sábado, 29 de noviembre de 2014

Porque es la 1:34 y está sonando Joe Cocker



Hoy, en pocos kilómetros a la redonda, podías ver en directo, incluso, algunos de ellos tocaban juntos en el mismo concierto, a los siguientes grupos y a otros que no menciono más que a escondidas en los puntos suspensivos del final: The Intelligence, Munlet, Las Sexpeares, Toni Metralla y los Antibalas, Penadas por la Ley, La Hora del Primate, Islas Marshall, John Garcia, Dr. Maha's Miracle Tonic, Educados en el Izar & Star, Willis Drummond, Kashbad, Me & The Bees, Wilhelm and the Dancing Animals, Anette Olzon...
De todos ellos, yo no he visto a ninguno. Pero, en lugar de quedarme postrado en la huella que ha labrado mi trasero en el sillón de casa, o perder el tiempo acodándome en el mostrador de una tasca para ver, de fondo, como resuelven el rosco mietras yo como maní gratis, me he puesto calzado y me he bajado al Tubo a ver a Baketazo.
La crónica, en realidad, te la puedo resumir en un párrafo que para eso estoy cansado y ansioso por pillar el sobre y pegarme el sello en el entrecejo y todo: han sonado más cercanos a Kortatu, Parabellum, Eskorbuto y Tijuana in Blue que a los que han versioneado: Burning, Loquillo, Platero y Tú o Siniestro Total. Han comenzado fuerte con una soflama patriótica con bajo punkarra y guitarrista que recordaba más a Chuck Berry o a Danny Cendrone marcándose un solo histórico. A partir de ahí, han sonado más a punk que a roll, aunque la cosa iba y venía igual que suben y bajan las mareas. Con el histórico Natxo de los inicios de Putakaska detrás del bombo y el bajo muy alto, la sección rítmica ahogaba a un guitarrista vestido elegante para la ocasión con una camisa de cowboy que parecía que ni comprada en Rockmount Ranch Wear y camiseta con el dedo corazón de Johnny Cash apuntando a la luna. Diálogos con chispa, a veces incluso cantando, fervor localista, canciones de sábado noche, mucho derroche de cuerdas y un nivel aceptable para la gente que buscaba bailar un rato y divertirse mirando hacia el escenario.
Antes tocaron unos chavales que creo que se llamaban Zenbait. Yo llegué cuando clavaban "Zuk atrapatu arte" a dos voces y, por aclamación popular, se marcaban una más para cerrar un concierto que no vi porque llegué tarde con un "Cerebros destruidos" que sonó más deconstruida que las alcachofas con huevo escalfado y jamón que me pusieron para desayunar un día de gaupasa en fiestas de Oyón y si voy yo y recuerdo esto ahora es porque viva la mandanga y las ganas de arrastrar por el cieno mi reputación. 

Ahora, si me preguntas por qué es ya la una de la madrugada y estoy aquí encima de la huella del sillón y ella fabricándose una nueva en el sofá y estamos repasando, sin que nadie nos apunte con una pistola a la cabeza, la discografía de Boston, Fresones Rebeldes, The Mamas & The Papas, Wham!, Culture Club, INXS, The Bangles, Scorpions, Men at Work, Guns & Roses y demás amigos de los cardados y los estribillos pegadizos, te contesto que es porque el insomnio es más farrullero y peligroso que un tímido puesto hasta las cejas de dietelamida de ácido lisérgico cuando tienes delante el youtube y ganas de repasar con sorna tus años de pantalones campana, peinados imposibles y carpetas con recortes de las revistas para adolescentes. 
No tiene nada que ver ni con Baketazo ni con las fiestas de los viernes en el Tubo, por supuesto. Y ya que hablamos de eso, recordaros que la cosa no para y los próximos dos meses ya están programados. Por ahora, eso sí, solo nos quieren contar lo que tienen para terminar el año y aquí lo cuelgo para que se os pongan los dientes largos:


Posdata: la imagen de la cabecera la he robado del google image. Perdón si me la he apropiado sin pedir permiso. La de los conciertos de El Tubo se la he birlado directamente al batería de turno, pero ése sé que me da permiso sin que se lo pida.

jueves, 27 de noviembre de 2014

Estómago rebelde



Hoy he hecho algo que quizás no debía hacer pero que necesitaba hacerlo. Ha llegado la hora de comer y en lugar de hacerlo en diez minutos, me he tomado cuarenta para masticar y hacer la digestión. Así que, en lugar de encender la televisión y que la providencia elija un canal, he decidido poner una película y tenerla ahí de fondo, de compañía y banda sonora.
Como ya la había visto antes y pensaba que podría seguirla así como de soslayo, sin prestarla mucha atención, he decidido ver la que en castellano tradujeron como Corazón Rebelde. Una película basada en el libro de Thomas Cobb quien, al parecer, se fijó en las figuras de Hank Thompson y Ramblin' Jack Elliott para configurar el personaje principal de su novela y, por ende, de la película en cuestión, Bad Blake, al que da vida Jeff Bridges y por cuya actuación ganó la estatuilla de oro en los Premios de la academia de 2009. El Óscar, vamos, dejémonos de chorradas.
No voy a deciros mucho del argumento por si luego queréis ir, verla, y disfrutarla por vuestra cuenta, pero cuenta la historia de un cantante de country venido a menos y que a sus cincuenta y muchos años tiene que encarar un problema con el alcohol y la decadencia de su carrera artística. Hay una historia de amor, canciones en directo, una actuación estelar de Colin Farrell, originario de Dublín y aquí haciendo de tejano con principios, y esa visión entre crepuscular y realista de la vida del artista, ya sea en el escenario, detrás de él o cuando vuelve a casa. Vamos, que yo creo que es una buena película y que, hoy, mientras la hacía, me la comía, y luego la digería, la comida, digo, me parecío la mejor manera de disfrutar de un rato alejado de mis tormentos y preocupaciones. Además, la música de Stephen Burton, T Bone Burnett y Ryan Bingham también fue premiada y hace que la película sea aún más emotiva y efectiva. Bingham, por cierto, aparece en la película haciendo de Tony de Tony & The Renegades.
Bien. Pues me he puesto a verla y por supuesto me he visto obligado a prestarla atención. No he podido dejarla de fondo, como el muzak cuando estás de compras, o el trino de los pájaros cuando paseas por el bosque, no, he tenido, como debía haber sospechado, he tenido que dedicarle toda la atención y he vuelto atrás, he visto otras escenas por tercera vez y, al final, hasta he copiado los diálogos que más me gustan.
Como no he tenido suficiente con eso, ahora voy y los copio aquí y hasta me pongo a traducirlos y los dejo como una invitación a que vayáis y os alquiléis la película y la veais. Lo que más me gusta de esos diálogos es que, en gran parte, no tienen nada de excepcionales, una gran hondura poética, ninguna trascendencia filosófica. Son conversaciones naturales que ganan su impacto por la voz profunda de Blake, el fondo que lo envuelve, su mirada traslúcida. No parecen decir nada, pero tienen la profundidad de las cosas sencillas que desfilan por delante de las maximas autoridades.
El único problema, quizás, es que la traducción es mía y probablemente, no sea una buena traducción. También que la elección es mía, y probablemente, no sea una buena elección. La parte técnica de los últimos diálogos me costó, en parte porque aunque entienda lo que dicen y lo que quieren decir, no manejo la jerga técnica en castellano con la soltura con la que debería.


1. Bad Blake tiene concierto en una bolera de un pequeño pueblo en New Mexico, donde, además, no le pusieron a cuenta los gastos de la barra. Consigue que un fan le regale una botella de McClure's y se encierra en la habitación de su motel para disfrutar de ella. El cantante de la banda que le acompañará durante el concierto, le visita para invitarle a ensayar, y él le dice que va a cenar algo y que en una hora se reunirá con ellos, pero, en lugar de cenar, se termina su botella de McClure's y aparece por el local arrastrando su guitarra sin prisa pero sin resaca. La banda le espera fuera rulándose un porro:

- Thought you weren't gonna show.
- Son, I've played sick, drunk, divorced and on the run. Bad Blake hasn't missed a goddamn show in his whole fuckin' life. Not even playin' a fuckin' bowling alley backed by a bunch of hippies.

- Pensábamos que no ibas a aparecer. 
- Hijo, he tocado enfermo, borracho, divorciado y a la fuga. Bad Blake no se ha perdido un maldito concierto en su puta vida. Ni tan siquiera si he de tocar en una jodida bolera y teniendo a una manada de jipis como banda de acompañamiento. 


2. Bad Blake llega a Santa Fe y una joven consigue que le conceda unos minutos para entrevistarle. En un momento dado, ante un Blake descamisado, que para para fumar mientras se come un filete y bebe más whisky, y con un juego erótico un tanto repentino entre ambos, contesta a las preguntas de la entrevistadora:

- You feel like your music is also influenced by the blues?
- Oh, yeah.
- Son House, Big Bill Broonzy.
- We all owe our existence to them Delta Boys.

- ¿Sientes que también el blues ha ejercido una influencia en tu música?
- Sí, claro. 
- Son House, Big Bill Broonzy. 
- Todos le debemos nuestra vida a los chicos del Delta. 


3. Ésta es simplemente la siguiente pregunta que le hace, y él se recuesta en el sofá e intenta tapar la barriga con su camisa desabrochada.

- You ever want to do anything else?
- Play baseball. I was pretty good, too, you know, for a while there. I couldn't hit the curveball. Well, I just figured I'd stick with the guitar, you know? Son of a bitch stayed where he was supposed to.

- ¿Alguna vez quisiste hacer algo distinto?
- Jugar al béisbol. Y, durante un tiempo, también fui un buen jugador. No podía pegarle a la bola curva. Así que pensé que era mejor dedicarle mi tiempo a la guitarra, ¿sabes? La hijadeputa se quedaba quieta en donde debía quedarse. 


4. En una historia que se ha convertido ya en recurrente y casi metafórica cuando alguien habla de música country y quiere reflejar la distancia entre un enfoque más romántico y auténtico de la música de raíces y el poder económico en el que se ha convertido el negocio, Bad Blake guarda una antigua y polémica relación con Tommy Sweet (Colin Farrell) quien ahora disfruta de un éxito al que tuvo acceso gracias a las canciones y el patronazgo del propio Blake. Blake está desesperado porque necesita dinero y un empujón para relanzar su carrera, y su mánager le sorprende con una llamada para anunciarle que le ha conseguido un concierto en un pabellón en Phoenix, Arizona, y que tendrá la posibilidad de tocar ante 12.000 personas. El único problema es que actuará como telonero. Tendrá que abrir para el propio Tommy Sweet. Por supuesto, acepta, a pesar de que reniega, y cuando llega al concierto, mantiene esta conversación con el técnico de sonido, llamado Bear. Diréis, y qué. No sé qué, o por qué, pero yo rebobino y la vuelvo a escuchar. Quizás es por el choque enérgico entre los protagonistas, por la expectación, yo qué sé, quizás simplemente porque hablan de lo que no entiendo y querría comprender mejor:

- Hey, how you doin', man? So what's your equipment like?
- Fender Tremolux.
- That's it?
- That's it, pal.
- You got a preference -- Marshall, Peavey, Vox?
- I like my Fender.
- You like your Fender. Okay, no sweat. We'll mike it right into the PA. Where's your stuff?
- '78 Suburban out back.
- All right, I'll take care of it.

- Aupa, ¿qué tal, tío? ¿Cuál es tu equipo entonces?
- Un Fender Tremolux. 
- ¿Eso es todo?
- Eso es todo, colega. 
- Y, ¿tienes alguna preferencia? ¿Marshall, Peavey, Vox?
- Prefiero mi Fender.
- Prefieres tu Fender. De acuerdo, no te preocupes. Lo conectaremos directamente a la megafonía. ¿Dónde están tus cosas?
- Un Suburban del 78, fuera, en la trasera. 
- De acuerdo, yo me encargo de todo.


5. Y lo mismo pasa con esta otra que tiene a los mismos protagonistas. Probando sonido, la platea vacía, el escenario a oscuras, el día soleado y un vocabulario que parece tan particular como las señas en una partida de mus:

- Two bars of D and then we hit the top of the bridge. Go on. Count it off, Johnny.
- One, two. One, two, three, four!
- No, no, no. Bear. Bear. Bear. I need kick and snare. Turn down the damn guitars. You're drowning out my lyrics.
- The mix is good, man. You can't hear what I' hearing out here.
- Yeah, you'd be surprised. Set it the way I tell ya and leave it.
- The mix is just fine, man. Trust me on this.
- Bear, I'm an old man. I get grumpy. Humor me. Damn soundmen. They try to fuck up the opening act. You know? It makes the headliner sound that much better. That's her fuckin' job.
- You got another half hour there, cowboy.
- Hey there, partner. We're gonna be up on this stage till we get the mix the way I want it. Set the mix the way I want it or I'm gonna be up here rehearsing right through Tommy's set. Let's take it from the top of the bridge. Let's see how Bear does. One, two, three, four. Now the guitars are sounding right.

- Empezamos con compás en re, dos veces, y seguimos hasta terminar el puente. Venga, va. Lleva la cuenta, Johnny. 
- Un, dos, un, dos, tres, ¡cuatro!
- No, no, no. Bear. Bear. Bear. Necesito caja y bombo. Baja las malditas guitarras. Estás ahogando la letra. 
- La mezcla es buena, tío. Tú no puedes escuchar lo que yo escucho aquí fuera. 
- Sí, ya, te sorprenderías. Hadlo como te digo y ya está. 
- La mezcla suena bien, tío. Confía en mí. 
- Bear, soy un viejo. Me pongo muy cascarrabias. Alégrame el día, anda. Malditos técnicos. Intentan joder al telonero, ¿sabes? Así consiguen que el cabeza de cartel suene mucho mejor. Ése es su maldito trabajo. 
- Te queda media hora de prueba, vaquero. 
- Escucha, compañero, vamos a estar aquí arriba hasta que suene como yo quiero. Had que suene como te pido o me quedaré aquí ensayando aunque haya llegado el turno de Tommy. Vamos allá, empecemos desde el puente. Vamos a ver qué tal lo hace Bear. Un, dos, tres, cuatro. Eso es, ahora sí que suenan bien las guitarras. 


6. Y, por último, lo que dice justo cuando sube al escenario esa misma noche y, con su guitarra en ristre, mira al público y se acerca al micrófono:

- Sure is good to be with you tonight. Of course, at my age, it's good to be anywhere.

- Encantado de estar con vosotros hoy aquí. Aunque, por supuesto, a mi edad estoy encantado de estar en cualquier lugar.  



¿Por qué?
No sé. Quizás porque, como Bad Blake, todos queremos ser mejores personas de lo que nos hicimos creer que podíamos ser. O músicos, que es lo mismo.



sábado, 22 de noviembre de 2014

Verborrea trágica

Es fácil soportarlo. Duele, pero puede que incluso un dolor de muelas duela más. Levantarte toda tu miserable vida a las cinco de la mañana para trabajar en el andamio y dedicar el resto del día a quitarle el adjetivo miserable al sustantivo vida, eso sí duele. Tiene que doler por más que lo mengüe el empeño. Por eso digo que es fácil soportarlo. 
Duele, pero se sobrelleva. Los conciertos van pasando y ya ni me asomo por el Tubo. Los Calavera andaban ayer rompiéndole el tímpano a la peña y yo agotado, acogotado en la esquina de una tasca, mirando la pantalla de un televisor y viendo correr a gente que solo me recordaban las corrientes oceánicas que andan templando las mareas de mi atormentada cabeza... viva el romanticismo más lacerante y complaciente. Lerele. También tocaba Bakelite en el Bilboloop y a mí me hacían glub los tragos de cerveza. De vez en cuando, abro la lista de conciertos de Bilbobolos y me flagelo con un gusto tan sadomaso que me doy asco. 
Se sobrelleva, aunque duela. 
La música en directo, en los bares y en los pueblos, en las terrazas y en los estadios, en las esquinas y en las plazas, de las fanfarrias y las orquestas, es una droga tan excitante y adictiva como el aroma de los rotuladores. También engancha escribir de ello, para que nos vamos a engañar. Algunas mañanas abro el blog, pincho ahí, entro aquí, y me digo di pero no tengo nada que decir. Agacho las orejas y vuelvo a la rutina, con la morfina en el bolsillo quedándoseme caduca. Qué cosas. 
Mientras tanto me hago promesas: los Long Ryders los veo como sea. Incluso me digo que es por obligaciones laborales, fíjate tú. Y no es mentira. Pero eso no os lo voy a contar, porque lo que se cuenta después se sabe y lo que se sabe después se cuenta, y cuenta a cuenta se hace un collar, y a mí no me gustan los abalorios. Con esto dicho, creo que no hay mucho más por decir. Pero mientras tanto, por supuesto, me meto chutes de música, canciones sueltas, revisiones estrambóticas, subidones instantáneos de válium musical. No he escuchado un disco entero desde que Atom Rhumba dijeron yo me vuelvo al pueblo. De verdad. Siempre me quedo a un track o a un tris de terminar el álbum entero y cada vez que lo pienso, pienso que eso es como tragarte El Señor de los anillos y cerrar el libro cuando llegan al fuego del Monte del Destino. Nuevamente: qué cosas. 
Tengo preparadas un par de entrevistas pero ni tiempo ni ganas para encontrarme con los afectados o afectadas. Tengo una crítica del último disco de Putakaska que está cogiendo más polvo que las baldas de la biblioteca de Alejandría. Podía haberos contado que conocí a Willy Vlautin, que me fui de fiesta académica con Toni Monserrat, que me presentaron a Josetxo Río Rojo, que le he echado el ojo a un lector de vinilo pero no me llega el sueldo para despilfarrarlo así. 
Sí, y después de todo esto, termino con el círculo: duele, pero se sobrelleva. 
Ya volverán las oscuras golondrinas o los golondrinos y tendré tiempo de escribir con sentido y poco gusto, el menor conocimiento y la justa mesura sobre lo que sea, con quién sea, de quién sea y cómo sea. Sea lo que sea. Mientras tanto, si podéis, ponedme los dientes largos, seguid quemando ortofones, sonotones, montones de botellines, mesas de merchandising, escenarios, plateas y pulcros púlpitos. Yo, cuando pueda, me subo al carro, en marcha, y mientras tanto, que duela, que lo soporto. 
Una canción, y me piro. 


lunes, 3 de noviembre de 2014

BIME, vidi, vinci



No es la resaca ni el cansancio ni las ganas de marcharme a otro lado y dedicarme a otra cosa. Tampoco es exactamente eso que otros ya llamaron algo así como el pánico a la hoja en blanco. No, no es nada de eso, pero no deja de ser algo extraño. El caso es que no me apetecía escribir sobre el segundo día de conciertos en el BIME y solo plantearme el reto como una responsabilidad me sonaba estúpido y un tanto ridículo, la verdad. 
Creo que llevo como cinco o seis años escribiendo este blog y he pasado de que no me leyera nadie, a que me leyera una y de ahí a que me lean unos pocos. A veces, son algunos más, pero es solo casualidad o curiosidad. Y es muy de vez en cuando. He recibido algunos halagos que no te voy a negar que me han gustado tanto como que le rasquen los flancos a un chucho. También he recibido críticas y he vivido experiencias desagradables. Nunca me he acreditado en un concierto, ni pienso hacerlo. No soy periodista, ni musicólogo, ni escritor, ni sociólogo. No soy profesional, no tengo ni puta idea, no aspiro ni me reprimo, no reviso ni depuro y de puro burro que soy, a veces, me arrepiento de lo escrito. Aún así, sigo, becerril, febril y ajeno al resto. 
¿Por qué, entonces, a veces me lo tomo en serio? Por expreso deseo de la familia, yo qué sé. Porque soy gilipollas. Por eso, aunque no quiera, me encuentro a las 22:14 de un domingo futbolero, viendo a ver qué demonios cuento y, encima, pretendiendo que resulte ingenioso, original y sustancial, porque igual hasta me marco un triunfo y cambio el mundo y me llama Jools Holland para entrevistarme. No te jode. 
En fin. 
Voy a hacerlo así. Primero, escribí la lista y la puse en negrita, después fui poniendo los dos puntos y, en cursiva, mi comentario. Vosotros no veis el proceso, solo el resultado. Vamos allá:

Babasónicos: Cuando llegué los argentinos tocaban la última, cuando terminaba de cruzar por el fondo, ya se despedían. Una canción empezada que me sonó a lo que nos suena un grupo de pop con acento argentino a todos aquellos que permanecemos ajenos a lo que sucede al otro lado del océano y al sur de Río Grande. Lo cuál es una falta de respeto, así que ni lo digo.
La M.O.D.A.: La Maravillosa Orquesta del Alcohol alumbró buen rollo del pegadizo, casi pegajoso, y una cadencia energética, casi enérgica. Se parecen a cosas que van desde Munford & Sons, los primeros HATEM, The Decemberists, The Pogues o los Calexico más verbeneros... hasta Eskorbuto, que dicen ellos, yo no lo vi. Variedad de instrumentos y coros que a veces te devuelven a las fiestas del barrio. Le ponen nervio, mucho verbo, ritmo frenético y épica magnética. Tienen además identidad: blanco, negro, carne tatuada al aire y mucha barbilla en alto. Empatizaron con las primeras filas. Creo que en lo que voy escribiendo se nota que mantengo cierta distancia: sí, no me entró su vigor como a otros, pero no creo que eso signifique nada.
Kometa: Llegué y, como los Babasónicos, ya andaban despidiéndose, y lo hacían con un arrebato eléctrico que me hizo arrepentirme. Poco más puedo añadir.
The Coup: Los tenía subrayados en el librillo. Bueno, no, subrayar es mentira, había puesto una equis, eso sí. Tenía ganas de ver a Boots Riley a quien incluso había leído antes. Me hablaron de su postura política y de su hip hop clásico con aire funky. Y como me hablaron, pues fui. Y me quedé. Hasta casi el final. Me quedó claro que son de Oakland, California, y que habían venido desde lejos. Me quedó claro que hace falta poco para hacer música y muchas palabras para explicar cuatro ideas sencillas. Fueron los primeros en obligarme a empezar a levantar el pie del suelo.
Dawn Landes: Ir de un concierto de The Coup a otro de Dawn Landes es como darte baños de contraste con agua hirviendo y congelada. La oscuridad del graderío le daba todavía más solemnidad y languidez al asunto. Estaba allí ella, elegante y delicada, acompañada, en ocasiones, de un guitarrista que no sé si era el habitual Josh Kaufman u otro. Tocaron "Moon River", se confundió de canción cuando empezaba a cantar "Bluebird" y se despidió, supongo, porque yo me fui justo cuando anunciaba la última.
The Orwells: Bueno, digo yo que les habrá pasado a otros cuando les ven por primera vez. Mario Cuomo la montó en el chou del Letterman así que cómo no le va a dejar a uno cuando se lo encuentra con la impresión de que no sabe si le están tomando el pelo, el tío tiene una curda más profética que 1894 o es todo parte de un espectáculo excéntrico y concéntrico. Los Orwells parecen de Londres cuando son de Illinois, aunque también suenan cercanos a compatriotas con apellidos italianos como The Strokes y otros que no los tienen como The Replacements.
Señores: Desde lejos, con una cervecita en la mano y evitando el flujo de gente que empezaba a inundar el terreno, me parecieron inofensivos, aunque intentaban morder. La habitación es roja e Iván se apellida Ferreiro. Y hasta ahí puedo leer.
Mando Diao: Una de las grandes citas, ¿verdad? La gente iba entrando con el pie cambiado y directos al remolino que se estaba formando junto al escenario dos. Al poco aparecieron los suecos vestidos de blanco, casi todos, con un estilo a medio camino entre Super Furry Animals y The Polyphonic Spree y subidos a un escenario que parecía la casa de veraneo de Superman en Krypton. Y comenzaron una rave party super cool que parecía parodiar a los Mando Diao que en su día vimos embutidos en cuero y con la pose más negra y garajera. La gente saltaba, bailaba, hablaba de sus cosas y tuiteaba otras. Mi colega y yo nos reíamos por no llorar y pasábamos de un concierto que me dejó ojoplático, como decía el otro, pero no precisamente de manera positiva.
The Kooks: Bien. Mejor que la primera vez que los vimos, al ritmo de la moda que evoluciona cuando se queda antigua y tienes que buscarle sentido y espíritu a lo que haces. Han dado un paso adelante como otros compañeros del mismo palo, digamos Arctic Monkeys, pero la zancada les ha llevado a otro sitio distinto.
Billy Bragg: También tenía una equis puesta junto al nombre del bardo de Essex. Me habían dicho que podía ser una de las últimas ocasiones para verle con banda y no podía dejar pasarla. Se mostró como se muestra siempre, sin aspavientos pero intenso, sin mordazas ni medias tintas, generoso en el repertorio y la complicidad, el compromiso y la constancia. El graderío estuvo más lleno que en ningún otro concierto (hasta donde yo llegué a averiguar) y acabó por hacer que la gente se levantara cuando cerró un concierto mayúsculo (aquí me mojo porque me la trae floja) con "Waiting for the Great Leap Forward" que aunque no tuviera letra y fuera solo una reunión de onomatopeyas seguiría zurziéndome las penas, diga lo que dijera Hank Williams.
The National: Pues, ya que he estado dando hoy mi opinión de manera inopinada y a las bravas, seguiré haciéndolo. A mi ligerísimo entender, se curraron un concierto de los que se te quedan grabados en la cabeza durante un buen tiempo. Esta misma mañana de domingo apocado y ventoso, bajaba yo acompañado a la piscina, cuando aún retumbaba "Fake Empire" en mi cabeza y se me ha escapado un gorgoteo que tenía pinta de prometido después de su despedida de soltero, pero yo canto así siempre, ya sea domingo o lunes de pentecostes. Matt Berninger casi pierde las gafas y hasta la compostura, acariciando el bafle como si fuera la almohada en una noche solitaria pero lasciva. Pero no la perdió. Agarra el micrófono, mira al suelo, y se saca esa voz que podría perforar la litosfera entera y llegar hasta el niquel y el hierro del núcleo de la tierra. A mí me perfora la corteza de mi sesera, la verdad. No solo su voz si no también ese compás tan grave y tan etéreo que perfila unas canciones hipnóticas. Creía que podían perder algo de embrujo en concierto pero no lo hicieron, lo ganaron, brujería o talento, pero, lo mantengo, fueron la justificación de los sesenta y pico euros más gastos de distribución. 

También jugamos a los parecidos. El cantante de La M.O.D.A. se parece a Alejandro Amenábar de perfil. El guitarrista de The Coup a Greg Oden. Y Matt Berninger a Richard Dreyfuss y a no sé cuántos más. Comimos pipas, chufas. Hablamos, bebimos, nos reímos y yo bostecé. Nos fuimos. Unos, antes. Otros, después. Sin mirar atrás. Y ya está. Ahora le pongo título y si te he visto, no me acuerdo. Eso es Fiasco Fiasco, señoras y señores, eso es. Y es la primera vez que menciono mi propio blog y me siento raro, como si hablara de mí mismo en tercera persona. Qué cosas. Qué cosas tiene la vida, la ciencia y la danza clásica. BIME, vidi, vinci. 

sábado, 1 de noviembre de 2014

BIMElómano



Tiene que haber un montón de ellos aún ahí dentro. Melómanos, digo.
Seguro.
Otros ya se habrán ido.
Y también es cierto que muchos de los que aún están o estuvieron en el primer día del BIME 2014 tienen de melómanos lo mismo que yo tengo de pirómano. El sufijo de la palabra, eso es: una, en la izquierda y otra, en la derecha. 
El BIME ha crecido. Ha dado un estirón como para pasar directamente de Charanga a Zara para comprarte una camisa de manga larga. El año pasado se veía más hormigón que pies (este año también, cierto, el recinto sigue siendo inabarcable) y la gente con la que te cruzabas iban todos acreditados y te remitían a las eternas preguntas como "este tío trabaja en...", "esta tía toca en...", este tí@ escribe en..." Ahora, ya no. Ahora te encuentras a peña que usa los tubos luminosos de publicidad como luchacos, a jovenzuelas que gritan al unísono que Molko les mola, a dipsómanos que confunden a Neil Hannon con Cristiano Ronaldo, a otro que le da por asperjar o bautizar al resto con su kalimotxo, amigas y amigos que van buscando el fotocol y el stand de Vans como si esto fuera un festival en la cima de la montaña. 
Ha crecido el BIME y, como en las viñas de Andrés Iniesta, hay de todo... o igual no, que no he estado nunca.
El primer día del BIME 2014, celebrado en el BEC de Barakaldo y dedicado a la música del Reino Unido, digamos que de Great Britain (voy a hacer como en esa anécdota que se adjudica a un imperturbable Miguel de Unamuno cuando se encontraba dando una charla sobre Shakespeare en la Universidad de Salamanca, y me voy a pasar de golpe al idioma de la Pérfida Albión), transcurrió sin sobresaltos, con tal variedad de escenarios que para ir de uno a otro te sientes como en casa, en Barajas, buscando la puerta de embarque de tu avión. Sonaron 21 grupos de los que yo tuve ocasión y ganas de ver a 6, con lo que no me sale un censo digno como para aprobar mi trabajo de campo. Vamos, que no puedo llegar a grandes conclusiones cuando me fumé a Basement Jaxx, llegué cuando ya habían tocado Go Go Berlin, John Berkhout, We Cut Corners, The Weapons, Soak, The Barr Brothers y Tania de Sousa estaba en ello y pasé o no me quedé a Javi Green & Nemo Gauss, Mount Kimbie, FM Belfast, Zea Mays, Gose, Fuel Fandango o unos Joe La Reina a los que sí vimos de pasada o de reojo, pero no los cuento porque merecen más ceño fruncido, más atención.
En resumen: inauguramos con Imelda May, celebramos con Thurston Moore, nos difuminamos con Macy Gray, reposamos con Anna Calvi y The Divine Comedy y cerramos con Placebo. Eso fue lo que cenamos, y a fe que hoy tengo el estómago como si acaba de desayunar en Casa Cándido y no solo me hubiera comido el cochinillo, si no también el plato con el que lo parten. 
Morticia May, siempre elegante y sugestiva, se disfrazó de cantante rockabilly irlandesa y le salió bien. Acompañada de una banda de adultos asesinos con cara de jugadores de póker aburridos, las canciones de May se ciñen tanto a un género que consiguen convertirlo en partículas infinitesimales con capacidad de transformarse en música pura, sin corsés ni crochets de izquierdas. Por la derecha del escenario, dio la sensación de que perdieron un tanto el hilo a la mitad del concierto, pero cierran con una de esas canciones modélicas y eléctricas como es "Johnny's Got a Boom Boom", con la personalidad tan arrebatadora que le da los latigazos del contrabajo y se te olvida hasta que es Halloween, algo que llevas intentando olvidar desde que empezaste con las clases de inglés particulares. 
Los irlandeses, además, hicieron referencia a Hell Fire Club, una casa abandonada en la cima de Montpelier Hill, a la que se llega por una estrecha carretera, tras dejar Dublín atrás, y cruzar varios caminos de cabras donde las únicas señalizaciones son las carteles a mano que te indican dónde está el próximo pub. Allí estuvimos nosotros hace años, viviendo una aventura embarrada, alambrada y mosqueada de las que se te quedan en la cabeza para siempre, como los conciertos de una Imelda May a la que reservaré para otra ocasión, en la que no se disfrace y el espacio del local sea más parecido al pabellón de caza de William Conolly donde el diablo jugaba a las cartas. 
Casi por inercia nos escoramos a la derecha para encontrarnos al circunspecto Thurston Moore del que esperábamos más música de probetas, con desarrollos instrumentales que habría que levantarlos sobre plano. Y sí que nos sentimos, por momentos, como en una conferencia en la que Gilles Deleuze tocara la trompeta y Félix Guattari la mandolina, pero, en líneas generales, el músico de Florida nos dejó con buen sabor de boca, un concierto más accesible de lo esperado, bello en ocasionas, con un repertorio emocionante y paladeable que sabía jugar con la distancia musical que define lo frágil de lo robusto. Vamos, que nos gustó Moore de lo que pensábamos, y ahí te doy ya razones para acabar de odiarme del todo. 
Vimos a Macy Gray sin mucho entusiasmo, la verdad. Más allá de su vestido de espejitos y su boa celeste, que igual no era ni celeste, su arrebatadora voz y su postura de colega del barrio con ganas de fiesta, nos dejó un tanto fríos, lo que quiere decir que probablemente deberíamos habernos traído una chaquetilla de lana o aprender algo más de música, quién sabe. La base rítmica no acabó de conectarnos y optamos por sentarnos un rato en el aforo limitado del Bizkaia Arena. 
Tardó, y mucho, en salir una Anna Calvi a la que todo lo que diga me dejará calvo detrás de las orejas. La de Twickenham dejó claro por qué la mencionan siempre al lado de PJ Harvey, aunque a veces a mí me recordó a Morrissey y hasta la Francia ocupada o más bien a Cathy Berberian cantando a Caruso en un garito de Vichy. Calvi pasa de lo que piense y se esfuerza y disfruta con sus prolegómenos instrumentales, con sus atmosféricos solos de guitarra, con sus canciones estiradas hasta convertirse en bandas sonoras de películas de François Truffaut o algo así. Se hace dura y espesa para los que esperamos algo más de nervio pero tiene una voz cautivadora y esa agudeza para las arquitecturas inverosímiles. La gente se aburría. Hablaba de su peinado, miraban sus whatsApps y alguno hasta daba cabezadas. A mí lo que me dio yuyu fue el momento en el que eché el cuerpo para adelante, posé el codo sobre mi pierna derecha y me agarré la barbilla con la misma mano. Y me dio yuyu porque esa es mi postura para ver el fútbol del equipo del que soy socio cuando bajo a Lasesarre y ver un concierto usando la misma postura me produjo una sensación de azoramiento parecida a la que sentiría Francisco Nicolás si le invitan al Aberri Eguna. Yo sigo, a lo mío. 
No nos movimos. Bueno, sí. Bajamos a por víveres y subimos para colocarnos cerca del pasillo y ver a Neil Hannon y sus The Divine Comedy antes de que empezara Brian Molko y sus Placebo. Y estuvo bien el plan porque Hannon elevó el nivel con su timbre de voz, con su postura de Ian McKellen haciendo MacBeth, y su cercanía, sentido del humor y humanidad. El bueno de Hannon que tendría argumentos para sacarse ínfulas del bolsillo del pantalón, se dedicó a cantar, interactuar con el público y repudiar la letanía sobre la solemnidad de su música. Explicó que había sufrido un accidente y no podía tocar la guitarra, hasta enseñó la radiografía, y cierto es que la punzada de su guitarra se echó en falta a pesar de que la banda se esmeró para que no fuera así. Sus letras sobre sus experiencias en el internado, por ejemplo, y muchas otras experiencias terrenales que la armonía convierte en universales y trascendentales, entran a palo y sin esfuerzo, pero un graderío a oscuras y la promesa de arrebatos más enérgicos en la nave de al lado, nos obligarón a abandonar. 
Estuvimos luego haciendo recuento y son ya cuatro las ocasiones en las que he visto en directo a Placebo. Cinco para ella que, en realidad, es la culpable de que yo les haya visto solo una vez menos que ella. Supongo que es algo que le ocurre a todas las parejas e incluso más allá de la música. Hay cosas que tomas de ella y otras que ella toma de ti. Hay algunas que incluso tomas aunque no acaben de convencerte. Ciñéndonos a lo musical, Placebo es una de ellas, como a ella, supongo, le habrá tocado cogerle cariño a bandas que a mí me apasionan y a ella solo le agradan. Bueno, repito, Placebo es una de ellas y ya voy por la cuarta. Eso sí, jamás me han decepcionado. En directo, no pondría ningún problema en volver a verlos otras doscientas veces: siempre cumplen. Da igual que toquen canciones de Placebo, de Meds o del que sea que tenga por título el próximo disco que graben, todas, en directo, suenan con la misma rotundidad: decibelios como lluvia ácida, latigazos a las cajas de la batería, una energía que es casi espesa como la niebla baja y una rotunidad musical que convierte todo el espectáculo de Placebo en una experiencia intensa y reconocible a la primera. Te pueden gustar más o menos, e incluso puedes perderte un poco por el camino, pero, en algún momento, siempre consiguen que su sonido te erice la piel y hasta la médula espinal. Además, tocaron "The Bitter End", que es una de mis favoritas, y un repertorio de canciones un tanto singular. 
Y no hubo más. 
Pero hoy lo habrá. Y desde más temprano, porque aspiro a no perderme a The Coup y eso significa madrugar. 
¿Algo más?
Creo que no. Además, es hora de tomarse un cortado en el bar de abajo y regresar a la vida que no casaría con Anna Calvi de banda sonora. Eso sí, una vida maravillosa... cuando quiere.