lunes, 30 de abril de 2012

El autobús rojo



En cuanto el autobús ha enfilado la autopista y se han encendido las luces del pasillo, he cerrado los ojos y me he puesto a escuchar música. Ella ya lo había hecho en cuanto arrancó.
He elegido a La Habitación Roja. Porque sí.
Fue grupo de cabecera cuando aún quedaba algo de adolescencia y el pelo no se había caído del todo. En un año, les vimos tres o cuatro veces. Incluso, en un festival veraniego donde se reúnen todos los modelos de hacheyeme para lucir en vivo y en directo el colorido catálogo de la empresa, mi amigo y yo hicimos el ridículo vistiéndonos los dos igual. Zapatillas baratas de color rojo con calcetines blancos cortos, pantalón de excursión al coronel Tapioca, y la misma camiseta del grupo, mucho más ceñida la mía. Ella nos sacó una foto. Quizás para que no lo olvidemos y no volvamos a hacerlo.
Me temo que los valencianos fueron perdiendo ascedente en nuestros gustos, aunque eso a ellos se la traiga al pairo. Yo cogí su trabajo con Steve Albini con muchas ganas, pero las ganas se me fueron pronto. Mi amigo y compañero de camiseta sigue buscándolos en la oferta musical.  Ella colgó aquella foto en una pared de casa, aunque creo que las razones iban más allá de lo meramente musical.
Cada disco nuevo que sacan, sin embargo, es una cita obligada. Yo, por lo menos, voy de canción en canción buscando que alguna alcance el nivel de atracción instantánea que ya consiguieron antes con otras, otras canciones que no me atrevo a decir que se convirtieron en himnos de una generación porque sería mentira, pero apunto. Disco a disco, desde aquel verano haciendo el subnormal en la costa de Levante, iba de canción a canción, sin encontrar lo que he dicho que buscaba. La culpa: probablemente mía. El resultado: igual de insatisfactorio.
Hasta hoy.
La autopista vacía, los usuarios plácidamente dormidos. Todos camino de algún sitio y los valencianos cantando que “solo nos queda correr, saltar, sin red” en “El Resplandor”. Y yo metido en una caja de latón con ruedas mientras sonrío a las tinieblas de la medianoche y me imagino que mis dientes resplandecen para dibujar una media sonrisa satisfecha. Ésta sí, al cajón. A ese cajón donde cabe de todo y nada perece. Justo al lado de la “Edad de Oro”, justo un paso detrás de los Pixies y de los Manic Street Preachers.
Casi sin oportunidad de evitarlo, me doy cuenta de que el autobús se ha desviado, ha cogido una salida y nos lleva a todos a “Siberia”. Queramos o no, nos vamos todos de cabeza a una estepa fría donde aún sacan buenos discos de música épica los grupos de pop británicos. La batería de “Ayer” me recuerda a un concierto de Xoel López en Miranda de Ebro. “Annapurna” sube muy alto, más de ocho mil metros de ascenso. “Indestructibles” recuerda a lo mismo, más británicos que americanos. Aparece el piano y siguen los estribillos de tú y yo. “La razón universal,” con guitarras en plan The Von Bondies o Jet por decir dos efervescentes de los que me acuerde antes de que se me olviden, que se apagan pronto, vuelven y la batería a piñón fijo. En “Ahora quiero que te vayas”, la batería empieza igual, descansa, las guitarras son menos urgentes, el bajo coge prestancia, y la voz regresa a donde empezó. “El Cielo Protector” suena a portada del nme. “Malasombra” es un giro inesperado, hemos dejado el autobús y hemos cogido un barco para cruzar el océano.
Y todo el mundo sigue dormido aquí dentro y el autobús sigue hacia adelante y yo he terminado el disco. “Fue eléctrico”. Lo fue. Y ahora lo vuelve a ser. No sé qué dirán las críticas, pero a mí me parece que este disco es un regreso acertado al comienzo del éxito. Parece un disco de La Habitación Roja versioneando a La Habitación Roja y los riesgos que se corrían se cumplen en breves ocasiones, pero, en general, el producto se iguala, incluso se mejora. Lo único que quedará siempre son las canciones y aquí hay canciones de sobra.
Cierro los ojos. También cierro la puerta de la habitación. Roja. Lo dejamos para otro día, también los chistes malos. Elijo a Guided by Voices. Porque sí. Y vuelta a empezar. Me dejo guiar.
Ella duerme en el asiento de al lado. Ya queda menos para llegar. Recuerdo la foto, y sonrío. Prometo que no vuelvo a embutirme en ningún uniforme de fan fantásticamente ridículo. Pero ella no se entera. (Un día más tarde me enteraré de que, en aquel preciso momento, con los ojos cerrados, ella también escuchaba el mismo disco y con idéntico resultado), pero, mientras tanto, Robert Pollard juega a hacer música y yo me olvido de mis promesas.


sábado, 28 de abril de 2012

Las chicas del Brasil

Te lo digo: que no conozco nada de música brasileña. Descubrí a Os Mutantes tan tarde como tardaron The Bees en hacer aquella versión de "A Minha Menina" de la que luego colgaré la original. Me hablas de Jobim, de Caetano Veloso y quizás si me salen en el rosco de pasapalabra lo acierto, pero no me pidas que los cante en el karaoke. En realidad, harías bien en no hacerme cantar nada, pero bueno. Eso sí, por las mañanas, mientras comuto al trabajo, como me dijo el otro día un chicano, voy escuchando la radio y parece que Ángel Carmona sí que entiende de música brasileña. Al menos, la escucha. Y me chiva lo que yo puedo escuchar. 
Esta semana, gracias al presentador de Hoy Empieza Todo, he descubirto dos canciones que me alegraron el viaje camino del curro, en una madrugada lluviosa que no prometía nada. Una de las dos canciones, además, se propone alegrarte el día, y bien que lo consigue, por lo menos, a mí me lo transmite, aunque el ritmo brasileiro sea a mis caderas como el alcohol para apagar un fuego. 
Así que, no me enrollo más, si no las conocíais, a disfrutar. Van tres robos legales al youtube. La primera es la vieja canción original de Os Mutantes que The Bees versionearon para alegría de algunos, que así nos asomamos al pozo para ver un fondo lleno de tesoros. Las otras dos son, por este orden, Mallu Magalhaes con "My Home Is My Man", que es solo darle al play y ya se me acelera el corazón y me entran ganas de fumar y de beber whisky. Y la tercera, cambiamos de registro, es Tiê y su "Pra alegrar o meu dia". Y no intentéis hacerlo bien cuando la tarareáis que luego os miráis en el espejo y estáis más rojos que un caqui del Brasil.





miércoles, 18 de abril de 2012

Dos horas a solas con Paul Weller




Yo de mod tengo lo que mi abuelo tenía de rumbero. Digo yo que nos hacemos a la idea de lo que quiero decir: nada. Bueno, una vez entré en una tienda mod de Carnaby Street. Y tenía (tengo) una camiseta muy chula de Cooper que Vicente Muñoz Álvarez reconoció un día en Deusto y me sirvió para entablar conversación. ¿Más? Bueno, tengo amistad con algunos miembros de The Brand New Sinclairs. Si todo eso sirve para sacarse el carné, vale.

A Paul Weller lo vi el año pasado en directo.

Bien, sin más.

Sus discos, y ya van un carro porque el tío tiene currículo como para presentarse a oposiciones, me han pasado desapercibidos en su mayor parte. Desapercibidos en el buen sentido, si es que eso éste es un buen sentido: los escucho, los disfruto, los degluto, los olvido. Qué le voy a hacer. A Catch-Flame! quizás le dediqué un poco más de tiempo y, hace poco, aún tuve la decencia de volverme a cargar en el ipod canciones como "Peacock Suit". A su disco de 2008, ni le llegué a conocer. Me lo presentaron, pero no me acuerdo de él.

Así que cuando salió Sonik Kicks me dije bien, pero sin mucha excitación. Lo dejé ahí, en un rincón, para cuando estuviera de buen ánimo. Y lo estuve hace poco.

Hace unos días nos cogimos un autobús, luego un avión, luego un tren y llegamos a Lyon, Francia. El último día, antes de volver, nos cogimos otro tren, y nos fuimos a ver los Alpes de lejos, a Annecy. Dos horas de tren que unos aprovecharon para ver a Jack Black en el ipad, otros para dormir y yo para mirar por la ventana mientras escuchaba Sonik Kicks.

Y la conclusión es que Paul Weller si quisiera tendría de mod y de rumbero lo que quisiera, porque puede hacer las canciones que le den la gana. Si quiere apaga la electricidad, si quiere enchufa la guitarra, si quiere se marca un dueto con su esposa, si quiere se pone pantalones de campana y a bailar. Puede hacerlo porque el fondo lo mantiene con el mismo color de mañana soleada: lo importante son las melodías. Haga lo que haga: lo que clava es la melodía. Se pone psicodélico, o no se pone, pero esta vez apunta a lo breve y certero y se apunta un tanto con unos arreglos que llenan las canciones de preciosistas sorpresas inesperadas.

Dos veces me dio tiempo a escuchar el disco de cabo a rabo antes de llegar a la Saboya y bajar del tren. Y mereció la pena aunque, por mucho que me ponga merc, no tengo nada de mod, crap!