viernes, 19 de abril de 2013

domingo, 7 de abril de 2013

Agua (mucha) y cervezas (pocas)




 Yo creo que es de ver tantas películas apocalípticas durante las vacaciones, pero anoche parecía que habían evacuado Bilbao. La lluvia, además, tenía guasa. Si te parabas en un semáforo en rojo, atizaba; cuando llegabas a donde ibas, paraba. Tiene gracia la coña. Así que agua, mucha, como en las dietas de adelgazamiento. Y cervezas, pocas. Es lo que tiene que la cúpula esté llena de crápulas. Pero luego creo que hablaremos de eso.
Ayer tocó doblete. Un doblete un poco atropellado y diría que descortés, pero no supimos hacerlo mejor. Me explico: nos presentamos en el Teatro Campos Elíseos, abandonado en una calle vacía y oscura, para ver en directo a Kubers cuando, en realidad, todo el mundo (no todo el mundo, había quien había venido explícitamente a ver a los vitorianos, y a sacarles fotos, ¡por Thor!, ¡vaya álbum!) parecía haberse reunido para el cumpleaños de Celsius. Más que para el cumpleaños, aunque también fuera una celebración, se reunían para estrenar el nuevo disco de los vizcaínos, Sizygia. Nosotros, a la contra, nos pusimos en primera fila, nos agachamos cuando lo pidió Mónica, como casi todo el mundo allí presente, y nos fuimos cuando terminaron, sin conseguir cambiar nuestra entrada por la consumición gratuita. Casi que, un poco, me sentí como si me hubiera colado en una boda, me hubiera comido mi porción de tarta nupcial, y en el baile, alguien me hubiera preguntado si venía de parte del novio o de la novia, y yo me hundo de hombros, sonrío, y me excuso camino de la barra libre.
Así que, ahora, parece que corresponde devolverle lo suyo a Celsius y darle la enhorabuena por su nuevo disco, y por su bien ganada reputación en esto del rock melódico, que no es precisamente un género que encuentre espacio en este blog, por culpa de los gustos personales del perpretrador, pero arrastra a su buena masa de aficionados. Y muchos de estos se reunieron ayer en la Cúpula del Campos Elíseos. Supongo que lo disfrutarían y encontraréis por internet, y a través de otras fuentes, formas mejores de enteraros de cómo fue el concierto. Por allí ya vi a algún periodista especializado que prestaba mucha atención.
Como decía, nosotros fuimos a ver en directo a Kubers, aprovechando que cruzaban la AP-68 para visitar Mongolia, y dejar atrás Siberia (esto viene de un chiste muy viejo con el que solían flagelarme cuando era estudiante en la green capital). Era la primera vez que les veíamos con la nueva formación, con un guitarra menos pero con la misma base rítmica, bajo y batería, que no dejan de ser la columna vertebral de este grupo. Y con columna te pones erguido, pero para bailar después necesitas las piernas, y eso es lo que añaden la voz de Mónica y la guitarra. Han cambiado de idioma, siguen haciendo buenas versiones (Radiohead, Skunk Anansie... que más que sus influencias visibles, demuestran los matices que añaden al estilo de música que facturan) y presentaban un disco autoproducido que nos trajimos para casa al módico precio de cinco euros, firmado, y que hemos estado escuchando esta mañana mientras nos quejábamos del frío que hacía en casa. Permanecen fieles a los patrones musicales con los que nacieron, pero han ganado en coordinación y vigor y siguen enriqueciendo sus canciones con nuevos matices, más aristas, distintas tonalidades que complican el simple pero sólido entramado armónico: ganan cuando se suma la guitarra acústica porque ensalza la melodía y atesora las progresiones rítmicas. Ganan también por naturalidad, porque se presentan sobre el escenario sin imposturas, transmitiendo un gozo hipnótico que alumbra aún más la música que hacen (antes ya he usado facturar, que suena más profesional, pero, la verdad, me dan espasmos cuando lo escribo). 
Nos perdimos el segundo tiempo, pero visto el primero, seguro que el partido acabó en victoria holgada. Nos tuvimos que marchar sin decir adiós, que estuvo muy feo, pero tampoco creo que le importara a nadie de los que se quedaban allí dentro. 
Fuera seguía lloviendo y nos quedaba un húmedo paseo por el centro de Bilbao. Llegamos hasta Moyua, la rodeamos, bajamos por Alameda de Rekalde hasta llegar a la esquina con Baraincua y allí mismo, en frente de la oficina del Círculo de Lectores, estaba el Café Evidence. Los antiguos Sinclairs estaban cenando y aún no parecía haber llegado nadie dispuesto a verlos hacer la digestión sobre el escenario. Un escenario minúsculo, en un local glamuroso, donde me sentía como un bereber en primera fila de la pasarela Cibeles, pero el sonido fue más que aceptable y la cerveza muy cara.
El segundo concierto de la noche, en la misma ciudad pero en otra esquina, traía de regreso a The Brand New Sinclairs después de un parón en el que han hecho algún cambio en la formación. En concreto, Birdy, antiguo batería de Horses of Disaster (por nombrar uno y que ese uno sea el de los hermanos Mardaras), substituía a Fali, anterior batería, que dejó el listón muy alto para la nueva incorporación del grupo. Presentaron alguna nueva canción, incluyeron sus versiones de "negros con tupé y negras con moño", como bien explicó Andrés con su habitual sarcasmo lleno de certezas, y cerraron con un Bo Diddley al que clavan y casi que superan, si eso no es un sacrilegio decirlo. Tocaron alguna canción de sus dos trabajos anteriores que han pulido de tal manera que funcionan ya como pequeños hits con sus guiños perfectos para azuzar al público, poco azuzable esta vez (y entono el mea culpa, que yo estaba prácticamente en primera fila y parecía un muñeco de nieve). 
He de confesar que nos habían dado algunas pistas, y llevaban directo al tesoro. Hay algo distinto en el sonido del grupo barakaldés. Sonaron un poco más sucios, más garajeros. La batería traía más bombo y Ana, la cantante, mordía las "erres" con más ferocidad. Es como si siguieran mirando hacia Detroit, pero ahora añadieran un par de décadas más a su recorrido musical.
No nos quedamos a lo que quedaba luego, dos Sinclairs pinchando. Volvimos al aguacero y del aguacero para casa. Sin decir adiós, volviendo a ser descorteses. Agua, mucha, cerveza, poca, música, variada y repartida.

miércoles, 3 de abril de 2013

Barakaldo revienta



Después de las biografías de Dean Wareham y Mark Oliver Everett, del libro de Carlos Prieto sobre Nacho Vegas y de la novela de Robert Taylor Blind Singer Joe's Blues, esta Semana Santa muy poco católica en mi domicilio particular, me decidí a seguir con las lecturas musicales. Le tocó el turno a un viaje emocional (y emotivo) por parte de mi memoria, mucho más limitada y deficiente que la del autor del libro al que debería culpar de que estos últimos días haya estado acordándome de gente, lugares y tiempos pasados, mejores, peores, muy parecidos, aún con los años transcurridos, a los que nos está tocando vivir hoy. Gotzon Hermosilla vio publicada hace poco su compilación documental  Barakaldo revienta: historia secreta del punk-rock en Barakaldo (1979-2010) gracias a la edición de DDT. 

Hermosilla es un pelín mayor que yo. Nada, diez años. Y los dos hemos nacido en la misma ciudad. Él es periodista. Si no os suena su nombre, señal de que os estáis perdiendo su trabajo para La jungla sonora, el veterano programa musical de Joseba Martín en Radio Euskadi. Señal también de que no habéis leído lo que publica en Berria. Señal también de que, como yo, lo confieso, no habéis leído los libros que ha publicado antes de éste. Hace poco leía en una entrevista cómo describía su concepto, simple pero certero, de lo que significa ser escritor, y no puedo más que compartir su definición, aunque ni ésa pueda yo aplicársela a uno mismo. En resumen, Hermosilla es un buen periodista, con destreza para las palabras, que ha sabido sacarle provecho a su afición por la música, y a sus raíces. Un rápido vistazo al libro te invita a imaginarte que Hermosilla es uno de esos tíos que recuerda lo que mira y lo que oye y que cuando oye y mira, ve y escucha, que no siempre ocurre. Quizás por eso ha sido capaz de escribir un libro que se centra en lo local pero barrunta lo global, que memoraliza una historia tan mínima en ese océano de nuestra mísera condición como seres humanos hundidos en la inmensidad del tiempo y el espacio pero tan cardinal y vigorosa como cualquier otra.  
Porque Barakaldo tuvo su ascendente y dejó su impronta. Hermosilla se encarga de repasarlo con ánimo analítico, pero tan reivindicativo como las letras de muchos de los grupos que recuerda. Si algún día la historia musical de Barakaldo se convierte en materia de estudio científico o académico, los doctorandos tendrán que recurrir al libro de Hermosilla y, ya puestos a buscarle un orden cronológico a todo, deberán apoyarse en este repaso que el autor hace de los últimos 35 años de historia del punk-rock en Barakaldo. Su utilización del famoso "búnker" del parque de la Ciudad Deportiva (es más irónico lo de ciudad que lo de búnker) como referente cronológico es un acierto y un eje perfecto para ordenar y reconstruir el pasado y la tradición musical de la anteiglesia. En posteriores entrevistas, Hermosilla le ha quitado trascendencia al búnker, mejorando aún más su referencia a aquel socorrido local de ensayo (y primordial lugar de encuentro) para apoyar su recapitulación. 
Pero Hermosilla tiene más aciertos en este libro: hay muchas más presencias que ausencias en su compendio de grupos, y acierta con los que subraya. Recurre a cuatro grupos "imprescindibles" para ilustrar lo que fueron los años ochenta y, en años más recientes, le dedica todo un capítulo a Porco Bravo, lo que se merecen, no diré yo lo contrario que ya se me ha visto el plumero y el plumaje (y si no se me viera, igual se lo merecieran), pero quizás eso ratifica su afirmación de que existe mayor variedad en los estilos musicales que ahora se practican en Barakaldo y debilita, aparentemente, un poco su empeño por empatar lo que significó el final de los ochenta y lo que sucede ahora. Aunque yo, probablemente, esté de acuerdo con él. Otro acierto es su interés por contextualizar su repaso a la producción musical de las distintas décadas con un recordatorio de las circunstancias económicas y sociales que acogían a los protagonistas en aqueños años. Lo hace recurriendo al resumen, pero siendo incisivo y concluyente, y no puedo más que aplaudir su inclinación, porque comparto su idea de que lo que ocurría fuera del local de ensayo era fundamental para entender lo que pasaba dentro. Igual que comparto su convencimiento de que el movimiento okupa, los fanzines, los bares, los distintos héroes anónimos que se dedican a idear, promover, intentar, fracasar, repetir, organizar y fracasar otra vez si procede, merecían su hueco en esta memoria. Hasta el ayuntamiento, por supuesto, para lo malo y para lo bueno (el orden de los factores no altera el producto, a menudo, cero), necesitaba su porción de protagonismo. 
Y ahora se supone que debo decir algo malo, ¿no? 
Pero lo malo quizás habría ocurrido solo si Hermosilla no hubiera escrito este libro. 
Habrá que escribir otro dentro de veinte años. Incluso mejor, si se puede. Y puede que lo haga él mismo. O puede que hasta yo, si un día me tomo en serio y el talento se pega a través de la lectura, pero veo eso más complicado aún que que, algún día, Porco Bravo recoja un Brit Award de las manos de Adele. Soñar es gratis, ¿no?
Eso es precisamente lo que hicieron muchos de esos tíos, y tías, que aparecen en el libro. Algunos solo lo hacen con el nombre de pila, con el apodo, algunos me conocieron, les conocí yo a ellos, otros son sombras que permanecían arrinconadas en un oscuro rincón y este libro las ha enfocado para que revivan. Puede que no le interese a nadie en Australia o en Japón, pero, en esta balanza que mantiene el equilibrio del mundo, tienen el mismo peso un escuálido adolescente con la camisa de cuadros desabrochada buscando colegas para hacer versiones en Hoboken, New Jersey, que un niñato aburrido que se agarraba a los barrotes de Juntas Generales para ver de lejos a un tío que tocaba la guitarra con el pene en el Parque de Los Hermanos. Los dos merecían que alguien escribiera un libro para ellos. Todos ellos soñaron. Soñaban. Algunos sueñan. Se fueron hasta Vigo para convencer a los Siniestro Total de que tocaran en nuestro pueblo, se marchaban a Suiza para conquistar la tierra de las cuentas secretas, se subían a los púlpitos de las iglesias de Zarautz para cantar a La Polla Records, durmieron en la cárcel en Chile, atrayeron a la policía a los bares, se dejaron sus ahorros para llenar la capital de fuegos artificiales, ensayaron, se subieron al escenario, se bajaron, dejaron de tocar, volvieron a hacerlo, volvieron a dejarlo. No hacía falta convertirlos en historia, pero lo fueron, de esa que no lleva mayúscula, de la que te deja una minúscula herida en la memoria que no deja de supurar el resto de tu vida. Creo que algo así se cuenta en este libro. Igual me he puesto un poco moñas al final, pero es que es tarde y hoy no he bebido.
Comprad el libro y leedlo, si queréis, si no, pues no, a vuestra bola. Esperad a que salga la película si lo preferís, pero no esperéis sentados, esperad saltando en los conciertos de los grupos locales... globales.