jueves, 28 de marzo de 2013

Quentin RJ



La tormenta ya ha cruzado la ciudad. Aún así, todo está oscuro y no me preocupo. Conduzco despacio, limpiando el vaho con la manga de mi camisa. Pienso lo mismo de siempre: que hay algo que deprime y que me excita en este paisaje agresivo y desapacible. Conduzco hacia la negrura, alejándome de las afueras, dejando atrás la civilización. Conducir así despeja, sosiega y anestesia.
Salgo de la autopista y apenas veo la carretera. La niebla me obliga a concentrarme en los focos traseros del coche que me precede. El rojo eléctrico me hipnotiza. Me relajo, me sosiego, me anestesio y, como voy cómodo, lento, abrigado aquí dentro y disfrutando de la tormenta, pongo la radio.
Yo ya he terminado de trabajar. Diego RJ, no. Dice que Tarantino ha cumplido medio siglo y que esta tarde en el sótano se han montado un guateque con las canciones de todas sus películas.
Descendiendo el puerto, se esfuma la niebla, aparecen las sombras de los prados, el valle retumba con la música de Randy Crawford.En algunas curvas, el coche desliza, como si tuviera prisa por trazarlas. Quizás bailen porque aún sigo silbando la canción de The Statler Brothers. Urge Overkill sonó mientras rebasaba a un camión por la autopista. El trémolo de guitarra en la canción de Nancy Sinatra me despegó las manos del volante. Charlie Feathers casi me confunde de pedales.
Cruzo un pueblo fantasma, con todas las cortinas corridas, las fachadas húmedas, el silencio escondido detrás de cada esquina. Lo cruzo a 40 kilómetros por hora, las luces ámbar del semáforo parpadean, cuando lo dejo atrás, Diego RJ termina de explicar que The 5 6 7 8s siguen tocando en directo, que pronto vendrán a Europa, y que su única fecha les llevará hasta Valencia. Dice que han grabado un ep con Jack White. Pienso en conducir bajo una tormenta hasta Valencia. Pero no me apetece. Pienso en el ep en vinilo que compré en San Francisco. Quizás sea una joya. Recuerdo que acabamos cerca del Alamo Square Park y había refrescado y la ciudad se veía como siempre: deprimente y excitante en aquel paisaje sereno y apacible. Tenía el disco envuelto en papel, pegado a mi cintura, y solo pensaba en la cara que pondría cuando lo viera. 
Diego RJ sigue hablando. Después del woo hoo empiezo a aburrirme. Estoy cansado de curvas, tengo ganas de llegar a casa. El valle empieza a abrirse y aparecen más tinglados, casas, me acerco a la civilización. De vuelta. Otra civilización, pero la misma. Puede que hasta la misma que veía desde una esquina de Alamo Square Park. 
Me detengo en un semáforo. Abro la ventanilla. Huelo el frío y la lluvia. También la veo, haciéndome cosquillas en el codo. Así que es el cumpleaños de Quentin, ¿eh? Pues felicidades, pienso. El semáforo se pone en verde, giro todo el volante a la derecha y murmuro: happybirthdaymistertarantino y me acerco muy despacio hasta el peaje para volver a coger la autopista. Como Tony Soprano, sin escapatoria, cada capítulo conduciendo hasta casa.


miércoles, 13 de marzo de 2013

Ni negro ni blanco



Gris. 
Una vez conocí a un inglés al que llegar tarde a los sitios le parecía un signo de buena educación. Abrazaré esta teoría porque me conviene ahora, precisamente ahora... un poco tarde ya, la verdad. Vuelvo a llegar tarde, o quizás no. Grises ya publicaron "El hombre bolígrafo" hace algún tiempo, y ahora sacan con Origami Records su segundo disco, "No se alarme, señora, soy soviético" que recuerda, supongo que a propósito, a lo que cuenta la leyenda sobre el aterrizaje de Yuri Gagarin cuando regresaba de ser el primer hombre en el espacio exterior. Dicen que una aldeana se lo encontró recién caído del cielo, cerca de la aldea de Smelovka, y la campesina, asustada pero valiente, le preguntó a Gagarin si venía del espacio exterior; a lo que éste contestó afirmativamente y añadió la frase que ahora da título al segundo disco de la banda de Zestoa. 
Digo que llego tarde porque tecleas por el google y ya encuentras entrevistas, reportajes, entradas de blog y críticas suficientes como para hacerte una idea de quiénes son Grises, qué hacen, de dónde vienen y a dónde quieren ir (viajar) y ya no es necesario que sigas leyendo lo que escribo aquí. Me han quitado hasta los chistes fáciles. Ya no hace falta que cuente de dónde viene el nombre o a qué nos hemos referido, ya sea en términos de seguridad pública o de ufología -- tanto monta, monta tanto -- con ese término en otras ocasiones. Ya se ha contado, y varias veces, de dónde viene el título de su anterior disco; y, para empezar a hablar de aquél o de éste que publican ahora, ya se ha recurrido en varias ocasiones a hablar de la gama de colores como metáfora contrastiva entre su nombre y su música. Ya no resulta original. Así que poco más me queda que insistir en lo que ya se dijo y consolarme con la opinión de aquel amigo inglés al que nunca volví a ver pero quién sabe si regresará, sea ya tarde o aún pronto quizás.
Grises son de Zestoa. Antes se llamaron Grises Sueños, porque los componentes ya llevan en esto un buen tiempo y han pasado por sus diferentes etapas. Con la última, decidieron hacerse un lifting en el nombre. Abro digresión: todavía recuerdo lo que llovía en aquel concierto de Gris Perla. Y aún así no nos dimos prisa por correr a coger el último tren, y lo perdimos. Llegamos tarde. Pero llegar tarde, al tren y a casa, con apenas 20 años, era mejor que cualquier tipo de puntualidad. Cierro digresión. Al parecer, Grises lo conforman dos cantantes al unísono, uno chica y otro chico, que responden a los nombres de Amancay Gaztañaga y Eñaut Gaztañaga. El segundo también toca la guitarra. De pie, y moviendo la cabeza como mandan los cánones, se encarga de los sintetizadores Alejandro Orbegozo. Un poco más atrás, está la base rítmica, gran secreto escondido aunque visible de este grupo, con el bajista Raúl Olaizola y el batería Antonio Diniz. En alguna entrevista insisten en que todos ellos son de Zestoa. Y después comentan que, aunque el pueblo sea chico, siempre ha habido mucho movimiento en el asunto de la música. Y no hace falta socavar la tierra para descubrir que, en este pequeño rincón guipuzcoano donde la mayoría solo saben ubicar el balneario y, si me apuras, alguno hasta puede que conozca el Palacio de los Lili, ya germinaron grupos que a muchos nos han diseñado el ocio de los fines de semana adolescentes, como Lin Ton Taun o Leize. Leok'k también son de allí. No es poco para un municipio que apenas sobrepasa los 3.500 habitantes. 
El caso es que ahora parece que Grises les toma el relevo a estos vecinos en lo que se refiere a sonreír en fotografías grupales, y empiezan (ya empezaron, que yo llego tarde) a tener su espacio entre la prensa especializada y la local. Pero llegarán más lejos, aunque quizás no tanto como Gagarin. De hecho, ya han ido a muchos sitios, y a muchos festivales: que si el Sonorama, el Actual, el Tremendo Pop Festival o el SOS 4.8. murciano, donde aún no han ido pero irán. Han teloneado a gente como Shout Out Louds, the Hidden Cameras, Sexy Sadie o Macaco, y quizás alguno de ellos os pueda dar una pista de por dónde van los tiros. Aunque tiros, y al aire, se han dado muchos a la hora de descubrirles las influencias. Aquí va una lista de las bandas con las que algunos periodistas les han relacionado, o influencias que ellos mismos han confesado: Foals, Editors, The Cinematics, Franz Ferdinand, The Killers, The Smiths, Coldplay, We Are Standard, Arcade Fire, Glasvegas, Arctic Monkeys, The National... Casi nada el elenco y la mezcla. 
A mí, y no es por cortarles las alas, me suenan a algo más concreto, pero con sus matices. Si tuviera que ponerles en una balda con su respectiva etiqueta, estarían, respetando eso sí el orden alfabético, muy cerca de We Are Standard y otros bailarines de la zona como Olimpic o Dynamo (hace tanto que no oigo de ellos, si es que siguen hablando, que ya no recuerdo si lo escribían con la latina o con la griega). De hecho, me recuerdan a los primeros Delorean, los que tocaban en el Bullitt en fiestas de Bilbao. Algo de HATEM también podrían tener, pero sin el ramalazo psicodélico. Y se presume ese tropicalismo electrónico en alguno de los cortes antiguos. Esto igual solo lo veo yo que del trópico entiendo tan poco que pensaba que era una manera de aplicar la medicina. Tienen querencia por las melodías, los ritmos vivos, la alegría y las letras expansivas, irónicas y reveladoras. Cantan en castellano y en 3D. Tienen canciones con estribillos que se pueden cantar y bailar al mismo tiempo. Se les ven las influencias, supongo, pero no da sensación de impostura, comunican más bien el proceso natural de cualquier expresión musical: escucho, siento, proceso, y después produzco (alguno nos saltamos este último paso), puede que me parezca a alguien, pero soy yo. Juegan al parchís con las voces, al magic board con las guitarras, y al hinque con la sección rítmica. Y todos esos juegos los convierten en una ginkana musical que divirte sin quedarse en lo superficial y ahonda sin aburrir.
Allá por 2009 se conformaron con la plata en el Concurso Pop-Rock de Barakaldo. Quedaron por detrás de Sons of Rock, por delante de Love Division. Ahí también llegué tarde, y mira que lo tenía cerca. También me retrasaría si ahora saco conclusiones sobre la diversidad estilística de las nuevas propuestas de la música vasca. Ya lo han dicho antes: en trabajos más expansivos como el de Álvaro Heras, o en apreciaciones más humildes. Con lo que, sin duda, me quedo sin conclusión, aunque ya lo haya hecho de alguna manera. Solo queda prometer, y prometo, que, la próxima vez que se acerquen a mi espacio interior, saldré a la tundra a recogerlos y espero no llegar tarde ni que nadie se alarme si me ve bailar porque... soviético no soy, pero arrítmico sí. 
Cuelgo una sola canción del armario del youtube. Para más inri, es del anterior disco. No he tenido tiempo ni fuerzas para enredar y encontrar, por las marismas de la red, algún ejemplo del segundo (a mí me gusta "Huracán Stan"). Lo dicho, Grises, ni negro ni blanco, si no todo lo contrario. 



miércoles, 6 de marzo de 2013

Dean Wareham says



En el pasado rockdelux del mes de enero (RDL 313), Dean Wareham comentaba lo que sigue: "Si escribes un libro diciendo lo que piensas de verdad, es evidente que mucha gente se va a cabrear." Wareham no hace comentarios gratuitos, y si dice lo que precede, se debe a que José Fajardo, quien firma el artículo, es de entender que le habrá preguntado cómo gestionó sus comentarios más ácidos, algunos de ellos dirigidos contra compañeros de profesión, más y menos cercanos a Wareham y al estilo musical de sus distintos grupos, así como otras opiniones más diversificadas, que glosan desde los baños de las salas donde tocan hasta los menús de los bares donde comen. De hecho, Fajardo comenta que en el prólogo a la edición española, Ignacio Julià, reputado periodista musical español y amigo del escritor, ya hace referencia al filtro jurídico que pasó el libro. Según parece, Wareham prefirió cubrirse las espaldas y calcular las posibles consecuencias de sus opiniones más provocadoras. En la entrevista, Wareham reconoce que apenas cambió nada en la versión final, aunque apenas invita a pensar que algo sí cambió. Fajardo cita lo que Wareham opina sobre Oasis y que dejó por escrito en el libro, pero hay muchos más comentarios, algunos constructivos, otros destructivos, muchos irónicos y superficiales, que reflejan más el carácter e inclinación del cantante de Luna que cualquier otra cosa. 
Todo esto podría quedarse en anécdota, si no fuera porque forman parte inherente del libro. De hecho, Fajardo no parece interesarse por ello en búsqueda del morbo más facilón, si no que, aparentemente, esas reflexiones le ayudan a confirmar, y reforzar, su tesis final: "más allá de su talento para convertir la anécdota personal en una certera mirada sobre la realidad, el mérito del trabajo del Wareham-escritor es la honestidad." Y la honestidad no consiste tanto en ser sincero en cuanto a lo que opinas sobre los demás o lo que hacen o dejan de hacer los demás, si no en no tener miedo a descubrir quién eres y descubrírselo a los demás. Que Wareham hable de Metallica o de Billy Corgan no contempla el verdadero interés de este ejercicio de exploración y exposición. La honestidad aparece cuando Wareham descubre sus errores y sus defectos, cuando examina la raíz de sus reacciones y de sus querencias, cuando no le tiembla el pulso a la hora de buscar las razones y reconocer las ocasiones en que lo que domina es la ausencia de esas mismas razones. Wareham deconstruye los entresijos más retorcidos, débiles y a la vez sólidos, que sustentan un grupo de música, las perversiones del mundo que le rodea, a las que lo mismo abraza que sortea, las alegrías y las adversidades del matrimonio y de la paternidad... Y todo esto lo encara sin paños calientes y sin afectación. Vijay Seshadri tiene un poema en el que, si se me permite la mala traducción, dice "la verdadera historia de una vida es la historia de sus humillaciones." Eso es lo que yo entiendo por honestidad, lo que Phyllis Barber entiende por candidez cuando analiza su propia técnica para explicar cómo enfoca la evocación de su memoria. 
A estas alturas, quizás quede ridículo que me ponga ahora a deciros que estamos hablando de Black Postcards, la autobiografía que Dean Wareham publicó allá por 2008 y que el año pasado se publicó en español bajo el título de Postales negras. Quizás tampoco proceda ahora explicar que Dean Wareham fundó allá por finales de los ochenta el grupo Galaxie 500 junto con sus amigos Damon Krukowski y Naomi Yang. La cosa terminó en 1991 porque, como Wareham explica en más de una ocasión, tenía que terminarse. Poco después, creaba Luna, un nuevo proyecto que contó con diferentes miembros y que con su última incorporación, la de Britta Phillips al bajo, comenzó un nuevo período que anticipaba el final. Junto con Britta, que acabaría por convertirse en su segunda esposa, Wareham formó un dueto que aún mantienen y que, de todos sus proyectos, fue el único que el que está escribiendo pudo ver en directo, en el Kafe Antzokia de Bilbao (también esta ciudad y este escenario tienen un pequeño espacio en su libro) allá por 2007, cuando presentaban Back Numbers.
Hace como un par de meses que me compré el libro, y todo este tiempo he necesitado para terminarlo. No ha sido porque el libro sea espeso o demasiado extenso, aunque roza las 400 páginas en su edición en castellano, si no más bien por razones ajenas al libro y a su contenido. La edición al castellano es impecable. Estéticamente aseada, con un breve pero interesante prólogo del que ya hemos hablado y una traducción a cargo de Tito Pintado que, a falta de compararla con el original (lo que puede desmerecer mi opinión), se antoja más que correcta, incisiva y minuciosa, pero ágil y dinámica. Según he podido leer por ahí, el libro de Wareham inaugura la colección de Libros de Ruido que dirije Fino Oyonarte (sí, el de Los Enemigos, Clovis o Glutamato Ye-Yé). Pues vaya acierto para empezar. La edición se acompaña de un buen puñado de comentarios sobre el libro y su lectura, desde Liz Phair hasta Antonio Luque, pasando por Víctor Lenore, Carlos Rego o J. Si ellos se ponen de acuerdo, periodistas y músicos, qué va a decir un bloguero que ni sabe tocar ni teclear. Qué va a decir, que no haya dicho ya. 
El libro es apabullante: un recorrido personal y peculiar sobre lo mejor y lo peor de la música alternativa, y la música en general, durante los años 90 y principios del siglo XXI, que consigue expandirse hasta alcanzar horizontes más genéricos y universales. Si me dejáis que vuelva a lo íntimo, debería confesar que después de leerlo se te quitan las ganas de seguir escribiendo. ¿Qué voy a inventarme yo, si puede contarlo Wareham?
En cualquier caso, es una lectura obligatoria de esas que después se convierten en placenteras. Y la conversión ocurre en el preciso momento en el que empiezas a leer, no como cuando en el instituto te mandaban leer Tiempo de silencio y, si acaso, conseguías entenderlo y disfrutarlo diez años después de salir de allí. Si acaso.
Tengo como más de media docena de álbumes, entre Galaxie 500 y Luna, para elegir una canción. Y creédme, hay muchas que alcanzan una trascendencia más allá de lo musical después de leer el libro. Podría elegir la última que tocó Luna en directo, o la primera que hicieron Galaxie 500. Podía repasar el disco L'Avventura que Wareham y Phillips grabaron junto a Toni Visconti, pero, se haría difícil optar por uno u otro razonamiento. Así que, para cerrar esta entrada, cuelgo el vídeo de uno de los clásicos de Luna, de su disco de 1997 que lleva el mismo título, "Pup Tent", solo porque guarda relación con uno de los recuerdos que Dean Wareham ha dejado por escrito de sus viajes a la ciudad en la que yo vivo. Bueno, vivo cerca, a las afueras, digamos.