domingo, 25 de mayo de 2014

Furtwängler y los Porco




Creo que fue el viernes cuando le oí a alguien mencionar a Wilhelm Furtwängler. Lo que pueda decir sobre la música un director de orquesta alemán que murió en 1954 no parece lo más apropiado para abrir mi enésima crónica de un concierto de Porco Bravo, pero, en realidad, a mí me parece que no solo viene al caso si no que es un caso resuelto, y resuelto bien, como le gustaba a John "Hannibal" Smith que salieran sus planes. Furtwängler (pronúnciese como se pueda) dijo lo que sigue:

"Hay obras de arte que producen efecto porque quieren producirlo. Y las hay, a su vez, que lo producen por el simple hecho de existir. He aquí la causa de por qué el efecto en unas disminuye con el tiempo y en otras no."

Por el simple hecho de existir... Hay... canciones, música, bandas, me la suda, me da igual, que emocionan simplemente por existir. Si Porco Bravo no existieran, alguien debería inventárselos. Para suerte del respetable, Manu El Gallego se empeñó en que así fuera. 

Y se empeñó durante mucho tiempo y, por eso, ayer, en el concierto de Bilbao, ante un Antzoki repleto donde estaba medio pueblo, apareció por sorpresa Txetxu de Parabellum y "Envenenado", himno noventero aunque solo fuera en nuestra estrecha margen, repercutió por todo el Antzoki y hasta los globos del techo se inflaron menos que nuestros pechos. 

 Dejadme que me caiga por el barranquillo:

La tasa de desempleo en Barakaldo alcanza ya el 19%. El 60% de esas personas en situación de desempleo no reciben ningún tipo de prestación. Según datos, como los anteriores, de fácil acceso en internet a través de plataformas contra la exclusión social como Berri Otxoak o en fuentes oficiales del gobierno, un 8% de los ciudadanos de Barakaldo están en situación de pobreza severa. Casi 5.000 personas usaron el Banco de Alimentos el año pasado. Cada semana, cinco familias son deshauciadas. Más de 2.000 personas han abandonado Barakaldo en busca de trabajo fuera. Muchos de ellos no llegan a la treintena. El número de barakaldeses registrados en consulados se ha multiplicado. Las empresas de Barakaldo y sus alrededores que cierran o acometen expedientes de regulación de empleo, también: la histórica Babcock, GAM Aldaiturriaga, la acería ACB, La Naval, Nervacero, Ikea, Mebunik, ABB, Precicast...

... por el simple hecho de existir. 
... medio pueblo. 
... si no existieran, alguien debería inventárselos. 

Ayer leí una entrevista a Bob Wayne, un tío que hace country con Black Sabbath en la cabeza. En ella, decía que, a él, la música le afectaba físicamente: "la que es una mierda hace que me sienta mareado (...) pero también me pasa con la buena música, cuando suena se me pone la piel de mi cuerpo de gallina (...) hacen que se agite mi alma."

La música no nos quita el hambre, no nos cura las heridas, no nos devuelve el trabajo. Pero, de alguna manera, hace posible que pensemos que merece la pena seguir luchando por comer, sanar y trabajar. Y, sobre todo, por divertirse, agitarse, "vivir sin miedo". Ayer, mientras Manu El Gallego se secaba el sudor con unas bragas, los que estábamos abajo seguíamos sudando. Pero era un sudor como muy grueso, casi espeso, ese sudor que transpira para algo más que para refrigerarnos. No sudábamos por el calor, sudábamos por el estímulo, por la música, por la rutina que olvidamos durante hora y media, porque hay canciones que emocionan por el simple hecho de existir, y, si me dejas que me acabe de tirar por el barranco, algo de eso pasa con las que han escrito en Porco Bravo. A mí, también me afecta físicamente, como a Bob Wayne, la música, y la sonrisa medida, casi modesta, con la que salíamos los dos (tanto yo como la que me acompaña y quien salió, por cierto, de allí, con tantas ganas de más rock and roll, que ya andaba esta mañana mirando precios para el ARF) del Antzoki de Bilbao, era física y musical. Muy musical. Muy real.

¿Y de música, cuándo hablamos?

Ahora: el concierto se pasó tan rápido que Manuel Pulleiro apenas tuvo tiempo de quitarse camisetas (bazzinga!). Roberto Moso decía hace unos días en su blog que los Porco suenan "convencidos/convincentes" y es que parecen una máquina engrasada a la perfección para producir ese rock and roll a medio camino entre lo canalla y la cazalla que bordan porque rebosan en riffs de guitarra, estribillos imantados y actitud enérgica. Abrieron con la intro del nuevo disco, bien cosida a la primera canción de su segundo álbum, y terminaron como empezaban los conciertos en su anterior gira. Un círculo simbólico que parece darnos la razón a aquellos que les pedíamos más repertorio: "Electrica Actitud", "Puto Amor", "Lasciva" o "La Piara" suenan ahora más convincentes/convencidas cuando aparecen por sorpresa entre las canciones más recientes, canciones a las que aún les falta el brillo que las otras han ganado después de tantos escenarios y tanta porconeta pero que seguro que acabarán ganándolo. Aún y así, ayer sonaron todas muy alto, tajantes y robustas, bien, vamos, de **** madre. Hasta la de Zebu (alias de la noche "H & M") sonó con asteriscos.

Poco más puedo añadir, entre otras cosas, porque ayer salí del Antzoki con la sensación de que estas crónicas iban a dejar de existir porque ya no emocionan por el simple hecho de eso... existir. 

Ayer estaba allí medio pueblo, pero también había más camisetas rayadas que en un partido de San Lorenzo de Almagro, gente veterana que podía haber estado entre los veinte del Lesser Free Trade Hall de Manchester en 1976, originarios de la piara, personajes de la farándula, jovenzuelos con orzuelos de tener los ojos tan abiertos, padres y madres de familia, gente de León, embarazadas, exaltados sobre el escenario, con y sin camiseta, entrados y sin entrar en años, fotógrafos profesionales y aficionados, ¡muchos fotógrafos!, técnicos de guitarra con frontales, más fotógrafos, cámaras, más camisetas rayadas, mucha gente, muchísima gente, gente que estuvo al principio y gente que no, mucha... 

Tengo la sensación de que Porco Bravo ha dado un salto mucho más alto de lo que jamás alcanzará este blog por mucho que coja carrerilla. Ahora, otros mucho más preparados que yo, y con más gusto y criterio, deslabazarán sus conciertos y sus discos (que ya lo estaban haciendo, por cierto), y merecido lo tienen. Así que, creo que hasta aquí hemos llegado. Ya veremos, pero, a partir de ahora, intentaré dedicarme solo, sin glosas a la mañana siguiente, a disfrutarlos físicamente, en silencio, si es que consigo quitarme este pitido de los oídos e ir a votar. Porque voy a votar. Y no porque así ejerza mi derecho y colabore democráticamente con esta sociedad a la que no voy a analizar porque no soy psiquiatra, pero voy a ir a votar. 

Voy a ir a votar porque ya, de paso, saldré por el barrio a tomar unos zuritos, y me cruzaré con J, al que echaron hace unas semanas del curro después de treinta años levantando una empresa que ahora le desprecia como si esos treinta años no hubieran existido, y me cruzaré con A, al que le obligaron a jubilarse antes incluso de que tuviera tiempo de darse cuenta de que le había llegado el momento de hacerlo, y a C, a quien, después de año y medio en el paro, sobreviviendo con 400 euros, le volvieron a llamar hace unos días y al pedir que le dejaran librarse de media de las muchas horas extras que luego no le pagarán, le dijeron que si no quería currar, que se fuera, pero que no volviera, que ya vendría otro más necesitado con él, y también me cruzaré con D, empresario, con todos sus empleados con contrato indefinido y a los que obliga a hacer huelga cuando estas se convocan porque para eso les paga el día que no trabajarán. Me cruzaré con todos ellos y me tomaré unos zuritos. Ninguno estuvo en el concierto. Pero como si lo estuvieran, estuvimos otros por ellos, otros que sentimos la música físicamente y que nos emocionamos por eso... por el simple hecho de existir, de ser y estar, ayer y allí. Eso, resumido en dos verbos irregulares y con dos adverbios, uno de tiempo y otro de lugar, es el rock and roll.

 Posdata 1: No por dejarlos para el final y, así, como por cumplir, les quitaré yo mérito a uno de los grupos más míticos y baqueteados de la escena punk-rock estatal. Porque también tocaron antes Discípulos de Dionisios, los tíos más rápidos a este lado de la frontera, con las cinchas de guitarra más largas de la historia. Acabaron descamisados un concierto de los suyos, de los de a piñón fijo, ni para coger impulso, guitarras trepanadoras y subidón de energía iracunda. Ideal para lo que vendría después.  

Posdata 2: Foto robada, perdón por el atrevimiento, de la página de facebook "yo también soy porco bravo fun".

viernes, 23 de mayo de 2014

Una de vaqueros madrileños



Ayer por la tarde, andaba yo leyendo, me encontré con esto:

One of the oddest facts about the Indian Wars is that Custer famously instructed a band to play an Irish jig called “Garry Owens” during the attacks on Indian villages. “This was Custer’s way of gentling war. It made killing more rhythmic,” writes Marshall (1972, 107).

Por si acaso, referencio:

El artículo, fácilmente accesible en internet, es "The Culture of Violence in the American West: Myth versus Reality" de Thomas J. DiLorenzo, aunque, en el mismo texto se cita a otro, y ése corresponde a S.L.A. Marshall y su obra Crimsoned Prairie: The Indian Wars

También, por si conviene, lo traduzco libremente:

Una anécdota curiosa de aquellas Guerras Indias la protagonizó Custer quien se hizo famoso por adoctrinar a una banda de música para que tocara una canción irlandesa titulada "Garry Owens" al tiempo que su ejército cargaba contra las aldeas indias. "Era la manera que tenía Custer de moderar el impacto de la guerra. Hacía la matanza más rítmica," explica Marshall (1972, 107).

Si también lo encontráis necesario, os explico:

Efectivamente, estaba leyendo sobre las mal llamadas Guerras Indias, y digo que mal llamadas, porque, por lo menos a mí, me suena a cualquier cosa menos a lo que explica DiLorenzo: una masacre de nativos americanos patrocinada, por una u otra razón, por el gobierno federal americano, especialmente durante el final del siglo XIX y los comienzos del siguiente. Tal y como lo he entendido yo, DiLorenzo tiene en su artículo dos empeños: uno, convencernos de que el popularmente conocido como Oeste Salvaje no fue tan salvaje (ni tan lejano) como lo mostraban en el cine, y otro definir cómo, si hay alguien culpable de que los hechos sirvieran de justificación para tachar a aquella época histórica de violenta y salvaje, fue el gobierno federal, con su política implacable y brutal contra los Nativos Americanos, más que una sociedad civil donde el rifle no se cargaba tan rápido y la ausencia de leyes y normas no era tan evidente. DiLorenzo repasa la vida y obra de oficiales del ejército como el propio General George Armstrong Custer, el despiadado (el adjetivo es mío) William Tecumseh Sherman o Phillip Sheridan para ilustrar cómo las estrategias y la política militar del gobierno durante aquellos años no dejaban lugar a duda alguna.

Y yo iba leyendo y solo era capaz de imaginarme a una banda de músicos desaliñados, enjutos y amedrentados correr a la vera de los soldados del Séptimo de Caballería, tocando esa vieja canción irlandesa de ritmo vivaraz que alguien utilizó, en sus lejanos días (estos sí que lejanos) para celebrar las bondades del alcohol y bailar quickstep sin arnés. No podía dejar de imaginarme al General Custer empuñando su sable, si es que lo hacía, mientras su caballería se lanzaba contra el asentamiento del río Washita y masacraba a toda una población de cheyennes, incluyendo a su líder, sobreviviente de otro intento de masacre anterior, la de Sand Creek, Black Kettle. Y, de fondo, sonando la música de una canción que una panda de borrachos irlandeses de Limerick se inventó muchos años atrás, que llegó a arreglar Ludwing Van Beethoven para un proyecto de George Thomson que buscaba darle un gusto clásico al folk irlandés, y que se había convertido ya, antes de que la eligiera Custer, en un armonía de ardor combatiente para los lanceros británicos.

Yo le ponía a mis músicos marciales el color del sepia de las fotografías de Frank Rhinehart y el aspecto físico de William H. Bonney en el ferrotipo negativo que se guarda con celo para recordar cómo fue en verdad Billy the Kid. Es una fotografía especular, en el que la izquierda y la derecha están invertidas, una metáfora como otra cualquiera, para entender, en parte, qué fue el Lejano Oeste y qué vimos nosotros en las pantallas de nuestros televisores curvos y sin píxeles.

Tenía más coña la cosa porque no podía yo dejar de montarme mi película de vaqueros en la cabeza, y andaba moviendo el volante para dar las curvas de la BI-2522 mientras en mi cabeza me imaginaba a los 200 hombres de Custer, incluyendo a los músicos que abandonaban sus instrumentos para empuñar las armas de los caídos, cerrados en círculo mientras les asediaban, sin prisa pero sin pausa, los sioux, los lakota, los cheyennes y los minneconjouns, todos liderados por Tasunka Witko, alias Crazy Horse, en la Batalla de Little Big Horn. Pero tenía coña la cosa, decía, porque,en mi cabeza, yo no le ponía a Custer la cara de Errol Flynn, actor que le protagonizó en celuloide en Murieron con las botas puestas; en mi calenturienta cabeza, Custer no vestía la casaca azul y los pantalones con la raya amarilla; en mi ingeniosa cabeza, Custer vestía un sombrero de ala ancha, un pañuelo al cuello, una camisa azul polvorienta y un chaleco de cuero marrón, igual que el John Wayne de El Dorado; por eso, insisto en que tenía coña, porque, en mi cabeza, la cara de Custer no era la cara del actor de Winterset, si no que, en lugar de Errol Flynn, en lugar, también, de John Wayne, en lugar, incluso, del propio George Armstrong Custer, la cara de mi imaginado general era la de Josele Santiago: mirada profunda, bolsas en los ojos, tres olas sobre el ceño y una sonrisa ausente.

Llegaba ya a Orozco, Caballo Loco seguía girando y me di cuenta de que, en el equipo del coche, Josele Santiago cantaba aquello de "¿mascas tabaco o lo masco yo?" de la canción de Los Enemigos titulada "John Wayne". Una metáfora tan buena como el ferrotipo de Bonney, tan reflexiva como el artículo de DiLorenzo, tan irónica como el gusto castrense por las canciones jaraneras de los irlandeses. Si os pica la curiosidad, os diré que, en mi sueño (que tampoco era un sueño, porque yo llevaba los ojos bien abiertos para conducir, era más bien como el paisaje de fondo que se ve cuando miras musarañas), en mi sueño que no era sueño, decía, Josele Santiago y Tasunka Witko, por supuesto, acababan firmando la paz y la historia cambiaba para siempre. Se cansaban del asunto, se sentaban en un corro, se rulaban una pipa bien cargada de yerbas aromáticas y se ponían a cantar a capela el "Me sobra carnaval". Indios y soldados bailando en armonía y con la gracia propia del rock de los ochenta. Luego, el sueño, que no lo era, se fundía en negro, salían temblando las letras de "The End" y para cuando me daba cuenta ya estaba cruzando el tunel de Malmasín. Fin.  




miércoles, 14 de mayo de 2014

Crónica anti-crónica de ficción no ficción: Pólvora mojada o esquivando trenes, acojonante



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Cuelgo y vuelvo al grupo. La cafetería está repleta. Ruidos de vajilla, voces en armonía: se me revuelve el estómago. Vuelvo a disculparme.
- ¿Algún problema?
Me pregunta, en un aparte, mi compañero de despacho.
- Tienes mala cara.
Insiste cuando digo que no mientras sorbo el café frío.
- Todo bien.
Le contesto casi más con gestos que con palabras. Los demás siguen una conversación que yo abandoné. Y no quiero recuperarla. De vez en cuando afirmo, pero mi cabeza está en otro lugar, en una habitación muy fría y húmeda, a oscuras, con una cama en la que estoy tumbado, pero por más que tiro de la manta no consigo taparme.
Hago un esfuerzo por regresar.
Están hablando de Bob Dylan, del Bob Dylan del anuncio de la tele. También hablan de Iggy Pop. Digo que no con la cabeza. Mi compañero de despacho me mira preocupado.
- Voy a echar un cigarro.

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Oigo mi nombre cuando voy a abrir la puerta del garaje. Mi compañero de despacho baja corriendo la rampa. Abro la puerta y espero a que él la cruce para cerrarla. Después, tengo que esperar a que recupere el resuello.
- Estás en forma...
Sigue boqueando. Se toma un tiempo y contesta:
- Y tú raro.
Caminamos hacia su coche, que aparece primero, y el mío está aparacado muy cerca. Hablamos del tiempo, o algo así, mientras cada uno abre su puerta. Yo le doy vuelta a la llave, él le da a un botón y se escucha un clic. O un crac. Dejamos la carga en el asiento de atrás.
Yo iba a despedirme, cuando él insiste una vez más:
- Si necesitas cualquier cosa, pídemela, joder, que te conozco.
Levanto la cabeza y me aseguro de mirarle a la cara mientras asiento.
Me sonríe y se monta en su coche. Espero dentro del mío hasta que escucho la bocina y le veo sacudir la mano por la ventana. Después, voy yo detrás. Se me cala. Y no intento arrancar de nuevo. Me quedo clavado, viendo cómo se iluminan las luces rojas de freno. Lo compró hace tres meses. El mío lo heredé de mi padre. Solo soy capaz de volver a escuchar el clic, o el crac, y otra vez clic, o crac.

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Una hora más tarde, dejo de lado la autopista y me dirijo al extrarradio, así lo llaman. Freno en seco al llegar al semáforo, junto a las cocheras. Parece que todo el mundo salió huyendo, un semáforo que funciona solo para mí. Aunque está en rojo, giro a la derecha y cojo una calle estrecha que termina junto a un muro bajo. Sobre él, se ve la catenaria del tren de cercanías. Aparco, al fondo, junto a las bajeras de un bloque de apartamentos. Todas las lonjas sin uso, todas las persianas de acero inoxidable, oxidadas. Me enciendo un cigarrillo, cierro el coche, me acerco a una de las lonjas y doy dos golpes que la hacen temblar. Fumo mientras espero pero nadie contesta, así que camino hacia el muro de la catenaria, tiro el cigarrillo al suelo, lo piso, y salto el muro apoyándome con las manos. Caigo sobre la maleza. Miro a la derecha, luego a la izquierda y cruzo los dos tramos de vía con prisa. Al fondo está la ría, y en la orilla de enfrente, el tráfico. Le veo al final del descampado, sentado en el hormigón del muelle abandonado, dejando que sus pies cuelguen.
Llego a su altura, me siento sin prisa e intento balancearlos al mismo ritmo que los suyos. Él viste unas zapatillas desgastadas, yo unos zapatos con poco lustre.
- Lo siento mucho, tío.
Le digo después de aguardar unos segundos.
No dice nada.
Luego añade:
- Si me vas a venir con todas esas gilipolleces de qué hijosdeputa, no te lo mereces y todo eso, ahórratelo.
- Me lo ahorro.
Le contesto con prisas. Yo también estoy de acuerdo. Ya no estamos en edad de tomarnos las cosas a la tremenda. La ligereza y la resignación nos ayudan a seguir hacia adelante. ¿No? Con el pulgar bien tieso y el índice sobre la sien, me dan ganas de volarme la tapa de los sesos.
La ría baja como bajó los últimos cientos de años. El sol se va acercando a su lecho. Le miro de reojo pero nunca se ve nada de reojo. Así que me giro y no sé qué decirle ni cómo. Se alargan los segundos y, por fin, es él el que saca un paquete de cigarrillos del bolsillo de la chaqueta. 
Me doy cuenta de que aún lleva puesta la chaqueta de tergal del curro. Enciende uno y me lo da. El segundo se lo queda él. Él también ha debido darse cuenta y, con la destreza que dan los años, se quita la chaqueta después de sostener el cigarro en la boca y bajarse la cremallera con un ligero movimiento. Hace un ovillo con ella, me mira, arruga el morro mientras abre los ojos, guiña uno de ellos, y lanza el ovillo a la ría. Da un largo tiro al cigarro y con un pititaco, éste sigue el mismo camino que la chaqueta. 
- A tomar por culo...
Murmura. 
- Uno más que ERE pero ya no es.
Yo sigo mirando la chaquetilla extenderse sobre el agua y solo pienso en que aquello está mal. Todo. 
- ¿Tomamos unas cervezas?
Le digo que sí con la cabeza sin levantarla del agua. 
Él se levanta. 
Poco después voy yo. 
Caminamos hacia las vías sin ninguna prisa y con la cabeza gacha. Yo incluso meto las manos en los bolsillos. Luego él me imita.
- ¿Qué tal Isa?
- Bien, dentro de lo que cabe. 
- ¿Qué concierto fuisteis a ver el sábado, por cierto?
- Nacho Vegas.
- ¿Quién?
- Nacho Vegas. 
- Ni idea. 
- Pues te hubiera gustado. 
- ¿Canta en inglés?
- No. 
- Mejor. 
Se hace el silencio. Suenan nuestros pasos sobre la gravilla. De lejos, el sonido familiar del temblor de las vías. Se acerca un tren de cercanías. Nos paramos. Yo me doy la vuelta y hago líneas sobre la arenilla con la punta de mis zapatos. Él se sienta en un viejo mojón que ya no señala nada. 
- ¿Qué es? ¿Un cantautor o algo así?
No sé de dónde, pero de golpe, me sale cantarle la estrofa de "Taberneros" que me aprendí de memoria:
- "Hoy soñé que te tenía, otra vez entre mis brazos. De saber que no era más que un sueño, no me habría despertado. Así que si hoy amaneces, y los pies te están doliendo, es porque estuviste toda la noche, caminando por mis sueños."
Por supuesto, mi intento de poner voz profunda se convierte en un berrido. Me estoy quedando calvo, y Vegas aún disfruta de una bella melena. Ella me espera en casa. Él mira para otro lado. Por más que lo intentara, no podría imitarlo. 
Ya vemos al tren acercarse por entre los tinglados. 
- La ostia...
Exagera con sorna. Y se pega dos golpes secos a la izquierda del pecho. 
- También tiene esta otra, que es nueva: "¿Dónde está nuestro pan, patrón? ¿Dónde quedó todo ese dinero? ¿Lo tiene oculto bajo el colchón o lo escondió en otro sucio agujero?"...
El resto de la canción la tarareo. Parece que la música aún me pertenece, que la tengo incubada en la cabeza. Las imágenes del concierto me revolotean la memoria. Veo a Boba sentado, formalito, como si su teclado fuera un pupitre. A Irazoki, comedido, formalito, quizás fue el día de su comunión el último. A Vegas, sí, formalito, de pie, sin miedo, enfrentándose al abusón de clase. A él, mi hermano, cuatro años mayor que yo, cansado, hundido, solo y defraudado por todos, por sí mismo, por ese amor del que nos hablaron, siendo niños, y resultó ser solo un espejismo. Otra forma de extorsión. También le veo. Y le veo, en el verano, con una sonrisa de oreja a oreja que ya no le pega, corriendo, como yo, por los campos, sin más preocupación que mirar hacia adelante para no tropezarnos. 
Ahora le veo quieto viendo al tren de cercanías pasar tan cerca, tan cerca que, aunque no vaya muy rápido, se le revuelve el pelo y se le entornan los ojos, y el polvo del suelo se agita y el piso tiembla. No saca las manos de los bolsillos. No dice nada. Solo lo mira pasar. Y cuando ha pasado: mira el hueco que ha dejado y el estruendo que se va marchando. Con las manos en los bolsillos. 
- Conozco esa canción...
Murmura. 
- Me la enseñó alguien en el curro. 
Renuncia. La palabra curro le quema en la boca como si estuviera perdiendo el tiempo con una caja de cerillas. 
- Polvo somos...
Recita, más que cantar. 
- Y en pólvora nos convertiremos. 
Termino yo, sin añadirle tono. Se da la vuelta y me mira fijamente a los ojos. Le tiemblan, como temblaba el piso; se le agitaron, como se agitó la arena. 
- A mí se me mojó. 
Susurra. 
Nos abrazamos. Hacía mucho tiempo que no le abrazaba. Le abrazo. Y él me abraza a mí. En silencio, mientras las nubes se mueven, el día se apaga, la ría transcurre y en algún otro sitio de esta galaxia, se produce una nueva canción sobre cualquiera de nosotros, todos, actores poco memorables. 
Me tiembla el bolsillo. Él se aparta. Se ríe como te ríes cuando lo que quieres es dejar de no hacerlo, y volviendo a su ritmo, me mira la cintura, luego a los ojos, abre los suyos y dice:
- No me jodas que eso te ha excitado, coño...
- Calla, joder. 
Le regaño. Saco el móvil del bolsillo. Un mensaje. Mi compañero de despacho insiste en que está para lo que necesite y, de paso, cierra con varios signos de admiración una frase en la que me cuenta que acaba de comprarse el nuevo iphone del que hablamos. Vuelvo a meter el móvil en el bolsillo. 
- Anda, vamos a por esas cervezas. 
- Vamos, Nacho Vegas. 
- Vamos...
- "caminaaaaando por tus sueeeeños".
Hace el gilipollas. 
- Gilipollas. 
Me enfado sin enfadarme. Pongo bien erguido el dedo gordo y con el índice le apunto a la sien, disparo: adiós ligereza y resignación.

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Sin darme cuenta, la escena se funde en negro, y poco tiempo después, empiezan a salir las letras de crédito. Ya nadie pone The End, o qué.

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Quería escribir una crónica pero no me salía. Yo también estuve el 10 de Mayo viendo inaugurar la gira de presentación del último disco de Nacho Vegas, "Restauración", en el Kafe Antzokia de Bilbao. Hubo un día en el que creí, alguno intentó convencerme, de que podría ser algo así como un pseudo-cronista de conciertos, los pocos conciertos, últimamente, a los que asisto. No sé muy bien con qué objetivo ni beneficio, pero, en esta vida, las más de las veces, las mejores cosas que nos suceden o los mejores requiebros de los que somos capaces ni tienen fundamento ni provecho alguno. Así que he seguido, y creo que seguiré haciéndolo, escribiendo crónicas, a veces con entusiasmo, otras por inercia, pero hoy, o ahora, para el magnífico (opinión subjetiva y valorativa) concierto de Nacho Vegas del pasado sábado en Bilbao, no se me ocurría nada que decir, y decidí no decir nada. Así que he escrito lo que está arriba. Por cierto, cualquiera podrá ver que, a lo largo del texto, me apodero de algunas letras o referencias que pertenecen al repertorio de Nacho Vegas. Así que aquí queda confesada la apropiación. 
Ya que estamos, también cuelgo el vídeo que se encuentra en youtube y que acompaña a una de las canciones del último disco de Vegas, a la sazón, mencionada en lo que acabáis, si es que lo habeís hecho, de leer arriba. No sé si debía pedir permiso. Está colgado en youtube.com, activada la opción de insertar, y pensé que podía compartirlo. Si no que me lo digan, y me redigo. Por cierto también, la foto está recogida de una batida por el buscador de imágenes de google pero provenía de un blog sobre historia ferroviaria, historiastren.blogspot.com, así que, si no debí hacerlo, que me lo indiquen, y la retiro:


sábado, 10 de mayo de 2014

El estampado de amebas vuelve a estar de moda



En algún momento, casi al principio, Steve Wynn comentó, con algo de sorna, pero sorna mansa, que eran una banda que cumplía los dos años con un disco que celebraba treinta. 
Y es que todo lo que voy a explicar ahora es historia y la mayoría ya lo sabréis, pero yo lo repito porque soy así de listo y aburrido:
El grupo de Los Ángeles The Dream Syndicate tuvo una vida estimada de unos ocho años. Más o menos, de 1981 a 1989. Formaban parte de aquel movimiento que dió en llamarse Paisley Underground y que reunía a bandas cercanas geográficamente y estilísticamente, como The Bangles, Green on Red, The Long Ryders, Opal, Rain Parade, The Three O'Clock o True West. Cuatro de ellos, Rain Parade, The Bangles, The Three O'Clock y los protagonistas de hoy, The Dream Syndicate, se reunieron el año pasado para realizar dos conciertos, en homenaje a aquellos tiempos, que tuvieron lugar en San Francisco, en el histórico The Fillmore, y en el Henry Fonda Theatre de Los Ángeles. Este reencuentro no era más que una parte de las agradables consecuencias de algo que había sucedido un año antes, en 2012, cuando gracias a la amistad de Steve Wynn con el líder de la WOP Band y propulsor del proyecto Walk On, Mikel, sucedió lo que muchos ya habían dejado de esperar: el regreso de The Dream Syndicate. Tocaron en el festival que la gente de Walk On organizó en Bilbao, junto con bandas como The Jayhawks y Soul Asylum, y también tocaron en el Festival BAM de Barcelona, donde su concierto fue considerado por la prestigiosa revista Ruta 66 como el mejor concierto del año. En una entrevista a Rocklive, Steve Wynn confesaba que la única razón de su regreso fue The Walk On Project, pero el caso es que ya aprovecharon y montaron una gira de celebración de los treinta años de su disco de debú, The Days of Wine and Roses. Y con el mismo objetivo, pero esta vez celebrando el treinta aniversario de su segundo disco, The Medicine Show regresaban a Bilbao ayer noche, con una gira que les ha llevado por Bélgica, Suecia, Dinamarca, Italia, y finalmente Madrid y Santiago de Compostela, antes de arribar en la Noble Villa, marcharse para Zaragoza y viajar ya de vuelta a los Estados Unidos.
The Medicine Show se grabó en 1984 en San Francisco. El productor fue Sandy Pearlman, quien también es poeta, por cierto, y profesor de universidad en Montreal. Aún así, se le conocé más por su relación con Blue Öyster Cult y por ser, durante cuatro años, mánager de Black Sabbath, además de productor de gente como The Clash o The Dictators. Él se encargó de pulir un disco en el que las guitarras que por entonces tocaba Karl Precoda se ganaban el protagonismo que también lograban el piano y el hammond de Tom Zvonchek. Sin embargo, ayer, en Bilbao, no hubo teclados, Karl Precoda no estuvo y, aún así, The Medicine Show, para alguien que cuando el álbum se publicó aún cursaba la egebé y seguro que guardaba a buen recaudo su muñeco de Naranjito, para alguien así, The Dream Syndicate sonaron, ayer, rotundos, mucho más vivos y eléctricos que en el disco, contundentes y dinámicos. 
He de reconocer que había escuchado con más atención el archifamoso The Days of Wine and Roses que The Medicine Show, pero me dio igual. Ya me había perdido en varias ocasiones la oportunidad de ver en directo a Steve Wynn, quien ya acumula una larga y exitosa carrera en solitario, con The Miracle 3 o en el supergrupo que comparte junto a su mujer, Linda Pitmon, Scott McCaughey de The Minus 5 y The Young Fresh Fellows y los REM Mike Mills y Peter Buck, The Baseball Project. No podía perderme la oportunidad de ver en directo al, y aquí va una opinión de lo más personal, el mejor exponente del Paisley Underground junto con The Long Ryders. La psicodelia siempre se me ha atragantado un poco, aunque bien entendida, es recibida con los brazos abiertos que, por cierto, aunque rime, no deja de ser una frase bochornosamente estúpida. Pero las guitarras, ya sean a lo The Byrds, a lo Crazy Horse o a lo John Fogerty, siempre que estén en primera fila...
Steve Wynn se presentó en Bilbao con el batería original, Dennis Duck, junto con el bajista Mark Walton y el guitarrista Jason Victor, objeto de muchas miradas que lo comparaban con el ya mencionado Karl Precoda. Victor es el guitarrista principal de Miracle 3, así que él y Wynn se conocen casi mejor que Karl Malone y John Stockton. Se marcaron más de un emparedado eléctrico de esos que tanto les gustan, guitarra con guitarra, los hombros subidos, que parece que están jugando a ver quién mea más lejos, pero funciona, y funciona Jason Victor porque es un guitarrista ducho que, además, tiene personalidad y un buen gusto por la distorsión justa. Tampoco desmerece un Walton cuyo bajo empapeló el Antzoki con un ritmo hipnótico que se mostraba, a veces, muy por encima de la guitarra y la voz de Wynn. Si a todo eso le sumas el basamento que pone Duck y el cuajo y empaque de Wynn, ya tienes ganada a la audiencia, aunque no hacía falta, porque fueron ya ganados y a lo único que nos dedicamos fue a confirmarlo. 
Los Dream Syndicate tocan música como si fueran un vuelo de costa a costa. Suenan tanto al oeste como al este, e, incluso, a veces, suenan a que han saltado el océano para llegar a la Pérfida Albión. Wynn tiene tono como para compararlo con Lou Reed, pero también con Bob Dylan. Suenan repentinos y enfadados como un grupo de punk imberbe pero, al mismo tiempo, sofisticados y mesurados como unos buenos imitadores de The Band o The Beach Boys. Suenan a los noventa en los ochenta, a lo que tenían que escuchar los Pavement y hasta los Nirvana para aprender a tocar. Suenan a una partida de póker en la que Roger McGuinn y David Crosby están compinchados para pelarles la pasta a los hermanos Fogerty que acaban de llegar con el botín después de robar el banco de Kirtland. Y ayer, a mí, me sonaron más garajeros que nunca (es decir, que en los discos, porque yo no tenía bagaje, hasta ayer), más desinhibidos, vigorosos y eléctricos.
Suenan. 
Con solo dos años, y un disco de treinta, suenan.
Y antes sonaron Laredo, a los que la mayoría no esperábamos, porque no aparecían por ningún lado, o quizás sí por debajo junto a un asterisco, pero eso lo vimos luego. No sé de dónde son, pero cantan en castellano y visten como si el Laredo que llevan en el nombre fuera el de Texas más que el de la ciudad costera donde íbamos los sábados a comprar anchoas cuando de chaval veraneaba en Oriñón, Cantabria. Sonaron demasiado a Quique González, aunque la voz del cantante, y su deje, me recordaban, a veces, más al Ramón Rodríguez de The New Raemon. Fueron cortos, se hicieron de menos en sus propios comentarios y se quedaron luego por allí, aunque, es la sensación que tuve, estuvieron más tiempo fuera bebiendo y charlando, que dentro viendo en directo a los de California. Si te gusta la Americana que suena muy Europea, algo parecido a lo que les pasa a Alberta Cross, pues puedes llegar a convertirte en un fan. 
Hacía una noche preciosa, por cierto. Ligeramente chilly, que decía un amigo mío, agradable para pasear y deglutir lo que acababas de ver. Yo no lo hice, pero pensé en hacerlo. Más o menos, ése es el método que sigo para escribir estas entradas.

viernes, 9 de mayo de 2014

Conciertos venideros, algunos inminentes y otras frivolidades de relleno



Que día más soleado hoy, qué verdes, al fondo, los valles y sus praderas, qué cristalina el agua turbia de la ría, qué bonito el colorido de los trajes de verano y de las sandalias con flecos y hasta el de las camisas de ejecutivos que las hay de todos los colores, desde el salmón noche hasta el verde caipiriña. Qué bonita la ciudad con su tráfico colorido, sus escaparates brillantes, sus ciudadanos atascados en las terrazas tapizadas. Todo tan bucólico, tan extrañamente pausado, radiante y modélico.
Llego yo.
Aparco en la última planta del aparcamiento del Mercado, en un estrecho hueco que me dejaron entre un Porsche Cayenne y un Audi lo que sea. Obsceno. No te preocupes, tío, le susurro a mi Opel Astra descolorido. Tú tienes más personalidad. Se enciende el piloto rojo, pero me vuelvo desde la puerta por si me dejé las luces puestas. No. Qué calor. Sin afeitar. Salgo a la calle como si en lugar de encontrarme el apocalipsis me encontrara el génesis, un paraíso terrenal que ya he descubierto con sarcasmo en el primer párrafo.
Solo tengo un objetivo: gastarme el dinero que acabo de conseguir. Para ello tengo que esperar en la cola a que una señora de mediana edad con gafas de camuflaje y una manía estrepitosa por soplarse el flequillo termine de hacer lo que está haciendo con el cajero. Tanto como teclea parece que está transfiriendo un buen carro de millones a una cuenta suiza después de que yo le haya obligado a descifrar los códigos apuntándole con un revólver en la cabeza. Termina sin que aparezca el héroe para socorrerla, yo saco mis pelas y vuelvo a la algarabía luminosa de la media mañana bochornosa.
Me meto en el Antzokia y digo, yeah, bai, vamos a parlare la lengua de los antepasados que me tocan por el sexto apellido que es el único que tengo como le gusta a Karra Elejalde aka Koldo:
- Sarrerak erosteko mesedez?
Taciturna y aburrida, me sigue la corriente una camarera vestida de elegante negro tabernero. Y me compro las entradas: para hoy, para ver a Steve Wynn y sus The Dream Syndicate tocar completo el Medicine Show por su treinta cumpleaños, solo compro una, para mí. Para ver a Nacho Vegas presentar su último disco Resituación que, por qué no confesarlo, he escuchado ya una docena de veces aunque casi nunca llego al final, compro dos. Es lo negociado, no se podía pedir más, bastante que a la que siempre me acompaña la he sacado un acuerdo pre-matrimonial para una jornada. 
Me quedan las ganas de pillar para hoy mismo y ver, por fin, a Josh Rouse, y ver, por fin otra vez, a Violent Femmes, cuyo concierto en la sala Santana aún me enerva la cadera que no me duele cuando llega el frío (sí). Pero no hay presupuesto ni combustible suficiente para permitirme tres conciertos en tres días consecutivos. Además, esto no es Benicassim, no puedo ir luego a pasarme la siesta tumbado a la sombra de las piscinas municipales. 
Mientras la camarera euskalduna cuenta cuántas se lleva y qué tiene que devolverme, yo espero y, por no mirar cómo almuerzan los comensales que ocupan ahora el espacio donde, dentro de unas horas, los afortunados que tengan sentido del ritmo bailarán el "Add It Up" de Violent Femmes, me dedico a mirar las pequeñas cajas metálicas, detrás de la barra, que tienen bien ordenadas, con sus correspondientes etiquetas, para guardar lo recaudado con cada concierto que organizan. Y ahí leo, en una de ellas, las palabras mágicas: 
Porco y Bravo, junto a la fecha exacta del día de autos. 
¿Habéis oído hablar de ellos?
Venga ya, no me digas. 
Si habéis venido por aquí antes, no me lo creo. Creo que me estáis metiendo un bazinga! por todo el duodeno. 
Y es que sí, ahí están, más colosales y fastuosos que la puerta de Alcalá, los Porco Bravo con su nuevo disco y toda la retahíla de conciertos de presentación que acompañan y acompañarán a la nueva publicación. Yo ya apostillé aquí (pincha, pero pincha solo si quieres leerlo de verdad, no por cumplir, justo aquí, y te llevará directamente, hay que ser vago, a la entrada en la que hablaba del disco en cuestión) el nuevo álbum, probablemente hablando (escribiendo) mucho y diciendo (diciendo) más bien poco. Eso sí, aún no les he visto en directo con su nuevo arsenal de canciones. 
Empezaron la gira hace ya unos meses con un par de conciertos en La Rioja y Castellón, si no me equivoco. El domingo pasado mismamente, y creo que tampoco me equivoco en esto, se pusieron elegantes para celebrar el cumpleaños del Muga sobre el escenario. Y precisamente en ese mismo escenario, el del Kafe Antzokia, presentarán su último disco, el homónimo del que hablábamos antes, dentro de un par de fines de semana, concretamente el próximo sábado 24 de Mayo y acompañados por Discipulos de Dionisos. 
Es de esperar que allí se den cita los más antiguos miembros de la piara original y toda la colección de nuevos fanáticos que el grupo barakaldobusturiarra se ha encargado de ir captando después de tantos conciertos y tan buenas canciones. Seguro que ambos grupos hacen bailar al respetable porque, lo que sonará ese sábado en el Antzokia estoy convencido de que excitaría a Dionisos mucho más que el arpa de su bisabuela Afrodita. 
Hay peña que ya se ha apresurado. Las fotografías con las codiciadas entradas se publican en el facebook, que es eso que yo no tengo pero que la gente utiliza hoy en día para comunicarse, dicen. Tampoco tengo entradas. Porque en este día soleado, en el que hasta los zapatos náuticos parecen coquetos y los turistas se permiten caminar más lento por la Gran Vía, me volví hasta el aparcamiento público con las entradas que ya he contado antes pero sin las de Porco Bravo. 
¿Por qué?, probablemente no os preguntéis. 
Problemas de agenda, debería contestaros. 
Pero luego vendría la coda y añado entonces: Problemas de agenda que hemos conseguido solucionar. Así que, esta misma noche si se puede y procede, mientras disfruto del tributo que Steve Wynn y los suyos se ofrecerán a sí mismos, intentaré convertirme a la religión seglar del rock porcino e igual me abro hasta un caralibro solo para publicar la fotografía de mis rutilantes entradas, en plan selfie cool, que suena a sorbete de menta, pero es algo que se lleva mucho ahora. Dos entradas, eso sí. Para estos, seguro que son dos. 


Posdata: todo esto fue ayer. Así que aunque esté en presente, quizás miento en lo climatológico. No sé qué tiempo hace hoy por la ciudad que andaban fotografiando los hermanos Wachowski, pero aquí el día está del color de los cabellos de la barba de Willie Nelson, eso sí, igual de oportuno e inspirador. Lo dejo aquí, que si no, no termino nunca.