y me siento tan estúpido que casi hubiera preferido no escribirlo.



miércoles, 14 de marzo de 2012

(PESAO!)

Últimamente estamos de racha. Creo que con el que se aproximan, serán ya tres fines de semana consecutivos con compromisos musicales. En alguno de ellos, hasta por partida doble. De alguno, he dejado constancia aquí, disfrazado de crónica musical.
Digresión: hoy he encontrado una noticia en el periódico que hablaba sobre la última novedad literaria en las librerías. Marc Saporta se ha inventado un artilugio de lo más postmodernista ahora que lo postmoderno se concentra en los anuncios de lencería y perfumería. Consiste en un estuche repleto de folios que contienen historias y que tú debes barajar y desordenar para después leer con el orden caprichoso de tus manos. En la noticia, como no, se recurría al Rayuela de Cortázar. Yo me he acordado de John Barth, el padre de la metaliteratura. Su mujer decía que su primera novela la escribió así. Desperado porque no encontraba el hilo de unión, su mujer le invitó a que lo mandara al editor tal y como lo tenía. Y pum. Se inventó una novela. Voy a hacer lo mismo con las entradas de este blog, ¿que no? ¿Que mejor excusa? Se acaba la digresión.
El caso es que el próximo se presenta también ocupado, porque al menos este viernes, cumpliremos en el regreso de Porco Bravo a los escenarios locales. Me pierdo a los Layabouts, a los que tengo ganas de ver desde que se cambiaron de peinado, pero otra vez será.
Y con tanto concierto, me acordé de otros que sucedieron hace mucho tiempo. De alguno de aquellos conciertos exóticos (cachondo!) y oscuros (miedica!) que viví cuando me hice las américas para buscarme un porvenir que no encontré (traidor!). Me acordé del concierto de Q And Not U, pero de estos no hablaré porque pasaron a mejor vida allá por 2005. Christopher Richards es ahora crítico musical del Washington Post y mantiene un proyecto en solitario que se llama Ris Paul Ric. Aún me acuerdo de su cara de asombro cuando le dijimos de dónde veníamos. Y tengo el disco por ahí firmado, y aún me duele la cabeza de la decena de heinekens que me tuve que tomar para integrarme (exagerao!). Pero de ellos no me acordé, la verdad. Ni del concierto de David-Ivar Herman Düne en una heladería que me lo guardo para otro día. En concreto, vamos al grano, me acordé de aquel concierto de Little Brazil en el Sokol Underground de Omaha, Nebraska, esquina Martha Street con la 13. Recuerdo una tarde que aparqué el coche lejos y me fui andando hasta allí. Me perdí. Me metí en un tugurio cerca de James Lynch Park y hablé de blues con un orondo anciano sin ánimo de escuchar que me provocó una dislocación de asentimiento.
Recuerdo el concierto con lucidez. Y eso que seguí el mismo proceso de integración que en el concierto de Q And Not U. Los de Landon Hedges acababan de formarse como quien dice y presentaban su primer lp, "You And Me", que contenía un single, con el mismo título del lp, muy pegadizo y popero, prometedor pero con fecha de caducidad. Eso sí, llegó hasta aquí, hasta esta costa nuestra tan fría y lluviosa, aunque fuera de estraperlo y sin mucha repercusión. Pero nosotros dos lo compartimos como amuleto durante mucho tiempo, lo metimos en nuestras playlists y hasta le hicimos un huequillo en nuestro recopilatorio sentimental. Desde entonces, han sacado un par de albumes más. Van a uno cada dos años, como Doctor Deseo, aunque estos ya vayan por el decimotercero, y pronto prometo una entrada ñoña (ñoña por mi culpa) (ñoño!) sobre ellos. Si siguen con el promedio, les debería haber tocado en 2011, pero no lo hicieron. Tienen un twitter, y veo que siguen tocando, aunque no se alejen mucho del medioeste y piden que se cruce los dedos por ellos porque parece que les tocará en 2012. Yo ya los tengo cruzados, aunque sea difícil teclear así.
Voy a colgar un par de videos. El primero es aquel mini-éxito llamado "You And Me" del que supongo que estarán ya hasta los mismos, digo yo, pero que quizás no se conozca por aquí (ya hablé de ellos en el blog, que me acuerdo, pero me da pereza rebuscarlo) (vago!), el segundo, es una canción más reciente, aunque no sé de qué álbum en concreto (vagoooooo!). Pero bueno, ahí están, el resto, si gusta, es ponerse a rebuscar en la marisma de la internete. Si os da, igual hasta os adentrais en el mundo musical de su ciudad, Omaha, y descubrís a otros muchos grupos con distintos estilos que merecen la pena, desde los que hicieron fama internacional, Bright Eyes (y sus diversos proyectos), Tilly And the Wall, The Faint, Cursive, hasta otros que aún no han cruzado el charco, o, si lo han hecho, se ahogaron al hacerlo, tales como 311, The Good Life o Son, Ambulance (flipao!).



domingo, 11 de marzo de 2012

Sallie Ford Came Home to Comfort Me

Que digas trompeta cuando quieres decir saxo. Dos veces. Eso sí se lo puedes achacar a la cerveza. Dos cervezas. Tres cervezas. Cuatro cervezas. Cinco cervezas y un vodka con naranja. Si te hubieran puesto una trompeta delante, habrías soplado por la campana. Para tí, un saxo era un coche francés. Que digas que alguien canta versiones de Megadeth porque comparte parecido con un estribillo de Etta James, manda cojones. Eso no tiene nada que ver con el alcohol. Pero es bueno, digo, lo de reconocer tu ignorancia.
Me refocilo. Me refocilo en mi propia ignorancia.
Seis, siete cervezas.
Trompeta, saxo, Megadeth, Etta James...
Mierda.
¿Me golpeo la cabeza contra la pared?
Mejor, escucho música.
Y como dicen que su voz recuerda a Etta James, a Bessie Smith, a Billie Holliday, y a Dave Mustaine, por qué no. Y como dicen que fue camarera en un Vietnamés antes que cantante de cuplé. Y como me gustan sus gafas. Y como me gusta el upright bass. Y como me gusta el rock and roll. Y como prefiero bailar antes que abrirme la cabeza contra la pared: Sallie Ford and The Sound Outside.
La uno y la dos. Una cerveza, dos cervezas...
¿Qué demonios le ha hecho esta gente a la música?



sábado, 10 de marzo de 2012

José Ángel Iribar (me da que no estuvo ayer allí)




Que no viene a cuento, pero permítaseme la licencia futbolera. Porque cuenta la leyenda que El Chopo estaba triste el día que, allá por el año 1968, el Athletic eliminaba al Liverpool en los 32avos de final de la Copa de Ferias (ahora se llama de otra manera y lo tenéis que saber porque ha salido en todos los periódicos, joder). En San Mamés, el Athletic le ganó 2-1 a los de Liverpool. En la vuelta, cuentan las crónicas que Iribar se puso las botas a despejar y atajar balones, y el partido, en Anfield, concluyó con el mismo resultado que en Bilbao. ¿Solución? Por entonces, las cosas, se solucionaban así: una moneda al aire, con una cara roja y la otra azul. Los ingleses eligieron la roja, y salió la azul. El Athletic se clasificó pero Iribar fruncía el ceño. La leyenda cuenta que decía: "¿Que si me pasa? ¿Pero vosotros os creéis que es forma de ganar tirar una moneda al aire?"

Ayer yo elegí la cara de la moneda que tenía a Cervantes, y ella la otra. Y ganó ella. Así que ganó el soul, y perdió el alt country. Ganó la música estatal y perdió el rock canadiense. Yo quería ir a ver a The Sadies. Ella quería ver a The Pepper Pots. Y ganaron los Sweet Vandals. O eso es lo que digo yo.

El caso es que en lugar de ir al Azkena nos fuimos al Antzokia. Primero, salieron, muy elegantes y bien ordenados sobre el escenario, unos sonrientes The Pepper Pots. Cuentan con dos argumentos: uno es la música y otro es la puesta en escena. Parece que se saben todos los trucos y que se han leído el manual de arriba a abajo. Pusieron sobre el escenario mucho más de lo que les dio el público, o, al menos, eso me pareció a mí, allí, de pie, un poco serio, en la primera fila. Yo lo confieso: a mí no me llegaron. Iban a una velocidad distinta a la mía, a la que a mí me acelera. Te pongo otra metáfora que no tiene nada que ver con el fútbol pero es igual de imbécil: a mí me recordaron a Vitoria-Gasteiz, sí, la capital. Todo es perfecto, mucha zona verde, las calles muy anchas, todo limpio y reluciente, pero acabas por echar de menos el caos, el ruido y la polución. Todo esto entiéndase, repito, de manera metafórica, y desde una perspectiva muy personal, porque, a la que estaba a mi lado, la que eligió la cara correcta de la moneda, más que Vitoria-Gasteiz, los Pepper Pots le recordaron a New York en una película de Woody Allen, porque la tía lo disfrutó y acabó por comprarse el elepé cuando terminó el concierto. Esta mañana se lo ha puesto a todo volumen y el soul de los Pepper Pots se oía hasta tres pisos más abajos, en el portal.

En segundo lugar, y, como no, también muy elegantes (el soul obliga), aparecieron los Sweet Vandals madrileños. Si os fijáis en ese contador de conciertos que llevo en el margen derecho, los he puesto los primeros, más que nada porque soy caprichoso y el dueño de esta república antidemocrática, y los Sweet Vandals, a mí, sí que me hicieron mover algo más que mi tobillo derecho. ¡Moví hasta el cuello! Y no me pidas más que si me llaman Billy Elliott es por elevar a la décima potencia el sarcasmo menos ocurrente. Creo que dijeron que la cantante se llamaba Maika, pero en lo que no dudo es en afirmar que tiene una voz enérgica, convincente y emotiva. Del resto de los componentes no me quedé con su nombre, excepto con el del guitarrista que, si no me equivoco, respondía al nombre de Giuseppe, y, sin moverse, le sacó varias dimensiones espaciales a su guitarra. En una esquina estuvo el batería, corazón de la banda según la cantante, y en el contrario, el teclados, que llenó la sala de hammond justo antes de que los Cherry Boppers acabaran por explotarla con el sonido orgánico del piano que se inventó Laurens.

Cerraron su concierto con la visita inesperada de los vientos de Cherry Boppers y Pepper Pots más el teclista de los primeros. Y estos fueron los últimos. Tras un cigarrito apelotonados fuera, volvimos dentro para ver como los locales cerraban la fiesta Soul Train con su propuesta de soul dinámico y efusivo. Ya que hoy me he puesto sincero, digamos también esto: tres veces los he visto en directo, y nunca he visto entero uno de sus conciertos. Siempre, coincide, cierran y nos tienta optar por no perder el transporte urbano. Quizás esto quiera decir que no me gustan los Cherry Boppers, pero ésa sería una afirmación demasiado superficial, muy apropiada para este blog. Y, hoy no, porque hoy encabeza esta entrada José Ángel Iribar, y eso merece un respeto, aunque al exportero guipuzcoáno, estoy seguro de que le va más el folklore que la música negra. Cherry Boppers son contundentes, erizados y furiosos, que siempre hay que poner tres adjetivos. El teclista es virtuoso y su hammond resalta en unas canciones bien estructuradas y ejecutadas, pero, aún así, soy yo el que no consigo entender el mensaje de todo. Estoy convencido de que el problema es mío, que llevo dentro a un punkie reprimido, con aspecto de gafapasta sinsorgo y tendente al dramatismo ingenuo del alt country más canalla (¡si hubiese salido la otra cara!), así que cómo iba a ser algo más que un intruso que intentó pasar desapercibido en la fiesta bilbaína del soul estatal.

Una moneda tuvo la culpa, pero, aunque yo perdí, no como le ocurrió a Iribar, acabé mucho más satisfecho con mi derrota que él con su victoria. Es lo que tiene la música.

viernes, 2 de marzo de 2012

Léelo Léolo

Esta vez voy a empezar por… iba a decir el final, pero, en realidad, voy a empezar por el culo. O como el culo. Me duele la cabeza, así que voy a empezar por donde me de la gana. Por Léolo. Sí, Leólo. Porque yo no me masturbaba con trozos de hígado, lo sé, ni dibujaba conejos blancos en la nieve, pero, por alguna extraña razón que aún me atormenta, me identificaba con él. Tengo un amigo que tenía ya en la universidad. Él me dijo, tienes que ver esta película. Y la vi. Estábamos en la universidad, éramos tan estúpidos como nos dejaban serlo nuestras ínfulas de intelectuales. Si mandaban leer Lucky Jim, mándabamos a tomar por culo a Kingsley Amis y leíamos Wilt. Después, mandábamos a tomar por culo a Tom Sharpe. Y veíamos Léolo.

Y pasábamos el fin de semana en las fiestas de Cabieces viendo a La Polla Records pero entre semana nos grabábamos cintas de The Animals y nos petaba la oreja de tanto como creíamos… experimentar la música. Experimentar la música, me parto. Lunes al sol, la cafetería en tinieblas, me tenías por astuto pero era un puto crío que veía a Léolo tachándolo de una lista. Y ahí descubrí a Tom Waits.
Porque Tom Waits sonaba en Léolo.

Sonaban dos canciones que pertenecían a su disco Frank’s Wild Years. Un disco que escribió en colaboración con su mujer, Kathleen Brennan, y Greg Cohen, y que contenía canciones para la banda sonora de una obra de teatro con el mismo título.
Todo esto, no lo sabía entonces. Y lo sé ahora porque es fácil saberlo. Solo hay que teclear. Si no, me conformaría con recordar “Temptation” porque la recordé durante mucho tiempo, como si aún me meara en la cama, como si fuera uno de esos recuerdos borrosos que te atormentan de niño: sabes que has hecho algo malo, pero muy placentero. Mucho tiempo. Hasta que se la oí cantar a Diana Krall.

Léolo.
Tom Waits.
Diana Krall.
Y Jimmy McNulty.
Porque todos nuestros actos tienen una razón de ser. Aunque… no me pidas ahora que recuerde por qué aquel día levanté la mano, y sin pedir permiso, le pregunté a aquella profesora que intentaba, con ardor, que nos interesaran Geoffrey Chaucer y sus Canterbury Tales, que si habían hecho ya la película sobre ese libro. Quizás fue porque participaba de las tinieblas de la cafetería, porque traficaba con The Animals, porque acababa de ver Léolo. Pero todos nuestros actos tienen una razón de ser, aunque sea ponernos en evidencia, y lo más evidente aquí es que si ahora hablo de Tom Waits es porque tengo (o tenemos) un encoñamiento acojonante con The Wire. Pero esto le ha pasado a muchos antes. Las salas de espera de Osakidetza están repletas de pacientes que gritan “Eh, Yo” y silban cuando se acercan los “O-Five”. A veces, voy por la calle, e intento andar como Omar Devone Little. Si intento hacerlo como Bubbs, me descuajeringo entero. El otro día me pareció ver a Avon Barksdale en el Casco Viejo, pero era un vendedor ambulante. Una ambulancia. Eso es lo que habría que pedir para arrancarnos del sofá. Ponernos el gotero e ingresarnos en el frenopático, porque llevamos una racha enloquecida sin salir de Baltimore.
Y Tom Waits suena en la segunda temporada con una canción de Frank’s Wild Years. Su canción suena en todas las temporadas. En la primera sesión, los The Blind Boys of Alabama cantan una versión de “Way Down in the Hole”. En la segunda, es el propio Tom Waits. En la tercera, The Neville Brothers. En la cuarta, DoMaJe. En la quinta, Steve Earle. Todos cantan “Way Down in the Hole”.
Si The Wire hubiera existido cuando yo aún pretendía convertirme en un licenciado robusto dispuesto a apuntarse al paro con galones, la habría tachado de mi lista, justo detrás de Léolo y habría seguido siendo el mismo estúpido crío que creía ser capaz de… experimentar la música. Joder, me parto la caja. McFiasco, eres un jodido motherfucker.