domingo, 23 de septiembre de 2012

Al final, va a ser que sí, que también Morrissey estuvo en el concierto de Manolo Kabezabolo




Joder, que ayer parecía que estábamos hablando del 4 de Junio de 1976 en el Lesser Free Trade Hall de Manchester, cuando los Sex Pistols anunciaron que iban a pasar a la historia y resulta que sólo lo vieron 40 personas pero, con el tiempo, tanta gente juró haber estado allí que, en pretérito, había más gente viéndolos que en Copacabana con Rod Stewart. 
A mí no me preguntes, porque mi madre aún no había dado a luz. Le faltaban quince días para descansar. Pero sí que estaba hace dieciséis años, cuando se celebraron por última vez las fiestas del que ahora es mi barrio, y antes no lo era, y en la plaza, que ahora ya no es la plaza pero antes lo era, tocó en directo Manolo Kabezabolo en pleno debate sobre el derecho de las gallinas a abortar. 
Yo estaba allí. Y anoche parecía que había estado todo el mundo, por dios. Resulta que todo el mundo vio a Manolo pelearse con su guitarra; parece que, al final, va a ser que estuvo hasta Morrissey, codo con codo con Tony Wilson, viendo como Kabezabolo correjía la deriva del punk en un barrio obrero a finales de los noventa.
Y qué bien que volviste, ché. 
Porque... que no hay nada mejor que las fiestas del barrio lo saben hasta en el extrarradio. La gentrificación está de moda, pero aquí nos dejan las aceras como estaban. Los bares se llenan cuando hay hambre, pero ya no hay música en los bares. Qué bueno que, dieciséis años después, nos volvemos a reunir con los pañuelos en ristre, abonados al fetichismo dipsómano, dispuestos a celebrar que, aunque no nos saludemos por la calle, todos somos del barrio. Fantástico: aunque no actuara Manolo porque Manolo, ahora, no da pie con bolo. 
El viernes, haberlos haylos, hubo conciertos. Llegamos para ver cómo Norte Apache se cargaba al Comandante Carleton y poco más. Después estuvimos de cuerpo presente mientras tocaba Rock Alcohol, pero, entre porcos y flautas, no me enteré de mucho. Se veía bonito el paisaje iluminado desde allá arriba, y para de contar.
El resto de las fiestas, en lo que concierne a la actividad musical, pues... lo que se espera. Y qué más da, si lo que mola es el campeonato de futbito y el concurso de putxeras y que bebes más que cuando te enseñaron a jugar al kinito. Porque de eso ha ido todo: de viajes en el tiempo, de fotos en blanco y negro, de perderte por la pendiente del tiempo que ha pasado y cómo se te ha quedado, lo quieras o no, esa cara de gilipollas aparbao. Entre barbacoas, Carlinhos Brown en vena, pachangas variadas y heróicos himnos del folclore txoznero, las fiestas me dejaron un par de momentos musicales de lágrimas en blanco y negro, de colaboraciones dramáticas para los de yofuíaegb y epopeyas coming-of-age para la versión perversa yoyameemborrachabaenlaegb.
A ONE: Ver a la peña desfasada en un templo afterhour, que ahora ya no lo es, gritando a pleno pulmón y con el puño en alto las soflamas arrebatadas y desesperadas de Parabellum... casi que te trastorna mientras te traslada a tiempos que siempre fueron peores. A TWO: Escuchar, entre efluvios de champiñón, el "Corazón de Tango" tengo el cuerpo de jota hoy, Francis, de Doctor Deseo y acordarte de cada palabra, una detrás de otra, sin avergonzarte ni ponerte ñoño y melodramático... como que hace que merezca la pena que, dieciséis años después, todo el mundo jure que, en su día, estuvo en la plaza del barrio asistiendo al concierto de un Manolo Kabezabolo al que ya hemos convertido en leyenda. 
El resto, lo dejamos para la lírica. Como carnaza para extravagantes entradas que no valen para nada. Válgame el cielo, cabrón, ¡calla ya! Te levantas por la mañana, te tumbas en el sofá, pones The Smiths y todo merece la pena, estuviera o no estuviera Morrissey allí. Da igual el tiempo que pase, lo que cambie la gente, que aprenda o no aprenda a tocar la guitarra Manolo Kabezabolo; aún así, sigue mereciendo la pena. Vivan las fiestas de barrio. Viva la música que escuchamos. Vivan los conciertos que vimos. Vivan las resacas que se pasan en el blog.Viva yo... y mi caballo.


martes, 18 de septiembre de 2012

¡Pero Bubu!

Iba a escribir esta entrada como dios manda, tirando de wikipedia y de youtube, poniéndome el disfraz, dejando de mascar chicle. Pero, en su lugar, he decidido hacerlo así:

Joder que me caía mal aquel tío. ¿Y entonces? ¿Qué hacía en su casa? ¡Son las seis de la madrugada! Tú te ves aquí, en casa de un extraño, buscando en todos los cajones de su cocina mientras él sigue hablándote a través de la puerta del baño. Debajo del fregadero encuentras una botella de lejía. Bébetela. Escuchas cómo tira de la cadena. Bébetela. Estás borracho y por eso eres capaz de pensar en beberte la lejía, mientras eres consciente del ruido de la cisterna y, al mismo tiempo, te poseen imágenes diabólicas de tu niñez. Aparece tu padre. ¡En tu cabeza! ¿Qué coño haces ahí! Ven. ¡Véte! Y todo se vuelve aún más loco por culpa de David Thomas y sus colegas. David Thomas y sus colegas. 
Vuelve del baño y el tío que me caía mal se ríe cuando me ve con la botella de lejía en la mano. 
Se pierde por la puerta. 
Vuelve con una botella de un vitriólico líquido blanco. Baila. Viene bailando mientras grita no-alignment pact!. David Thomas y los demás. Cojo la botella y le pego un largo viaje sin pararme a pensar qué es. La botella de lejía cae al suelo. Vuelvo a ver a mi padre. Río. Sí, de manera enfermiza. 
Media hora más tarde estamos sentados en su sofá.
El vecino pegó en la puerta. Amenazó con llamar a la policía. Se apartó justo a tiempo cuando la botella de lejía voló sobre su cabeza. 
Estamos fumando hierba.
Escuchando modern dance. 
Y el baila. De vez en cuando, se pone de pie y baila. Baila para mí, el cabrón. Me pone enfermo. Cuanto más fumo, peor me cae. Cuanto más bebo, menos me pregunto qué bebo. Le veo y me dan náuseas. Me río si mi padre aparece de nuevo. Luego me concentro en David Thomas y el cerebro me perfora un clavo. Le oigo hablar mientras baila:
- ¡Pere Ubu son lo más grande! Escucha, escucha: simplemente desconcertante. ¡La ostia!
Se contornea como si la diarrea le engrasara las extremedidades. Se ríe. Se da la vuelta. Toca una trompeta imaginaria que le metería por el culo. No me muevo. Fumo. Tengo la botella sobre el regazo y si me empalmo la voy a partir en dos. Me río. Se ríe. Fumo. Baila. Le digo sin alterar la voz:
- Eres el tío más imbécil que he conocido en mi puta vida. 
Y dice que sí con la cabeza, pero no deja de bailar. Se desternilla de risa. Canta: 
- ¡Gone, gone, gone by her heart! 
Da saltitos. Se cae. Se estrella contra la tele. Se quiebra sobre el sofá. Se lanza contra mí. Le aparto y cae de espaldas sobre la mesa que se parte en dos pero no se inmuta. Se levanta, baila. No se oyen los gritos. Ni como golpean la puerta. Yo fumo y cuando termino, lanzo la chicharra al aire sin mirar dónde cae porque estoy fijamente deseando abrirlo en canal con mi mirada. Pero no puedo. La canción muere en una marejada ondulante y entonces escuchamos los gritos y vemos cómo las cortinas han estallado en llamas. 
Aulliditos atronadores. Grita y corre a la cocina y yo corro más rápido, me divierto, hasta la puerta. El vecino la aporreba y llegó acompañado de su hijo que me saca dos cabezas y me agarra de la pechera y me lanza contra la pared, me grita, y le entiendo, porque me enseña que en la otra mano lleva la botella de lejía, que más vale que nos vayamos a dormir la moña o en lugar de llamar a la policía se encargará él mismo de que me beba esa botella en copas de champán. Se oye como se caen los cacharros en la cocina. Huele. Hiede. Arde. El vecino asoma la cabeza. ¿Qué pasa ahí dentro? Pregunta. Pero yo, a esas alturas, ya solo me concentro en escuchar a David Thomas y Peter Laughter: "life stinks I'm seeing pink I can't wink I can't blink I like the Kinks I need a drink I can't think I like the Kinks Life Stinks."
Y como es cierto. 
Cuando me baja. 
Cuando sigue a su padre por el pasillo mientras murmuran pero qué coño, y yo veo cómo el resplandor crece, y el humo no cede, y el tío al que tanto odio grita como un niño de preescolar. Cierro la puerta. Me quedo fuera. Bajo las escaleras, aprovecho las sombras, me adentro en un callejón y me siento en las tinieblas. Imagino que desde allí solo se puede ver la punta de mi cigarro cuando aspiro. Estoy a gusto. Se me ha bajado el pedo. Desde allí veo cómo el vecino aparece corriendo por la puerta y cruza la terraza de madera y baja al jardín dando saltos y vuelve arrastrando una manguera y sube los peldaños de dos en dos. Entra. Deja la puerta abierta y oigo crepitar a Pere Ubu. 
- ¡Pero Bubu! ¡Corre Bubu!
Murmuro sin hacerme gracia. Mi padre se apalanca a mi vera. Me mira como me miraba cuando no le hacía falta decirme qué miraba. 
- Lo sé, viejo, lo sé. 
Pero él dice que no con la cabeza, aunque me mire con una compasión que no merezco y que me produce náuseas. 
Vomito. 
Levanto la cabeza y veo cómo salen los tres a la terraza. El tío que tanto odio tiene el rostro tiznado. Le ofrece la mano a su vecino. No oigo, pero veo el gesto de reproche. Sé que le ha dado las gracias y se ha excusado al mismo tiempo. Mi amigo se queda allí un momento mientras les ve subir al piso de arriba. El barrio permanece ajeno al jaleo. Nadie ha alterado su sueño. Escucho el silencio dentro. Apagó la música. Parece que mira hacia el callejón. Ven. Baja. Acércate. Estoy aquí. Cállate, susurra mi padre. Parece que aguza la vista. Quizás ve mi cigarro cuando aspiro. Se ilumina el mismo punto indeciso que acaba de iluminársele en el cerebro. 
Pero se da la vuelta y entra dentro. 
Corre Bubu, murmuro. 

Dieciséis años más tarde encontré trabajo en una biblioteca municipal. Todos los sábados tenía que madrugar más que nadie y recoger los periódicos y tenerla abierta antes incluso de que posara el sol sobre los naranjos del parque. Al mediodía dejaba de venir la gente para llevar y traer libros que siempre me preguntaba si se leían. Me aburría y paseaba entre las baldas buscando algo que nunca encontraba. A la hora de comer, me encerraba en el despacho y comía en silencio. Alargaba la sobremesa enredando entre los libros que esperaban para ganarse tejuelo y encontrar un hueco en la colección. Un día me senté junto a la reluciente fila de cedés que acababan de comprar para subirse al carro de los nuevos tiempos. Aún no habían terminado de catalogarlos. Iba mirando uno por uno cuando encontré el "The Modern Dance" de Pere Ubu. Todo volvió de golpe. Dieciséis años después. Y dieciséis años más tarde todo lo que vuelve no vuelve igual. Es algo distinto. Igual de doloroso, pero distinto. Estuve mirando el disco sin atreverme a abrirlo. Y allí lo dejé sobre la mesa. 
A las seis de la tarde quedaban un par de horas para cerrar y nada mejor que hacer que holgazanear junto a la ventana. Aunque estaba prohibido, saqué mi móvil y la llamé. No había nadie en toda la sala, pero en mi cabeza ya no quedaba un mueble de pie porque desde el almuerzo había tenido dentro al tío más imbécil que había conocido jamás sin dejar de bailar y apagar fuegos. 
- Hola. 
- Bien.
- ¿Vas a venir a buscarme?
- Ok. 
- ¿Te apetece ir al cine?
- Bueno, ya me paso yo por el videoclub antes de ir a casa. 
- Pizza. Me apetece más pizza. 
- Vale.
- ... Hasta luego.
Luego ya no valía. Una electricidad como vecina, que ya conocía, me atravesó de los pies a la cabeza. Había entrado un anciano a la sala y se había sentado a leer el periódico y me miraba asustado por encima de sus anteojos. Empecé a abrir todas las ventanas de la sala. Y las que seguían al otro lado de las baldas. El viejo me seguía con la mirada. Entré en la hemeroteca y aún quedaba gente rezagada que se asustó al ver como me movía poseído sin reparar en ellos. Abría todas las ventanas y me iba. Entré en la sala de infantil, mi compañero me sonrió al entrar y gritó qué haces cuando me vio salir. Lo mismo que me preguntaba la chica nueva de portería cuando veía cómo enredaba en el equipo de megafonía que cada día voceaba la sirena que anunciaba el cierre, pero, esta vez, me las arreglé para que funcionara la pletina del cedé y me atreví a abrir la caja de "The Modern Dance" y le di al play sin pensar. Giré la ruleta del volumen hasta que no pude más. Y lo demás fue esperar. 




 

sábado, 8 de septiembre de 2012

Upcoming: Villa de Bilbao


En 1989, ha llovido desde entonces, que estamos en Bilbao, aunque el cambio climático nos haya obligado a revisar los tópicos, se organizó la primera edición del Villa de Bilbao, el concurso de grupos noveles. Los barakaldeses Yo Soy Julio César consiguieron el premio al mejor grupo en la categoría de pop-rock y los madrileños Tokio se llevaron la gloria en metal. Los Bichos, por cierto, se conformaron con un accésit. Desde ahí, hasta al año pasado. Ahora, el número de premios, mayores y menores, es imposible de resumir. Digamos que el palmarés en los principales lo coparon los catalanes The Free Fall Band en pop-rock (Dr. Maha’s Miracle Tonic, de los que ya hemos hablado en este blog en varias ocasiones, acabaron segundos), Echovolt de Cádiz ganó en metal  y, a juicio del jurado, la propuesta de los vizcaínos Dr. Skyloop, formado por Sanchesqui y Lupo de Olimpic, venció en la categoría de nuevas tendencias, categoría que, en los primeros años, no existía.

Entre medias: 21 ediciones, ni más ni menos. Veintiún ediciones con multitud de premios y muchos grupos premiados que, más tarde, han hecho carrera. Algunos con más éxito, otros con menos. Algunos perduran, otros perecieron en el intento, pero todos alcanzaron, en mayor o menor medida, una relativa visibilidad que, ahora, al revisar el palmarés histórico del concurso, le da más brillo aún a esta apuesta atrevida. 

Por nombrar a algunos, sin orden ni criterio, valiéndome de mi conocimiento y no de rigurosos filtros de calidad o cantidad, voy a mencionar a algunos. No todos se llevaron primeros premios. Algunos de todos estos que nombraré ahora se conformaron con accésits o recibieron premios menores, pero, todos pasaron por el escenario de La Iglesia de la Merced: los donostiarras de La Perrera, Su Ta Gar, los asturianos de Dr.Explosion, Los Nadie de Getxo, Lord Sickness, ganadores el mismo año que Australian Blonde se llevó un accésit, los madrileños de Psilicon Flesh, Little Fish de Bilbao, que dejó en segunda posición a Manta Ray, Afraid to Speak in Public, PiLT, los catalanes B-Violet, Fromheadtotoe, Atom Rhumba, Zea Mays, Caballero Reynaldo de Valencia, Ya Te Digo, Mermaid, los gerundenses de La Suite Mosquito, Valhalla, los suecos de Very Ape, Audience, Sidonie, El Columpio Asesino, estos cuatro en un mismo año que más que un concurso parecía un festival visto desde el presente, Ortophonk, 12Twelve, noruegos como The Carburetors o The Low Frequency in Stereo, Hora Zulú, Ainara Legardón, The Painkillers, The Unfinished Sympathy, The Boogie Punkers, The Sunday Drivers, Standard (ahora We Are Standard, ya lo sabemos todos), Cápsula, The Soulbreaker Company, Renochild, Yakuzi, Mendetz, Electroputas, Sharon Stoner, Le Noise, The Sinclairs (ahora The Brand New Sinclairs, ya deberíamos saberlo todos), The Cherry Boppers, Olimpic, Cordura, Aaron Thomas, Munlet, Eureka Hot 4… 


La edición de este año comenzará el jueves 13 de Septiembre con la actuación de los madrileños Terrier y los vizcaínos Mild y Tooth. Los tres lo harán a las ocho en Bilborock, con entrada gratuita. Y por allí, andará un jurado que tendrá trabajo de aquí a las finales. Serán treinta y ocho los grupos a valorar para un jurado que, en sus tres categorías, cuenta con miembros de irreprochable currículo, gente como Fernando Gegúndez, Francisco Corral, Pablo Cabeza, Igor Cubillo, José María Aguiriano, el bajista Francisco Javier González, Mariluz González, el dj Mimoloco, Josu Lafont, “Madel” de Chico y Chica o la fotógrafa gallega Raquel Durán.
 

Ellos tendrán la decision final. Los demás, lo veremos de pie y haremos nuestras propias quinielas. Gane quien gane, una vez más, el Villa de Bilbao servirá como una impagable oportunidad de descubrir nuevos grupos, algunos de los cuales acabarán en la lista del próximo bloguero que, en pongamos que diez años, se encargue, por vicio o aburrimiento, como yo, de hacer entradas tan superficiales como ésta. Igual hasta vuelvo a ser yo mismo si en diez años no aprendo nada nuevo. Podéis apostar por ello.