viernes, 31 de enero de 2014

Sí, Seeger



Que vivimos no ya en un mundo globalizado, si no en un mundo complicado, conectado, integrado y enlazado es algo tan obvio como que nacemos, vivimos, nos morimos, y, con el paso del tiempo, se van olvidando de nosotros. No sé si todo el mundo olvidará pronto a Pete Seeger pero, para empezar, su muerte ocupó todas las portadas de los periódicos (o casi todas) y salió en los noticieros (me encanta esta palabra) de todos (o casi todos) los canales de televisión del mundo complicado, conectado, integrado y enlazado.
Tan complicado, conectado, integrado y enlazado que tuve yo que conducir más rápido de lo debido bajo la lluvia para llegar cuando el partido ya había comenzado y me perdí la ocasión de Diego Costa y la parada de Iago Herrerín cuando aún no había pasado un minuto de partido. Había quedado con los amigos para ver un partido de esos que, en el fuero interno, sabes que no te apetece ver, pero todos nos dejamos confundir por la opacidad de nuestros instintos más tozudos, así que fui. Y ahí estábamos viendo a un equipo vasco con un internacional francés contra un equipo madrileño con un español del Brasil, ambos unidos por la historia y por la combinación de colores, pero, en realidad, tan alejados como aquellos dos a los que separa el puente aéreo más transitado del país, y estábamos viéndolo en un bar de esos de alquiler desorbitado, en una esquina estratégica de la zona peatonal donde se reúne todo el ocio del pueblo, que, en su tiempo, fue una cafetería con ínfulas, espejos detrás de la barra y madera decorativa, pero ahora, es un negocio anticuado, regentado por un chino al que llaman con un nombre muy castizo, y una mujer compatriota a la que el fútbol le va tanto como a su marido, y, por eso, mientras los demás lo veíamos en la tele, ambos se dedicaban a darle de cenar a su hija pequeña que estaba hipnotizada por los dibujos de Doraemon que aparecían en la pantalla del ordenador con el que su padre suele pinchar música de todos los estilos, una suerte de vórtice en el que cabe lo mismo el "Gangnam Style" que Extremoduro que Dani Martín que c-pop. Y en esas íbamos ya por la segunda parte y con la eliminatoria jodida para la cuadrilla con la que comparto aficiones, que uno de mis amigos me preguntó, con una sorna aceptable, si yo conocía a Pete Seeger porque llevaba toda la mañana oyendo que había muerto y por más que preguntaba a la gente nadie sabía quién demonios era. Así que, en el bar chino del extrarradio vizcaíno, viendo un partido de la Copa de su Majestad el Rey de España entre un equipo bilbaíno y otro madrileño, mi amigo, de raíces gallegas y funcionario en una ciudad costera cerca de la desembocadura de la ría me pregunta a mí, de raíces extremeñas y cántabras y empleado de una empresa pública en la capital de la república, si conozco a un cantautor blanco norteamericano que nació y murió en la ciudad más cosmopolita del mundo donde, según el censo de 2010, vivía una de las colonias de afro-americanos más grande del país. 
Lo dicho, no sé si nos olvidaremos pronto de Pete Seeger, pero que el mundo está enmarañado y que ya nadie lo va a desenmarañar, está tan claro como complicado lo he hecho para contaros, simplemente, que el miércoles vi un partido de fútbol con los colegas y, por sorpresa, salió el tema de conversación de su muerte. 
Por supuesto, yo le dije que sí. 
Lo que no os voy a decir es en que trabajo, pero os contaré que gracias a ello, tuve la oportunidad de dedicar dos de las horas de mi jornada laboral a hablar con otras treinta personas de dos muertes que acaecieron en un lapso de quince días: por supuesto, la de Pete Seeger, y también, la de Eric Lawson, quinto hombre Marlboro que fallece por causas relacionadas con el tabaquismo. Durante dos horas, hablamos de cosas como la publicidad de género que practicaba la empresa de Phillip Morris, las portadas de Life, la mitología del cowboy, el día que a Bob Dylan le dio por enchufar su guitarra, el discurso del estado de la nación, Mad Men, Martin Luther King, el senador McCarthy y no sé qué más. No me digas que no es una forma agradable de trabajar. Yo no me quejo, aunque solo te cuente lo bueno. 
Y sí, le dije que claro que sí sabía quién era Pete Seeger. Mi amigo asintió y aguantó estoicamente mientras le solté la chapa. Le doré la píldora al bardo de Beacon, rememoré sus tiempos de lucha comprometida, su visita a la España de la censura, su ascendente en la escena folk concentrada en New York, subrayé sus ideas políticas y la sinceridad con la que había vivido por ellas hasta el último de sus días, el hecho de que Barack Obama se empeñara en que estuviera en el concierto que celebraba su elección como presidente, la admiración que sentía Bruce Springsteen, y quise hasta recordarle alguno de los titulares que había leído en la prensa, cómo el Chicago Tribune decía algo así como que durante años él llevó las noticias a las casas del americano medio o como el Minneapolis Star Tribune decía aquello de que en realidad el barrio de Pete Seeger era el mundo con todo lo largo y ancho que éste es. Nada de eso pareció impresionar a mi amigo, aunque afirmaba con la cabeza. Así que insistí con cosas más íntimas, como hablarle de mi antigua compañera de trabajo, la norteamericana de izquierdas que se vio obligada a descubrir cuál era su segundo apellido cuando la España franquista le obligaba a utilizarlo tras casarse con un madrileño de los que apretaban la rosa con el puño, la misma que me hablaba emocionada de cómo canturreaban de niños las canciones de Pete Seeger y de Woody Guthrie como si fuera una composición a medio camino entre "Five Little Ducks" y "The Star-Spangled Banner". Luego volví a lo histórico y le hablé de la única "controversy" más famosa que la panik kontroversy, la que ocurrió en 1965 en el festival de Newport cuando a Dylan le dio un aire y decidió enchufarse la guitarra, y cómo había oscuras leyendas que contaban que a Pete Seeger casi le dio un jamacuco y que intentó sabotear la actuación. Eso parece que hizo algo más de mella en mi colega que, al final, no sucumbió, pero siguió admitiendo con la cabeza y me tuve con conformar con un: "pues sí, sí, será como tú dices", cuando ataqué ya desesperado para decirle que, además de canciones protesta e himnos populares con letras significadas, también escribió cosas como el archifamoso clásico de The Byrds "Turn Turn Turn", pero es que mi amigo, de bondadoso carácter y de reseñable bagaje cultural, lo de la música no lo disfruta tanto como un servidor, y los Byrds, si le sonaban a algo, le podían sonar a película de Alfred Hitchcok y eso solo si ponía empeño y un cuestionable sentido del humor. 
Probablemente él, y si te descuidas, hasta yo mismo, nos olvidemos de Pete Seeger en un santiamén. Igual que alguno ya se ha olvidado de Lou Reed. Pero, lo cierto, es que ambos compartían ciudad, profesión, alguna preocupación, y un talento parecido aunque tan distinto con disfraz. Ambos tenían, además, dos vistosas "ee" en sus apellidos, como si estuvieran llamando la atención, como si estuvieran silbando con dos dedos metidos en la boca, advirtiéndonos de que, si no estábamos atentos y escuchábamos, nos íbamos a perder algo bueno. Lástima que no todo el mundo escuchara aquella llamada. Pero todavía hay tiempo y algún día... venceremos o, como diría él, we shall overcome.

domingo, 26 de enero de 2014

De la mermelada a la macedonia


   Cómo llegué a Pearl Jam es aún un misterio. La música, o la música que me gusta ahora, no me llegó por herencia familiar. He heredado música de mis padres, claro, como todo el mundo, pero no se parece en nada a lo que escucho ahora. Tampoco tuve nada parecido a un mentor, un hermano mayor, algún adulto al que adorar y que supiera dirigirme el gusto con sumo cuidado. Nada de eso. Fui de aquí para allá, con una querencia evidente, pero un poco en zig zag.
   En la cuadrilla que tenía cuando iba al instituto, la música era poco más que el ruido de fondo que te obligaba a gritar más alto cuando intentabas entrarle a una tía en el pub. Como en todos (o casi todos) los grupos de amigos que nacen en la adolescencia, a cierta altura, hubo una mitosis, se fraccionó el grupo. Y fue por razones tan trascendentales y justificadas como los hábitos de ocio, el consumo de estupefacientes, las estrategias de apareamiento y, por supuesto, la música. Mientras a unos les importaba un comino, a otros comenzó a resultarnos fundamental. Sin embargo, incluso cuando aquel núcleo afectivo, aquel círculo de incuestionables energías de influjo y ascendencia se hizo tan pequeño que parecía obligado compartir los mismos gustos y opiniones, incluso entonces, si me remonto hasta entonces, no encuentro las razones exactas para explicar cómo o por qué me acerqué a Pearl Jam. En aquel reducido grupo, Iron Maiden era a la música popular lo que Albert Einstein a la física, Metallica se desinflaba, Eskorbuto era pura literatura, Kortatu una civilización perdida y cuando había que recurrir a los clásicos, se escuchaba a Leño. Nos pasábamos el verano de pueblo en pueblo, de barrio en barrio, viendo en conciertos gratuitos a gente que habíamos visto cien veces antes, peña como Los Suaves, Parabellum, SA, La Polla, Etsaiak, Su ta Gar, MCD, Reincidentes, Gris Perla... Cogíamos el coche para ir a un barrio de Alonsotegui y ver en concierto a Boikot, o íbamos andando por el borde de la ría hasta llegar a lo más alto de una villa costera y volver a ver al Evaristo sacudirse los gargajos a manotazos. Uno de los nuestros pagó por primera vez para ver un concierto y pagó por ver a Gigatrón. Nos gritábamos cosas como ¡Mydyingbride! cuando nos veíamos de acera a acera, y buscábamos los rincones más oscuros de los bares para hacer guitarreos aéreos mientras escuchábamos a Led Zeppelin.
   De ahí, no podía salir Pearl Jam. Estaba más cerca Nirvana, pero, probablemente, me repelía que algunas chicas llevaran a Kurt Cobain en la carpeta. No podía salir, pero salió. No sé cómo llegué, pero llegué. Llegué porque llegó el momento en el que el círculo se me quedó pequeño. Tenía un estrecho agujero en la pared por el que metí la cabeza y lo que vi me gustó. No podía quedarme el resto de mi vida recurriendo a las mismas guitarras, con los mismos accesos de falsete y el doble bombo retumbándome en la cabeza. Por las noches, se me aparecía James Hetfield en sueños y apretaba los dientes tan cerca de mi cara que me orinaba encima. Así que cogí una mochila y me marché de aventura, y en algún momento me metí donde no debía y llegué a Pearl Jam. Y a muchos sitios más. Ya no había vuelta atrás. Desde allí, llegué a la perdición en la que vivo hoy, hoy que soy capaz de pasar de The Misfits a Django Django, de Los Bichos a Javier Krahe, sin ningún tipo de pudor: de la mermelada de perlas a la macedonia de ritmos, sin importarme si desayuno o ceno.
   El primer recuerdo que guardo es de una clase de inglés en el instituto. Cuando estaba en el colegio, una profesora que se aburría y no tenía nada mejor que decirle, le comentó a mi madre que se me daban bien los idiomas, así que casi no tuve uso de razón y ya estaba apuntado a clases particulares de la lengua materna de Dave Alvin. Cuando llegué al instituto, tenía más nivel que mis compañeros y compañeras y eso, en lugar de invitarme al lucimiento y la soberbia, me tentaba de otra manera: me amodorraba en clase, me afanaba para pasar desapercibido; terminaba los exámenes en veinte minutos y me dedicaba a hacer dibujos en la paleta de la silla para no ser el primero en entregarlo. Siempre sacaba un cinco. Pero aquel año, a una profesora de cuyo nombre no quiero acordarme (en realidad, no puedo porque no me acuerdo), se le ocurrió que ya teníamos edad y recorrido para salir a la tarima y hablar durante cinco minutos en un idioma que a la mayoría de mis compañeros (y compañeras) les prensaba la glotis. Aquello era nuevo y yo, que dormitaba al fondo de la clase, cansado ya de malgastar el lapiz en la pared y mi imaginación en la observación de las musarañas, presté atención y me interesé. Nos dio un par de semanas y libertad para elegir el tema. No me hizo falta mucho más de un minuto y medio: decidí hacer mi presentación sobre Pearl Jam. Eran años primitivos en los que no existía la red de redes, ni la wikipedia, ni el buscador de google o amazon.com. No sé cómo lo hice, pero lo hice. No creo que encontrara nada en la biblioteca pública, pero sí que encontré información en algún sitio; y descubrí cosas como que a Eddie Vedder le gustaba el baloncesto (como a mí, y esas cosas unen), la historia de por qué se llamaban como se llamaban y cómo se llamaron antes, por qué titularon a su primer disco Ten, de qué pie cojeaban cuando andaban comprometidos, y muchas otras curiosidades que pensé que iban a dejar a mis compañeros y compañeras (seguro que esperaba que especialmente a una, la que fuera) patidifusos y ojopláticos.
   No recuerdo si fue así, pero apostaría a que no. Lo que sí recuerdo es que me excedí del tiempo porque le pedí a la profesora que me prestara su radiocasete, el mismo con el que nos acribillaba a listenings, y me dejara poner, al menos, un par de minutos de una canción. Me dejó. La puse: Elderly Woman behind the Counter in a Small Town. Terminó. Por invitación de la vanguardista profesora: tímidos aplausos. Cuando volvía a mi sitio y pasaba a la altura del pupitre de digamos que G, repetidor y hombre ya, sarcástico y de pocas palabras además, me susurró, pero bien claro para que lo oyera todo el mundo: "vaya peñazo de canción, tío."
   ¿Por qué elegí a Pearl Jam?
   No lo sé.
   No sé cómo llegué a Pearl Jam, sigue siendo un misterio. Un misterio, precisamente, le pareció a mi abuela lo que sucedió cuando, en aquel cumpleaños lluvioso, desesperada porque no se le ocurría qué regalarme, se dejó de zarandajas y me preguntó, directamente, qué quería. Y yo le dije que una cinta de música. Así que nos fuimos los dos a una tienda de discos (ya no existe), con sus dos pisos y todo, que, en mi ciudad, todo el mundo recordará: cuesta arriba o cuesta abajo, según cómo lo mires, a medio camino entre la plaza del pueblo y la zona de bares. Allí nos metimos los dos y recuerdo ir repasando la vitrina con todas las cintas de cromo y sus minúsculas portadas multicolores mientras mi abuela observaba eso y todo lo demás: la vitrina, la moqueta, el techo, los dependientes, a su propio nieto; como si aquello fuera un planeta alenígena y a ella la hubieran teletransportado o abducido por sorpresa. Elegí el Vitalogy. Ella intentó tímidamente que recapacitara, pero tenía tantas ganas de salir de allí que no opuso resistencia. Cuando ya estábamos fuera, empezó a decir que no con la cabeza, pero no pronunció una sola palabra. Llovía, yo sonreía, y no se podía pedir más.
   No pedí nada cuando una antigua novia (a la que, por cierto, no voy a culpar de ello, porque la culpa es solo mía, pero durante nuestra relación apunto estuve de suicidarme musicalmente) me regaló uno de los bootlegs en directo que publicó el grupo de Seattle allá por el cambio de siglo. Eso y una edición de lujo de un clásico de la literatura fantástica es lo poco de valor, aunque suene duro y hasta soberbio decirlo, que guardo de aquella época.
   Unos años antes, me compré el Yield en una tienda de discos y, al salir y abrirlo (porque entonces, quitarle el precinto a los discos era como levantarle el plástico a la pantalla de un iphone nuevo hoy en día, supongo) se me cayó al suelo y se quedó colgando entre los hierros de una alcantarilla. Me tiré tan de cabeza que, a poco más, y lo que queda allí entallado soy yo. Pero lo recuperé. Y el Yield me acompañó en mis primeras experiencias laborales. Yo que formaba parte de la generación de la mochila repleta de currículos fotocopiados y paseos mañaneros para repartirlos, conseguía, de vez en cuando, algún trabajo mal pagado como profesor de inglés en academias de esas que existían porque alguien alquilaba una lonja llena de humedades en la trasera de algún bloque de apartamentos y, siempre que llegaba el momento de explicar el verbo wish, aprovechaba para poner en práctica mis técnicas pedagógicas state-of-the-art: sacaba el Yield de la bandolera y nos poníamos a escuchar la quinta canción, "Wishlist". Tres minutos y veintiséis segundos que escuchábamos cuatro veces. Primero a pelo, con la letra repleta de huecos que tendrían que rellenar más tarde del revés sobre la mesa, después con la fotocopia delante, una segunda oportunidad, y, por último, escuchábamos la misma canción por cuarta vez para corregirla y disfrutarla completa. Así tantas veces, tantos años más tarde, que si ahora me diera por frotar una lámpara mágica y me saliera un mago que me concediera tres deseos, sin poder evitarlo, por inercia, le respondería: "I wish I was a neutron bomb, for once I could go off." Espero que, si ocurre, el mago pille la ironía, porque como me lo conceda, ya no harán falta los otros dos deseos.
   Desde que ocurrieron todos esos acontecimientos que ahora son meros recuerdos, han pasado muchos años, y varios de ellos los he vivido sin acordarme de Pearl Jam. De todas formas, con todo ese bagaje, la banda y sus canciones, no podía ser de otra manera, se han quedado impregnadas donde quiera que pueda impregnarse la música cuando permanece con uno, pase el tiempo que pase y le pongas los cuernos con la música que sea. Y va a permanecer ahí por el resto de mis días. 
   Supongo que a todos nos sucede eso, lo queramos o no. Todo es cuestión, un poco, de suerte, o de mala suerte, da igual. Es una coincidencia fascinante, casi, como decía el hijo de aquel cantante, religiosa. Escuchas una canción, descubres una banda, conoces a alguien, visitas un lugar, lees un libro, lo que sea, pero sucede justo en el instante de tu vida en el que se alinean los astros o ese descubrimiento encaja perfectamente con el momento que define tu aturdida existencia. No sé por qué fue Pearl Jam, pero fueron ellos. Canciones como Once, Given to Flow o Rearviewmirror se convirtieron en la banda sonora de unos años en los que todo, lo que sucedía y la música que lo acompañaba, todo era de lo más trascendente e iniciático. No me ocurrió a mí solo, le ocurrió a cientos, miles de inocentes jóvenes en los años noventa, cuando la banda se convirtió, en ocasiones para su propio disgusto, en uno de los grupos que más discos vendía en el mundo entero. Betterman o Elderly Woman fueron, quizás, los primeros intentos de descubrir que bajo aquellos murmullos inconexos en un idioma extranjero, existían historias que merecía la pena descifrar como fuera: jugar a desentrañar metáforas aunque tuviera tan poco éxito como mi abuela intentando entender el misterio de su nieto. Empezó con Pearl Jam y no sé por qué; lo único que sé es que después se convirtió en una costumbre que no he abandonado hasta hoy.
   Cuando en 2006, Jeff Ament, Mike McCready, Matt Cameron, Stone Gossard, Boom Gaspar y, por supuesto, Eddie Vedder se presentaron en el escenario principal del Azkena Rock Festival, yo ya llegaba tarde, pero, por razones que no viene a cuento repetir ni explicar por primera vez, acabó por convertirse, de hecho, en el momento oportuno. El mismo día en el que My Morning Jacket prometieron y Wolfmother nos dejaron con la boca abierta, Pearl Jam subió al escenario con tres lustros de experiencia, su bagaje con Epic Records cerrado, y una reputación que les permitiría sentarse en un cómodo sofá en medio del escenario y rascarse las partes nobles mientras veían pasar el tiempo asignado para su concierto. 
   No hicieron eso, que es algo que han hecho muchos otros. En lugar de ello, abrieron con el Go, siguieron con Last Exit y Corduroy, se curraron el World Wide Suicide, Do the Evolution, Even Flow y Why Go antes del primer encore y cerraron con Spin the Black Circle. Por supuesto, tocaron Daughter con el apelmazado epílogo y el público cantando hey ho let's go y me regalaron el Elderly Woman antes de volver versioneando a los Ramones porque creen en los milagros y el milagro fue que aún quedaba por escuchar Black, Given to Fly, Alive, un Betterman que, por razones personales, casi me hace llorar, el homenaje a Neil Young, y terminar con un Yellow Ledbetter en el que, yo no puedo evitarlo, los primeros acordes a la guitarra de Mike McCready son como una sobredosis de la nostalgia más pura que puedes encontrar en el  mercado.
   Estuve allí hace ya ocho años, casi. Llevaba muchos sin prestarles atención. Sin embargo, fue como si un viejo amigo de la infancia regresara un día por sorpresa, llamara a la puerta, y no solo te trajera recuerdos de vuelta, si no que llega dispuesto a cerrar alguna vieja herida que se quedó abierta parecía que para siempre. Recuerdo conducir de regreso a casa y atravesar la oscuridad con aquella lucidez extrema que te deja un buen concierto más que con la luz de los faros. Todavía hoy recuerdo ese concierto de memoria. De qué lado pegaba la brisa, qué colores veteaban el cielo. Aún puedo sentir cómo me miraba ella y era capaz de adivinar qué veía yo; aunque parezca exagerado, es lo más cercano a la felicidad que puede vivir una pareja.
   Eso sí, volví a abandonarles, claro. Como decía, han pasado ocho años desde entonces y le he prestado más atención a los discos con ukelele de Eddie Vedder o a su impresionante colaboración con Sean Penn que a la discografía de la banda que lidera. Pero eso no cambia nada.
   ¿Cómo va a cambiar algo si he sido capaz de escribir una entrada sobre ellos para acabar hablando de mi cuadrilla, de mi abuela, de una antigua novia, de mi compañera de aventuras, de mí mismo y de mi organismo? Si eres capaz de unir la música que hacen unos norteamericanos que no saben quién eres ni falta que les hace con recuerdos tan personales e íntimos como esos, cómo vas a desvincularte de esas canciones. Aunque sus discos hayan quedado enterrados en el fondo de tu discoteca, aunque hayas pasado por alto su discografía más reciente, aunque les hayan arrebatado los puestos de honor en tus preferencias bandas que aún no podían comprar alcohol cuando ellos ya grababan discos, o, lo que es peor, otros músicos que incluso componían antes de que Vedder supiera gatear, ¿cómo van a desaparecer del todo si eso significaría amputar parte de tu vida vivida y, por lo tanto, de la que te queda por vivir? 
   No sé cómo llegué a Pearl Jam, pero sé que jamás me iré de allí. No puedo. 
   Y todo esto no debería haber sido más que una introducción, mucho más breve, para contar después que esta última semana, por respeto y educación, me dediqué a escuchar los siguientes discos: Binaural (2000), Riot Act (2002), Pearl Jam (2006) y, sobre todo, Backspacer (2009) y Lightning Bolt (2013).  Quería ser justo con una banda a la que debía parte de mi educación musical, que es, por lo tanto, un porcentaje muy alto de mi educación sentimental y cultural, y a la que había despreciado y ninguneado en los años más recientes. Binaural, Riot Act y Pearl Jam los había escuchado y les había dedicado cierto tiempo, pero no el suficiente. A Backspacer ni lo conocía ni me lo habían presentado. Lightning Bolt se asomó por casa hace un par de semanas y fue el culpable de que me despertara la curiosidad por lo que había ocurrido antes. Lo que ocurre ahora es que la introducción me ha quedado tan larga y tan intensa que no interesa que ahora siga prolongándola con mi opinión sobre esa producción musical contemporánea. Si pudiera resumirlo en una sola frase diría que Pearl Jam no ha vuelto a alcanzar el nivel que tuvo en los noventa pero ninguno de sus discos del siglo XXI mancilla la carrera de una banda que ha permanecido fiel a un estilo sin sonar recurrente y uniforme, lo suficientemente fresca y responsable como para demostrar que todos sus discos aportan y suman y no son gratuitos ni víctimas de la rutina. 
   Tenía pensado decir más e intentar hacerlo mejor; escribir, por una vez, con sensatez y hondura, pero me ha dejado fundido un repaso demasiado afectado y subjetivo. Más de lo mismo, qué quieres que le haga, no tengo remedio, donde no hay no se puede sacar, y bla bla bla... Pearl Jam. No sé cómo llegué hasta aquí, pero lo hice, y vaya dónde vaya, vengo de allí, así que ya sabes cómo y por qué. Para qué, da un poco igual. 
   Es el misterio de la música. De la vida misma: esta extraña partitura que nos empeñamos en leer como si, en realidad, fuera el mapa de un tesoro.

miércoles, 22 de enero de 2014

Y mientras conduzco...

... pienso: no me jodas, flequillos rebeldes, gafas de past-punk, 501 raídos, esto lo pilla un productor de los de ahora, le pule el sonido, modifica las voces, lo pone en órbita, y este tema la peta en los bares más modernoalternativos de la capital, ¿que no?



... y después, sigo conduciendo.

Sin más.

Aunque, luego, vuelvo a la autovía, las rectas me desvían, y acabo cayendo en otra tentación de esas que, si no matan, es porque engordan. Tiene su aquel la cosa, ¿que no?



Pues no.

Sin más.

Yo sigo conduciendo.

lunes, 20 de enero de 2014

FIASCO FICCIÓN! La misma canción por Cristóbal Villestío





estrofa

   Billy coge la botella del suelo. De espaldas, se apoya por un segundo sobre el peavey y aprovecha para cerrar los ojos. Tiene que parpadear porque apenas puede distinguir las formas cuando vuelve a abrirlos. Su cabeza retumba. No tiene tiempo para eso. De un trago, termina con la botella; parte cae por su barbilla y alivia el calor de su torso desnudo. Abre la boca. Llena sus pulmones de polvo y humo. Se gira con toda la brusquedad que puede mientras se acerca el micro a la boca, se encoge, sus rodillas se comban, y grita como si lo que vibrara fueran sus entrañas y con aquel grito fuera a redimir todos sus pecados.
   A mi derecha, puedo ver a Bob, el guitarrista, voltear tanto su cabeza que las náuseas revuelven mi estómago. Me vuelvo para contar las veces que pega con su baqueta sobre los parches Mike, pero a él no le veo. Se esconde tras una larga mata de pelo. Con cada cabezada, las gotas de sudor salen despedidas y tiemblan contra los platillos.
   Delante, no hay nada. No se ve nada, pero se oye. Se escucha la oscuridad. Una oscuridad que, a intervalos, se enciende repentinamente. Una nueva andanada, pienso, porque me figuro que estoy en la trinchera y las bombas iluminan lo que antes eran solo sombras: los perfiles de soldados que, en primera fila, gritan cuando la metralla les quema en el pecho. Miro mi bajo. Sin pensarlo, apunto con él hacia la oscuridad y disparo sin pensar a quién disparo o por qué. Es la puta guerra.
   Cuando me canso de disparar, regreso a mi acotado mundo circular. Mis piernas se afanan en articular el ritmo. Mis dedos son independientes. Ningún nudo podría sujetar estas cinco cuerdas. Apenas entiendo lo que toco, y menos cómo encaja en el complejo rompecabezas que forman el resto de las notas. El alcohol ayuda. Las decisiones se evaporan. Todo es físico. La única emoción que siento es la excitación de permanecer ajeno a la lógica: mis dedos se mueven por voluntad propia, mis pies dibujan un rastro que parece trazar un mapa sobre el tablado. Mi cabeza, sin embargo, no piensa, no recapacita. Solo intenta que la barbilla alcance mi pecho y, cuando está a punto de hacerlo, se interesa por que mi nunca alcance la espalda. Ése es su único cometido. Todo físico.
   Yo me llamo Tom porque ni el batería se llama Mike, ni el guitarrista Bob, ni el cantante Billy, pero decidimos que nuestro grupo se llamaría así: Billy Bob Mike Tom. A mí me gustaban The Only Ones porque era el único disco que mi padre no tiró a la basura o perdió por el camino. Para Bob, la música empezaba y terminaba en The Rolling Stones y, por supuesto, The Beatles hacían música para niñas con coletas que se habían convertido en madres de familia numerosa. Mike solo escuchaba discos de Cockney Rejects, Cock Sparrer, The Business o Combat 84 porque su hermano mayor vestía sin camiseta, con la cabeza rapada, vaqueros arremangados y botas atadas hasta el último agujero, ya fuera invierno o verano, ya fuera a misa o al ambigú; y él le veneraba al mismo tiempo que, como el resto de su familia, obviaba que su locura no era transitoria. Por último, a Billy lo que le gustaba era la cerveza… y las mujeres, por supuesto; era el único que traía el apodo puesto: Billy de Guillermo, que pertenecíamos a una generación muy creativa y multilingüe.  
   Con ese bagaje, y un cantante con ganas de montarla y que estudiaba en el colegio inglés (más bien faltaba a clase en el colegio inglés), estaba claro cuál era la lengua que íbamos a utilizar y la música que íbamos a tocar. Así que, cuando decidimos montar el grupo, lo primero que nos faltaba era el nombre. Todo sucedió durante el mismo sábado por la noche, sin que nada alterara el devenir natural de nuestros sábados por la noche: me aburro, ¿montamos un grupo?, ¿y cómo nos llamaríamos? Pero cuanto más bebíamos, menos cosas se nos ocurrían, y alguien dijo que si él se llamaba Billy, los demás nos podíamos llamar Bob, Mike y Tom, porque sonaba tan ridículo que quedaba bien. Además de llamarnos así, acabamos por decidir que también el grupo se llamaría así.
   Y ahora estamos cerrando el concierto con la primera canción que compusimos, la única que ha soportado seis años de conciertos caóticos y delirantes. Una especie de himno que resume lo que aprendimos en todo este camino: cuatro acordes, tres pasos de baile, dos claves y un solo compás. Estrofa, estribillo, estrofa, estribillo y mucho ruido antes de terminar. Se ha convertido en lo más parecido que tenemos a un hit de barrio y creo que es solo porque se titula “Billy, Bob, Mike and Tom Don’t Work on Sunday” y eso es fácil de repetir y de pedir que lo repitan, una y otra vez, mientras Billy se lanza de cabeza a la oscuridad, Bob clava las rodillas en la madera, Mike se pone de pie para aporrear los toms con sus propias puños y yo sigo igual, en mi círculo, barbilla, pecho, nuca, espalda, paladeando el gusto salado de mi sudor.
   Nadie ahí abajo lo sabe.
   Solo lo sabemos nosotros.
   No volveremos a tocar esta canción jamás. Ni ésta ni ninguna otra. Pero nadie ahí abajo, en la dulce oscuridad, lo sabe. Todos lo sospechan, lo sé. Lo noto en los pocos ojos desencajados que alcanzo a ver cuando regresa el bombardeo. No saben qué pasa: nunca fuimos tan buenos y nunca pudimos serlo con lo poco que teníamos. Hoy lo somos. Y no lo entienden. Se dejan llevar, no se paran a pensar. La música les tiene atrapados como en unas arenas movedizas de las que no quieren escapar. Les gusta la metralla. Bob les acribilla con la guitarra, como yo hice antes con el bajo, y agarran las balas con los dientes, se sodomizan los unos a los otros: hembras y machos, más machos que hembras, todos fanatizados, fagocitados por un torbellino de cuerpos sudorosos que solo responden al eco que martillea en sus tímpanos. Es un espectáculo maravilloso. Visto desde aquí arriba, quiero decir. Es tan sobrecogedor ver a todos esos náufragos dejándose devorar con alegría por los tiburones que no me extraño cuando veo cómo Billy se lanza de cabeza al océano. Y Bob va detrás, pero él mete primero el mástil para ver si el agua está fría. Me giro para ver que Mike no se altera en su isla desierta: sigue pisando el pedal y aporreando los parches. Y yo no me muevo. Observo desde el faro de mi círculo. Sonrío. Lo veo en sus ojos: lo saben. Todos lo saben. Ha llegado el día.
   No lo hablamos antes de empezar. Decidimos que terminaríamos con esta canción pero no decidimos cómo terminar la canción. Alargamos cada nota y repetimos la coda una y otra vez. Sin fin. Buscamos una eternidad que sabemos que va a reventar en cualquier instante, pero, por un único y definitivo momento, nosotros tenemos el poder: en las cuerdas, pero tenemos el poder. No podemos abandonar este momento. Yo no puedo: me encierro en mi círculo. Cierro los ojos. Giro. Voy paladeando cada nota como si fueran pequeños orgasmos. Me olvido del resto. De que tengo dedos, de que pinzan cuerdas, de que tengo pies, de que dibujan ritmos. Me olvido. Y creo que aún sigo bailando y tocando cuando los demás han decidido parar.
   Abro los ojos y el efecto hace que también, de repente, recupere el oído: escucho un estruendo. Son aplausos, silbidos y gritos. La oscuridad se ha iluminado. Reconozco alguna cara, la cabeza calva y el pecho desnudo del hermano de Mike en primera fila, poseído por una locura que no parece la suya y, esta vez, sí que parece fugaz. Me cuesta acostumbrar la vista a la luz. Me giro y me encuentro a Mike de pie, con los puños prietos, alzándolos hacia el techo. Billy volvió a subirse al escenario y tiene a Bob agarrado por el cuello. Los dos juntos saludan acompasando reverencias. Consigo subir la correa por encima de mi cabeza y poso el bajo en el suelo. Mis piernas tiemblan. El cuerpo se ha desprendido instantáneamente de toda energía. Doy dos tímidos aplausos. Me doy la vuelta. Encuentro mi cerveza y doy un largo trago. Todo pasa tan lento que las voces, y los silbidos, y los aplausos pesan tanto como el plomo, se escuchan como salidos de un pozo. Encuentro un cigarrillo y me lo enciendo. El estómago se me revuelve. Entonces, siento un tremendo tortazo en la espalda y veo la enorme y dentada sonrisa de Mike a pocos metros de mi cara. Es como si alguien volviera a poner la aguja en su sitio: la velocidad regresa, las voces, los silbidos, los aplausos recuperan su volumen. Mi cuerpo parece recobrar la energía perdida. Devuelvo la sonrisa a Mike y acepto la invitación: nos unimos a Bob y Billy. Los cuatro en línea, unidos en la dulce agonía de la genuflexión.  
   Miro al frente. En una esquina, la reconozco. La sonrío. Ella también sonríe. Un latigazo me recorre el cuerpo y clava la fusta en la nuca de mi estómago.
   Voy a vomitar.


estribillo


   No he desayunado. Tengo veinte euros en la cartera. Y muy malas pulgas, pienso, mientras cierro la cartera y la vuelvo a guardar con los veinte euros dentro. Mi estómago lo celebra con un taconeo.
   Acaba de despuntar el día y yo todavía no he llegado a casa. El autobús se retrasa.     Miro el reloj una vez más.
-       No va a venir antes…
-       ¿Cómo?
-       Que por mucho que mires el reloj no va a venir antes.
-       Son las siete de la mañana, joder.
-       Lo sé.
-       Un puto domingo.
-       Lo sé también.
-       Seguro que han vuelto a cambiar al puto conductor.
-       Enciéndete un cigarro…
-       ¿Cuál?
-       Te enciendes el cigarro… y llega. Es una ley no escrita.
-       Cojonudo.
   Me enciendo el cigarro, pero el autobús no llega. Ella bosteza y busca una postura cómoda, apoyada contra la uralita. Deja la mochila a sus pies. Le echo el humo en la cara, pero no abre los ojos. Frunce el gesto, saca una mano del bolsillo y asusta el humo.
-       Métete el puto cigarro por el culo.
   Murmura.
-       No funciona.
-       Tu cabeza sí que no funciona.
   Una franja de baldosines. Los voy pisando uno por uno. Detrás de la marquesina, nada. Las parcelas repletas de yerba alta y, al fondo, la autopista. Desde lejos, veo cómo aún hay luz en alguno de los pabellones. El día va dándole forma a las cosas. Y la forma de las cosas me pone nervioso. Ya estoy nervioso. Me entran ganas de vomitar. Tiro la colilla al suelo, la piso, y mientras tanto me estoy encendiendo otro.  Ella se ha desperezado y apoya los codos sobre sus muslos. Me mira y dice que no con la cabeza:
-       Qué.
-       Siempre igual.
-       Bueno, y qué esperabas, ¿que iba a cambiar todo de la noche a la mañana?, ¿por arte de magia?
-       No, eso, no. Pero de la última noche a esta mañana ya han pasado como seis meses.
-       Seis meses…
-       Pues, sí, seis meses. Creo que ya es hora de que dejes de dar el coñazo, ¿no?
-       Seis meses…
-       Seis putos meses, sí.
-       Seis meses.
-       En fin…
   Recoge su mochila sin decir nada. Me vuelvo y veo cómo el autobús enfila la recta del polígono. Trae los faros encendidos. Alumbra los parches agrietados del asfalto. Viene vacío. Y parece que yo me tranquilizo. Me olvido de las náuseas.
   Ella sube y apenas le saluda cuando enseña su tarjeta. Yo, sin embargo, me quedo mirando al nuevo conductor, un hombre de mediana edad, como yo, con la mirada cansada, probablemente como yo, y las manos grandes como dos zarpas de oso, totalmente distintas a las mías.
-       Llega tarde, ¿no?
-       Ha habido un accidente en la nacional, lo siento.
   Sigo mirándole en silencio. Él también lo hace. Durante unos breves segundos, sus pupilas pasan del recelo, a la duda; luego, a la incomodidad; y, finalmente, sonríe. Agita el dedo índice, y me alarga la mano para que se la apriete:
-       Ya sabía yo que te conocía de algo, joder. Tú eras el bajista de los…
-       Sí. Era yo.
   Sin estrecharle la mano, me giro y camino hasta la fila de asientos donde se ha sentado ella. Cuando llego a su altura, no puedo soportar su mirada, mitad reproche, mitad desgana. Para evitarla, me siento una fila más atrás.
   Ella mira por la ventana. Yo veo cómo el conductor me observa por el espejo retrovisor.
-       Seis meses, joder, seis putos meses…
   El mismo paisaje de siempre.
-       Seis putos meses…
   Los mismos declives, los mismos páramos, las mismas circunvalaciones hasta llegar a la ciudad.
-       Supéralo, joder, supéralo de una puta vez.
   Los mismos pasajeros, los mismos dolores.
-       Supéralo y vive, joder. 
   La misma puta canción.



  

sábado, 11 de enero de 2014

The Kinks o adivina "kin" vuelve en 2014.



La noticia aparecía hoy en un periódico generalista. Solo he leído el titular, y la breve línea que le acompañaba: "Los Kinks, el primer retorno de 2014: crecen los rumores de que los tres supervivientes de la legendaria banda británica de los hermanos Davies volverán a los escenarios para celebrar su 50 aniversario" (El Correo, 11 de Enero de 2014). 
Lo del cincuenta aniversario parece que le da veracidad a los rumores, ¿verdad? Porque, todo lo que hay por ahora son rumores, los mismos rumores que, periódicamente, se repiten cada año. Rumores que apuntan a que tocarán en Glastonbury en 2014, que saldrán de gira a nivel mundial o que, como recogía Susan Gardner en mediamass.com ya han estado trabajando juntos en el estudio y han grabado ocho temas. Pero son rumores.
Ya el 4 de Octubre de 2013 en The Guardian, Sean Michaels escribía un artículo que encabezaba el siguiente titular: "Kinks in talks to reunite for 2014". Algo así como: los Kinks en conversaciones para volver en 2014. Los Kinks quiere decir los hermanos Davies, Ray y Dave, porque sabida es la mala relación que comparten ambos hermanos. De hecho, en el mismo artículo, se citaban unas declaraciones antiguas de Dave que decía lo siguiente sobre su hermano: "Ray is vain, egocentric, narcissistic arsehole". Es decir, que su hermano Ray es un engreído, egocéntrico y narcisista gilipollas. Por ello, Michaels concluía que solo el hecho de que se hubieran sentado a hablar ya era todo un avance.
Hace una semana, el 3 de Enero de 2014, Billboard.com publicaba un artículo de Lars Brandle que partía con el siguiente título: "The Kinks To Reunite for 50th Anniversary?" y, en el Daily Telegraph, el mismo día, otro de Charlotte Runcie repetía la pregunta: "The Kinks to reunite for 2014?" En la prensa británica los titulares se acompañan de signos de interrogación, en la prensa española, la interrogación viene luego, primero, se afirma. 
El caso es que en el artículo de Brandle se citaba una entrevista de Ray Davies para Uncut en la que éste decía que el regreso de la banda estaba "as close as it´s ever been to happening", vamos, que estaba más cerca que nunca. Algo que chocaba con las probabilidades que, allá por el 25 de Septiembre de 2013, le dio Dave Davies al proyecto, según confesaba en entrevista con Andy Greene para The Rolling Stone: "odds of a Kinks Tour in 2014 are 50/50". Fifty fity, vamos, que las probabilidades eran de un cincuenta por ciento cuando le preguntaban por una posible gira en 2014.
Lo dicho hasta ahora: rumores. Algunos periodistas aseguran que los rumores, eso sí, son fundados. Los hermanos Davies siguen sin hablar claro, Mick Avory no dice nada, y los representantes, mánagers o lo que sean de todos ellos siguen con los labios sellados. Ellos tres serían los que protagonizarían el regreso. 
Mick Avory, desde que los Kinks lo abandonaron allá por los años ochenta, se unió a The Kast Off Kinks y ahí ha estado tocando la batería desde entonces. Los hermanos Davies, por su parte, después de abandonar la banda que formaron, comenzaron carreras en solitario que les han deparado un poco de todo. Desde 1985, Ray Davies ha publicado cinco álbumes en solitario. Ha hecho varias giras en solitario con banda o en acústico desde 1996. Durante los juegos olímpicos de Londres de 2012, participó en la gala de clausura cantando "Waterloo Sunset" y ha tocado en directo, entre otros, con Metallica o Mando Diao. En 2010, actuó en Glastonbury en homenaje al malogrado bajista del grupo, Peter Quaife. Hace ya ocho años, sacó un ep de cuatro canciones titulado The Tourist. Por su parte, el hermano ha estado más fructífero últimamente. Dave Davies, quien fuera elegido entre los cien mejores guitarristas de la historia por The Rolling Stone en 2003, sacó Bug, su primer álbum de estudio en veinte años, en 2002. En 2007, publicó Fractured Mindz, con material nuevo. Y el año pasado, publicó I Will Be Me y, para presentarlo, hizo una pequeña gira por los Estados Unidos. Ambos hermanos han sufrido problemas de salud y han perpetuado su archiconocida mala relación. Sin embargo, parece, según los rumores, repito, que estarían dispuestos a darse un descanso y reactivar una banda que formaron hace más de cincuenta años en el norte de Londres. 
¿Os gustan este tipo de regresos? 
Hay para todos los gustos y sabores. Yo he pagado por ver a unos cuantos que, ahora mismo, no sé si pueden ser considerados comeback, porque igual no han dejado de tocar nunca, pero, al fin y al cabo, los vi en directo un poco lejos de sus mejores momentos, incluyendo a The Who, The Sonics, Sex Pistols, Chuck Berry... Y ha habido un poco de todo. Lo que si os puedo asegurar es que, si la economía lo permite, y los rumores se confirman, y los Kinks aparecen cerca de casa, me podrá, te lo aseguro, la curiosidad. 
Por ahora, lo repito por enésima vez, no son más que eso, rumore rumore (y no he hecho la gracia hasta el final, que conste).