lunes, 29 de julio de 2013

Al Gorta & The Wild Pigs



Porque también disfrutamos del euskera de Gernika y del castellano fabril-febril de Barakaldo, porque, si no, me dices que aquello era Tucson, y tampoco me lo creo porque estoy exagerando pero tenía que justificar la ocurrencia de mi título. 
La sodomía musical funciona. Y ayer en Algorta hubo déjà vu (deyaví, vamos), lingotazos de whisky (lingotazos, vamos) y mucho ménage à trois (menasatruá, vamos). 
Amenazó la lluvia con jodernos el último deleite antes de las vacaciones, pero sobrevivió el escenario y pudimos disfrutar del recital dominical que habían organizado en Algorta por las fiestas de San Ignacio. Lo disfrutamos hasta que nos dejaron porque aún no tengo muy claro si se fue la luz o la cortaron, pero a los Porco Bravo los dejaron en tinieblas y mudos, que no quiere decir que dejaran de hablar y de hacerse ver, porque los animales sin domesticar pueden con los apagones y con los bozales. También te digo que eran ya las dos y pico de la mañana y uno se levantaba a eso de las seis de la mañana para ir a trabajar, así que, no te voy a decir que me alegré o que sentí alivio, pero que lo aproveché para hacerme el longuis y volverme a casa, eso sí que te lo digo. 
Pero antes de pirarme por la puerta de atrás, tuvimos la ocasión de ver a tres grupos sobre el escenario achicado de Telletxe. Primero subió Ertz con atavío elegante, parafernalia decorativa, muchos años por delante y un público que aplaudía y movía la cabeza que no los pies. Los vimos desde muy lejos, luego desde más cerca y al final desde una esquina y no puedo hacer más juicio elaborado que decir que aún tienen tiempo para hacer mejor lo que hacen. Aunque yo no lo haría mejor, también te lo digo. 
Después de estos, se subieron al escenario cinco tíos que se hacen llamar The Riff Truckers. Si alguien no lo sabía, ya se encargó Manu el Gallego luego de que no se le olvidara a nadie. Decir que hacen rock sureño, o todo lo que se pueda meter en el saco de la americana, sería demasiado sencillo. El cantante se mueve como si estuviera cantando con The Beastie Boys y alguien a mi lado dijo que su voz le recordaba a la de James Hetfield. A mí me recordó un tanto a todo lo bueno que tiene Damian Abraham, en cuanto a la presencia y las tablas, que no con respecto a la voz. Lo que está claro es que, aunque se parezcan en el nombre (y puede que sea hasta un guiño, no lo sé), su voz no se limita a seguirle el rebufo al Patterson Hood de Drive-by Truckers y posee unos matices que lo acercan al hardcore y al punk, con lo que logran acompañar con un toque personal y enriquecedor la buena base rítmica y los muchos, muchos, muchos riffs que para eso se llaman como se llaman y para eso fuimos gratis hasta allí: para disfrutar de todos y cada uno de ellos. Buscan la compenetración con el público, aunque éste no se preste, tienen dedos ágiles, músculo para romper parches y canciones de patrón clásico con una pincelada personal que suenan sólidas y espontáneas en directo. Vamos, que queda claro que me gustó. 
Además, comenzaron con lo que he llamado, sin mucha gracia, sodomía musical, invitando al escenario al vecino Eneko Burzako, también conocido como MobyDick cuando actúa en solitario. De hecho, todo esto viene de aquella ya casi que mítica final en la categoría pop-rock del Villa de Bilbao 2010. Surgió un buen rollo de aquella contienda amistosa entre estas dos propuestas (incluso con los terceros en liza, segundos en la clasificación final, Yellow Big Machine). En aquella ocasión ganaron los camioneros pero los que ganamos fuimos los aficionados a la música, y permitidme que me haya puesto un tanto moñas. 
Con el buen sabor de boca que nos dejaron los The Riff Truckers, que no las tres putas coca-colas que me tuve que tomar para evitar tener mal rollo con la autoridad del tráfico, se subieron al escenario otros cinco que también saben hacer riffs, perpetuar la fibra de los vocalistas con carisma y romper parches, cuerdas de bajo, pechos vellosos y lo que haga falta.
Los Porco Bravo no hicieron nada que no hubieran hecho antes (incluso mejor), excepto que, durante unas cuantas canciones, se sumó al festival y a la orgia (sodomía musical) una tercera guitarra, la de Perru Trucker. Sacaron la vieja tabla del Tarifa aunque había pocas olas y el acantilado era más escarpado que nunca. Sin embargo, para mí si hubo algo distinto: era la primera vez que los veía de tan cerca. Me sentía como Dian Fossey y sus gorilas en África. Hasta tuve miedo, que sí, pero más que nada porque un tipo me restregó la cara del puerco por la cara y me estuvo picando la jeta todo el puto concierto. Hablando ya con la poca seriedad y conocimiento que poseo, verlos desde tan cerca, y con tan poco alcohol en mis venas, me ayudó a ver con claridad a los gorilas que se esconden tras la niebla (esto es por lo de la Fossey). En un escenario de fiestas locales y con un equipo de sonido que falló un par de veces, le vi las costuras al traje y te digo yo que ese fruncido es más duro que el hilo de pita. Llevan tiempo tocando esas canciones, pero, no es ése el secreto. O no solo. El matrimonio (o el adulterio) entre las guitarras de Asier y de Pulpo es como un bordado de arabescos, se enredan como los rizos que hacen las cazas en una exhibición aérea: yo vi ayer la estela gaseosa que dejan en el cielo, pero el rizo se esfuma pronto y lo que queda es el vuelo de una canción tan robusta como el morro de un F-35. 
Digresión: un día voy a reunir todas estas comparaciones tan ingeniosas y acto seguido me flagelaré con el cinto si me lo presta Manuel. 
La estela esa blanca (si no lo sabéis, lo buscáis como yo) que dejan los aviones es cosa del queroseno que usan como combustible, y en Porco Bravo, el queroseno lo ponen Txelu y Oskar. A uno, a veces, no se le ve, y, al otro, no se le oye, pero están, como las meigas, que estarlas estaylas. Por supuesto, queda el piloto para que pueda terminar ya con esta rimbombante alegoría. A Manu le sientan bien los pitillos, pero mucho mejor los estribillos. Ya se permite hasta jugar a los registros, y no policiales (poli bueno, poli malo), pero, para escucharlo, igual hay que verlo demasiado cerca, y, te lo juro, como dé la casualidad de que te atisbe desde ahí arriba con esa mirada alucinada, lo mismo te inocula el hechizo del rock and roll y estás perdido para el resto de tus días. A un vacilón que estaba a mi lado le dejó trasquilado con un vergajazo verbal. Verdad. Voy a quitarme, lo juro.
Vamos, lo digo en plata que no es de ley: que no fue el mejor, pero son buenos los cabrones, y no me tienen en nómina, pero me tomo un merecido descanso, el mismo que se van a tomar ellos hasta que llegue el EnVivo y vivo o muerto, el porco seguro que acaba siendo profeta en su tierra. Pro-feta, el queso griego fresco más salado del Mediterráneo. Y paro: vacaciones y a ver si cuando vuelva, me pierden las ocurrencias y no las maletas.

Posdata (Pos-Data, el chino de Los Goonies): la foto es obra de una de las "porcas" que me escoltaron durante el concierto de ayer. En mi vida he estado yo mejor acompañado en un concierto. Qué alegría, que jolgorio, otro jabalí piloto. Me voy a cortar los dedos de la mano.

sábado, 27 de julio de 2013

San & Sebastian



Después de unos Cármenes encerrados en los bares, un concierto en la playa resultaba de lo más atractivo. Y eso a pesar de los ciento y pico kilómetros en coche, lo caro que es el peaje, la corriente modorra y la tormenta que se despertó cuando salíamos de casa. Ella me preguntó: "¿para dónde va la tormenta?" Y yo le contesté: "para el mismo sitio al que vamos", mientras por dentro pensaba: "como no podía ser de otra manera". Y lo celebraba, para mis adentros, con reposo y desdén, como ocurre siempre en las canciones de Belle & Sebastian. 
Ayer nos fuimos, resumiendo, hasta Donostia & San Sebastián a ver a los Belle & Sebastian. La banda de Glasgow actuaba en el escenario verde de Heineken, monstruosamente alzado en una esquina de la Playa de la Zurriola, al abrigo del rompeolas que protege de las sombrías olas del Urumea. Nos fuimos como quien no tiene nada que hacer un sábado gris de agosto y recibe la llamada de un viejo amigo de instituto al que no podía ver ni en pintura. Aún así acepta su invitación para ir a un concierto de bossa-nova, creyendo que la vida siempre guarda sorpresas agradables detrás de las puertas que más cuesta abrir. Esto también podría estar en una canción de los escoceses.
El caso es que, como decía, parecía que el tiempo (el climatológico) quería aguarnos (nunca mejor dicho) la fiesta (el Jazzaldia). Para ambos, era la primera vez que participábamos en el Festival de Jazz de San Sebastián, una ciudad que nos queda al otro lado del sinuoso trazado de la A8 y que aún sigue recibiéndonos con un poco de recelo. O quizás sea cosa nuestra. El caso es que callejeamos con mucha paciencia y detrás de un enorme monovolumen con matrícula extranjera y encontramos aparcamiento a la primera en la Plaza Cataluña, al cobijo de la iglesia de San Ignacio. Con paso firme y bajo el chirimiri, nos dimos una vuelta por el barrio de Gros, buscando de lejos el mar. Nos asomamos hasta la costa para ver que allí estaba esperándonos el Kursaal y en lugar de bailar bajo la lluvia aprovechamos que había un buffet libre en la misma esquina para cenar barato (ay, ay, ay) y refugiarnos de paso. 
Tampoco os voy a contar el menú. Así que paso al momento en el que nos tomamos un con leche y un cortado en una cafetería de rancia alcurnia con paredes revestidas de madera poco noble. Una familia teutona jugaba a las cartas y nosotros nos pusimos a jugar a los estados. Como en la teleserie de Friends, ya sabes, intentar decir los cincuenta estados de los Estados Unidos en el menor tiempo posible y si es que eres capaz de decirlos todos. Me quedaron colgados dos: Mississippi y Wyoming, pero tampoco está mal. Y lo que importa, el juego nos ayudó a que corrieran los minutos y según terminamos, nos encaminamos bajo la fina lluvia hacia el Kursaal. 
Estuvimos media hora ojeando los puestos de cedés, y yendo del escenario Frigo al escenario Heineken Terraza igual que rebotan las pelotas en el frontis de un jai alai. Veíamos cinco minutos al Borja Arias Trío (piano, contrabajo y batería) y otros cinco minutos a Eladio Díaz & Natanael Ramos Quintet (trompeta, saxo tenor, piano, contrabajo y batería), los diez minutos bajo el paraguas y mirando de reojo la oscuridad de la playa. Al final, nos rendimos y nos cobijamos debajo de la entrada principal del Kursaal con un granizado de limón que me hizo sentirme muy viejo y mal (físicamente) porque el hielo molido me granizó las entrañas. Aunque aún dolió más escuchar a un grupo de jovenzuelas que hacían botellón, ante la mirada ausente de las fuerzas de seguridad, cantar el "Sufre Mamón" de Hombres G. 
Se hace muy raro ver un concierto haciendo montoneras de arena con tus pies. Se me hundían en los agujeros que yo mismo hacía cuando agachaba la cabeza. Estábamos a medio camino del escenario y pronto tuvimos mucha más gente por detrás que por delante. Algunos afortunados se guarecían en un graderío vip que habían colocado en un costado del escenario. Los demás fuimos cerrando los paraguas y rogando que la lluvia se mantuviera fina y sibilina, pero a la lluvia le debe gustar el pop británico, porque, tan pronto apareció Stuart Murdoch por el escenario, desapareció. No volvió a llover durante todo el concierto, ni tan siquiera cuando Murdoch y los suyos se pusieron melodramáticos. 
Contamos como unos trece músicos sobre el escenario: Murdoch y los suyos, más una sección de cuerda con trompeta que en el repaso final a los nombres de cada uno, por los problemas que tuvo Murdoch para pronunciarlos, nos invitó a pensar que estaban de prestado. Los de Glasgow repasaron su discografía, dejándose muchos hits en el tintero, pero es normal en un grupo que no incluyó sencillo alguno hasta el 2003 y que tiene tantas canciones pegadizas y permanentes que no les daría para un único álbum de grandes éxitos. Es lo que tiene dedicarse a hacer pop de matices, con arrebatos eléctricos, mucha delicadeza y un flujo poderos y dinámico que recorre el interior de cada canción desde 1996. Se detuvieron en el Dear Catastrophe Waitress, en el The Life Pursuit y en el If You're Feeling Sinister, uno de sus mejores discos, el que contiene una canción homónima, que tocaron, donde recitan con humor la historia de Anthony y Hillary y como ésta, creyéndose siniestra, se presenta en la iglesia, buscando información, y el vicario, o lo que sea, se la lleva a un rincón y le da la confirmación. Un verso muy representativo que resume la música y las letras de un grupo que celebra la vida desde una amargura lúcida y sarcástica que, en armonías y melodías, se traduce en un hermoso ingenio de delicadas guitarras, todo tipo de percusión, teclados con distintas gamas y una sección rítmica que podría haberle devuelto el sol a Donostia antes de que llegara un nuevo día. Todo engarzado en un tirabuzón exquisito que demuestra el talento de unos músicos que entran y salen, se turnan y se tornan, se combinan y se solapan. Y en lo alto de la trinchera, la silueta inquietante de un Stuart Murdoch que recuerda a Ian Curtis de mejor humor y al que se le vio juguetón aunque comedido. Invitó varias veces al público a bailar (le tomaron la palabra), se rebotó un pelín cuando le mangaron la barra de labios y presentó urgulloso (al principio era una errata, pero luego me he acordado del Monte Urgull que estaba allí también), el patito con los colores de la Real Sociedad que le habían regalado y que pensaba darle a su hijo pequeño. 
En resumen, un plan inesperado, un poco caro, pero convincente. Arena en los zapatos, un viaje de vuelta acompañado por todos esos franceses que viajan de noche camino de Algeciras y vuelta a levantarse por la mañana, que la vida sigue, los Belle & Sebastian ya estarán en el autobús, y yo me tengo que quitar de la cabeza el paraparaparaparapa que en la voz de Sarah Martin suena como el tintineo de las monedas en el bolsillo de un mozuelo con hambre. Mención aparte para la guitarra de Stevie Jackson con su pose elegante de rodilla flexionada, rodilla tiesa, que si tuviera que reencarnarme, elegiría justo después de un águila que vuela libre en libertad y bla bla bla. Blá.

lunes, 22 de julio de 2013

Penalties, bares y recuerdos musicales



Advertencia: por eso pongo de postal, al principio, una pegatina de parental advisory, como hacen los americanos para avisarte del contenido supuestamente agresivo de ciertas letras. Esta entrada contiene un relato inicial demasiado largo y algo sentimentaloide que muchos preferirían no leer (yo casi preferiría no haberlo escrito, pero he aprendido a vivir conmigo mismo), así que, advertidos quedáis, si no os va la flama ni las ñoñerias, pasad de todo esto. 

El sábado tocó Sociedad Alkoholika en el mismo sitio en el que sucede lo que quiero contaros. Pero debemos hacer un esfuerzo, e imaginarnos que se puede viajar en el tiempo, como en los conciertos de Distorsión. Incluso, podemos aprovechar la ocasión, y utilizar los tiempos dorados del punk barakaldés para contextualizar la historia, porque mientras yo crecía rollizo, ingenuo y alelado, toda esa caterva de adictos a los compases rápidos y las guitarras amplificadas andaba pululando por los parques de Barakaldo y los sótanos de los quioscos de música. 
Y yo también pisaba los parques, pero para perseguir un balón aunque siempre llegara tarde o imaginarme que la chica guapa y resuelta que jugaba a la comba me miraba a escondidas, que en realidad lo hacía, pero probablemente para compadecerse del lamparón que me había dejado en la pechera el frigopie de turno. Volviendo al concierto de SA, por entonces, en aquellos días en los que yo aún contaba con una mata de pelo considerable y un dulce candor que me coloreaba los mofletes, el recinto en el que, el pasado sábado, se apelotonaban un buen montón de jóvenes predominantemente vestidos con camisetas negras con tipografías barrocas y de sangrientos colores, era entonces un concurrido campo de lo que llamábamos futbito en el que transcurrió la historia que os quiero contar. ¿Cómo llaman ahora al futbito, por cierto? Detrás, el frontón seguía en el mismo sitio, pero no tenía cubierta, había una rampa al fondo y un montón de peldaños junto a la gradería donde hacía solo unos días había confirmado mi posición en la cuadrilla al intentar bajar las escaleras montado en mi BH California para acabar celebrando que me quedaran todos los dientes sanos y la bicicleta de una pieza, después de despeñarme como un inglés borracho detrás de un queso huidizo. Los aplausos de mis amigos dolieron, pero no tanto como las lágrimas y los aullidos de risa. El viernes en el concierto de Distorsión era capaz de cerrar los ojos y aún podía oír las risas de mis amigos por encima incluso de la música.
No me voy a poner melodramático, tampoco era de los que elegían último al hacer los equipos. Penúltimo, sí, pero con eso bastaba. Generalmente, jugaba de medio estorbo, estorbo para mis compañeros más que para el rival, y, a veces, de delantero centro zoquete que es una posición ventajosa en la que se corre menos y te meten más collejas. Pero, cuando el partido iba en serio, me tocaba de portero o de portero reserva. Y aquel día, el día era soleado, festivo, los niños habían crecido como de una tomatera y se había organizado un partido de los que podían marcar época. Más que nada porque se enfrentaban dos barrios, había chicas aburridas sentadas en los bancos, y hasta adultos extraviados creyendo que podían aprovechar su mañana apostándose en la baranda de banda. Vamos, que te temblaban las canillas y en mi caso las canillazas. Me tocó de portero. Con el sol de frente. Con el ambiente caldeado. Con el valor perezoso que aún no había descubierto hundido entre los adorables pliegues de mi barriguilla. 
Los primeros minutos todo iba bien. Éramos mejores que ellos, aunque, en realidad, igual de malos, y casi todo el juego ocurría en el medio campo, lo suficientemente lejos para que controlara mi taquicardia. Apenas se asomaron un par de veces por mi habitación y ambos balones fueron fuera con lo que pude lucirme haciendo lo que mejor sabía: ir corriendo a recoger el balón y pasárselo bien al primero que fuera, y aplaudir después con ánimo, como demostrando que mi compromiso y mi liderazgo eran una parte fundamental del equipo. Mientras tanto, hasta marcamos un gol, lo celebraron olvidándose de mí, y yo me divertí viendo a los pájaros cruzar el campo en vuelos bajos o metiendo tripa cuando creía que una de las chicas se había confundido y miraba hacia mi portería. 
Todo iba así de bien. Y se torció, claro. El mejor de los nuestros se lesionó. Y la lesión fue de las graves. Apareció su madre gritándole no sé qué leches y se lo llevó a casa de una oreja. En su lugar, salió uno del que hasta me podía mofar yo, así que fíjate. El partido cambió de color, también mi cara, y empezaba a haber tanta gente y tan amenudo alrededor de mis confines que tenía el corazón en la boca y me puse a masticarlo porque sabía dulce como el azúcar glass. Un balón casi se estrelló en mi cabeza, pero finalmente eligió el poste. Yo, por si acaso, ya me había dado la vuelta para cubrirme. Aprovechando un descanso de tanto ataque a quemarropa, suspiré y miré hacia algún lado donde, oh, por dios, lo que faltaba, me encontré a mi padre. Tenía los codos sobre la baranda, así que no se iba a ir, y me saludó con una sonrisa calmada subiendo el mentón. Un montón de ganas de salir corriendo de allí me entraron. Tantas que, en lugar de hacerlo, me quedé quieto, justo cuando volvían los vaqueros con un toque de corneta y todo, intentando apoderarse del campamento indio en el que había convertido mi baluarte. El balón salió escorado, pero alguien dijo que otro lo había tocado y era córner. Los rivales se daban codazos a mi vera y oí a uno que le gritaba al que iba a centrar, ¡métela rasa que el gordito no se agacha! El gordito era yo, por si no lo pillais. Y el gordito se agachó. El gordito encontró eso que llaman valor debajo de eso que llamé pliegues y se agachó cuando la mandó rasa, y se tiró deslizando cuando, en la siguiente jugada, el mismo bocazas se quedó solo contra él, y salió de puños en el próximo córner, y despejó balones, recibió uno en la jeta, se encaró con el hijo de la Petra, y hasta, te lo creas o no, paró un penalty que hubiera empatado el partido y nadie se olvidó de él cuando hubo que celebrarlo. Así, como te lo cuento. 
Vale que el penalty estuvo muy mal lanzado. Vale que, al final, con tanta amenaza, empujón y conato de bronca, casi ni que jugamos la segunda mitad. Vale que yo no metí gol y volvieron a elegirme penúltimo en la siguiente ocasión, pero yo salí de aquel lugar en el que hace un par de días tocó SA como si acabara de crecer diez centímetros, adelgazar diez kilos y madurar los diez años que aún me quedaban para conseguir esas tres cosas. Pasé hasta de las chicas y los colegas, fui directo a mi padre, quien había rodeado la balaustrada y me esperaba junto al quiosco de los periódicos. Aún hoy, me imagino la escena como un episodio bucólico y enternecedor. Me imagino mi sonrisa y mi voluble ingenuidad revolviéndome el pelo sudado. Llegué a la altura de mi padre y su sonrisa era algo impagable, me dio un manso golpe en la mejilla y me dijo vamos para casa. Yo me sentía más henchido que el día que le gané a las damas al abuelo aunque se dejara ganar.  No podía dejar de hablar:
- ¡Hemos ganao!
- Ya he visto ya.
- Has visto el penalty, ¿no?
- Sí, muy bien.
- Jope como dolía tú.
Carantoña en lugar de comentario. Y sigo hablando yo:
- Igual por fin tengo posición, ¿no?
- ¿Cuál?
- De portero. Que igual puedo jugar de portero, ¿no?
Un silencio ingrávido, como el que queda después de una ráfaga de viento. 
- Tú, cariño, lo que tienes que hacer es dedicarte a estudiar, ésa es la posición que mejor se te da. 
Otro silencio. Éste, como el que queda después de caer una placa de mármol de más de sesenta kilos. 
Por favor, no nos equivoquemos, mi padre fue una persona generosa y de un corazón aún más dulce que el azúcar glass que trabajó toda la vida juntando piezas con un electrodo. Su comentario no quiso ser hiriente, no fue la maquinación de un padre severo o insensible, fue un cordón de soldadura como los que él hacía con su varilla metálica en el taller, y que nos unió como dos piezas fundidas. Entonces, por supuesto, no lo quise ver, pero no me costó adivinarlo. 

He contado esto por dos razones. Una, porque me apetecía. Porque las fiestas del Carmen, que hacía mucho que no vivía con tanta intensidad, me han despertado la memoria más emocional. Otra, porque este blog es así y quería dejarlo claro. Hablo de música sin saber lo que es un compás, creyendo que una corchea es un tipo de cierre para camisas vaqueras, sin haber escuchado toda la discografía de Camper Van Beethoven, pensando que porque un día vi en concierto a Jimmy Johnson se me puede olvidar que de pequeño me molaban los Hombres G. Más sentimental que riguroso, más literario que musical, más supérfluo que profundo, más desechable que las compresas, este blog ha tenido cierto eco durante esta semana en la que me he dedicado a glosar los conciertos que he tenido el placer de ver en directo y quería que quedara claro que, mientras veo a Distorsión, en lugar de discernir si están bien afinados, puede que, aunque me veas mirando muy atento al escenario, lo que esté ocupando mi cabeza sea, en realidad, el recuerdo de un niño queriendo hacerse el chulo con su BH California. 

Precisamente el sábado, si yo entendiera o pudiera entender, habría estado en Getxo o en Vitoria-Gasteiz. No habría vivido el 20 de Julio en los bares de mi pueblo, y, sin duda, me habría preocupado de aprovechar el cierre del festival Getxo & Blues para ver en directo al bluesman blanco por excelencia, el artista de la armónica, Charlie Musselwhite, aquél en quien dicen que se basaba el personaje de Dan Akroyd. Más aún cuando venía acompañado del nieto de R.L. Burnside, Cedric Burnside. Y si no, habría hecho setenta agradables kilómetros para presentarme en el polideportivo de Mendizorrotza y ver al ganador de 20 grammys, el pianista Chick Corea, apoderándose de los cambios de intensidad del flamenco para fusionar su arte con el del guitarrista Paco de Lucía. Ni lo uno ni lo otro. Yo, y sin arrepentirme de mi decisión, me quedé a diez minutos de casa a pata para ver a Miopía en concierto y bajar después a revivir los noventa con el concierto de Los Dalton en una esquina del campo de fútbol municipal. Más aún, en lugar de subir luego a casa y encerrarme en mi habitación a escuchar discos viejos de vinilo mientras sueño con ser el próximo Lester Bangs, me quedé en el recinto de txoznas bailando lo mismo a Tequila, que a Betagarri, que a Georgie Dann.
Y no me arrepiento, digo. Y no me ha costado descubrirlo tanto como me costó entender que lo que me dijo mi padre aquel día era el abrazo más grande que me podría haber dado jamás. Disfruté del concierto del Señor Verde y Félix Vinagre con la misma ingenuidad de la que hice gala en aquel partido de futbito, pero con un trasiego de años y experiencia vital que me permitió entenderlo antes. Cuando desde la barra alguien que entiende gritó ¡esto es punk! no dijo nada que no fuera cierto, dos tíos que tocan rápido y a cuchillo, guitarras que se desafinan, letras llenas de humor y de una amargura tan tamizada que se hace dos veces verdad, si es que eso puede ser. Fue divertido a más no poder, con un Señor Verde que tiene la ironía en sintonía con un humor afable y venturoso. Creo que no llegábamos a diez, y tampoco es que aquello se convirtiera en un sortilegio de penas y vicios, pero mereció la pena el vicio de la música. Igual que, y ya aprovecho, ha merecido la pena toda la oferta musical de este bendito bar (Tubo, lo llaman) que permanece en la orografía de Barakaldo como si tuviéramos una colina con un castillo medieval en lo más alto. Me perdí a Bugatti, a Toni Metralla y Los Antibalas (lo intenté), a los Derringers, a Lapidación Laser y a otros, pero de todos me han llegado buenas nuevas y de los que yo vi, y que ya he dejado aquí por escrito, no queda nada más que agradecer que mantengan con vida la venerable tradición de la música cruda, urgente y visceral que generalmente suena mejor en un pequeño bar que en un estadio cubierto. Se merecen una ola, como cantan ahoran las jóvenes beodas, esos dos apandadores que han cubierto, una vez más, un hueco insalvable en la oferta musical de nuestro pueblo. Y, por supuesto, también el resto de hosteleros, promotores o urdidores de postín, que han hecho una apuesta arriesgada en la ruleta de la música en directo.
Y hablando de apandadores, del Tubo nos bajamos al Rock eta Golak porque no queríamos perdernos el regreso de Los Dalton, una banda que en los noventa hizo zas! y luego desaparezco a tu lado, que cantaba la Rosenvinge, si no me equivoco. Veinte años después, volvió el punk rock de Barakaldo cubierto de un vapor muy humano que desprendían las axilas de todos los que nos cocimos allí dentro. Certeros y a la yugular, no llegué al comienzo y me fui antes del final porque estaba sudando más aún de lo que sudé en aquel dichoso partido del que ya os he hablado. Pero mereció la pena, igual que mereció la pena parar aquel penal. Igual que fue un guiño trascendental que el concierto de Los Dalton tuviera lugar en una esquina del nuevo campo de fútbol municipal, ése que mi padre, culpable de que yo ahora tenga carné de socio, no llegó a conocer, pero en el que cada domingo, cuando suena el himno, aunque ya me haya acostumbrado, no puedo evitar acordarme de él. También lo hice el sábado. Porque veinte años no son nada, y diez menos. Y la música lo es todo: Charlie Musselwhite, Cedric Burnside, Chick Corea, Paco de Lucía, Miopía o Los Dalton. Hasta Georgi Dann. El rollo es intentarlo más que conseguirlo, ya hable de parar penalties, de bajar escaleras con bicicletas, de ser padre, de tocar la guitarra o de hablar de quien la toca. El rollo es intentarlo.  

sábado, 20 de julio de 2013

Viaje en el tiempo (lo siento, pero no se me ocurre un título mejor)




Ayer hablé tanto con tanta gente de los dos conciertos que vi (lo he hecho hasta esta mañana vía wasap o como se escriba, que me estoy modernizando) que no me quedan muchas ganas de escribir sobre ello, pero son las 11:54 de la mañana y aunque luce el sol ahí fuera son pocas las ganas que me quedan de aprovechar la luz diurna, así que me he sentado en la cocina, he encendido el ordenador y me apresto a hacer recuento por aquello de que así llega antes la hora de la siesta. 
Como he dicho, dos conciertos. Uno, sin cenar, a las ocho de la noche en la sala Edaska. Ayer tocaban tres grupos en el sótano de la calle San Juan. Solo vimos entero a uno y unas pocas canciones del segundo. Estos últimos se llamaban Rojo Nieve. Los vimos por curiosidad apostados en un lateral, pero tenían una buena representación de fans y familiares para acompañarles, así que, al final, optamos por participar de las fiestas populares en la vía pública. Al fin y al cabo, si madrugamos, aunque ya estuviera anocheciendo, fue solo para ver a los Rumble Fish, un quintento de pedigrí autóctono que le pegan a los solos de saxofón y al rock con humor, descaro y algo de teatro. Me contaron que hicieron una actuación más discreta de lo habitual. Tocaron algo menos de una hora y terminaron con fanfarria de confetti que necesitó de la colaboración de alguna voluntaria esforzada y sonriente. Los Rumble Fish tienen solfeo y currículo y brío y actitud, quizás les falta alguna canción redonda. El batería se gastaba una drumworkshop con más platos que los que tengo yo en mi vajilla, aunque luego me contaron que no era la suya. La voz de Joana recuerda a Aurora Beltrán cuando canta en castellano por su gravedad y por las inflexiones, pero cuando canta en inglés parece Patti Smith metiendo los dedos en un enchufe. Tiene carisma y oficio. Me gustó especialmente el bajo quien, además de llevar el ritmo, puntea como un guitarrista y suena lo mismo oscuro, que jamaicano. Cuando le ponen picante y provocación suenan mejor, y caló especialmente la que supuestamente era lenta. Tocó las pelotas que la gente hablara más que viera, como suele ocurrir habitualmente en ciertas salas, y que incluso siguieran hablando cuando la cantante les gritaba ¡miradme, coño! Toca las pelotas aún más que muchos fueran compañeros de gremio. 
Aún era de día cuando salimos de allí, aunque el cielo tenía ese aspecto amenazador pero hermoso que anuncia tormenta. Le salieron mechas escarlatas que parecían venas hinchadas al relieve de un fondo del color del caucho, pero no hubo tormenta más allá de la eléctrica que provocó Josu Distorsión. Los Distorsión!!! Porque ese fue el segundo concierto del día, al que nos aproximamos tarde, perdiéndonos a los teloneros NPI, pero llegando ya cenados gracias a la chorizada y morcillada gratuita que organizaba el local que petaron el pasado fin de semana los Putakaska. 
No sé muy bien por dónde empezar porque no me voy a poner a hacer algo bien trabado y sin el caos que requiere una crónica punk. Esta mañana he usado en el wasap el mismo chiste que utilicé anoche cuando comentaba el concierto con uno de los antiguos Wild Thing: los Distorsión sonaron como una vieja cinta grabada de TDK. Como han sonado toda la vida, como te retumba su música en la cabeza porque así los escuchabas hace veinte años, y algunos, hasta treinta. Tocaron a más velocidad que el TVG, con un Ganso a la batería que no veía el momento de levantar la cabeza de las cajas. Josu estuvo comedido pero más brillante que nunca, rasgando las cuerdas como si le fuera la vida en ello, corto en sus peroratas, sin perderse y contundente, repasando, uno por uno, todos esos éxitos que a algunos nos retrotraen tan lejos que casi se me saltaron las lágrimas. Se acompañaron además de un buen puñado de amigos, también músicos, que quisieron celebrar el cumpleaños de una de las bandas que han formado la historia musical de nuestra localidad. Mención especial para el indomable porco bravo Asier que estrenó los duetos con un buen dios dedicado y todo y cerró el concierto dándole a Chuck Berry una mano de pintura de decibelios. Manu Porco Bravo se marcó una espatadantza y al final todos los invitados montaron una bacanal al ritmo de Johnny B. Goode. Fue como un viaje en el tiempo organizado por Malcolm McLaren que reunió bajo la cubierta del frontón de Lasesarre a mucha gente, la verdad. 
Yo lo seguí a una distancia prudente, bien acompañado por otro veterano de la cultura popular fabril, con más emoción de la que me imaginé y satisfecho de haber participado en un concierto que no dejó de ser un homenaje a unos tiempos que no volverán tal y como fueron, y eso tiene su lado bueno, pero que siempre deberían recordarnos que nunca está de más tener memoria y, sobre todo, actitud, esa palabra que hasta los entrenadores de baloncesto utilizan con demasiada frecuencia, que se ha quedado ya raída y hueca, pero que rima con la fórmula secreta para intentar que tu vida tenga algo de sentido... y sensibilidad. Terminar con un guiño a Jane Austen (¡por dios! años de carrera y primero había escrito Shakespeare, qué vergoña) es un tirabuzón punkie de primera. 
Aún nos quedan fuerzas para lo que viene hoy, con otro viaje en el tiempo a los años noventa. Ya haremos recuento de lo que hemos visto y de lo que nos hemos perdido. Mientras tanto, disfrutemos de ese zumbido nostálgico que se nos quedó ayer esculpido en el cerebro. Y, si me perdonáis, voy a ver si recupero la chicha y la limoná. 

jueves, 18 de julio de 2013

North by Northeast



Predata (es decir, no se si existe esto, pero vendría a ser lo contrario a una posdata, añadiendo información necesaria antes de que se necesite): el South by Southwest (SXSW) es, además de un certamen de cine, una conferencia internacional y una semana repleta de múltiples actividades, un festival de música que suele organizarse en Austin, Texas (en la foto), allá por marzo. Su característica principal es que, en unos pocos días, acoge más de 2.000 actuaciones en más de 100 escenarios distintos. La ciudad entera parece estar tomada por una avalancha de músicos que tocan, escuchan y se relacionan a partes iguales. Dejo un par de espacios... y empiezo:

Ayer, a su manera, Barakaldo parecía Austin, Texas, y las fiestas del Carmen una versión particular del SXSW. En unas pocas horas, coincidieron, se solaparon, o se dieron el relevo varios conciertos en distintos puntos de la ciudad. Si Toni Metralla y Los Antibalas estaban derrochando energía en la cueva de El Tubo, José Blanco departía estrofas en El Cuervo, los Maha cenaban antes de empezar su segundo bolo del día en el recinto de txoznas y The Brand New Sinclairs se subía muy muy alto, al enorme escenario de la plaza de Los Fueros, cuando el quintento que encabeza el Dr. Maha aún no había terminado su repertorio. Para cuando salió El Capitán Elefante, presumo que en algún otro punto de la ciudad quizás aún alguien estaba haciendo lo mismo que ellos aunque con otro tamaño y otro número de watios. Es una lástima y a la vez una alegría que ocurra esto. Probablemente la coordinación sea imposible y quién se va a quejar de que haya demasiados cuando el resto del año nos tenemos que quejar porque hay pocos conciertos... o ninguno. 
En realidad, Barakaldo y Austin no se parecen en nada, como no se parecían mucho Juan Tomás Martínez y Lance Armstrong, como no se parecerán ni un poco el SXSW y el Errekarock que están preparando los bares para las próximas fiestas del barrio de Retuerto. Ni falta que les hace que ninguna se parezca a la otra, aunque, ayer por la mañana, hasta el lugareño de Austin Kenneth Threadgill, yodeler, cantante y hombre de negocios, se habría divertido en una esquina del campo municipal de Lasesarre en Barakaldo viendo la actuación de un grupo local que no hubiera desentonado en el escenario del Dessau Hall de Austin durante los años 40. Si el mundo no es un pañuelo, al menos, sí que es divertido hacer aviones de papel con un kleenex y ver cómo aterrizan imaginariamente al otro lado del océano, ¿que no?
Y es que la maratón de conciertos empezó ayer con uno de Dr. Maha's Miracle Tonic en horario matinal y en el Rock eta Golak. Aunque lo matinal acabó convirtiéndose en meridional y no porque tocaran mirando al sur (creo que lo hicieron al este), si no porque yo me presenté a las 12:15 creyendo que el concierto era a las 12:00 y acabó por empezar cuando las manecillas del reloj apuntaban ya a las 14:00 horas. A nadie pareció importarle el retraso, así que me uní al buen rollo, me tomé un par de cervezas leyendo la prensa, enredando en el móvil (como un auténtico teenager de hoy en día) y disfrutando del aire fresco que llegaba furtivo desde las mareas de la ría.
Los músicos decidieron, sin mucho pensarlo, tocar en la calle, al cobijo del voladizo del graderío, mejor que dentro donde tenían un amplio y arrinconado escenario. Así que a la intemperie luminosa de la hora de comer, se reunieron junto al estadio de fútbol unas veinte personas que hicieron más complicada la actuación para la banda, porque al frente daba el sol y la mayoría optaba por seguir el concierto a la sombra de los costados. No era algo que pudieras reprocharles. El sol parecía ser el que más atento seguía el concierto y si no que me lo cuenten a mí: me traje gratis y de recuerdo un tatuaje a la altura de la manga corta que indica, con una línea roja, el lugar en el que la quemadura solar confirma que me vi todo el concierto de pies, de frente, y con deleite. Antes les he llamado grupo local, pero autóctono de la localidad fabril tan solo es el batería, Patxi (también en Paniks) quien tocó, esta vez, de pie (de pies, en pie, ¿son todas correctas?) una caja metálica que golpeaba con escobillas y una rubboard tuneada con un timbre de bicicleta y dos bocinas; con ambas armas en la cartuchera cubrió la percusión con soltura y provecho. Los otros cuatro componentes podrían ser acogidos pero rezan en los empadronamientos de otras localidades, me imagino: el guitarrista que es también voz y líder escénico, el contrabajo, la violinista y John Bolduan al banjo y con protagonismo danzante y vocal también. Ofrecieron un repertorio sin ninguna sorpresa más allá de los trucos de magia y la función zombie. Digo sin sorpresas para aquellos que les hemos visto más de una vez: repaso a su disco y las ya clásicas versiones de Chuck Berry, Bo Diddley y Sun Ra. Añadieron una nueva, eso sí. Cambió algo el orden y pequeños detalles que hicieron distinta la ejecución, pero como siempre ejecutan con una soberbia pericia y como sus canciones son sabrosas como un plato de judías después de un largo día de cabalgar por el desierto y rotundas como el eco de la recámara de un Single Action 1873 cuando detona en un salón de baile, pues por mí como si siguen trovando a los hipopótamos hipócritas y los dolores de cabeza burbujeantes el resto de su carrera musical, que tampoco creo que quieran.
Se quedaron allí de barbacoa, pero yo no. Tenía compromisos ineludibles como, entre otros, repetir ducha, como no, para estar presentable el resto del día. Y el día, ya casi la noche porque oscurecía, lo retomamos (ya iba acompañado de nuevo) intentando participar del tiroteo de los Toni Metralla y los Antibalas, pero fue imposible. Desistimos nada más intentarlo porque nuestra intención era observarlos como se observa a los leones en un safari y hacer mutis por el foro (o putis por el morro, como dijo uno) a la mitad y bajar a repetir con Maha, o Dr. Maha's Miracle Tonic o The Maha Experience, o cómo quieran que sea, en su sesión vespertina. Y no se podía. El Tubo estaba que no cabían más puños con cuernos. Toni Metralla y los Antibalas tienen tirón y tiran a quemarropa por lo poco que pudimos escuchar el rato que nos llevó acabarnos la cerveza en la terraza exterior mientras aprovechábamos lo que dejaba salir el abrir y cerrar de la puerta. Lamentamos al unísono y haciendo coro que no pudiéramos disfrutarlo y quedó como promesa para futuras oportunidades. 
Así que, a paso lento, cogimos el descenso de Juan de Garay para bajar al recinto de txoznas, tirando de la cuerda de un tercero que se nos apuntó al grupo pero que iba atendiendo al teléfono como si fuera un contertulio de la televisión, y en esto que nos paramos un rato en el Cuervo para ver al poeta barakaldés José Blanco concentrado en su faceta de cantautor. El bar no presentaba la audiencia del sábado pasado con Putakaska, pero olía igualmente a música. Escuchamos unos minutos y seguimos nuestro viaje hacia el reino de los katxis retornables y los bocadillos de panceta fresca. En lugar de a los Maha, que andaban cogiendo energía, nos encontramos con que, en la Gran L, la música la ponía una fanfarria de camisetas amarillo chillón. Media hora más tarde, cogieron sus vientos y percusiones y enfilaron mar adentro. Al mismo tiempo, los cinco forajidos de esa misma mañana, otra vez ataviados con sus pantalones de tergal, tirantes, corbatas de lazo y demás complementos de época, ya se habían subido al escenario enmoquetado y estaban ansiosos por empezar. Repitieron lo de la mañana, sin truco de magia, con algo más de urgencia, y ante más público. Un público más variopinto también: hubo niños que hacían volteretas, hubo un momento en el que parecía haber más perros que dueños, hubo infiltrados, merodeadores, extraviados, curiosos y fans, músicos atentos, alguno que repetimos con tozudez, y comentarios hasta graciosos: "¡hay qué banda más simpática!" (Mario Bros funciona y la peña se estimula viendo al cantante golpearse los cachetes) o "¡ah pero son de Barakaldo!".  Todos vimos (los que se quedaron hasta el final) como terminaron sudados tocando una vez más la versión del "Love in Outer Space" de Sun Ra.
Sin tiempo para deglutirlo, nos pusimos a caminar cuesta arriba hacia la Herriko Plaza. Llegamos arrastrados por la voz de Ana Sinclair que bajaba rodando por Juntas Generales. La batería de Birdie Sinclair parecía rebotar por los soportales de la plaza y nos dio tiempo a escuchar un puñado de canciones de los Brand New Sinclairs. Les noté frescos, pero no sé si un tanto incómodos, ante unas medidas que no diré que les sientan grandes, pero no mejoran la vigencia de su música, desenvuelta y taimada, ya suene en la taiga, la tundra, la selva tropical, la estepa o la sabana, pero que, a mi parecer, suena mejor en las distancias cortas, como los hombres que usan perfume varonil. Por cierto, llegamos a tiempo de escuchar, al menos en mi caso, por tercera vez una versión del "You Can't Judge a Book by the Cover" de Bo Diddley. 
Nos habíamos quedado solos los dos miembros masculinos y decidimos justo ir a coger más víveres cuando salió a escena el Capitán Elefante, que, en realidad, no es solo uno, si no seis o más, no supe contar cuántos con tanto humo vaporizado. Había leído, por supuesto, porque no se nace sabiendo, que El Capitán Elefante era Javi Marcos, líder de Arde Asia, intentando librarse de la maldición que siempre he oído que arrastraba este grupo barakaldés. Luego he leído más y por la red he encontrado información de que Zubelzu, productor detrás de muchos secretos bien guardados hasta que asoman (como Belako, si no me confundo), le propuso al guitarrista y cantante aprovechar su madurez como compositor para darle un nuevo rumbo a su carrera musical. Se produjo el cambio nominal y un nuevo enfoque más cercano a eso que algunos llaman "power-pop" y otros lo culminan añadiéndole el comodín más habitual: "power-pop-indie". El caso es que sonaron a La Habitación Roja por las guitarras aunque con menos gancho y vigorosidad, a Deluxe en algunas inflexiones, a Doctor Deseo en los fraseos, a Carlos Tarque en esos pareados de rima consonante y redundante y hasta a algún hype británico al que no conseguimos ponerle cara (o nombre): ¿The Pigeon Detectives? Son músicos con bagaje y destreza que buscan canciones de estribillos pegadizos y con guitarras vivas y dinámicas. Aún no he escuchado su disco completo, pero supongo que ganará con el tiempo y las escuchas. Ayer era muy tarde y había hambre y no fuimos capaces de aguantar hasta el final. Los ruidos del estómago se oían más que la distorsión de sus guitarras y optamos por una huída respetuosa, sin que se notara. He leído por el facebook, que no tengo pero visito en pos de este tipo de información, que acabaron satisfechos con su bautizo frente a la parroquia que les vio nacer y eso me alegra, igual que me alegró ver a mucho veterano cerca aunque a alguno les moviera más la curiosidad que la fraternidad. 
Y con ellos se cerró el North by Northeast y yo me fui para casa. Así de repentino, cierro también esta entrada porque bastante larga me ha quedado ya la chapa y empiezo a cansarme, lo confieso, de tanto texto en primera persona, tanto juicio caprichoso y tanto sinónimo pretencioso. Del rock, en sus distintas mutaciones, no me canso, así que supongo que volveré por aquí para llevarme la contraria y fustigarme un poquito más. 

martes, 16 de julio de 2013

My heart is full of rock



Si no fuera porque la experiencia es un grado y me ha enseñado que los vicios, por mucho que lo intentes evitar, son los vicios y vicios son, que decía el otro, empezaría esta entrada con toda esa verborrea de que nos hacemos mayores y que las resacas duran dos días y tal y tal, que decía un presidente de fútbol ya fallecido. 
Mi rollo es el rock, gritaban Barón Rojo. My heart is full of rock! El mío no debe de serlo. Lo es. Desde la barrera, pero empiezo a caer en barrena y creo que estoy hecho más para el fado que para el punk, la verdad. Este año he perdido más pelo que puntos el euribor y parece que eso no es más que un síntoma de lo que mi cuerpo está intentando comunicarme aunque sea mediante jeroglíficos. 
Si me preguntas qué hice el sábado, no soy capaz de recordártelo con detalle. Al menos, hay partes que no sería capaz de describírtelas con exactitud. Sé que empecé la mañana viendo en concierto a El Columpio Asesino en la Plaza del Arriaga. Sé que, como en otras ocasiones, me quedó la impresión de estar delante de un espectáculo que merece la pena, pagues o sea gratis. Volvió a hacer mucho calor. Volvió a tostarse mi testa y buscamos la sombra, pero ya canten yeah yeah yeah o toros o lo que sea, los navarros siguen siendo un secreto que cada vez empieza a estar peor guardado para alegría del arte musical. 
Todo lo que vino luego lo recuerdo, y recuerdo de pé a pá el concierto de The Brand New Sinclairs, que, en petit comité, se volvieron a currar un concierto mucho más cercano y desinhibido. Resultaron eficaces, como siempre, y me escapé intentando que no se me viera para bajar del Tubo al Cuervo y tiro por que me toca. Dentro del bar debía de estar tocando Putakaska porque yo ni pude acercarme a la puerta. En un momento, conté que había más de sesenta personas merodeando fuera, asomando la cabeza por la ventana o por la puerta, intentando cazar al vuelo una nota, un verso, una cerveza o lo que fuera. Había punks como había punks antes en el parque de Los Hermanos y la experiencia me pareció de lo más respetable. Te puede gustar el punk, el rock, el cante jondo o la jota aragonesa, puedes ser hijo de proletario o de empresario, pero, si te gusta la música, y eres de Barakaldo, deberías reconocer que es fundamental respetar cuál es nuestra tradición, para lo bueno o para lo malo, y Putakaska es parte de esa tradición. Observar cómo gente de todas las edades, gente con mohicana, y con gafas de pasta, y con ropa del hacheyeme, da igual, andaban por allí participando de la fiesta, no deja de ser un reconocimiento de facto a la historia cultural de nuestra localidad, hecha, nunca lo olvidemos, a base de vicio y virtud, de sudor y de lágrimas, de gente de aquí y de allá, de punk y de folclore. 
Me volví luego al origen, porque me había olvidado a mi partenaire, quien permaneció fiel a la música de los antiguos Sinclairs. Nos dio hasta para observar cómo pinchaban y del resto de la noche mejor no me preguntes y corremos un tupido velo, tan tupido como más de veinticuatro horas de domingo que sirven de fundido en negro. 
Hasta hoy, donde hemos vuelto al templo de las pegatinas y los recortes de prensa sobre Zubiaurre para ver en directo a The Erasers. Como lo primero es lo primero y lo primero siempre debería ser confeso, confieso, no sabía quiénes eran The Erasers, aunque nos los había recomendado Javi, y quién es Javi da igual, pero merece la pena fiarse de lo que él te diga. Por si acaso, esta mañana, en el curro, aturdido por el calor y la inercia, hice una búsqueda por internet. Me encontré con un par de vídeos en el youtube que me animaron a aceptar la propuesta. Y no ha defraudado. The Erasers dejan ver sus influencias de lejos: Muse, Coldplay, U2, Foo Fighters, Pearl Jam... Cantan en inglés y el tratamiento de las voces a veces me ha recordado hasta a The Beatles, pero es que yo no tengo ni puta idea. El bajo lo toca el teclados con su teclado y las dos guitarras se enzarzan en una empresa de pedaleras enredadas que crea unas progresiones instrumentales muy épicas pero muy eficaces. El batería repelía cualquier amago de fatiga con un ritmo tajante y cadencioso. Han tenido algún final que recordaba hasta a Led Zeppelin, pero, probablemente, vuelva a ser que yo no me entero de la misa a la media. En resumen, han sorprendido y convencido, con una apuesta instrumental contundente y enérgica, una voz depurada y técnica y, sobre todo, un futuro que promete incluso mucho más de lo que ahora mismo pueden dar. Han sido la mejor noticia del día junto con que parece que a partir de ahora va a funcionar el aire acondicionado del bar. 
Las fiestas siguen, pero yo, por hoy, voy a seguirlas desde mi ventana. En este momento, la malagueña Lamari y sus Chambao deben estar tocando ya en el escenario principal de la Herriko Plaza. Pero yo paro. Pero. Paro. Seguiremos. No hay más remedio. My heart is full of rock y el rock está en los bares de Barakaldo durante esta semana, así que, volveremos, lo dicho, no hay más remedio.

sábado, 13 de julio de 2013

¿Y si no lo repaso y le doy a publicar tal y como está? Total ya, reputación no tengo y pereza me sobra



¿No hay una peli mala de Kevin Spacey que habla de esto? Del efecto mariposa, digo. Todos estamos unidos por un fino hilo. Nuestros actos son las consecuencias de los demás. Como cuando en The Big Bang Theory alguien en un país asiático se puede meter en el ordenador de otro en Pasadena y controlar la electricidad. ¿De qué estaba hablando?
Ni puta idea. 
Son las 11:10 de la mañana. Acabo de desayunar. Acabamos de desayunar mientras escuchábamos a los Tiparrakers con esas guitarras de testura sónica (se me va el verbo, la pinza ya la perdí), voz clásica y ritmo trotón propio de una tradición musical que se remonta a los días en los que el carbón se extraía casi a mano de la montaña. 
Lo del efecto mariposa no es exactamente lo que quería contar. Quería hablar de una suerte de conexión invisible, pero no era física, sino temporal. Ayer el día parecía que no tenía espacios huecos. Todo iba unido como cuando sacas una banda de preservativos de la caja gigante, uno detrás del otro, ceñidos por una banda punteada y adhesiva. Vaya metáforas. Pero eso es lo que quería decir. No tiene otra explicación: empiezas el día viendo a unos veteranos como el Inquilino, comes, echas una siesta, ves el Tour, casi sin enterarte, abres la puerta de El Tubo y te encuentras al bajista de 4 Tragos sin camiseta taponando la entrada, termina el concierto, bajas la calle, ves a los chavales de Makabi en Makauen y Makanudo cuando te quieres dar cuenta casi cierras el Panorama, te has tumbado en la cama y son las 11:14 de la mañana, se ha acabado el disco de Tiparrakers (¡versión de The Angels incluída! ¡Vivan los australianos! ¡Hasta los que corren en San Fermines!), estás duchándote para ir a Bilbao a ver a El Columpio, luego volver a casa y ducharte por segunda vez y regresar al Tubo para ver a The Brand New Sinclairs y a la carrera a Putakaska en El Cuervo y Tupanca en el Rock eta Golak y no sé ya donde ponerle el punto a esta frase ni si aún tengo la oportunidad de parar, volver a atrás y recuperar mi ritmo gastrointenstinal sin necesidad de tomar activia plus. 
Aquí, lo confieso, me he parado, he leído lo que he escrito, lo ha leído también mi compañera de correrías y he buscado en la guía el teléfono del psiquiatra, pero no lo hemos encontrado. Sin embargo, sé que tengo razón, porque ahora mismo, tengo que parar en seco. Tengo (nombre propio, sí, Tengo) es uno de los personajes principales de la novela 1Q84 de Haruki Murakami, pero no quería decir eso (Aomame, te quiero), lo que quería decir es que ya tengo que meterme en la ducha y disfrazarme de tío sobrio que entiende que el día tiene 24 horas y todas ellas bien organizadas para comenzar con mi rutina y mi patético rol de ciudadano mediocre que pasa inadvertido. Y nadie me ha preguntado si me apetece, pero es lo que hay. Hay que comenzar el día en posición vertical, lavarte los dientes, respirar, y así tendré el premio inesperado de que esa concatenación de conciertos de la que os hablaba seguirá funcionando esta noche. Si no, se quiebra. Se parte en dos. Voy a parar. Me ducho. Aquí corremos un tupido velo. Le ponemos dos rombos a la entrada. Me ducho y espero que luego vuelva con más tranquilidad y os cuento con pausa, pero sin mucho detalle, qué pasó ayer y cómo pasó. 
Por cierto, una pareja repelente está enseñando su casa en la tele. Rima. El disco de los Tiparrakers se acabó. ¿Por qué he acabado escuchando a los Tiparrakers esta mañana? Porque tampoco desentona con mi noche, ni desmerece mis desayunos y porque sigue estando la tía en la tele diciendo que su salita es muy rústica e ideal para hacer cenas con los amigüitos superchachis y la música de los Tiparrakers podría ayudarme a despedazarla y olvidarme de que existen palabras como lujo, efecto, sauna y televisión.
Como decía, ayer empezamos forjándonos un futuro y hasta un pasado en la plaza del Arriaga. Los hermanos Real, los Ricardos y un Javi Letamendia que parecía que en lugar de tocarla se protegía de ella (la batería, digo, aunque estoy hablando de cómo gesticula, no de lo bien qué toca el cabrón) subidos al escenario y recuperando una música que empezó en 1993. Igual que Los Dalton, pero muy diferente a Los Dalton, el fin de semana que viene. El Inquilino Comunista sobrevivió al sol. Nosotros, no. Tuvimos que huír, buscar la sombra, la cerveza, y regresar solo para el bis. Si llegamos a permanecer ahí yo me derrito como un ninot. El calor, is fucking hot, así lo cantaron ellos, fue el protagonista, junto con ese revivalismo guitarrero tan de Boston y la presencia de muchos festivaleros que no sabían el diluvio que les acechaba horas después. 
Y horas después de este primer concierto, después de usar la barik, preparar una ensalada, observar como Saxo Bank le tapizaba el culotte a Sky, quedarme dormido, escuchar a Tengo y Aomame, ducharme (parece que me paso el día duchándome, lo que no queda muy rockero ni muy viril), mantener una conversación con nuestro enviado especial al BBK Live (promete crónica apostólica en unos días) y elegir la ropa más colorida (habemus jaiak) del armario, nos encontramos otra vez escuchando decibelios salir de robustos amplificadores. 
Aparecimos por el Tubo dispuestos a estrenar las fiestas como se merecen, celebrando la oferta musical alternativa de las fiestas. Horas antes, habíamos hecho una búsqueda en el youtube para ver qué significaba 4 Tragos. No defraudaron. Lo que vimos en casa es lo que nos encontramos en el bar, quizás más primitivo y urgente, pero lo mismo. Lo que no me esperaba era escuchar de nuevo a Los Flying Rebollos en directo. Fue como un viaje al centro de mi infancia apocalíptica. Me recordaron a los tiempos en los que mis colegas se alquilaban un local, soñaban con tocar en Donington y los que no teníamos ningún arte ni conocimiento los jaleábamos como si fueran (lo eran) estrellas del rock. No estoy diciendo que 4 Tragos no tengan ni arte ni conocimiento, solo decía que me invadió una nostalgia imberbe y patética al ver que había pogo en El Tubo, que sus colegas se sabían sus letras y que aún hay gente que sigue pensando que el secreto de la vida reside en el interior de una guitarra. Mucho calor. Mucho olor a sobaco masculino. Mucha cerveza. Y un buen comienzo de fiestas con rock and roll del de factura clásica.
Clásico. Ya me he cansado. No puedo seguir relatándoos cómo continuó la noche. No. Porque la vida es como las líneas de pintura blanca sobre una carretera comarcal. No para. Y ya estoy duchado (sí), calzado y capado, dispuesto a bajar al metro para ver a los navarros que asesinan en el parque infantil y disfrutar sin resistirme de la inercia musical de las fiestas patronales. Víctima y verdugo en un solo impulso.

Posdata: la foto la he encontrado en el google imágenes y las faltas de ortografía no tengo fuerzas de corregirlas. 

jueves, 11 de julio de 2013

Updating Info: But Gigs in Bars Still On!!!

Desde que escribí la entrada sobre los próximos conciertos, ha habido algunos cambios que dejo aquí por escrito. 
1) Los conciertos gratuitos del BBK Live 2013 se trasladaron del Mercado de La Ribera a la plaza del Arriaga. Algunos ya lo habréis averiguado si asististeis a los de La Bien Querida o Dorian. El concierto sorpresa ha sido hoy mismo y la sorpresa eran los The Cureheads, banda que tributa homenaje al grupo que lidera Robert Smith. Aún quedan dos oportunidades, el Inquilino Comunista mañana, donde Fiasco Fiasco! intentará enviar cobertura mediática, y El Columpio Asesino el sábado.
2) Pocos días después de publicar mi agenda de conciertos durante fiestas, me enteré de que la sala Edaska también había organizado su propio programa de conciertos. Siento mucho el desliz, y lo corrijo ahora mismo: el viernes 19 dos grupos barakaldeses se subirán a la curtida tarima de la sala, Rojo Nieve, quienes recientemente, al parecer entre bromas, se definían como "rock refinado" en una entrevista en la que presentaban su recién estrenado primer disco; y Rumble Fish, grupo encabezado por una frontwoman con muchas tablas y que llevan en su nombre un guiño no sé muy bien si al cine de Coppola o a las novelas de Hinton (digresión: me leí Rebeldes siendo tan ñajo que aún es ver la portada y se me excita el nervio subversivo más inocente). Al día siguiente, sábado 20, será la oportunidad de Azken Gaua y Los Guilty's. Los primeros son una banda de pop-punk de Barakaldo y los segundos de pop-rock. La verdad es que uso lo de pop como comodín, porque tengo que confesar que no los conozco. Espero que eso cambie el próximo sábado o cuando sea. 
3) Según me han chivado, algún tipo de accidente doméstico ha obligado a Los Kalavera a suspender el concierto que tenían programado este próximo sábado en El Tubo. Eso sí, seguirá habiendo espectáculo musical. En su lugar, actuará Niño Feriante en la sesión vermú. 
4) Por último, que tampoco lo comenté en su momento, el omnipresente Álvaro Matilla reúne un buen puñado de fotografías rockeras que pueden verse expuestas en el Gazte Bulegoa de la calle San Juan durante todo el mes de Julio. 
5) A todos aquellos que estéis ya arriba, que estéis subiendo, o que vayáis a subir, os deseo con todo ahínco que disfrutéis de la música, las verdes praderas de Kobetas y los katxis a precio de oro líquido aun cuando, en lo más hondo de mi corazón, os tengo una envidia tan poco sana que raya con la tirria más rencorosa. Pero me domino y no me dejo gobernar: en serio, echaros crema en el cogote y ¡a bailar!
6) No me apetece hacer una entrada entera porque ayer me pusiera a escuchar un grupo de música en blanco y negro y ahora me apetezca compartir una canción, así que la comparto ahora y colofón colofón esta entrada se ha acabado:




lunes, 8 de julio de 2013

Las bicicletas son para el verano... y para los más rockeros



Ya se hicieron famosos con el vídeo musical que se curraron imitando a Carly Rae Jepsen con su éxito "Call Me Maybe", pero ahora, los corredores del Orica Greenedge han hecho lo que parecía imposible: superarse. Quizás éste sea el secreto de su gran Tour de Francia, porque, por lo que se ve en el vídeo, tienen un buen rollo que da envidia y un arte que supongo que les dará fuerzas para pedalear. 
Esta vez, se dejan de éxitos comerciales de última generación, y se montan una auténtica ópera rock con un clásico de su país, de la que ellos mismos califican al comienzo del vídeo como "la mejor banda de rock del mundo". La canción es "You Shook Me All Night Long" y los corredores del equipo australiano demuestran un sentido del humor que debería otorgarles ya, de antemano, uno de esos leones que regala el tour, con los dedos cornudos, al equipo más rockero del pelotón. Ver a Eddy Merckx pegándose un punteo con una guitarra de plástico, impagable. La colaboración de Phillippe Gilbert, también impagable. 
Sabíamos que Bradley Wiggins es un mod confeso y que a Igor Antón le gusta el metal más extremo, pero lo de esta banda de ciclistas rockero uniendo pedales de bici y de distorsión no se lo podía esperar nadie. Grandes. 
Disfrutad:


Tabernak jaietan



Ya estamos metidos en plena vorágine de conciertos veraniegos, fiestas patronales, festivales en crisis y jazz en las plazas del pueblo. Incluso, hasta ha llegado el calor. Por aquí, la cosa se acelera. Pasado el Azkena, vuelve el BBK Live, donde, por cierto, creo que, en esta edición, no habrá enviado especial de Fiasco Fiasco! a las campas de Kobetamendi. Pero no se acaba el mundo ahí, ni, por supuesto, la música. Ese mismo festival ha organizado una serie de conciertos gratuitos abajo, en la ciudad, y cualquiera que lo quiera, puede asomarse y disfrutar. Incluídos dentro de un programa más amplio que recoge diferentes actividades (exposiciones, proyecciones) relacionadas con el festival o con su organización, los conciertos gratuitos se celebrarán en el Mercado de la Ribera, donde Sebastian Vettel compró queso y jamón para todo el año, en dos horarios distintos. El primer concierto tendrá a La Bien Querida como protagonista este próximo miércoles 10 de Julio a las 20:00 horas. El jueves a las 13:00 aparecerá en el mismo espacio Dorian, y al día siguiente, en el mismo sitio y a la misma hora, le tomará el relevo El Inquilino Comunista. El sábado cerrarán esta programación los navarros de El Columpio Asesino con otra sesión a la hora del vermú. Para más emoción, los organizadores anuncian una actuación sorpresa para el jueves a las 13:00 en la Gran Vía bilbaína, junto a la sala BBK. Si no sabes dónde está, pregunta por la Diputación, y a pocos metros de allí te lo encontrarás. 

Al mismo tiempo, y a un nivel más modesto, el viernes 12, fuera de la programación oficial, darán comienzo las fiestas patronales de la anteiglesia de Barakaldo, núcleo urbano a pocos minutos en metro del centro de Bilbao. El sábado se dará inicio al cotarro, pero un día antes, las txoznas (supongo que todos sabemos de lo que hablamos, si no, son esos tinglados recogidos y acogedores donde se escucha música diversa, desde el reggeaton hasta la barbacoa pasando por el rock radikal vasco, y se bebe al por mayor), abrirán con antelación para ir dándole brío al verano. 

Como en casi todo programa de fiestas patronales, junto a la oferta de concursos gastronómicos, deporte rural y fuegos artificiales, también hay sugerencias musicales. En el cartel oficial, este año, se ha reducido la propuesta, pero aún así, sigue habiendo espacio para un poquito (aunque sea muy poquito) de todo. 

Según el programa de fiestas, habrá dos localizaciones para los conciertos. Unos, en la Herriko Plaza, que, como su propio nombre indica, vendría a ser la plaza del pueblo. Los conciertos comenzarán con un concierto de tributo a Queen el sábado 13 de julio a las 23:30. El lunes 15, Chambao se subirá al mismo escenario y a la misma hora. Korrontzi & Oinkari lo harán una hora antes el Martes 16. Al día siguiente, y a eso de las 22:00 será la oportunidad de ver en directo a dos bandas de la localidad en pleno auge aunque con un largo bagaje detrás. Primero, los Brand New Sinclairs que, con batería nuevo, siguen haciendo de su mezcla de estilos, del R&B al garaje pasando por el soul más bailable, una apuesta personal. Junto a ellos, se estrenará El Capitán Elefante, regreso a la música, si es que se había ido, que no lo sé, de Javier Marcos, antiguo miembro de Arde Asia. Guitarras power-pop y estribillos que han reunido en un disco, Nuevas Coordenadas, que está recibiendo buenas críticas. El Jueves 18 a las 22:00 horas será el turno de el folk de Ruaille Buaille y el flamenco-pop de Vembrulé. La oferta en la Herriko Plaza la cerrarán The Groovies el sábado 20 a las 23:00 horas con su espectáculo de versiones de los 70 y los 80 que traerán a Barakaldo a John Paul Young, Huey Lewis & The News, Bee Gees, The Trammps, Kool and the Gang y tantos otros. Solo habrá un par de conciertos en el otro escenario que aparece en el programa oficial. Y ambos ocurrirán durante el segundo fin de semana del festival. El viernes 19, a las 22:30, un histórico de la música local, Distorsión, tocará en el escenario del frontón de Lasesarre. Josu ya estuvo en el mismo sitio el año pasado con el Lobo de Armañón, pero ahora regresa con el grupo que le dio apellido y con la intención de grabar un dvd y contar, para ello, con la colaboración de otros grupos históricos de la ciudad como Parabellum, Putakaska o Porco Bravo. Al día siguiente, unos clásicos de las fiestas de pueblo y las noches de pogo, Soziedad Alkoholika subirán al mismo escenario sobre las 22:00 horas.

Si la oferta oficial no te complace o no te llena, no te preocupes, porque, como viene siendo tradición desde hace unos años, los bares de Barakaldo han organizado una larga y diversa oferta de conciertos para que nadie se quede con ganas de música. Aunque haya habido bajas, ya no está con nosotros el Victoria y aunque lo están arreglando, me huelo que el Mellid ya no irá del mismo palo (igual me equivoco), aún quedan "inconscientes atrevidos" que nos alimentan las ganas de fiesta y de música en directo. 

 Por lo que yo he podido averiguar, el que sigue podría ser un resumen de la oferta, que, esta vez, haré esquemática y rápida, y al que le interese, que se preocupe de averiguar más. Si no he puesto todo lo que hay, y alguien tiene el extraño interés de aparecer aquí, cualquier propina o error que se quiera añadir o corregir, será bienvenida.  

En el Rock eta Golak (en el estadio municipal de Lasesarre, sede social del Barakaldo CF), además de paelladas y campeonatos de ping-pong tocarán los siguientes grupos: Tupanca Corral, a las 21:30 del Sábado 13 de Julio. Karretera Agropekuaria y Los Roñas, al unísono el Domingo 14 de Julio a las 20:30. Dr. Maha's Miracle Tonic en horario de vermú, a las 12:00 del Miércoles 17 de Julio. De postre, y vaya postre, mejor incluso que el de la casa, se anuncia el regreso de los históricos rockeros de los noventa, Los Dalton, a las 21:30 del Sábado 20.

Más intensa es la oferta de unos habituales de los conciertos en crudo, el Pub El Tubo (en un rincón del parque de Los Hermanos, cerca de la Escuela Oficial de Idiomas). Su oferta, y para no hacer esto aún más extenso, lo hago en telegrama será: 4 Tragos, 20:00 Viernes 12. Los Kalavera, 13:40 Sábado 13. Brand New Sinclairs, 20:00 Sábado 13. El mal del Pan, 13:00 Domingo 14. Represión, 20:00 Domingo 14. The Erasers, 20:00 Lunes 15. Bugatti, 20:00 Martes 16. Toni Metralla y los antibalas, 20:00 Miércoles 17. Derringers, 20:00 Jueves 18. Los Vibradores y 28 Eskupitajos de Semen, 13:00 Sábado 20. Miopía, 20:00 Sábado 20. Resabiados, 13:00 Domingo 21. Lapidación Laser, 20:00 Domingo 21.

Por último, otro que también tiene tradición en esto, el Bar El Cuervo (esquina Juan de Garay con La Felicidad) presenta un programa de cinco puntas. Abrirán otros históricos de la ciudad (vaya fiestas, Putakaska, Distorsión, Pleonakis Plektos y Los Dalton sobre el escenario, ni que hubieran inventado la máquina del tiempo) Putakaska, a eso de las 21:00 del Sábado 13. El jueves 18, actuará Solitary Man a las 20:00, y una hora y media después, lo harán Los Calavera (¿con K con C?, son los mismos, no lo son. La verdad es que me temo que no lo sé). El poeta y cantautor José Blanco actuará el Miércoles 17 de Julio. Finalmente, Meibi y los vietnamitas blancos subirán a la tarima del bar de Juan de Garay a eso de las 21:00 del Sábado 20.

Por supuesto, y con esto ya termino, algunas txoznas también propondrán un programa alternativo. La txozna Makauen tiene una larga oferta de actividades y, por ahí, también habrá algún concierto, además de varias sesiones de djs. En concreto, creo el viernes 12 actuarán a las 23:00 horas Makabi, el día siguiente y a la misma hora 28 Liztukada (que también actuán en El Tubo pero con un nombre distinto, el verdadero, en realidad) y Lagunak. El jueves 18 será el turno de Izargi a la misma hora que los anteriores. También en lo que llaman La Gran L, una txozna que se estrena este año, habrá una larga lista de actividades culturales que incluyen teatro y proyecciones audiovisuales, pero que incluye también los siguientes conciertos: Los Trotamusicos, a las 20:00 horas del Sábado 13. Iratxe Mugire & Eunate Vilches, el Lunes 15 a las 21:00 horas. Pleonakis Plektos, a las 21:30, el Martes 16. Dr. Maha's Miracle Tonic, haciendo doblete porque al mediodía estarán en el Rock eta Golak, Miércoles 17 a las 21:00 horas. Y, por último, Last Fair Deal, quienes actuarán el Jueves 18 a las 21:30.

Ahora voy a encargarme de poner los nombres de todos los grupos en negrita, lo que va a ser un coñazo, y doy por terminada mi labor recopilatoria e informativa, lo que no ha dejado de ser un coñazo. Espero que, por lo menos, haya una sola persona a la que le resulte interesante o haya descubierto algo nuevo. Yo, por mi parte, me voy a bajar a tomar un café y fumar un filtro. Nos veremos en los bares escuchando música. 


viernes, 5 de julio de 2013

Conciertos en día laborable: Gil Rose



Pronúncialo como si estuvieras acatarrado porque el tío es francés. Vive en Ginebra, donde todo el mundo es rico, como explicó él mismo con mucho humor: naces, y, pum, ya eres rico. Eso sí, le robaron el chiste cuando alguien desde el público le gritó con ironía y en inglés: "just like you". Y no le estaban pidiendo que cantara una versión de la canción de Three Days Grace. 
Gil Rose se vino desde Suiza con su guitarra para tocar ante una veintena de personas en el pub de Barakaldo que resiste a modas y tendencias, El Tubo, y así servir de anticipo de lo que nos sobreviene durante estas fiestas patronales (dejo esto para mi próxima entrada). Tocó solo, sin inmutarse, mirando el reloj un par de veces, haciendo que su guitarra sirviera también de bajo y la tarima de percusión. Cantó en francés, en inglés, y a la mitad de su repertorio, se le unió Manu de Los Tupper que andaba por allí sirviéndole de anfitrión. Pidió perdón un par de veces por lo repentino de este dueto, pero no sonaron mal. Intentó amenizar a la parroquia versioneando el "I'd Rather Be with the Boys" de los Rolling Stones, pero funcionó mejor la que siempre se toca de The Sonics y, por supuesto, el ardor final con su alocada versión de "La Bamba", aunque yo creo que a esas alturas agitaba ya más la cerveza que la melodía. 
¿Más? Cervezas, conversaciones, el rumor de la conciencia, y una retirada a tiempo porque este crapulismo musical va a acabar con mi salud. Rose estará mañana en Santander, en La Botica, por si queréis ir, y después digo yo que se volverá a Ginebra o irá a donde quiera. Que en el diminuto universo de la profesión de Justin Bieber (The Bieberization of America), aún puedas ser testigo de que existe gente que se pasea por Europa con su guitarra para tocar en garitos con cinco fans incondicionales, diez curiosos y un puñado de desorientados, te alegra el día (o la noche), cierto.

jueves, 4 de julio de 2013

Conciertos en día laborable: The Delta Saints



Me he hecho unas cuantas promesas antes de ponerme a escribir sobre el concierto de ayer noche, y espero cumplirlas. Espero, además, que no se adivinen. Ayer también prometí algo, y lo cumplí, y parecía más complicado hacerlo. No bebí. Solo un par de coca colas. Y eso que tanto oír a Ben Ringel hablar (y cantar) sobre pillarse pedos y estar de resaca, no hacía más que darme una sed etílica que conseguí resistir. Si pude con eso, podré con lo de hoy, digo yo. 
Todo empezó, dejadme que digresione que por eso no se copaga, cuando conducía de vuelta del curro y venía escuchando la radio. Estaban entrevistando a un Ben Ringel que parecía cómodo y afanoso, a todo decía que sí y se explayaba en las respuestas, en un programa de Radio Euskadi. Me entraron aún más ganas de ir a verlos por segunda vez, y fuimos. Bajo la lluvia, lentos por el denso tráfico, aprovechando la ocasión para ser testigos de cómo el arco de San Mamés permanecía exánime sobre la cancha como si se tratara de un estimado godzilla que acababa de ser abatido. 
Como he dicho, no era la primera vez que los veía. Como ellos se encargaron de recordar varias veces, no han sido dos si no tres las ocasiones en las que han visitado la capital que ya no tiene arco en su perfil. La primera vez, en el Balcón de la Lola, no sé por qué, pero no los vi, aunque recuerdo haber visto el cartel y haberle dicho a alguien que ese concierto podía merecer la pena. Hubo que esperar un poco más y verlos cuando volvieron, hace un par de años, creo, y sin disco aún, al Kafe Antzoki, el mismo teatro en el que tocaron ayer. 
Hubo muchas diferencias entre aquel concierto y el de ayer, aunque la satisfacción final fue parecida. Esta vez, The Delta Saints se presentaron con teclados, con un Nate Kremer que lo bordó apaleando un Nord Electro 3 con estruendo de hammond, sin harmónica, y con un Ben Ringel todo el rato de pie, abandonando su aspecto de apuesto y bisoño bluesman, vestido con menos elegancia y con tirantes y, si cabe, con más actitud y resolución. Iba a decir pegada en lugar de resolución, pero no lo he hecho para hacerlo ahora, en otra frase, y así aprovechar para hacerme el gracioso y comentar que la pegada la tuvo algún personaje del público, porque, ante la sorpresa del resto del respetable, y sobre todo de la banda (Ben Ringel pasó de las risas al asombro y de ahí a la reprobación en cuestión de segundos) alguien se zurró con alguien, la platea se convirtió en un enorme pogo asustado, y finalmente se encargaron de que los púgiles abandonaran el concierto ante el abucheo de la gente y el desconcierto compartido. Yo, como creo que muchos allí, no había visto eso en mi vida, aunque sé que, como las meigas, existir existen. Digresión: recuerdo muchas broncas, pero en otro tipo de concierto, y una bronca en particular, mucho más pequeña y humilde, en un concierto de Lagartija Nick en un barrio barakaldés, pero, ésa la recuerdo porque me tocó participar, aunque solo fuera para molestar. 
Volviendo a la harina y rebozando ya esta crónica, los The Delta Saints siguieron su concierto con el mismo aliento después de aquella interrupción, que no fue la única, porque Ben Rigel tuvo que alargar un descanso entre canciones al hacer añicos su slide, y Dylan Fitch tuvo muchos problemas con el tahalí de su epiphone. Dio la sensación de que esos dos problemas no fueron más que un fiel reflejo de la intensidad y la potencia con la que tocaron. Ringel tocaba, en ocasiones, su dobro como si fuera un dobro, sacándole dulces punteos de la parte baja del mástil, pero, en otras ocasiones, parecía que estaba intentando cortarse las venas o arrancar el motor de la barca con la que Robert Carlyle escapa de los zombies. Dylan Fitch cambiaba de la epiphone a la gibson les paul con sigilo pero seguía aprovechando los claros en la espesura armónica del delta para regalarnos punteos que azuzaban hasta a los espíritus condenados. Ben Azzi golpeaba los timbales para partirlos en dos y los platillos sonaban a pistones de coche. Nate Kremer, encaramado en su púlpito, ganó mucho más protagonismo del que se podía esperar. Y, finalmente, David Supica siempre consigue que, aunque parezca mentira, se muevan más sus dedos y sus pies que sus extensiones. Lo podría haber resumido en una sola frase: hacía tiempo (no tanto, pero debo abusar de la licencia para darle más ímpetu) que no me encontraba con un grupo que tocara con todo su cuerpo. Tocan con las manos, con la pelvis, con los dientes, con el pelo y hasta, si se me permite el ramalazo chovinista, con los huevos. Dan la sensación de que es tan evidente que ahora no es la época de ver en directo a Smashing Pumpkins como de que es el momento preciso para verles a ellos. Aún, se augura, les quedará recorrido por delante (y no dejo de pensar en cómo serán capaces de abrazar los cuarenta y dejar de escribir sobre tías que te rompen la patata y domingos con el clavo en la sien), pero la disposición, la coordinación, la solidez y la frescura que destilan invita a pensar que ahora es un momento pintiparado para ver a esta banda en directo, ya sea en el Antzoki, en un garito de Treme o en un festival británico. 
Como me dijo alguien el otro día, precisamente, y espero que me lo permita, el mismo tío que se curró un cartel cojonudo para este tercer concierto de los The Delta Saints en Bilbao (y que me he permitido utilizar para iluminar esta entrada), los cinco de Nashville no han inventado nada, pero lo que hacen suena bien. Ayer, sonó como suenan los grupos cuando sales sudado de la sala, te revienta el eco de las canciones en la cabeza y te tientan las ganas de utilizar expresiones soeces para recalcar tu entusiasmo. Las muecas de Ringel (a mí me recordaba a los dibujos de Campeones, con su boca torcida que parece que se le acaba el carrillo), la sonrisa infecciosa de Azzi (acabó confundido entre el público autograbándose en vídeo), los ojos inocentes de Supica (al final del concierto, andaba fuera del local intentando abrir puertas que estaban cerradas con una sonrisa complacida), la postura galante de Fitch (punteó aguantándose la guitarra con la muslera) y la mímica gozosa de Kremer (si le llegan a dejar se toca "Hammerklavier" con la punta de la nariz) se conjugan de una manera tan mágica, natural y contundente como los espacios, los tiempos y los gustos que mezclan en un mejunje que se convierte en brebaje y, al final, hasta las coca-colas te suben. Te digo yo que sí.
Me enseñaron que un poco más tarde colgaron una foto en su facebook con una botella de Four Roses en el medio que usaron para despedir la noche. Mejor que el kalimotxo, supongo, que gracias a Eileen Jewell y al turismo gastronómico de las bandas de rock se va a acabar convirtiendo, si no lo es ya, en la marca registrada de esta tierra. Y tampoco estaría mal. Hoy, que creo que va a haber otro concierto en día laborable, paso de coca-colas a palo, pa'lo bueno o pa'lo malo, que me las manchen con vino. Eso sí, brindaré por el concierto de ayer porque, si me apuras, y me azuzas para que me ponga magnífico, te diré que fue de esos que luego alguien empieza a recordarlos mentando la fecha exacta y hasta el contexto histórico para que quede bien claro qué puto pedazo de concierto fue el de ayer. 

miércoles, 3 de julio de 2013

Callier, Orton y compañía

Ayer me puse un poco moñas y empecé a buscar canciones en el youtube. Recordé un nombre y recuperé una canción. Es de 1997 y pertenece al ep Best Bit de la británica Beth Orton. No sé cómo la descubrí en su momento, pero la voz de Terry Callier, que acompaña a Orton en esta canción, me atrapó como se atrapan mariposas en una red. 
Hacía tiempo que no la escuchaba y tanto o más que no recordaba la historia de Terrence O. Callier. Hace poco tiempo, me acordé de él mientras veía la película francesa de los Intocables porque su You Goin' Miss Your Candyman andaba por allí. Quizás, un día, encuentre el tiempo necesario para repasar la vida y la discografía de un tío que abandonó la música cuando consiguió la custodia de su hija, encontró otro porvenir en la universidad de Illinois, y fue despedido de la misma cuando se descubrió su doble vida como músico al ganar el reconocimiento de las Naciones Unidas por su contribución al espíritu pacifista en el disco de 1998 Time Peace.
Por ahora, nos quedamos con esta canción que paz me da, y algo de nostalgia, y, sobre todo, muchas ganas de cerrar los ojos, arrugar el entrecejo y ponerme a destrozar el idioma de Shakespeare: