viernes, 29 de noviembre de 2013

Un zombie en el garaje



El frío hace que me confunda de llaves. Si pudiera, abría la puerta del garaje con la punta helada de mi nariz, aguzada como una ganzua. Apenas quedan coches dentro y el mío se ve viejo y polvoriento. Todo más fúnebre aún: en un deprimente garaje bien iluminado pero prácticamente vacío, mi coche destartalado parece que se encorva y agacha la mirada, acoquinado entre dos relucientes monovolúmenes que le hacen sentirse (no tengo otra cosa mejor que hacer que imaginarme todo esto) como un cincuentón vestido con ropa adolescente que acaba de darse cuenta de lo patético que resulta sujetar el cubata mientras su joven novia tontea con una línea de dientes perfecta que destella con las luces de la pista de baile.

Abro la puerta, y la de atrás. Meto dentro la mochila. El paragüas (llevas paragüas, me siento tonto, viejo). Saco la cartera, me dejo la bufanda puesta (llevas bufanda, me siento tonto, viejo). Cierro la puerta, la de atrás. Abro la delantera y me derrumbo en el asiento. Pongo las manos sobre el volante y me quedo mirándole el culo a un porsche cayenne de curvas despampanantes. Huele al barniz de tabaco, a los viajes encerrado con la calefacción tostando el polvo. Me dan ganas de echarme a llorar, aunque no os diré las razones. Para evitarlo, abro la puerta otra vez y salgo fuera. Y camino de vuelta lo que ya había recorrido antes, dejando en el rincón a los pocos coches que quedan cobijados aquí abajo. Salgo fuera, me escondo en el descansillo de las escaleras y me enciendo un cigarro. Por un hueco, veo el cielo, oscuro como el barullo en mi cabeza, sin una sola estrella. Se oyen las voces estridentes de gente que es feliz mientras camina por la calle. Y yo fumo, mientras rumio mi amargura y mi cansancio.

No os voy a dar los detalles, pero tengo la conciencia que parece los campos de Pelennor. Hay ruido de sables, dos ejércitos más poderosos que el de Mordor y el de Gondor se enfrentan sin piedad. La oscuridad parece que va a ganar, y el cigarro se consume. El frío acaba de decidir por mí: mejor dentro que fuera.

Vuelvo al interior. Llego al coche. Me siento. Intento convencerme, animarme. Todos habéis hecho esto antes, no me jodas, aunque luego no lo escribas en un blog que dice que es de música: hablas contigo mismo, te azuzas, joder, levanta la cabeza, ostias, échale huevos. Llevo echándole huevos tanto tiempo que las tortillas me quedan crudas por dentro. Pero odio darme lástima, odio lamentarme, odio que mi puta vida gire en torno a mis putas desgracias: has aprendido una lección, nunca puedes caminar por este mundo y salir limpio, impoluto. Todos somos falibles, cometemos errores, ¡sé una mujer!, levanta la cabeza, apechuga (rebozada), acéptate, aprende, y sigue luchando junto a Aragorn.

No me lo creo, pero quiero creérmelo.

Así que arranco el coche dispuesto a que el encendido arranque el motor y que, de paso, avive mi oxidado circuito de energía positiva . Y lo hace. Porque el motor tose y se sostiene y, al mismo tiempo, se enciende la radio, y apenas distingo la voz de Diego RJ que acaba de hablar, cuando empieza a sonar una canción que actúa tan rápido como el veneno de la mamba negra: música. Mierda, es como si me estuviera aplicando elektrotxoks. Un subidón instantáneo, casi inevitable. La cabeza se me alivia, se vacía, y solo atiende al ritmo alucinante. Por unos segundos, fuera no hiela, dentro el infierno es acogedor y demente. Dulce y renovador. 

Eso sí, se acaba enseguida, como viene se va; se esfuma la efervescencia, igual que se acaba por hundir la espuma de una cerveza. Pero ya me han resuelto el viaje. Aparecieron como si fueran los Dúnedain del Norte y ganaron la batalla, aunque tanta referencia nerd al Señor de los Anillos pueda estar jodiendo esta entrada.

La canción redentora fue "Feo" de Ukelele Zombies. Me habían hablado de ellos antes, pero aún no les había escuchado. Tres "jovenzuelos", como dijo Diego RJ, que, desde Valencia, hacen garaje del de guitarras negras con espíritu rockero, un batería que vocifera como si estuviera exorcizando sus demonios punkarras, y un bajo de los que sostienen el edificio a prueba de terremotos. Canciones repentinas, ansiosas, llenas de un humor irónico y jovial, casi que tierno, directas a la yugular, expresión que hasta ahora no había utilizado nunca. Un ardor súbito que reproduce lo mejor de la música sin aditivos, apremiante y espontánea, primitiva y fulgurante. ¿El mejor ejemplo? Seguro que si leen esto, se parten la caja (y hasta el bombo): ¿apremiante?, ¿fulgurante?, ¿jovial? No me jodas. 

"Feo" no está en el youtube, al parecer, es el adelanto de lo que será su primer disco. En el cajón de sastre del yutuf, hay más material, con mejor y peor sonido, en directo y en estudio, con camiseta y sin camiseta, incluso hay excursiones urbanas, making-offs, algún vídeo surrealista y, si no me equivoco (que seguro que lo hago), un vídeo en directo de sus magníficos compatriotas Wau y los Arggghs a todo pistón, volviendo locos a una masa juvenil entre la que me ha parecido ver a uno de los zombies del Ukelele. Entre todos esos vídeos, voy a pillar un par de ellos, quizás no los mejores ejemplos, pero es mejor que, si os interesa, os preocupéis vosotros de encontrar el material. El primero, porque parece una mezcla entre una toma desechada de Barrio y una fiesta de fin de curso en el patio del instituto, pero si alguien tiene el talento para oír entre acoples, sabe que ahí hay talento. Otro, en la sala Wah Wah de Valencia. ¡Y!, al final, un tercero, en el que sí tocan "Feo", al parecer, en una facultad de Bellas Artes.





Pongo los vídeos y lo dejo. Si os preguntáis qué fue del lamentable tío que se ponía moñas y plañidero en un garaje semivacío, no perdáis el tiempo. Al fin y al cabo, mala yerba nunca muere, y, encima, no se la pueden fumar los de Bellas Artes (si has visto el vídeo, lo pillas).

domingo, 24 de noviembre de 2013

El oyente medio del BIME



El oyente medio soy yo. El BIME es un festival, ya sabrás, que acaba de terminar. Fue algo así como un congreso o una reunión de profesionales del negocio de la música que después se alargó hasta convertirse en un festival bajo cubierta. Seguro que hay palabras en inglés que lo explican mejor. 
Lo del oyente medio (o medio oyente, yo creo que, en este caso, zurriagazo va, zurriagazo viene, no importa el orden de los factores) viene a cuento de que no hace ni un momento que he estado leyendo en una revista de reputado prestigio una entrevista a Jack Barnett, letrista, vocalista y compositor de These New Puritans, a cargo de un periodista cuyo trabajo respeto, Juan Manuel Freire. Hablando de "Field of Reeds", el último disco de la banda inglesa, Freire concluye algo así como que el disco no busca (más bien, rehuye) "complacer al oyente medio". Yo de medio que soy doy miedo, o más bien, lástima. 
El caso es que yo ayer bajé por las escaleras mecánicas del BEC cuando THESE NEW PURITANS ya estaban subidos al escenario, y la música y la ausencia de luz parecían envolver el espacio y convertir aquel pabellón en un tenebroso bosque donde, al final, se veía una ténue luz. (Me fui. Por el barranquillo, quiero decir, que me he ido. Y vuelvo). Estaban Jack Barnett y los suyos ahí arriba, invocando al espíritu de Santa Cecilia (patrona de los músicos, que celebraba su cumple precisamente el viernes) y nosotros al fondo, de brazos cruzados, intentando atravesar la fronda sin machete pero con los ojos bien abiertos. Decía Freire en su artículo que el disco es mayúsculo y que hay menos percusión que en los anteriores, lo que demuestra mi ignorancia porque, habiendo pasado por alto su discografía desde aquel ep llamado "Now Pluvial" de 2006 y que no sé cómo llegó a mis manos, al oyente medio le pareció que había más percusión que en una convención de bongos. Percusión, piano, alaridos primitivos, muchas capas, virajes inquietantes y la sensación de que aquella ecuación de armonías y melodías no la iba a resolver un oyente medio por mucho que aprendiera a resolver las de tercer grado en el instituto. Me dejé la calculadora en casa. No soy yo quién para llevarle la contraria a los muchos que indican que el último disco de These New Puritans es un alarde de originalidad e innovación, más bien, soy como la confirmación de que es así, porque el oyente medio no quedó complacido. La apuesta es arriesgada, parece que eficaz, y tampoco cabe dudar de la habilidad técnica y creativa de Barnett. Ahora, yo (y a la que siempre acompaño) entendimos que era un buen momento para acercarnos a la barra y ver que se cocía en la cocina.
Nota a pie de párrafo: que haya repetido varias veces la expresión "oyente medio" y que lo haya hecho referenciando el artículo de Juan Manuel Freire, no implica que esté intentando ser irónico. Si es así, me excuso. La única razón de repetirlo tanto se debería achacar a mi falta de talento narrativo o al poco tiempo que le dedico a podar el texto. De hecho, estoy de acuerdo con la apreciación de Freire y su expresión me parece ajustada.
Lo que se cocía en la cocina venía de Navarra y no eran magras con tomate, más bien cocía la carne picada de cordero en el tomate triturado, porque WILHELM & THE DANCING ANIMALS se asemejan tanto a Los Campesinos! que parecía que estaban cocinando un shepherd's pie en alguna taberna de Cardiff. Sí, digo ya que también se parecen a Arcade Fire, y ya he terminado con los parecidos razonables más obvios y recurrentes. No tienen la solemnidad de los canadienses, y se acercan más a la festividad un tanto alocada de los galeses. Estuvieron risueños y bailongos, entablaron conversaciones entre ellos con gracia ingeniosa que solo descifraban ellos y el respetable se dividió entre los que se dejaron atrapar por el júbilo y los que se mantenían porque no sabían que había otros sitios a donde ir.
Ya éramos cuatro cuando volvíamos al escenario principal para esperar y ver en directo a los cortinillas, como dijo una. A THE COURTENEERS, vamos. Los mancunianos están teniendo éxito a espuertas, de puertas para adentro (en la madre patria) y de puertas para fuera (en Radio 3). Morrissey y Noel Gallagher aparecen mencionados en la wikipedia para recalcar el reconocimiento que están recibiendo. Y no es poco indicador que sean estos dos, y no otros, porque la música de The Courteneers es como una antología de la historia del rock en Gran Bretaña. Alguien dijo que parecían una banda tributo... pero de toda la historia del brit pop. A mí no me sonaron a nada que no me hubiera sonado antes, pero es cierto que lo que hacen lo hacen con una sencillez tan efectiva que resultan convincentes. Eso sí, si te mola más un yodeler con stetson y flecos en el chaleco que las canciones de taberna de Merry y Pippin, como a mí, vas avíado. Con un ratito, tienes suficiente. 
Por eso, quizás, volvimos a tomar la senda y emigramos al otro costado del gigantesco pabellón. Todavía andaban por allí THE BELLE GAME, a los que vimos un ratito por curiosidad. Parecía que les acababan de cambiar las baterías, porque no paraban quietos, cada uno a su pedo. Los vimos un ratito, repito, porque llegamos cuando empezaban a tocar la penúltima. 
Y llegaron los que, lo digo ya y así me dejo luego de tentaciones exageradas, fueron los triunfadores del día, a juicio del que escribe (y también de la que primero lo lee), y, casi que por extensión, del festival. Al oyente medio, los BELAKO ya le ganaron hace tiempo, cuando aparecí por el Antzoki de Bilbao con reparos ante lo que parecía un hype con label vasco y resultó que me metieron un sopapo de esos que te quitan las ganas de andar juzgando al vecino por el tinte de su pelo. Teloneaban, aquella vez, a El Columpio Asesino y, un mes antes, a la entrada del recinto de Kobetamendi, les vimos solo de pasada un rato y tiramos para adelante. En la Aste Nagusia, sin embargo, los chavales de Mungía me ganaron los pares con dos ases. Y anoche se llevaron pequeña, mayor y juego en paso. Si los noruegos están encantados de Magnus Carlsen... El punk ha sido siempre, a mi entender, la música visceral más ajustada para proferir todo el talento y la bilis que generaciones de vizcaínos han necesitado regurgitar cantando o gritando. Los tiempos cambian y a los géneros se les acumulan los "posts" sin posibilidad de freno. Al punk, también. Un purista se resistiría. Un oyente medio no opone resistencia, se deja llevar. Y nosotros ayer nos dejamos violar con alevosía, porque los Belako se curraron un concierto extenuante y fagocitador que son dos adjetivos como los que me gustan a mí, no dicen nada, pero quedan bien. Ritmo de batería que no entiende de conformidad, bajo en primera fila y con galones, guitarras como cuchillas de afeitar, teclados ceremeniosos y una variedad de voces que ni en la sección de lácteos del hipermercado. Te puedes poner a recopilar los nombres de todos los grupos a los que suenan y siempre te queda alguno al que solo se parecen un segundo, en una nota, en un tono, en una leve sugerencia. Con coña, hasta bordan la mejor versión de Massiel que he oído, porque el lalalala de "Sea of Confusion" no ganaría Eurovisión porque no les da la puta gana.
Había más: desechamos con dolor a Mark Lanegan y empezamos por MERCURY REV. A los que abandonamos más pronto que tarde. Recuerdo a aquel norteamericano que durante una época me traía en coche casi todos los días desde Siberia mientras me ponía, una tras otra, todas las canciones de la discografía de Grateful Dead. Y, de vez en cuando, para descansar de tanto Jerry Garcia, pinchaba a Mercury Rev. Jonathan Donahue con los brazos hacia el cielo y una música menos caótica pero etérea. Optamos por lo conocido, ya que no era mi primera, ni será la última, supongo, aunque no fue la mejor, ocasión para ver en directo a David Gedge y sus THE WEDDING PRESENT. Más sosegados que en otras ocasiones, con las guitarras más aplacadas, doble percusión al final y despedida sin aspavientos. En procesión de vuelta, que empezaban THE GOSSIP para ponerle el lazo al regalo de cumpleaños de Santa Cecilia. He oído por ahí que la gente, en general, disfrutó por todo lo alto del concierto de los de Olympia. Beth Ditto se ganó a la audiencia con sus comentarios jocosos sobre los peinados vascos, pero, sobre todo, con una voz arrolladora que llegaría a semifinales de American Idol, pero no le hace falta. El sonido del grupo fue igual de indomable y, la verdad, a la gente que tenía alrededor se la vió contenta y reconfortada y, habitualmente, eso es lo que buscamos la mayoría de oyentes medios. Eso sí, hay mucha distancia entre las canciones con las que dieron en la diana y otras con las que llenan su repertorio pero que no demuestran la misma puntería. 
Y, poco más, que tengo ganas de acabar: no llegamos más que a ver al INSTITUTO MEXICANO DEL SONIDO mientras subíamos por las escaleras mecánicas en busca de la salida. Había que madrugar esta mañana para conducir por una pluviosa A8 mientras escuchaba a los Belako y entrar por primera vez en mi vida a Anoeta y ver en directo como cientos de atletas terminaban de correr 42 kilómetros y recibían los mismos entusiasmados aplausos que durante dos días de "maratón" sónico han recibido los músicos.
No sé si el BIME llegará a la trigesimosexta edición, como el Maratón de Donostia, y no voy yo a permitirme hacer recuentos o sacar conclusiones, pero, si repiten, yo igual vuelvo a cambiar el dorsal por la pulsera porque tenerlo a dos kilómetros de casa, como que te quita las ganas de correr los quince kilómetros y pico que dibujan la distancia atlética de Santurce a Bilbao, que era a lo que me dedicaba yo antes, como atleta popular medio, a finales de Noviembre, eso sí, con igual o parecido talento al que tengo para escribir de música.

sábado, 23 de noviembre de 2013

BIME ven, lo dejo todo



Andábamos ocupando el tiempo entre costuras, a ver si se nos ocurría un título gracioso: Pan BIME, BIME pan y DIME tonto (tanto pan y al final cenamos un kebab), BIMEdor... cuando pasó delante nuestro un portero de primera división y le seguimos, no porque fuera portero, ni de primera división, si no porque iba al mismo sitio al que íbamos nosotros. Y así estuvimos el resto de la noche, sin quitarte la chaqueta, del pabellón uno al tres, o era el dos, o el escenario tres, o es que había dos escenarios juntos, o mejor, vamos a gastarnos otros ocho euros en cerveza. 
Entramos al BEC y nos recibió una HH, muy maja, del barrio, amiga y resignada a trabajar mientras otros nos divertíamos, que nos dijo dónde cambiar nuestras E por una P y poder empezar con el F. Nos llevó unos segundos aclimatarnos y orientarnos y entramos para encontranos con PASSENGER. Y aquí empiezo, ya sabes, mi recuento musical que seguro que puedes pasarlo por alto porque con la cantidad de expertos, profesionales, entendidos, congresistas y "atxartelados" (como dice un amigo mío, y suena raro, pero es ilustrativo) que había por allí, seguro que encuentras mejores crónicas y glosas que las que yo te pueda dar a las 11:16 de la mañana y sin resaca. 
Mike Rosenberg, subido ahí arriba, el solo con su acústica y haciendo la percusión golpeando con su pie sobre el tablado, sin banda, sin coros femeninos como en su vídeo oficial, parecía que acababa de llegar a Bilbao sin pasaporte y con una mochila a la espalda. Se le jodió la guitarra al británico, se sonrió cuando dijo que estaba fucked, y apareció su colega de profesión Stu Larsen para prestarle una. Yo es que ni sabía que este hombre tuvo una banda de folk y que escribió una canción "Let Her Go" que ha sido un éxito que te rilas en media Europa. Más sorpresa aún para mi compañera, quien, por la mañana, había estado trabajando bajo el frío acalorado de muchos adolescentes celebrando una fiesta devota en el patio y escuchó la misma canción en la megafonía que ahora tocaban en el escenario. Faltaron los resplandores de los mecheros, aunque ahora estos se han cambiado por los de los teléfonos móviles con cámaras de no se cuántos píxeles, pero Passenger tenía una primera fila de fieles y fielas seguidoras que chillaban, aplaudían y silbaban con solvencia. A mí me recordó a Willy Mason, que quizás no se parezcan en nada, solo en que ambos cantan y tocan la guitarra, pero, gracias a ello, hoy he vuelto a escuchar "Oxygen", que hacía mucho que no la oía, y eso siempre es una buena noticia. 
Siguiendo al portero de primera división, nos encontramos con ANARI ya subida al escenario. No la vi lo suficiente como para decir nada bueno ni malo de ella, porque, enseguida, nos volvimos por donde habíamos venido ya que uno, aquí, éste, tenía ganas de ver en directo a JOHN GRANT. Los tiempos de The Czars han quedado atrás y el de Colorado se presenta ahora acompañado de una banda de veteranos con aspecto serio y en segundo plano, pero que hacen con eficacia lo que él les pide. Apareció por el escenario con su aspecto de acabar de bajar del bote de coger marisco en Unalaska, buen rollo, simpatía y un castellano muy aseado. Personalmente, me gusta más cuando toca sus primeras canciones, porque me pierdo un poco con los teclados eléctricos. El caso es que pasaron por delante una pareja de amigos y los seguimos como habíamos hecho con el portero de primera división para viajar por el pasillo a la zona de los escenarios mellizos. Y allí nos quedamos.
Nos encontramos con JAPANESE GIRLS, que, en realidad, son cuatro tíos muy en forma (el cantante se puso a hacer flexiones) y muy de moda. No sé si están de moda, pero que siguen un patrón asignado al éxito y a las portadas de las revistas, casi que sí. Sonaron a todo lo que lleva petándola en Gran Bretaña durante unos cuantos años, más a The Wombats que a Arctic Monkeys pero por ahí por el medio, por el dancefloor, vamos. Nada nuevo, pero resultón. A veces, hasta se les iba un desliz metalero y mucha actitud desafiante que quedó un tanto excesivamente juvenil o excesivamente, a secas. Mientras seguían tocando y cascando, los GRISES, la banda de Zestoa, estaban al lado, calentando (Amancay, la chica, hasta hacía estiramientos o ejercicios de relajación muscular), y parecían ansiosos por empezar en una situación que a un cinéfilo le hubiera recordado a la técnica de división de pantalla a lo Richard Fleischer. Empezaron fuertes los guipuzcoanos con su rock bailable, teclados a tutiplén, bailoteos "muñón", como dice otro colega (se refiere a los teclistas que tocan con las manos pegadas a las teclas y solo se les ven los brazos mientras mueven el resto del cuerpo), guitarras trenzadas y estribillos galvánicos (cuánto hacía que no usaba esa palabra: ¡me galvaniza!, que yo fui a egebé). Los tuvimos que dejar con la palabra en la boca y nos jodió, porque los GRISES enganchan, pero les colocaron justo cuando empezaba el plato fuerte de la jornada, que dicen los comentaristas radiofónicos.
Yo creo que hubo poca gente, pero prácticamente toda la gente que había se reunió en el escenario uno para ver a James Dean Bradfield y al resto de maníacos. MANIC STREET PREACHERS no defraudaron, aunque es muy difícil que sus nuevas canciones estén a la altura de las viejas, sobre todo, sabiendo lo que consiguieron éstas allá por la segunda mitad de los noventa. Los galeses no hicieron concesiones porque no hace falta, la gente parecía dispuesta a aceptar lo que les dieran. La voz de Bradfield suena tan contundente y sugerente como siempre, y empezó a lucirse con su colección de punteos en "Motorcyle Emptiness" con la que abrieron el concierto, y ya no paró. Se cascó "The Everlasting" en solitario y cerraron con "If You Tolerate This, Your Children Will Be Next" que, aún y con el paso del tiempo, sigue siendo tan rotunda y tajante como el título. Mi sensación personal, muy personal y tan íntima como la ropa interior femenina, es que fue un concierto competente que pudo colmar las expectativas de los fans y de los que no lo son tanto, pero no fue algo memorable ni inolvidable. Eso sí, después de éste, para muchos, entre los que me encontraba, parecía que ya había terminado la jornada.
Aún así, aún vimos a McENROE durante un ratito, y debería subrayar el diminutivo, porque no dio para mucho. De la misma nos volvimos, porque alguien dijo que aquello no le apetecía y que le habían dicho que los YUCK no estaban mal. A nosotros nadie nos había dicho nada, pero aceptamos la invitación, más que nada, porque a los de Getxo ya los habíamos visto antes, y a los de Londres, nunca. Llegamos otra vez al escenario uno, y entre el humo, vimos a un grupo que suena a lo que luego he oído que dicen otros que suenan, es decir, a Dinosaur Jr, Sonic Youth, Pixies (menos) y bandas del palo de te atizo con mi guitarra hasta que te explote la cabeza. No estuvo mal, pero tampoco los terminamos, como suele ser tradición en esto de la cultura de los festivales, donde, a menudo, tienes que cambiar de canal porque te entra el hambre, o la sed, o las ganas de aliviarte de ambas necesidades saciadas (perdón por la escatología).
Nos comimos los kebab como si se hubieran terminado antes de empezar, vimos de pasada a NAIVE NEW BEATERS y salimos a seguir bailando, aunque, esta vez, bajo la lluvia. Se hace muy muy extraño que abandones un festival, y te puedas permitir ir andando a casa. Se hace extraño y se agradece.
Y, poco más, hoy más y mejor, quizás. Sobre el papel, el plan es empezar a las cuatro asistiendo al fútbol en directo (que se puede compaginar todo) y luego volver al BEC para ver, si se puede, a unos cuantos grupos, porque, al menos para nuestros gustos, el diseño del segundo día ha traído el disgusto de ver que muchos de los que queríamos ver coinciden. Lo dicho, más, y quizás, mejor. Y si de verdad queréis mejor y habéis llegado hasta aquí, no repitáis mañana, estoy seguro de que entre los corrillos que ayer pude ver se dijeron cosas más interesantes y agudas que toda la sintaxis y morfología que yo he derrochado aquí. Y ya sabes, si toleras esto, los próximos...

miércoles, 20 de noviembre de 2013

FIASCO FICCIÓN! Antología de letras de música chill-out por A.J.P. Peleteiro


Aquellos que leais este blog, aunque sea de vez en cuando, quizás recordéis que hace poco prometí que me proponía publicar aquí, también de vez en cuando, entrevistas y algo de ficción, relatos cortos, microrrelatos o poesía, que tengan relación con la música. Y, aunque no sea un tío de grandes ideales, sí que intento cumplir lo que prometo. Así que, a partir de ahora, cuando, antes del título de una de las entradas, veías la etiqueta FIASCO FICCIÓN! ya podéis echaros a temblar: si no hay suficiente con las memorias en tres volúmenes de los ex-presidentes, aquí llega la sospechosa aportación a la literatura universal del blog Fiasco Fiasco! Eso sí, todos los que participamos, bajo pseudónimo, nos guardamos el copyright y los derechos de reproducción, que para eso son nuestros lo mismo los vicios que las virtudes. Habrá otra etiqueta cada vez que os amenace con una entrevista, pero, de eso, ya hablaremos otro día. Hoy abro esta nueva sección con un cuento, quizás demasiado largo y difuso, de A.J.P. Peleteiro, y ya no volveré a prologar cada entrada de esta categoría con otro pesado prólogo como éste, así que podéis respirar aliviados. En próximas entregas, en lugar de esta explicación, volveremos solo a las fotografías para encabezar cada una de ellas. Dejo un par de líneas en blanco, coloco la fotografía para ilustrar esta primera entrega, cuyo título ya tenéis ahí arriba, y estrenamos FIASCO FICCIÓN!



 
Me pone nervioso su media barba, pero me calma la ginebra. No hay que ser un genio para entender que la barba no tiene nada que ver. Son sus ojos. O su sonrisa. Dime lo que quieras, pero es falsa. Y su mirada también esconde algo. Eso sí, aunque lo que me moleste sea su manera de mirar o sonreír, todo lo demás como que se multiplica. Quiero decir que se vuelve más evidente, más detestable: su postura tiesa, sus gestos condescendientes, sus hoyuelos, su trenca de alamares de cuero, sus zapatillas chucktaylor, su bandolera sobre la mesa con dos chapitas de keepcalm. Su puta cara de niño. ¿Por qué? Yo no me fiaría de mí mismo: es la ginebra. O quizás es que, con el tiempo, mis venas han hecho kalimotxo con mi sangre. Se ha mezclado con un vino balsámico, producto de mi patética amargura, pero dulce, con ese toque a frustración que, en realidad, me excita más que los matices mentolados. Jamás debí tomar aquel curso. Para qué: si lo que me gusta es beberlo de un trago, no saborearle los taninos. 
Creo que él lo nota. Se me tiene que notar. Le he metido un buche al gintonic y las reflexiones se me han cruzado en el ceño, como un brote repentino de urticaria. No parece que se haya dado cuenta, así que soy yo el que fabrica, esta vez, una sonrisa fingida. No le sostengo más la mirada, vayamos terminando con esto:
- Y así fue.
Asiente. Sonríe. Se plancha los pliegues de la parca. Con la primera pregunta, abrió un bloc de notas que no ha usado mientras me iba por las ramas contestándole. Lo tiene sobre el regazo y puedo ver cómo la primera hoja sigue en blanco; y el bolígrafo encapuchado.
Cuando llegamos, el bar bullía. Tenía colorines y todo. La gente hablaba a gritos, como si estuvieran en uno de mis conciertos. Supongo que era porque hoy es viernes: la sobremesa del último día de la semana laboral; las ganas de empezar el fin de semana y alargar el tiempo libre para almorzar. Yo qué sé. No entiendo de esto, me lo imagino. El caso es que estábamos rodeados y ahora, ya no. Cuando el local empezó a desalojarse, me fijé en la música que sonaba de fondo: el “Get Off of My Cloud” de los Rolling, y casi que me dieron ganas de disfrutar del momento. Los buenos momentos siempre duran un mísero instante, claro: un camarero, que parecía tener más ascendente, o quizás más mala ostia, que el otro, sobre todo menos pelo y más bigote, le hizo un gesto rudo y amenazante al más joven y cambió de disco: desde entonces había sonado un chill-out tan comatoso que la ginebra parecía crema y te daban ganas de sentarte en el suelo con las piernas cruzadas mientras con los pulgares e índices de ambas manos te ponías a dibujar dos círculos perfectos con los ojos cerrados. Solo quedamos nosotros dos en todo el bar. La hilera de mesas enfiladas a la izquierda del bar está abandonada. Todas las mesas abandonadas, menos la nuestra. En la barra, el camarero más veterano y calvo parece haber desaparecido después de adecentarlas. El joven, con aire perezoso y el pelo revuelto, se entretiene viendo el televisor aunque lo único que se escucha es el maldito chill-out. El tío no se atreve a cambiar la música.
Han pasado solo unos cuantos segundos desde que cerrara mis explicaciones con un "así fue" y un buche de gintonic. Posó el bloc de notas sobre la mesa que nos separa y aún sigue buscando algo en su bandolera. Encuentra finalmente lo que busca, que parece ser un trozo de papel doblado. Lo desdobla, lo estira, lo posa sobre la mesa y, con una solemnidad que, instantáneamente, casi me hace vomitar, me pregunta:
- ¿Lo reconoces?
Me dan ganas de pasar directamente al fundido en negro y los créditos. ¿Qué te crees que es esto? ¿Una película? Apenas conozco a este tío. Sé que debe ser del barrio, que coincidimos en algunos bares, dónde iba a ser si no. Sé que hemos cruzado un par de palabras alguna vez antes. Siempre a esas horas en las que las palabras se te enredan en la boca como si estuvieras comiendo madejas de hilo. Y, de repente, me para un martes por la mañana al tropezarnos en la calle y me dice que quiere hacerme una entrevista para un blog musical; me cita en un bar de moda con cojines mullidos y olor a pachuli, y me empieza a sonreír como si quisiera venderme un seguro de vida. Y yo me dejo emborrachar para así sostenerle la mirada y soportarle la sonrisa, porque no tengo nada mejor que hacer. También porque quiero dejar de escuchar esa voz impertinente que se apoderó de mi cerebro desde que nos sentamos en la mesa y me fijé en su barba y en su sonrisa: esto te gusta, te gusta, te gusta, tú y solo tú has decidido venir. Podría ser un buen estribillo. El caso es que, doble tirabuzón, ahora, como si esto fuera una mala película de detectives, me saca una foto imprimida, en blanco y negro, de un tío muy serio y escuálido... y, con toda la pompa y la pulpa de un actor de cine americano, me pregunta: ¿lo reconoces?
Lo cojonudo es que lo reconozco. Y me cambia el semblante de golpe. Cojo el papel y me lo acerco a la cara. Las bolsas en los ojos, esa mirada cansada es inconfundible. Reconozco también la chapa en la solapa de su chamarra de cuero. Lo reconozco, vaya si lo reconozco.
- Sí que lo reconozco.
Lo que no reconozco es mi voz.
- Es mi padre.
Me dice, así, como si hubiera visto atacar naves en llamas más allá de Orión o yo qué sé.
- Tu padre...
- Sí, mi padre.
- El Ringenbeitia es tu padre.
- Sí, era.
- Era, sí.
Le miro a él, miro a la fotografía. Le miro a él. No es que haya aprendido muchas cosas en esta vida, y la mayoría, las he olvidado al poco de aprenderlas. Sin embargo, sin llegar a comprenderlo, he aprendido a confiar en algo que otros llamarían instinto o intuición y que yo no llamo de ninguna manera en concreto porque es como una niebla tibia, un sonido sordo, un dolor de muelas que permanece después de tomarte una ensalada de calmantes. Y miro la foto. Le miro a él. La niebla se hace espesa, el sonido ensordece y debajo de la analgesia aún siento el dolor de muelas: ésa es la verdad. Llámalo instinto o intuición si lo prefieres, pero algo me dice que no está mintiendo.
- Sí, era. Y, por ejemplo, lo que no sé es por qué le llamaban el Ringenbeitia.
Le devuelvo el papel, me levanto. Tengo como una electricidad nerviosa en las suelas de los zapatos. Hago un gesto extraño con las manos, pero no digo nada. Y luego añado:
- Voy a...
Arqueo las cejas. Miro hacia la barra. Si esto fuera campo abierto, hace tiempo que me habría puesto a correr hacia el infinito. Al final, no sé muy bien cómo, me compongo:
- Voy a fumar un cigarro fuera. Vuelvo enseguida. Pídeme una cerveza, por favor. Tú tómate lo que quieras. Ésta la pago yo.
Y sin esperar respuesta, me vuelvo y camino hacia la calle fijándome en que hay serrín en el suelo, lo que no es muy cool ni muy legal, pero me ayuda a calmarme porque puedo arrastrar los pies y jugar a trazar líneas. Noto en la chepa su mirada colgada, o quizás es la del camarero, pero, en cualquier caso, no me siento a gusto hasta que no salgo fuera. La luz de la media tarde me deslumbra. El ruido del tráfico me acoge. El paso de los peatones me devuelve a la realidad. Mientras me enciendo el cigarro, voy intentando respirar hondo y calculo: si sacaron el Fervor en 1983, nosotros lo escuchamos en el... ¿qué?, ¿el 86 por primera vez? Yo tenía dieciocho; pon que, entonces… él tenía... ¿veinte años?... Han pasado casi treinta años... Pues sí, puede ser su hijo, por qué no. Y yo, ¿qué tengo? ¿cuarenta y cuántos años? Puta locura.
Sin darle más vueltas, sin terminar el cigarrillo, lo lanzo al suelo, lo piso, y vuelvo dentro, siguiendo las líneas que dibujé al salir, intentando evitar los espejos que decoran la pared y que parecen disfrutar con el morbo de mi reflejo. Él sigue allí sentado, bien derecho. El camarero mira el televisor, pero, de reojo, me va escoltando, lo noto. Todo sigue en su sitio y en su momento. Yo también me siento. Y presiento que voy a cometer más de un error:
- Bien, qué quieres.
Le pregunto sin acabar de sentirme cómodo. La cerveza me mira directamente a los ojos. Me estaba esperando. Solo con cogerla, se me regula el pulso. De un trago acabo con la mitad. Después, hago lo mismo con lo que quedaba del gintonic. Sé que él juzga cada uno de mis movimientos. Ahora mismo, no tengo fuerzas para contestarle.
- Qué quieres saber...
Repito. Y sonríe. Treinta años... no tendrá más de treinta años, pero se le ha quedado esa cara que se les pone a todos los que han descubierto la alegría y la desgracia a través de una pantalla de ordenador. Quizás es que me asusta más de lo que me enfurece. Aunque no seré yo quien lo admita. Se parece a su padre como yo me parezco a Mick Jagger: por casualidad. De refilón. Casi por inercia. Debajo, ya sabes, de la media barba y de la sonrisa postiza, descubro un aire familiar. Los mofletes lo estropean, eso sí.
- Pues puedes empezar por explicarme por qué le llamaban Ringenbeitia.
- Sí, eso es, empecemos por el principio, claro. Por lo más importante.
Tengo sarcasmo de sobra para sobrevivir una semana encerrado en esta conversación. Me encendería otro cigarrillo ahora mismo. Ahora mismo. Busco al camarero, sigue en su puesto. Una rápida mirada: el bar sigue igual, vacío. Le grito:
- ¡Eh, jefe!, ¿le importa si fumo?
Se asusta. Reacciona rápido:
- Hombre...
- No hay nadie, joder, qué más le da. Si viene alguien lo tiro.
- Es que...
- Si viene el calvo con bigote se lo apago en un ojo.
Se ríe.
Se hunde de hombros y vuelve al televisor. Sin mirarnos, grita:
- Lo tiras si viene alguien.
Así que me enciendo un cigarro. Le ofrezco uno a él que lo rechaza y, sin coger carrerilla, empiezo a hablar porque tengo ganas de terminar antes de empezar:
- Pele... Es decir, tu padre... Bueno, sabes que también le llamaban Pele, ¿no?
Asiente y con pocas ganas explica:
- Yo también me apellido Peleteiro.
- Ah... Bueno, pues Pele, aunque se apellidaba Peleteiro, era más vasco que los levantadores de piedras. O, al menos, decía que lo era. También era un mediocre guitarrista, eso lo sabe todo el mundo. Lo que no saben es que le gustaba todo lo que oliera a salsa barbacoa y cagada de caballo. Se veía todas las películas de vaqueros. Siempre vestía con sus botas, hasta se compro una placa de sheriff... Ésa, la de la foto, vamos. No sé de dónde le venía esa obsesión, pero le gustaba toda esa parafernalia del Oeste. Y le gustaban Jason & The Scorchers. Claro, nosotros no teníamos ni puta idea de quiénes eran porque nosotros no salíamos de Eskorbuto y las Vulpess, pero frecuentábamos este bar... bueno, tú lo conoces. Hemos coincidido ahí alguna vez, ¿no? El tío que lo llevaba entonces ya no pincha. Ya no sabe ni atarse los cordones. Pero antes era una eminencia. Le llamábamos así: La Eminencia. El caso es que se traía música de Londres o de dónde fuera. Luego lo pinchaba en el bar y nosotros le dábamos la tabarra. Así descubrió Pele el cowpunk. Tu padre escuchaba todo lo que le contaba la Eminencia como si le estuvieran hablando de la Atlántida. La Eminencia sabía inglés y leía revistas. A veces, se las dejaba a tu padre, aunque no entendiera lo que ponía en los pies de foto. Así se convirtió en un chiflado admirador de Jason Ringenberg. Siempre estaba con Ringenberg por aquí, Ringenberg por allá. ¿Jason Ringenberg?, ¿no?… No sabes: el cantante de Jason & The Scorchers. Si no lo sabías, te lo acabo de decir. En fin, que solo escuchó un puto EP, el Fervor, pero ya tuvo suficiente. Yo empecé a llamarle Ringenbeitia. Igual que antes le llamábamos Peletiain por lo vasco que decía que era. Le hizo gracia y se quedó con el nombre. Tampoco es que... Quiero decir, tenía ya veinte años, los apodos se ponen antes. La gente le seguía llamando Pele. Además, se fue al poco tiempo, así que... lo de Ringenbeitia quedó como algo personal, entre él y yo, más que nada.
- ¿A él le gustaba?
- Sí, yo creo que sí. O, por lo menos, le hizo gracia. La última vez que hablé con él, me acuerdo, descolgué el teléfono y dijo algo como que así: hey hey hey aquí Ringenbeitia al habla...
Me río. Con todos los dientes torcidos en fila india. No sé por qué, pero hasta me sienta bien. Quizás es porque instintivamente he activado el ahuyentador automático de sentimentalismos trágicos. Vamos, que no quería hacer el imbécil. No te pongas moñas, me venía repitiendo mientras iba hablando. Y funciona, pero también tiene contraindicaciones, tics nerviosos, como ponerme precisamente así, nervioso, y sonreír con toda la boca abierta, lo que me hace sentir aún más incómodo.
- Y eso: ésa es la historia. 
Si vuelve a sonreír, le salto los dientes, pienso; pero me distraigo enseguida porque he terminado de fumar y no sé dónde apagarlo. Como ya me he terminado el cubata, la colilla termina hundida entre los hielos y apuro la cerveza de un segundo trago. Empiezo a arrepentirme de todo y se agolpan los pensamientos, si es que lo que me viene a la cabeza se puede llamar así. 
Le busco. Está mirando al suelo. Pensando, pienso. El camarero se ha desplazado hasta la esquina más alejada del bar porque un cliente entró y se quedó allí esperando a que le atendieran. La música es como cualquier otra droga, la mitad del efecto es somático. En mi estado actual, los loops me están trepanando el cerebro. La percusión eléctrica parece un gota china en mi entrepierna. Quiero irme de aquí, pero no puedo moverme. Empiezo a sentir cómo el alcohol actúa con sigilo: se me está agriando la mala leche. Ringenbeitia, puto Ringenbeitia... 
- Fue hace mucho tiempo todo esto, chaval...
No sé por qué he dicho eso, cómo ha salido de mi boca. Esto es delirante: es como si fuera consciente de mis gestos. Y estos me parecen torpes y nerviosos. Estoy inquieto. Ningún sitio me convence y no sé qué hacer con mis propias manos: las coloco bajo mis piernas, luego las recupero y busco los bolsillos; intento jugar con el mechero, me revuelvo el pelo, me acaricio la nariz. Él se ha ocupado de recoger la fotografía, de cerrar su bandolera tras guardarla, de ponerse aún más recto y de mirarme directamente a los ojos como para darme el golpe de gracia. 
- Lo sé. En realidad, me da un poco igual. Solo quería saber... Aunque fuera un poco. Pero no va a cambiar nada. Solo quería saber un poco, pero... Eso es todo. 
Su debilidad huele a sangre y yo soy un depredador implacable. Ese aroma tan espeso y delicioso me despierta, me excita:
- Cuéntame un poco tu historia, ya sabes...
Y sin decir nada, se levanta, y aprovecha que el camarero ya había terminado con cualquiera que fuera su tarea y estaba de vuelta en su rincón, mirando atento el televisor mudo. Pide otras dos cervezas y regresa sin prisa, sin pausa. El tiempo de espera lo ocupó jugando con su cartera, y yo lo sufrí contando los segundos. Se sienta, bebe el sorbo que evita que rebose el vaso, y empieza a hablar sin cambiar la entonación ni el ritmo:
- A mi madre también la conoces. Bueno, quizás no la reconocerías, pero sabes quién era. Mi padre se fue por eso, según cuenta ella. Por el embarazo, quiero decir. Conozco toda esa historia de la sobredosis y la policía y el trabajo que su tío le consiguió en una granja de hurones. Es todo mentira. Solo es cierto lo de la sobredosis. Se fue porque mi madre se quedó embarazada y no quería saber nada. Mi madre tampoco quería saber nada de él. Yo nací, crecí fuera de aquí y después volví al barrio. Mi madre se casó cuando yo tenía un año. Mi padrastro era un cabrón que nunca pronunció mi nombre. No me dio el apellido porque mi madre se empeñó en que me quedara con Peleteiro. Ella nunca me ha ocultado quién es mi verdadero padre. En cuanto tuve el conocimiento para darme cuenta de que mi apellido y el de mi padrastro no coincidían, me lo contó todo. Me lo contó a medias, claro. Con el tiempo, poco a poco, he ido averiguando alguna otra cosa. 
- ¿Quién es tu madre, pues?
- Qué más da. 
- No me jodas. 
- Mi madre era una de tantas chicas que aparecía por el parque cuando tú eras el puto amo. Si te dijera su nombre te sonaría a chino. Qué más da. Ahora es una modesta viuda con una pensión deshonrosa. Mi padrastro murió hace unos años. Dice que le echa de menos, pero yo no la creo. Solo necesita que la visite un par de veces a la semana. Así ya es feliz. No es una historia extraordinaria. 
- Tampoco la mía. 
- Lo sé. 
- Ni la de tu padre. 
- Eso también lo sé. 
- Entonces, qué es lo que querías saber. 
- No lo sé. 
Se produce uno de esos silencios que en las películas cubren con un primer plano, pero el mío es desagradable, y él suyo inquietante, así que el silencio se hace más largo de lo recomendable. He dejado de obsesionarme con él y con lo que me rodea. Mi cabeza se ha vuelto compulsivamente lógica, así que me he puesto a analizar toda la información recibida como si tuviera que resolver un problema matemático. Yo rompo el silencio:
- Para llevar el mismo apellido… tuvo que daros permiso, ¿no? 
- No quiso saber nada, pero eso sí lo permitió. 
-Pues, no lo pillo.
- Qué quieres que te cuente...  Según me dijo mi madre, cumplió con lo que dicta la leí, ya está. Pagar y firmar papeles, eso, al parecer, lo hizo religiosamente. Si quieres que ahora te cuente una película y te diga que he encontrado un taco de cartas que mi madre escondió o que fue a verme desde la última fila en la función de Navidad... va a ser que no.
- No me jodas. 
Hace como que sonríe. Se termina la cerveza. Ahora yo soy el que está confuso. Esto parece un partido de tenis donde en lugar de devolvernos pelotas de pelo amarillo, lo que rebotan son granadas de mano. Como los dos globos oculares que acaban de explotarme hacia dentro. Los cierro y parecen incrustarse en mi cerebro. Ángel Peleteiro… puto Ángel Peleteiro. Peleteiro… alias Pele, alias Peletiain, alias Ringenbeitia. Ese mocoso angustiado y lunático con el que yo monté una banda que ha sometido mi vida desde entonces, para la bueno y para la malo, renace de sus cenizas con un secreto que no me afecta, pero me confunde. El adolescente más atormentado del barrio, el delincuente con los ojos cansados desde que nació, el guitarrista más mediocre del mundo. Todo empezó ahí. No solo mi condena y mi albedrío, también la de él. Nosotros solo nos aburríamos y teníamos curiosidad. Nuestro único talento fue no tenerlo y que no nos importara. El grupo creció muy rápido, demasiado rápido, por la necesidad de otros más que por la nuestra. Y, sin embargo, todo parece ahora una historia ajena, desconocida. Pele… padre; y el hijo, aquí delante. Y yo haciendo como que el tiempo solo pasa en los calendarios. Quiero encenderme otro cigarro. El camarero sigue viendo el televisor que no dice nada. Estúpido, murmuro. El cliente que entró, se marchó. El chill-out rebana las circunvoluciones de mi encéfalo, como, si, de repente, yo fuera capaz de pronunciar palabras como circunvolución y encéfalo. Y, sobre todo, él sigue ahí. Su mirada sigue penetrándome, fija, afilada como si fuera un cuchillo y la mía, mantequilla. En eso, no se parece a su padre. Y al mismo tiempo, sí lo hace. Si quieres que me explique mejor, espera sentado. Esto empieza a ser demasiado. Demasiado para tan poco alcohol. Demasiado para alguien como yo. 
Bebo de un trago lo que queda de cerveza y hablo como si intentara doblar los barrotes de la jaula:
- Pues lo siento por todo, chaval. Y no sé muy bien qué decirte, porque, ahora mismo, acabas de darme demasiada información y... Bueno, información un tanto flipante, me entiendes. No sé muy bien...
- Tú nunca has sabido nada. 
- ¿Cómo?
- Es lo que tiene estar por encima de todo...
- Pero… de qué coño vas…
- El puto amo, la estrellita del punk…
- Oye, ahí, no. ¿Quieres tocarme los cojones? ¿Todo esto es porque alguien tiene que cargar con la culpa? ¿Me vas a acusar ahora de matar a Manolete? Si vas a tirar por ahí, igual deberías saber que no tengo el nervio como para aguantarme las ganas de repartir ostias. 
- Ya sé que repartes ostias, ya lo sé. 
- Y gratis. 
- Lo sé. 
- Cuando quieres sí que sabes, sí, pero lo que tienes que saber... Eso no lo sabes. Así que, hazme un favor, y cállate la boca, joder. ¿Te piensas que puedes venir aquí y contarme historias de miedo y luego, encima, tocarme las narices? No tengo yo mucho aguante, niño, el mismo que tuvo tu padre, así que, vamos a dejarlo aquí y tengamos la fiesta en paz. Coges y te llevas tu historia bien metida en la bandolera y a mí me dejas tranquilo que bastante tengo con lo mío.
El camarero había cambiado el televisor por nuestra mesa al oír palabras como ostias... y Manolete. Todas en un volumen más alto de lo normal. Cogido ya el ritmo, nunca he sido de los que se para a recapacitar: busco en los bolsillos y, aunque me cuesta encontrarlo, lo hago. Saco un billete de veinte euros y lo dejo sobre la mesa. No miro a ver cómo reacciona. Simplemente, me pongo de pie. Él no se mueve. Debe de tener la mirada clavada en algún punto inexacto sobre la mesa. Lo que sí hace es hablar:
- Está todo pagado. Y no tengo más preguntas. Gracias por todo. 
No se mueve. El camarero se convence y vuelve al televisor. Él no se mueve.
Yo tampoco. Pero él está sentado, recostado sobre el asiento, logrando con su quietud que mis pies parezcan estar plantados sobre arenas movedizas. Esto no pensaba confesarlo, pero no puedo reprimirlo: cada una de las últimas palabras que dije se repite en mi cabeza como una letanía. Bendito el día en el que comencé a tener conciencia, joder. Así que vuelvo a sentarme. En realidad, más que sentarme, parece que me derrumbo. Meto las manos en los bolsillos de la chamarra; si pudiera me las cortaba:
- Mira, hijo, y voy a llamarte hijo porque así me siento mejor. No sé muy bien qué es lo que quieres. Si quieres que te diga que tu padre fue un hijodeputa, eso creo que ya lo sabes. Igual quieres que te lo confirme, y te lo confirmo. Te confirmo que tu padre fue un tío cojonudo al que le martirizaron los mismos vicios que aún me martirizan a mí. Si dejó preñada a tu madre y se marchó fue porque era cobarde y frágil como lo soy yo. Como lo hubiera sido yo en su situación. Tendría las mismas excusas que yo, ninguna suficiente para liberarle de culpa. Así que, si yo fuera tú, lo único que haría sería aceptarlo. Él fue tu padre. Ahora, te digo, eso no tiene por qué significar nada. Mírate, yo qué sé. Seguro que eres un tío decente y tienes un bonito futuro por delante. Céntrate en eso y en visitar a tu madre dos veces por semana. Está bien, digo yo, que quieras saber la verdad, pero… que no te torture, para eso ya está el chill-out... Joder con el chill-out… ¡Joder con el puto chill-out!
Grito, y mi amigo el camarero ya no estaba aburrido mirando cómo hablaba gente que no oía en el televisor. No. Ahora, estaba en el mismo medio de la barra asintiendo a algo que le decía su jefe o compañero, el rapado con bigote marcial. Ni lo habíamos visto entrar, ni en su momento le vimos salir. Los dos se quedan como gatos de porcelana, con las uñas más largas que las de Lobezno, alterados por las vibraciones de mi voz cazallera. No soy hombre de grandes pensamientos, ya lo he dicho, ni de mucha filosofía, pero tengo ésta que dice que el mundo se distingue porque nunca hay un solo argumento, como en las malas películas de media tarde. No, el mundo es mucho más complejo. El calvo tiene su propio guión y no entiende de hijos que buscan padres muertos ni de antiguas estrellas del punk que buscan aún un rumbo a los cuarenta años. Guiones distintos que acaban de chocar. Se acerca hasta nosotros y, desde la barra, veo cómo el cabrón mira al vaso de cubata vacío con la colilla dentro. El otro camarero agacha la cabeza porque los remordimientos, al parecer, siempre te doblan la chepa.
Al rapado le lleva un segundo inventarse un gesto engreído y retador. Seguido, y saboreando cada palabra, suelta la frase como si llevara ensayándola toda la vida frente al espejo:
- ¿Tienes algún problema, majo?
- Tu jeta. 
Apenas le dejé que terminara de preguntar. Estoy contento. Acabo de encontrarle un final feliz al día de hoy. Ahora sí que sé cómo cerrar este episodio y largarme de aquí. Ya he agotado el estribillo, y hay que cerrar la canción. Lo voy a hacer de la única manera que domino, y eso me hace sentirme tan seguro de mí mismo que no puedo evitar sonreír con toda la boca bien abierta. Encima, él participa. No lo sabe, pero está cumpliendo con un papel que le viene como anillo al dedo, me río, como bisoñé a la calva:
- ¿Tienes un problema con mi jeta, majete?
- Tío...
Y es poeta, me río más fuerte. El joven Peleteiro se ha puesto de pie y me dice que no, con la cabeza. Añade algo, pero yo ya no escucho a nadie. No me va a arruinar el cierre. Ya me ha arruinado el sueño. Le guiño un ojo pero, eso no puede controlarse, mi cabeza se ausenta por un momento y recuerdo aquella última conversación por teléfono con su padre. Era domingo, mediodía, yo acababa de llegar a casa. Había salido de ella dos días antes. Apenas hablamos un par de minutos. Quería decirme algo, quizás precisamente lo que hoy me ha contado su hijo. Yo le contestaba con monosílabos. Quería cobrarle con reproches mudos. Pues sí, sí he sido un tío estúpido, orgulloso y, como bien ha dicho él, alguien que se creía por encima de todo, el puto amo. Aunque, no sé muy bien de quién era la culpa.
Todo esto lo pienso, casi que lo sueño, en unos pocos segundos. En lo que tarda el hijo en pestañear, yo oigo como cuelga su padre diciéndome adiós con una lástima que solo ahora parece causar efecto. Soy capaz de oír cómo hace clic el teléfono al colgarlo. Unos pocos segundos, y soy capaz de viajar en el tiempo mientras éste, ahí fuera, se congela. Que se congele no cambia nada. Nunca he estado dispuesto a que la verdad, cualquier verdad, lo que fuera verdad antes o lo que sea verdad ahora, cualquier verdad, nunca, nunca he dejado que la verdad cambie la que ocurre ahí fuera. Supongo que esto también es filosofía, pero es mi filosofía de vida. Lo ha sido toda mi puta vida: ser consciente de que eres un capullo y no hacer nada por evitarlo. Y ahora ya soy muy viejo para cambiar. Así que le guiño el mismo ojo otra vez, le susurro "tranqui", y me vuelvo, otra vez, hacia la barra:
- Siempre he tenido un problema con las jetas de los tíos que quieren parecerse al motorista de los Village People. 
El capullo no es capaz de saltar la barra y tiene que rodearla. Yo bajo al pasillo y, sin preámbulos, bonita palabra, nos repartimos los papeles. El tiempo se coagula y todo se reduce a una coreografía que he bailado cientos de veces antes. No puedo dejar de acordarme de que, hace unos treinta años, Pele se inventó una melodía torpe y deslavazada que imitaba al YMCA y decidimos titularla "Sodomiza al motorista de los Village People" y, mientras los nudillos del respetable hostelero me recuerdan que hace tiempo que mis mejillas no tienen carne, yo me río, me río porque puedo ver, de nuevo, como si ocurriera ahora mismo, al joven Pele riéndose en el local de ensayo, con sus ojos tristes más alegres que nunca, gritando ¡so-do-mi-za! mientras intenta imitar el baile de los americanos, y el mundo parece dejar de girar sobre sí mismo para hacerlo a nuestro alrededor, y me entran ganas de llorar, pero, en lugar de hacerlo, me río.
Me río y soy consciente de que me río, de que grito, emito ruidos perversos y depravados, y golpeo… al aire, río, grito, río, grito, bailo, veo, bailo, miro, recuerdo, golpeo, río, grito, bailo... Abro y cierro los ojos, pero, sobre todo, me sigo riendo como si fuera lo último que voy a hacer en esta vida.
El calvo se cansa. Como los púgiles que llegan al último asalto, me abraza. Y yo me dejo abrazar. Intentan separarnos, pero el abrazo sobrepasa lo terrenal y no consiguen despegarnos. El camarero no lo sabe, pero yo no le estoy abrazando. No le abrazo a él. Abrazo a Ringenbeitia y a su hijo y a su madre; me abrazo a mí mismo porque, aunque nada de esto parezca tener que ver conmigo, no puedo evitar sentirme como siempre me he sentido: cobarde, frágil, un verdadero hijodeputa. Él no lo sabe y se aburre. Se suelta, me aparta y me deja al alcance de su gancho de izquierdas. Y lo suelta.
Caigo al suelo.
Desde aquí puedo ver las chucktaylor
Un calor espeso me hace cosquillas en la nariz.
Soy feliz.
Estoy triste.
Pero soy feliz.
Estoy cansado de soportar este peso y eso que cada día peso menos. Las voces suenan lejos, amortiguadas. Si cierro los ojos, puedo ver al Pele. Puedo verme a mí mismo: joven, inocente, ignorante, puro y malhumorado como el que más. Qué felicidad. Qué distancia más agradable. Qué mullido este cojín de serrín.
Ya no oigo el chill-out.
Ya puedo cerrar los ojos. Se termina la canción, una cadencia perfecta... Estoy cansado, como los ojos del Pele, y cierro los míos, haciendo una mueca que suena, quizás, como un acorde eterno. De sol a do, y creo que sonrío.

lunes, 18 de noviembre de 2013

Yo fui a EGB (a veces, con walkman)




Este próximo martes, 26 de Noviembre, de 19:00 horas a 20:30 horas y en la Fnac de Bilbao se presentará, por todo lo alto, el libro que recoge por escrito el trabajo digital que han venido haciendo Javier Ikaz y Jorge Díaz en su original y exitoso proyecto de "Yo fui a EGB". 
Todo esto, si no me confundo, nació en el caralibro, y, como yo no tengo, no he seguido el acontecimiento de la manera apropiada. Me fueron llegando noticias de cómo crecía todo por terceras personas, por allegados y amigos que sí tienen su página en el libro con cara y que me iban contando cómo crecía el proyecto y cómo se lo merecían. Recuerdo estar conduciendo con cuidado y poca pericia por una carretera comarcal de la Galicia más profunda y toparnos con una entrevista radiofónica con el señor Ikaz. Igual que recuerdo pasear por la playa de La Lanzada y entretenernos dibujando el nombre en la arena. Lo que no esperábamos es que después la gente que andaba por allí aprovechara para sacarse fotos junto a las marcas que habíamos hecho con los pies sobre la arena. Casi nada.  
Me fueron contando qué escribían y, de vez en cuando, lo comentábamos con nostalgia y socarronería. Al fin y al cabo, uno no puede esconder que es fruto de esa generación, la que creció con la Educación General Básica y toda la cultura que los perpretradores de este proyecto se han encargado de rememorar y recopilar.  
Yo intentaré estar el martes en la presentación y os invito a que también lo hagáis y a que, ya sea por curiosidad o por melancolía, os hagáis con un libro. De todas formas, este blog no va de literatura, ni de recuentos históricos, ni sabe de qué va, pero dicen que va de música, así que cerremos esta entrada con un caprichoso recuento de algunas de las canciones que acompañaron mis años de colegio público, miedo al potro, tragedias amorosas prepúberes y desencantos futbolísticos. 
Sin mucho reflexionar, me he hecho una lista de diez canciones, sin ningún orden establecido aunque vayan numeradas, que le pusieron música a mis ocho cursos en la primaria. A estas alturas, mi reputación como crítico (por mucho que lea las memorias de Oriol Llopis) ya está por los suelos, y hace tiempo que me prometí no esconder mis defectos. Así que, sin reputación y con los defectos al aire, qué más da: eso escuchaba para bien o para mal. Al fin y al cabo, a mí me duró la inocencia y la divina ignorancia tanto como usé la bola del mundo que me regalaron en la comunión, y no puedo ocultar que mis años de egebé fueron años de poco interés musical. En torno al comienzo de los años noventa, todo cambiaría de manera dramática. Pero antes, el momento que podría simbolizar mi interés por la música serían esas tardes lluviosas e infructuosas, encerrado en mi habitación, odiando con todas mis fuerzas la flauta roja con la que tenía que aprenderme las notas y conseguir que mis dedos rollizos no se equivocaran de agujeros. Aún las recuerdo: mi-fa-fa-mi-mi-re-fa-fa... Por eso, la primera canción de la lista es la que es:

1. Jacques Offenbach y Jules Barbier: "Les contes d'Hoffmann"
Ya lo he dicho. Si querías aprobar música en octavo (o en séptimo, ya no me acuerdo) había que convencer al profesor de que sabías tocarla. Mira que no dio de sí la flauta para hacer chistes fáciles e incluso vengarse de algún compañero cabrón. Pero para fomentar nuestro interés musical... buff. Veredicto: negativo.
2. Helloween: "Keeper of the Seven Keys"
Ésta y la siguiente deben ir juntas. Yo conseguí que me regalaran el "Keeper" por mi cumpleaños, no sé muy bien cómo. Ni tan siquiera sé cómo llegué yo a conocer a los Helloween. Por qué o por medio de quién. No lo sé. Pero flipaba con mi cassette y con esa portada fantástica tan colorida. Cometí un error: llevar mi cinta a clase para fardar delante de los colegas. Un repetidor al que no le hacía falta ni soltar cachetes para hacerse valer, decidió que aquella cinta tenía que ser suya y que, por bondad, en lugar de quitármela directamente, me la iba a cambiar por otra cinta... (sigue en la próxima y así enlazo)...
3. Ozzy Osbourne: "Over the Mountain"
... en realidad, me dijo que me la iba a cambiar por dos cintas, dos cintas de Ozzy Osbourne, y yo no sabía quién era, por supuesto. No creo que supiera ni quiénes eran Black Sabbath. Me resistí a aceptar la oferta, pero el repetidor me lo dejó bien claro, con esa clarividencia tan contundente y tan propia de esta escena: "o me la cambias, o me la quedo sin más." Por supuesto, acepté el trueque. Trueque que tardó en ocurrir como un curso entero y que, al final, se quedó en una sola cinta de Ozzy: el Diary of a Madman. Recuerdo el disgusto al encontrarme con una sola cinta y, encima, con una cassette decorada con una portada tan horrorosa. Tardé semanas en librarme del cabreo y la impotencia y escuchar el disco. Y años en convencerme de que, no sé si salí ganando o no, pero, al fin y al cabo, canciones como "Over the Mountain" o "Flying High Again" se acercarían más a mis gustos posteriores que los casi catorce minutos de canción de los Helloween. Benditos repetidores...
4. Hombres G: "Marta tiene un marcapasos"
Qué quieres que te diga. Así fue. Un verano entero persiguiendo el balón en la arena cántabra y escuchando esa canción en el espectacular walkman sony sufbufersurroundingyoquésé que me regalaron por Navidad. Era 1986, tenía diez años, Burt Lancaster la había cagado y yo también tenía derecho a hacerlo, ¿no?
5. Rick Astley: "Never Gonna Give You Up"
Las gafas ray-ban, la camisa por dentro y los pantalones bien subidos por encima de la cintura. Chasquiditos de dedo gordo como si bailara una jota y la cintura más flexible que el blandiblú. El Astley iba en las carpetas de todas las chicas, joder, qué le ibas a hacer.
6. Europe: "The final countdown"
¿Y quién no? 
7. Technotronic: "Pump Up the Jam"
La modernidad venía de Bélgica. Bailar no bailábamos, y menos como ellos. La música de baile nunca ha sido lo mío, pero había que ir a la discoteca si querías llevarte el disgusto de que todos pillaran menos tú. Practicábamos, además, nuestro inglés, aunque ya no recuerdo si esto pertenecía ya a mis años de instituto, pero el disbijit disbijit disbijis teknotroni... se convirtió en todo un jit... naranja, escribe fino.
8. El Fary: "La rompecorazones"
Kilómetros y kilómetros camino de la tierra parda metidos en un Opel Corsa donde el calor podía cortarse con una navaja suiza. El Soto y la Reverte, los chistes de Arévalo, las canciones folklóricas de la tierra y El Fary desde Burgos hasta la sierra de Gata. Mi favorita era ésta por mucho que la del torito bravo la petara. Si me la pones, actúo como los perros de Paulov. Viajo en el tiempo y en el espacio. Años después, ya en la secundaria, le pedí a mi padre que me dejara a mí poner una canción, y le pasé una cinta de noventa de la TDK donde había grabado un par de discos de Extremoduro. Cuando escuchó lo de "cagó dios, en Cáceres y en Badajoz", ya casi a la altura de Béjar, sonrió y murmuró: "hay que ver".
9.Platero y Tú: "Si tú te vas"
En la frontera entre la egebé y el instituto. Donde ahora hay un pub con terraza y todo, antes había una sala de juegos. La calle no era peatonal y teníamos que conformarnos con el futbolín para pasar las tardes de sábado. Recuerdo a mi colega RA gritando lo de que ella está gorda y es fea y es casi como si pudiera volver a ver mis mofletes inflados reflejados en el cristal de la pantalla del Tetris. Antes que Fogerty y antes que los Status Quo, nos pegaron la fiebre del rock and roll Fito y sus compañeros.
10. Kylie Minogue: "Tears on My Pillow"
Nos llevaron de viaje de estudios a Barcelona y Mallorca: visita al Museo de cera, travesía por el Mediterráneo, noches en la discoteca sin alcohol con la música de Big Fun atronando la pista de baile, las Cuevas del Drach, las perlas de Majorica y vuelta a casa en avión cargando con la ensaimada. Todo el mundo tenía que cumplir su reto vandálico para superar el rito de paso y convertirte en un adolescente como dios manda (o como dios mandaba en mi barrio), algo quinqui y sin miedo al conflicto. A mí me pusieron la prueba en una tienda de souvenirs y, como no fui capaz de robar nada que supusiera un verdadero desafío y tuviera cierto valor, acabé por meterme en el bolsillo una postal de Kylie Minogue con un top a rayas que no supuso ningún riesgo, pero que me quitaron de las manos en cuanto salimos de allí. La Minogue estaba de moda y su versión del doo wop de Little Anthony & The Imperials daba la vuelta al mundo. Por supuesto, a nosotros todo eso del doo wop y las versiones nos importaba más bien poco, igual que nos importaba un carajo si Samantha Fox cantaba bien o mal o qué significaba lo que cantaba en inglés Sabrina Salerno. 

Como decía, después llegó la secundaria y el proceso fue rápido y letal. Pero lo que presentan en la Fnac este martes termina, para mí, cuando terminan los ochenta, así que había que ser sincero. Y justo. Por eso, es de justicia pedir perdón por perder el tiempo dándoos el coñazo con mis tristes memorias musicales, y regresar a lo que de verdad importa: si tenéis tiempo y nada os lo impide, pasaros por Alameda de Urquijo, acercaros hasta la cafetería del fondo y dejaros llevar por la nostalgia. Lo pongo en negrita: martes, 26 de Septiembre, a las 19:00 horas. Si no fuisteis a EGB, puede que aún estéis a tiempo de ir: Marty McFly y Emmett Brown quizás os puedan echar una mano, o Ikaz y Díaz, vamos.

Posdata: Sí, si alguien lo había leído antes, al principio escribí jueves 21 de Septiembre. Y sí, también había puesto otra foto. Hace poco, me han informado con urgencia y por medio de un telegrama de que la cita se retrasaba hasta el martes de la semana que viene, así que lo he corregido y corregido queda. Y ya de paso, he cambiado de foto, que ésta sí que no me hacía falta robarla y, además, la otra se veía tan borrosa como veíamos nosotros el futuro, entonces, después de un subidón azucarado de caramelos pez.   

domingo, 17 de noviembre de 2013

Carbluesyón





Pues sí, ayer, por casualidad, estábamos a eso de las once y pico (bastante pico) de la noche, apostados en un costado de una sala de conciertos (y de más cosas, digo yo) en Oviedo, dispuestos a ver en directo a unos tíos que se llamaban Mota Blues y a otros que respondía al nombre de Disidentes.
¿Por qué? Las circunstancias, en este caso, no nos interesan. Digamos que el destino (sin mayúscula, no hablo de la editorial) nos llevó hasta Oviedo con una única misión: poner a prueba nuestros estómagos. De hecho, así llegamos al concierto: maltrechos; sin saber si la curva que nos abultaba el perfil era la de la felicidad o la de Sísifo, porque, cada día, ha sido lo mismo: subir el cubierto por la empinada ladera de nuestra barbilla para luego tener que volver a bajar.
Por la mañana, andábamos haciendo la digestión del día anterior por el casco antiguo, cuando en una tienda muy coqueta con ropa muy de importación, yo atendía más a los carteles de la puerta que a las playeras de diseño. Anunciaban un concierto en una sala de Oviedo y tenía pinta de que aquello iba de mods. El grupo tenía un nombre que sonaba más bien a folk con gaitas, pero la estética del cartel y del nombre rotulado de la sala y hasta el de la propia tienda que lo colgaba, con, ya sabes, círculos concéntricos de colores blanco, azul y rojo y referencias nominales a la discografía de Oasis, nos hizo pensar que, al no haber más, contigo Tomás: aquélla podía ser una buena opción para ponerle postre a la cena (pensando en comer… otra vez). El concierto costaba seis euros y la sala o el bar debían estar por allí cerca.
Y yo me pregunto: ¿para qué cuento todo esto si al final no fuimos a ese concierto? Pues supongo que porque aún necesito unos minutos para terminar de hacer la digestión, neno. Y sí: nos sentamos en la plaza de El Fontán a tomar una sidra, y entre lecciones del dueño sobre cómo cocinar bien las fabes y servir bien la sidra, nos dio tiempo a echarle un vistazo a la agenda digital de la ciudad de Oviedo y decidimos que, en la oferta del sábado, había otro concierto que, sobre el mapa, quedaba más cerca del hotel y encima era gratis. Por eso, abandonamos la primera opción y nos decidimos por los Mota Blues y los Disidentes. La información era mínima e inquietante: decían que los Mota Blues tenían un cantante carismático y los Disidentes hacían versiones de la Creedence Clearwater Revival. Nos pareció suficiente.
Nos tomamos un par de cervezas en la ruta del vino, por llevar la contraria, y cenamos en la Sidrería Leonés, donde ya había cenado a comienzos de semana con el mismo éxito. Empachados de sangría de sidra, cogimos camino hacia donde se suponía que estaba la sala Whirpoolwill, que aún hoy en día, no sé si lo he escrito bien. Y no sé si existe: te juro que durante la semana vi carteles con el nombre bien rotulado en el papel. Sin ir más lejos, la ciudad estaba empapelada con carteles anunciando el concierto de Sex Museum el fin de semana que viene (ya podían haberlo adelantado) y en todos rezaba el nombre de la sala aunque escrito de otra manera. Para alguien que viene de fuera, es dificil entenderlo. Y orientarse: la lógica aplastante del mapa nos engañó. Torcimos en la calle Asturias y la primera calle peatonal que la cruzaba debía llamarse Matemático Pedrayes, o algo así, y no se llamaba de esa manera. Dimos la vuelta a la manzana, nos aseguramos de que estábamos mirando bien el mapa y decidimos recorrer la calle con el nombre cambiado hasta que nos dimos cuenta de que, a determinada altura, ésta sí que tomaba el nombre del matemático. Ahora, de la sala Whirpoolwill no había rastro. En algún sitio, en la red de redes, leímos que también la llamaban Kandela antes, pero tampoco había rastro de ese nombre. Y, al fondo de aquella ancha y solitaria calle, sí que estaba iluminado un cartel muy colorido sobre una puerta muy blanca, al abrigo de la cual se libraban del orballo y fumaban en comanda un grupo de jóvenes. Rezaba en el cartel algo así como Equilicuá, nos pareció. Y el portal de al lado decía ser el 18 de la calle. Así que no había más dudas: la sala tenía más nombres que yo. Pero era ésa. 
Era una sala enorme que recordaba a una discoteca que había intentado librarse de su estética ochentera: una escalinata solemne para bajar, baños en mármol antes de entrar, paredes blancas, con la barra negra, poca gente, muchos huecos, escaleras, belvederes, rincones y un escenario más bien pequeño y escorado, cubierto por una sábana negra. A pesar de sentirnos como si estuviéramos en territorio ajeno, no nos movimos. Mientras tanto, calculábamos que había mucho chaval joven pero también alguno que nos doblaba la edad, todo para contar a unas cuarenta personas. 
Y frente a esas cuarenta personas, aparecieron los Disidentes: dos guitarras, batería y un bajista. Uno de los guitarras también cantaba, intentaba azuzar al público y sobrevivir, según decía, a los calambrazos que le estaba dando el micro. Abrieron el concierto con una canción propia, creo que se titulaba "Por mis venas" y que tenía ínfulas de himno o declaración de principios: la palabra rock and roll directamente en el estribillo. Un poco más tarde, tocaron otra que también les pertenece y que, según explicaron, formará parte de su próximo trabajo, el primero, creo que dijeron: "Prima de riesgo", puede que me confunda, se titulaba. La verdad es que la ocurrencia de la letra no hacía mucho efecto, y lo mejor de la canción, en mi modesta opinión, es cierto intervalo instrumental entre las estrofas que le da un toque original, un tanto "dance", a su rock and roll clásico de libro (curioso: mi compañera, ¡simbiosis!, opinaba lo mismo y en el mismo instante). El resto de las canciones de estos tíos de Gijón fueron versiones: homenaje por todo lo alto a John Fogerty y su Creedence, algo de Neil Young, clásicos de Otis Redding pasado por el túrmix de los Black Crowes y después debió de haber aún más porque prometieron volver cuando terminaran los Mota Blues.
Y estos subieron de seguido, dando tiempo justo para echarse un cigarrillo y pedirse otra Carlsberg. Había visto alguna foto por la red y creía que eran cuatro pero allí aparecieron solo tres: el cantante, que, como dije, calificaban de carismático en la publicidad digital del concierto, un bajista que sonaba muy alto y no desentonaría, por estética, al menos, en Delorean (o eso nos obligaron a imaginar nuestras mentes traviesas) y el batería al que apenas veía. Se soltaron, ya desde el principio, con la armónica y siguieron todo el concierto con su blues en asturiano, con un cantante que tocó dobro y guitarra, tomándose tiempo para sus solos, aunque lo que más destaca es la voz más rauca que he oído en directo. Espero que el tío no trabaje en publicidad telefónica, porque tiene que dar miedo encontrarse con esa voz en el auricular de tu teléfono. Parece que es su voz, quiero decir, que no la imposta, aunque, por momentos, sí que parecía que la forzaba o la inflaba. Mi compañera de concierto opinaba distinto: simplemente, pensaba que se le hacía difícil llegar a las notas más altas. El caso es que con la música que hacen su voz queda bien, aunque, también te digo, yo soy de los que cree que la voz de Miguel Ángel Blanca clava la música de Manos de Topo y eso, supongo, es para gustos. Se curraron una versión del clásico de The Box Tops, "The Letter" y el concierto se me hizo corto e inmediato. Casi tanto como el camino de vuelta al hotel bajo el orballo carbayón. 
Siempre es una experiencia llegar a una ciudad que no te espera y colarte entre la gente que no te reconoce. Descubrir nuevos nombres y cerrar la olimpiada gastronómica con una experiencia musical. A veces, descubres cosas que merecen la pena, otras menos, pero siempre aprendes algo nuevo. Siempre hay algo distinto y novedoso, autóctono, quizás, igual que siempre te topas con universales que parecen repetirse en todos los lugares. En esta ocasión, fue la reivindicación de la música en los bares que corrió a cargo del cantante de los Disidentes y que nos recordó al empeño demandante del cantante de los Porco Bravo, Manu el Gallego. De Galicia a Asturias no va nada y poco más queda hasta Euskadi, así que debe ser que el cantábrico es el eje de la música tabernaria.
El fin de semana que viene el rollo será distinto. Por cierto, que me volví sin probar los carbayones, tú. Para la próxima, prometo, me entero de cómo se llama de verdad la sala y los pruebo.