martes, 24 de septiembre de 2013

...y la música americana un fular



Este fin de semana visitó Bilbao Javier Escovedo para presentar su nuevo disco, City Lights, que acaba de publicar con Folc Records. Más cercano al power pop que al punk rock, el disco es recomendable, por lo poco que he podido escuchar en el bandcamp. Supongo que el concierto también lo era, pero servidor no pudo asistir por enfermedad. 
Escovedo nació en una familia de emigrantes mexicanos en Texas. Una familia de músicos: Alejandro Escovedo, su hermano, alcanzó fama y gloria cuando abrazó los sonidos de raíces más rockeros y otro hermano, Mario Escovedo, se dedica a sonidos más contundentes con su grupo The Dragons. Y no son los únicos miembros de la familia que son músicos profesionales. Javier, el mediano, empezó con esto cuando en el 76, y viviendo en Chula Vista, en el área metropolitana de San Diego, se inventó un grupo de música punkrock junto con un compañero de clase, el hoy reconocido El Vez, Robert López. Sin embargo, el guitarrista que luego se haría famoso con el sobrenombre del Elvis Mexicano, y su hermano, Guy López, quien había entrado para substituir al bajista original, se piraron en busca de fortuna a Los Ángeles y el grupo del mediano de los Escovedo se tuvo que reinventar. Para ello, se fueron a San Francisco, grabaron unos cuantos singles de relativo éxito y para principios de los 90, aunque seguirían grabando, el grupo ya había perdido fuerza. Eso sí, les dio tiempo a hacerse una leyenda y a guardar las ganas de volver hace unos cinco años para una gira por España.
Lo de la leyenda lo decía porque The Zeroes se encontraban el 17 de Marzo de 1979 en las cercanías del parque MacArthur para participar de la fiesta punk más reinvindicativa hasta la fecha en la ciudad de Los Ángeles. Aprovechando la festividad de St. Patrick se había organizado un macro concierto en el Elks Lodge Hall en el que, además de The Zeros (o Zeroes) se encontraban los The Go-Gos de Belinda Carlisle, the Alley Cats, X o The Plugz. Los Zeros llegaron a tocar, pero fue durante el concierto de The Plugz cuando una carga policial acabó con el concierto y con un caos sobre el que The Plugz intentaron seguir tocando de aquella manera. Al día siguiente, la prensa usaba titulares apocalípticos para justificar una actuación policial que, aún hoy en día, testigos presenciales juzgan exagerada e injustificada. 
También porque, según he leído por ahí, en su día, se permitieron la astracanada de pulirse un concierto en directo en San Francisco con ocho ejecuciones consecutivas de la misma canción, probablemente, su mayor éxito, "Beat Your Heart Out". Pero más que nada, lo de leyenda procede porque pasados casi treinta años, las canciones de The Zeros siguen teniendo ritmo y siguen pervirtiendo el sacro, el ilion, el isquion, el pubis y el cóccix.
Y como Javier Escovedo andaba por Bilbao y no iba a poder verlo, pues me he dedicado todo el fin de semana, en parte para aliviar mi resfriado, en parte para disimular el estruendo de las fanfarrias, a escuchar, tantas veces como en aquel concierto de San Francisco, el "Beat Your Heart Out." Pero, como no era suficiente, también he desgastado el "Wimp" que versioneaban Hoodoos Gurus o "They Say that Everything's All Right" que tocaban de prestado Wednesday Week, la banda de las hermanas Callan, Kristi y Kelly, quienes al principio tenían como compañero a Steve Wynn, pero éste lo dejó por The Dream Syndicate y, me estoy perdiendo, pero es que también llevo una temporada que me estoy poniendo a dieta de vino y rosas y quería dejar por escrito testimonio de que el mundo es un pañuelo y la música americana un fular. 
Más que nada para que luego otro día yo vuelva aquí y le de al play para gozar con la música, voy a colgar los vídeos youtuberos de las tres canciones que he comentado, y lo dejo por hoy. 







Posdata: La fotografía pertenece a papermag.com, aunque la he encontrado en una búsqueda rápida en google image. 

sábado, 14 de septiembre de 2013

Pániko a una resaca ridícula




Me había prometido que no iba a hacer crónica de este concierto por una sola razón: no destrozarlo. 
También pensé hacer algo así como diferente, original, ridículo: inventarme algún personaje, hacer ventrilocuismo musical, yo qué sé. Qué sé yo. Incluso, empecé a escribir esto:

Listado abreviado de frases (algunas no se dijeron pero se pensaron) sucedidas durante el concierto de los Paniks el viernes 13 de Septiembre de 2013 (kapikua) en el Antzokia de Bilbao:

- "Son buenos de cojones"
- "Cómo se le mueve el flequillo (tupé)"
- "¿En qué está cantando?"
- "Qué más da"
- "El Zebu pone cara como si le costara terminar el sudoku"
- "Contrabajo en contrapicado, tú"
- "Patxi es bueno, eh"
- "Son buenos de cojones"
- "Me duelen los témpanos, perdón, tímpanos"
- "Vámonos de piknik piknik timbá timbá"
- "Mira a la japonesa grabando"
- "¿Qué lleva en la cabeza?"
- "¿Es el mismo contrabajo del de Maha?"
- "Son buenos de cojones"

Pero luego me cansé. Y al final, escribo lo que sigue que no sé si es crónica ni sé por qué lo escribo, pero luego me cansé y preferí no volver a recapacitar o arrepentirme:

Volviendo en el metro, guardé la compostura, y sin imposturas, la que me acompaña siempre dijo: "yo creo que los Paniks les han dado un repaso a los japoneses." Y yo asentí. Sentí lo mismo que ella, que la electricidad me subía por las piernas y me electrocutaba las caderas. Empezó el concierto que parecía que lo íbamos a ver en petit comité y terminó como un complot alucinado contra el sopor y la amargura. Persistía en la cabeza esa letanía codificada que parece nigromancia regenerativa. Alaridos antidepresivos, guitarras afiladas, el mismo ritmo enfático que dibujaría cumbres más altas que las del Himalaya en un electrocardiógrafo. Si Paniks son garaje, son garaje con trastero y todo. No digo que antes fueran peores, pero sí que ahora suenan que te vibra hasta la rabadilla con el contrabajo (muy bajo en esta ocasión) y un segundo guitarrista que podría sacar música de mi tostador. Sus canciones no son redondas porque tienen más aristas que una figura geométrica en una sala de espejos, tienen más púas que un alambre de espino, tienen más jugo que una macedonia ciclópea. 

Ala, me he quedado a gusto. Y sin cansarme. Y hay aquí quien se está riendo, no me extraña, yo lo hago por dentro.    

Ya estábamos de vuelta en la ciudad fabril y aún andábamos dándole vueltas al concierto de Theee Bat. Más punkies que garajeros, el bajista casi me clava su bajo vintage en las costillas y no recuerdo un pogo más áspero en aquel local, que lo habrá habido. Le voy a robar los movimientos a la cantante la próxima vez que baile, porque, como dice Simon Frith, el baile es el fundamento de la música popular. Por lo demás, ése fue el problema, que nos fijamos más en "lo demás" que en "lo que más importa". Y quizás la culpa fue nuestra o... de los Paniks, porque no es lo mismo comer anchoas después de comer percebes, no es lo mismo comer sushi después de comer karramarros. Qué gilipollez. 

Me he prometido no hacerme más promesas. También he prometido con urgencia que rebajaré el espíritu con agua del grifo, pero veremos. Veremos más conciertos y leeremos mejores crónicas, pero, mientras tanto, bailemos sueltos y lúnaticos... que es bailar.

viernes, 13 de septiembre de 2013

160 metros



He de confesar que he visto los dos primeros capítulos en el youtube y que no he participado en el micromecenazgo. 
Ayer pensé, cuando llamaron a la puerta, que alguien había decidido, de una vez por todas, llamarme la atención. No es lugar, mi puesto de trabajo, digo, para comer mientras suenan, a todo trapo, Los Bonzos. Luego, resultó que quien llamaba a la puerta se había equivocado, pero, por si acaso, bajé el volumen. 
Estaba viendo el primer capítulo de 160 metros.
160 metros: una historia de rock en Bizkaia nace de la fructífera colaboración entre el documentalista Joseba Gorordo y el periodista musical Álvaro Fierro. Ellos, junto con los productores Raúl López y Diego Urrichi, forman el equipo de trabajo de un proyecto que, como ellos mismos explican en la web oficial, busca registrar "la transformación urbana que tuvo lugar en los años 90 en ambos márgenes de la ría de Bilbao desde el punto de vista del rock." 
Los 160 metros del título aluden a la distancia que separa ambos márgenes de la ría, la cual mantiene un protagonismo estratégico en los dos primeros capítulos, tanto en lo simbólico como en el aspecto más técnico. El rock, como no podía ser de otra manera, se entiende de una manera holgada, y no se observa como una expresión aislada o disociada de los condicionantes económicos, sociales, culturales y políticos.
Según explican tambíen en la web, el proyecto aspira a ser transmedia y esperan que los cinco capítulos proyectados, acompañados de material adicional, se conviertan en un documental que alcance otros medios de distribución. También pretenden organizar actividades paralelas, conciertos o charlas, aprovechando las presentaciones de cada capítulo. 
Destripar los primeros capítulos sería muy fácil y un delito que no voy a cometer por vagancia, más que nada. Ellos mismos sugieren en su web que una forma de colaboración es darle publicidad al proyecto en cualquier tipo de foro, y, aunque el mío no sea muy grande, no me costaba nada hacerlo. Además, lo merece. El único punto negativo que te dejan estos dos primeros capítulos, algo parecido a un regusto agridulce, es que cuando terminas te quedas con ganas de ver el tercero. Buen trabajo de documentación, perfecto el ritmo del montaje, sugerentes colaboraciones y buena música. Supongo que trabajos como éste magnifican la implicación de toda aquella gente que rodea a los músicos, y los coloca en el lugar oportuno para reivindicar su participación en todo este asunto de la música popular. Quizás por ello, una de las cosas que más me han gustado ha sido ver el hueco merecido y relevante que ocupan gente como Fernando Gegundez, Belén Mijangos, Álvaro Heras, Gotzon Hermosilla, Pablo Salgado... 
160 metros. Para que no se te olvide, repítelo 160 veces. Si lo haces delante de un espejo, por cierto, a las doce de la noche, ten cuidado, porque la leyenda dice que te conviertes en un punk con cresta pero con una camiseta de los Pearl Jam y en lugar de botas unas zapatas de skater!!
Se me había olvidado dejar bien claro donde podéis ver los vídeos, pero es tan fácil que tampoco creo que haga falta. Por si acaso, además de en el youtube.com, os copio y os pego a continuación un enlace a la web oficial donde, además de leer lo que yo ya he contado, podéis encontrar más información y los dos primeros capítulos. Pinchad sobre lo que escribo después de estos dos puntos: 160 metros.

lunes, 9 de septiembre de 2013

A despeñarse por la cuesta de Septiembre



¿Te deprime el mes de Septiembre? Todo "i"es y todo "e"es. No tiene por qué. Este mismo viernes, si te aburres es porque tú quieres. No te va a costar ni un pavo. Gratis, "doako" en euskera, te puedes montar una fiesta así, sin comerlo ni beberlo. Puedes beber, claro, y hasta comer, si quieres, metafórica y literalmente. Este próximo viernes por la noche, en el Kafe Antzokia de Bilbao, se presentan en directo los nuevos, relucientes y electrizantes Paniks. ¿No los conoces? Sí, sí que los conoces. Y si no los conoces, ya va siendo hora. Tienen aspecto de tíos muy serios que han metido los dedos en un enchufe y no quieren sacarlos. Y como de Bilbao a Japón no hay más que un cambio de acento, pues también tendrás la oportunidad de ver en directo a Theee Bat. Tres autóctonos nipones que atienden a los nombres de Mika Bat, Kub Sharp y Fool the Animal y que, según se lee en su partida de nacimiento, lo hicieron allá por 2006 con la intención de ser los más chalados del orbe. Y lo intentan. La etiqueta que les ponen es garage-trash y tocan sus guitarras vintage como si en lugar de manos tuvieran alas de quiróptero. Les salen las canciones de la laringe con distorsión y todo, igual que los murciélagos buscan el eco para navegar en la oscuridad. 
Y si aún así vuelve otra vez el lunes y se te vuelve a empinar la cuesta, pues cuenta los días que te quedan, si quieres, de nuevo, para disfrutar de las fiestas por antonomasia. Y no me voy a poner tiralevitas ni voy a abusar de la primera persona del plural como los periodistas deportivos de la televisión pero no tienes disculpa alguna para acercarte a la segunda edición consecutiva de las renacidas fiestas de Rontegi. No busques txoznas de dos pisos, el circo mundial y conciertos de los cuarenta principales, pero si echas de menos el ambiente familiar de unas fiestas de barrio, acércate a la trasera del Paseo de los Fueros, no tiene pérdida, y sumérgete en las celebraciones. Además, el viernes 20 de Septiembre, en la Plaza de San Luis, ésa donde hay un ojo que todo lo ve, podrás asistir al primer festival Rock'n'Tegi (¡han estado inspirados!) y ver en directo a los portugalujos 4 Tragos, de los que ya hablamos aquí por su sudorífico concierto de fiestas de Barakaldo en El Tubo, los locales Nasti de Plasti, con mucho oficio, buen humor y punk con un toque indie, el rap comprometido de los oriundos Norte Apache y unos Isiltasunaren Oihua, que me perdonarán, pero no los conozco ni he encontrado mucha información sobre ellos en la red de redes. Pero queda dicho. Y antes de pintxos, si tienes hambre, y después de brindis, si tienes sed. 
Yo ya más no te digo. Que el mes se enderece es cosa tuya. Si quieres, hasta te despeñas.  


sábado, 7 de septiembre de 2013

Página 244



He'd returned from Florida feeling equally averse to sex and to music. This sort of aversion was new to him, and he was rational enough to recognize that it had everything to do with his mental state and little or nothing to do with reality. Just as the fundamental sameness of female bodies in no way precluded unending variety, there was no rational reason to despair about the sameness of popular music's building blocks, the major and minor power chords, the 2/4 and the 4/4, the A-B-A-B-C. Every hour of the day, somewhere in greater New York, some energetic young person was working on a song that would sound, at least for a few listenings -- maybe for as many as twenty or thirty listenings -- as fresh as the morning of Creation.

Jonathan Franzen, Freedom (2010)

Había vuelto de Florida sintiéndose asqueado lo mismo con el sexo que con la música. Ese estado de repulsión era nuevo para él, pero aún podía pensar con la suficiente lucidez como para reconocer que tenía poco o nada que ver con la realidad, y mucho con su estado de ánimo. De la misma manera que las semejanzas que guardaban entre sí todos los cuerpos femeninos no podían negar la infinita variedad, tampoco había una justificación racional para deprimirse con la repetitividad de los componentes de la música popular: los acordes mayores y los menores, los ritmos 2/4 y 4/4, el patrón A-B-A-B-C. A cada hora, en algún lugar del gran New York, algún joven resuelto trabajaba en una canción que sonaría, al menos por unas cuantas escuchas -- con suerte durante las primeras veinte o treinta escuchas -- tan original como el día de la Creación.

Mía (la traducción, digo, con todas las consecuencias) (2013)




Este verano, he leído Freedom de Jonathan Franzen.
Partía con prejuicios, como todos los que se creen más listos de lo que realmente son, porque había leído tantos elogios que me olía a chamusquina. Chamusquina es una palabra sugerente, ¿a que sí? La Chamusquina... Suena a personaje femenino de Juan Marsé o a chiringuito de playa o al último hype catalán de rumba popera. 
El caso es que me la leí. 706 páginas en mi versión de bolsillo, se dice pronto. Una tras otra.
No sé si alguien se acordará. Hay un momento en El guardián entre el centeno en el que Holden Caulfield está hablando de un libro que anda leyendo (Memorias de África de Isak Dinesen, para memoria la mía, que solo recuerda lo que no necesita) y da su definición personal de lo que es un buen libro: aquél que, cuando terminas, desearías que el escritor fuera amigo tuyo y pudieras llamarle por teléfono cuando se te antojara. Cuando terminé de leer Freedom, no es que me entraran ganas de pegarle un toque a Franzen, pero sí que me pasé unos cuantos días preguntándome qué estarían haciendo en ese momento Patty, Richard y Walter. Como si los Berglund existieran de verdad y, como si, además, lo que estuve leyendo hubiera ocurrido en paralelo a la lectura. ¿Tú te crees? Pero entiendo que esa chifladura quiere decir que la historia que Franzen traza en setencientas páginas acabó por cautivarme. 
Ya les he nombrado: el matrimonio Berglund y su amigo Richard Katz, ellos, junto con el resto de la parentela y algún invitado más, son los protagonistas principales y el eje de la crónica demoledora con la que Franzen repasa la intimidad de un familia y, por extensión, la de un país. 
Y Richard Katz. Líder de los Traumatics, primero, y de Walnut Surprise, después, acaba incluso por tener carrera en solitario, le nominan a los Grammy, Jeff Tweedy y Michael Stipe confiesan su admiración en la novela, folla y bebe sin parar, cae en desgracia, vuelve a su trabajo proletario, pero siempre intenta mantener intacto su espíritu independiente y sedicioso, casi misógino. Es un personaje de ficción, pero puedes encontrar páginas en facebook dedicadas a sus dos grupos, y el propio Jonathan Franzen, en la página web oficial de Oprah Winfrey, publicó, en su día, una playlist que, según él, habría podido elegir el propio Richard Katz: Iggy Pop, Gang of Four, The Go-Betweens, Jonathan Richman and The Modern Lovers, Graham Parker and The Rumour, Velvet Underground, Mekons, Au Pairs, Mission of Burma, Roxy Music, The Kinks, The Raincoats, Johnny Cash y Sonic Youth. Ésos son los elegidos.
Katz se supone un músico autodidacta que practica un post-punk ruidoso que luego irá derivando en sonidos más accesibles. 
No voy a destripar la novela ni a ejercer de crítico, ni tan siquiera voy a seguir hablando sobre qué le ocurre, o le deja de ocurrir, a Richard Katz y a sus amigos los Berglund. Solo quería centrarme en esa cita de la página 244 que me llamó la atención y me obligó a dejarla señalada mientras seguía leyendo la novela. Por cierto, que la dejé señalada con el recibo de una cena en el Telio Perfecto Ristorante: 46.82 dólares, impuestos incluídos pero no propina, por un plato de espaguetis con salchicha italiana, linguine a la carbonara y dos vasos de sangría. La cita, sí. 
Lo primero que me atrajo fueron los argumentos que Franzen (o Katz, me da igual) apuntaba para reflexionar sobre la uniformidad o la rigidez de los patrones que configuran la música popular. Obesionado por entender el misterio de la música, me pasé unas cuantas horas conectado a internet intentando comprender qué quería decir con 2/4 y 4/4, pretendiendo aprender música en un pis-pas a través de los tutoriales amateurs que aficionados y profesionales cuelgan en el youtube, para acabar desesperado y convencido de que, por mucho que me empeñe, jamás tendré ni oído ni sentido del ritmo ni capacidad para discernir lo que aprecio. Tampoco es que me obsesione, pero me huele a descargo que persista en mi inclinación por subrayar los aspectos menos técnicos de la música de la que hablo en este blog: la única razón parece ser que quiero ocultar mis carencias, ¿verdad?
De todas formas, dejé la factura del restaurante en el mismo sitio y seguí leyendo, y luego volví otra vez a esa página y leí de nuevo la cita. Me la soplaba un poco que no alcanzara a descifrar la ingeniería musical, porque, al leerlo otra vez, entendí que lo que me llamaba la atención de la cita era algo más abstracto y universal: sameness, lo llama Franzen.
¿Cuánta gente sigue interpretando la misma canción que hemos oído miles de veces? Cambia la letra, algún acorde, la tonalidad o la instrumentación, pero lo hemos oído antes. Miles de veces. ¿Por qué nos sigue atrapando el ritmo de nuevas canciones que, en realidad, son igual que las viejas? ¿Cuántos chavales siguen aprendiendo a tocar la guitarra mientras sueñan con emular y, al mismo tiempo, con hacer algo distinto? ¿Es eso posible? Dice Katz que en algún lugar de Nueva York, a todas horas, alguien intenta crear algo que parezca nuevo por lo menos durante veinte o treinta veces. La cita encaja dentro del espíritu extremista y descreido del personaje y, al mismo tiempo, desliza la verdad sobre su propia tragedia, sobre su lucha personal con una conciencia que parece no dejarle ser feliz (ni libre) en plenitud: se anticipa a su propio éxito y a su propio fracaso. Confiesa el embuste sin querer admitirlo del todo. 
Hace mucho tiempo, un día que se hizo muy largo y acabó por confundirse con el siguiente, andaba yo subido a un tejado, viendo el momento preciso en el que se terminaba un día y empezaba el otro, o lo que comúnmente llamamos amanecer, mientras hablaba, sin muchas ganas, con un amigo al que mantendré en el anonimato. Habíamos estado, como merecía la ocasión, hablando mal de alguien a quien también mantendré en el anonimato. Entonces, y si no fueron estas palabras, fueron otras parecidas, entre los dos, construimos este diálogo que podría haber estado en alguno de los párrafos que descartó en sus revisiones Jonathan Franzen:

- Y lo que me revienta es que el gilipollas de él parece el hombre más feliz del mundo. 
- Todo el mundo parece más feliz que tú y yo. 
- Y es un puto imbécil que no tiene dos dedos de frente. 
- Como tú y yo...
- Sí, pero él, es...
- Quizás es más listo que nosotros dos juntos. 
- Si tú lo dices...
- No, de verdad, quizás ése es el secreto. No pensar. 
- ¿Cómo?
- Piénsalo: no pienses. 
- Vete a tomar por culo. 
- No, de verdad: cuantas menos preguntas te hagas, menos respuestas necesitas. Más felicidad. 
- Matemáticas puras, ¿no?
- La vida. Pura y dura. 
- Su hermana sí que me la pone dura.

Y ya cambiamos de tema. 
Aún tengo la cita señalada en el libro, con el trozo de papel que me dieron a cambio de 46.82 dólares. Quizás es mejor no pensar en... ya sabes, the sameness. Y no hablo solo de la música popular. Pero hablando de la música popular: ¿a quién le importa que todo lo hayan tocado ya antes, durante todas las decadas de la segunda mitad del siglo XX? ¿A quién coño le importa que ya lo hubieran hecho antes, si los que lo siguen haciendo ahora consiguen que te tiemblen las piernas o te entren ganas de llorar, gritar, bailar y vivir? Supongo que a mí, no. O sí. Voy a dejar aquí colgada la factura del ristorante, para acordarme, y ya si eso, vuelvo otro día y me decido, ¿eh?