sábado, 28 de julio de 2012

Tarros que me como solo


Me ha pasado dos veces este año, las dos veces hace poco, en verano, digamos, o casi en verano. Luego me como el tarro con estas gilipolleces y me siento aún más estúpido, pero no puedo evitarlo. Primero me pasó en el concierto de La Habitación Roja en el BBK Live. Unos pocos días después, las mismas sensaciones se repitieron en el concierto de Love of Lesbian en fiestas de Santurtzi. Antes decían que las bicicletas eran para el verano, ahora quizás resulte que el verano es para los jóvenes. O que los conciertos veraniegos de música indie española son para los jóvenes, vayan o no vayan en bicicleta. Y me sigo comiendo el tarro, hasta la tapa y todo, pensando si yo soy joven o no. Si aún era joven cuando éramos treinta viendo a La Habitación Roja en una sala pequeña, hace ya años, tantos años como han pasado desde que vi a Vetusta Morla antes de que la petaran, o cuando pocos fueron a ver a Vacazul en un apartado callejón de Deusto, o si recuento el tiempo que ha pasado cuando vi por primera vez a Los Planetas, por no hablar del día en que el lehendakari se sumó a la fiesta de Los Punsetes; Lori Meyers en camiseta, Deluxe teniendo que tirar de covers, Delorean en fiestas de un pueblo perdido en la geografía vasca, The Zodiacs en un bar más pequeño que el cuarto de baño de Shaquille O'Neal, La Casa Azul en un sótano oscuro... ¿Era joven entonces? ¿Lo sigo siendo ahora? ¿Por qué me siento desplazado, incómodo, pureta, cuando voy este verano a ver a todos estos grupos?
¿Por qué antes siempre vestía camisetas y ahora me pongo camisas de manga corta? ¿Quién dijo que las camisas de manga corta son horteras y deberían prohibirse? ¿Por qué le oí decir eso? ¿Es que me estoy haciendo viejo? Tarros que me como solo, mientras sigo botando en una esquina, ajeno a los años que pasan, a los chicos y chicas que tienen menos que yo y ahora ocupan la primera fila. Eso sí, nunca ocupé la primera fila, nunca después del último concierto de Soziedad Alkoholika al que asistí. 
¿Por qué todo esto y ahora?
Estoy en el youtube escuchando las canciones que ya se han colgado del nuevo disco de Napoleón Solo que creo que aún no ha salido al mercado. Yo lo escucho, yo lo disfruto, igual que hice con el primero, y me chirría algo dentro, algo que me hace sentirme aún más estúpido, pero no puedo evitarlo. Muevo la cabeza, de izquierda a derecha, se me llena la cintura de sal, lo hago a oscuras, me escondo, arranco el calendario de la pared, pero me vuelvo a ver en el espejo del baño... y me da igual. Cojo el tarro, lo lanzo contra el suelo, y me pongo a bailar sobre las esquirlas de cristal. Ya mañana, si eso, hablamos de mi conciencia. 

viernes, 20 de julio de 2012

Unplugged en El Cuervo



 Mucha gente en El Cuervo para ver ayer el concierto de Asier Domínguez, guitarrista de Porco Bravo, y su antiguo compañero en Wild Thing, Rubén Llamas. Se hacía difícil pedir en la barra y se hacía difícil escuchar bien.
No voy a ir yo ahora de plomizo aburrido para quejarme de la peña que se divierte en los conciertos como se divierte jugando un kinito, pero sí que toca las pelotas un poco, si te empeñas en que te diga la verdad. A mí ya se me ha pasado la época en la que iba al cine para meter mano, ahora quiero ver la peli. Y ríete, sí, porque es verdad, a lo único que le he metido mano yo en el cine fue al bol de palomitas, pero creo que se me entiende.
En fin, a pesar de eso, Asier y Rubén se curraron un concierto más que digno. A dos manos, con Asier poniendo la voz y Rubén los coros, sus guitarras se compenetraron para adaptar canciones sencillas (aparentemente sencillas, la verdad) pero que supieron complicar al hacerlas suyas. El set que eligieron fue una apuesta atrevida que podía haber salido como el culo, pero se lucieron apropiándose del talento de gente tan dispar como David Bowie, Iggy Pop, Tom Petty o Johnny Cash, solo por nombrar a alguno. Salió airoso Asier cuando tuvo que cubrir a Iggy y a Kate Pierson al mismo tiempo, una elección que hizo muy feliz a la que estaba a mi vera. “Redemption Song” ya suena exquisitamente distinta dentro de la discografía de Bob Marley y con este dúo sonó más cerca de Irlanda que de Jamaica, lo que la hizo aún más única y emotiva. Si tuviera que elegir una, quizás me quedaría con su interpretación de Johnny Cash. La melancolía del de Arkansas le sienta muy bien a la voz de Asier y Rubén acompañó el trasfondo de la canción con mucha delicadeza. Se hizo corto y cuando salimos del bar para fumar y coger aire, la opinión más repetida es que aquello había que repetirlo en mejores circunstancias.
Pero aún había más, porque Rubén dejó su sitio a Manu, voz principal de Porco Bravo, y los dos compañeros de banda se marcaron una segunda parte de concierto distinta, más enérgica y espontánea. Desenchufaron unas cuantas canciones del Groooo!!! (nunca me acuerdo cuántas oes ni cuántas exclamaciones lleva) y sonaron extrañamente igual de expansivas y fogosas, aunque a Manu le cueste mucho tener el culo pegado a una silla. Se lucieron con el “Todo por nada” de M.C.D., una de las letras más inspiradas de los bilbaínos que gritada a pulmón en aquel bar sonaba a declaración confesional que todo el mundo quería firmar.
En resumen, una nueva demostración de que los escenarios más humildes, aquellos en los que a Chris Martin le daría un ataque de pánico, nos dejan, a veces, sensaciones más intensas que los estadios llenos. Asier demostró que es un guitarrista diestro cuya técnica mejora por la intensidad que imprime a sus cuerdas, pero eso ya lo había probado con Porco Bravo. Lo que dejó ayer en El Cuervo fue una lección de la profundidad de su bagaje musical. Aquellos que, a menudo, desprecian algunas apuestas por juicios sin fundamento, deberían reflexionar cuando escuchan a alguien apoderarse de un repertorio tan rico y variado, un resumen bien interpretado de la historia de la música popular que, lo quieran algunos o no, es tan popular como es cultura e historia social.
Por lo demás, seguimos adelante, hoy toca Colajets en El Victoria, mañana ya veremos, y yo empiezo a arrepentirme de haberme metido en esta vorágine de crónicas que me ponen en evidencia más de lo que yo me pienso, pero, a veces, por mucho que este sea un lugar a donde no llegan las agencias de viajes, no está de más que el que nos visite se vaya sabiendo qué de bueno hay en el pueblo para comer, beber, vivir y bailar como solo saben bailar los que no sabemos bailar. 


martes, 17 de julio de 2012

Música en los bares

Ayer nos incorporamos a las fiestas del pueblo. A nuestra manera, que no a la de Frank Sinatra. Es decir, de concierto en concierto y tiro porque me toca. Otro perrito piloto. Esos eran otros tiempos. Como otros eran, llenos de excitación, cuando salías con tu camiseta de EH Sukarra (sí, por qué no decirlo) y tus bolsas del simago repletas de litros a participar del ambiente festivo con pasividad y amargura adolescente. Ahora ya no, pero ahora aún sí, toca Josu Distorsión. Porque acabamos la noche viendo en concierto al Lobo de Armañón y asistiendo a un cierre patético y no por la banda si no por el iluminado al que le salió muy cara una lata de cerveza barata. Antes, habíamos asistido a lo que íbamos, porque, y seguimos con las confesiones, nosotros, en realidad, nos habíamos acercado a ver a Dr. Maha's Miracle Tonic, que ya nos ganaron para la causa en el pasado Azkena, como no podía ser de otra manera con el currículo que arrastran estos tíos que ahora se visten de época y viajan en el tiempo hasta el Lejano Oeste sin abandonar el humor que aún le da más valor a su propuesta. Y antes incluso, habíamos empezado la noche apareciendo por el Victoria para ver el concierto de Last Fair Deal, a los que también habíamos visto antes, aunque en otro tipo de festival más recogido y resultón. Del blues al rock and roll a la psicodelia apostándolo todo a una guitarra juanpalomo que enerva lo mismo que repliega lo mismo que yo me empeño con estas frases impactantes que no impactan nada. 
Y así son nuestros cármenes y así se los hemos contado. Pero hay más. Porque por un puñado de días, Papá Alcalde y Mamá Alcaldesa nos dejan jugar en la calle con nuetros amiguitos y se pueden organizar conciertos en los bares. La próxima semana ya no porque es pernicioso y molesto y becerril, se ve, así que tendremos que disfrutar durante esta semana del permiso y luego asistir a la agonía de nuestra oferta cultural porque la cultura es tan gorda que con esas siete letras no le entran los pantalones pero nos obligan los cánones a adelgazar y al final nos quedamos con el magro y con hambre. ¿Se entiende? 
Ayer lo pensaba mientras me arrinconaba para ver a Last Fair Deal en un Victoria que ya ha colgado hasta su esquela mejor que una nota de prensa para anunciar el fin del negocio que será este próximo domingo. Lo pensaba yo para mis adentros, que hasta el bar parecía más grande y más reluciente con toda esa gente allí apiñada y la tarima atestada de cables y bafles que se acoplaban. No sé si le hubiera ido mejor al bar de haber podido jugar en la calle durante todo el año, pero ya nunca lo sabremos. 
El caso es que me apetece y creo que es obligatorio darle bombo y publicidad a la oferta alternativa de conciertos (y más) que varios bares de Barakaldo proponen para estas fiestas, supongo que arriesgando su dinero y su salud. Algunos ya han sido, y me los he perdido, con especial mención a Rumble Fish al que me invitaron por mensaje telefónico y todo pero estaba en el monte con poca cobertura y quedo en deuda. Tocaron ya en el MELLID donde también ha actuado ya La agonía del congrio y Rockalkohol y hoy actúa Maldita Sea. Mañana lo harán Latigazos, el viernes Inkubo, el sábado Lengua de Trapo, que no tiene nada que ver con la editorial, digo yo, y el lunes que viene Rubatos. La oferta se enriquece con teatro a cargo de La Nuri Teatro y actividades que incluyen karaoke. El KAFÉ VICTORIA como ya he dicho, comenzó ayer su oferta con Last Fair Deal y la completa el jueves con el metal de Ossyris, el viernes con el rock and roll de Colajets, el sábado con el stoner de Chivo y el domingo con un funeral a todo trapo que incluye sorpresas y al Gran Maestro Friker. El bar ROCK AND GOLAK, en el campo de Lasesarre, se suma a la fiesta e invita a gratis a los conciertos de Tiparrakers, Good Taste Band y Pleonakis Plektos. Un poco más arriba, en EL CUERVO, empezaron el sábado pasado con la actuación de Sokole, siguen el miércoles con Master Trio y el jueves con Asier, guitarrista de Porco Bravo, y su espectáculo en solitario que promete. Luego viene la chorizada gratis que ya es tradición y alguien me ha dicho que quizás hasta algún dj del pueblo que últimamente hace bailar a la peña en las carpas de los festivales, además del cierre con Southern Lights. De otro palo y para otro público, pero igual de interesante, es la oferta del PALACIO DE LARREA que no solo se limita a la música pero trae en cartel el flamenco pop de Vembrulé. Y mención aparte para la arriesgada apuesta del EL TUBO con sesiones de vermú y todo. Empezaron ya el sábado pasado y terminarán el domingo que viene y en esos ocho días ya te has perdido alguno si no has ido pero la oferta continúa y llega desde todos los rincones. De Benidorm a Galicia pasando por Villarcayo, Medina de Pomar o, como no, la ciudad fabril, Punko!Uk, The Blind Crowes, Leather Boys, Dessertracks, Deskuadre, The Hustlers, Nasti de Plasti, J.A.N., El Mal del Pan, The Sulfators, Alcotán, Ciudad Rayada, Opus Glory Ignominia y Todos Menos Uno traerán a Barakaldo desde garage a rock and roll sin aditivos, hard rock, punk, hardcore o noise al precio de lo que te salga la ronda. Seguro que hay más, y sorpresas, y hasta un programa de fiestas oficial y el esfuerzo de la Comisión de Fiestas abajo en el frontón y un montón de cosas que se me escapan y otras que siempre están ahí como El Panorama para cerrar la noche sin carteles especiales pero con un horario de cierre más flexible porque, ya sabes, Papá y Mamá nos dejan jugar al escondite por la noche por una semana.
Así que si con Fangoria no tienes suficiente, ya sabes dónde tienes que ir. Y si no nos vemos por ahí, es que estaremos en otro, bendito problema para el entrenador cuando tiene a toda la plantilla disponible, ¿no podía cerrar con una referencia al deporte rey? Pues se ve que no, broche de oro.


lunes, 16 de julio de 2012

Gig Over



Se acabó el BBK Live 2012. Ya ha salido la reportera de la EITB en Kobetamendi con un plano de fondo que abusaba del simbolismo del plástico usado embadurnando una campa vacía y, por lo tanto, podemos dar por terminado el asunto. Para nosotros terminó a eso de las cuatro y pico, creo que ya cerca de las cinco de la madrugada, cuando salimos por la puerta que se encuentra a la derecha del escenario principal y no miramos para atrás. Nos dejamos llevar por la pendiente de la cuesta, intentando reprimir los instintos básicos de nuestro estómago y domar la debilidad vertical de nuestra capacidad de equilibrio. Acabábamos de bucear entre cuerpos sudorosos y violaciones de espacio privado para conseguir salir de la sesión de DaniLess, después de acabársenos las púas y las energías. "Rebellion (Lies)" creo que fue la última canción que cantamos, bailamos, o lo que sea, en esta edición de 2012.
Si te digo la verdad, no tengo muchas ganas de escribir esta entrada. Primero, porque aún me dura la resaca. Segundo, porque mañana me espera un día duro y debería estar trabajando. Tercero, porque siempre he tenido el carácter justo para estallar cuando me hinchan las narices, pero antes, resisto lo irresistible y evito el conflicto (sin ir más lejos, en esta edición, un anónimo muy cariñoso me soltó una galleta en el concierto de Mumford & Sons y, ante las pocas posibilidades de venganza, hice como si tuviera pasaporte sueco), así que realizar comentarios negativos, críticos o ácidos me da pereza. Cuarto, porque tengo un cierto bloqueo mental con esto de la música y de escribir. Quinto, porque sé que voy a acabar hablando de hacerse viejo y envejezco cada vez que lo hago. Sexto, porque estoy hasta los huevos de ser un cenizo, el que baila mal, el tío serio de la frase seca y directa. Pero, al séptimo, descansó.

Esto fue como cuando tenías veinte años y ponías todas tus expectativas en un fin de semana concreto y te afeitabas y todo pero luego te aburrías como una ostra. Luego no tenías ninguna gana de salir el fin de semana siguiente, pero, al final, te encontrabas con que había amanecido cuando salías del Trinkete con la mirada más diabólica que un mono de ojos saltones y una alegría inesperada y cojonuda. Esperábamos poco del jueves, algo más del viernes y prácticamente nada del sábado, y al final, fue el último día cuando más vibramos y saltamos y libamos y trasnochamos. Hasta hubo besos y confesiones de amor platónico más propios de los tiempos pasados con los que empecé este párrafo. En fin, vamos a ponernos serios.

Al final, ni laminé los horarios ni vimos todo lo que habíamos planeado. Ya os adelanto que voy a intentar ser breve, superficial y patéticamente sarcástico en mis comentarios para así librarme de justificaciones y explicaciones más profundas.

Llegamos el jueves cuando aún estaban tocando The Gift, de hecho, junto a la puerta de entrada, también estaban tocando Belako (¡salen hasta en la revista universitaria de la UPV-EHU!) pero seguimos hacia adelante. Nos dio tiempo a ver un rato a los portugueses y parecían muy cambiados desde que les vimos teloneando a Deluxe en la sala Santana hace ya un buen puñado de años. Habíamos subido para ver a Lori Meyers y a Noni Meyers fuimos a ver. Personalmente, el concierto de los granadinos me decepcionó y la decepción fue tan intensa que dio lugar a un largo debate sobre asuntos que se alejan bastante de lo que se refiere puramente a la música. Me quedo con eso en lo positivo: que tienen buenas canciones. A Band of Skulls los vimos sin ganas, y con la sensación de que perdían allí y a aquella hora. Si te soy sincero, ya casi ni me acuerdo del concierto de The Maccabees. Quizás porque, entre otras cosas, abandonamos pronto para meternos hasta el fondo en la carpa vodafone y disfrutar de La Habitación Roja. Me dirás lo que quieras y yo te enseño de qué pie cojeo. Aunque graben con Steve Albini, aunque pasen los años, aunque ganemos mundiales, yo sigo sin poder pegar los pies al suelo cuando voy a sus conciertos. Sus canciones nuevas funcionan con las viejas y su actitud en el escenario no da lugar a debates que se alejen de lo que... "se refiere puramente a la música." Y... Snow Patrol... no sé. La primera vez que los vi, solo faltaba William Wallace, pero esta vez no hubo exhibición patriótica escocesa. De hecho, creo que nos fuimos pronto para asistir a uno de los momentos que yo, personalmente, más esperaba: el concierto de Jon Spencer Blues Explosion. Sinceramente, no le pillo el sentido a ese tercer escenario, y hasta ahí puedo leer. Bien. Después de eso, ya sabéis que había: tres horas de Robert Smith. Si queréis una opinión, preguntadle a un fan y, después, a una persona objetiva y con conocimiento. Si me preguntáis a mí, os diré la verdad: acabé por quedarme dormido unos minutos cuando nos sentamos en la ladera del fondo. Bloc Party no acabó por despertarme del todo, pero, también es cierto, en posición vertical cuesta más. Quizás es cosa mía, pero me gusta más Kele Okereke cuando se queda quieto. No hubo más. Nos fuimos. Y yo dije aquello de que si tendría que ponerle una nota de 0 a 10 al primer día de festival, a duras penas me llegaba para ponerle un 3'5, y eso, después de pasar por tutorías. Pero a mí no me hagas caso, hadle caso a los números. La influencia de publico fue significativa (sobre todo la extranjera) y no me quiero ni imaginar cuantos bocadillos de panceta se vendieron. Es lo que tiene, no ya los festivales, si no la humanidad, que mientras que yo me quedaba dormido viendo a The Cure, en primera fila a alguien se le ponía la piel de gallina y si yo tenía ganas de ver a Jon Spencer, puede que alguien no sepa ni quién era pero fuera excitado a ver a los Young Guns, que yo no sé ni quiénes son. Y ante este paradigma, no hay valores de 0 a 10 que tengan sentido alguno.

El viernes volvimos a subir la cuesta desde el aparcamiento hasta el recinto con buen ritmo y gastando bromas sobre dejarnos de festivales y comprar un terrenito por allí para montar un txoko y una huerta. Bien coordinados, nos dio tiempo a comprar púas, pedir cerveza y ya estaba saliendo al escenario un elegante Charlie Fink. Bastante sobrios, incluso cuando se quitaron las chaquetas, hicieron un concierto bien pulido y resultón, que no alocó al personal pero le dejó satisfecho, por lo menos, eso me pareció. Sin Laura Marling, "5 Years Time" no suena igual pero las canciones de su último disco lo equilibran. Casi sin darnos cuenta, fue dejar a Noah and the Whale descansando, y cometimos un error de los gordos. Teníamos pensado dividirnos entre Mumford & Sons y Here We Go Magic (Johnson, premio al chiste tonto del festival, luego os digo alguno de los otros candidatos), pero la cagamos al no calcular la distancia que teníamos con la retaguardia. No esperábamos tanto nivel de expectación con los de Londres que parece que allí ya han llegado al zaguán del mainstream. El caso es que cuando quisimos darnos cuenta estábamos tan rodeados que no hubo forma de salir de allí hasta que Marcus Mumford dijo que ya era suficiente para la ocasión. Tampoco nos arrepentimos, aunque el concierto empezó muy fuerte y fue decayendo un poco. La capacidad para jugar con el ritmo y la excitación de este grupo es digna de elogio, pero lo jodido es que te toque una despedida de soltero inglesa delante tuyo y tengas que soportar las exhibiciones sexuales, los desvaríos etílicos y los pogos corografiados que acabaron por concurrir a mucho espontáneo al que me hubiera gustado ver en un concierto de La Polla Records en fiestas de Cabieces. Cuando conseguimos salir de allí, nos encontramos con tres direcciones a seguir. La de Bigott la rechazamos porque la retomaremos en agosto. La de The Kooks nos llevó hasta una rotonda donde nos dimos la vuelta y acabamos otra vez en el escenario esquinado viendo a We Are Augustines. Candidato al premio a chiste tonto del año: We Are Gregorians. ¿Por qué? Porque con tan poca base instrumental y un batería al que le redujeron el volumen, todo lo que se oía era la voz de Billy McCarthy quien, por cierto, estuvo ágil tras una caída que no fue dramática. Con su barbilla perfilada al estilo del padre de American Dad, McCarthy tiene más energía concentrada que un tanque de Red Bull. Bien cenados, nos tumbamos en una campa para pasar de Four Tet porque yo no lo entiendo, aunque allí había muchos que parecían que sí, así que bien, pero yo me levanté justo para ver salir a Thom Yorke antes de que le llamara por error Damon Albarn. Sé que tocaron "Karma Police" y alguna más, y que a esta altura ya habré dilapidado el poco prestigio como crítico musical que algún día pude tener, pero solo sé que hubo muchas luces y pantallazos de colores y un par de canciones en las que la voz de Thom Yorke me erizó la única cana que por ahora me nace, y poco más. En resumen, a mí, y lánzame ya a la hoguera, el concierto de Radiohead se me hizo largo. Tan largo que estaba cansado, y mis dos compañeros también, para luchar contra la turba concentrada en la carpa vodafone. Vimos una canción de Triángulo de Amor Bizarro y salimos huyendo, aunque con promesas de volver a intentarlo otro día. Se estaba mejor arrinconado cerca del escenario viendo a Vetusta Morla tener problemas con la geografía del estado aunque ninguno con lo que realmente les compete: hacer música. Con ésta, ya les he visto cuatro o cinco veces, alguna incluso antes de que salieran hasta en las noticias de Cuatro, pero en ninguna de ellas han bajado del notable alto, ya que estamos con el asunto de las notas. El viernes por la noche, tampoco. Y se acabaron los conciertos que no la música, porque teníamos una última cita de regreso a la carpa de los móviles. Los Victoria's Secret pinchaban esa noche y, como son del pueblo, nos acercamos, aunque de lejos, porque no había ganas de volver a luchar con las multitudes. Me dio la sensación de que se controlaron, y evitaron lucirse para limitarse a los hits bailongos y efervescentes que le privan a la gente en este ambiente. Un acierto, por supuesto, pero no nos quedamos al final. 

Como ya creo que he dicho, el sábado apuntaba a farolillo y acabo por coronar en solitario Luz Ardiden. Y eso que ahora mismo estoy viendo en la tele a Corizonas, que nos los perdimos, y estoy pensando en darme cabezazos contra la pared. Al menos, llegamos para ver los pantalones verdes del soulman de Boston Eli "Paperboy" Reed que fue uno de los triunfadores del festival en nuestro exigente tribunal de tres miembros. Juguetón, intenso, con o sin gafas de sol, Reed consiguió que empezaran a truncarse nuestras perspectivas más negativas desde primera hora de la tarde. Y The View después no cambiaron la tendencia, y eso que ya te digo que a mí me llegan en sordina por mucho que el guitarrista se vista con la camiseta del Athletic. Quizás tengan más recorrido que otros hypes, aunque no apostaría por ello. Pero no estuvo mal como interín, antes de volver al escenario dos y asistir con recelo al concierto de Glasvegas para acabar rendidos, que no del cansancio. Con un final contundente cuando ya había oscurecido, las canciones de Glasvegas parecen villancicos despiadados, tenebrosas nanas que parecen describir la belleza inaudita debajo del terror contemporáneo. ¿Que qué significa eso? Nada, pero aparento que sé lo que me digo. Pero nos perdimos a Supersubmarina y... Y ya nos quedamos con el estomago lleno viendo a Tom Chaplin en forma liderando, si me perdona Tim Rice-Oxley, a unos Keane que, como siempre, hicieron su juego y se llevaron el partido. Lo mismo, que no me gusta la Coca-Cola, pero me gusta con vino, así que, entre que te digo esto y tú me contestas lo otro, y un cigarrito y te paso la cerveza, no estuvo mal. Nos asomamos a la fiesta argentina de Onda Vaga, y se hizo la tercera gracia tonta a concurso: ¡todo lo que queda ya es basura! Busca en el diccionario la traducción de Garbage y me matas. Pero eso quedaba, Garbage. Y no estuvo nada mal, te cuento. Yo que escuchaba a Garbage entre cojones (el chupito, digo) en el Tubo sin hacerle ni puto caso, me dejé llevar por la cordial verborrea de Shirley Manson y por esas canciones entre el cabreo y la juerga que sobrevivieron a los problemas técnicos. Hasta tocaron la canción que abría la banda sonora de la versión shakespeariana de Baz Luhrman y eso sí que me transportó a los tiempos en los que bebía chupitos y veía el amanecer desde la puerta de los bares, ya sabes. Dos canciones de Sum 41 y nos metimos hasta el fondo para ver a DaniLess hacer lo que le gusta al público antes de salir allí con el júbilo ya perdido por el suelo entre katxis despanzurrados, colillas e ingleses extasiados. 

En resumen, que aprueban en la recuperación. Pero las cifras me quitan la razón: más de cien mil espectadores, muchos de ellos viajando en avión, una media de edad sospechosamente baja, todo bien ordenado y reluciente, y no queda más que ser paciente y tener compasión de uno mismo. Quizás se nos ha pasado el arroz, pero, el caso, extraña estupidez la humana, es que te duele el cuerpo, te rehuye el alma, aún te pitan los oídos, te quejas como un aspirante a viejo cascarrabias, y ya estás echándolo de menos. Digo yo que engancha cuando pones tierra de por medio, es como tener morriña de los sitios antes de abandonarlos y tener ganas de regresar a la paz de casa en cuanto empiezas la guerra de viajar, pero parece que acaba de terminar, y ya tienes ganas de más campas artificiales, más colas en las barras, más noches estrelladas con banda sonora en vivo. Si es que ya me lo digo yo: que uno es tonto hasta decir basta. Y hasta la próxima. 

martes, 10 de julio de 2012

Laminando horarios


¿Recordáis ese capítulo en el que Rachel Green (Jennifer Aniston) le da permiso a Ross Geller (David Schwimmer) para que le entre a Isabella Rosellini (Isabella Rosellini)? No recuerdo el capítulo, pero hablo de Friends, y de ése en el que el humor recurre a las listas de mujeres (y hombres) con las que tendrían permiso para acostarse. La chanza llega cuando Ross Geller (ya sabes: David Schwimmer) no solo se toma su tiempo para confeccionar su lista, si no que, además, la plastifica y todo. "Laminated", se dice en inglés. ¿Y qué? ¡Magdalenas de Proust! Ayer nos pusimos a echarle un vistazo a los horarios del BBK Live para ir calculando qué vamos a ver y cómo. Y ella hizo la gracia: ¿vas a pasarlo a ordenador y forrarlo? Y esto viene a que hubo un FIB en que nuestro compañero de andanzas festivaleras, lo hizo. Con unos buenos metros de celofán, pero lo hizo, se plastificó la lista con los horarios de los grupos que nos interesaban, y nos reímos de ello, pero luego nos pasábamos el festival pidiendo que lo sacara. Quizás mi amigo lo hizo, lo de plastificarla, digo, porque en su subconsciente había quedado marcada nuestra primera experiencia con la gota fría del levante. Y es que aquel fue nuestro bautizo fibber. El primer año que íbamos, tres amigos un poco desorientados que no recordaban para nada a los dos de Tapas, llegaron a Benicassim cuando se desataba una de esas tormentas de gota fría que llenan las rieras. Gotas del tamaño de puños, de puños llenos de agua congelada, joder. Recuerdo correr por el descampado, cargando con mi mochila, la tienda de campaña, los pantalones se me caían, mis colegas corrían más que yo y yo no hacía más que gritar ¡que me pierdo el festival, que me pierdo el festival! porque mi entrada comprada en el Corte Inglés y que debía cambiar por una lucida pulsera, se estaba empapando en uno de los bolsillos laterales de mi pantalón corto. Cuando llegamos a la carpa del cambio, saqué la entrada con un miedo atroz, un miedo de más de cien euros, mientras el voluntario de turno se partía la caja conmigo aunque sin querer hacer leña del árbol caído. Y casi se cae todo el bosque, porque tardó como dos minutos cuarenta y cinco segundos, uno por uno los segundos, en conseguir que el aparatito leyera un código de barras que parecía más un mar en marejada de lo empapado que estaba. Pero lo consiguió, y tuve mi pulsera y mi festival, pero a mí se me quedó grabado y quizás también a mi colega, y por eso, más vale prevenir que curar, se laminó el tío el resumen del horario. 
¿Sabéis lo que es una digresión? ¿No? Pues todo eso de ahí arriba. ¡Digresión, digresión!, como decía Holden Caulfield, por cierto. 
El caso es que estuvimos echándole un vistazo a los horarios, ¡y aún no nos hemos comprado los abonos! Joder, empieza en dos días y así estamos. Habíamos esperado que la divina providencia actuara de oficio para regalarnos algún abono gratuito en los muchos concursos en los que hemos tenido a bien participar. No ha habido suerte, todo el mundo sabe que a la divina providencia le va más el canto gregoriano que el indie americano y no ha estado por la labor. Por eso estamos a estas alturas sin salvoconducto, pero digo yo que a lo largo del día de hoy nos reuniremos con Ugarte. Mientras tanto, esto es lo que más o menos tenemos decidido, y quien quiera criticarlo o corroborarlo o pasar de ello, hace bien:

Según nuestros cálculos (que aún no han sido discutidos con el tercero en discordia, ya sabes, el que se lamina los horarios), intentaremos abrir festival con el concierto de los granaínos Lori Meyers el jueves en el escenario dos. Cuando terminen, el reto es practicar una mitosis de barrio para ver un poco a Band of Skulls, y repartir el resto entre The Maccabees y La Habitación Roja. De ahí, un pelín a Snow Patrol, exaltación de la pasión escocesa según viví en mi primera experiencia con este grupo, y marchar a ver a Jon Spencer Blues Explosion. Cuando se vaya Mister Spencer, ya solo queda Mister Smith, y cuando termine The Cure, tocará Bloc Party, si es que no toca un poco de James Murphy. Para el viernes, hemos previsto estrenarnos con Noah and The Whale. Luego, la cosa estará entre los británicos con aire americano Mumford & Sons y los americanos con aire británico Here We Go Magic. De doblete, a triplete, porque luego podremos repartirnos para ver a The Kooks (mala experiencia con el etilismo británico en una ocasión anterior), We Are Augustines y Bigott, quien quizás no tenga mucho porcentaje porque parece que también estará en fiestas de Bilbo. Radiohead copará la siguiente franja y, después de ellos, un problema muy gordo cuando haya que elegir entre Vetusta Morla y Triángulo de Amor Bizarro. Si todo va bien, cerraremos la noche disfrutando de los Victoria's Secret y su sesión en la Carpa Vodafone. Por último, el sábado, suponemos que nos quedaran fuerzas para llegar a ver a Eli Paperboy Reed cuando aún no se haya escondido el sol. The View serán los próximos, aunque ya hartos de hypes británicos, presiento, acabaremos por irnos antes para ver a Glasvegas y/o a Supersubmarina. Keane viene después, aunque la última vez que los vi me pasé más tiempo disfrutando de los vídeos animados en las pantallas laterales y luego llegará el revival melancólico con Garbage. Me llama la curiosidad cerrar la noche con Sum 41, pero, probablemente, le dediquemos más tiempo a las defendidas de Jack White, The Black Belles. Y ahí se terminará todo, si no es que nos volvemos a presentar en alguna sesión de la carpa. 
Así visto, después de ponerlo todo en lista y amenazar con plastificarlo, no tiene tanta chicha el carnero como pintaba, pero eso es algo que parece que siempre me pasa. Me da la sensación de que las cabezas de cartel tienen más pasado que presente, y que el resto es demasiado británico para mi gusto y mucho horario solapado con el indie alternativo nacional. Pero no nos vamos a quejar, que menos da una piedra aunque sea filosofal. 
¿Plastificaré los horarios?
Si me veis por allí, me preguntáis.

viernes, 6 de julio de 2012

Un pez llamado Santos



En la desembocadura del Nervión no hay delta, así que quizás por eso también parece que hay poco blues. Haberlo haylo, y, a veces, lo traemos de fuera, como el bacalao viene de Noruega. Anoche, por segundo año consecutivo, nos visitaron otros que demuestran que para tocar blues tampoco es que haga falta que los sedimientos se acumulen en el río de tu ciudad. Y es que tocar blues "pantanoso" (y ya he utilizado la palabra, misión cumplida) en Nashville tiene que ser como hacer tropicalismo electrónico en el barrio de Zuazo, pero ambos son posibles, por qué no. Por lo menos, parece posible ser de Tennessee y hacer música que parece de Luisiana. Al fin y al cabo, poco más de 850 km separan una ciudad de la otra, ¿qué demonios es eso cuando se trata de música? Es cierto que ambas ciudades están relacionadas con una música muy concreta, y donde unos se quitan el stetson para gritar yihaaa! mientras taconean con sus cowboy boots en la tarima de madera, otros se desatan el chaleco de cuero negro curtido y lanzan al aire sus sombreros de caña de raphia. Un tópico tras otro, precisamente todos los que apiñan los Delta Saints para batirlos en una mezcla que acaba con ellos.
Si nos dejamos llevar por las apariencias, nos dejamos llevar por los tópicos y nos ponemos en evidencia, pero también nos lo pasamos bien. La armónica la toca un tío de camisa blanca y corbata negra que parece que acaba de salir de la escuela de misioneros mormones y se coloca el instrumento en la boca como me pongo yo el envoltorio del cepillo de dientes cuando no soy capaz de abrir el **** paquete. El bajo lo lleva un rastas de casi dos metros que sonríe tanto como se mueve sobre las ascuas de una hoguera en Reggae Beach. El guitarrista, con chaleco elegante, podría ser uno de los hermanos Followill. El batería, con camiseta sin mangas, parece Shia LaBeouf haciendo de Dito Montiel. Y, el cantante, siempre sentado, pegado a su lap-steel, no se parece en nada, pero parece que quiere ser John Lee Hooker. Todo apariencia, igual que son buenas apariencias empezar a su hora: las 21:43 y casi no nos dio tiempo a pedir una cerveza en la barra. 
Porque, además, empezaron fuerte, con todo al ataque, sin exaltarse, pero sin guardar energías. La que yo tenía a mi lado, que no los conocía, y había venido invitada porque pronto es su cumpleaños y se merece estas alegrías y otras mejores para celebrarlo, abrió la boca casi con la primera nota. La idea era haberle regalado un pez llamado Wanda, pero están muy caros, y tuvo que conformarse con este otro que habita en el bayou. Creo que mereció la pena. Y es que The Delta Saints no dejan a nadie indiferente, y eso que haber hubo, como haberlo haylo, mucho tipo con tupé por allí que hablaba más que la vecina del segundo que todos tenemos en nuestro bloque aunque viva en otro piso. Desde el principio, dieron lo que dan, porque no hay más y es suficiente: riffs de guitarras, alegrías del dobro, armónica a tutiplén, un bajista con mucha energía y un batería que cambia de ritmo como yo cambio de canales los domingos a las cuatro de la tarde. Suenan a lo que suenan pero suenan a algo más, porque no es blues cuando suenan a puro rock and roll, ni son rock and roll cuando suenan a puro blues. A veces da la sensación de que el cantante sí que aprendió a sentir la música cuando tocaba jazz, como le escuché explicar en una entrevista y otras veces parecía que el ambiente se iba a caldear tanto que nos íbamos a colocar todos con el stoner rock, que me vas a perdonar, pero yo sigo sin aclararme muy bien de dónde empieza y donde acaba el fumadón. Y es que el valor de The Delta Saints es que los tópicos se quebrantan y las categorías se superan y son lo que son pero son algo más. Y siempre que sucede eso, se explique mejor o peor, es sinónimo de buena música... y diversión. Yo por lo menos me divertí, y la que estaba a mi izquierda, me consta que también. 
Luego hay más, porque, alegrías de la vida, se agradece que las covers se hagan bien. Porque versionear en un mismo set a The Beatles y Otis Redding via The Black Crowes es como para ganar ese set por 6-0. Pero Roland Garros no lo ganaron ayer, porque ésa es la impresión que me quedó. Que The Delta Saints aún está por dar lo mejor. Se quedan cortos de canciones, se curraron un concierto limpio y eficiente, pero siempre dio la sensación de que se podía dar más y mejor. Y eso es bueno, creo. Aunque lo malo es que quizás cuando lo hagan yo no pueda verlo. O quizás sí, quién sabe, todo puede pasar, todo, hasta que cambien las corrientes y nos salga un delta polilobular como el del Mississippi en el Nervión y entonces quizás hasta yo me pongo a mezclar a Robert Johnson con Elvis Presley. 
Por cierto, hablando de mezclar, una preocupación en forma de pregunta al aire: después de los comentarios de ayer y de la canción de Eileen Jewell, ¿se va a convertir el kalimotxo en un puente para unir culturas distantes? Y otra: ¿por qué hablas de bourbon en las entrevistas y luego le pegas al botellín de agua? Porque me da la gana, perfecto, una respuesta correcta. Ah, y la tercera: como haya alguien haciendo tropicalismo electrónico en Zuazo, por favor, que me lo cuente.
Y por cierto bis, como si fuéramos el rockdelux, ya somos profesionales y tiramos de blogoteca, si queréis más referencias, buscad en el archivo de este blog, Jueves 11 de Noviembre de 2011, y ahí podéis verles en directo tocar "A Bird Called Angola". Si eso no es un hit, ya no sé lo que es hot. La que estaba a mi izquierda, no se la quita de la cabeza, ¿no es ése un criterio más válido que la posición en el Billboard?

lunes, 2 de julio de 2012

Banda Sonora Canaria




El viaje de ida fue para Alex Winston y Alabama Shakes. Y sí que me sacuden los últimos. Alex Winston es divertida. Le dejaría que me llevara de fiesta, aunque creo que la resaca sería dura. Y no tanto por el alcohol, y sí más por las ideas alocadas.
Es frustrante. Quiero decir: preparas tu trabajo un mes antes, y después eres lo suficientemente estúpido como para leer mal un programa. Así que te sientes patéticamente ridículo cuando tus colegas te informan, media hora antes de coger el avión, que no trabajas mañana sino esa misma tarde. Entiendes, por lo tanto, que volver a hacer todo el trabajo que preparaste un mes antes en un avión donde la niña de delante se asoma sobre el respaldo y te enseña la lengua, tu compañero ronca y tu colega que ocupa el asiento al otro lado del pasillo no deja de mirarte teclear y mover la cabeza en un gesto de reproche simpático que a ti te sienta como una patada a la altura de donde abrochas el cinturón, entenderás que ésta no es la manera más adecuada de comenzar un viaje. Así que tuve que recurrir a Alabama Shakes.
Cuando terminé de escribir, le di a guardar y me recliné en el asiento. Miré el reloj y quedaba media hora para aterrizar. Justo entonces lo dijo el capitán con un ligero acento catalán. Elegí “I Ain’t the Same” y cerré los ojos un ratito, solo lo justo para verme feliz por el pasillo, arriba y abajo, bailando con la azafata, sacándole la lengua a todos los niños y poniéndole cara de terror vengativo a mi colega el reprochador.

No volví a escuchar música hasta el viernes por la tarde. Los colegas ya habían vuelto a casa y yo me quedaba hasta el domingo. Una habitación que cuenta con cocina, baño, sala de estar y dormitorio es demasiado espacio para alguien que solo piensa en salir de allí y dejar de ver la MTV. Decidí tomarme un descanso. Así que dije, tío, date una ducha, sal, tómate un par de cervezas, luego vuelves y las vomitas viendo Jersey Shore. Y así lo hice. Y como subiendo a La Laguna en taxi vi los carteles anunciando la exposición, me fui al Espacio Cultural Cajacanarias para ver la exposición de Stephen McCurry.
Para el camino hasta la Plaza del Patriotismo, elegí el último disco de Mujeres. Paseando entre casonas canarias con aspecto de haber sido abandonadas después de un ataque vampírico, la música de Mujeres me sentó como un chute de adrenalina. Normalmente, pasear solo por una ciudad extranjera, se convierte en una aventura en sí misma, para alguien tan frágil y asustadizo como el que escribe. Así que las suaves gemas de los catalanes me pusieron los pies tiznados de carbón y salté por encima de las hogueras de mi terca pusilanimidad. Cuando llegué a la plaza, patriotismo no sentía, porque soy alérgico, pero determinación sí, y decidí evitar a la mucha gente que se arremolinaba junto a las fotografías con más música que me sacara de allí. Y para eso me ayudó Jason Pierce.
Empecé en el primer piso con la primera canción del último disco de Spiritualized. Y mientras pasaba de Camboya a la India, y de la India al Tibet, pensaba que Pierce cada día parece más inocente pero más feliz. Le oía cantarle a sus devaneos religiosos y los rostros que fotografía McCurry parecían ganar ángulo, volverse aún más reales, mirarme directamente a los ojos. Aún no había empezado a beber alcohol, que conste.
Subí las escaleras del segundo piso y me encontré de frente con los ojos más verdes de Afganistán. De un color verde que atrapaba la atención de todos los visitantes. A la izquierda, otra foto, dicen que tomada diecisiete años más tarde a la misma mujer. Merodeé por allí, de la mano de Jason Pierce, hasta que el devenir me dejó espacio para apoderarme de la esquina. Y entonces miré, intentando decidir si tenían razón o no. Miraba a Sharbat Gula cuando miraba desconfiada en un campo de refugiados cercano a Peshawar y la miraba luego, más confiada, con el peso del tiempo en  una mirada que ya no tenía tanto miedo a la cámara. Pero a mí me da más miedo la segunda. Diecisiete años antes, la fuerza de su amargura parece ir hacia dentro. Sus ojos están alerta, asustados, pero amenazan, prometen que no van a poder con ella, que va a luchar por defenderse. Diecisiete años más tarde, la fuerza de su amargura parece ir hacia afuera. Ya no necesita protegerse, ahora es ella la que va a atacar, es invulnerable, ya no tiene miedo. Empezó a llegar más gente y me fui de allí. Seguí caminando, escuchando a Spiritualized, incapaz de sobreponerme a una experiencia que no comprendía del todo, de la que incluso me había mofado por adelantado.
Volví. Cuando volvía para bajar las escaleras, volví a detenerme frente a ella. Pero antes, cambié de música. Volví a Mujeres e intenté descubrir si eso cambiaba en algo mi percepción de aquella historia. Porque aquellos dos retratos forman una historia. Y la banda sonora no consiguió cambiar la que yo me había imaginado.
Fuera del Espacio Cultural Cajacanarias, la calima ya había empezado a desaparecer. Necesitaba algo de cerveza para rebajar la intensidad. Así que elegí algo de música más liviana, pongamos que Japandroids, y con “The House that Heaven Built”, acepté las guitarras que me laceraban y la batería me aporreaba, los coros que me elevaban, y con paso firme, busqué una terraza solitaria donde emborracharme solo y en silencio. Tres cervezas por poco más de tres euros. Suficiente, con el calor. Muchos cigarrillos. Tomando notas para algo que jamás escribiré y cambiando Japandroids por Great Lake Swimmers para creer que soy capaz de disfrutar del paisaje de una plaza urbana, con todo su ajetreo de extraños ociosos, haciendo del placer una experiencia trascendental aunque, luego, siempre se me olvide lo que aprendo.
El sábado madrugué para trabajar. Salí al balcón a fumar, puse el ordenador sobre la mesa de cristal, y dejé la puerta medio abierta para poder escuchar a Pauly D. Desayuné a media pensión, volví a subir a mi balcón, trabajé, fumé, y a eso de las once del mediodía, me duché, me vestí, dije que te den por culo The Situation, y cerré la puerta con delicadeza.
Me puse a andar sin prisa y sin saber cómo llegar, pero creyendo que era todo cuesta abajo y luego a la derecha. Quería llegar hasta el auditorio de Tenerife, y ver el mar, y echarme un pitillo sin estar mirar el patio que se ve desde el balcón del hotel.
Llegué relajado aunque acalorado, perdiéndome cerca de El Corte Inglés y jugándome la vida con el tráfico. Mientras iba, fui escuchando a David Gedge. Si me dices que el último disco de The Wedding Presents es más de lo mismo, te digo que sí. Pero sigo pensando que Gedge tiene la voz más única del universo musical, y la más maravillosa extraña manera de cantar mal, aunque yo no tenga ni puta idea de cómo se canta bien o cómo se canta mal. Y si escuchas “Back a Bit… Stop” y no te dan ganas de ponerte a correr como un preadolescente alocado que huye de sus incipientes temores, es que no viviste en mi barrio. Casi ya a la altura del mar, pensé, ¿la Jane de Gedge será la misma Jane de Pierce? ¿Por qué hay tantas Janes en el universo musical? ¿Será por Jane Porter, la enamorada de Tarzán?
Rodeé el auditorio sin que Calatrava me enseñara nada nuevo, aunque en un día soleado, observar cómo se dobla la punta de esa especie de ala herida de una gaviota varada, me dieron ganas de subir hasta allá arriba a tocarla, a clavármela en la garganta, la verdad. Pero en lugar de eso, me quedé allí sentado, con el mar de espaldas, y la mano de visera para adivinar las caras de todos esos retratos musicales que alguien ha pintado en los cubos del dique, mientras escuchaba Beach House, elegidos a propio intento, por un sentido del humor tan horrendo, que no tardé en desistir. La playa nunca ha sido lo mío.
No escuché música en el viaje de vuelta. No volví a ver a Pauly D. En su lugar, paré en el OpenCor, me permití un jagendas, y me vi primero La Naranja Mecánica y luego Magnolia.
De hecho, no volví a escuchar música hasta llegar a Los Rodeos. Pagué al taxista, me di una vuelta por allí como si fuera un gato meando en las esquinas para marcar territorio y al final me senté en un banco y encendí un cigarrillo. Hacía frío, se notaban los grados que bajaba la altura. Saqué el mp3 y elegí Tigercats para que me diera energías ante un viaje con dos aviones y una hora de espera en Barajas. Una hora de espera amenizada por las lágrimas y el alborozo de los aficionados de la selección de España. Pero antes de aterrizar en Madrid, escuché el último disco de Templeton antes de empezar a sobrevolar el Algarve. Un poco decepcionado, cambié Templeton por The Wave Pictures mientras cambiábamos España por Portugal. Pero también me puse a leer, y no creo que aquello le hiciera gracia ni a Steve L. Peck ni a David Tattersall, porque, al final, ni leía a uno ni escuchaba al otro.
Marcó gol Jordi Alba mientras yo ya embarcaba, le di otra oportunidad a los británicos, esta vez con los ojos cerrados, y al llegar a Bilbao, salí corriendo al frío del exterior porque me moría por un cigarro. Así acabé por ponerle final a mi primer viaje a las Canarias, con una banda sonora muy poco adecuada, pero socorrida al fin y al cabo. Eso sí, he vuelto igual de blanco y con la misma cara de apanao.