viernes, 29 de agosto de 2014

Con piano de cola y todo




(Si esta no es mi crónica más extraña, no quiero que me predigan el futuro)

Como telonero, ha actuado James Robertson. Robertson es un renocido escritor de novelas y poeta escocés que llegó a ser durante tres días poet-in-residence (no creo que haya traducción al castellano, ni que exista la figura, vendría a ser un tipo de reconocimiento remunerado a un artista) del recién estrenado, por entonces, Parlamento escocés. Robertson publicará en breve el resultado de su ambicioso proyecto 365, precisamente los días que se tiró, seguidos, publicando en internet, cada uno de ellos, un relato distinto pero todos de 365 palabras. No ha cantado, aunque ha recitado un poema en escocés que ha rapeado y ha contado una anécdota curiosa de la primera vez que estuvo en Kosiçe, veinte años atrás, según ha explicado, cuando terminó en una taberna local compitiendo por ver quién era más patriótico, si un escocés como él que no sabía explicar por qué su país no era independiente y un eslovaco eufórico por su recién estrenada escisión. La competición estuvo regada de un licor autóctono, pero se disputó a base de canciones folclóricas de ánimo patriótico y, al parecer, el eslovaco salió vencedor.
Más allá de la prosodia y la musicalidad del verso, no ha tenido mucho más de lírico un recital que ha dejado a la gente contenta y a James Robertson apurado porque se le ha echado el tiempo encima. 

El plato fuerte del día ha sido la actuación de la orquesta de cuerda Musica Iuvenalis, bajo la dirección del maestro Igor Dohovic, con la actuación de Katja Trofymovych al piano y las voces de la soprano Lucia Knoteková y el barítono Marián Lukáç. Y todo en el coqueto teatro que sirve de sede a la Filarmónica de Kosiçe. 

Hasta donde yo puedo llegar, contaré que la orquesta ha estado compuesta por cuatro violonchelos, un buen puñado de violines, uno de ellos en manos del director de la orquesta, Igor Dohovic, y un contrabajo que tocaba un hombre que doblaba en edad al resto de los músicos. Si había violas, yo no he sabido distinguirlas, y si había alguien de la misma generación que el contrabajo, lo dudo. Todos los músicos eran jóvenes imberbes (alguno si que se recortaba perilla, pero se entiende la expresión exagerada), de perfiles pálidos, espaldas muy tiesas, gestos serios y con el oficio bien conocido a pesar de su tierna edad. De hecho, aún no había ni empezado su actuación James Robertson, cuando apareció por un costado un joven vestido en pantalones cortos de cuadros azulados, con cara de despistado, y se puso a afinar su violín junto al piano que ya estaba colocado sobre el escenario, igual que los atriles para las partituras. Tocó dos teclas del piano de cola e hizo lo mismo con las de su violín: ya está, afinado, y de la misma se marchó como si nunca hubiera estado. Cuando ha empezado el concierto, no me ha costado ubicarlo y ver que era uno de los violines principales, el que más cerca estaba del director. 

La joven orquesta ha comenzado tocando una pieza del compositor barroco británico Henry Purcell, quizás creyendo que una audiencia donde los anglófilos y anglófonos abundaban sabría apreciarlo. "Festival Rondeau" me ha sonado extrañamente lacónica, y he acabado imaginándome que alguien caminaba por una pradera nevada, en una noche cerrada, sin prisa por llegar a ningún lado. Han seguido con la pieza "Concerto Grosso", compuesta por otro compositor barroco, el violinista italiano Arcángelo Corelli, que, para alguien como yo, que es un profano en estos temas, e incluso, en realidad, un extranjero al que no le apetece, la verdad, pasar de la categoría de turista, ha resultado extremadamente intensa y técnica, repleta de contrastes entre los violines principales y los del fondo, con continuas variaciones, donde lo más sugerente ha sido la forma tan diáfana con la que sujetaban las notas sobre el diapasón, como si una corriente de aire se enredara sobre la voluta y mantuviera los violines en el aire. Han continuado con un clásico, el aria de Giulio Caccini "Ave María", con la aparición de la soprano Lucia Knoteková, vestida elegante para la ocasión, quien no ha tenido culpa alguna de que yo me haya acordado de David Bisbal y me haya dedicado a fijarme en cómo se aburría una ociosa pianista que esperaba su turno mientras mentalmente parecía hacer la lista de la compra. La siguiente pieza ha sido el "Andante Festivo" del finlandés Jean Sibelius, con su aire de himno y el contrabajo frotado con el arco. Sin posibilidad de descanso, pero con una buena ración de aplausos en cada intervalo entre canción y canción, a Sibelius le ha seguido un "Intermezzo" de Pietro Mascagni que ha sonado epopéyico y con el que ha empezado a despertarse nuestra expectante pianista. Seguido, ha llegado uno de los momentos más aplaudidos de la noche, cuando el barítono Marián Lukáç se ha apuntado a la fiesta para cantar el "Caruso" de Lucio Dalla, quien precisamente compuso esta canción en los años ochenta como homenaje a Enrico Caruso, el famoso tenor italiano. Obtuso como soy, eso sí, mientras Lukáç permanecía recio e inmóvil, dejando que su voz llenara la sala repitiendo aquello de "te voglio bene assaje, ma tanto tanto bene sai" (te amo tanto, tanto tú sabes), yo no he conseguido dejar de repetir en mi cabeza aquello de "no quieras tanto y quiéreme mejor", que creo que también lo cantó Malevaje, pero a mí me lo ha cedido Porco Bravo. Tras esta canción, mucho más moderna, el concierto ha dado un giro hacia composiciones contemporáneas y algo alejadas del canon más purista. La joven orquesta ha enlazado dos seguidas de Ennio Morricone. Primero, la pieza principal de El Padrino, que ha sonado tan inquietante y fascinante como lo hacía acompañada de imágenes. Después, Lucia Knoteková ha vuelto al escenario para cantar una canción del oeste, del oeste de Sergio Leone, porque la orquesta Musica Iuvenalis había elegido para su repertorio una de las canciones que Morricone compuso para Céra una volta il West, o como diríamos nosotros, Érase una vez el Oeste, ya sabes, aquella en la que Charles Bronson perseguía a Henry Fonda y Claudia Cardinale salía de un burdel con una herencia millonaria. De aquí, al final, han sonado dos piezas del compositor checo Karel Svoboda, fallecido en 2007, y conocido por ser quien compuso el tema principal para los dibujos de "La Abeja Maya". Pero el de Praga también es conocido por estos lares porque escribió muchos de los éxitos de una de las grandes figuras del pop checo, Karel Gott. Quizás por eso, las dos canciones que la orquesta ha tocado han sonado poperas, más cerca de un Sufjan Stevens sin recato que de los primeros barrocos a los que dedicaron el comienzo del concierto. La segunda de Svoboda, al parecer, forma parte del musical Drácula y "I Know You Are with Me" se ha convertido en la oportunidad de oír en directo a barítono y soprano compartiendo micrófono y eco. Entre medias de estas dos, la orquesta ha disfrutado tanto como el público con una brevísima "Pirates of the Caribbean", compuesta para la película por el joven Klaus Badelt. Quizás haya sido el tema resuelto con más rasmia y soltura, en el que se ha notado más laxos y redimidos a unos jóvenes que con los arcos en punta, frotando las cuerdas con alegría, han sonado convincentes y vehementes. Igual que han sonado cuando cerraban el concierto con un Carlos Gardel que llenaba la sala de olor a rocío y sabor a aguardiente. El tango en esas cuerdas ha sonado tan liberador que la cosa ha desvariado hasta acabar en una invitación a subirse al escenario a alguien que ha hecho lo que ha podido para imitar a un director de orquesta mientras la audiencia interrumpía el tango con aplausos y risas y los violines jugueteaban pausas bromistas. Lástima, porque yo estaba disfrutando a Gardel y de hecho ya andaba tarareándolo en mi cabeza. 

Durante todo el concierto, yo he permanecido quieto, curioso y observador, en ocasiones incómodo, pero siempre abierto y receptivo, intentando disfrutar con una forma de hacer música que no es precisamente la que a mí me enerva y me arrebata. 
Todo es ritmo. El patrón de pausa y caña que tanto usaba Kurt Cobain también lo he visto hoy entre cellos y violines. Todo es energía y electricidad. Quizás, haya algo que tiene que ver más con cuestiones ajenas a las notas y la resonancia que hace que mi cadera y mi cabeza prefieran las guitarras amplificadas y las baterías con compases pares. Quizás tenga que ver con quién soy, de dónde vengo, qué quiero gritar y qué quiero que me griten. No lo sé. Mientras tocaban, me inventaba la vida privada de la pianista, las farras en la discoteca del violinista de perilla, el rollo que tuvo la violonchelista con el nieto del contrabajo. Me imaginaba que alguno de ellos llevaba camisetas de Black Sabbath debajo de la camisa blanca abotonada hasta el cuello. Es deformación profesional, enfermedad vocacional, pero, por qué no. No lo sé. Tampoco lo sé. Lo que sé es que sí que he sentido durante el concierto que echaba de menos algo de nervio, más locura, la rabia testosterónica de la adolescencia, aunque fuera. Todo me ha parecido demasiado limpio, sofisticado y virtuoso. Me han incomodado las aparentes jerarquías que parecen dibujarse sobre el escenario, los protocolos y la estudiada solemnidad que parece acompañar a cada gesto. Pero quizás esto sucede porque yo estoy secuestrado por el rock and roll, quién sabe.

No ha estado mal la experiencia. Ahora, por favor, que alguien me ponga un peavey delante que me lo enchufo a las venas. ¡Necesito hacer cuernos ya! Mañana me levanto temprano y me acerco a la obra de la esquina, donde hay un obrero eslovaco que ayer se pasó el día escuchando a Superchunk. Si tengo tiempo, pillo antes unas cervezas en el Billa y me hago amigo de él. La lonja no la alicatan mañana, pero él y yo nos bailamos rock en la cripta como está mandao.

Posdata: foto encontrada en el buscador de google y aparentemente proviene de kosicezapad.sk.

martes, 26 de agosto de 2014

Mardarás a tus poetas sobre todas las cosas



David Mardaras (aka David Murders y/o David Murders & The Representatives of Evil) fue miembro (virilidad creativa) de Newhell Citizens y de Horses of Disaster. Publicó un libro que se titulaba dedo d con una portada roja como un orzuelo irritado. Tuvo a bien que yo le preludiara cuando presentó su segundo libro publicado, Terrorizer, que ya venía en formato vinilo con su funda y todo, funda que era un peñazo, lo siento, porque salía pero luego no entraba. Chulo quedaba, eso sí. Y simbólico. También era uno de los antologados en ese libro que ya va por la segunda edición, y que bajo el título de Simpatía por el relato, recogía las lozanías literarias de músicos como Fran Nixon, Kutxi Romero, Julián Hernández, Ángel Petisme o Enrique Villarreal. Participó en la mesa redonda "Música y Literatura" que se organizó en 2011 con ocasión del festival SOS y donde participaron gente como Agustín Fernández Mallo, Antonio Luque o Patti Smith. Y ha habido más cosas, un espectáculo literario-musical en el Sentinel de Erandio, en plan crooner solitario en Vacas Flacas, antologías variadas, poesía publicada en magazines y publicaciones diversas, en papel o pixeladas... y otras que olvido u omito por no convertir en mito mi tendencia a alargarme. 
Mientras tanto, curra, vive, bebe, fuma de vez en cuando y sigue dejándose crecer las curras. Y escribe poemas, claro. Escribe en general y también escribe poemas, en concreto. Poemas que, en principio, tenían destino; al menos, algunos de ellos, porque hace tiempo que David hablaba de un proyecto al que denominaba Poemas de Música Sugerida y, por ello, fue, y sigue, publicando de vez en cuando poemas en su recomendable blog davidmurders, poemas que algún día recogerá y ordenará y acabarán por ilustrar sus teorías y prácticas sobre la cercanía entre música y literatura, la flexibilidad de la prosodia y el misterio del ritmo.
Tenéis muchos ejemplos y la oportunidad de disfrutar si visitáis el blog. Hoy mismo, presionado por el coñazo que le pego de vez en cuando, ha publicado uno, titulado "Hardcore shit", que se tiene que leer como si estuvieras escuchando cantar a Mike Muir. Algún día le pediré que nos lo explique él, pero, así, a bote pronto, atreviéndome a interpretar y comentar lo que no me compete, diría que eso es un poco lo que David quiere conseguir en su proyecto PMS (lo he hecho a propio intento por la coña de estas siglas en inglés, sorry for my glorious sense of humor), que los poemas te obliguen a reproducir, percibir, ingeniar una armonía, melodía y todo, un ritmo con caja y bombo, en tu cerebro, que las palabras sean sonido y el sonido se cree en tu cabeza como si poesía y música fueran un circuito cerrado que comunica tu cerebro con las palabras cifradas frente a ti. 
Hace unos días publicó uno que llamó mi atención. Se titula "Gazteak (con Ripcord)" y más allá de esa primera línea en la que Evaristo pulula como una aparición fantasmagórica, el poema discurre sin posibilidad de leerlo con un ritmo que no sea 4/4, con estrofas crudas y amplificadas y líneas sin octavas, directas al cuello. Hay, además, en este poema, algo más que la sugerencia de la música; tiene esa profundidad que se esconde detrás de la simpleza directa del alarido, el significado manifiesto de la proclama reivindicativa que tienen las canciones que parece sugerir este poema, eso sí, con un toque agridulzón, típica tapioca irónica y juiciosa de la casa Mardaras. 
Sin duda, mejor que tanta puta gilipollez que acabo de decir, pasáis de mí y, directamente, os ponéis a recitar el poema delante de un espejo, mientras agarras un micrófono imaginario, y te arrancas con el pogo:



GAZTEAK (CON RIPCORD) BY DAVID MURDERS

Jon es un alcohólico.
Ane está loca.
Mikel es chapero.
Pedro es anormal.


Luis es un conejo.
Sandra es una yonqui.
Tina es una hiena.
Paco es un chakal.


Carlos se destruye.
Silvia esnifa rayas.
Xabi está perdido.
Ana está fatal.


Pello quiere muerte.
Pablo es un demente.
Itxi es una puta.
Bea huele mal.


Suena un guitarrazo; suena un batacazo:
Somos la vanguardia del lumpenproletariado.
Nuestra casa es un escándalo y un gran local de ensayo:
Somos la vanguardia del lumpenproletariado.
Nuestra estética ha arrasado ya por toda la ciudad:
Somos la vanguardia del lumpenproletariado.
Los ricos y los pobres sólo quieren imitar:
Somos la vanguardia del lumpenproletariado.
Porque somos los mejores, y nada nos puede alcanzar.


Jon es un alcohólico.
Ane está loca.
Mikel es chapero.
Pedro es anormal.


Luis es un conejo.
Sandra es una yonqui.
Tina es una hiena.
Paco es un chakal.


Carlos se destruye.
Silvia esnifa rayas.
Xabi está perdido.
Ana está fatal.


Pello quiere muerte.
Pablo es un demente.
Itxi es una puta.
Bea huele mal.



Posdata: la decoración gráfica del principio es posible que pertenezca a otro Mardaras, así que le damos las gracias, que de agradecidos es ser bien nacidos.

jueves, 21 de agosto de 2014

Alivios sintomáticos para cronistas peripatéticos



Propongo el frenadol como droga de moda. Me amodorra. Me deja en un estado de inconsciencia cercano a la levitación galbanera. El ánimo más apropiado para escribir mis crónicas edulcoradas y redundantes. ¿Qué es una crónica? ¿A qué sabe el frenadol? ¿Tenía razón mi madre cuando me decía que estaba más guapo callado?
Preguntas vitales tan universales como la música que, puestos a buscarle definición, también se parece al frenadol: un sobre lleno de polvos mágicos que se disuelve en agua y te revoca el padecimiento. 
El caso es que, vueltos de vacaciones, nos propusimos acercarnos a la Aste Nagusia. Da miedo. Es como si vuelves de vacaciones a tu castillo de la campiña inglesa y te encuentras con la familia Otis convertida en fantasmagóricas presencias que se han apoderado de tu sala de estar y no te dejan usar el mando para cambiar de canal. Pobre Simon de Canterville, ahora entiendes lo que sentía. Lo que de verdad quiero decir es que antes llegaba agosto y esta semana de lujuria y desenfreno era lo mejor del año y lo peor de tu régimen de sueño. Ahora, subes las escaleras del metro de Berastegi y vas pensando, madre, qué pereza, padre, qué coraje. 
De eso íbamos hablando los tres, porque ayer éramos tres en compañía, solo nos faltaba D'Artagnan, ya que estoy haciendo referencia a clásicos decimonónicos. JB, que son sus iniciales, porque el cubata se lo pidió de Brughal, estaba ansioso por ver a los Black Lips. Mi compañera de andanzas estaba inquieta, porque sospechaba de las aglomeraciones y de las canciones que iba a tener que ver de pie. Yo, por mi parte, estaba a lo mío mientras iba nutriéndome del comprimido efervescente.
Esperamos una hora en la terraza del Ambigú, nueva y de madera añeja, a que nos abrieran las taquillas y cuando lo hicieron fuimos de los primeros en entrar; nosotros y un puñado de adeptos más entre los que se encontraban los protagonistas de la noche: un grupo de embriagados turistas, no sé si centroeuropeos de despedida de soltero que hablaban inglés como segunda lengua, o alumnos en viaje de estudios de algún instituto menonita del condado de Lancaster que berreaban en alemán de Pensilvania, pero exóticos y excitados de cualquier manera. Bebían cerveza y tequila como yo respiro oxígeno y expulso dióxido de carbono. Con una naturalidad tan esbelta y entrenada como su indumentaria a medio camino entre jóvenes leñadores de Clatskanie y surferos fumetas de alguna comuna californiana. Se apoderaron del escenario en cuanto subieron los de Atlanta (expresiones viriles con desnudo completo incluidas), acabaron por contagiar su fogosidad a toda la primera fila, y los Black Lips se vieron superados por una situación que no supieron capear con naturalidad por mucho que lanzaran rollos de papel de combate como se lanzan bolas de nieve en las películas ñoñas de su país natal. 
Pero antes de todo eso, salieron a escena las Moon Shakers, un quintento completamente femenino de Getxo que de riot grrrls tienen poco y de todo lo demás, mucho. La primera canción fue como un soplido en la oreja cuando estás sopa: te molesta más de lo que te despierta. No parecía que iba a prometer la noche, pero para la tercera, la mejor al subjetivo parecer del que balbucea, ya le habían dado la vuelta a la tortilla y a la circunvalación. A mis dos compañeros de aventura, las Moon Shakers les convencieron y a mí me dejaron con la sensación de que aún les falta un hervor y dos buenas sacudidas, pero tienen postura y postas como para reclamar atención en el futuro. Sonaron garajeras, al indie de los noventa, con un fondo de armario que huele a country más que a alcanfor, y, en ocasiones, más cercanas al pub-rock y a la tradición británica que a la robusta pesadez de la costa este americana. Vamos, que sonaron un poco a todo, y a veces sonó demasiado alto el bajo y muy baja la voz, pero sonaron bien y convencidas. Dos guitarristas, una que recuerda a Dean Wareham, por decir uno, despacito pero seguro, otra que también se alió con los teclados nord y una cantante enlutada que sonaba mejor sin pandereta que con ella. 
Cigarrito fuera, conversaciones surrealistas y alguna amena, y vuelta a la almena para ver la zapatiesta desfasada pero controlada de unos Black Lips de los que esperaba, por qué no decirlo y meterme en un lío, más naturalidad, locura y personalidad. Un poco espesos casi plomizos en ocasiones, con tanta canción de tres minutos y siete álbumes ya, los de Atlanta se han hecho con un repertorio fresco, de garaje certero, con directos a la nuez, variedad en las voces, y una fluidez que les permite encadenar canción tras canción sin darte tiempo a que descanse el cuello de tanto moverlo. Al que tenía delante debía dolerle tanto que se pasó el concierto con las manos en la nuca, con lo que vi el final enmarcado en el hueco que quedaba entre sus codos, un ejercicio fotográfico que tuvo su gracia y todo. El concierto de Black Lips fue como una competición mundial de los 100 metros con los ocho participantes siendo clones de Usain Bolt: para cuando nos quisimos dar cuenta, ya había terminado, y estábamos todo lo cansados que se puede estar en 9,58 segundos de esfuerzo sobrehumano, deportivo y musical.
Como no habíamos tenido suficiente, nos fuimos sonrientes hasta la txozna Algara, a donde habríamos ido sin pensarlo de tener el don de la ubicuidad. Cuando llegábamos, se despedían los Cobra y aprovechamos para cenar el menú habitual de fiestas entre pan y pan. Volvimos para encontrar una esquina desde donde se veía que había mucha gente y, por lo que se escuchaba, los que habían estado habían disfrutado de los conciertos de Niña Coyote eta Chico Tornado y de Cobra, y esperaban con ansias a unos Willis Drummond de los que mi compañera y yo nos hemos convertido en aguerridos fanáticos. Para JB era la primera vez, y no fue la mejor que podía haber elegido. Los de Iparralde han parido ahora a un nuevo guitarrista, Joseba Lenoir, que les da más reclamo rockero y más solidez si cabe. No llegamos al final porque la rutina pesa más que una vaca de Kobe en brazos, que era lo que parecía yo a esas alturas con tanta cerveza en el estómago. Eso sí, la media docena de canciones que tocaron, con problemas técnicos incluidos, fue más de lo mismo cuando más de lo mismo es algo bueno más que bueno. 
Un buen final para un día de fiestas de las que huimos despavoridos por la boca del metro porque no estamos hechos de la misma pasta que Keith Richards y porque, ahora, tienen más poder gravitatorio las mañanas que las noches trasnochadas. 
¿Dónde acabarían los jóvenes anfetamínicos? ¿Tiene sentido escribir cuando no quieres leerlo? ¿Volverá a tener razón mi madre cuando dice que soy guapo pero me pongo feo? Preguntas universales tan vitales que solo se responden con acordes y mucha, mucha distorsión. 
Por supuesto, en lo que íbamos del Antzokia a la txozna del Antzokia, escuchamos a Kepa Junkera como una docena de veces. 
Y hasta subí los brazos para hacer la gracia. Que preparen los tocones, que lo admito: me lanzo de cabeza a la hoguera.

sábado, 9 de agosto de 2014

Bones y Tigretones



Era como volver al lugar del delito. 
Vivaqueando al fondo con el único sustento de medio litro de cerveza y un paquete de tabaco. Y la música. 
Lo que decía: era como un déjà vu que ni fu ni fa. Fa de Falco, Tav Falco y Fu de Fugazi, porque el Tubo parecía, ayer, digo, uno de esos locales donde gritaban poseídos los de Ian Mackaye mientras adolescentes descamisados se dejaban embrujar por el espíritu enfermizo de la música. Eso sí, siempre y cuando los de Washington DC hubieran dedicado el tiempo a hacer un esfuerzo para que los periodistas musicales se vieran obligados a añadirle el -billy a cualquiera de las etiquetas con las que intentaran clasificarlos. No fue así porque Joe Lally no toca como Marshall Grant y porque lo que yo me imagino nunca se caracteriza por tener mucho sentido.
Tampoco tuvo mucho sentido el concierto de ayer, por lo menos, por momentos. A veces tocaban tres, otras veces eran cuatro, hubo quien se apuntó a la fiesta sin ser invitado, no se distinguía a los miembros de los que no lo eran y, a veces, tampoco se distinguía cuándo empezaba una canción y cuando la terminaban. Los que tocaban, al parecer, se llaman The Bones, y tienen por cantante, me contaron, a un belga que calentó motores cantándose algo en francés pero que usaba el inglés para comunicarse. El belga tocaba la guitarra, cantaba y llevaba el ritmo sacudiendo el pedal de unos platillos que coronoban una calavera que imagino de pega. A este hombre orquesta, le acompañaba un chaval a la armónica y otro al contrabajo. Debajo, sentada, me costó encontrarla, teníamos a un cuarto miembro que se dedicaba a tocar los bongos con gesto de concentración. En otra ocasión, dejó de tocar. Al final, alguien se apoderó de los bongos y le tomó el relevo.
Tocaron a Little Richard y a Bo Diddley, entre otros, y sonaron deslabazados y algo extraviados, sobre todo armonicista y contrabajo que se pasaron todo el concierto haciendo de pan de molde porque en aquel sandwich improvisado, estaba claro que la carne era el guitarra que también cantaba y llevaba el ritmo. La armónica se escuchó como se pudo y el contrabajo sonaba bastante bien aunque un tanto desorientado, más aún teniendo en cuenta que era un instrumento de producción casera y de perfil orondo. 
La chica de los bongos, cuando los tocó, sonó de puta madre, y mira que los bongos los tengo yo metidos como púas en los ojos pero en el subconsciente desde cierta noche fatídica en un festival de cuyo nombre no quiero acordarme, cuando tuvieron que amarrarme a un palo para que no saltara como un poseso en pos de los folclóricos del bongo que habían abierto un boquete más grande que el de Riotinto en mi cerebro. Enebro y sigo: los Bones, resumiéndolo, si puedo, en una frase, fueron como si tuvieras que recorrerte todo el encinar levantando la turba con el hocico para encontrar trufas de Perigord. ¿Se me entiende? Pues, no, claro, porque no tiene ni repajolera lógica lo que he dicho, pero dale una vuelta. Lo que quiero decir es que cuando se alineaban los astros, la bola encontraba la tronera, se acompasaban los ritmos y todos de la mano iban ovillando los acordes, entonces, sí, entonces aquello sonaba con el gozo y el nervio que puede tener el punk cuando lo aliñas con blues y lo pones entre billy y billy. Ahora, había que tener paciencia hasta entonces. 
Creo que el belga dijo que si no era la primera vez que tocaban juntos era la primera vez que lo hacían desde hacía mucho tiempo, así que tienen excusa y motivación para intentarlo denuevo. Además, a la gente, digamos que entre treinta y cuarenta que fluctuaron mucho y aveces no fuimos más de una veintena, se la vio muy feliz y ocupada en bailar y mover la cabeza, incluido algún punk de esos de enciclopedia, de los que han escrito libros sobre ellos y que bailando a Little Richard en primera fila demostraban que el punk no es, como piensan muchos, un género que no bebe más que vino barato porque bebió, tanto o más que ningún otro género, del rock más clásico, aunque luego lo pervitieran porque no quedaba más remedio que pervertirlo.
Y...
Fue como volver a abandonar el lugar del crimen por la puerta de atrás. 
Me fui por la de delante, pero qué más da. 
Empecé por el título y tampoco ése tuvo mucho sentido, seguí con mi imaginación, que careció de lo mismo, así que mejor me despido con el mismo despropósito: proponiendo a Temperance Brennan como frontnena de esta banda, que, por supuesto, es uno de los muchos chistes fatídicos sin puta gracia que jalonan mi larga carrera de cronista de baratillo.Quillo, me piro a tomar unas cervezas.