sábado, 24 de agosto de 2013

La gran ballena blanca y los camioneros del riff



Después de perdernos a Guadalupe Plata, a Dead Bronco, a Josh Rouse, a The Brand New Sinclairs, a Willis Drummond, a Belako, el pasacalles del Dr. Maha y no sé cuántas cosas más, ver el concierto de The Riff Truckers y Moby Dick & Band era una cuestión terapéutica. Si no fuera porque no hubo colas, hubiera dicho que mientras la hacíamos para comprar las entradas, me sentía como si estuviera esperando mi gragea de metadona. 
Por la mañana (ya que me he puesto en evidencia muchas veces antes, por qué no seguir haciéndolo) me permití el lujo de fustigarme los gemelos corriendo seis kilómetros por la orilla de la ría, mientras los turistas se sacaban fotos bajo el vientre de la araña, las parejas de enamorados se magreaban en los bancos, los que lo estuvieron hace años se comían sus helados, y un par de miles de tíos y tías en pantalón corto o con mallas sudábamos por el simple placer de hacerlo. Sí, a mí, a veces, también me cuesta encontrarle el sentido, pero me sentí, si se me permite, de puta madre por la tarde, después de soltar endorfinas y superar mi pereza y el virus estomacal que me había jodido el plan de conciertos de la Aste Nagusia. 
Así que allí estábamos los dos, sentados en los peldaños del escenario del Antzokia de Bilbao, bebiéndonos nuestras primeras cervezas, observando la herencia de la gente en el desgaste de la tarima y sin saber muy bien qué iba a venir después. Ella pensaba en lo que pensase y yo andaba más preocupado del fútbol que del sexo de los ángeles. Volvimos al exterior porque hay que respetar la ley anti-tabaco, y cuando volvimos, Eneko Burzako ya estaba en el escenario, bien arropado; entre las sombras se advertía la presencia de unas cuantas espaldas atentas, y se respiraba un sensato ambiente de satisfacción expectante. 
Encontramos un rincón, abrimos la boca, y la cerramos más o menos cuando terminó. Telecasters, estratocasters, teclados, violonchelo, percusión variada, coros de Ainara Legardón, talentosos silbidos y yo qué sé qué más. Todo para engalanar la guitarra acústica de un cantante que, en euskera y castellano, repitió varias veces que había estado afónico toda la semana, aún seguía renqueante y habían estado tentados de suspender el concierto. Bendita afonía. Luego le dije a ella que aquello sonaba a cuando eras estudiante y salías de un examen con la boca chica poniendo cara de plomizo y arrugando el morro para luego aprobar con nota. No es que dude de la veracidad de la enfermedad, pero si ayer estaba afónico, cuando no lo esté, me va a temblar hasta el tuétano cuando le oiga cantar. 
Eneko Burzako suena a muchas cosas que supongo que le habrán servido de inspiración y escuela. Yo, que no tengo tanta, me acordé de Micah P. Hinson, de Nick Cave (fácil, versioneó "The Mercy Seat"), del Eddie Vedder de Into the Wild y de alguno más. Con una banda que aceptaba el segundo plano y lo revertía con talento, Burzako comenzaba las canciones con su acústica y mucha frugalidad, y las terminaban con una tempestad eléctrica. Todos estaban sentados, afinados (a pesar de los problemas con los comercios musicales locales), acompasados y muy bien ensamblados. Todo articulado para funcionar: un coro breve, un redoble percutido, un riff sutil, todo bien enlazado y soldado. Todo.
En líneas generales, una sorpresa tan agradable como las que te aguardaban en las piñatas cuando eras un ñajo. MobyDick promete mucho más de lo que se las prometía el capitán Ahab. Habrá que seguirle la pista con la misma testarudez con la que perseguía el Pequod al cachalote. 
Ya convertidos en trío, nos pusimos en primera fila para ver en directo cómo se le inflaman los mofletes al cantante de The Riff Truckers. Y he dicho esto para que su enrojecimiento facial sirva de evidencia, porque los de Gernika empezaron el concierto a un ritmo endiablado y lo terminaron igual, sin un solo segundo de descanso, ni para beber whisky ni para beber patxarán, ni para tomar aliento. Para que te hagas una idea, imagínate que Usain Bolt gana la maratón con el mismo ritmo por kilómetro que normalmente consigue en solo cien metros. 
Ya hablé de ellos hace un par de entradas, y lo que dije multiplícalo por dos y acorázalo con un betún de metal. Su rock de raíces, su tendencia sureña, su deje fronterizo se amanceba con el metal y les confiere una singularidad de gran valor. Si el cantante se acalora y los demás sudan es porque, sobre el escenario, no se conceden tregua y demuestran la rotundidad de sus canciones al convertirlas en auténticas invitaciones al delirio y el deleite, que no son sustantivos muy rockeros, pero yo por la mañana practico el running y por la tarde pongo cuernos, así que no soy de fiar. Debieron terminar con su versión del "Born to Be Wild" porque para entonces ya aullábamos todos como lobos esteparios. 
Vamos, que si llegamos buscando metadona musical, nos marchamos con sobredosis y aunque la sesión no consiguió aliviarme el remordimiento de los conciertos perdidos, bendita sea la droga del rock and roll.
 

viernes, 9 de agosto de 2013

Historias (ligeramente) musicales de Nueva York: Sábado 3 de Agosto de 2013



No tengo el talento de David Foster Wallace, así que no voy a intentar a hacer literatura aprovechando mis vacaciones, pero sí me apetece, ahora que han pasado unos cuantos días, compartir uno en concreto. 
Os voy a contar un secreto que, a alguno, le parecerá irrelevante, a otros, pretencioso, y a pocos, gracioso. Estoy escondido bajo la sombra de una hilera de chaparrales, tumbado en una hamaca, tecleando en el ordenador mientras veo como un turista refulge bajo el sol del Mojave: piernas blancas, bañador rojo, torso lechoso y la cabeza más roja que un tomate raf. La piscina brilla como un pilón de purpurina azul y solo se escucha el chapoteo y las risas de los niños. Al fondo, una pendiente de cristal oscuro termina en una punta argéntica. Es nuestro hotel, el Luxor, al sur del bulevar de Las Vegas, más conocido como el Strip, o la franja, una herida abierta de seis kilómetros y medio donde se agolpan algunos de los hoteles más grandes (más ridículamente grandes, temáticos y fastuosos) del mundo. Un paraíso del vicio, el ocio familiar, la amalgama superficial de culturas, la estrategia comercial, las perversiones insaciables del ser humano y la arquitectura monumental más efectista. Todo en medio de un desierto que parece permitir este superfluo milagro por curiosidad o compasión. No estoy en la postura más adecuada para escribir en pasado, ni física (la espalda se me pega a la arpillera de la hamaca y el ordenador se me clava en el esternón), ni mental (la molicie me abrasa el cerebro y Las Vegas es como un polo magnético que repudia el pasado y el futuro, solo atrapa un presente acuciante que debe dedicarse en exclusiva a saciar las necesidades más básicas y disolutas). 
Un ejemplo de lo espeso y reticente que estoy: reticente, disoluta, amalgama, argéntica. Si sigo usando palabras que me darían muchos puntos en el scrabble pero que tengo que buscar en el diccionario, señal de que me estoy haciendo el remolón. Por eso he pensado que es mejor viajar en el tiempo: montarnos en el Delorean y escribir la fecha del 3 de Agosto de 2013. Aquel día, aunque hacía mucha humedad, la temperatura era más fresca, las vistas más urbanas, mi mente estaba activada y sucedieron cosas que, aunque ligeramente, guardan mayor relación con este blog. La música en el Strip de Las Vegas también tiene su espacio, y lo tiene en consonancia con el espíritu de este lugar: conciertos de Celine Dion y Elton John, llaman a Britney Spears leyenda, pasas de largo por el restaurante de Toby Keith, el MGM engalana su fachada con las fotos de Calvin Harris y Tiesto, el Circo del Sol organiza un musical sobre los Beatles y en el Las Vegas Hotel & Casino, gente como Paul Shortino de Quiet Riot, Tracii Guns de Guns'n'Roses, Andrew Freeman de The Offspring o Howard Leese de Bad Company trabajan en un musical que recorre toda la historia del rock clásico. Demasiado artificio y grandilocuencia para este blog, así que el Delorean ya está en marcha y volvemos atrás: 3 de Agosto de 2013, de oeste a este, nos vemos en New York, con la condición de que te creas que si el punk no ha muerto, es porque la energía ni se crea ni se destruye, pero se transforma, y puede transformarse en algo completamente distinto. 
Decían los informativos que el sábado iba a hacer malo en la ciudad que enmarcan dos ríos y divide un gran parque, así que habíamos decidido dedicar nuestra aventura turística al descubrimiento cubierto de los museos que menos nos negábamos a visitar. Aún así, no nos dejamos acoquinar por la fina lluvia y al cobijo de nuestro paraguas pistacho nos acercamos hasta Central Park para bajar en paralelo hasta el edificio Dakota. Construido hace más de doscientos años, y aunque ahora lo escolten otros bloques de más altura, sus inquietantes piñones y el color de terracota le da un aspecto fúnebre e inquietante que magnifica la historia de unos apartamentos donde aún vive Yoko Ono y donde, en su día, vivió con ella John Lennon antes de que lo mataran justo a la entrada. Cuando llegamos era temprano, y aún no lo habían hecho miles de turistas, muchos con sus camisetas del grupo de Liverpool, que parecen acudir a la esquina de la 72 con espíritu luctuoso. Rudolf Nuréyev también vivió ahí. Y Leonard Bernstein, y Roberta Flack, e Ian MacDonald o Bob Crewe. Todos ellos han bailado, han compuesto o han cantado canciones, pero a ninguno de ellos les disparó cinco veces y por la espalda un Mark David Chapman que, según cuentan, llevaba en el bolsillo una copia de El Guardián entre el centeno. Chapman eligió a Lennon y Lennon ha acabado por apoderarse de esa esquina del Upper West Side. Su mujer, tiempo después, esparció sus cenizas en un pequeño recodo de Central Park y ahí nos dirigimos bajo la lluvia. En lo que hoy se llama Strawberry Fields, un grupo de turistas italianos pisaba el círculo de zócalo con la palabra "imagine" grabado en su centro y que sirve de homenaje al fallecido Beatle. No nos detuvimos mucho, no sentimos, al menos yo no, y creo que ella tampoco, ninguna iluminación ni inspiración especial, pero el peso sentimental que la música puede crear en el individuo y en el colectivo parece quedar estampado en esa sinuosa senda de Central Park. 
Con todo esto, y lo que yo le había propuesto hacer más tarde, se barruntaba que aquel sábado se podía convertir en nuestra experiencia musical de la ciudad, aunque no hubiera música en directo. Y así fue. Cruzamos el parque hacia el este en busca del Metropolitan sin que nos imagináramos que aquella visita también podía tener un matiz musical, pero acabó teniéndolo. No lo sabíamos, pero, en una de las plantas, el museo había organizado una exposición temporal, cuyo título no recuerdo, que intentaba hacer recuento de la herencia del movimiento punk, sobre todo, en relación con la moda. Lo que ya, de por sí, chirría como los muelles de las camas de un motel barato. 
La exposición, en sí, consistía, y supongo que aún consiste, en un par de docenas de maniquís negros, con pelucas puntiagudas que explican la influencia que la estética del movimiento punk ha dejado en los modistos de alta costura. O más que la influencia, podríamos decir la inspiración. Los maniquís recogían a sus pies información sobre los materiales usados para confeccionar los vestidos y la firma que los había creado. En cada sala, un breve mural iba resumiendo los inicios del punk, poniendo en duda si debíamos remontarnos a un año concreto de los años setenta en Londres o a otro inmediato en Nueva York. No creo que el punk, ya sea como movimiento, como género musical, como concepto o como disculpa, buscara originalmente acabar siendo un tema propicio para una exposición del Metropolitan, pero menos aún cuando esa exposición gira en torno al trabajo de Alexander McQueen, por nombrar a uno que recuerdo. 
De todas formas, hubo algo más en esa exposición que me dejó el cuerpo como si me hubiera comido un yogur caducado. Casi al comienzo de la misma, en un rincón que la mayoría de la gente pasaba de largo o miraba de refilón, habían preparado una reconstrucción en cartón piedra de los viejos baños del CBGB. Si antes os he dicho que a ella le propuse hacer algo diferente aquel día no fue, ni más ni menos, que viajar en metro al Lower East Side para visitar lo que quedara, ya sabía que poco o nada, del viejo y mítico CBGB, donde, en los años setenta, gente como Blondie, The Ramones, la Velvet, Richard Hell, Patti Smith y muchos otros, escribieron, sin saberlo, una página extraordinaria de la música popular. Encontrarme, en una sala del Metropolitan, los famosos y morbosos cuartos de baños de aquel antro convertidos en arte postmoderno y sucedáneo, un simple acompañamiento escenográfico para un desfile de modelos, me dejó con un amargo sinsabor que no escondía del todo que, en el fondo, me gustaba, aunque fuera mentira, perverso y grotesco, ver algo que siempre quise ver pero nunca pude. Por un segundo, me sacudió la idea de saltar el cordón, bajarme la bragueta, y mear, pero no quería terminar mis vacaciones antes de tiempo. O quizás es que, en realidad, es verdad que no tengo cojones. 
Había más: un poco más adelante más cartón y más piedra replicaban la tienda que Vivienne Westwood y Malcolm McLaren se inventaron el mismo año que nacía el que escribe. La réplica del archifamoso Clothes for Heroes tenía hasta sus propios percheros y anaqueles. Todo repleto de camisetas descosidas, colecciones de alfileres, elementos fetichistas, y demás parafernalia que, en aquella exposición, parecía perder todo su sentido. Westwood, que aún se dedica al diseño y fue pareja sentimental de Malcolm McLaren en los tiempos en los que éste se inventó a los Sex Pistols, ya ha sido objeto de otras exposiciones en Gran Bretaña. 
Fuera del Metropolitan el día seguía siendo gris y llovía más que cuando entramos. No voy a exagerar, pero sentía una pesadez en el estómago, y no tenía nada que ver con el café aguado del Starbucks. Paseábamos por la quinta avenida camino de el MoMa, nuestro siguiente destino, intentando procesar todo lo que habíamos visto, cuando nos asaltó un grupo de rapperos afro-americanos con más capacidad comercial que los empleados del hotel Luxor y nos convencieron para que les compráramos su recién grabada, y en formato casero, maqueta. Nos pareció bien participar de aquellas estrategias comerciales e incluso aceptamos la invitación para verles en directo aquella misma noche en Times Square. Pero, o bien nos mintieron, o bien llegamos tarde, porque gente había, pero en lugar de hip hop, el techno amenizaba un desfile de modelos en la plaza con más neón del planeta tierra. 
El caso es que nos metimos en el MoMa, el Museo de Arte Moderno de Nueva York, con más interés por recogernos de la lluvia que por ver cómo Andy Warhol, quien también aparecía por el CBGB, se divertía pintando latas de sopa. Buscamos la noche estrellada que pintó Van Gogh y después deambulamos entre turistas japoneses como si fuésemos náufragos sin muchas ganas de ser rescatados. Pero el destino tiene su sorna y me guardaba la mayor alegría del día. En una sala, mientras mirábamos cuadros sin mucho interés, nos topamos con una familia española que hacía lo mismo que nosotros. El hijo pequeño, adolescente al que aún le faltaba crecer varios centímetros, atrapó toda mi atención: mohicana de tonos rojizos, gesto serio y una camiseta de Piperrak. ¿Puede haber algo más punk que un adolescente con mohicana y camiseta de Piperrak en una sala repleta de cuadros postmodernos que a la mayoría nos cuesta descifrarlos más que a Indiana Jones los jeroglíficos? Me alegró el día. Él nunca lo sabrá, pero me alegró lo que llevaba de día y lo que estaba por venir. 
Porque, como ya comenté, de ahí nos metimos en el metro y nos marchamos para el Soho. Había dejado de llover, el cielo se libró de todas las nubes incordiosas y apetecía pasear. Buscamos la calle Bleecker y luego la esquina con Bowery. Nos costó encontrarlo, pero nos encontramos primero con el DBGB, el restaurante de Daniel Bouloud que le hace homenaje a la antigua sala y un poco más adelante, desde la acera de enfrente, nos quedamos mirando la fachada sin saber de verdad si la tienda de John Varvatos que veíamos era el antiguo CBGB o era la lonja cerrada y en obras que estaba al lado. Cruzamos con un poco de reparo y nos metimos en la tienda del diseñador grecoamericano con un poco de pudor y recelo. Enseguida, nos dimos cuenta de que si aquello no era el CBGB parecía querer serlo. Entre ropa y calzado, se veían graffities, pósters de The Replacements, una batería impoluta y fotos de David Bowie en concierto en el CBGB en los años setenta. Lo mirábamos todo con un entusiasmo sospechoso. En una foto en blanco y negro donde aparecía el viejo toldo de la sala, contamos las ventanas, y volvimos a salir a la calle para mirar la fachada. Efectivamente, todo lo que queda del CBGB es una tienda de ropa de John Varvatos. Una tienda de ropa donde una chaqueta americana con un descuento del 50% cuesta más de 1.200 dólares. Después, he leído que Varvatos compró el local tras la muerte de Hilly Kristal en 2007 y anunció que respetaría todo lo que pudiera de lo que fue la sala. Todo lo que pudiera. 
Salimos fuera y volvimos a mirar la fachada. Me acordé de lo que leí hace tiempo. En una entrevista a Cheetah Chrome, de los The Dead Boys, éste decía que Manhattan ha perdido su alma en manos de los señores del dinero. Pero, sobre todo, me acordé de la camiseta de Piperrak.
No nos quedaban muchas más fuerzas aquel 3 de Agosto de 2013 y volvimos al metro para regresar a nuestro hotel en el Upper West Side. En la estación de Rockefeller Center, una banda compuesta por tres hombres de aspecto cansado y una asiática entrada en años y con el pelo canoso cuya voz temblaba más que los vagones del metro con el traqueteo de las vías, hacían versiones de The Beatles. El calor congénito del laberinto subterráneo de Nueva York y el alboroto de pasajeros a la carrera no invitaba a seguir viendo el concierto de The Meetles y nos fuimos de allí. 
Antes de apagar la luz en nuestra espaciosa pero hortera habitación de hotel, nos quedamos en silencio escuchando el tráfico de Broadway y descubriéndole formas a las sombras centelleantes que dibujaban en las cortinas los neones de la cafetería de abajo. "Tiene su gracia", le dije, "que parezca que el punk sobrevive en nuestro pueblo más que en esta ciudad". Sonrió. "Qué te esperabas", me preguntó, pero no hacía falta que la contestara, los dos sabíamos lo que me esperaba encontrar, pero aún así, descubrir por ti mismo que el punk haya acabado por ser un maniquí con un modelo diseñado por Alexander McQueen y una tienda con chaquetas americanas a 1.200 dólares, duele, duele más que aretearse los pezones con alfileres de gancho. Las camisetas de The Ramones se venden en el Pull & Bear e Iggy Pop hace anuncios para televisión. Quizás es que yo me confundo. Que no lo entiendo bien. Quizás es que no buscamos bien. Quizás es que yo mismo peco de ideas preconcebidas y de falsos idealismos. Quizás es que no supe mirar bien. Quizás es que todo tiene su momento y su lugar. Una camiseta de Piperrak y una MoHicana en el MoMa de New York. Eso, y saber que yo soy un poco ingenuo y majadero, me salvó el día. 
No sé qué me va a salvar este día de tumbona y guiris en carne viva. Si no fuera por el estipendio en metacrilato y los helicópteros, esto parece Roquetas de Mar. En vez de Mediterráneo, el desierto del Mojave, y en vez de flamenquito pop, techno para las masas. Vamos, que soy yo el más adecuado para hacer antropología del punk.