miércoles, 30 de mayo de 2012

Cosas que como nieto me gustaría haber sabido



Leer sobre música es una afición que he adquirido hace muy poco. También es muy relativa. Leer las novelas de Willy Vlautin no es leer sobre música. Tampoco leer los libros de Chuck Klosterman parece que lo sea del todo.
Sin embargo, fue empezar con este último y se me desató un interés que ha crecido de manera potencial, pero no real. Me he comprado los libros pero aún tengo que leerlos.
Desde clásicos como el Awopbopaloobop Alopbamboom de Nik Cohn hasta best-sellers como el 31 canciones de Nick Hornby, pasando por el The Dark Stuff de Nick Kent, el librito "frívolo" (¿?) de Alex Kapranos, el ambicioso Teen Spirit de Javier Blázquez y José Manuel Freire, el recomendable Blancas Bicicletas de Joe Boyd, el Palabra de Rock de Silvia Grijalba o, en eso estamos, el Cosas que los nietos deberían saber de Mark Oliver Everett. Algunos los he leído, otros los he ojeado, muchos siguen pendientes. Y hay más, poesía de Leonard Cohen, letras impresas de Jarvis Cocker, el Babel de Patti Smith, asuntos más comerciales de Liz Moore, anécdotas reunidas por Xavier Valiño, una curiosa antología punk que encontré por casualidad en Londres con prólogo de Johnny Marr, biografías de Bob Dylan, la Velvet Underground o Suede, el Q Book de las leyendas del punk con prólogo de Danny Kelly, la revista Zumba que no zumbó mucho desgraciadamente, el ameno pero incisivo trabajo de Pablo Gil para rockdelux, el cedé con mucho texto en el que Kris Needs adelanta el nacimiento del punk, compilaciones históricas de Rafael Gómez Pérez, artículos sesudos reunidos por Luis Puig y Jenaro Talens, ese tochazo que nos regalaron sobre los 1001 discos que tienes que escuchar antes de morir y alguno más que ahora no corresponde mencionar o simplemente no recuerdo. Repito, alguno ya lo he leído, con otros estoy en ello, para muchos he postpuesto el momento sin fecha que lo concrete.
Empecé en casa. Muy cerca de casa. Empecé con el Agua para los Muertos de Beñat Arginzoniz o con el Eskorbuto: Historia Triste de Diego Cerdán. No sé cuál fue primero, pero, a veces, me da la sensación de que leí los dos al mismo tiempo. Con coraje y mucha paciencia, pero resultándome mucho más llevadero, apasionante y fácil de lo que pensaba, el siguiente paso fue el mastodóntico estudio de Álvaro Heras Gröhl titulado Lluvia, Hierro y Rock & Roll: Historia del rock en el Gran Bilbao (1958-2008). Finalmente, el Historia del Rock Vasco de Elena López Aguirre va poco a poco.
No sigo un orden ni lógico ni caprichoso, y sí un poco perezoso. Otras lecturas obligatorias les retienen en las baldas de mi casa y, de vez en cuando, cuando me levanto por la mañana con resaca y alguna canción aún en la cabeza, me miran como si me lo fueran a reprochar por los siglos de los siglos. Así que hace unos meses, no pude más, y elegí a uno que, a menudo, se me subía a la chepa y me increpaba como lo hace la conciencia vestida de diablo en los dibujos animados.
Sí, hace más de un mes que empecé a leer, en castellano, el Cosas que los nietos deberían saber de Mark Oliver Everett. Y he terminado hoy. Si ahora, o luego, digo eso de que se lee de un tirón, nadie me va a creer, pero se lee de un tirón, lo que pasa es que mis tirones son más inconstantes y exigentes aún que el proceso de creación del Blinking Lights. Si no lo pillais, lo pillaréis cuando leáis el libro.
Como decía, he leído la traducción al castellano de Pablo Álvarez Ellacuría. Como no he leído el original en inglés, no sé si elogiar directamente la prosa de Mr. E, el trabajo del traductor, o la combinación de ambos. Sinceramente, desde un punto de vista meramente técnico, es mi opinión instantánea y poco reflexiva que, a lo largo del texto, se aprecian errores profesionales en el desarrollo narrativo. A veces, Everett se expande, otras recula, muchas explosiona, acelera, frena, se difumina o fosiliza instantes demasiado etéreos en arrebatos que podrían simbolizarse con los vaivenes inesperados en los caminos bacheados. Sin embargo, tengo la sensación de que la lectura goza y se aprovecha de esos excesos más que verse entorpecida por ello. La prosa de Everett es fresca, a veces inocente, siempre impulsiva y efusiva. Y precisamente que sea pasional no quiere decir que no sea reflexiva. Y que sea antojadiza la hace misteriosa. Y que sea irregular hace que el libro resulte natural y me iba a atrever a utilizar un adjetivo que no tiene sentido en la crítica literaria postmoderna y mucho menos en ninguna reseña que se haga de este libro pero como me ha venido al inconsciente y no quiero reprimirme la digo: creíble.
Los errores más periciales del libro se los achaco más al propio Everett que al traductor aunque insisto en que el libro funciona con esos errores o quizás gracias a ellos. Las virtudes de la lectura en castellano sospecho que debería atribuírselas al traductor. Al traductor y a la editorial, Blackie Books, por el proyecto y por una cuidada edición que cuenta también con una nerviosa y efusiva introducción del escritor argentino Rodrigo Fresán, probablemente el más indicado para hacerlo por sus lazos profesionales y artísticos con la literatura norteamericana, por su amistad con Andrés Calamaro o por sus incursiones musicales en su propia ficción. Él dice en la introducción que las canciones de Eels son "felizmente tristes, tristemente felices" y es así. Y porque así es el mundo, así deberían ser todas las canciones, porque así somos todos, y así deberían ser todas las introducciones de libros, y así deberían ser todas las reseñas y así ha sido la vida de Mark Oliver Everett que, en este libro, convierte su vida en un ejercicio espiritual para convencerse de que así ha sido y de que ha merecido la pena.
Si ha merecido la pena leer el libro, digo, Mark, permíteme que te llame Mark, que creo que merecerá lo mismo haberlo escrito, y, por ende, haberlo vivido. No sé ni lo que digo, volvamos al principio. O al final. Más bien, al abismo.
Alguna vez me han dicho eso de que, tío, tú deberías escribir un libro. Y todo porque ha sucedido algo que no pasa quizás de lo gracioso. Bueno, pues, M.O. Everett, para lo bueno y para lo malo, debía escribir este libro y la secuela y la precuela y presentarlo en las escuelas porque el cantante de Eels tenía cosas de sobra que contar.
No solo acerca de su larga carrera profesional. La aventura, iniciada en 1996 con Beautiful Freak, concluye, por ahora, en 2010 con Tomorrow Morning, aunque él detiene el libro en 2005, cuando se publica Blinking Lights and Other Revelations. Una carrera que comenzó con relativo éxito, un BRIT Award, una gira internacional, una canción en la banda sonora de Shrek y que incluía un hit tan especial como "Novocaine for the Soul", presente en las listas de éxito durante mucho tiempo y objeto de un video de Mark Romanek que le puso un toque indie a Mary Poppins. Le siguió a este disco un profundo análisis personal, catártico y doloroso, que no careció de cierto éxito. Dejó otro hit asombroso como "Cancer for the Cure" y metió otra canción en una banda sonora de éxito, en este caso, American Beauty. Daisies of the Galaxy fue otro volantazo. Everett se encerró en su sótano y se inventó un disco que aprovechó George W. Bush para avivar sus proclamas de ortodoxia religiosa. Pocos años después, Souljacker nacía tras una experiencia vitalista de Everett y crecía gracias a John Parish y Shootenanny se convertía prácticamente en una jam recording que le servía de vía de escape. Así hasta que, por fin, consigue publicar Blinking Lights and Other Revelations, un doble album con más de treinta canciones y colaboraciones de gente como Peter Buck o Tom Waits, en el que llevaba trabajando desde 1997. Una larga carrera profesional a lo largo de la cual se advierten los antojos y fracasos inherentes al proceso creativo, las inclemencias internas propias de una banda propiedad de una sola persona o las miserias del negocio musical que, no por sospechadas, dejan de sorprender cuando se descubren. ¿No es eso suficiente para escribir un libro?
Pues, a todo eso, le puedes añadir una vida privada y personal que no me compete reseñar. Primero, porque es privada y personal; segundo, porque, si lo hago, os chafo el libro. Es probable que Everett hubiera preferido tener una vida mucho más gris y mediocre, más parecida a la mía, que escribo sobre canciones porque no puedo escribir canciones, pero a él le tocó escribirlas porque tenía y tiene talento, atendió a la llamda y, además, le tocó sufrir la desgracia de manera íntima. No hay un momento de descanso en su cronología vital. Siempre sucede algo que empaña los momentos menos impresionantes, algo que solivianta la calma, algo que altera el proceso normal de las cosas. Casi siempre, algo que preferiríamos que ocurriera en una novela más que en una autobiografía.
Durante mucho tiempo se entendió la autobiografía como un ejercicio recopilatorio. Como un album doble en directo para hacerle de estatua conmemorativa a la carrera profesional de un grupo de música. Desde hace años, muchos escritores se empeñan en demostrar que este género posee capacidades más propias de otras ambiciones. Se recurre a recursos propios de la ficción y los personajes secundarios adquieren importancia, se multiplican las voces, se invierten los tiempos narrativos, se amplian las perspectivas, se permite la autocrítica, los finales abiertos, se advierte la subjetividad, se refinan las metáforas y se destila la paradoja. La autobiografía de Everett se podría incluír en esta tendencia: su trabajo no es un compendio retrospectivo, porque siempre se siente el aliento de un futuro que parece alimentar su necesidad de mirar atrás. El final no cierra ningún círculo, no cura ninguna herida, y mantiene las mismas preguntas iniciales que lo único que han buscado es un convencimiento personal que suena a desesperada exploración del amor propio y la supervivencia esencial. La autobiografía de Everett no elude preguntas clave y pugna por admitir y disfrutar de los espacios más resbaladizos, los que nos colocan en la frontera entre los extremos, el lugar más incómodo pero, probablemente, el más humano y dignificante.
No sé qué pensarán sus nietos si algún día existen y leen este libro. No sé si la inocente sorpresa de la periodista francesa que no entiende cómo se pueden tener nietos sin tener hijos antes conseguirá resolverla con éxito el irónico Everett. Ni tan siquiera sé si seguirá publicando discos, o libros, si le servirán de algo las clases de interpretación de Jennifer Jason Leigh. Por no saber, no sé las cosas que debería haber sabido de mi abuelo. Ahora que lo pienso, también desconozco muchas de las que me hubiera gustado conocer de mi padre.
Quizás, algún día, yo deba escribir el libro que ellos no pudieron escribir. Porque lo de escribir canciones, mejor se lo dejamos a Mr. E.

jueves, 24 de mayo de 2012

El hijo de un soldador



Digamos que soy yo el hijo del soldador. Y digamos que no acabé en el pabellón. No he fundido electrodos, no me he puesto un buzo en mi vida. Tengo un trabajo que me permite pasar horas sentado mientras escucho Port O'Brien y voy más allá del "I Woke Up Today". Digamos que yo también creo que, a pesar de todo, acabaré siendo eso, solo eso: el hijo de un soldador.
Si no sabes inglés, busca a alguien que te la traduzca, aunque no fuera más allá de un par de cursos en Wall Street Institute. No es muy difícil. Sin embargo, siempre ocurre lo mismo con los poemas, con las novelas, y hasta con el prospecto de las recetas, que parece que a cada uno le dicen una cosa, que lo que a alguien emociona, a otro le invita a bostezar. Y dime, Van, tío, qué demonios tengo yo qué ver con Alaska y qué me importan a mí tu padre o lo que te aburre pescar. Pero quizás es el día soleado ahí fuera o tu tembloroso falsete o cómo resulta que existe la esperanza aunque sea tan frágil como la cáscara de un huevo. Sobre la cáscara de un huevo podría yo construir un barco, soldarle una quilla y navegar, lejos de la ciudad y lejos del ínfinito, porque precisamente como tú, yo sé que no nací para pasear por la tierra seca de la dehesa, no echo de menos las estrellas, encontré mi lugar en la ciudad, y... Aún así, sé que siempre seré poco más que el hijo de un soldador.
Quizás es porque esta canción suena mitad a hit, mitad a cuentacuentos de librería pública y mitad a esa leyenda irlandesa en la que un pescador y un soldador se emborrachan juntos y se pierden y caminan hasta la madrugada por la campiña y cuando despiertan se han convertido en convertido en un precioso faro de hierro forjado que apunta al mar.


FISHERMAN'S SON

I’m doing fine in Alaska

I don’t mind the storms
When all the wind contorts me
Let the diesel engine roar
But I don’t know why I came here
Was it because I was born this way?
Or have I just learned to accept it?
Like I do every other day

Oh whatever is the cause
I will find another job
And I will stay until I’m far away
This is not what I’m here for
I was made to live indoors
And I will weather out this storm from them

But I hear it screaming loud
Over everything somehow
Saying, “Hey boy. Listen up. You’re a liar.”
And you are a fisherman’s son
And that is what you’ll become
You are a fisherman’s son
That is what you’ll become

I’m doing fine in the city
I don’t miss the stars
And I have all my needs here with me
And I don’t adventure far
And I’m doing okay for a young man
I’ve got a place to stay

But I don’t go out come night time
No matter what my friends here say
All the while I am here
I’ll have some liquor and some beer
And I’ll wait for another year to come
And I will fall into the pack
With the devil on my back
And I will take another crack at this

Oh but I could never win
No, my blood is just too thin
And my eyes, all they crave is affection

Cause I am a fisherman’s son
That is what I’ll become
I am a fisherman’s son
That is what I’ll become



lunes, 21 de mayo de 2012

Los hombres que no afinaban las guitarras



Lo más triste de todo es que me lo creo. Pero es como un ejercicio de autoayuda, créeme. Me digo a mi mismo: hace mucho que no escribes en el blog, tío. Y me propongo tomármelo en serio, tómatelo en serio, joder, y digo, vamos a escuchar un disco entero, descubrir un nuevo hype, disfrazarme de Lester Bangs. Pero no me queda bien el traje. Aún así, me sirve de ejercicio motivador. Es como salir a correr o leer antes de dormir, como acordarte de lavarte los dientes o llamar a tu madre después de comer, te sientes bien, como si hubieras hecho los deberes, como si fueras responsable.
Hoy lo he hecho. Me he montado en el coche, y en lugar de escuchar El Sótano de Radio 3, me he puesto a escuchar Open Your Heart de The Men. Por ahí he leído que estos son de Brooklyn y que se hicieron famosos hasta el fanatismo en varios barrios de New York. Dicen las etiquetas que son post-punk, y como lleva un prefijo delante, podemos quedarnos con lo de que el punk es actitud y el post pone la música, porque a mí me suenan muchas veces hardcore, otras psicodelia, rock plomizo o punk de local de ensayo. Digo esto porque, muchas veces, las guitarras me recuerdan a las coreografías de riffs que intentaban hacer mis antiguos amigos en sus locales insonorizados con hueveras.
He intentando jugar a las referencias y me han salido Motorhead, Black Rebel Motorcycle Club, Fucked Up, Rolling Stones, Sonic Youth, Led Zeppelin o Foo Fighters. Hasta a Richmond Fontaine cuando se ponen expansivos y evocativos. Diría que juegan en liga y copa. En Liga se van a por canciones de cuatro minutos con guitarras en plan huída desesperada y una batería que hunde la voz de Chiericozzi en un profundo agujero negro. En Copa se relajan, se escapan, se exageran, se multiplican y se pegan la gran fumada. Canciones de hasta ocho minutos que parecen instrumentales pero no lo son, siempre tienen un segundo para un grito o un estribillo inesperadamente bienvenido. Aquí es donde se parecen a Fucked Up, con su vibrante manejo del crescendo. Aquí es dond exigen más esfuerzo, pero, a cambio, acaban regalando más. "Presence" y "Oscillation" me han venido a huevo para dar las curvas de la autopista sin tener que contarlas.
Sin embargo, como quiero parecerme a Lester Bangs, tengo que elegir alguna otra que sea más radiable, así que vayamos por "Turn It Around" y "Ex-Dreams". Si te gustan las guitarras, estás en el lugar adecuado, aunque no sepa bien si estos hombres saben o no saben afinarlas. No me resisto, así que también cuelgo el resumen de su útlimo partido de Copa, "Oscillation" para la tanda de penalties.



domingo, 13 de mayo de 2012

Nacho Vegas no lleva tilde




Menos mal que la palabra tilde no lleva tilde. Eso me ayuda a explicarme. Alguno seguro que sabe de que (tilde here, men!) le hablo. Tengo, al parecer, un gusano en el ordenador. Un virus curioso que transforma las tildes en dobles acentos. El ejemplo que siempre se usa para ilustrarlo es el siguiente: cami´´on. Me he quedado sin tildes, me he quedado sin entrada. He buscado en internet una manera apropiada para solucionarlo y las hay, pero me parecen complicadas, con lo que he decidido esperar hasta mañana y pedir sopitas. Mientras tanto, me digo, tienes dos opciones: o escribes en el idioma de Elvis Presley o escribes sin tildes. La primera la he descartado porque la segunda me parece apasionante, todo un reto, un rompecabezas. Y en ello estoy, jugando a escribir sin escribir palabras tildadas, evitando el pasado simple y abusando del presente perfecto porque los participios no tienen tilde. Por ahora, va bien, aunque, la verdad sea dicha, con esto de explicar mi problema con las tildes, va a sacar nuevo disco Nacho Vegas y yo sigo explicando mis problemas con el ordenador en lugar de hablar de mi libro.
Ya que he venido para eso, hablemos de mi libro.
Nos libramos de la modorra y nos animamos a coger el metro al extrarradio. Festival alternativo y musical en Basauri con nombre evocativo que sirve para resumir sensaciones: MAZ. Y es recurrente hacer la gracia y repetir que quieres MAZ! En fin.
A medio concierto de The New Raemon me hice el listo y le dije a ella que le iba a explicar la diferencia entre un buen letrista y un letrista excepcional. Y gracias a la cerveza que llevaba bebida, consigue descartar el suicidio repentino. Le explico que R. R. (y conozco su nombre pero lleva tilde) es un letrista aceptable y Nacho Vegas un letrista extraordinario.
No voy a repetirlo porque bastante lucimiento tuvo el momento como para ponerme en evidencia ahora que recapitulo. Pero, en resumen, alababa las virtudes de Vegas para contar historias que invitan a que uno mismo adopte las sensaciones, en lugar de parir las sensaciones por parto natural. Ya en el momento me di cuenta de que esto solo alcanza a ser una debilidad personal, pero yo, por si acaso, tuve a bien convertirlo en un criterio poco equitativo. Y, lo dicho, ella asiente porque me quiere y me acepta tal y como soy.
El caso es que se me ocurre que en lugar de hablar del concierto, si tanto me gustan las historias, bien puedo escribir yo la propia en lugar de hacer juicios de valor. Empiezo a escribir con ese objetivo y no llego muy lejos porque no se me ocurre nada y porque me encuentro de morros con la excusa perfecta: no hay tildes, no hay entrada. Y sigo queriendo escribir la entrada, con lo que acepto el reto de evitar los acentos, y regreso a lo conocido: me gusta, no me gusta, por esto y por lo otro. Si hay algo mejor que hacer, mejor hacerlo que seguir leyendo, pero bueno.
En resumen, que Nacho Vegas, con comentarios futboleros o sin ellos, ha vuelto a demostrar que los partidos los ganan los equipos y no los delanteros centro. Con Abraham Boba y Xel Pereda en las bandas y Manu Molina llevando el centro del campo, cualquiera remata solo a gol. Puede que hoy se pase la tarde pegado al transistor, esperando que Clemente obre el milagro en La Rosaleda, pero el viernes Vegas ya hizo lo suficiente para que la suerte se ponga de su lado. Sin sobresaltos, sin aspavientos, a un ritmo lento pero solemne, los conciertos de Nacho Vegas solo guardan una sorpresa: aguardar que cante lo que quieres que cante. Y yo llevaba mucho tiempo esperando que se nombrara a Michi Panero en un concierto. Por lo tanto, chapeau. Me fui a casa bien contento. Y para hacerlo completo, a ella, sumisa y recelosa, no le hizo falta tomar otra cerveza para que asintiera satisfecha. Doble voltereta mortal y para casa con ganas de escuchar otras canciones, tantas canciones como tildes tiene el diccionario castellano.
Y R.R. se lleva su parte del pastel. A mi parecer, mejor con electricidad que sin ella, aunque las canciones que le aprecio y disfruto las toca en solitario y sin enchufes. Hablador y bien educado, seguro de su voz, bien acompañado y sin prisas, dijo por dos veces que alguna de sus canciones era ñoña, pero eso no le detuvo a la hora de cantarlas. Era la primera vez que le escuchaba en directo y me quedaron ganas de volver a hacerlo.
Punto y aparte.
Stop.
Ya vale.
Me duele el ingenio de rechazar palabras. No he podido o no he sabido hacerlo mejor. No he dicho o no he sabido decir nada de lo que, en realidad, quise decir. Las tildes dominan el mundo, por dios. Esto ha sido peor que la gran broma final.