domingo, 22 de junio de 2014

Festivales familiares



Si llega a venir Fernando León de Aranoa, seguro que se anima a filmar una versión en formato musical de aquella primera película suya en la que Juan Luis Galiardo se empeñaba en tener familia como fuera. Lo digo porque en este Azkena de 2014 hemos visto desde una cantante con 68 años, a una pareja de amigos cincuentones que llevan treinta haciéndose compañía en un escenario, australianos treintañeros con bonitas pelambreras, niños a los que, si no fuera porque tocan, no les dejarían ni entrar, muchos carritos por el recinto, bebés con cascos antirruidos, otros en brazos de sus padres quedándose dormidos, venerables ancianos con camisetas oscuras de rotulados en llamas... De todo un poco en la gama generacional, como en las mejores familias, aunque sean de película, o festivaleras. 
Los festivales se definen por la gente que los frecuenta, por supuesto, y así como en el FIB te hartabas de ver espaldas en carne viva, sombreros de paja, imitadoras de Kate Moss y asiáticos americanos con los pezones areteados, en el BBK Live empieza a relucir más el resplandor del photocall que el de los focos del escenario. Nada de eso ocurre en el Azkena, donde hay gente que se saluda como si acabaras de volver al barrio por Navidad, aunque estemos en junio, donde miras para delante en el concierto y ves muchas calvas y peinados de añejas melenas, todo camisetas negras, y más cuernos que en la Maestranza, que no sé muy bien lo que es, pero tiene que ver con los toros. Ayer abrimos el festival en alegre cháchara con alguien que me dijo que, con éste, ya iban once años seguidos. Fidelidad es un término que suele tener sentido en Mendizabala. No es mi caso, porque me he perdido más de los que he visto y me arrepiento de haberme quedado sin ver a más grupos de los que me felicito por haber visto. Sin embargo, en los últimos años, la visita al Azkena se está convirtiendo en parada obligatoria, venga quien venga y haga el tiempo que haga. Este año, ni sabíamos los horarios antes de entrar. Íbamos hacia el recinto con paso cansino cuando ella dijo: "¡ah, joder, si también toca Wolfmother!"
Con ese espíritu íbamos porque el Azkena parece que te lanza el lazo al bazo más que al cuello. No miras tanto el cartel, aunque, por supuesto, critiques y celebres como cualquier otro festivalero, si no que te preocupas más por asegurarte de que podrás repetir las mismas cosas que haces siempre: cruzar El Prao sin prisa, comer en el Xixilu (o donde sea, no hay que ser exquisitos, pero sí con amigos de tertulia), saludar a Marsalis de lejos, ir de escenario en escenario dejándote llevar por la pendiente y saludando a los conocidos, desayunar al día siguiente en alguna de esas cafeterías del ensanche vitoriano, asomándose a algún parquecillo abandonado que envidias cansado de tu entorno fabril y hormigonado.
De ahí que, toque quién toque y lo hagan cómo lo hagan, uno siempre acaba teniendo la sensación de que repetirá el año que viene. Y eso te lo digo yo que de los doce me he perdido unos cuantos. El de este año era el número trece, y parece que habrá catorce, porque el de 2015, al parecer, ya está firmado entre la promotora de siempre y las instituciones de costumbre. Así seguiremos sumando. Si ya antes contábamos con gente como Paul Weller, Connor Oberst, Eddie Vedder, Kim Salmon, Josele Santiago, Chris y Rich Robinson, Francis Rossi, Brian Setzer o JJ Grey entre los que habíamos tenido la suerte de conocer gracias al ARF, más se siguen sumando y se sumarán, pero nunca, desgraciadamente, podrán compensar todos los que nos hemos perdido desde 2002 y, eso, junto con las camisetas negras, la variedad en edad y tantas manos con los dedos índice y meñique en posición de ataque te resumen lo que es el Azkena. Creo yo, vamos. 
Y por eso quizás, vayamos sin orden, te sorprende ver a Debbie Harry tan cómoda sobre el escenario principal. No era mi primera vez, y no me importaría que fuera la última, pero tampoco me voy a poner ponzoñoso. Harry tiene tantas tablas que da igual que salga al escenario en un pijama que recuerda a la tapicería del mini de un mod (mis comentarios sobre estilismo deberían tomarse con la misma seriedad con la que os tomáis los musicales, con ninguna, vamos, porque aún hoy en día me cuento entre los que relacionarían primero palabra de honor con un disco de Rocío Jurado que con un tipo de escote). Da igual que supere los sesenta, que lleve otros treinta cantando las mismas canciones. Da igual que se permita ritmos latinos con deje bailable en un festival donde mucha gente votaría a Jerry Only como jefe de estado si llegara de nuevo la república. Cierto es que, como he leído por ahí, intentaron diversificar su sonido (sonido que, sí, sonó ciertamente algo apagado, pero nos quedamos sorprendidos por el anuncio de la organización) y trajeron música disco, alguna pincelada más rockera y hasta una versión de The Beastie Boys. Aún así, yo me contaría entre los que no entendía muy bien la elección de Blondie como cabeza de cartel, aunque también me apuntaría a la comprensión (parezco gallego, se me habrá pegado) y diría que cuarenta años de carrera y la elasticidad de la etiqueta rock bien permiten que lo mismo Debbie Harry que Poison Ivy rivalicen como musas del festival. 
Antes de ver a Blondie en el escenario principal, lo que nos perdimos fue esto: Niña Coyote eta Chico Tornado, Deap Vally, Arenna y The Temperance Movement. De hecho, a Arenna los vimos, pero nos hicimos los suecos, y a The Temperance Movement les estuvimos siguiendo así como de lejos, desde lo alto de la colina, y no sonaban a nada nuevo pero tampoco sonaban mal. Alguien propuso apuntarse el nombre y yo hice una de esas notas mentales, pero acabaré perdiéndola. 
Nos perdimos a todos estos porque después de comer en animada charla con alguien que en 2012 incendió el tercer escenario, tocaba hacer la digestión, coger fuerzas, darse una ducha y pasear escuchando los trinos de los pájaros en las copas de los fresnos de El Prado. Uno no es que se haga mayor es que hacerse mayor es uno, sano, dos, inevitable y tres, síntoma de felicidad, creo. 
Llegamos, hablando de hacerse mayor, para asarnos bajo la carpa mientras asistíamos a una auténtica celebración de la precocidad. Con cuatro miembros que nacieron cuando Kurt Cobain ya había muerto o estaba apunto de hacerlo, no dejaron que su edad se convirtiera en la razón del asombro, o, al menos, intentaron que no fuera así y fueran los guitarrazos a mansalva y los estribillos con aire de enciclopedia del rock. Lo que más me sorprendió es ver a la gente rendida desde el principio. Veteranos de tachuelas oxidadas, de los que pudieron ver a Arthur Lee cantando con Love en plena forma, rendían pleitesía a estos chavales sin casi haberles dado tiempo a confundirse, que, aparentemente, lo hicieron en la primera canción. No digo que no se lo merecieran porque tienen lo que hay que tener para conseguir un directo arrollador: actitud y talento. A mí, me costó entrar. Las primeras canciones no me dijeron nada que no me recordara cuantos años tenían, sin embargo, poco a poco, sobre todo gracias a los que tocaban instrumento, me fui uniendo a la opinión generalizada. Suenan contundentes, convincentes y prometedores, pero no hay que olvidar que, ahora mismo, consiguen el clímax con préstamos de Bo Diddley y Nick Lowe, así que habrá que esperar hasta que lleguen tan arriba con canciones que solo les pertenezcan a ellos. Como dijo el que llevaba once seguidos y que, por lo tanto, entiende de esto, habrá que esperar y seguirles el rastro hasta que acaben siendo cabezas de cartel.  Por supuesto, que no lo he dicho en ningún momento, hablamos de The Strypes, quienes, sin duda, se convirtieron, solo había que girar el cuello, en unos de los grandes triunfadores de la edición de 2014. 
Nos perdimos a los recomendables locales The Soulbreaker Company por asistir al completo al enésimo recital de Gordon Gano y su colorido amigo Brian Ritchie. Violent Femmes, un trío que sin mitosis ni nada se convierte en quinteto, octeto y una orgía bien armonizada de instrumentos tribales porque hay ocasiones en las que Gordon Gano canta como si estuviera invocando a no sé qué dioses. También era nuestra segunda ocasión viendo a una banda fundamental para entender la música americana, y no fue mejor que la primera. El escenario grande no ayudó a que se pudiera disfrutar con plenitud de una banda a la que el espacio en blanco pareció fagocitarle, en ocasiones, parte de su fuerza. Aún así, como siempre, salieron más que airosos y cumplieron con un concierto que se permitieron abrir con "Blister in the Sun" y cerrar cuándo y cómo les dio la gana. 
A los de Milwaukee les seguía uno de New Hartford que se hizo acompañar de una banda numerosa y bien pertrechada de percusión. Joe Bonamassa dio un concierto sin sorpresas ni flaquezas, siempre en línea recta, con el mismo índice de fuerza y la misma gravedad. Su presencia es solemne, su música ingrávida y su eficiencia está fuera de toda duda. Quizás, lo único que faltó es ese factor de sobresalto, ese golpe inesperado que capte tu atención antes de que te rindas y aunque asientas diciendo este tío es bueno, cojas y aproveches para meterte un bocata de lomo con más miga que carne. 
Viendo a Bonamassa y cenando, no pudimos acercarnos a ver a Bluenáticos y esperamos hasta que empezara el concierto con el que abrí esta crónica, así que no vamos a volver a repetir lo mismo. Lo mismo que en 2006 vimos justo después: los Wolfmother. Sin cambiar de escenario, después de un descanso que aprovechamos para refrescarnos y hablar de cosas más mundanas, se acercó otro de los momentos álgidos del festival con el regreso de un Andrew Stockdale al que ya pudimos ver acompañado de Chris Ross y Myles Heskett cuando el trío original se recorrió toda Europa abriendo para Pearl Jam. En aquella ocasión, hace ya la friolera de ocho años, todos los allí presentes nos quedamos boquiabiertos viendo en directo a un tío que tocaba el bajo y los teclados al mismo tiempo y a estos los zarandeaba como si estuviera practicando el punching ball. Todos nos quedamos sorprendidos por unos veinteañeros australianos que sonaban a Black Sabbath y Led Zeppelin, sí, como muchos otros, pero, además, sonaban frescos y certeros, con canciones que por mucho que tuvieran eco también tenían lozanía. Por supuesto, el éxito no se repitió ayer en Mendizabala. Creo que, en líneas generales, la gente acabó satisfecha, pero sin Ross ni Heskett parece que Stockdale, sin querer desmerecer a sus nuevos compañeros, ha perdido algo que sí tenía en 2006. Hubiera preferido ver un duelo de bandas entre los actuales Wulfmoder y el último proyecto de Heskett y Ross, Ross y Heskett, el que les ha llevado a formar Good Heavens junto con Sarah Kelly. Eso sí hubiera sido divertido e interesante, y no tanto volver a escuchar temas como "White Unicorn", "Dimension", con la que abrieron, o las clásicas "Woman" y "The Joker and the Thief", con la que cerraron, que sonaron distintos cuando distinto es raro y raro es raro, vamos, que no sé si bueno o malo, pero distinto, ¿eh? Los teclados, en ocasiones, sonaban como cuando se suelta un cable de un aparato eléctrico y hace contacto y Stockdale, al que, por cierto, igual que el año pasado nos cruzamos con un Billy Corgan en plan veraniego, nos topamos en el hall del hotel con el mismo outfit que luego llevaría en escena, toca la guitarra como si acariciara a un gato y le gusta mantener las notas clavadas en el traste. El australiano ocupa ahora más tiempo en cambiar de guitarra y azuzar al público, cuando yo le recordaba en plan Robert Smith, con la cabeza agachada intentando memorizar el círculo que le habían dibujado para que no saliera de él. Salió. Y no seré yo el que diga que se salió, pero tampoco voy a seguir martirizándole con comparaciones, que siempre son odiosas. Yo estuve ahí en una esquina y seguí vocalizando el "you know what I mean", como si fuera 1995 y estuviera sonando el "Wonderwall" en un bar de Manchester, así que no quitemos mérito a alguien que aún puede subirse a un escenario y presentar como defensa canciones de las que te obligan a echar el cuello pa'trás. 
Y aquí terminó la edición de 2014, más pronto que nunca, oye. Ya lo dijo ella que tenía los brazos cruzados y la chaqueta vaquera puesta mientras veíamos un par de canciones de Niño y Pistola camino de la puerta: "el año pasado salimos de aquí a las seis de la mañana", pero ya les doblamos en edad a los Strypes y nos pareció oportuno cerrar la noche a una hora mucho más saludable. Por educación y respeto, les dedicamos un par de canciones de atención a los vaqueros de Baiona, pero después del protocolo, nos marchamos de allí. 
Ya había habido de sobra desde que a eso de las doce de la mañana tuve que coger la salida de Balmaseda para bajar a Zorroza y volver por la carretera antigua hasta Barakaldo porque no me había dado cuenta hasta que no habíamos dejado atrás Cruces y pisaba el freno para pasar el primer radar, de que me había dejado las entradas en casa. Desde entonces hasta que el neno se puso a xogar con la pistola, pasaron muchas cosas, algunas las he contado aquí, otras no, pero, en cualquier caso, más que suficiente para cerrar esta crónica y regresar a mi vida familiar anónima y pausada, sugerente y dinámica como cualquier festival familiar que se precie. 

Posdata: que hubo más luego lo sabrán la mayoría, Kadavar, Royal Thunder... Y que hubo más el día anterior, también lo sabrán los mismos. Algunos se enterarían hasta de que llovió a mares y se temió lo peor, que Marah sacaron a tocar a un adolescente, que Scorpions hizo emocionarse a alguno y más cosas que, siguiendo mi rigurosa costumbre, no he glosado aquí porque yo no estuve y, por lo tanto, no escribo tampoco. Con esto, y con una foto que cuelgue ahora para decorar, me despido. Terminemos con una frase hecha: el año que viene, más y mejor. Y en familia.

sábado, 7 de junio de 2014

Yo de mayor quiero ser Mauro Magellan




No sé si me recordaba más a Tommy Lee Jones cuando era Pete Perkins, cruzando el desierto con el patrullero amarrado, en busca de un pueblo que ya no existe para enterrar a su amigo Melquíades, o a Tommy Lee Jones cuando era Ed Tom Bell y se sentaba en una mesa a contarle a su mujer sus extraños sueños, mientras por la ventana vemos una especie de encina y un prado que quema la luz. 
Pero Dan Baird me recordaba a Tommy Lee Jones.
Perkins y Bell son los dos hombres aguerridos y decanos que encaran la vida a una velocidad reposada y reflexiva. Hombres de pocas palabras y hechos breves pero intensos. Hombres que ciñieron su vida con la cincha de unos pocos valores que, al final de su existencia, se permiten poner en solfa. Uno, el primero, es un vaquero de Texas que vive en la frontera sin verla del todo. El otro es un sheriff sosegado que se ve envuelto en un terrible acto de maldad. Los dos permanecen fieles a un credo que están descubriendo que es frágil y peligroso. 
Dan Baird se pone su sombrero de copa y toca hasta que su camiseta cetrina se empapa y se vuelve negra. 
60 años y 28 desde que grabaron "Georgia Satellite" y sigue haciendo el falsete en "Keep Your Hands to Yourself", sonriendo cuando canta, arrimándose pornográficamente al micrófono para gritar estribillos al alimón con Warner Hodges... 
Me recuerda a Tommy Lee Jones, a Pete Perkins, a Ed Tom Bell, a cuando mi padre se sentaba en su lado del sofá y se quedaba mirando a través del cristal, en silencio. No había nada en los tejados de enfrente y yo me preguntaba qué abría en su cabeza. 
Me pregunto si Dan Baird piensa si merece la pena seguir cruzando el desierto, si se sienta a desayunar y le cuenta sus sueños a alguien, si cuando mira hacia el fondo del escenario, por encima de todas nuestras cabezas, está viendo algo que los demás no vemos.

Dan Baird & Homemade Sin subieron al escenario del Hika Ateneo cuando creo que aún no eran ni las diez. Baird explicó muy bien que no iba a haber bises ni nada porque iban a tocar hasta las 23:30 y después paraban, que no era cosa suya si no del local. Y los del local te dirían que no era cosa suya, sino que es la ordenanza municipal porque, si fuera por ellos, Baird hubiera seguido tocando hasta la eternidad y, si fuera por Baird, seguiría haciéndolo como lleva haciéndolo treinta años. En esa hora y media, empaquetaron más canciones que en un recopilatorio exhaustivo de los Beatles. Lo hicieron sin descanso, sudando con elegancia, sin aspavientos ni miramientos ni parrafadas entre canción y canción para estirar los músculos. Nada. Simplemente, rock and roll en fila india, desde el principio hasta el final, sin oportunidad de coger aliento. 
Dan Baird tiene a su favor dos cosas, digo yo: talento y experiencia. Con esos dos ingredientes haces una tortilla, pero para que cuaje bien necesitas algo más, llámalo nervio, fiebre, duende o tragedia, lo que sea, y sin conocer la vida y hechos del señor Baird, él canta como si tuviera eso y a espuertas. Así que si sale con un sombrero de copa del que podría sacar en lugar de conejos, todos los tomos de la enciclopedia de la música popular, si le acompaña un tío que puede sobar la Gibson Les Paul con un fular rosa al cuello y resultar más varonil que un ángel del infierno, un batería que podría pasar desapercibido paseando con su nieta por el parque y un bajista de rizada cabellera al que te puedes imaginar de extra en Le llamaban Bodhi, si tienes la oportunidad de asistir a todo eso en armonía y coordinación, más vale que te calles, escuches y abras bien los ojos porque estás apunto de averiguar de dónde viene todo lo que te gusta y no sabes cómo ni por qué. 
Hicieron boogie del que te obliga a gritar yeehaw con las caderas, country tocado sin sacar las baquetas de la entrepierna, tocaron rápido y lento, sacándose el demonio de las entrañas y dejándolo dentro, tocaron lo que tocaban hace treinta años y lo que ha venido tocando luego, tocaron siempre de pie, con la coreografía estudiada de riff y punteo, punteo y riff, sin dejar descansar a la telecaster, tocaron música americana de raíces hasta que las arrancaron de la tierra y gritaron que jamás volverían a pasar miedo. Algo así. 
Hicieron lo que quisieron y cuando les dio la gana. 
Y nosotros escuchamos, vimos y movimos levemente las caderas porque somos así de tiesos. Yo soy así de tieso, a ella la contagio. En cualquier caso, nos vimos el concierto de ayer como si alguien nos estuviera dando una de esas lecciones que sí, entran con sangre, con sudor y con lágrimas, pero no te cuesta nada de nada derramarlas. Lecciones que, además, no tienen caducidad: así pasen sesenta, como veintiocho años. O doce minutos que quedaban para que llegara el metro. O una hora más tarde, acurrucados en una esquina del tugurio del que hablábamos en la anterior entrada, cuando aún repican los tímpanos, bebemos estrella sin firmamento y ella, aunque no venga a cuento, vuelve a insistir: "vaya pedazo de concierto."

Por cierto, que lo del título puede que solo demuestre mi poco buen gusto y mi falta de humor, pero no deja de ser una exageración para subrayar algo que no decía en el texto que he escrito hasta ahora y es que ver tocar la batería a Mauro Magellan es como una de esas epifanías que te llegan en día de labor, mientras viajas en autobús y crees que entiendes, de repente, hasta los logaritmos neperianos, porque has visto volar una bolsa de plástico, como el de la película, o porque has entendido el orden caótico del tráfico. Aún a esta hora del día siguiente, puedo oír cómo suenan los parches cuando los percute la madera. Tan alto y tan limpio con ese sonido a válvula reptando por todo el Hika Ateneo. Quizás es por lo bien que reverberan las paredes cuando se empapelan con el manifiesto comunista o por los amplificadores trasnochados de Orange, pero, sea por lo que sea, la audencia veterana, educada y observadora de ayer pudo disfrutar de un excelente sonido. Yo lo hice, por lo menos: no he visto naves en llamas más allá de Orión, pero estuve en fiestas de Oyón una vez y, a partir de ahora, siempre podré decir que vi tocar en una ocasión a Mauro Magellan.

miércoles, 4 de junio de 2014

FIASCO PRESS!: DAVID "KALBO"




Llego con un poco de adelanto. Me pido una cerveza y salgo fuera a echar un cigarro. El Rock eta Golak es la sede social del Barakaldo Club de Fútbol; apenas se ve si no te asomas, escorada en una esquina del estadio, a la vuelta de las taquillas. Él ha elegido el sitio.
Me encuentro a mucha más gente de la que me esperaba: perros aburridos y cabizbajos, niños jugando al ping-pong, sus padres, fuera, criticando el rasero con el que el entrenador de fútbol corrige a sus hijos, viejos conocidos sentados a la fresca en el banco de fuera… Vuelvo dentro y ojeo y hojeo un periódico deportivo de tirada nacional.
Poco después, llega él. Camiseta de Motociclón, paso firme, chocamos los cinco, se pide un café y coge el periódico que yo acabo de dejar. Le advierten que el café está caliente. Se llama David, aún hay algunos que le llaman "Kalbo", y prácticamente todos, le llamemos como le llamemos, le conocemos por ser uno de los dos djs residentes de El Tubo, una especie de tugurio como solo antes eran los tugurios, cuando esa palabra era un halago. También es batería. Y para hablar de eso y de más, pero sobre todo de música, he quedado con él después de meses y meses de intentar hacerlo y por hache o por be, por jota o por zeta, no poder hacerlo.
Lo que sí hacemos es precalentamiento. De pie junto a la barra, hablamos de fútbol. Con el presidente del club, cercano y afable como siempre, hablamos de Pape Diamanka sin que eso signifique nada. Cuando estamos preparados, decidimos sentarnos en una esquina, junto a los viejos trofeos de la vitrina, frente a las fotos en blanco y negro del año del ascenso que comentamos sin prisa por empezar. Nos relajamos riéndonos al recordar una legendaria anécdota sobre las fuentes públicas de Madrid que mejor dejamos para otro día. Estamos sentados, por cierto, sobre una tarima que hace las veces de escenario cuando hay concierto en el local y donde él mismo ha tocado. En la mesa de al lado, un tío le enseña apliques de colores a otro. Sobre la nuestra, alguien ha dejado un número retrasado de un suplemento dominical y, debajo, se esconden un par de guantes de portero de talla junior que descubriremos luego.


Saco los papeles que imprimí antes de salir de casa. Le explico cómo lo haremos, cómo he pensado la entrevista. A todo dice que sí, y, además de decirlo, también dibuja la afirmación con la cabeza. Para empezar fuerte y sin paños calientes, le pido que me cuente cómo empezó en esto de la música y que llegue al final.
Resopla, se lo piensa, se rasca las patillas y empieza a hablar. La verdad, podríamos haber tirado de este hilo y olvidarnos del resto de preguntas. Ya habría estado hecha toda la entrevista, pero hubo más, mucho más: “Empecé con 25 años,” se arranca. “Mi primer concierto lo di con 26. Con los Themenciales. Hacíamos versiones punks y tocamos en el TBO.”
Dice TBO y compartimos un gesto irónico. Hace unos segundos me ha dicho su edad y prácticamente es la mía, así que los dos sabemos dónde estaba el TBO y cómo era el TBO cuando tocó allí por primera vez. Acabamos de empezar y vamos a descubrir curiosas coincidencias que harán que la entrevista sea más amena y prometedora. Sus dos compañeros de aventura en los iniciáticos Themenciales eran los mismos con los que yo intentaba crecer cada sábado, pasando primero por Simago o empeñándome en sacar más cincos y seises, más pitos y doses que ningún otro en la mesa.
Sigue: “después, del 2001 al 2006, estuve con Fetish Kafé…” Le interrumpo: “Eso es casi una banda de…” Él me interrumpe a mí: “… culto, sí.” Se ríe: “el Gallego podría hablarte de ellos.” Ya lo ha hecho, pienso, pero no digo nada, y como veo que ya ha pillado carrerilla, le dejo que siga: “Fueron cinco años en Fetish Kafé, sí, cinco, pero en esos años lo compaginaba con un grupo de Deusto que se llamaban Popper y que había visto tocar en el Mellid y me molaron.”
Me cuenta cómo en un Azkena Rock Festival le entró de sopetón al bajista del susodicho grupo bilbaíno y le dijo que él tocaba la batería. Hizo una prueba y entró. Me comenta cómo apenas dieron cuatro conciertos, pero que aprendió un montón. Después, enlaza ya con el presente, porque de Popper nació Tiparrakers, siempre por medio del mismo bajista al que le entró a saco en el ARF.
Son ya nueve años aporreando con Tiparrakers, desde 2005, y tres discos grabados. El último aún está pendiente de salir a la luz pública. Durante esos años, no se ha conformado con eso. También ha formado parte de otros proyectos, como Latigazos, del 2009 al 2013, con los que grabó un disco y dio como unos cuarenta bolos. Hacemos chistes sobre las camisetas de Latigazos. Le digo que cada vez que veo una foto de algún grupo de Barakaldo, uno de los miembros lleva una camiseta de Latigazos. Exagero, pero nos reímos, y de paso hablamos de las rayadas de Porco Bravo y del escaparate de la tienda de ropa Frida.
Pero volvemos a lo importante: también en 2009 tuvo una aventura casi furtiva con Fogoneitors que, según me cuenta, fue una idea que “surgió un jueves de morón en el Tubo.” Y me cuenta más: “no duramos un año y no grabamos nada, pero dimos diez bolos. Éramos Bazi y Oskar, Maribel (de los del Puente Romano) y yo. Fue divertido.”
No perdemos el hilo, porque nos queda Putakaska, el último proyecto en el que David se ha embarcado. Hace ya un par de años, en Octubre de 2012 concretamente (no se lo digo, pero esto lo comparte con otros músicos locales: me alucina su capacidad para recordar las fechas, a mí me cuesta hasta recordar el año en el que nací), se ofreció para echar una mano cuando Ganso dijo que no seguía y ahí sigue él. Acaban de grabar disco, Pegarles Fuego, y ya han dado más de una docena de conciertos. No titubea cuando me cuenta lo que ha supuesto para él tocar con la veterana banda barakaldesa. Con los Putakaska, me explica, ha tenido la oportunidad de tocar, recientemente, en sitios como Tárrega, ante 300 personas entregadas, o ante otros 80 fanáticos el día antes en el mítico Puerto Hurraco del Poblenou.
Mientras hacíamos los estiramientos en la barra, le pregunté que con quién había estado ensayando hoy y ya me contó que hace poco habían iniciado un nuevo proyecto. No creo que sea una exclusiva pero, de todas formas, ahí va la noticia: como él mismo lo cuenta, de las cenizas de Latigazos, nace un nuevo grupo, aún sin nombre, pero ya con temas y con ganas de encontrarle el punto exacto a la combinación entre punk y hardcore.
Todo esto, que escrito igual se hace muy largo, me lo ha contado casi del tirón y en línea recta. Un par de veces le ha sonado el móvil, pero todo ha salido de una pieza, en cadena. El resto de la entrevista no tiene por qué ser así. De hecho, no lo será, aunque vosotros ahora lo leeréis bien ordenado. Sin embargo, en el momento, fuimos hacia adelante, volvimos hacia atrás, paramos para fumar, cogimos el coche para cambiar de escenario e, incluso, hubo remates que llegaron por mensajería electrónica ya de madrugada.

    -     ¿Por qué la batería? Porque siempre has sido batera, ¿no?


“Sí, sí. Siempre me había gustado pero para mí era… no sé, como una utopía. Yo, como te decía, no empecé hasta los 25. Era una época en la que los partidos del Baraka y los colocones a vino no me llenaban. La chica con la que estaba se había pirado a Francia, no tenía curro, me hice objetor pero hubo exceso de cupo. Yo frecuentaba los locales de ensayo de Vellido; sobre todo, andaba con la peña de Ruptura y pasaba las horas allí metido con ellos. Me molaba verles tocar y todo eso y así empecé. Me empezaron a enseñar en el local y todo fue poco a poco. Las únicas clases que he dado fueron hace años en Hala Dzipo, en San Vicente, cuando Josu Parabellum era profesor allí. Para entonces, ya estaba en Themenciales.”
Parecía que cogíamos ritmo, pero la siguiente pregunta le cuesta. De hecho, se lo piensa, tiramos para adelante, volvemos para atrás. Es triple, y la tercera parte, no se le ocurre cómo contestarla hasta que no estamos yendo hacia El Tubo por la calle Berriotxoa. Él carga con una caja de coca-colas, yo ando con las manos en los bolsillos. Le comento algo y entonces se le enciende la bombilla y se le ocurre cómo contestar a la tercera parte, pero aquí, os copio y pego cuál fue la pregunta completa: ¿Cuál dirías que ha sido tu mejor momento sobre el escenario? ¿Y el peor? ¿Y el más surrealista? No le cuesta tanto responder a la primera parte, aunque tengo que echarle un cable: “Sí, el peor, tocar medio con fiebre, que ves que no llegas.” Para la segunda pregunta, no necesita ayuda, además, le sale uno de esas frases que, si esto fuese periodismo como manda el canon, iría en el titular: “El mejor… Siempre que subes a un escenario es un buen momento, ya lo hagas ante cuatro personas o ante quinientas. A veces, cuatro personas entregadas es mejor público que una multitud.” Como decía, el surrealismo no es lo suyo. No se le ocurre nada hasta que, ya en los postres y cargando con la caja, se le ocurre comentarme su experiencia de gira con un grupo que no estaba en el currículo: “No sé si surrealista, pero algo sí lo fue, y duro: cuando marché con los Chivo de gira. Tenían 7 bolos en 9 días por Francia, Bélgica, Holanda y Alemania. Su batería no llegaba a cuatro de ellos y me lo propusieron a mí. Apenas tuve un par de días para aprenderme diez temas y tirar, y no fue nada fácil, son ritmos más complicados y difíciles de tocar para mí, más densos y lentos. Eso sí, la experiencia mereció la pena. Pude ver la diferencia entre Europa… y África. Tocar un lunes y un martes en dos ciudades pequeñas de Bélgica y que vengan entre 30 y 50 personas a verte, te abre los ojos.” Ya hablaremos más sobre esto, sobre la música en directo, pero antes seguimos con lo personal:


-      ¿Tienes algún rito o manía antes de subirte al escenario?


“No,” contesta, a bote pronto, pero luego recapacita. Eso sí, vuelve a contestar lo mismo: “no.” Le pregunto si es de los que se toma la prueba de sonido muy en serio y me contesta que depende, depende del local y del equipo. “A veces, no sirve para nada,” sube los hombros. Sigue dándole vueltas al tarro y, al poco, redondea la respuesta: “No sé si es una manía pero voy al baño antes y después del concierto,” se parte la caja.
Mucho más tarde, para que quede de ejemplo de cómo nos curramos la entrevista, me pide que volvamos a esta pregunta y apunta una cosa más: “ah, esto podrías ponerlo en eso que me has preguntado antes de las manías: con el tiempo he aprendido que es importantísimo hacer unos estiramientos antes de salir. Por salud. Después se te carga un montón la espalda y es jodido.” Yo apunto y sigo a lo mío:


-      ¿Te impone la altura del escenario, te la refanfinfla, te has acostumbrado?


Le comento que, más o menos, esta pregunta ya la ha respondido antes, o, por lo menos, que se puede sospechar, viendo lo anterior, lo que va a responder ahora. Dice que sí y me pide permiso para usar símiles futbolísticos. Estando dónde estamos, y siendo los dos socios del club, parece que procede, ¿no? Así que le concedo el permiso: “Se nota la tensión previa antes de saltar al césped, pero los nervios se dejan en el vestuario.” Se ríe. Más adelante en la conversación, con determinación, me dirá: “yo es que soy un yonki de tocar.” También queda bien en esta contestación, así que lo cuelo aquí.
Ahora soy yo el que me paso a los símiles deportivos, pero los míos van en bicicleta. Le pregunto: ¿Rollo ciclista subiendo los Alpes, que dicen que no escuchan lo que les gritan desde la cuneta aunque les griten a la oreja? o ¿eres consciente durante el concierto de cómo reacciona el público? “Sí, sí,” cabecea afirmativamente: “noto el feeling.” A estas alturas, ya ha empezado a liarse un cigarrillo que no terminará de hacerse nunca. Es casi una metáfora de lo bien que va la conversación. Y sigue explicándose: “No soy mucho de mirar a la gente, porque me desconcentro, pero se nota. Yo me concentro en un puto imaginario y toco, no miro al público, pero lo noto.” Sigo con el símil ciclista:


-      ¿Mejor tocar dopado o sin dopar?


Se vuelve a reír y dice que sí con la cabeza, como diciendo que comprende lo que le pregunto. “Cada uno elige su menú,” aplasta el tabaco en la palma de su mano. Y se vuelve a reír. “Yo lo que no hago es beber, o excederme en beber, más bien.”
Ya va siendo hora, supongo, de que me ponga serio, aunque no me sale muy bien:


-      ¿Te ves dentro de treinta años con las baquetas y subido en un escenario?


Aquí fue cuando, en realidad, me contestó lo del “yonki de tocar”, otro titular que lo podría haber dado hasta Jualma Eskorbuto. Ya lo he usado, pero da igual, porque dice más: “Yo es que no me veo sin ellas. Pero es que no me veo dentro de treinta años, vamos, no me veía con cuarenta, así que…” Creo que eso también lo podría haber dicho Jualma si le hubieran hecho una pregunta parecida. Yo soy tozudo y sigo intentando ponerme trascendente:


-      ¿Tienes planes de futuro? Llámalo como te de la gana: ilusiones, sueños. Vamos, que si hay algo en concreto, en esto de la música, que te gustaría conseguir.


En la medida de lo posible, él también se pone serio: “No, la verdad. Lo voy cumpliendo día a día. No me esperaba llegar hasta aquí cuando empecé. No se me pasaba por la cabeza grabar discos y tocar ante trescientas personas, así que… Para mí, tocar la batería, además de un hobby, una afición, o lo que quieras, es una terapia. Con tocarla, me vale.”
Le digo que para terminar voy a hacerle una pregunta de profesional y hasta él intenta, con más ganas aún, ponerse serio. Frunce el ceño y todo. Vuelve a rascarse las patillas y la barbilla y se estira y se lo piensa. Al final contesta a lo que le pregunto:


-      ¿Algún batería que te haya servido de referencia o que te guste especialmente?


“Muchos. Bill Ward de Black Sabbath, por ejemplo. Los que más me han influenciado probablemente sean los de lo que podríamos llamar la escuela giputxi. Nuevo Catecismo Católico y toda esta peña, los grupos de Buenavista. Guipúzcoa tiene un nivel de baterías impresionante.” Lo de ponernos serios del todo no nos va, así que termina la pregunta con una pirueta: “En Guipúzcoa siempre ha habido grandes baterías… y grandes porteros.” Y, al oír esto, Arconada pone cuernos con sus dos manos.
Es entonces cuando me doy cuenta de que debajo de la revista hay unos guantes de portero sobre la mesa. Justo cuando estaba explicándome que, para él, ser portero y batería son dos cosas muy parecidas y que él cuando era pequeño siempre jugaba de portero. “Así que…” Lo deja en el aire. Yo le apunto con la barbilla a los guantes que acabo de descubrir.
Podríamos haber terminado aquí, pero, en realidad, éste es solo el final de lo que en mi guión era la primera sección: unas pocas preguntas para hablar de su experiencia como batería. Ha quedado probado su currículo, su bagaje, su sentido del humor y la dedicación que le pone a las cosas, porque cada pregunta iba acompañada de una buena reflexión. Ninguna la contestó a la ligera.
 De todas formas, hay más, mucho más. Eso sí, aunque no estaba en el guión, charlando más tarde, surge una última pregunta sobre esto de aporrear los parches. Acabamos de volver de echar un cigarro y, mientras repasamos las notas que he ido tomando, le pregunto cuál es la diferencia entre tocar para Tiparrakers y tocar para Putakaska. Se explaya: “Tocar para Tiparrakers es más costoso, son medios tiempos, más lentos, a corcheas en el charles, que se dice. Con más cambios. Con Putakaska las partes de batería son más cuadradas y toco más rápido. Para mí es más fácil. Ahora, con Putakaska igual toco 27 canciones en un concierto… Pues eso, acabo fundido. Una vez, en mi primer doblete, tocando con Latigazos y con Putakaska el mismo día, me pesé antes de salir y al terminar. Había perdido dos kilos.”
Siguiendo con lo de la técnica, me define su estilo con una sola anécdota. Me comenta cómo siempre se acuerda de un consejo que le dio Josu Parabellum en aquellas clases en Hala Dzipo, cómo aprendió a valorar la sencillez más que las florituras. Lo importante, me explica, es el bombo y la caja, dejarse de redobles. El ejemplo que le puso Josu, el It’s Alive de los Ramones, le sirve para indicarme que los de Queens fueron, precisamente, una de las mayores influencias cuando aprendía a tocar.


Con todo eso, terminamos la primera y más farragosa sección y pasamos a la segunda, la que yo había titulado con el término “hostelero-pinchadiscos”. Así que lo primero que hago es preguntarle si lo de hostelero le parece bien, que si él se ve a sí mismo como hostelero. Me dice que sí con rotundidad. No me lo pienso dos veces y paso a preguntar.


-      Además de tocar, también pinchas en tu bar. Imagínate que tienes tiempo para perderlo en explicarle a la gente qué música suena allí.


Resopla, pero se le nota que le gusta la pregunta: “Rock en sentido muy amplio. Cuando me afano me gusta dar vueltas, pasar de The Doors a Kuraia y después a Rory Gallagher, cosas así. No sigo un patrón. Por supuesto, también pincho pensando en la gente que hay en el bar, pero sin concesiones.”
Después de esta introducción, entramos en un bucle sin fin porque le pido que me comente cuál es la canción que más se pincha en el bar y aún seguimos dándole vueltas a esto cuando a las once de la noche me despido de él en El Tubo. Más aún, a las tres de la mañana, bajada la persiana, aún debe seguir dándole vueltas al tema porque me llegan tres pitidos desde la mesilla que me taladran el cerebro y veo que se enciende el móvil porque me han llegado tres mensajes.
Y es que, al principio, se queda un poco en blanco, comprensible después de ocho años pinchando discos. Solo es capaz de explicarme cómo solían cerrar las sesiones cuando abrieron el bar: “Yo he estado mucho tiempo cerrando con “Mi crucifixión” de Sumisión City Blues, como dos años, pero antes, al principio, ya fuera yo o Patxi el que cerrará, solíamos cerrar pinchando “You Can’t Always Get What You Want” de The Rolling Stones.”
Se devana los sesos para decirme más, pero se queda ahí. Para salir del paso, le digo que luego subo con él al Tubo, nos tomamos una cerveza y, con los discos delante, seguro que se le ocurren más.
Y así fue. Mientras en el televisor empezaban a retrasmitir la final de la Liga de Campeones de balonmano, él anda fregando los baños y yo en una esquina apuntando a The Saints, lo primero que pincha y que reconoce como un clásico del bar. Ya con el bar fregado y sentado dentro de la barra, cambia de disco y pone a Wau y los Arrrrghs. Sigue dándole vueltas a la pregunta. Le salen The Stooges, dicen que “Down on the Street”, del Funhouse (1970), es uno de los clásicos. Entra el primer cliente, Fernan, también conocido por ser a menudo el Sheriff que vela por el buen funcionamiento de la puerta en las sesiones de música en directo, y se apunta a la conversación. Nombra a Los Enemigos y a Cactus, el grupo de Carmine Appice. David le da la razón. Yo le propongo a Los Ilegales. Él dice que “por supuesto, Los Ilegales, sí” y añade el Powerage de AC/DC. Ahí lo dejamos, pero, como decía, David me convence durante la entrevista de que es minucioso y concienzudo, señal de que es buen batería, y a eso de las tres de la mañana me manda información con más nombres. En la lista está el primer disco de la Banda trapera del río, disco que dice que es un clásico tanto para él como para Patxi y apunta dos clásicos más: “Down at the Tube Station at Midnight” de The Jam y “These Boots Are Made for Walking” de Nancy Sinatra. Un poco de todo, como en botica.
Entre nombre y nombre, volviendo a la entrevista original y al Rock eta Golak, nos vamos un poco del tema y hablamos de cuando empezó el bar, de las diferencias entre Patxi y él a la hora de pinchar, de quién viene y de quién deja de venir.
El bar en cuestión, para quien no lo conozca, se llama El Tubo, como ya hemos dicho, y está recogido, camuflado en una esquina del parque Los Hermanos, en el mismo corazón de uno de los escenarios más importantes del punk en la margen izquierda. Patxi y él lo cogieron cuando empezaba a decaer un poco el ocio en la ciudad fabril, pero ese bar fue uno de los recónditos protagonistas de la época mítica de fiesta y jolgorio en Barakaldo. Con el mismo nombre, pero un toque distinto en lo musical y lo gastronómico, muchos aún recuerdan los tiempos en los que Alberto regentaba el bar y había que hacer cola para entrar. David me explica que eran conscientes de aquello, de lo que heredaban, pero me cuenta que tenían claro lo que querían: querían abrir un bar con personalidad, donde se escuchara rock y que abriera todos los días. Ése era el sencillo planteamiento, pero había más: no doblegarse a las modas, por ejemplo. Yo le suelto una chapa para explicarle, como cliente, lo que me parece que representa, si es que los bares representan algo, ese local en la ciudad. Lo copio todo y así me pongo en evidencia:


-      Quizás sea solo mi impresión, pero sé que no soy el único que lo piensa: parece que vuestro bar es como un agujero negro, y lo digo como algo positivo, una especie de espacio protegido en el que aún se puede, si te fijas bien, ver cómo era antes el ocio (y la cultura) en nuestro pueblo. No sé cómo lo ves tú.


Pero dice que no, cuando quiere decir que sí, y esboza una sonrisa. De hecho, insiste: “Me llena que lo veas así. Es un poco lo que queríamos conseguir.” Hablamos de quién entra y de quién no entra, y subraya que falta gente joven: “la mayoría de la clientela es talludita, veterana.” Yo le replico que tampoco hacen por que vayan, que a veces asusta asomarse por la puerta. Lo digo por chinchar. Se ríe y afirma con cierta sorna: “Por supuesto, y que no vengan.” Se refiere a que allí no se puede oír lo que suena en los 40. No ya eso, por no oír, no vas a oír ni lo que es portada en las revistas independientes anglófonas. Más aún, ni tan siquiera lo que sale en el Mondosonoro, porque, como me dirá luego, el Mondosonoro, para él, “solo sirve para envolver pescado.” Cuando le pregunto si el bar tiene futuro, le entra una risa nerviosa, pero piensa bien las palabras para contestarme: “como somos una especie en extinción, pues… a no ser que nos puteen más de lo debido, yo creo que seguiremos ahí. Ya llevamos ocho años y a mí se me han pasado…” Y chisca los dedos, que es como decir “en un volao”.
Casi que, con esta contestación, nos metemos en la siguiente pregunta, pero, por seguir un orden, yo la escribo primero:


-      También eres culpable, o compartes la culpa (no conozco los detalles), de que, al menos durante una semana y en otros momentos puntuales, Barakaldo tenga algo de oferta alternativa en cuanto al rollo en directo. En tu opinión, ¿por qué es tan importante reivindicar la música en los bares?


En realidad, no me da tiempo a hacerle la pregunta. Se lanza a degüello cuando sale el tema de los conciertos: “Es humillante.” Luego se explica mejor: “Esa ordenanza no se aplica con tanta severidad en ningún sitio como aquí. Es vergonzoso. Si haces un concierto en horas razonables y con las medidas adecuadas, es humillante que te pongan tantas trabas. Hay un montón de gente haciendo conciertos en bares de Portugalete, Vitoria, Bilbao… Aquí, los más tontos. Es una pena, con la actividad que hay aquí, que con 100.000 habitantes solo puedas tocar en el Edaska y alquilando el local.”
De verdad que le duele. Antes, y eso fue lo que unió la anterior pregunta con ésta, me contaba: “En 2008 dimos 58 bolos. ¡58 bolos en el bar! Todo hasta que recibimos el gran ultimátum de la policía municipal. Fue durante un aniversario, en el mes de enero. Se presentaron en el bar y nos dejaron las cosas bien claritas. Se jodió.”
Cuando parece que se calma, le insisto en que, en realidad, no ha contestado a la pregunta: ¿por qué es tan importante reivindicar la música en los bares? No se lo piensa dos veces: “Porque los grupos no empiezan tocando directamente en el Antzoki, en la Santana, o en el BEC. Ahí está la esencia de todo: en los bares.”
Queda claro. Y aunque no sea el momento ni el lugar adecuado, no me resisto a decirlo: suscribo sus palabras.


Ya que hemos tirado por algo más localista, seguimos con la ciudad fabril, que era la tercera sección del guión que yo me había hecho en la cabeza y que había imprimido en papel. Para sentar bien las bases desde el principio, le pregunto:


-      ¿De qué forma, si es que lo ha hecho de alguna, te ha influido Barakaldo en tu inquietud por la música?


Ha pillado ritmo y dice que sí con la cabeza antes de lanzarse a contestar: “Joder, pues porque aquí ha habido siempre una tradición. De chaval, veías los conciertos de gente como Putakaska o Parabellum y eso te va haciendo. Recuerdo con 13 años, en unas fiestas del Carmen, cuando las txoznas estaban en la Avenida, ir con mis padres por la calle y ver un concierto. Eran los Putakaska. Esos recuerdos se te quedan en la cabeza.”
Yo también he pillado ritmo y voy soltando preguntas así, zas, zas, como soltaba anoche Lobezno zurriagazos con sus uñas en la televisión:  


-      ¿Algún músico o banda barakaldesa ha influido especialmente en tus gustos o en tu interés por la música?


También esto lo tiene claro: “Toda la generación del búnker, claro.”


-      Si es que eso existe… ¿cómo ves la escena barakaldesa hoy en día?


Vuelve a mover la cabeza de arriba abajo y lo explica muy bien: “En cuanto a grupos, mejor que nunca. Hay más diversidad y actividad. El contrapunto es lo lamentable, de lo que hemos hablado antes. Yo no pido que nos den facilidades, no hace falta, sabemos funcionar por nosotros mismos, pero que no nos puteen. Es lo único que pido, que no nos puteen.”
Llegados a este punto, que nos hemos puesto reivindicativos y todo, bajo un poco el pistón. Ya que estamos donde estamos y sabiendo que a ambos nos van las franjas de colores en las camisetas deportivas, aunque solo coincidamos en una combinación, en la otra nos gustan colores distintos, le pregunto:


-      ¿Qué tal casan fútbol y música?


De primeras, suelta: “de puta madre.” Y se ríe. Yo insisto:


-      ¿Qué estilo de música distinguiría a un equipo como el Barakaldo?


Se parte, pero no duda ni un segundo al contestar: “Punk.” Aunque luego se ríe más incluso y dice: " o el “Born to Loose” de Johnny Thunders." Yo también me parto, pero tiene algo de razón. Una de las mayores lecciones que nos debería enseñar el fútbol, y me refiero a una vez fuera del estadio, es a saber perder, y perder es un verbo tan relativo y tan amplio como el rock.
Un poco después, fuera, fumándonos un cigarro, se explaya y vuelve al tema del fútbol aprovechando que estamos bajo la cornisa del estadio del equipo del que somos socios: “En esa pregunta puedes poner todo eso sobre el concepto de los estadios ingleses, la función que tiene la música, y sobre todo, ya en Alemania, el ejemplo del Sainkt Pauli.” Y me explica que estuvo hace poco viendo un partido en Millerntor. Terminando de liarse el cigarrillo (por fin), me cuenta cómo se le ponía la piel de gallina cuando sonaba el “Hell’s Bells” de AC/DC al salir los jugadores al campo. Después, nos desviamos demasiado y acabamos hablado del Unión Club Ceares y de La Folixa y de Cimadevilla.
Yo retomo el asunto que es para lo que habíamos quedado y le pido que reivindique un par de nombres de bandas locales. Se lo piensa mucho, pero al final, es formal y solo nombra dos: Ciudad Rayada y Last Fair Deal. Aunque, no se contiene y se le escapa Lomoken Hoboken. Al final, también menciona lo que califica como el “nuevo fenómeno social,” 2lería. Y, se planta, serio, y me dice “y de los de antes, me gustaría reivindicar el nombre de Cotton Fielsd.” A la patata me llega. Y cuando llego a casa, me preocupo de buscar al fondo del armario y encuentro la maqueta. De cuando comprábamos maquetas, ¿os acordáis? También de eso hablamos, de que aún se pueden comprar en el Tubo.  
Finalmente, para cerrar esta parte más local le vuelvo a pedir algo. Esta vez, que le haga la pelota a algún colega batera. Y también esto se lo piensa, pero, al final, su respuesta es contundente y no titubea: “Óscar, de Porco Bravo.” Hablamos un rato de él, pero no voy a decir nada que luego igual al Puro d’Oliva se le sube el ego. Además, yo, por lo menos, lo que tenía que decirle, ya se lo he dicho en persona.


Si todo esto no fuera suficiente, aún quedaba una última sección. Según mis planes, de colofón, íbamos a hablar de música en general, de la música que le gusta o le deja de gustar como aficionado o como músico, pero, en realidad, ya lo hemos venido haciendo desde el principio. Aún así, como él está cómodo y yo no tengo prisa, sigo con los planes del principio. Empiezo con una parrafada que no tenía pensado leerle entera, pero él mismo coge el papel y la lee, y se queda algo sorprendido, pero afirma con la cabeza como dándome la razón. Eso sí, me mira como si fuera un bicho raro. Y quizás lo soy. El texto que lee, sin quitar ni una coma, es el que sigue:


-      No tengo facebook, y tampoco es que yo sea un Bernstein o un Woodward, pero algo de investigación sí que he hecho, para currarme bien la entrevista, ya sabes, y, para eso, me he permitido ser descarado y maleducado y visitar tu página de facebook sin permiso. Desde que empecé a hacerlo has colgado, entre otras cosas, canciones como “Obsessed with You” de X-Ray Spex, del 77, si no me equivoco, un clásico del punk británico, “Do It Dog Style” de Slaughter and the Dogs, del 78, uno de los primeros grupos punks que firmó por una major, “Another Girl, Another Planet”, el clásico de The Only Ones del 78, “Not Now No Way” de The Pagans, de 1979, punk americano o “Babylon’s Burning” de The Ruts, de 1979. En otras ocasiones, colgaste cosas como “Attitude” de Bad Brains, “You Are Not a Punk” de Spermbirds o “State Violence, State Control” de Discharge, todos hardcore punk de los ochenta. De vez en cuando, también colgabas a los clásicos, Eskorbuto, The Damned, Motorhead, y a gemas nacionales como Wau y los Arrrrghs, Maldito país, The Safety Pins, La URSS, Sudor, Estricalla, Muletrain o Last Fair Deal. ¿Se te ve el plumero? ¿Es eso lo tuyo: hardcore punk de los ochenta y punk original de los setenta?


Se ríe, claro. “Vas bien dirigido, pero mis favoritos son Black Sabbath y Eskorbuto.” Ya está suelto y se extiende en sus explicaciones al hablar de The Damned: “para mí es el mejor grupo punk, el que mejor ha envejecido. Para mí, los mejores grupos punks son los que no copian deliberadamente a otros grupos, si no que intentan hacer algo distinto, original. The Damned lo hacía. Aún en estos tiempos, puedes mirar atrás y descubres sus viejos discos como si fueran nuevos. Pillas discos de los 80 como Strawberries o The Black Album y aún te sorprenden.”
Justo después de esta pregunta, aún en el Rock eta Golak, le pregunto que cómo se mantiene al día, qué fuentes tiene para conocer a nuevos grupos. Me explica que le molan los fanzines, que intenta coleccionarlos, que coge “todo lo que cae en mis manos.” Lo repite: “Soy coleccionista.” Me explica que de Cataluña, donde estuvo hace poco tocando con Putakaska, como ya hemos contado, se trajo un par de joyas. También me dice que enreda en internet.
La respuesta no termina ahí, por supuesto. Una hora más tarde, seguimos en El Tubo. En la tele hablan de una tormenta de arena en Teherán y de bandas callejeras en Vitoria-Gasteiz. Juanito Wau grita que no se entiende a sí mismo. David sigue y añade una lista de fanzines por si acaso: Silencio tóxico, Pogo, Enciende la mecha, Punkrocker, Izu Giroa… También hablamos de radio: de Radio 3, de “El sótano” y de Juan de Pablos. Y esta mañana, me manda un mensaje para que quede bien claro y me recomienda “Asesino el R’n’R” en Irola Irala Irratia y “Pégale al ruido” en Radio Espinosa Merindades y concluye diciéndome que, por supuesto, lo que funciona es el boca a boca.
Precisamente Radio 3 da pie a una de las últimas preguntas. Le comento que hay una cuña en la que dicen eso de “eres lo que escuchas” y se ríe cuando lo digo porque me explica que, precisamente, venía escuchando Radio 3 en el coche y acababa de escuchar esa cuña y, para más coña, cuando nos montamos en el mismo coche para subir a El Tubo con la caja de coca-colas, se enciende la radio y eso es lo primero que se escucha: “eres lo que escuchas.” Le pregunto si está de acuerdo, si la música nos define. A lo que me contesta que sí, que es así, “en cierto modo,” aunque insiste en que él le pega a más cosas que al punk o al hardcore, y menciona el blues, lo que supongo que acaba de definirnos a David del todo: complejo y variado.
Para terminar, le suelto a bocajarro:


-      ¿Alguna vez has sentido que te juzgaban por la música que te gusta o tocas?


A lo que contesta: “Sí, muchas veces.” Yo le insisto, le digo que me refiero un poco a lo que hablábamos antes, con lo de la cuña y lo de definir. Nuestra forma de vestir, de peinarnos si tenemos pelo, de hablar y hasta de pensar, es, a veces, aunque sea solo en parte quizás, producto de la música que escuchamos. Pero no es tan sencillo, somos mucho más complejos que eso y, a veces, lo que escuchamos, y por  lo tanto, lo que parece que somos, es lo que utilizan algunas personas para hacer juicios de valor a la ligera, quedándose en las apariencias. No sé si me he hecho entender, pero parece que sí: “Ah, sí, claro, por supuesto,” contesta. Y yo toco las pelotas dejando caer una pregunta: “¿Y la familia?” Pero con rotundidad me contesta a la primera: “Ah, no, con la familia, bien, sin problema. Mi hermana es batería también. Y mi chavala canta.” Yo creo que ha quedado claro.
Para ponerle la guinda a la entrevista, aunque a mí me queda la sensación de que, más que eso, ha sido una amena conversación, le hago una última pregunta:


-      ¿Alguna confesión impura? ¿Alguna canción o banda que te guste y que no sea del palo de todo lo que hemos hablado?


Se ríe y se lo piensa. Yo no insisto, pero, al final, va a contestar, así que, por si acaso, yo le comento que no me responsabilizo de lo que conteste y de las consecuencias que le traiga luego. Se ríe más fuerte aún y dice que no con la cabeza, mientras sube los hombros: “Los Calis,” murmura. ¿El qué?, le pregunto: “Los Calis.” Se parte la caja como ha hecho desde el principio, incluso cuando se ponía serio: “tengo el disco mítico de Los Calis en vinilo, cinta y cedé.” Ahí queda eso.


La entrevista no podía quedar más larga y más intensa. Pero me la trae un poco floja la largura y la intensidad, a mí me parece justa: justo lo que hablamos y justo cómo lo dijimos. Así que aquí queda escrito, si no es para la Posteridad, así, con mayúsculas, sí, por lo menos, para la posteridad que realmente nos importa a los que estamos orgullosos de ser vulgo, esa, la que se escribe con minúscula, la que se queda en el barrio, en un local de ensayo, en un Tubo que sí que se escribe con mayúscula y que con su música y con las historias que esconde (eso daría para otro día entero) es, por muy pequeño que parezca, casi tan grande como un aleph. Más o menos del mismo tamaño que David, ¡grande!, un placer.


La próxima entrevista la hago por telégrafo a ver si me sale más corta.

Posdata: la fotografía me la pasó el propio David y en ella veis quién es el/la propietario/a. Que quede claro. Y, para hacer promoción, cuelgo aquí el enlace a lo nuevo de Putakaska. Y ya sí que sí, lo dejo.

 


lunes, 2 de junio de 2014

Érase una vez... Once



Decía Virginia Fernández, batería del grupo, en una entrevista para Ruta 66, que el rock es un "lenguaje inagotable" y quedaba la frase tan bien que el periodista Manel Celeiro no pudo resistirse y la puso en el título. Tan inagotable es que también es inaprensible, y por mucho que nos pongamos aprensivos buscando etiquetas efectistas y certeras, el rock sobrepasa las fronteras, los precintos y hasta los años que, uno tras otro, van dándole forma al tiempo. 
Puedes hablar del blues rock de los setenta, saltar de un lado al otro del océano cada vez que hables de referencias y tirarte toda una mañana en la wikipedia repasando cada una de las caducas influencias que les ribetean el currículum, pero, aún así, seguirías perdido en tu afán definitorio. Y todo porque en Last Fair Deal hablan un lenguaje que es inagotable y lo hacen para contar historias tan íntimas como universales, así que trascienden los rótulos y las reseñas para hacer bandera de una convicción por la música que, con buenas canciones, destreza instrumental y energía revitalizante, consigue el efecto que busca: sacudirte las caderas y que arda el desván de tu con(s)ciencia.
El año pasado publicaron Once, su segundo álbum, y no está mal el bagaje porque llevan dos desde que se instauraron como banda en 2009. Además, como se han encargado de repetir en todas las entrevistas, de uno a otro se percibe una madurez y un desarrollo que casi prometen más de lo que ya producen. Llevan ya tiempo presentándolo pero seguirán haciéndolo. Estuvieron en Madrid en la Sala Wurlitzer pero volverán a MobyDick y también tienen programado Barcelona en el Razzmatazz y esta misma semana podrías verlos, si quisieras, en formato acústico, tanto en Bilbao como en Donostia, al fondo de la tienda en la Fnac. Más aún, si quieres verlos muy de cerca sobre un escenario de los humildes, de mecanotubo, leí hace poco que parece que estarán en fiestas de Arteagabeitia-Zuazo, en Barakaldo, el próximo 20 de Junio. Así que oportunidades no te faltan y, aunque en las entrevistas confiesan que esperan poder salir fuera y darse a conocer allende las fronteras, seguro que hay más oportunidades veraniegas de verlos cerca de casa. Si aún tienes el cuajo de fiarte de lo que yo te cuente, no te pierdas ninguna de esas oportunidades si eres de los que se rasca cuando pica y de los que se pica cuando se arrepiente. 
Le leí a Óscar Cubillo decir que en Bilbao se conoce a Gonzalo Portugal como el "Stevie Ray Vaughan" de Bilbao. La banda empezó a ganar algo de nombre por los zocos de la ciudad que es botxo cuando se presentaron al Villa de 2011, aquel en el que triunfó el folk-pop-rock con ukelele al frente de los catalanes The Free Fall Band y el teatro musical con afán arqueológico de los locales Dr. Maha's Miracle Tonic. Y fue en aquel concurso cuando Gonzalo Portugal empezó a enseñar su pericia con las cuerdas y se llevó el premio al mejor guitarrista de la edición.
No sería faltar a la verdad si se dijera que una parte muy importante de la fuerza del grupo reside en la voz de ojén del cantante y en su flamante habilidad para inventarse riffs. Pero sí estaríamos delinquiendo (por omisión) si no subrayamos que para que un power-trío funcione se necesita una buena dosis de equilibrio entre lo anterior y lo que sigue: una batería de las que dibujan mapas del tesoro que se pueden seguir hasta sin brújula y un bajista tan solemne como aplastante. No solo de stratocaster vive el hombre y es cuando los tres se alinean, como los astros, que sus canciones, bien escritas y mejor ejecutadas, ganan toda la chicha que tienen y suenan con tanta corriente que se te enciende hasta el rincón más oscuro de tus entrañas. 
Si lees por ahí, escucharás esto: blues rock, años sesenta y setenta, rock sureño, power-trío. Y leerás los nombres de todos estos: Rory Gallagher, Screamin' Cheetah Wheelies, Free, Cream, Led Zeppelin, The Allman Brothers Band, The Stepwater Band, hasta Kings of Leon... Y más. Y todos bien traídos. Igual que está bien traída esa discusión sobre la fina línea que separa la forma de entender el género entre los Estados Unidos y Gran Bretaña y como en Last Fair Deal se difumina hasta importarnos una vaina si se dice lift o elevator, light or lite. 
Vamos, todo esto para decir que Last Fair Deal son Gonzalo Portugal, a la voz y la guitarra, Virginia Fernández, a la batería, e Iker Arbizu, al bajo, y que hace poco que sacaron su segundo álbum, Once, un álbum altamente recomendable que incide en su querencia por el blues más guitarrero y con más funk pero con esa amplitud tan propia de sus tiempos y de su manera de entender la música.
Y digo lo de entender la música no porque me sienta yo con potestad para permitirme el lujo de asegurar que sé cómo la sienten o dejan de sentirla. Lo digo porque les he visto en directo y se les ve el espíritu y porque he escuchado el disco prestando atención a su lenguaje inagotable y creo haber entendido lo que quieren decir. Al menos, yo interpreto, que es la función de todo receptor, y luego me equivoco, que es mi primera virtud. 
El disco se abre con una intro instrumental de poco más de minuto y medio donde la batería saluda primero pero pronto se escucha el reverb y la stratocaster coge protagonismo. Con un ritmo hipnótico, la canción se frena de golpe, haciéndote ver que te han traído a galope y ahora te dejan suelto, para que te las arregles tú solo. A partir de ahí, comienza una excursión por el lado más expuesto y fervoroso del grupo. Las letras, vistas desde la azotea, parecen tener una línea común: una fe inquebrantable en nuestras pasiones más subjetivas, en este caso, la música, para sobrevivir a nuestra propia fragilidad. Hay historias más literarias, cercanas al outlaw country, como en "Nobody"; otras con personajes al límite, como en "Miles"; o con algunos que parecen trágicamente perdidos, como en "Yesterday"; historias en una primera persona que se afana en buscar a la segunda, como en "Way Down the Streets"; y otras historias más poéticas, como la que cierra el disco en "Bye Bye Blackbird" y que más que despedirse de los mirlos parece saludar a la tradición musical que abrazan durante todo el recorrido del álbum. Todas esas primeras, segundas y terceras personas que aparecen en las canciones, todas esas historias, más o menos verídicas, más o menos imaginarias, todos esos sentimientos trasladados al lenguaje inagotable de la partitura pero también al agotador de los versos (la rabia contenida, el desarraigo, la soledad, la tristeza más absoluta y perentoria, la fe más repentina y la más sosegada) todos, personajes, historias, sentimientos, todos ellos parecen compartir una sola certeza, la que une todas las canciones y la que sobrevuela todo el disco hasta que el mirlo se echa a volar: la música como pócima mágica para aliviar todas nuestras penas y darnos inspiración y ciencia. 
"I was lost and found your music / And it lifted my soul"
"... beautiful music that keeps calm his mind"
"Music is the key"
No son partes de un sermón, son líneas de los versos que cantan y que arropan con los riffs de guitarra, los platillos impulsivos y la línea de flotación que pone el bajo. Todo en una ceremonia que intenta ahuyentar las "wicked minds", la "social masquerade", las puñaladas que, a veces, nosotros mismos nos inflingimos con nuestros humanos errores y nuestras debilidades más animales. Con sosiego en "Bye Bye Blackbird"; más descarnados y frágiles, con una acústica que recuerda hasta a Oasis, en "The World Is Fading"; lacerantes y sumisos en "Way Down the Streets"; con un aire brioso, casi marcial, en "Miles"; con el hammond dándole punzadas a las heridas abiertas en "Yesterday"; con los riffs pegadizos de "New Order", las guitarras en tajo y un final casi perverso; con el ritmo fatigado de "Gonna Tell"; con la dulzura eléctrica de "Taking the Long Way"; o con ese espíritu a medio camino entre el himno inspirador y el hit estimulante que es "Down Below"; con rabia o con ternura, con brío o con recelo, con nervio o con desazón, como sea, pero siempre acentuando esa fe inquebrantable en la música como una fuente de amparo y plenitud que nos acerca al amor y al vínculo como único sustento, aunque sea tarde y mal, para mitigar nuestros tormentos y creer en nosotros mismos. Quizás me he puesto muy místico, un poco moñas, demasiado trascendente, cuando lo que, al final, parece que queremos todos es bailar, y bailaremos, porque también de eso hay mucho aquí: ritmo y energía para olvidarse de lo demás.
Yo así he entendido su lenguaje, el que traducen en ritmo y melodía, y el que dejan por escrito, escondido entre la vibrante y sugerente espesura de su música. Todo lo demás es seguir jugando a las palabras, que es lo que he venido haciendo yo para perder el tiempo esta mañana, pero, mejor, déjate de chorradas, ponte de pie, y escuchales con las caderas bien preparadas. Yo lo haría, pero ya lo he hecho, y lo volveré a hacer.


Por cierto, la fotografía la he sacado del google images, como casi siempre, pero parece que proviene de un reportaje digital del periódico Gara. El vídeo que cuelgo a continuación, y que ya colgué antes, corresponde a la canción "Nobody" de este último disco y fue realizado por Curruscu.