jueves, 10 de enero de 2013

Où es tu, Camille? À Écosse?




Creo que la última vez que hablé francés estaba en una tienda americana. Si conoces Lyon, puede que sepas de qué te hablo. Una tienda en el Viejo Lyon, en una pequeña plaza, venden esas camisas de empleado de gasolinera americana, chupas de cuero de segunda mano, hasta espuelas si me apuras. El caso es que me dejaron solo, se me acercó alguien y me preguntó algo e intuí que me preguntaba si deseaba alguna cosa. Así que contesté: Je ne parle pas français. Creo que lo he escrito bien, no sé si entonces lo pronuncié bien. Lo acompañé de una sonrisa, y funcionó. 
Hace unos pocos días, terminamos la primera (dijeron que iba a ser la única, pero parece que no) temporada de Les Revenants, una serie de televisión francesa. Los ocho capítulos con los subtítulos de posavasos y bebiéndonos el veneno sin pensárnoslo dos veces. Ella aún entiende algo (bastante), yo solo me he quedado con el "je suis desolé", que me mola. Pero, aún y con las dificultades lingüísticas, el amor ha sido a primera vista.
No voy a contar mucho sobre la serie, por si a alguien le interesa y quiere buscar la forma de verla, o por si llega a España. Se me da bien destrozar películas, pero voy a controlarme. Hablando de películas, la serie está basada en una película anterior de 2004. Llevaba el mismo título, aunque en España se tradujo como La Resurrección de los muertos y en el mercado anglosajón se apostó por un lacónico They Came Back. La película no fue un éxito, aunque tuvo reconocimiento en Francia (incluso en forma de premios), pero la serie parece que, viva el expresionismo (como dice un amigo mío), "la está petando" y no solo en Francia. Como decía, no voy a explicaros mucho, no vaya a ser que la fastidie. Todo comienza cuando Camille regresa a casa y poco después, regresan otros, Victor, Simon...
La serie elude la urgencia y el dinamismo de las series americanas, se centra más en los personajes y en las relaciones que los unen y los separan, incluso más allá del tiempo (vivido), pero aguanta una trama que contiene las dosis justas de suspense. Volviendo a las expresiones vulgares, en ocasiones, "se ponen muy franceses" (creo que ésta es mía y yo debería pagar por mis propias ideas preconcebidas), se ceban con la trascendencia dramática (y hasta filosófica) de algunas situaciones, y las escenas de acción, que haberlas haylas, transcurren con una emoción poco afectada, muy natural. Es difícil sostener el entramado de planos temporales y de líneas argumentales que los guionistas han tejido en torno a un puñado de personajes y un espacio muy hermético, pero no hacen concesiones y es necesario ejercer la imaginación, a veces, para entender lo que sucede, algo que puede molestar a quienes están acostumbrados a otro tipo de creación más convencional donde se plantean las cosas y se resuelven y el proceso se va descubriendo, con más o menos elegancia, pero con claridad durante el desarrollo. Se podría decir más, e incluso mejor, pero ni yo soy un contertulio de Garci ni se puede fumar ya en televisión. 
Con todo esto, una de las cosas que mejor funciona en la serie es la música. La música y las localizaciones. La serie está rodada en el distrito de Annecy, perteneciente al departamento de Alta Saboya, que, a su vez, se encuentra en la región de Ródano-Alpes. Seynod parece que es la localidad que con más frecuencia han utilizado, amén del embalse de Chevril, cerca de Tignes. Según he podido averiguar, las escenas en montaña se grabaron en Le Semnoz. En aquella última ocasión en la que hablé en francés, también, pocos días después, tuve oportunidad de conocer Annecy. Más allá de las viejas prisiones, el castillo, y las calles Saint-Claire y Royale, la imagen que se quedó grabada para siempre de aquel viaje, fue el estrecho valle por el que discurría el tren, el agua quieta y la tranquilidad del traqueteo. El lago de Annecy y las montañas que escondían Suiza. Todo el lugar te daba la sensación de permanecer ajeno al mundo. Bajabas de la estación y parecía que habías llegado al único lugar del planeta tierra que se había salvado de la devastación. Quizás porque produce, en ocasiones, la misma inquietante sensación de aislamiento y cautividad, aún en espacios abiertos de gran belleza natural, funcionan las localizaciones en Les Revenants, con ese acento en la modernidad turbadora de las construcciones, que contrastan con el bosque, la montaña o el centro de acogida. La arquitectura de las casas unifamiliares desprende un simbolismo ácido con una visión contemporánea de la urbanidad. El túnel que parece no tener ni entrada ni salida. Los bloques de apartamentos vigilantes. El Lake Pub que parece transportar a los personajes a otra realidad. La aldea, pervirtiendo los paisajes bucólicos de la montaña francesa. Y la repesa, una curva de hormigón armado silenciosa, pero que parece cobijar los secretos de todos los personajes.
Y vuelvo a abrir un párrafo con la misma frase, porque perdí el hilo: con todo, una de las cosas que mejor funciona en la serie es la música. Los creadores de la serie se gastaron el dinero en una llamada internacional y se pusieron en contacto con los escoceses Mogwai. Les contaron por encima de qué iba la cosa, creo que, incluso, les mandaron un par de guiones traducidos al inglés. Sobre esa base, los de Glasgow se pusieron a trabajar. No era la primera vez que trabajaban en una banda sonora, pero quizás sí que era la primera vez que trabajaban con un método tan esquivo y rácano. Aún así, la cosa salió bien. Iban mandándoles propuestas a los franceses, y estos iban seleccionando. Se creó una especie de sinergia un tanto abstracta, un cruce creativo en el que la música y la serie parecían crecer con las aportaciones de cada uno. 
Mogwai acertó a ciegas. Su música mantiene en pie toda la estructura de la serie. Rehuyeron los golpes post-rockeros más efectistas, los cambios de ritmo más contundentes, y apostaron por una música perturbadoramente exquisita, reposada pero punzante, evocadora y acuciante, relajante pero inquietante. El tema principal, el que abre los créditos, el que te fagocita, te amaestra, te adiestra para que somatices lo que viene después, es quizás el mejor ejemplo. Ese comienzo de caja de música, de ensoñación infantil, acompañada por un inesperado piano pausado pero determinado; las cuerdas que ahogan la melodía, y renace, con un ritmo sólido que, en su persistencia, transmite más que cualquier brusca variación. Los amigos del gremlin lo han titulado "Hungry Face" y os cuelgo el vídeo del youtube. También cuelgo otro ejemplo, "Wizard Motor", con ese comienzo sostenido que arrastra consigo la profundidad del tiempo (vivido). 
Y, Camille, mientras tanto, por ahí andará, con su camiseta de Los Ramones; quién sabe si no habrá marchado a Escocia para conocer a Stuart "Levy" Braithwaite y los suyos en persona. Sería un final chulo, por cerrar con... ya sabes, una expresión vulgar.