jueves, 27 de marzo de 2014

John Paul "Billy the" Keith



Más que nada porque, aunque Gary Cooper fuera Will Kane, no Keith ni Kid, en Solo ante el peligro, y Billy the Kid, no Keith ni Kane, en realidad, no matara a tantos hombres como la leyenda contaba, la verdad es que John Paul Keith, no Kid ni Kane, ahí arriba, solo en el escenario, con la guitarra desenfundada y a capela, parecía sugerir una típica escena de la época dorada del cine western, de esas con un héroe taciturno pero handsome que te cagas, enfrentándose a la banda de los Miller, los Clanton, los Dalton o los que fueran, a pelo, sin ambages, y con la seguridad que da saberse arropado por tu papel de protagonista indomable.
La sequía de conciertos ya se alargaba tanto que si, en verdad, habláramos de agua y no de música, Río Grande hubiera dejado de ser una frontera húmeda para convertirse en una rambla de polvo seco, ya que hablábamos del Oeste Americano. Precisamente, haciendo un chiste sobre True Grit (Valor de Ley, los hermanos Coen, 2011) que no pillé, me despedí de un compañero y me acerqué bajo la lluvia y sin paraguas a lo que llaman el Pabellón Universitario. Algo de bueno tenía que tener que la jornada laboral se hubiera alargado hasta tan tarde, y ello fue que, aprovechando la circunstancia, me quedé a ver un rato el concierto de John Paul Keith y su nueva banda, la que ha reunido para una gira europea, aparentemente extenuante, que empezó hace más bien poco. 
Por cierto, antes de que vaya más lejos, dejadme que haga un comentario sobre la gira europea de Keith. La gira empezó, si no me equivoco, el pasado 20 de Marzo en París. En lo que queda de mes, no descansan más que un día; el resto del mes, el grupo irá a concierto por día, desde París hasta Perpignan, pasando por lugares como Liérganes, Tomelloso o, por supuesto, el concierto de Vitoria-Gasteiz al que yo acudí. Todo, por lo que se intuye, en locales pequeños (y acogedores) y ante audiencias reducidas (pero ilustradas). No creo que viajen en avión, por cierto. Pero hay más. En los 30 días del mes de Abril, solo descansan cinco, aunque creo que están dispuestos a llenar alguno de esos huecos: 25 días a concierto por día y pasando por Francia, Italia, Croacia, Serbia, Hungría, Alemania, Suiza, Holanda, Bélgica, Suecia y Noruega. En cuatro días más que tienen apalabrados en Mayo, seguirán tocando en Noruega, Suecia y Alemania. Repito: sospecho que la furgoneta les llevará de un sitio a otro. ¿Cómo puedes aguantar ese ritmo? Estaban casi al principio de la gira, pero, ¿cómo puedes llegar a un concierto en una lluviosa ciudad del norte de España y presentarte impoluto con tu chupa de cuero y tu flequillo aplastado y rendir por encima de la media sin quitarte de la cabeza las mudas que necesitarás para seguir resistiendo durante el próximo mes y medio? A mí, que, por seguir con el Lejano (Muy Lejano) Oeste, veo el rodeo desde la barrera, me parece que una gira de este calado merece, como cantan las adolescentes de hoy en día cuando se pasan con el botellón, una ola.  
Mi jornada laboral también había sido maratoniana, aunque, después de hacer recuento de conciertos en la gira de Keith, es como si me quejara de que no hay filtros en la máquina de café de la oficina a Aleksei Stajanov. De todas maneras, yo estaba cansado, y aún cargaba con la mochila y con el picor de ojos tras no sé las horas delante del ordenador, con lo que aquella aglomeración de gente (bastante gente, la verdad, y más en un sitio tan pequeño, lo que es bueno, supongo, y significativo, aunque fuera gratis), la gente, decía, me ponía nervioso y busqué un rincón en una esquina del minúsculo auditorio. El mismo rincón que da a un balcón donde, probablemente nunca lo olvidaré, me fumé un cigarro con el poeta David González y, desde una ventana del edificio de enfrente, me saludó mi amiga la de la limpieza y, tras cruzar un par de palabras con ella, le puso la rúbrica al diálogo con una frase parecida a ésta: "pues os dejo con vuestra poesía, yo voy a seguir con la mía" y creo que enseñó la fregona o algo así. David González sonrió, con los ojos encendidos, y murmuró "eso sí que es poesía", mientras tiraba la colilla al suelo, la pisaba, y yo asentía. Pues, desde ese mismo rincón, sin quitarme el abrigo ni la mochila, fui viendo cómo se llenaba la sala con gente de edad media alta, organizados en grupúsculos muy sólidos, con alguna conversación muy sesuda, mucha barba recortada, el negro elegante como distintivo tribal, y una sensación general de estar allí porque sabían dónde había que estar y aquello daba cierta alcurnia. Lo sé: las horas de trabajo acumuladas me sientan fatal.
El caso es que el Pabellón Universitario, que viene a ser como un coqueto rincón de un antiguo pabellón militar donde ahora los universitarios del campus de Álava pueden comer por unos cinco euros, tiene unos horarios muy restringidos, y había que empezar el concierto a las siete y terminarlo a tiempo de ir a cenar. Eran las siete pasadas cuando apareció un tío con camisa de franela y sombrero que empezó a colocar el equipo de sonido con cierta desgana. Al poco, apareció el propio Keith, con algo más de nervio pero el justo. En quince minutos, quince minutos de retraso, se subió a la tarima, enseñó su guitarra, y empezó a hablar al micrófono, aunque yo no acabé de entenderle porque justo me había acercado a la barra después de ver un hueco libre. Por lo poco que entendí, de lejos, creo que Keith se excusó porque aún no estaba toda la banda, faltaba el batera, y, mientras tanto, se iba a encargar él de comenzar el concierto abriendo con sus canciones, pero en paños menores, sin artificios, como él las trajo al mundo. 
Así cantó cuatro o cinco canciones de su repertorio, ante la algarabía de la primera fila, y algo de desidia por el fondo. Solo en aquel escenario, en aquellas circunstancias y con el equipo de luces en servicios mínimos, aquello parecía una suerte de Bluebird Café y John Paul Keith, algo parecido a un cruce entre Gunnar Scott y Avery Barkley intentando convencer a Watty White de que él podía ser el próximo Deacon Claybourne. Así sonaba mientras yo me dedicaba a buscarle el perfil entre las cabezas del respetable y, cuando conseguía otearle, me venían extraños pensamientos a la cabeza, tales como preguntarme cómo habría sido si Woody Allen en lugar de dedicarse a tocar el clarinete, le hubiera dado por la telecaster. Por cierto, hasta intentó un conato yodeler.
En un momento dado, hubo movimiento por un costado, Keith se detuvo, dijo algo así como que ya estaban aquí, y comentó que en cinco minutos volvía, cinco minutos que fueron diez, los que tardó, y eso que Brian Wells no se dio mucha prisa (porque los platillos son sagrados y hay que colocarlos bien); sin quitarse el abrigo ni el gorro de lana, pero pidiendo perdón por el retraso, se tomó su tiempo para montar una batería que, desde ahí hasta que me fui, sonó como tenía que sonar, a cama que chirría de la alegría que te da saltar sobre ella y forzarle los muelles. Con John Trahey al bajo, musculoso y con fondo, y Mitch Palmer a los teclados y, a veces, a lo que sugiere su apellido, a las palmas, la nueva banda de Keith le dio al repertorio un impulso que se apoderó por completo del local. La mayoría (solo la mayoría) de los corrillos se callaron y se dedicaron a mirar para adelante y mover la cabeza, o alguna de las dos piernas, en señal de afirmación y de posesión musical. 
Había leído a Fernando Navarro hablar maravillas del músico de Memphis (antes era el músico de Nashville, pero cambió de ciudad icónica, y, en realidad, él es de Knoxville) y también escuché o leí algún comentario de Igor Cubillo. Leí que había grabado su último disco en los estudios de Sun Records (Elvis Presley, Johnny Cash, Carl Perkins, Roy Orbison, Charlie Rich, Jerry Lee Lewis) y nada más y nada menos que con Roland Janes, de quien se despedía hace poco en su web porque el reconocido productor fallecía el pasado año. Escuché brevemente el último disco en Spotify (que no sabía cómo funcionaba porque era mi primera vez, que siempre hay una) y enredé por el youtube buscando más pepitas de oro. Con todo eso, me presenté allí y me marché a las seis canciones. No porque no me convenciera, si no porque tenía que irme y punto. Y en ese tiempo de concierto, un puñado de canciones a capela y el comienzo de su actuación con banda de acompañamiento me dejaron la sensación de que John Paul Keith, más que Billy the Keith, debía ser considerado como Billy the King, porque sus canciones deberían ser himnos en todos los reinos. Y, ya puestos, en todas las repúblicas. Canciones de las que saben como los bombones de una caja surtida, delicias de tres minutos, con solos de Fender Telecaster que a Keith le sienta como un guante, batería primitiva, ritmos de raíces, estribillos luminosos con esa voz que recuerda a Roy Orbison, y, en general, esa habilidad musical para crear un ambiente en el que los acordes, las canciones, todo deja de tener individualidad y se convierte en una especie de inspiración armónica que te hace sonreír como un incauto que acaba de olvidar que fuera está lloviendo y que cuando acabe el concierto, va a tener que volver a salir y mojarse. 
Yo me mojé antes de que terminara, pero es lo que había. No había contado con este concierto, así que fue una agradable sorpresa encontrarse de bruces con él y conseguir romper la sequía el día del mes que, precisamente, más llovió. 
Recomendable Memphis circa 3 AM y todo lo que ha hecho antes este músico de Tennessee. Os dejo con una canción robada del youtube, y, como ya lo he mencionado antes, busco por internet una foto en la que aparezcan John Paul Keith y Roland Janes (sacada de la propia web de Keith, por cierto) y ya de paso que sirva de homenaje para el prestigioso productor que nos dejó en 2013.


domingo, 23 de marzo de 2014

Historia del aburrimiento: los vascos descubrieron el pop y punto



Curioso. Lo que tiene el aburrimiento que azuza la curiosidad y ésta aviva el atrevimiento, y levantas todas las sábanas, y, a veces, debajo de ellas, además de muebles viejos que intentan evitar el polvo, te encuentras con coincidencias como ésta. 
Después, que uno se crea gracioso como para llegar a conclusiones como la que titula esta entrada y que sabe que no tienen ni chicha ni gracia, eso, ya, es cosa, como sabrán los que por aquí se asoman, que solo se debe poner en mi debe. Y no he bebido nada. 

Cuando andaba yo por el instituto y me aburría, me hacía piras porque luego siempre me las arreglaba para aprobar. Hacía tantas piras que, a veces, las hacía solo, y si hacía sol, aprovechaba, cogía un libro que no fuera de lectura obligatoria, y me bajaba a la ría, que estaba al otro lado de las vías del tren y, aunque su orilla no era tan acogedora como ahora, para mí era más que suficiente, me sentaba en algún lado que no estuviera muy sucio, dejaba el paquete de tabaco al lado y me ponía a leer. Sé que quizás todo esto no sea muy instructivo, pero la pedagogía de aquellas lecturas y aquellas experiencias furtivas, yo sí que soy capaz de valorarlas a día de hoy. 
Recuerdo prácticamente todos los libros que leí así, y recuerdo que uno de ellos fue Wilt del londinense Tom Sharpe. Había leído en algún sitio o le había oído a alguien decir (no sé muy bien a quién porque no es que yo frecuentara a gente que hablara de libros) que Wilt era el único libro que le gustaba lo mismo a los alumnos que a los profesores. Así que me lo leí, y creí conveniente leérmelo en horario escolar, aunque, precisamente, no estuviera en la escuela. 

Varios años más tarde, se dio una situación parecida pero distinta. En esta ocasión, yo ya no era un estudiante con costumbres perniciosas, si no un profesional del montón con alguna tendencia subversiva pero inofensiva y una mala dieta alimenticia que no me dejaba coger bien el sueño, motivo por el cual me sentaba al final del auditorio, detrás de todos mis compañeros, y cogía notas durante los primeros cinco minutos de cada presentación, luego me dormía, garabateaba guiñapos en las esquinas del cuaderno o jugaba a la serpiente del Nokia (qué tiempos) en el móvil. En un descanso de aquel congreso, tomando café, en un corrillo hablaban de lo divino, en otro de lo profano, y yo me arrimé a uno en el que no sé de qué hablaban pero con afirmar de vez en cuando, podía esconder mi absoluto embebecimiento. Un compañero que tenía al lado andaba mirando un libro. Me llamó la atención la portada y el título, entre otras cosas, porque no parecía tener nada que ver con lo que estaban hablando en el corrillo, y por extensión, en el congreso. 
- ¿Qué es eso?
- Un libro. 
- Te sales. 
- Me lo ha dejado ésta - y apunta con la barbilla - es de un americano, pero sobre los vascos. 
- Ya veo ya. 
- No sé si es serio o es una broma, pero bueno, habrá que leerlo. 
- ¿Me lo dejas?
- Toma, échale un vistazo. 
- Te lo devuelvo luego, cuando vayamos a comer. 
- OK. 
Y durante el resto de la mañana, y también por la tarde, porque no se lo devolví a la hora de comer, me leí, con curiosidad y a escondidas, evitando el tedio irrespetuoso que parecían inocularme las charlas de mis compañeros, el libro de Mark Kurlansky The Basque History of the World.

Todo el mundo decía que se reía con Henry Wilt y, aunque no diré que fue un suplicio, tampoco es el libro que más recuerdo disfrutar en mis pellas lectoras. De hecho, si me preguntas ahora sobre el libro, tengo un vago recuerdo de Wilt paseando a su perro y que había un personaje que se llamaba el Inspector Flint. Nunca ha sido lo mío el humor inglés, aunque el surrealismo de Monty Python sí ha conseguido convencerme alguna vez. Igual que tampoco ha sido el pop británico lo mío. Y aunque creo que el libro de Mark Kurlansky solo busca demostrar que el autor tiene un gran respeto por la cultura vasca (especialmente por la gastronomía) y, a su manera, quiere demostrar al lector extranjero que Euskadi es algo más que las noticias sobre ETA, me parece que para estudiar la conexión entre lo vasco y lo norteamericano es más recomendable leer la ficción de autores como Gregory Martin, Frank Bergon, Martin Etchart, Hank Nuwer, Monique Laxalt y, sobre todo, la de su padre, Robert Laxalt. 

¿Habéis visto Brokeback Mountain? ¿Recordáis cómo se llama el hombre que contrata a Ennis Del Mar (Heath Ledger) y Jack Twist (Jake Gyllenhaal) para que cuiden sus ovejas? Sí, Aguirre. Y Aguirre se apellida también Gary Jules. Y Gary Jules, en colaboración con Michael Andrews, adaptó un éxito de Tears for Fears para convertirlo en una canción de éxito gracias a Donnie Darko, donde, precisamente, el actor principal es uno de los empleados de Aguirre. Y sabéis que Tears for Fears eran dos británicos muy románticos y solemnes que hacían un synth pop muy del gusto del público en los años ochenta y noventa. Uno se llamaba Curt Smith, que sí que suena a ciudadano de Bath, pero el otro se llamaba Roland Orzabal, que suena más a atleta cubano de triple salto. Corría el año 1982 cuando Roland Orzabal dejaba que Curt Smith cantara una canción muy sentida que había escrito cuando tenía 19 años y vivía encima de una pizzería y ésta se convertía en un éxito. Casi veinte años después, la misma canción fue adaptada para el cine por Michael Andrews y Gary Jules, este último la cantaba.

El padre de Orzabal era francés. Su madre era británica. Él es británico, pero su padre era un francés de origen vasco. Parece que originalmente el apellido era algo así como Martínez de Orzabal. El padre de Gary Jules, quien suele firmar así su música, como si Jules fuera un apellido y no su segundo nombre, también se llama así, pero él solía firmar como Gary J. Aguirre. Gary J. Sr es un conocido y reputado abogado que trabajó para la SEC, la agencia americana que vigila el buen cumplimiento de las normas que rigen el mercado de valores, y que se convirtió, y aún es, en uno de los mayores críticos de esta agencia al ser expulsado por enfrentarse a un magnate con peso político al que, supuestamente, la SEC estaba protegiendo.

Es decir, a lo que iba: que el pop de los ochenta, el de vocoder y piel sintética, lo inventó un vasco, y las versiones que depuran esos éxitos de hace dos decadas, también. El mejor ejemplo: "Mad World". Escrito por Orzabal, versioneado por Aguirre, e inspirado por la infancia de Sabino Arana.

Es lo que tiene el aburrimiento: por alguna razón llegas a una canción, de ahí pasas a quien la escribió, y te encuentras perdido en una somanta de gilipolleces que te dan para escribir una entrada de un blog cualquiera de la misma manera que te da, automáticamente, para arrepentirte de haberla escrito. En fin, como dirían Roland Orzabal o Gary Jules: astoa, zaldiz jantzi arren, beti asto.

Posdata: cuelgo los dos vídeos del youtube, una foto que proviene del vídeo de Gary Jules (sacada de vimeo.com) y advierto de que cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia y que todas las conexiones e insinuaciones arrojadas en esta entrada tienen su origen (y también su final) en el aburrimiento y la curiosidad de un vasco al que el synth pop le sienta como el rohypnol a los tíos de Resacón en Las Vegas. Lo único cierto de esta entrada es lo que es cierto, pero no lo que implica. Y si insistís, sí, hacía muchas piras.





domingo, 9 de marzo de 2014

Spoiler alert: Grooowth!!!



- Escucha, escucha cómo suena la caja. Eso es rock and roll.
Yo asiento.
No digo nada. Se está bien aquí. Fuera llueve y hace frío, así que se está incluso mejor: un cigarrillo para amarillear los dedos, una cerveza, compañía para llevar la contraria y el último disco de Porco Bravo.

Supongo que lo primero es confesarlo: lo he escuchado ya una media docena de veces...
¡Digresión! Sigamos con las confesiones: por razones que se me escapan pero respeto, esta entrada se escribió hace varios días, pero no se ha publicado hasta hoy. Por ello, ya no es "una media docena de veces" porque, después de escribir la entrada, lo he vuelto a escuchar otras tantas, algunas por placer, sí señor, por puro placer. 
Hoy, por ejemplo (éste es el hoy del que os hablaba, el que tiene más de ayer que de hoy porque hacía y sigue haciendo referencia al momento en que lo escribía y no al momento en que lo publico, pero no me apetecía ponerme a reescribir este párrafo denuevo, primero porque soy vago, segundo, porque no lo soy y tengo otras cosas que hacer, tercero, porque me gustan estos paréntesis tan largos que hacen peor la solución que el problema y demuestran que soy un puto inepto; como decía, hoy por ejemplo...)... lo he vuelto a escuchar. Lo he escuchado caminando bajo la lluvia a las seis y media de la mañana, en dirección al garaje. Todo muy poético, pero, al mismo tiempo, muy prosaico: me cruzo con currantes que llevan la comida protegida dentro de una bolsa de plástico del supermercado, con los cuellos subidos para evitar las cuchillas heladas del viento. Lo he escuchado mientras conducía. Todo como muy épico, aunque los radares me obliguen a ir a ochenta y la lluvia no me deje bajar una capota que, en realidad, mi coche no tiene. Lo he escuchado currando. Sentado en mi puesto de trabajo. Todo muy castizo, escaqueándome, sin ánimo de empezar la jornada. También de pie, junto a la ventana, viendo nevar y tarareando en voz baja.
Ya te he dado mi opinión del disco, pero no te has enterado: a medio camino entre lo extraordinario y lo rutinario. Ni poético ni épico, pero ambos. Con motores que rugen pero sin capotas. Mucho curro y mucha zurra. La historia de un currante que madruga y la de un héroe que trasnocha. Y déjate de chorradas: al final, te das la vuelta, desenchufas, y cuando estás en el baño apuntándole a la mosca, te das cuenta de que lo estás tarareando de principio a fin.
Yo nunca he grabado un disco, así que solo puedo suponer que dicen la verdad cuando dicen que es más difícil el segundo. Después del "Grooo!!!", tras una gira interminable que le puso muchas más oes y exclamaciones al disco, solo puedo suponer que debía de ser todo un reto volver a encerrarse en la cabina del estudio.
Un desafío.
Y, precisamente, así empieza el disco, con un desafío instrumental de dos minutos, guitarras a lo Status Quo sin permanentes pero con stetsons, batería marcial e inquietante, y una latente promesa escondida detrás de una espesa nube eléctrica. Una especie de brío controlado que se fusiona con la primera canción. Esta primera canción funciona como una declaración de intenciones, con el ímpetu que han acuñado pero tamizado, con pulso, espontáneo, sin impostura.
Antes de que sigas ya te lo han dicho por activa. Te lo han dejado claro, para que te quedes con la copla de que el algodón no engaña y a Porco Bravo no les gusta el algodón de azúcar. Con una intro sin vocales ni consonantes y una canción-proclama, ya tienes el nervio que debes pulsar para seguir escuchando el disco. Sin descanso.
El disco, si fuera un libro, debería escribirse como hizo Jack Kerouac con el suyo, arreglándoselas para mecanografiar sobre un rollo que le permitía no perder el tiempo empujando el carro de su underwood. Lo digo porque, sí, no hay descanso. Pasas de un riff a otro sin poder respirar; si te descuidas, te han dado la puntilla con un nuevo punteo. Los estribillos se repiten sin miedo al vértigo. La batería podría ponerle música al desembarco de Normandía. Y hay un bajo ahí al fondo que tiene el mismo fundamento que el punto de apoyo que pedía Arquímedes para mover el mundo.
Poniéndome serio, y si a alguien, empezando por ellos mismos, le importa lo más mínimo qué coño tengo yo que decir sobre el nuevo disco, debería resumir mi impresión general en tres zarpazos: un sonido cojonudo, una madurez alarmante y reválida aprobada.
En otras palabras, que el disco sorprende porque parece sólido y hasta sofisticado. Manda cojones, sofisticado dice. Pues sí, ipse dixit.
En lo físico: portada elegante, título homónimo (solo los grandes se permiten eso sin ser su primer disco, además queda de puta madre decir homónimo, aunque suene a homínido, o quizás por eso), piel de cuero, equilibrio en el minutaje...
En lo etéreo: un sonido pulido con cera (sube el volumen hasta arriba que lo resiste), donde la batería retumba, las cuerdas azotan y a la voz se le ve hasta la campanilla; un estilo ratificado y bruñido, y una madurez que se refleja en la música, pero también en las letras.
Vamos que, si lo escuchas con ganas de tocar los huevos, dirías que se han hecho mayores, siguen haciendo lo mismo y se han dejado el esfuerzo en la producción y la maquetación.
Ahora, si de lo que tienes ganas es de tener tres dedos de frente, entonces, recapacitas y lo que dices es que se van curtiendo, han encontrado su camino y, además de eso, tienen tiempo para tunear el resto, que también forma parte de este invento.
La sensación general es que el disco es más maduro porque la música resulta más convincente y robusta; la estructura de las canciones y hasta su calibre parecen lo mismo de siempre (ritmo, riff, estribillo, solo), pero tienes que aceptar una segunda escucha, y aguzar el oído, para verle las costuras a un traje que, de cerca, además de cubrir, realza su silueta. Por si no era suficiente, las letras siguen siendo decididas y querellantes, pero hay una vuelta de tuerca por la que asoma una reflexión más juiciosa y hasta sombría.
Ya he dicho cómo empieza el disco, con una instrumental que aspira a sonar grandiosa e inspiradora, pero que ellos se encargan de macerarla y hacerla más convincente al coserla a la canción que le sigue y que empieza, a toda ostia, el descenso a lo corriente, que es lo que de verdad nos duele y nos alivia. "Nunca pasa nada" es una canción rotunda, con un estribillo de los que tan bien manejan los barakaldusturiarras, pegajoso y adictivo, pero que, esta vez, resuena porque suena a sentencia, a medio camino entre la arenga y la confidencia: "Es que no quiero / vivir con miedo / no, nunca más /". 
Quizás sea el mejor ejemplo de lo que hay de nuevo en este disco, este comienzo tajante, con miga y que mitiga la acidez de la bilis con una rabia más depurada. "Se quema" sería otro ejemplo, pero, para eso, hay que ir acercándose al final. Una canción de amor sin caer en artificios, con fraseos donde Manu se luce rebuscando en su inventario de tonalidades. Una canción más solemne y compacta, donde colabora Iñaki "Uoho" Antón, con un cierto deje a lo Bunbury; una canción que invita a escucharla cuando quieres que nadie te vea hacerlo. "Quién te crees", donde también hay colaboraciones (Alfredo Piedrafita pone los trastes y Berna pone la esencia), sería otro ejemplo de cómo han crecido y complicado su estilo, con unas guitarras al inicio que suenan lo más escorado que los Porco Bravo (que me crucifiquen) podrán estar del indie lo-fi (a mí me recuerdan al Robert Pollard de Guided by Voices) y una batería intrigante a base de redobles que se anticipa al acelerón. Guitarras con nervio, como siempre, pero las partes vocales van a caballo de un bajo firme en primera fila y el estribillo se frena en seco cuando suenan los platillos. Así, consiguen que lo que cantan sobresalga aún más: hablan de bares, pero no de cerrarlos, si no de que te encierran; hablan de la noche, pero de noches que traen días que puestos en fila constituyen la vida de gente que, generalmente, no aparecen en la película. Ahí tienes la madurez. 
El resto de las canciones parecen acercarse mucho más al bagaje y el legado que ya llevan varios años apilando desde que Porco Bravo se asentó con el actual quinteto titular. Quizás destaque "Lemmy" porque son dos minutos y cincuenta segundos de sentido homenaje, pero sin concensiones ni atavíos, con Manu intentando cantar con el gargajo kilmisteriano y las guitarras arañando la pared al más puro estilo Motörhead. El resto podrían confundirte porque crees que ya lo oíste antes, en el "Grooo!!!", quizás. Al fin y al cabo, esto no es más que un paso adelante, no uno al vacío. Aún así, hay pequeños detalles que relucen por debajo de toda esa congestión de ritmos irrebatibles, punteos a tutiplén y voz hervida en orujo. "Animal" nace con el punteo por delante, el aire retador, un bajo potente y unas guitarras polifacéticas (¡toma!) que parecen rendirle homenaje a la música que se ha hecho en Barakaldo desde tiempos inmemoriales. "Ley" tiene más verbo, coreografías de guitarras con aire clásico, referencias al pasado y estribillos a latigazos, como le gustan a Manu. "Corre" suena a lo que han sonado siempre Porco Bravo, a Asier y Pulpo abatiendo a la Luftwaffe a base de trastes, líneas de verso más largas, épica de barrio en tercera persona, y una pareja de bajo y batería que parecen ser los que corren, pero por delante, como si más que huir del fuego estuvieran provocándolo. "No sé" es más ramoniana; eso sí, con los dedos directamente metidos en el enchufe. Con un estribillo a lo martillo pilón, que siempre les funciona, y una raíz pétrea (bajo, caja, bajo, caja) que bruñe en piedra una letra donde parecen dejar testimonio de una sabiduría tan sarcástica como melancólica, la que se aprende en las esquinas del barrio, en las colas del paro, en los relatos apocados de los viejos de pocas palabras, en el supermercado y, seguro, en los locales de ensayo. "Terrorista" cierra el disco con un repaso al resto, empezando con un riff que se toca mientras haces cuernos con los dedos, pasando por melodías vocales que recuerdan a Negu y a Extremo (Gorriak y Duro) y que termina con una invitación perversa.
El disco tiene sus tachas porque ni todos los diamantes son brutos ni tiene sentido que el rock and roll carezca de taras. Sin embargo, funciona, y lo que impresiona es que funciona de verdad, sin trucar motores, con los pistones en combustión y el autotune guardado en un cajón. Además, sabes, mientras lo escuchas, que va a funcionar mucho mejor en directo. Escuchas el disco y visualizas el concierto. Puedes imaginarte con qué punteo va a intentar Manu levantar a Pulpo agarrándole del cinturón, dónde aprovechará Asier para asomarse a la proa del escenario y apuntar con el clavijero a tierra, cuándo aprovechará Txelu para acercarse hasta donde se sienta Óscar y fundir el bajo al bombo. El Porco, además de en las profundidades del bosque, también tiene como habitat natural la estepa de tablas de un escenario, así que, ahí, seguro que consiguen que medren las canciones y que este disco, homónimo, se gane los títulos que ellos no quisieron ponerle. 
A mí, me queda ponerle un título a esta entrada. Y ganas no me faltan, porque como siempre lo hago al revés, significa que he terminado y puedo descansar y olvidarme de cuánto escribo y dedicarme a cuando escucho, que se me da mejor. Por cierto, acabo de decidir cómo voy a titular esta entrada: "spoiler alert", que es lo que dicen los americanos freakies cuando alguien les jode el final de una película al destriparlo. Lo digo porque espero que, amén de soltaros una chapa que os habrá quitado las ganas de seguir leyendo el blog, no os haya quitado también, a aquellos que aún no lo hayáis escuchado, las ganas de escuchar el disco, sobre todo, después de destriparlo. No creo. Más que nada porque, por mucho que te lo cuenten, es lo bueno que tiene la música: no te ríes lo mismo, no bailas igual, si te lo cuentan, que si lo escuchas. Y, si escuchas este disco, vas a bailar mucho, incluso, como bailan los que no bailamos; los que hacemos que bailamos, los que nos movemos con la rabia y el digno fundamento que pretenden descifrar la vida con el abecedario del rock and roll. 

Le tiembla el móvil. Con agilidad, teclea un mensaje de vuelta con una sola mano. Con la otra, se golpea el muslo que mueve de arriba a abajo al ritmo de la música y de su tobillo. 
- Vamos a tomar otra en el...
- Ni lo sueñes, yo me piro. 
Me sale el nervio, justo cuando acaba de terminarse el disco:
- ¡Escúpeme, arráncame la piel! Vamos, joder. 
Repite, después de hacer el karaoke. Pero, esta noche, no. Hoy me impongo yo y no dejo que gane mi lado oscuro:
- Va a ser que no, me voy para casa. 
Y me fui. A escribir esto.