jueves, 27 de febrero de 2014

Paco Ya Luce






En seis cuerdas
cabe un mar,
el cielo y las estrellas,
y el sol que las despierta
en cada madrugá.

En seis cuerdas
se resume
el llanto y la alegría,
la brega que da vivir,
lo fácil que nos morimos.

En seis cuerdas
cupo un trono
y en el trono hubo un rey,
el rey que las rasgaba,
que sacaba de ellas mares,
cielos,
estrellas,
soles y soledades,
pena,
gozo,
vida,
y una muerte que para siempre
quedará prendida
al diapasón de su guitarra;
la misma que le servía
de corona
y de coraza;
de corazón
y de coraje.

domingo, 23 de febrero de 2014

Toca la tecla, tócala



Hay más, pero con éstas, vale. Una de las pocas críticas que he recibido sobre este blog es que siempre parece que ando dorando píldoras, que no tengo nada malo (aunque sea constructivo) que decir. Lo de pocas críticas no es porque sean pocas las que se pudieran hacer, si no, más bien, porque son pocos los que han perdido el tiempo en hacerlas. 
En fin. 
El caso es que tienen razón. No sé qué defectos propios manifiesta mi falta de pericia para ver los ajenos, pero, tampoco es que no los vea, si no que, si los veo, los olvido pronto. 
Lo que sí he visto (más bien leído) durante mucho tiempo son críticas furibundas, críticas negativas pero justificadas, críticas recalcitrantes, críticas abusivas, críticas peyorativas, críticas constructivas y críticas críticas. Críticas para todos los gustos y disgustos. Críticas en revistas satinadas, en fanzines mecanografiados y en boca de ácidos exegetas de barrio. Y, el caso es que he encontrado unas cuantas que, con el tiempo, me he encargado de recopilar porque, para mí, tienen un talento que combina lo mejor de Gila, lo peor de los monologuistas de la era televisiva y lo más mediocre del periodismo amateurista más acerado. 
No pongo quién lo ha hecho, dónde se ha publicado, ni sobre qué grupos se hablaba, con lo que los textos se pueden disfrutar como una suerte de sincronía entre Ramón Gómez de la Serna y Remi Gaillard con coprolalia. Literatura barata sin ínfulas ni perspicacia pero en deuda con una tradición que va de la Carajicomedia a Wilt. Son todos del mismo autor, y tengo más de éste y de otros. Le he pedido permiso para copiar y pegar y ya, si eso, otro día, os cuento más y... peor. 


El concierto comenzó con media hora de retraso, lo que no está nada mal. Cerca de donde me encontraba, dos tipos resultones se dieron un pico. El tío que estaba a mi lado hizo un gesto de asco. El que estaba junto a él le dio con el codo. Yo miré para otro lado. Justo entonces empezó el concierto. Lo mejor, ya había pasado.

Tengo infinidad de cosas que contar sobre este concierto, pero solo una es cierta: si mi vieja estuviera aquí, pensaba, se pasaba la hora y media diciéndome que por qué no podía ser yo como el bajista. ¡El tío!, bien plantado, educado y elegante, con la camisa bien metida por dentro, perfectamente peinado, sonriente y todo esto sin tener ni puta idea de cómo tocar el bajo. Yo tampoco sé cómo tocarlo. Ahora, como me corte el pelo, me vaya al Zara y me lo proponga, yo también me monto un grupo molón y doy el pego. Entonces, seguro que mi madre cambia de idea.

Empieza el concierto y me da por inventarme nombres de grupos: Ross Geller Sucks, Maybe Be Me, The Talented Housewives, Big Uncle Reeve and The Ones Who Fell off a Cliff, ComeComeCome, Miracles and Miracles. Después, me divierto otorgándoles un estilo: Ross Geller Sucks son una mala copia de Fugazi con aspiraciones universitarias, Maybe Be Me son un grupo de electro-pop con un cantante canadiense bisexual, The Talented Housewives son pop de cámara con algunos arrebatos rockeros, Big Uncle Reeve and The Ones Who Fell off a Cliff, no podía ser de otra forma, son una banda de niñatos que vieron Treme en la tele y se les fue la olla, y ComeComeCome y Miracles and Miracles podrían ser cabezas de cartel del FIB sin haber aún conseguido utilizar ningún sample original. Una mezcla de todos ellos vendría a resumir, precisamente, el estilo burdo y amalgamado que practicaba el grupo que tocaba sobre el escenario y que me animó a divertirme con este juego.

A veces me pregunto por qué no se venderán gominolas en los conciertos de rock. A estos tíos les vendría de perlas una audiencia ahíta de dulces artificiales.  Más o menos, es como suena la música que hacen, como suenan los pedos confitados después de un atracón de gelatina edulcorada.

No hay nada mejor que un buen concierto de chamber pop después de un buen almuerzo a base de alubias, tocineta, morcilla del Pozano, chorizo de León y un buen trozo de lacón. El clavecín le pone un contrapunto sonoro muy dulce a la percusión de mis tripas. De hecho, creo que sin los redobles de mis intestinos el resto de la música que ocurre en el escenario no tendría sentido alguno.

Esto es peor que una operación de fimosis a los cuarenta años, joder.

Bien. El concierto estuvo bien en líneas generales. Apocados con maestría, zapatos con lustre y virtuosismo en eso de crear atmósferas. Si te digo la verdad, fue un poco peñazo. Con un poco de marihuana y algún barbitúrico, seguro que funciona mejor. Todas las canciones parecían una intro que no terminaba nunca, pero, de alguna manera, resultaban una invitación o, más bien, un cheque regalo a canjear en una agencia de viajes que, eso sí, te daban ganas de rechazar para quedarte en casa y perder la tarde viendo el canal de teletienda. Sobre todo, me gustaron cinco segundos entre el estribillo y un solo de clarinete durante su décima canción, pero no recuerdo muy bien por qué me gustó.

Si alguna vez tengo la oportunidad de morirme a gusto, y, por supuesto, tengo tiempo de elegir una canción para ambientar mi funeral, que pongan cualquiera de estos gilipollas, de verdad, y que os jodan a todos los imbéciles que tuvisteis a bien perder el tiempo en despedir mi cuerpo presente. Aunque, probablemente, si esto se publica, no tendré oportunidad de morirme a gusto, porque me matarán estos del disgusto y, por supuesto, nadie tendrá a bien atender mi sepelio después de llamarles imbéciles.

Cada vez entiendo menos cómo los ingleses fueron capaces de invadir culturalmente los Estados Unidos, aunque fuera hace cincuenta años. Estoy convencido de que se oía mejor música en el Mayflower. O, por lo menos, ésa es la sensación que me queda después de escuchar el enésimo concierto de un grupo de timoratos adolescentes imitando a los invasores británicos de la época en cuestión.

sábado, 15 de febrero de 2014

Puedes juzgar un disco por las versiones de Bo Diddley que incluya



Esa frase de ahí arriba, que no significa lo que significa, viene a que, por fin, le dediqué una mañana a escuchar a The Strypes. 
Cosas habían llegado a mis oídos, y habían llegado como aquello que escribía Herman Melville en Moby Dick: "con sombrías resonancias". The Strypes por aquí, de estraips por allá. Y yo con las doce canciones de Snapshot en mp3 esperando a que las prestara atención. Y lo hice. 
Lo hice sin prestarlas atención, como, a veces, escuchamos los discos en este mundo moderno de descargas ilegales que no se pitan con falta en ataque. 
Iba yo por la calle, que es un placer que últimamente no me puedo permitir, sin rumbo fijo, con las manos en los bolsillos, los cascos en los oídos, sin más pretensión que recorrer las calles baldeadas por la mañana y hacer que el tiempo en lugar de en segundos, se contara en pasos. Y mientras miraba las cosas que van pasando, las persianas que se bajan, las señoras que madrugan para ir a la plaza, los conductores que frenan en seco y maldicen los ceda el paso y cosas por el estilo, tenía de fondo la música de los irlandeses como si fuera una de esas bandas sonoras que no se aprecian pero que harían la película distinta si se ensordecieran. 
No sabía qué canción escuchaba, pero el blues, el punk, el rock, el soul y el R&B de los jóvenes irlandeses iba prensándose en mi entrañas como si yo fuera un perro de Pavlov observando, de cerca, un chuletón con label. Sin darme cuenta, tenía el ritmo de su música en el de mis pies, y ya daba lo mismo qué cantaran o cómo lo hicieran. 
Creo que me dio tiempo para hacer una reflexión del estilo de que me la refanfinfla qué años tengan, qué simple suene lo que cantan, qué repetido parezca lo que tocan porque funciona y no he podido evitar que acaben por apoderarse de mi estado de ánimo y de la métrica de mis latidos. 
Entonces, por sopresa, reconocí a Bo Diddley y esbocé una sonrisa. Me quité los cascos y mientras esperaba a que el semáforo se pusiera verde, balbuceé: "qué sorpresa". Una chica joven vestida como para buscar pareja en el baile, me miró de reojo y apretó el bolso contra el pecho. Pero no lo decía por ella, si no porque me pregunto qué misterio tenía el viejo Diddley que todo el mundo quería sacarse una foto con él. 
El verano pasado escuché esa misma canción tres veces en un solo día. Por la mañana, bajo el sol, me la tocaron los Dr. Maha's Miracle Tonic. Al anochecer, la volvieron a repetir los mismos. Un poco más tarde, la versionearon los The Brand New Sinclairs que siempre la tienen en su repertorio. A las dos bandas les sentaba la canción como un guante a un duelista ofuscado. 
Creo que han hecho versiones de esta canción desde bandas que invadieron los Estados Unidos en los sesenta, como The Yardbirds o The Merseybeats hasta los grupos locales de los que hablaba antes, pasando por otros como The Fabulous Thunderbirds, Grateful Dead, The Monkees... y no sé cuántos más. Cuando la escribió el sonriente Willie Dixon, autor también de otros éxitos como "Hoochie Coochie Man" o "I Just Want to Make Love to You", y empezó a tocarla el inventor del rock and roll, Bo Diddley, supongo que ninguno esperaría que un grupo de adolescentes irlandeses la convirtiera en un pequeño éxito de la radiofórmula de su país. Pero lo han hecho. Y, aunque no sea la única versión de su álbum, porque también, descubriendo el cuajo y el buen gusto que tienen, apuestan a lo seguro con el "Heart of the City" de Nick Lowe y la canción que unos dicen que era de Muddy Waters y otros de Hambone Willie Newbern, la canción reluce en un repertorio que, por qué no reconocerlo, tiene el aroma de la música que promete y puede prometer. 
Si Diddley puede ser un argumento para juzgar un disco, The Strypes se apuntan el tanto. Si no se pueden juzgar las portadas, quizás tampoco se puedan juzgar las versiones. Eso sí, si se pueden juzgar los pasos, os digo que, al final, acabé perdiéndome en mi propia ciudad, de tanto caminar ensimismado y estimulado mientras escuchaba Snapshot.
Del resto, de su edad, de su talento, de su alergia a la prensa, de las promesas de futuro, los acordes, los conciertos enérgicos o del subidón que da que haya alumnos de instituto que no sepan quién es Demi Lovato pero sí Dr. Feelgood, ya hablamos otro día.
Por cierto, acabo de darme cuenta de que no lo he dicho, pero no creo que haga falta hacerlo. En cualquier caso, hablaba de la canción "You Can't Judge a Book by the Cover", hombre. 

viernes, 7 de febrero de 2014

Palas, cuerdas y canciones



Yo no sé vosotros, pero yo estoy convenciéndome de que tampoco es para tanto mi afición por la música. No puede ser que lleve un mes sin escuchar un disco entero. No puede ser que haya dejado de buscar la prensa fresca cada principio de mes. No puede ser que lleve ya no sé ni el tiempo esa foto del BIME en la columna de la derecha. No puede ser que, últimamente, prefiera ir escuchando la radio a ir escuchando Radio 3. 
Todo se debe, yo así lo justifico y me consuelo, a que últimamente la carga de trabajo es tan pesada que mi cabeza no descansa ni cuando tiene opción de hacerlo. Es como si quisieras meter más ropa en un cajón que ya está lleno. No entra. Y por mucho que la música sea así como etérea, incorpórea, también lo son los quebraderos, las angustias o los pensamientos en general. Así que, cuando mi cabeza intenta incorporar o procesar música nueva, cosa que antes hacía con delectación y casi que con ansia, ahora se topa con un terreno que ya no es poroso. Se encuentra con un asfalto tan duro que no puede penetrarlo. Yo no sé vosotros, pero a mí todo esto me suena a disculpa: si de verdad viviera la música con tanta intensidad, superaría todas esas trabas y acabaría por resquebrajar ese piso por muy hormigonado que esté. 
Así que puede que lo que os cuente, a veces, sea un bulo del tamaño de un agujero negro, justo ahora cuando Stephen Hawking dice que no son lo que parecen. 
Sin dieta rica en nada, sobrevivo a base de agua y mendrugos de pan, como Edmond Dantés. Hay días en los que se aviva el fuego y puedo creerme que recupero el ritmo, pero, la mayoría de las veces, me tengo que conformar con una píldora instantánea que también es momentánea. 
Ahora, eso sí, si se me permite decirlo, cuando consigo tres minutos de unplugged y descargo todos los cookies que me maniatan el disco duro, entonces disfruto más que un informático resolviendo un caso de programación encriptada, si es que eso tiene sentido. 
Lo que tiene sentido es que eso me haya ocurrido con esta canción de este grupo del que no había oído hablar hasta hace como quien dice tres días contados. Se hacen llamar Shovels & Rope y tienen por centro de acogida la ciudad de Charleston en Carolina del Sur. Él se llama Michael Trent y ella Cary Ann Hearst. Antes de ser pareja musical, lo fueron (y lo son) sentimental. Llevan más tiempo casados que lo que llevan componiendo juntos. Antes de Shovels & Rope, tuvieron sus propios proyectos: Trent con The Films, un grupo que consiguió cierta repercusión en algunos círculos independientes norteamericanos, y ella principalmente en solitario. Cansados de lo que estuvieran cansados, decidieron juntarse y hacer lo que les viniera en gana. Así, en plan dueto iconoclasta, consiguieron debutar hasta en el show de David Letterman, con su combinación de folk destartalado y punk desenchufado. Se reparten los instrumentos, las partes vocales y los aplausos. Se divierten aunque a veces permanezcan serios y se relajan aunque a veces parezcan airados. La verdad es que escuché su "Hail Hail" hace un par de días y venía a mi cabeza de manera recurrente, lo que supongo que es un triunfo, teniendo en cuenta lo recio que es el pavimento. 
Ya que he compartido con vosotros mis ridículas penurias, infladas y desinfladas a capricho, por qué no compartir también, ya que solo consiste en pegar aquí un código y ya tengo enlace, esta canción. No es mía, pero supongo que no les importa nada compartirla:



Y a seguir comiendo sano, haciendo ejercicio y escuchando música, por mucho que vuestra cabeza intente convenceros de que es mejor una hamburguesa, el sillón y permanecer cómodamente amodorrado.

Posdata: la foto la he encontrado en google. Aparentemente, te refiere a lastfm.com, pero la he visto publicada en más sitios. A quien pertenezca, siento robarla. Y gracias.