domingo, 30 de junio de 2013

Diario burgués de un festival veraniego. Capítulo Tres: por dos, seis.

Los Zigarros. Sonaban contundentes cuando llegamos. Ya estaban rodados y, al poco, terminaron. Los hermanos Tormo no son unos principiantes. Se conocen todos los trucos y saben cómo sacarse riffs de la chistera. Versionear a Siniestro Total, una declaración de intenciones.
JJ Grey & Mofro. Tampoco empezó Grey a tocar la guitarra ayer. Ni los músicos que le acompañaban. Un hammond siempre funciona. Vientos, solos de saxofón, slide, batería sin toms pero con son. El tío que estaba al lado mío, y sabe de lo que habla, lo anticipó: esto pinta bolazo. Otro que estaba detrás, y al que no conocía, aunque quizás también entienda de esto, se hizo el gracioso: otro blanco que quiere ser negro. No sé qué quiere ser Grey, si tiene anatomía o sombras, pero a mí me convenció. Me convencieron los músicos que le rodeaban. De hecho, hubiera preferido más Mofro y menos Grey, pero eso es ya solo una cuestión personal.
Uncle Acid & The Deadbeats. Si la música espesara, la de estos tíos sería sólida como un bizcocho de mazapán. Sus canciones sonaban como si caminaras por un bosque frondoso en un día de bruma densa. No hay escapatoria. 
Los Enemigos. Yo era la primera vez que los veía y no sé si tocaron como antes, parecido, mejor o peor. A mí me pareció que la voz de Josele Santiago sigue siendo una tragedia tan dulce que contagia ese aliento cainita y forajido, carnavalero y sediento sin el que sería dificil sobrevivir. El que no come la caga y el que no bailó anoche fue porque no le dio la puta gana. O porque lo que yo llamó bailar probablemente no lo sea.
Gov't Mule. Si este fue un festival de barbas y pelos largos, lo de Gov't Mule son extensiones. Extensiones abrumadoras. Se expanden hasta que explotan. 
The Gaslight Anthem. Empezaron contundentes, y terminaron igual. Por el medio, hubo algún momento que amenazó zozobra, pero se mantuvieron a flote. Mucha guitarra, aplomo épico y estribillos silábicos. Tienen una fórmula que se remonta en el tiempo y no desafinan. 
Walking Papers. Recuerdo una batería que sonaba como si me estuvieran llenando la cabeza de sonajeros. Mucha voz. Decirle a alguien que algo me sonaba a otra cosa, y poco más. No creo que fuera culpa de los Walking Papers que a esas alturas de la noche yo fuera ya más frágil que un papel con piernas. 
Rocket From the Crypt. Había leído por ahí que eran todo actitud y diversión. Pues sí. John Reis no calla. Lo que hacen lo hacen muy rápido y muy fuerte.

Empecé este diario con alguna advertencia, lo termino con un consejo que me doy a mí mismo: no escribas si no tienes ganas. Pero es lo que hay, que me gusta empezar lo que termino, aunque no siempre este principio sea un buen final. 
Acabo de arrancarme la pulsera. Tenían razón, era jodido que se rompiera. Ahora se siente la ausencia en la muñeca, podría ser una buena metáfora con la que cerrar esta entrada. No sé si volveré a un festival donde mi calva reluce entre tanta cabellera satinada, el público sabe de lo que habla y el dinero mengua con una velocidad apasionante aunque las colas se te hagan eternas. No sé si me dejarán entrar la próxima vez, sobre todo, si sigo sin participar en el concurso de camisetas musicales más reñido de la historia. Ganador, eso sí, el que llevaba escrito en su espalda algo que decía no sé qué sobre que James Joyce se beneficiaba a su hermana. 
Iba a terminar con el típico top (ponle el número que quieras) y el tópico see you next year, pero paso. Mejor me fustigo una vez más con una de esas frases de falso apocalismo: llegué sin apenas expectación, con algo de curiosidad, y me vuelvo con el bolsillo pelado, recuerdos imborrables que van más allá de lo musical y un buen puñado de conciertos para la banda sonora de mi memoria. 

sábado, 29 de junio de 2013

Diario burgués de un festival veraniego. Capítulo dos: Esto es lo que quería contar Cameron Crowe

12:26 am.
Oigo el... cómo se llama eso, secador. ¿Secador? Secador, sí. 12:27, secador.

17:29 pm. 
Están dando en la tele la peli esa de Sandra Bullock y el tío que juega al fútbol americano.

No sé por dónde seguir. Ayer, sí, ayer. Buff, muchas cosas. Muchas conversaciones, mucha cerveza, mucha música. Mucho calor. Muchas colas. Mucho rock and roll.

Sex Museum: Grandes. Nunca recibirán suficiente reconocimiento un grupo que lleva 30 años tocando y hacen mejor música que 30.000 grupos que se han hecho famosos desde 1985. Grandes. Y grandes no solo por la música, por mezclar a Deep Purple con Beastie Boys, por el fuzz y la distorsión, y por lo que sea. Grandes porque dieron el mejor parlamento comprometido que yo he visto en un escenario grande de un festival. Música en los bares, claro que sí.

Después llegaron The Sword, demasiado metal para mí, luego M-Clan, demasiado rock clásico para mí, Alberta Cross después, demasiada cola para comprar un puto bocadillo de lomo. 
Lo sé. No he sido muy específico. The Sword estuvo bien. Base contundente de metal y un par de salidas de emergencia a otros estilos. M-Clan dieron lo que pueden dar. Y no hicieron concesiones a lo comercial, lo cual les honra. Nos divertimos recopilando versos de sus canciones. Para bien y para mal. Alberta Cross, pues sí. Suena a colonia para hombre, pero, en realidad, suenan a americana que no hacen los americanos. Y a eso sonaron.

Black Crowes luego. Sin cerrar la boca. El gigantesco escenario del Azkena (podrían haber empezado por recortar ahí) les quedaba hasta pequeño. Clase, como ningunos. Enormes. El repertorio perfecto, la actuación perfecta, mucha barba, camisetas, punteos a tutiplén. Alguno hasta lloró. Muchos dieron por cerrado el festival, y, los demás, celebramos la sonrisa tonta que se nos quedó. 

Smashing Pumpkins. Espera. Yo no voy a decir nada. Espera que le pregunto a una fan: "A mí me parece muy bien que salgan, toquen y se piren, pero que lo hagan bien, cojones." Ya está. Yo no digo más. Si alguien puede llevarme la contraria (no a mí, por cierto, a la fan) que lo haga. Salvó "Disarm", por cierto.

Y después de SP, como decía uno que yo me sé, no me preguntes más, porque se me nubla todo. Es lo que tiene juntarse con estrellas del rock. Eso sí, The Sheepdogs me gustaron y Horisont prometieron, pero no puedo aportar más. Porque lo que porté fueron katxis, hablé hasta en morse y esta mañana me he sorprendido a mí mismo cantando a The Faces en el parque de La Florida mientras tocaban Dave & The Soldiers. Gran mañana. Qué gran forma de despertarse. Y después comer en el Xixilu en buena compañía, y hablar de lo divino y de lo humano. La vida es cara, pero, de vez en cuando, cómo place ponerle esta cara. 

Ya no sé qué quería decir con lo de Cameron Crowe ni cuándo será el próximo capítulo. 

viernes, 28 de junio de 2013

Diario burgués de un festival veraniego. Capítulo uno: Hotel Corgan.



Empiezo con cuatro advertencias. 
Uno: que sea un diario no quiere decir que esto vaya a estar organizado. No voy a ir día por día, o quizás sí, quién sabe. 
Dos: que sea burgués quiere decir que yo me siento un poco burgués. Burgués King. Como el tamaño de la cama de matrimonio de mi habitación en un hotel céntrico de una ciudad norteña. Desde aquel primer festival metido en una tienda de campaña donde la lona creaba un ambiente de intimidad parecido al de un baño turco hasta esta habitación con aire acondicionado, se ha producido un largo proceso de aburguesamiento del que no estoy orgulloso pero tampoco es que me produzca hemorragias internas. 
Tres: el festival veraniego es el Azkena de Vitoria-Gasteiz en su edición de 2013, por eso la foto del principio.
Cuarto (y último): quien sepa de que va este blog, ya sabe qué puede esperarse. Quien no lo sepa, que se detenga aquí mismo y desista de seguir leyendo. En este mismo hotel, y permítaseme jugar al concurso de las apariencias, ya me he cruzado con un buen montón de tíos de mediana edad con gafas de espejo, barbas bien afeitadas y camisetas de diseño que tienen toda la pinta de escribir mucho mejor (y mucho más al caso) en sus correspondientes revistas o periódicos, así que buscad ahí si lo que queréis es información veraz y erudita. 

Voy a ser esquemático. Me he levantado a las siete de la mañana y he necesitado una hora para que mis músculos se oxigeneran y mis huesos se solidificasen. Cuando lo han hecho, he salido a correr: catorce kilómetros hasta la Iglesia de San Roque y vuelta a la civilización. Ducha, contestar un par de emails, y mi compañera de tropelías ya había hecho la maleta. Al garaje a por el coche, maleta en maletero, reproductor de audio enchufado a la cinta adaptadora y cinta adaptadora en la cassette del coche. Listos. Una hora de viaje por autopista: coges el recibo en Areta, lo pagas en Altube. Llegas a Vitoria, Gasteiz, donde se hace la ley, buscas aparcamiento. Cola en recepción. Colgar camisas y pantalones en la habitación. Y empieza el festival. 
Lo primero ha sido buscar dónde comer. Entre dudas, he tomado la iniciativa y he dicho sígueme yo sé donde hay NODIGOELNOMBRE (franquicia de restaurantes italianos muy popular últimamente) y a mitad de camino me cercioro de que estamos yendo en dirección contraria. Vuelta para atrás y entre sudores fríos por si la volvía a cagar, al final, al doblar una esquina, ahí está, ahí está, la puerta del restaurante. Ensalada de no se qué con no se cuántos para compartir y de segundo, también a medias, pasta rotondo con salsa de no sé muy bien el qué. Agua para beber, café, y, al salir, saludamos a un conocido y nos dirigimos pasito a paso, sin muchas ganas, hasta el hotel. 
Ya ni lo decimos porque hemos admitido nuestras rutinas preventivas: mejor comer bien, un poco de descanso, una buena ducha, y fuerzas extras para aguantar ocho horas de pie que ya no hay edad ni entusiasmo juvenil. Ni se metaboliza igual el alcohol. Previsión burguesa, sí. 
Y en eso que vamos a entrar al hotel y de frente vienen lo que a todas luces son dos guiris cansados que se retiran a sus habitaciones después de comer. Ella es tan alta como él, mucho más joven y delgada. Él camina muy cansado, con una camisa llamativa y un gorro playero. Yo, lo reconozco, no me fijo mucho, y menos en él, pero mi compañera de tropelías sí, y suelta así como un suspiro estrangulado que me hace reaccionar y volver a mirar. 
Efectivamente. 
El mismo Bill Corgan. 
Por supuesto, lo que hacemos es lo que sigue: hacemos como que no hemos visto nada, nos dirigimos al ascensor y pasamos del tema. Aunque ella aún no ha borrado la impresión de sus ojos, cuando vemos que ambos intentan entrar en nuestra cabina y, por equivocación, en lugar de pulsar el botón de detener las puertas que se están cerrando, pulso el del primer piso. Fin. Ésta es la historia del día que pude compartir un ascensor con Billy Corgan pero mis dedos torpes lo evitaron. De todas formas, os puedo decir lo que hubiera ocurrido: saludo retraído, cabeza gacha y despedida más retraída aún cuando llegamos a nuestro piso. ¿Apuestas? Nunca he sido mucho de excitaciones idólatras y menos de exhibirlas o desempeñarlas. Una vez hablé con Willy Vlautin, con eso tengo bastante. 
Pero bueno, tenemos coña para el resto del festival, ¡Billy Corgan, tía!, y el festival empieza en unas horas, puede que hasta ya haya empezado. Nosotros no nos asomaremos hasta que lo haga Sex Museum, con todo el respeto al par de grupos que nos perdemos. Mientras tanto, aquí andamos, viendo a Brad Pitt y Edward Norton pegándose de ostias en no sé qué canal de los muchos que tiene la televisión de nuestro hotel burgués. 
En el próximo capítulo, prometo que contaré algo mucho más musical. Pero lo dicho, el que conoce este blog, ya sabe lo que se puede esperar.

sábado, 22 de junio de 2013

El pánico de estar como un chivo





No te importará pero yo te lo cuento: me siento un poco como el Bourne ése. Me he despertado esta mañana y la cama se balanceaba como un palangrero en medio de la marejada. No me acordaba de nada, no recordaba quién era, pero mi cuerpo escondía alguna pista. En el dorso de mi mano, aún podía leer nueve letras misteriosas tatuadas en tinta azul: ¿archivado? ¿Qué significa eso? Pero aún había más: un extraño mensaje codificado  se repetía en mi cabeza. No conseguía descifrarlo, pero me perforaba la sesera como si fuera una premonición vencida. Aún persiste: es como un zumbido, un céfiro eléctrico, una corriente invisible, el estruendo en sordina de dos guitarras agudas como alfileres tachonándome las córneas. Lo dicho, como el Bourne.
Mientras escribía todo eso se me han ocurrido las siguientes degeneradas asociaciones degenerativas: marejada - majareta, sesera - seseña, céfiro - záfiro, tachonándome - cachondándome, Bourne - Bournemouth. ¿Qué? ¿Qué coño me pasa? Lo dicho. Pérdida de identidad, resaca, rock and roll. Calambres mentales: mental cramps. Cramps.
Ya lo pillo. ¡Ya me acuerdo! Joder. Ayer estuve de concierto... Sí, sí, espera, ¿dónde? Un sitio oscuro. Recuerdo que el suelo resbala. Había gente. ¿Quién? Gente, sí. Muy seria. Pocos, pero gente. Olía a cañería. Todo estaba muy oscuro, pero había gente. Creo que ya empiezo a recordar. El pánico de estar como un chivo. ¿Cómo? ¿Archivado? ¿Qué significa eso?
Fundido en negro.
Elipsis.
Epilepsia.
Silesia.
Sífilis.
Sci-fi.
The Scientists.
Tits.
Buff, qué demencia. A go-go. No sé qué pasa. Sí, ya he recuperado la memoria, pero hace como 256 palabras (sí, cuéntalas) que lo que perdí fue el conocimiento. Gracias a las licencias literarias voy a darle un poco de cordura a todo esto. Creeros que me he encontrado una hoja de cuartilla doblada en mis pantalones vaqueros, mientras buscaba más pistas para averiguar si de verdad yo era Bourne o no. Esto es lo que pone, lo leo en voz alta:

El primer grupo se llama Chivo. No es la primera vez que los veo, ni la segunda, y, la verdad, me sorprende darme cuenta de ello. Hoy he leído una entrevista en El Correo. Miento, solo he leído el titular. También recuerdo haber leído en otro sitio elogios varios para su último disco. Son cuatro tíos, colocados estratégica y convencionalmente sobre el escenario. Apenas se mueven, poco hablan, solo tocan con precisión. El bajista tiene dedos de pianista. Me gusta la voz. No ganaría ningún concurso televisivo, pero parece perfecta para la música que hacen. Que hacen stoner rock, se llama. Aquello que dicen que inventó Kyuss en los noventa. La línea de bajo es como un martillo pilón, pero cada vez que cae la leva y pica, saltan lascas de oro bruto. Mola, que diría el otro. Tocan una hora, no hacen bises, y se quedan por allí a beber cerveza y ver al segundo grupo. Cambio de párrafo. 
El segundo grupo, repito estructura, se llama Paniks. Un poco de historia: fueron tres, luego cuatro, ahora siguen siéndolo, pero han perdido el hemisferio derecho de su cerebro. Seguro que ha habido más cambios, pero yo no los conozco. Sé alguna otra cosa, como, por ejemplo, que grabaron The Panik Kontroversy hace diez años y casi que se ha convertido en disco de kulto. Hace menos, repitieron, y el Panik Piknik fue un diskazo. Yo me lo pongo en casa mientras quito el polvo y lo que acaba desempolvándose es mi pelvis. Del más reciente, cayó alguna canción al final, lo demás, fue repasar y celebrar que ya han pasado diez años desde que empezó la pánica polémica. Tampoco es la primera vez que veo a estos, pero es la primera vez que les veo siendo Rioja (miembro original) cantando y a la guitarra, Zebu (ex Wers y ex Porco Bravo) a la otra guitarra, David (Maha) al contrabajo y Patxi (también en esto desde el principio) a la batería. Funciona. O sigue funcionando, diez años después y con tanto cambio. Si tuviera, que supongo que tengo, que utilizar etiquetas y referencias, podría, y puedo, hacer corta y pega, y usar lo que siempre se usa para hablar de ellos, pero paso. Prefiero decir aquello de que las guitarras suenan como rasga el filo de una espada el cuello de un suicida, la batería percute igual que el calibre 44 del inspector Callahan, aunque en el parche de su bombo aparezca Kikuchiyo, y las cuatro cuerdas del contrabajo parecen el dulce sonido del galope de los cuatro caballos del apocalipsis. Todo eso junto, jinetes, inspectores, samurais y kamikazes hace que Paniks sea un grupo enérgico y musculoso, montaraz y vesánico, patógeno y anabolizante. Podría seguir, más que nada, porque no tengo nada mejor que hacer que seguir abusando del diccionario de sinónimos online, pero se me acaba la cuartilla imaginaria y se me agota el recurso literario.

Vuelvo a doblar la cuartilla y la devuelvo a su bolsillo. No sé si Jason Bourne, al final, encuentra su verdadera identidad, pero a mí ya se me ha pasado la cruda, se despejan las nubes, recuerdo todo lo que hice ayer y, como con cualquier resaca que se precie, duele lo mismo la conciencia que los síntomas físicos. Sin embargo, no consigo librarme del zumbido en mi cabeza. Ni consigo ni quiero. Es una electricidad cautivadora. Agradable. Un puto pistón combustionando en mi cabeza. Mola, que diría el otro. Lo que no mola tanto es perder la medida y hasta el decoro a la hora de escribir. Lo confieso: me he tomado un tiempo y he vuelto al principio. Excesivo, digresivo, grotesco y superfluo. Es lo que hay. Yo paso de volver a empezar. Paso de corregir. Paso de mí mismo. Hoy paso del pop y de los libros de estilo, ayer fui testigo, hablando en plata y poniéndole la placa a esta entrada, de un concierto de rock cojonudo, y me la soplan los guiones, las tildes y las consecuencias. No tengo miedo ni pánico cuando descubro que mi verdadera identidad es la de un bloguero ebrio de verbo y cerveza que está como un puto chivo. ¿Archivado?

sábado, 8 de junio de 2013

Para qué escribir entradas que nunca dirán nada




Buenas noticias para los amantes del rock, digo yo, porque Gareth Liddiard y los suyos acaban de publicar I See Seaweed. Y si no acaban de hacerlo, yo me acabo de enterar.
En algún sitio por ahí, al fondo, debe de haber otra entrada que escribí en este blog hablando de The Drones. Parece que se ha perdido en la bruma, o entre la espesura, porque no la encuentro, pero creo que antes ya mencioné aquí al grupo de Perth.
Si es que existe, esa antigua entrada, quiero decir, tenía que hablar de "Shark Fin Blues", canción que abría el segundo disco de The Drones, el de título más largo (Wait Long by the River and the Bodies of Your Enemies Will Float by) y con la que yo les conocí, para bien o para mal.
Con el resto del disco, con The Miller's Daughter, el siguiente álbum que grabaron, o con Gala Mill, un año más tarde, hasta con Havilah, que grabaron hace cinco años, tuve que hacer más esfuerzo, porque The Drones no te atusan el pelo, no te acarician la mejilla, no te ayudan a resolver el sudoku, ni tan siquiera buscan infectarte su sufrimiento para que así el tuyo parezca más endeble.
The Drones suenan como un sueño, más bien una pesadilla, en la que te conviertes en un niño escuálido y asustado en una noche oscura, de cielo plomizo, intensa lluvia, cuando, no sabes por qué, de dónde vienes, qué te persigue, pero tú huyes, corres, te adrentas en un campo frío, umbrío, con juncos espigados que apartas mientras tus manos se encallan, pero corres por el cañaveral, medio desnudo, descalzo, mirando hacia atrás con una angustia que te excita tanto como te asusta y, de repente, el cañaveral se abre y apareces en un prado de reluciente hierba vivaz, la noche desaparece, el sol reluce, te crece ropa, te aparece una sonrisa, tus manos se endulzan, tus pies disfrutan sobre la bondad de los tallos y caminas sosegado, repleto, entusiasmado y feliz, pero algo te lleva hacia la linde, y vuelves a estar dentro del laberinto de cañas, la noche se avalanza, arrecia la lluvia, vuelve el miedo, y desnudo, descalzo, mirando hacia atrás con angustia, corres de nuevo sin saber muy bien hacia dónde. Así escucho yo a The Drones.
Su primer disco, el aclamado a escondidas, Here Come the Lies, lo descubrí después, mucho más tarde que "Shark Fin Blues", mucho después de aquella canción con referencias bíblicas y literarias pero un comienzo mucho más mundano que parecía dibujarme a mí en la dársena de mi pueblo cuando los tormentos juveniles te invitaban al destierro y la nostalgia. El resto de sus discos demuestra un progreso, un desarrollo, pero el comienzo esta ahí, en unas canciones agresivas, ariscas, punzantes, con bajos de ritmos intricados y guitarras lacerantes, imbricadas sobre la voz desgarrada y penetrante de Liddiard. Esa esqueleto siguió manteniendo erecta su música, quizás menos acentuado, más perturbado, caótico y vehemente en los siguientes discos. Y sigue en I See Seaweed. Quizás hay más medios tiempos, menos arrebatos, más sorpresas deslizadas y solo visibles si, como requiere su música, permaneces comprometido aún cuando te sientes perdido, malherido o confuso. Creo que eso es lo que más me gusta de las canciones de The Drones, que de repente, las nubes se abren y reluce el sol, un sol que calienta y agobia, que, de repente, el aliento es fatiga, la fatiga es bravura, la dulzura hiela, la amargura dulcifica. Incluso en una canción tan reposada y liviana como "Why Write a Letter that You'll Never Send" (uno de los ejemplos más luminosos y ocurrentes de la habilidad de Liddiard para el pareado y las buenas letras) aparece por sorpresa un crescendo abrumador; incluso en "How to See through Fog" se abre la niebla y se esfuma la espesura; incluso en "A Moat You Can Stand In" el mismo ritmo trotón que se remonta a sus inicios acaba cuando se desboca el caballo, precisamente cuando menos lo esperas. 
La mayoría de las críticas reparan en la contribución de Steve Hesketh y sus teclados. Hesketh ya había colaborado con el grupo antes, pero, con este disco, se ha convertido en el quinto miembro de la banda. Algunos vuelven a destacar la calidad de las letras de un Liddiard que siempre rechaza los clichés (está orgulloso de no haber escrito jamás una canción de amor, o, al menos, no una canción de amor reconocible a primera vista) y que parece haber abandonado un poco su característica misantropía (eso dicen las mayoría de las críticas y yo, como un imbécil, lo repito). Otras críticas resaltan que Liddiard se dedica a repasar, con agudeza y sin paños calientes, la realidad de su país y, por extensión, del mundo global. Para muestra un botón: "who cares about the holocaust / man, we didn't learn nothing there / and all its memory does is / keep the History Channel on air / who cares about the Vatican / man everybody knows /and who's surprised they went and /chose a Nazi for a pope?"
Precisamente con esta canción, lo dejo e invito a escuchar I See Seaweed. Hesketh al piano, Liddiard a la voz, un correo electrónico en el buzón y... nueve minutos de buena música. 





Why Write a Letter that You'll Never Send by The Drones

we don't write letters anymore
there ain't the time or place
but a friend of mine wrote something like
a letter yesterday

it was smuggled through my inbox
just this morning, 3am
more impotent than important
but let me read it now, verbatim

he says "i got that same old feeling
the one that turns the birds to brutes
the sky is like a bad dream
and the earth is in cahoots

i don't believe no one no more
i don't care what no one say's
i just wanna make the world
a much less painful place

we look fonder on the good old days
as they drift further away
but why if everyone feels so homesick
are they always setting sail?

'cause it's all bad news up there on deck
and each headland masks the next
i'd just as soon dive in the ocean
and forego the blood and sweat

forego all aspirations
they just put everyone at odds
if idle hands are the devil's work
then where's the time for God's?

and why write a letter that you'll never send away

why won't you stay with me, wait and see
all you need to know
nobody's perfect and their needs are always stark
stay with me, wait you'll see
all you need to know
everybody's hurting and their needs are always stark

and who cares about wars of choice lands
where states indulge their passions
and all the new shoots just jackbootscoot
all dissent out of fashion

like Fred Astaires at a film premier
that is all about them
it's stirring stuff, transformative
they don't care where they're sent

they're all kiss chasing childish
dreams of privileged masculinity
till they're spent by shock and discharged
home to small town and big city

the rest are the type left dying or dead
from trying to be useful
they've been handy in the years gone by
and they'll be handy in the future

and who cares for their survival
and who cares about the yanks
who cares if they get overrun
by Chinese nukes and tanks

who cares about the holocaust
man we didn't learn nothing there
and all it's memory does is
keep the History Channel on air

who cares about the Vatican
man everybody knows
and who's surprised they went and
chose a nazi for a pope?

who cares about fakes like anarchists
man they never went to dance
let's mambo Mogadishu
give anarchy a chance

i'm saying life is cruel, you know it's true
but all sides still try and recruit you
for shangri-las as practical
as doing the karma sutra

why write a letter that you'll never send away

why won't you stay with me, wait and see
all you need know
nobody's perfect and their needs are always stark
stay with me, wait you'll see
all you need to know
everybody skirts the fact their needs are always stark

and who cares if the starving millions
know it's christmas or your birthday
or what movie stars in Africa
or the guy from U2 says

or all the statesmen never telling
lies as truth or gospel
who cares what true or false
the truth's the world won't go to hospital

but who needs to live forever
who needs the extra miles
we won't need bees or seed banks
in the Arctic for a while

we play the game to start again
not to better life for all
it's the appropriate opiate
when a better way's impossible

some honesty now wouldn't go astray
if not, then what's the use?
we're animals, we can't help doing
what all animals do

so goodbye my friend, i'm hitting send
forgive me talking straight
i'm only trying to make the world
a much less painful place

and why write a letter that you'll never send away?"

domingo, 2 de junio de 2013

9:21 am



Uno. Solo un tímido pájaro canta ahí fuera.
Te pasas la vida leyendo la NME, la Spin, la Rockdelux... aprendiéndote el nombre de cientos de grupos de ingleses y americanos bisoños que empiezan por The, no entiendes lo que dicen, no sabes por qué tocan, no puedes imitar sus molones peinados... y, al final, los que te ponen el pelo como escarpias, los que te elefantizan las pelotas, los que convierten una hora de tu vida en una bacanal de sortilegios musicales que te ayudan a olvidar qué puta la vida es y te recuerdan qué maravillosa sigue siendo, son tres tíos de barrio y de Barakaldo y un pulpo de Busturia.
Manda güevos.
 9:29 am. No debería estar escribiendo esto ahora. Aún estoy de resaca, probablemente, pero no puedo evitarlo. No llueve, pero como si lo hiciera. Como cuando John Cusack espera un autobús que no llegará en un banco hundido en el barro. Los Porco Bravo. Vaya pedazo de concierto ayer. Surfeando sobre el público, haciendo música que supera las bengalas y los artilugios, despidiendo a Robertez y a los suyos como se merecen, vaya pedazo de grupo los de Vallecas, vaya pedazo de público el de anoche, vaya noche insuperable la de aquel año.
Nunca ganarán un gramy, ni publicarán con musroupilou, ni cerrarán el fib, ni saldrán en la portada de una revista con ropa que podrían haberle robado a su tío-abuelo, ni grabarán con Steve Albini, pero de qué coño serviría todo eso, pero de qué coño... ¿quieres ver rock and roll del bueno? ¡quieres ver rock and roll del bueno! Ya no puedes, pero seguro que podrás otra vez: los ciclones no desaparecen, se transforman.
Un Antzoki que no reventó, un sonido muy alto, medio Barakaldo y según Manu el Gallego, gente desde Boston, Durango, Gasteiz, y no se dónde más, para ver un puto concierto de rock, que fue eso, un puto concierto de rock, con los de Vallecas repasando sus éxitos, y con los de Barakaldo demostrando que si no los tienen es porque el mercado no quiere, porque canciones tienen, macizas, sólidas, redondas como una circunvalación.
Joder, ¡hasta yo canté ayer! ¡Siempre la misma canción! ¡Lasciva! ¡Guitarras del rock! ¡... a ver al Barakaldo! Himnos sin banderas como debe de ser el rock, música de una patria que no entiende de patriotismo, pero sí de amor, ¡viva el rock and roll y la música en los bares, y Robertez, y los punteos heavies, y los baterías guiris y los bajistas sin camiseta y los cantantes verborreícos y la música que nace de las entrañas, muere en los locales, crece en los tugurios y se reproduce entre los fanáticos cachondos que llegan a casa con los tímpanos reventados y no pueden olvidar que estuvieron ahí!
9:48. ¿Excesivo? ¿Se me ve el plumero? ¿Demasiado? Me la suda, me da igual. Que me quiten lo bailao, que no venga nunca el sol a Euskadi mientras siga existiendo la conexión vallekaldesa. Y, ahora, 9:49, me voy a duchar, y a buscar una cabina de teléfonos para quitarme el traje de superman del rock y volver a ser un funcionario caduco y grisáceo. Hasta la próxima.
Mierda, 9:50. Qué grande la música y qué cerca que está. 9:51, gracias a a los nueve porque aún me revienten las sienes muchas horas después, ¡y larga vida al Porcociclón!
9:52. Hoy no tengo un gran final. Uno. Solo un tímido pájaro canta ahí fuera. 

Foto cortesía de L y su facebook. Me he tomado la libertad, sorry.