sábado, 12 de diciembre de 2015

¿Estreno mundial?



El Borges este decía que el mundo se recogía entero en el aleph, ¿no? Yo es que cuando lo leí no lo entendí, y cuando lo releeí lo entendí tan bien que no sabía explicarlo. Alephluya, que decía la bruja piruja, o Jeff Buckley, no me acuerdo. Los cuentos para niños deben ser turbios y recónditos, en plan Hansel & Gretel meet Beavis & Butthead o algo así. Tú explícame una letra de la Hora del Primate y yo te decoro la casa en plan Zen... Guerrilla. Es lo que tiene ver a Los Cosméticos en directo mientras me hablan de Viridiana, que pierdo la noción y hasta el sentío. Me lo niegas si no es cierto, pero yo creo que dijeron que se estrenaban. ¿Era un estreno mundial? ¿Es el Tubo un profundo aleph que recoge el mundo y todos los mundos que se incluyen, infinitamente, dentro de él? Pues no lo sé. Yo es que el concierto de ayer lo entendí tan bien que no voy a saber cómo explicarlo... si no lo hago como si fuera un cuento para niños:

Así que érase una vez Delorean, no el coche, si no el folclore de Zarautz, cuando eran orgánicos, pero con estribillos, con muchos estribillos. En la segunda canción, guitarras a lo The Hives, que lo mismo existen que desaparecen. De repente, eso que los técnicos llaman atmósferas, epílogos como a lo bronco, frenazos en seco. Más que a los Carniceros del Norte, a la Casa Usher. Fugazmente Fugazi y hasta a los Willis Drummond en local pequeño, desatados, sin tarima. (We Are) Standard meets Metallica, pero sin dancefloor cools ni riñas moñas en los camerinos. Q And Not U tal como los vi yo en un Sokol Underground tan oscuro que igual lo que vi fue el fundido en negro de un mal viaje lisérgico. A veces, suenan a eso, LSD consumido vía rectal, como a... que me pongo a bailar indie sin bongos y muevo el cuello a lo Sepultura. Joy sin dividir y alguien me susurró Lou Reed. Y alguien dijo Soft Cell. Y si te nombro a los Arctic Monkeys pre-Josh Homme ya hemos llegado a la Rioja, y a Los Paniks y a la Hora del Primate y al, colorín colorado, este cuento se ha acabado y el lobo no se zampó a la abuelita pero se la benefició, como lo intentó Don Jaime con la novicia. 

Así lo entendí yo, que probablemente sea mal. Ayer fue el estreno mundial (o no) de Cosméticos en un aleph llamado Tubo que tuvo una entrada más floja de lo que me esperaba, y confirmó lo que ellos mismos decían en una reciente entrevista: "música honesta" y "garage para bailar". Blanco y en botella, leche condensá: eso es lo que quieren y eso es lo que te dan. Furia de la que se suda, guitarrazos de los que te tientan el bulto, una base rítmica que le movería las caderas hasta a Robert Smith; un sonido tan cojonudo que me obligó a pensar para mí mismo, que es como generalmente pienso porque mejor que no lo oiga nadie, que era la ocasión en la que mejor había sonado una batería en aquel local (aleph). Yo les auguro futuro porque más que un médium soy un tércium de lo poco que sirven mis vaticinios, pero lo que se escuchó ayer en el Tubo fue lo que siempre se espera de la música: menos máscara de ojos y más miradas limpias. 

"A lo largo de los siglos y de las latitudes cambian los nombres, los dialectos, las caras, pero no los eternos antagonistas"

sábado, 5 de diciembre de 2015

Hablemos de ropa interior



Y hablemos a propósito del concierto de The Long Johns Band en el Tubo de Barakaldo, ayer viernes 4 de Diciembre de 2015. Sabéis que me gusta hacerme el listo y el gracioso, y es curioso que Long Johns suene lo mismo a personaje de Robert Louis Stevenson, que a una cadena de marisquerías norteamericana, que a la ropa interior de los vaqueros del Oeste Americano. También suena a blues. A Long John Baldry. Y a whisky escocés, así que no sabes muy bien por dónde pillarle la onda a un nombre que, al fin y al cabo, lo que hace es nominar a una banda cántabra que practica un blues eléctrico, con mucho intervalo instrumental, virtuosismo y factura clásica. Sí, he dicho factura, que es la mejor forma de ponerle la guinda a una introducción tan mala como el título.

El concierto empezó con tres tíos bien ordenados arrancándose a buscar notas de blues. El bajista en una esquina, el batería arrinconado, y el guitarrista y cantante principal en primer plano y con un modelo al estilo flying V (jevirronas, las llamo yo, pero Patxi me corrije: "No son jevirronas, tío, la mayoría son guitarras de los 50...", el resto no lo oigo muy bien) en ristre. Buen repertorio y mejor sonido y así siguen hasta el final, hora y media de concierto con muchos platillos en la batería, patrones repetitivos como indica el género, solos virtuosos y frases del estilo: "He tomado un whisky, un coñac, un ginkas y no me acuerdo de nada más." Ahí. Cantaron lo mismo en castellano que en inglés, y era difícil saber, si no te lo decían ellos y no tienes el conocimiento debido, cuando hacían verso propio y cuando era una versión. En la microcrónica feisbukera del camarero txuriurdin (mejor lees sus píldoras que mis peroratas, acabas antes y aprendes más) he leído que, entre otros, cayeron Robert Johnson y Johnny Winters, pero yo solo reconocí "Skat" porque la conozco y porque el batería la presentó en vascuence, que, al parecer, aunque le llamen el Negro Andoni y sea más blanco que la leche de avena, lo que sí es cierto es que es de Leioa. Él cantó a Canned Heat y se vio que lo étnico, igual le viene de mote por el matiz de la voz. Luego repitieron versión con el bluesero zurdo Otis Rush, aprovechándola para contar una anécdota que, precisamente, guardaba relación con el feisbuk. Hubo una canción dedicada a los ganaderos: "la cuota de leche para arriba, la cuota de leche para abajo," que corearon desde el fondo (por cierto, hablando del público: inhabitual y excéntrico espectáculo de bailables el que vivimos ayer). A mí me moló la tercera, con el bajo en primer término. "Vamos a meter un poquitín de tralla", dijeron más tarde, y la metieron, en instrumental. Blueses tejanos de su primer disco y canciones de "Hey baby, babe" y un bis que anunciaron como canción de amor, pero yo les oí hablar de la suegra. Antes rememoraron aquello de los brotes verdes para abrir una canción como si fueran a tocar un country acelerado, pero se les salió la cadena y tuvieron que volver a empezar, según explicaba Moska, a mi vera, el accidente ocurrió porque el bajo no había marcado. Y yo me lo creo, porque yo al Moska no le conozco, pero aún guardo la maqueta de Cotton Fielsd en casa, y aquello eran palabras mayores, así que también confío en las que oiga ahora. 

Y así se fue el concierto: entre pentatónicas, palabras menores, cerveza en cañones y poco más. Alargamos un rato porque siempre es plato de buen gusto platicar con Nuri Draka y después nos excusamos con el Patxo y con el Kalbo porque, probablemente, tenga que perderme el próximo, el de Cosméticos, que prometía y proponemos para todos aquellos que no tengan cena de navidad como un servidor (aún así, igual intento saltarme un par de rondas de zuritos y acercarme por allí). 
Y ya está: otra crónica más. Otra banda más que sufre nuestro verbo y nuestro poco criterio. Otra noche en el bohío más bohemio (de cuando la bohemia era morapio barato y poesía improvisada y no interioristas tatuados y apple-adictos veganos). Otro título para el ridículo y otro espectáculo de abuso parentético. Otro ejercicio de auto-escarnio gratuito. Otro. Perrito piloto. Mejor hago mutis por el foro, que decía Heródoto. Agur, o como dirían los cántabros, aguruca. La guinda. 

martes, 1 de diciembre de 2015

Una vez



No puedo evitarlo. Creo que lo he superado, pero, muchas veces, regresa, casi por sorpresa, y sonríe cobardemente. Parece que me estuviera diciendo: una vez pasó, jamás volverás a ser el mismo. Así que nunca bajo la guardia, porque en cualquier momento, sé que puedo volver al mismo agujero negro del que tanto me costó salir.
Hoy me he acordado de un día en el que yo aparecía, y casi no me reconozco. Estaba más delgado, tenía más pelo, vestía de negro y estaba solo. Estaba en una ciudad extranjera y paseaba, un día entre semana, cuando la gente se dedicaba a sus cosas, con sus vidas ordenadas, sus pequeñas tragedias, sus alegrías cotidianas, y yo parecía ser el único que no encajaba. Aún recuerdo aquella ciudad como si fuera el patio de mi casa. Me veo en las fotografías y sé que soy yo. No es eso lo que no reconozco. 
Al salir de una cafetería, sin ganas de volver a casa, recuerdo que decidí caminar hacia la plaza del mercado, donde, a pesar de ser un día laborable, seguro que quedaba gente. Daba igual quién: parejas que se querían, o quizás no, vagabundos jugando a los dados, turistas en las terrazas, padres de familia que volvían del trabajo, alguno como yo que se hiciera el extraviado. Cualquier desconocido me servía de compañía. 
También había músicos, en los soportales, en las puertas de los bares, en los callejones. A veces, los buscaba. Elegía un rincón y fumaba mientras les escuchaba. Aquel día había uno, junto a una tienda de ropa que recién cerraba. Era una calle alejada, que llevaba a la plaza, pero que no era muy transitada. Nadie le estaba escuchando. Solo yo. Más cerca de lo habitual, pero lo suficientemente lejos. Estaba él solo, más o menos mi misma edad, más o menos mi mismo peso, mucho más pelo. Cantaba sin abrir los ojos. Tocaba una acústica vieja, con una cuerda de menos. No entendía ni una sola palabra de lo que decía. 
Cuando terminó, no me di cuenta. Tampoco creo que yo cerrara los ojos, pero se ve que estaba mirando hacia otro sitio, pensando en otra cosa. Miré hacia donde le había dejado, sin pensar si quiera que ya no había música, y di un paso hacia atrás sorprendido, al ver que el tío estaba a dos palmos de mí, ofreciéndome un cigarrillo y sonriéndome. 
Nos emborrachamos. Aquella noche conocí bares en los que fui dejando, como olvidado, aquello que ahora que me recuerdo no reconozco. Él hablaba y hablaba. Yo pagaba. En una tasca, sacó la guitarra. En otra, se la robaron y tuvimos que correr detrás de un tío que antes de llegar al final de las escaleras, ya se había sentado a recuperar la respiración. Una mujer que decía llamarse Lola me lamió la cara. Un policía de paisano nos quiso enseñar a disparar en un callejón. Una vieja desde el balcón le lanzó un cubo de agua fría. Juro que el tío apuntó y hubiera disparado. Cenamos caracoles en casa de una señora en camisón que le coló una nota perfumada en el bolsillo de la camisa cuando le dio un beso de despedida. Meé en un gato de porcelana que alguien había dejado plantado junto a la puerta del ayuntamiento. Y él hablaba y hablaba. Yo pagaba. A última hora de la noche, mi inglés era casi autóctono. Mi cartera había menguado tanto como aquel increíble hombre. Decidimos tomar la última. Equivocamos el lugar: entramos en un bar de moda, con cristaleras ahumadas para separar géneros en el baño, sombras en la pista, camareras de largas pestañas y escotes generosos y tíos más altos que nosotros (que nosotros combinados, uno encima del otro), con perfectos peinados y barbas recortadas, que nos sonreían cuando pasaban al lado, como si fuera el día de acepta a un extraño en tu fiesta de cumpleaños.com. Bailaban desde electrónica hasta Fats Domino, y nosotros nos sentamos en la barra, intentando hablar por encima del ruido y de la música. 
Hubo un silencio. Después, me dijo, aprovechando que el dj de turno había puesto una de The Swell Season o algo así, y nos podíamos oír:


- So, too late to hear your story. 
- What?
- You wanna know mine. 
- Your what?
- You wanna know why I play on the street? Why I drank all your money? Why am I so pathetically excited? 
- Well...
- You'll be disgusted to know how ordinary and ridiculous is my tragedy. 
- All of them are. 
- You think?
- I do. 
- Maybe you're right. 
- Yeah, maybe. 
- But you know what's worse?
- What?
- Worse than that. Worse than that is that I'm just the one to blame. 
- I see. 
- No, you can't see that. I did see it coming but did nothing. I was just a fucking asshole. The same sorta guy that you would hate on an elevator ride. I wouldn't need more than a second just to make you loathe me. It was just my face. It was just my soul. I was that sorta dude.
- Come on...
- I was. I really was. So you now hear me singing all those love songs. Heartbreaks and crap. The only heart I broke was mine. And with it, those of all that were good and pure'round me. 
- I...
- I'm starting to talk church, ain't I?
- Well...
- Take it easy, man. No big deal here. You just met me tonight. Lots of fun. You won't see me again. And I'll keep looking ahead, I don't have any better to do. Forget it. Let's go get some fresh air**. 

Y nos fuimos. Y nos despedimos después de caminar en silencio unos minutos. Él con su guitarra por un lado. Yo, por el otro. Solo.
Casi lo había olvidado. Pero, a veces, lo recuerdo. Hace poco vi una película. Había una escena. Ésta, la que cuelgo abajo. No me reconocía, pero no pude más que sonreír ligeramente. 
Me pregunto qué sería de él. Y si él se preguntará qué fue de mí. Y como sé que en cualquier momento puede volver a ocurrir, siempre estoy en guardia. Y cuando me encuentro a un músico en la calle, sonrío, por si acaso, y si fuman, les ofrezco un cigarrillo. 



 





**Bueno, ya es tarde para conocer tu historia, ¿no? // ¿Cómo? // ¿Quiéres conocer la mía? // ¿Tu qué? // ¿Quieres saber por qué he acabado tocando en la calle? ¿Por qué me he bebido todo tu dinero? ¿Por qué parezco estar tan patéticamente entusiasmado? // Pues... // Te asquearía averiguar lo simple y ridícula que es mi tragedia personal // Todas lo son // ¿Tú crees? // Sí // Igual, no sé // Sí, igual // Pero, ¿sabes lo peor? // ¿Cuál? // Qué es peor que eso. Peor que eso es que yo soy el único culpable // Ya // No, en serio. Yo no me lo tomé en serio, no hice nada. Era un auténtico gilipollas. El mismo tipo de tío al que odiarías en lo que tardas en subir en el ascensor. No necesitaba más que unos segundos para conseguir que me odiasen. Solo con mi cara. Con mi alma. Ese tipo de tío era yo // Venga, hombre // Lo era. De verdad que lo era. Así que, ahora... me ves ahí, cantando esas canciones de amor. El corazón roto y todas esas mierdas. Y, en realidad, el único corazón roto, lo rompí yo, el mío. Mi propio corazón y con él, el de todos los demás, la gente buena y pura que tenía alrededor // Yo... // Empiezo a hablar como un cura, ¿verdad? // Pues... // Tranquilo, tío. No importa. Me has conocido esta noche, lo hemos pasado bien, probablemente no me vuelvas a ver. Yo seguiré hacia adelante, no tengo otra cosa mejor que hacer. Olvídalo. Salgamos a tomar el aire, anda.

viernes, 20 de noviembre de 2015

Crónicas y crónicos: Toni Monserrat en dúo electroacústico con Simó Vall



Cosas como éstas las he dicho ya tantas veces que la gente va a empezar a pensar que me tienen en nómina o, simplemente, que soy un puto pesado lameculos. Y uso "puto" y "lameculos" para sentirme mejor, pero no funciona. Eso sí, lo repito: si entras a El Tubo ya no vas a salir nunca. Físicamente, igual sí, pero como te atrape la locura de la música en directo, el efecto se hace crónico (va en el título, ¿lo pillas?). 

El mes de Noviembre estaba sembrado de matas de habas mágicas. Rotten Mind, Punk Panther y Escobar estaban en mi agenda, como se suele decir, apuntados en rojo, y como suele ocurrir, me los perdí a todos. Uno detrás de otro, es lo que hay. 

De todos los que había en Noviembre, solo he acabado por ver a uno, el único que no quería ver, je. Me lo creo, tío, estás de dulce hoy: tienes más gracia que las tomas falsas de Tendido cero.

En serio, entre los muchos conciertos interesantes que se montaron Lombardo y Helm para este mes, Toni Monserrat Inc era cita obligada por lo personal tanto como por lo musical. Y aquí ya podéis salir despavoridos, porque sí: la objetividad la perdí antes que la virginidad. El crooner balear se presentaba en Barakaldo acompañado de Simó Vall, guitarrista de su banda y de otras cuantas, porque se podría hacer una babilonía de párrafos intentando resumir el currículo de estos dos. Desde los tiempos en que Albert Pla aprendía a tocar la guitarra hasta los acústicos de hoy, ambos han pasado por experiencias como sonar en Radio 3 con una canción que se acercó a himno en las islas o telonear a los Ramones en su gira peninsular. La primera la hicieron juntos, la segunda fue cosa del segundo cuando actuaba con los BB sin sed (ya lo he dicho, me quedo tranquilo). 

Todo ese bagaje, de alguna manera, se percibe cuando tocan juntos en el diminuto escenario de El Tubo. Simó sabe permanecer detrás, asomar solo cuando debe, rematar de cabeza solo cuando le dan el pase definitivo. Toni, por su parte, no necesita buscarle, girarse para percibir que está ahí y que va a saber exactamente lo que tiene que hacer. Así, en conjunción, sin alharacas ni zarandajas, con la antigua raiz mineral en la mano, nos dejaron resumida la genialidad y la vulgaridad de la música: una guitarra eléctrica, epiphone recién estrenada con el cuerpo amarillo, una acústica, taylor californiana de espíritu combativo, y un micrófono para los dos. Así repasaron 38 Bucks, cantando la que da título al disco y una "Johnny Supermarket" que sonó más a directo en Campanet que a duelo al sol con Jason Ringenberg. Para alegría de una parroquía que no las conocía pero las disfrutó, los dos músicos mediterráneos viajaron en el tiempo para rescatar "Niño asesino" y "Fotocopias en el acto", ambas reclamadas del repertorio de los históricos Murder in the Barn. También se dedicaron a versionear: pasaron del "Merritville" de The Dream Syndicate al "I Wanna Be Sedated" de The Ramones, para repetir punk primigenio con una "Sheena Is a Punkrocker" que a alguno por el fondo le hizo feliz de manera instantánea.    

De todas las crónicas que pude escribir en Noviembre, solo escribo ésta, pero es más que suficiente. La veintena de valientes que nos reunimos por allí (sección autóctona de la isla inclusive), salimos aparentemente satisfechos y sudados. Algunos con discos gratis, otros con las neuronas hipotecadas, pero todos embaucados por las distancias cortas y las fórmulas sencillas. Y si no fueron todos, muchos. Que muchos de veinte, es casi todo del mundo. Crónico debe quedar el tormento después de leer una de mis crónicas.





Una gira en tres actos: con prólogo, epílogo y sin remordimientos




Lo digo desde el principio, para que nadie se asuste: me la suda si me excedo. Sé que siempre me paso, pero paso de los adverbios temporales y de la propia consciencia. No podía escribir solo una crónica. O dos crónicas. O simplemente una crónica. O dos simples crónicas. No hay simpleza que valga, ni números ordinales. Ni experiencias ordinarias. Tengo que ponerle el extra por delante y por eso pienso excederme, extralimitarme.
Voy a proponerme hasta ponerle orden a la anarquía, que es como hacer bachata con "Espinete el primer punky", pero me la refanfinfla: pongo prólogo y epílogo para ordenar. Por lo tanto, ésta es la crónica expansiva y desmedida de mi (sí, primera persona del singular a espuertas) experiencia musical y extramusical durante la gira de Toni Monserrat con el Inc a medias, en dueto con Simó Vall y con la compañía de Tomeu Gomila, mánager, promotor y ex-vendedor de enciclopedias en el botxo bilbaíno.
Todo lo que aquí cuento, por cierto, ha pasado por el filtro de la inquisición de mi memoria, la censura de mi pundonor y la crítica de mi percepción. Ergo, ni puto caso. Lee solo el corolario, que viene a repetir lo que todos ya sabemos: lo mejor de la música es el alma y, si el alma existe, solo puede ser mejor con música. Así que puedes ahorrarte hasta leer el epílogo. Déjalo, vete, pega la vuelta, aprovecha el tiempo para hurgarte en la nariz o cualquier otra cosa más práctica y útil.

Prólogo: Allen Toussaint

Murió a los 77 años de un ataque al corazón, poco después de ofrecer el que sería su último concierto en el Teatro Lara de Madrid. Siempre unido a los sonidos de Nueva Orleáns, el destino (o quién o lo qué sea que decide, si es que alguien lo hace, cómo y cuándo morimos) quiso que Toussaint falleciera muy lejos del Misisipí, en Malasaña, donde no hay bayous pero sí, al parecer, un gusto exquisito para el calzado (léase alguna crónica de ese último concierto).
Toussaint murió el martes 10 de Noviembre. Yo escuché la noticia mientras volvía a casa. Casi al instante, aunque no estuviera relacionado, me llamó por teléfono Toni Monserrat. Estaba excitado porque se encontraba a pocos kilómetros de mi casa. Ya estaba en mi tierra. Me llamó por el diminutivo; quedamos para desayunar al día siguiente. Colgué. No sé por qué, pero me acordé de aquella frase con la que Toussaint hablaba del huracán Katrina en una entrevista: "I must say I saw the human drama in full force" ("Tengo que decir que vi el drama humano en toda su potencia"). No miento, me acordé. No es un recurso literario, tampoco algo de lo que esté orgulloso. Me acordé, no sé por qué. No me gustan los aforismos y menos el sarcasmo, pero me pareció que tenía coña la cosa: mi semana más musical del año comenzaba con una muerte. Jamás llegué a escuchar un disco entero de Toussaint, vaya la sinceridad por delante, pero aún recuerdo el título de aquella canción que un pianista borracho intentaba obcecadamente terminar mientras yo buscaba encestar cacahuetes en su copa de cognac: "Tipitina and Me".
A la mañana siguiente, camino del Satélite T para comer a 7,50 de 10, le comenté a Toni:
- "Ayer se murió Allen Toussaint."
- "¿Quién?"
Sentí un enorme alivio. No me gustan los aforismos, el sarcasmo ni las coincidencias fúnebres. 

Neil Young - Elvis Presley

Jon Barrasa, el dueño del negocio, nos comenta: "Ayer fue el cumpleaños de Neil Young, por cierto." Qué coincidencia. Neil Percival Young cumple setenta años, casi nada. Acabo de encontrar en una pila el vinilo del Panorama de The Cars y estaba explicándole a Toni lo que significa para mí ese disco. Para cuando The Cars sacaba Panorama, Young ya llevaba 20 años de carrera musical.
Paso a otra pila y leo el repertorio en un disco de Green on Red, mientras Toni me cuenta lo de ese concierto homenaje que le están montando al canadiense en Mallorca. Estará toda la tropa balear, me comenta, y a él le han propuesto participar en una charla coloquio, a la que también han invitado a uno de los muchos melómanos que conoceremos mañana, durante su concierto en Bilbao. 
- "¿Y qué digo yo del Young?," me pregunta Toni con una sonrisa, mientras sigue enredando en las pilas de Power Records. 
- "Que solo te gustan las versiones que hace Pearl Jam," le contesto. Y añado: "Vámonos a tomar una cerveza."
Y nos vamos. Nos vamos al casco y degustamos bacalao en distintas recetas, a cuál más autóctona. Croquetas en el Txiriboga y risas en el Irrintzi, aunque no me acuerdo por qué. Antes de coger el metro, paramos en el Muga y, mientras Toni repasa los carteles, aprovecho para comprar un ejemplar de Barakaldo Punk Rock City y regalárselo. Le explico la portada, le explico quiénes son los grupos y qué supone el punk para la ciudad donde tocará el sábado.
Del Muga nos vamos a la plaza Unamuno y le invitamos a un té verde a Bila. Llegó del Senegal hace varios años. Primero curró en el negocio de los bisones en Galicia, ahora vende calcetines y pulseras multicolores. Nos despedimos y viajamos al extrarradio. Mientras nos dejamos llevar por la rampa mecánica del metro, advierto a Toni: "Olvídate de todo lo que veías por Deusto, ahora vamos a un sitio distinto." 
Nos tomamos un gin-tonic en el Jokin y hablamos de Stepanovic. Me flipa que la frase rime porque todo es cierto y la música le da aún más valor. Acabamos subiendo a mi casa y me equaliza el equipo mientras escuchamos a Jason & The Scorchers. "Así se oye mejor el bajo, ¿lo notas?," dice Toni mientras cabecea al ritmo de la guitarra de Warner Hodges: "El rock es todo agudos y graves", o algo así me suelta, a modo de apúntate ésa, pero sin vanidad. Cambio de disco, The Kids. Hablamos de Jonathan Franzen y del MLA.
Volvemos a salir y buscamos a Isa y Vera. Paseamos un rato con ellas, les contamos cómo fue nuestro día y cómo podrían ser nuestras próximas vacaciones. Como empieza a refrescar, ellas se van y nosotros decidimos saltarnos nuestras obligaciones bilbaínas.
Tomamos algo antes de cenar japonés y le llevo a El Tubo. Conoce a David y hablan del equipo que necesitará el sábado. Alguien celebra que le han puesto dentadura nueva, a mí me vacilan por librarme de mis responsabilidades parentales, David evita el tema de su tocayo Moyes y, en un momento climático, Toni me suelta: "¿Vamos a otro sitio o nos tomamos otra aquí? Como no nos movamos, corro el riesgo de no querer salir de aquí hasta las cinco de la mañana." La música le mola y le gusta el local. Le empiezan a entrar ganas de tocar, pero decidimos ir al Panorama y saludar a Javi (de ahí venía lo de The Cars). Toni pregunta por el póster firmado de Jason Ringenberg y no sé muy bien cuándo, pero acabamos por irnos.
Subimos al barrio obrero donde vivo y hay un garito abierto. La plaza está vacía y resuenan aún más las conversaciones de la gente que se amontona en este último bar. Dos tíos están sentados en un banco, ajenos al resto. Uno toca la guitarra y el otro le admira. Toni y yo nos sentamos al lado y sorbemos cerveza mientras le ponemos voces a la peña que anda por allí. No deja de mirar de reojo al guitarrista, principiante pero empecinado, que lo mismo pasa del "Nothing Else Matters" a Nirvana. Al final, se arrima y se presenta. El guitarrista original le invita a substituirle. Toni se hace el remolón, pero todos sabemos lo que va a pasar. Agarra la guitarra y acaba, minutos después, subido al banco, mirando al cielo y destrozando los éxitos de Elvis Presley.
Un final triunfante para un día sin concierto pero con música a la vuelta de cada esquina. Esta vez, no me acuerdo de ninguna frase de Toussaint, pero sí que pienso, o llego a la conclusión, de que pasar un día con este tío es como caminar pisando cuerdas de guitarra: salen acordes hasta de los grifos de cerveza. 

Ramones - Cindy Lauper

El segundo día de gira, primero con concierto, comienza con tropezón. Toni se descalabra cogiendo el 72 y nos lo dice por whatsapp. Monika y un servidor andamos esperándole en la escalinata del Ayuntamiento de Bilbao. Se baja del autobús con un brinco tullido, pero no deja de sonreír. Como tenemos poco tiempo, nos metemos en el primer restaurante que vemos, una Trattoria Napolitana que no conocíamos, y donde nos sientan en frente de un fresco que, al parecer, representa toda la historia del SSC Napoli como si fueran un ejército de resistencia. Diego Armando Maradona a la cabeza. A los otros no los reconocemos y Toni quiere preguntar, pero no le dejo: "Uno será Careca, le digo", y pasamos a otro tema. A rabbiata, carbonara y amatriciana, bebiendo agua y coca-cola compartida, mientras Toni se pasa el tiempo cargando su móvil y preocupado por el overbooking de Air Berlín y las aventuras viajeras de su mánager y su guitarrista.
Después de comer, tomamos un café en Deusto y nos separamos. Para cuando volvamos a vernos en Power Records, Simó y Toni ya estarán con el equipo instalado. La gente ha empezado a rondar por la tienda de discos. Me tomo una cerveza en La Farmacia (creo que se llama así el bar) con Merche y cuando regresamos, ya están preparados para empezar. Mucha más gente que la primera vez que Toni tocó en Bilbao (y en el mismo sitio), aunque, en aquella ocasión, sin la compañía de Simó ni la presencia de Tomeu, quien les sigue en primera fila. Yo, al fondo, mientras espero a que empiecen, sonrío cuando, en una de las pilas, me encuentro con un disco decorado a fondo completo con una foto de Art Garfunkel, pero ésta es una broma balear que me llevaría tiempo explicar.
El concierto es corto pero intenso. Repasan 38 bucks y la Epiphone reluciente de Simó ciega con el reflejo de las luces. Se les ve sueltos y resueltos. A la gente parece gustarle. La voz de Toni suena a tierra y a casquijo, a Mojave y a Tramontana, a desierto y a asfalto, y parece que las fundas de los vinilos de segunda mano le dan aún más empaque al eco. Cuando terminan, Simó sale a fumarse un cigarro y aprovecho para presentarme. Cercano desde el principio, empezamos a hablar de todo, de la misma manera que terminaremos el fin de semana. Y cuando digo todo es todo: de mercadillos de libros, agricultura, guitarras eléctricas, bicicletas, fútbol, BB sin sed, Kiko Amat, Crackòvia, Teenage Fanclub, Javier Cárdenas... Y de los Ramones, por supuesto. Llegará un momento en el que me daré cuenta de que yo también puedo ser un puto pesado a veces (¿a veces?, tiene coña). 
Tardamos en salir de Power Records. Y tardamos en llegar a casa, pero aquí sí que me voy a permitir la elipsis y enumero sin entrar en detalle: calada hasta Atxuri, chuletón, calada hasta el Ambigú, bailoteo en el Azkena al ritmo de una Cindy Lauper que a alguno le sacó la electricidad de los bolsillos, y aventura en el Antzoki. Nos colamos en la sesión dj y de la misma nos piramos. Abajo, un grupo de individuos armados con bolígrafos y cuadernillos acorralan a Toni y a Simó y les secuestran hasta que no consiguen su rúbrica sobre el folio en blanco: su único delito, llevar una guitarra al hombro, les daba igual que no tuvieran ningún parecido con Michael Schenker, quien acababa de tocar esa misma tarde en el local. 
Y como estuvo todo el día lloviendo y el sol ausente, al retirarnos, parecía que no habían pasado las horas. Si Copérnico inventó el heliocentrismo, Bilbao parecía demostrar que el mundo, en realidad, también puede seguir girando alrededor de la oscuridad.

Copernicus Dreams - Murder in the Barn

Copérnico debió inspirar a más gente que a los astrónomos que le siguieron, porque una banda de Castro Urdiales decidió que las quimeras del prusiano eran una buena forma de ponerse nombre. Digresión (voz en off): toma frase estúpida que me acabo de currar porque me empeño en ligar los capítulos.
Nos reunimos en el Bar Bilbao, entre turistas y camareros atareados, pero pronto vamos para Power Records, donde siguen de fiesta. Han puesto una mesa fuera y todo tipo de gente se acerca a dar cuenta del chorizo, las croquetas y la tortilla. Hay vino blanco y tinto. Alguien me pasa una cerveza. Simó y un servidor nos divertimos viendo el poco disimulado almuerzo que se está currando un jubilado a quien el vinilo probablemente solo le suena por el policloruro rígido de las tuberías. Dentro, a los Copernicus Dreams los vemos empezar, pero no continuar. Simó sí que vuelve a entrar, pero yo me quedo fuera. No sé con cuánta gente hablamos. Por allí, andan muchos músicos, melómanos, aficionados, curiosos y generaciones que prometen relevo. Tomeu se compra el último disco de Ruper Ordorika y después empieza a preocuparse por el camino que le queda hasta el aeropuerto. La cosa se alarga y tenemos que irnos. Subimos por Colón de Larreategi hasta Ercilla y de ahí a Moyua, plaza que rodeamos por completo para llegar a las escaleras de la Agencia Tributaria y esperar en la esquina a que venga el autobús que lleva a Loiu.
Patxi me llama por teléfono, aún está en Bermeo, y necesita una siesta. No hay problema, me aseguran Toni y Simó, tampoco necesitan probar mucho. Quedamos a eso de las siete y media y todos contentos. Volvemos al tiempo presente, aunque yo me ausente para ir a mear a un bar cercano. Tomeu regresa antes a la isla y no podrá ver el concierto de Barakaldo en directo. Abrazos, despedidas, promesas que cumpliremos si el Barakaldo y el Atlético Baleares se topan en el play-off de ascenso.
Simó, Toni y un servidor decidimos ir a comer algo hasta Ledesma. Acabamos de nuevo en el Muga, esta vez en la terraza, donde asistimos a un concierto de un imitador de Elvis Presley belga que después nos cuenta en inglés sus conocimientos sobre geografía balear. A Simó, también le regalo un ejemplar de Barakaldo Punk Rock City y seguimos con nuestra diversidad de temas de conversación. Hasta que se hace necesario atender al reloj y recoger las guitarras.
Cogemos un taxi y mientras espero a que se preparen, Toni me enseña a tocar una recuperada kay de los años 50. Aunque lo único que consigo es pellizcar las cuerdas y esperarar que ocurra un milagro. Simó me regala Lo importante es perder de Manuel Pérez Subirana y le pido que me lo dedique:
- Pero... ¡no lo he escrito yo!
- Da igual, pero me lo has regalado tú. Así me acordaré de lo que me acabas de contar, de por qué tengo yo ese libro.
- Vale.
Escribe.
- Toma. Anda que vaya dedicatoria...
La leo. Me río.
- ... suficiente. Mejor que Michael Schenker.
Ahora, se ríe él, mientras guarda la epiphone en su funda.
Decidimos ir a Barakaldo en el tren de cercanías. Las vistas mejoran cuando llegamos a Zorroza. "Me recuerda a Sabadell", dice Simó. Y yo no soy un buen anfitrión. Apenas les explico de qué va tanto tinglado y tanta fábrica abandonada, pero cuando nos apeamos en el andén, se fotografían debajo del cartel de la estación: Desierto Barakaldo. No les digo nada, pero acaban de fotografiarse donde Eloy de la Iglesia rodó El Pico en 1983.
Subimos hasta El Cuervo y ahí nos tomamos una mientras hacemos tiempo. Limo y Simó hablan del concierto de los Ramones en Donostia y alguien se apunta a la conversación para explicarnos cómo llegó a estar el nombre del bar tallado en piedra sobre la puerta principal. Patxi me vuelve a llamar. Ya estamos esperándole en la puerta de El Tubo cuando aparece en su bicicleta. Al poco, llega Raúl Luceño (Club K). Poco después, lo hace Isa. Y Javi Barcina. Ya estamos todos. Dentro, Toni y Simó tienen problemas técnicos que no les ponen nerviosos. Aún con el olor a recién fregado, entramos y Toni sonríe: "Esperamos cinco minutos, ¿no?" Y los esperamos.

(Aquí debería ir la crónica; lo que, en realidad, me debería haber limitado a contar, pero, como dije al principio, me resultaba imposible hacerlo. Lo haré, porque en cuanto publique ésta, voy a escribir otra entrada, más escueta y específica, en la que hablaré tan solo del concierto de esa noche en el Tubo. Así, la gente que pase de leerse todo este montón de palabras sin chicha, puede ir directa a la siguiente, o saltarse las dos por el mismo precio. Aquí, eso sí, repasaré el concierto en dos líneas, aunque al final serán cuatro o cinco, ya verás):

Tocan repertorio de 38 Bucks: la que da título al disco o una "Johnny Supermarket" que, en formato más desenfrenado y agresivo, triunfa por todo lo alto. También caen versiones de los Ramones, una de The Dream Syndicate y dos viejos clásicos de cuando los dos formaban parte de un grupo que aún tiene fama de legendario en Mallorca, Murder in the Barn. Todas funcionan. Llega el final y la gente reunida parece haberlo disfrutado. Y los dos músicos sobre el escenario, también.
Acompaño a Isa y Barcina me acompaña a mí. Cuando regreso al bar, aún siguen los dos de cháchara. Nos vamos a cenar y Simó y un servidor compartimos un plato de callos. No quiero contar más. La noche se cerró, en realidad, hace un par de horas. O mi cerebro decidió apagarse: el cansancio y la semana hacen mella. Pero no hay mella suficiente para acabar con ese rumor de música que me acompañará durante los próximos días: como el eco de un estruendo que, en realidad, place más que complace.

Epílogo: Eagles of Death Metal

El eco de un estruendo, bonita frase que tiene más verbo que contenido. Pero aquel día hubo un estruendo. Y un eco que aún se escucha. A nosotros nos llega apagado, casi virtual, como si no pudiera ser verdad. Bataclán ocurre para nosotros entre mensajes de whatsapp, en la pantalla del móvil. Ocurre mientras bailamos; en diferido, cuando ya habíamos dormido y París aún seguía despierto. Y lo único que pudimos hacer fue celebrar la vida; y la música; la resistencia.
El rock and roll, he oído que dicen, es vicio, pecado, vergüenza, apariencia. El rock and roll es profano, libertino, banal, impío y concupiscente. La música no amansa a las fieras; altera el espíritu. Lo mortifica, lo contamina, lo deshonra. La cultura es una pérdida de tiempo, una desviación, una pérfida áspid que se enrosca en el mástil de una guitarra. Un águila de metal que amenaza fúnebre sobre las cabezas de la humanidad.
Pues... qué bien.
Empezó mi semana más musical con la muerte de Allen Toussiant y terminó con la imagen de Dave Catching desorientado, pero en pie, ante una ráfaga de balas, sobre un escenario que, por un momento, pareció un agujero negro, una realidad paralela, un espejismo en el infierno.
Aquel prólogo y este epílogo, y todo lo que he contado por el medio, han servido para convencerme de algo que creo que ya sabía antes: que lo importante son las personas. Y que la música las hace más humanas; que, qué cojones, gracias Tomeu, Simó, y sobre todo, gracias a mi hermano Toni, por una semana en la que mi pueblo pareció el puto centro del universo musical. O, simplemente, mi vida tuvo una banda sonora apasionante y, lo mejor, orgánica.
Las balas no aplacarán a la humanidad. La cultura es ignífuga. Por muy pequeños que seamos, por muy débiles que suenen nuestros redobles, seguiremos redoblando, y la música seguirá sonando aún más fuerte que antes.





miércoles, 4 de noviembre de 2015

Toni Monserrat Inc Live at the Tubo Ballroom





A la gente del Tubo no hay quién les pare. Pueden levantar el peso que haga falta, como bien lo demuestra en la foto el amigo de Dimitri. No queda hueco para más bandas en un cartel cuyo diseñador (sé quién eres pero no lo voy a decir) ha tenido a bien acentuar el perfil varonil del halterófilo como si la braguilla apuntara estratégicamente al concierto de Toni Monserrat Inc

Antes del mallorquín, eso sí, llegarán a Barakaldo gente de Uppsala, de Madrid, y del mismo Bilbao. Los suecos Rotten Mind sudarán el miércoles y los dos viernes siguientes será el turno de Punk Panther, desde Madrid, y de los bilbaínos Magmadam. Justo detrás del country balear, llegará la otra sesión internacional del mes, con la actuación de Escobar, franceses llegados desde Limoges, a unas seis horas de coche hacia el norte. Aún quedarán un par de eventos más, protagonizados por los encartados Hartzak Blues Band y por los bilbaínos Bastardos del Rey

El 14 de Noviembre, y en confirmado dúo electroacústico, tendremos, por fin, la ocasión de ver en directo a Toni Monserrat, antiguo miembro de Murder in the Barn o The Deep South, con su proyecto TONI MONSERRAT INC, y aún girando con el disco 38 bucks. Vendrá, ya lo hemos dicho, acompañado, y su pareja de baile será Simó Valls, de los históricos BB Sin Sed, y también miembro habitual del Inc que acompaña a Toni Monserrat. Habrá espacio en el repertorio para el country y para el country más alejado del country, sorpresas, promesas, brindis, bises, bailables, bebibles, todo a partir de las 20:00 horas y hasta las 22:00 horas del sábado 14 de Noviembre, lo repito y lo ennegrezco, y también repito y destaco el lugar: Bar El Tubo o Tubo Ballroom, como lo he llamado en el titular por hacerme el graciosillo y el julai. 

Fiasco Fiasco! estará presente y dará amplia cobertura del concierto porque, entre otras razones, y aunque al final haya pasado de visualizarlo en el cartel, nos hemos visto involucrados en la organización. Eso sí, hemos de decir que nuestro rol ha sido tan complicado como decirle a David: ¡ey, tío, qué te parece si...! Y hecho. El resto se ha reducido al uso y abuso de aplicaciones de mensajería instantánea y poco más, así que tampoco es que nos hayamos herniado ni nada por el estilo y el mérito no deja de ser, como siempre, de los músicos, los hosteleros, y los acuerdos a los que llegan entre ellos. Sin embargo, también me gustaría explicaros, aunque sea por encima, qué significa eso de Club K que aparece en la esquina inferior derecha de uno de los carteles. Club K aún no ha nacido y nacerá sietemesino y en incubadora, pero nacerá, y es un proyecto de espíritu emprendedor con la pasión de los aficionados que buscan sinergias con los dos gremios anteriormente mencionados para promover actividades culturales en distintos formatos y con distintas exigencias. ¿Qué es Club K entonces? No lo sé. Solo pienso en cómo he sido capaz de encajar la palabra sinergia y que parezca que hasta suena bien. 

Lo dicho, no lo olvides: tienes conciertos durante el mes de Noviembre como para acampar en la puerta de El Tubo. Desde este blog, te invitamos a que no te pierdas ninguno, pero hacemos un llamamiento especial para que toda esa chavalería que suele asomarse por aquí (más sus familias, amigos y amigas, compañeros de mus, colegas de curro, enemigos acérrimos, novias/os, exnovias/os, el cartero del barrio, el tío que te hace la declaración... todos y todas, invítalos) peten, este próximo sábado 14 de Noviembre, hasta los baños de El Tubo. Nos visitan desde Palma de Mallorca gente que sabe de qué va esto y que están deseando descubrir qué coño tiene El Tubo que ya se está convirtiendo hasta en matería de estudio en la universidad. ¿Tenéis algo mejor que hacer? Me la suda cuando juegan el Barça o el Madrid, el Athletic o la Real, no te arrepientas, pásate por El Tubo y disfruta de la música en directo. Igual hasta si me pillas con la guardia bajada, te invito a una.

sábado, 17 de octubre de 2015

... not even close



"It wasn't the best I ever had / not even close", así termina "Reno" de Bruce Springsteen, después de cuatro minutos de inquietante sobriedad en los que el de New Jersey habla de una prostituta que, probablemente, conoció en Reno, Nevada.
Reno, Nevada.
Bill Harrah abrió el Harrah's Hotel and Casino en Reno hace ya mucho tiempo. Aún se habla de cómo se relacionaba con sus empleados y clientes, y de cómo Harrah fue el primer inversor en el mundo de las ruletas que se decidió a contratar croupiers femeninas y a pasarse por el forro la segregación racial. En Reno, también hay un museo del automóvil. Entras por la puerta y te encuentras con un Corvette y con el Delorean. Me contaban que todos esos coches no eran más que la mitad de la colección que poseía el propio Harrah. Algo se cuenta de un incidente de tráfico cuando era niño y cómo así nació una leyenda más para alimentar el ideal americano al que muchos aún se agarran con desesperación: el self-made man, que también se da, por cierto, lo mismo en Jerez de los Caballeros que en Arteixo que en South Pasadena. Volviendo al casino, el principal teatro de espectáculos que regentan se llama el Sammy's Showroom, y, ahora mismo, el espectáculo estrella es un show de magia a cargo de Alex Ramon.
El escenario del Harrah's, sin embargo, tiene historia: sobre sus tablas, han cantado gente como Loretta Lynn, Connie Stevens, Neil Sedaka, The Righteous Brothers, Joan Rivers, Andy Williams, Patti Labelle, Trini Lopez, Merle Haggard... Antes se llamaba el Headline Room, pero fue rebautizado como Sammy's Showroom en honor a Sammy Davis Jr, amigo íntimo de Bill Harrah, y a quien siempre le brindó la oportunidad de actuar en el Headline Room a pesar del contexto histórico y los problemas raciales que sufría el país y el propio Sammy. Me contaron que Harrah le renovó el teatro entero para que Sammy Davis Jr pudiera tenerlo para él. Al parecer, en los bastidores encuentras todo lo necesario para vivir sin salir del teatro: un dormitorio, baños, cocina... Harrah quería que su amigo viviera en el hotel y no sufriera la segregación. Ése fue su regalo. 
Ahora, dos enormes pinturas que recuerdan al sonriente tuerto de Harlem escoltan el teatro junto a la puerta de salida.
Hoy en día, el Sammy's Showroom, a los ojos de un europeo con poca experiencia en los casinos, parece una sala decadente, el escenario de tiempos que quizás fueron mejores. Los peldaños enmoquetados van cruzando una platea repleta de mesas estrechas, numeradas, todas con su pequeño aplique de luz. En una esquina, hay un balcón acortinado, y el telón cae sobre un escenario ovalado que se culmina con un visillo a modo de corona. 
Esa noche, apenas podemos estrujarnos en una mesa con formas angulosas que rodea un banco mullido, con las mismas formas retorcidas de la mesa. Intento encender la lámpara, pero no funciona. Toda la gente se va sentando poco a poco, y, tras un par de discursos que tampoco importan mucho aquí, aparece Arigon Starr en el escenario, con su poderosa presencia, una sonrisa amplia, una risa salvaje, que comparte desde el principio, y un cuerpo rotundo que ocupa todo el escenario. Solo están ella y su guitarra acústica. Una guitarra que luchará por afinar durante el resto del concierto.
Arigon Starr es india, de la tribu de los Kickapoo, aunque también corre por sus venas sangre Creek y Cherokee. En 1999, ganó el premio al mejor álbum independiente en los premios de la música nativo americana. Sí, existen. Su primer disco se titulaba Meet the Diva. Después, grabó Wind-Up y su canción "Junior Frybread" se convirtió en lo más parecido a un éxito que ha tenido nunca. Después llegarían Blackflip y The Red Road. Starr ha tocado en Inglaterra y Australia, además de recorrerse Estados Unidos de cabo a rabo. Tiene otros talentos, es actriz y dibujante, y, últimamente, su serie de cómics Super Indian está teniendo un gran éxito. De vez en cuando, sigue actuando, y, según ella misma contó, que le brindaran la oportunidad de volver a colgarse la guitarra y tocar en un escenario como el Sammy's Showroom le había devuelto la alegría. Y la alegría se le notó: no dejó de contar anécdotas y chirigotas, se vaciló a sí misma, se celebró a sí misma, se soltó en los coros y se entregó hasta el final en un concierto de música country, con contenido reivindicativo y agudo, sin descanso, y que terminó sin clímax. 
Empezó con "Navajo Radio", sonando a algo entre Flash Dance y Patti Smith, o los Pretenders, no sé, con el resto de la banda pregrabada, cosa que solo haría una vez más. Después, siguió con su repertorio y consiguió que su guitarra pasara de la cumbia a Billy Bragg sin que pudieras reaccionar. Coronaba sus canciones con historias que parecían ampliarlas o chistes que las relativizaban, como cuando terminó una con un chascarrillo que hizo reír a la audiencia local: "Baseball is an Indian game". Y lo sabes, añadió con un gesto que no fue igual que el de Julio Iglesias. La canción en la que homenajeaba la memoria de su padre y su colección de vinilos fue la mejor de la colección en directo, según mi pobre criterio. Habló de Bob Dylan, Dwight Yoakam y Robert Plant, y de músicos que habían grabado con ellos. También del escritor cherokee Robert J Conley, aunque tuvo la delicadeza de contarnos el final del libro y estropeárnoslo. Antes de acercarse al final y cerrar con la historia de un camionero indio o alabar la condición de hogar del estado de Oklahoma, Starr se puso "silly", como ella mismo dijo, y erizó aún más su sentido del humor, tanto con su country repleto de sorpresas inesperadas, como con sus parlamentos entre canción y canción. Memorable el sucedido, exagerando el acento de su tribu, en el que se puso a imitar a la gente que se acerca y le pide permiso para acariciar su pelo porque: "yu indians arrr so ispirituaaal". Que no traduzco. Por lo demás, terminó arrebatada, con una canción que no enganchó, pasando del country más puro a lo que se radiaría en Kiss FM, con un voz dominada por los graves y una guitarra que le costaba afinar, pero superando la prueba de la reivindicación cultural con sentido del humor y dignidad, sin resultar demagógica y demostrando lo complejo que es definirnos si queremos usar conceptos limitados y concretos. 
El Harrah's necesita toda una manzana, con fachadas hacia el norte, sur, este y oeste, para dar cobijo a sus cientos de habitaciones, sus varios restaurantes, y las mesas de juego que permanecen todo el día abiertas en salones sin ventanas, con los relojes prohibidos, y la moqueta soportando colillas y restos de cerveza. Todo el reino lo forman dos torres enormes y un pasadizo de cristal que las une. Fuera, en ocasiones, parece que todo el mundo abandonó la ciudad y las calles fueron evacuadas, mientras las luces del Cal Neva salpican con nostalgia el cruce de calles. La fachada del hotel que da a Lake Street, justo frente a la estación de autobuses y cerca de la vieja señal luminosa que daba la bienvenida al centro de Reno antiguamente, esconde un secreto que aparece en algunas guías de viaje. Entre el hormigón pálido del hotel, aún aguanta un pequeño edificio de ladrillo bermejo, chirriante y anacrónico, testarudo y orgulloso como la casa de Carl Fredricksen en Up, pero sin intención alguna de echarse a volar. Es el hotel Santa Fe, un hotel como el Red Star de Elko, que sirvió durante años para aliviar el desencanto y la añoranza de los vascos que emigraron a los Estados Unidos para cuidar ovejas. Me explican que ya murieron los últimos pastores que le daban sentido al hotel, también que Harrah's ha intentando comprar el negocio cientos de veces, pero el local, aunque haya cambiado de dueños, sigue allí, con un puñado de habitaciones, fotos de Biarritz, un plano de Euskal Herria, y un comedor con bancadas y manteles de cuadros donde no se reserva espacio, te tocará comer con quien se siente a tu lado. También hay una jukebox, con los letreros borrados por el tiempo. Todos los que vamos nos tomamos un picón, la bebida típica del local, algo que recuerda a una explosiva mezcla de sangría y orujo que parece no tener nada de vasca, al menos al sur del Bidasoa. Un vasco que emigró hace años, acodado en la barra, con una gorra de beisbol y camisa de cuadros, pone a prueba nuestro euskera. No sonríe pero se le ve agradecido. Dicen que es bertsolari, pero no bota ninguno.
Salgo fuera a fumar un cigarrillo y dejo al resto dentro, intentando vencer al picón. Enciendo el cigarrillo y me alejo un tramo, lo justo para ver el edificio en perspectiva y reconocer por qué es un sitio con magia. Emparedado entre las costillas del Harrah's, sobreviviendo con una testarudez que me obliga a dar una buena calada, reconozco el paso del tiempo y las heridas de guerra. También pienso en Arigon Starr. Hay algo que parecen compartir ambas experiencias, y no tienen nada que ver con "Reno" de Bruce Springsteen. O igual sí. Igual acabo de meter la cabeza en la ratonera, porque, como decía Bernardo Atxaga, es la única manera de llegar a lo universal, a través del agujero de una madriguera... 
"Not even close," tío, "not even close", me grita un tío cuando me ve lanzar la colilla de un pititaco y fallar en mi intento de perderla por la alcantarilla. Le sonrío. Y él me sonríe. Apenas le quedan dientes, lleva una gorra desgastada de los Hawkeyes de Iowa y tiene la piel tan curtida como el fondo de un río seco. Con sus dedos largos, sin carne, hace el gesto de darle una calada a un cigarro imaginario. Le doy uno de verdad. Me guiña un ojo y sigue calle abajo, probablemente, hacia ningún lado. "Best I ever had", grita, alzando el cigarrillo hacia el cielo.
Y yo no sé si es coña o me lo estoy inventando ahora mismo.

sábado, 10 de octubre de 2015

Undostres!!!



Una cosa: no tengo ni puta idea de cómo empezar. De cómo terminar, tampoco, pero eso es lo de menos. Empiezas y ya acabarás, pero si no sabes cómo empezar... empezar por decir que no sabes cómo empezar no es la mejor solución. 
Dos cosas: me da igual y, además, la gente que lee esto ya está acostumbrada. 
Tres tíos: uno que toca la batería, otro que toca el bajo, y el tercero a la guitarra, que también canta. 

Un, dos, tres, ¡fuego!

Los Quadrophenicos (con o sin acento, no lo sé) de Arrasate, o Mondra, versionearon "Sonidos de guerra" de Eskorbuto, y antes lo hicieron con "Venid a las cloacas" de la Banda Trapera del Río, dejando testimonio de su formación y equipaje. El cantante vestía camiseta de The Sonics (¡digresión!, que decía el propio Holden Caulfield: el otro día escuché su último álbum y no me quedaron ganas de escuchar otra cosa en todo el día), en el bombo ponía Los Cretinos y en el pozo sin fondo de internet les ves categorizados con etiquetas como garaje, punk, rock, rhythm and blues, blues... Por lo tanto, ¿alguien lee las etiquetas de los vaqueros para saber si puede o debe lavar los pantalones en frío o en caliente? Pues lo mismo pasa con la música: camisetas, descripciones largas del facebook, versiones y acordes prestados... Da igual todo: lo importante es el producto que siempre altera los factores.

Estos tíos son capaces de cantar una línea que dice "la policía al acecho está" y cerrarlo con un punteo con los dedos haciendo arabescos por la mitad del mástil. Punk y rock pero distinto. Nasti de Plasti, que fue a los últimos que vimos, son punkrock, pero como si ambos fueran líquidos miscibles, que yo no entiendo mucho de química pero espero que sirva para explicarme, y al mezclarlos producen una solución única. Los Quadrophenicos (con o sin acento, no lo sé) son punk y rock, como si la mezcla funcionara pero los solventes no formaran un todo homogéneo. Me explico: en una misma canción, las partes vocales pueden ser hasta hardcore a lo Mackaye y Picciotto, acompañadas por un bajo a lo The Business y una batería con perfiles pares, pero, de repente, se sueltan un frenazo y aparece un punteo que suena a rock and roll del de academia y enciclopedia, con cierto peso bluesero que hace aún más difícil la mezcla. ¿Lo cojonudo? Lo cojonudo es que mi estúpida y presuntuosa explicación pseudocientífica no funciona tan bien como funciona la mezcla de estos tíos, por mucho que se les vean las partes y/o las costuras. 

Déjame que te sea sincero por última vez: hubo momentos en los que aquello, más que El Tubo, parecía el local de ensayo de estos tíos en Arrasate, o Mondra, o dónde sea que ensayen. "Puto flash," le grita el cantante a un colega mientras se ríe. Desde mi esquina, me siento, a veces, como las amigas de Mary Tilford, escuchando escondido detrás de la puerta, porque estos tíos parecen estar tocando para los cuatro colegas que vinieron con ellos. No entran al trapo de las coñas futbolísticas y regionales que se escuchan por el fondo, aunque, al final, el batería, un tío que resultará bien simpático y se hartará a regalar discos después del concierto (gracias, tío, lo escucharemos con atención), se anima y grita: "Bilbao llega hasta Mondra, ¿no?" Algo más le costará al cantante, que se pasa la mitad del concierto sacudiéndose la muñeca izquierda y haciendo estiramientos, y al final, su chiste nos lo explica todo: "Mira si soy del Athletic que juego lesionado." Pero, a lo que iba, tocan como si estuvieran en el local, mirando para el techo o para la grada donde tienen a la afición. Incluso se lanzan preguntas como si estuvieran practicando: "¿Cuando está distorsionado o cuando no está?" El batería se excusa y va a mear: "No es muy profesional, pero...". Así que dicen: "Vamos a ir acabando con una versión..." Y desde el graderío del equipo contrario gritan aquello de "¡¡¡Una de Los Roñas!!!!", como es tradición por estos lares, pero ellos se sueltan el  "uno... dos... tres... Eskorbuto." La cosa llega al paroxismo de la república de mi casa cuando al pedirles un bis, en lugar de ello, el cantante se pone a la batera y dos chavales, aparentemente con edad para jugar en los juveniles de la Real ("La cantera de Gipuzkoa," sonríe David), y que estuvieron siguiendo el concierto como si por fin les interesara una lección de la profesora de inglés, pillan la guitarra y el bajo y se lanzan a tocar. Eso sí, como dicen que ocurre en el rugby, después llega el tercer tiempo, y todos los (pocos, la verdad) asistentes se mezclan (miscibilidad, qué bonita palabra que encontré en la wikipedia, fijo) con la banda, con los espontáneos, con los hosteleros, con los lugareños, y se reparten discos, se aceptan, otra vez, las coñas futbolísticas y regionales, y ya te lo dije al principio, no sabía cómo empezar, pero tampoco cómo acabar. Así que mejor paro aquí que a mí nadie me pide un bis.    

sábado, 3 de octubre de 2015

El poder de la música



He bajado a la misma cafetería a la que suelo bajar los sábados por la mañana, aquellos sábados en los que encuentro una hora para dedicarla a esto: sentarte junto a la ventana, sacar el ordenador, beber café mientras los paisanos hablan de fútbol, del gobierno o de un ayuntamiento que, precisamente, se ve desde donde estoy sentado. 
Abro el correo y veo que me han escrito desde Power Records. Es un email colectivo, con un archivo adjunto, que me pongo a leer antes de hacer caso al resto de los mensajes de trabajo. La tienda de discos bilbaína celebra su veinticinco aniversario e invitan a todos los que alguna vez han sido clientes de la tienda (es mi caso) a celebrarlo con ellos. De poco homenaje servirá hacerse eco en este blog descafeinado y fláccido, pero era obligado hacerlo. 

Yo abandoné el vinilo igual que abandoné el fútbol de segunda b. Lo hice cuando la mayoría de edad me permitía empezar a descubrir la profundidad de la noche. Siempre fui un chaval que sacaba buenas notas sin esfuerzo, que no hacía ruido en casa y que pasaba menos tiempo tirado en el sofá viendo la televisión, que en la cama leyendo libros. Mis padres no sé si confiaban o no supieron cómo llevarme la contraria. Así que no renové el carné del club y dejé de preocuparme por aprender sobre música, para dedicarme a consumirla compartida. También fui siempre tímido y acoquinado, y esto tendrá tanta influencia en lo que contaré a continuación, como todo lo anterior. 
Hace unos meses nació mi hija y solo decirlo parece cubrirte de años sin posibilidad de puntualizar. Unos meses antes de que lo hiciera le dije a mi pareja: es ahora o nunca. Cuando nazca, ya no lo haré, y llevo años queriendo hacerlo. Así que lo hice, me compré un buen equipo y lo instalé en casa. Me decía: no iré a conciertos, pero recuperaré la música que gira. Y así ha sido. Volví a revolver entre las filas de vinilos, sin dirección ni consenso, sin saber cómo quería construir una colección o para qué quería hacerlo. Solo porque parece que hay algo agradable en el simple placer de pronunciar la palabra vinilo. 
Lo primero que hice fue ir a Power Records. Compré el último disco de Alabama Shakes y les encargué el primero. Me pidieron mi dirección de correo para informarme cuando llegara, y lo hicieron. Y por eso me han mandado este nuevo email, supongo. 
Desde entonces he ido por allí otro par de veces, compré discos de The Kids, The Business y alguno más. El domingo pasado fuimos al MuMe y cayeron The Undertones, The Ozark Mountain Daredevils y un par de Jason & The Scorchers. Siempre me queda pendiente visitar La Casa de Atrás, donde la última vez que revisé los vinilos, aún no tenía equipo. He comprado más vinilos, pero mi colección apenas superará los cincuenta ejemplares, cada uno hijo de su padre y de su madre, desde The Beach Boys hasta Putakaska, pasando por The Wizards, Brand New Sinclairs, La URSS, Jennifer Rush (sí, Jennifer Rush... y Oskorri) y los ya mencionados. 
Aún hoy es el día en el que me pongo nervioso al empezar a revisar las montoneras. Tengo somatizada la idea de que el mundo del vinilo es un mundo de veteranos expertos y jóvenes despiertos con el gusto aguzado desde el nacimiento. Tengo somatizada la idea (quizás preconcebida) de que hay un ritual en todo esto. Y yo no conozco las señas aunque sepa jugar al mus. Me siento como un invitado molesto, como un foráneo fastidioso, como un novato que va de guay. Me abruma la cantidad de musica que ha sido grabada y lo difícil que es moverse en ese océano de posibilidad y arbitrio. Aún hoy en día entro a Power Records y sudo. Literalmente, sudo. Me paso allí una hora metido, mirando y mirando, pensando y pensando, y al final compro la última chorrada que pensaba comprar, mientras el resto del tiempo lo he dedicado a escuchar conversaciones que no me invitaban a escuchar, observando cómo la gente se mueve con soltura, qué miran, cómo lo miran, cómo serán sus vidas fuera de la tienda. Si alguien me pidiera que eligiera, entre los muchos personajes que se ha inventado el cine (creo que el de Nick Hornby era algo distinto) alguno al que quisiera parecerme, sin duda, elegiría al John Cusack de High Fidelity pero sin su inmadurez monomaníaca con las mujeres.
Más allá de Power Records o La casa de atrás (que es más que una tienda de discos) y alguna otra del botxo bilbaíno, o la más doméstica y socorrida Long Play de Barakaldo, no conozco muchas otras tiendas de discos. No soy un fanático que decida sus vacaciones por las posibilidades mercantiles en este campo, que conozco quién lo hace. Hace años, eso sí, pasamos unos días en Granada. Una noche entramos a un pub donde nos gustaba la música que sonaba. Era miércoles y no había ni un alma. Empezamos a hablar con el dueño y le preguntamos dónde había más bares del pelo. A mitad de la conversación, le saqué nuestro mapa y le dije: dime dónde. Sus ojos se abrieron y nos miró como si fuéramos Bonnie and Clyde pero sin ánimo de atracarle: es la primera vez que veo unos turistas con un mapa así. No habíamos marcado sobre el callejero de Granada ni una sola iglesia ni museo, estaba lleno de equis que señalaban los bares y las salas de los que habíamos oído hablar en internet. "Los tenéis todos," murmuró aún sorprendido. No podría hacer lo mismo con tiendas de vinilo, pero, en ocasiones, hacen la misma función que los bares: son esa sala de estar donde no puedes poner los pies encima del sofá, pero te puedes llegar a sentir incluso más relajado y cómodo. Cuando tuve que vivir un año alejado de toda la peña a la que apreciaba, en una aldea acojedora pero asfixiante del medio oeste americano, Homer's Music y Drastic Plastic, ambas en el Old Market de Omaha, fueron lo más parecido a una cura de morriña que pude encontrar. 

Así que después de toda esta chapa monumental que solo demuestra las ganas que tenía de encontrar una disculpa para ponerme a teclear mientras suena Guy Clark en este bar, y así retrasar aún más la lectura de los emails que ya debería haber leído, hablemos de lo que realmente es interesante: de Power Records y su fiesta de cumpleaños. 
Para celebrarlo, la tienda bilbaína te anima a ir al concierto cuyo cartel inaugura esta entrada en la cabecera. El canadiense Douglas Paisley, cuyo apellido remite a la etiqueta con la que hermanaron a Long Ryders y a Green on Red, un talentoso artista al que quizás no se le ha dado por aquí la publicidad que debería, y los The Parsons Red Head, una banda de Portland que menciona a los Beatles, los Byrds y Big Star en su biografía, se reunirán en la Kutxabeltza del Kafe Antzokia este próximo 7 de Octubre para felicitar con música el cumpleaños de una tienda de discos que, como ellos mismos dicen en el mensaje de invitación, ha podido sobrevivir a pesar de que, desde que empezaron en 1990, los tiempos han cambiado y "las tiendas de discos, las librerías, los cines fueron desapareciendo más o menos silenciosamente." Hay algunas que siguen abiertas, también silenciosamente, así que disfrutemos del ruido melodioso de la música para seguir celebrándolo y para no olvidarnos de que están ahí y que es mejor gastarse el dinero que nos cuesta ahorrar en ellas que, por ejemplo, en la ropa que globaliza estéticamente el mundo. 
Yo intentaré ir y espero sudar menos que cuando intento jugar al mus y echar órdago a pares sin tenerlos. Y, si no voy, seguiré escurriéndome por entre las hileras de discos mientras pienso que lo que vaya reuniendo, por poco gusto y sentido que tenga la mezcla, servirá para que, algún día, mi hija aprenda que merece la pena el tiempo que te lleva levantar la tapa, descapullar la aguja, colocar el vinilo, bajarla y escuchar lo que cinco tíos o tías desde el otro lado del mundo han grabado en el sótano de una granja porque, por alguna razón, necesitaban hacerlo. Ella seguro que no suda tanto y quizás pueda celebrar el cincuenta cumpleaños de Power Records y el aniversario de muchas otras tiendas de discos que le dan un sentido cojonudamente luminoso y goloso a la palabra anacrónico. 

Perdón por la chapa. 

sábado, 26 de septiembre de 2015

Escueto y Espontáneo



Este año han sacado disco. Mi último reducto, se titula. Así que parecía obligado presentarlo en El Tubo, que comparte vocales con la palabra reducto, por cierto, pero con el espíritu de resistencia e irreverencia que no le dan las acepciones de la RAE a esa palabra. Yo que escribo éstas llevaba tiempo sin aparecer por el reducto y tenía ganas, tantas como de ver en directo a una banda que lleva una docena de años subiéndose a los escenarios y aún no había tenido la vergüenza de verlos. No lo he dicho, pero hablo de Nasti de Plasti, grupo vizcaíno de punkpop, que tocó ayer en un Tubo tan oscuro y luminoso como siempre.
No te voy a mentir: echaba tanto de menos la música en directo, como la cerveza fresca y la conversación amena. Volver a casa con esa sensación de olvidarte de los problemas por una hora es algo impagable, y no olvidemos que los tragos, no, pero la música en El Tubo es gratis. No me voy a cansar de decirlo, porque ellos no se cansan de organizar conciertos, así que lo repito: algún día, cuando falten, que espero que sea dentro de mucho tiempo y por voluntad propia, echaremos la vista hacia atrás y no podremos evitar una sonrisa melancólica al recordar el empeño de esta gente por aportar su grano (granito suena fatal) de arena a la lucha contra la apatía y el pensamiento único.
Lo dejo aquí, que me pierdo.
Hablemos de Nasti de Plasti.
Se subieron los tres a la tarima y dijeron "buenas..." a modo de saludo; de ahí hasta que volvieron a hablar, "nos vamos a quitar una versión de enmedio", no hay forma humana de contar cuántas canciones pudieron tocar. Una detrás de otra, sin parar ni para tomar impulso. Porque lo suyo es el punk vertiginoso que en un par de minutos te abalea la cadera y la razón. Si fuera un buen cronista utilizaría palabras como píldoras e hipervitaminados, pero tengo una aplicación de sinónimos, y voy y escribo en su lugar, grajeas y tonificantes y así quedo como un gilipollas. El caso es que estos tíos esculpen melodías a base de una batería sin freno, un bajo machacón y un guitarrista que también canta y se olvida de los punteos barrocos que no sirven para nada. Canciones rotundas pero flexibles, cargadas de sentido del humor, que insuflan la energía necesaria para seguir aspirando a los mismos apetitos sencillos que nos ayudan a mirar para adelante. Por cierto, la versión que se quitaron de enmedio fue el "Voy a mil" de Olé-Olé y así queda bien claro que lo que he dicho antes en este párrafo no era gratuito.
Para compensar, también versionearon a Los Nikis y cantaron como una docena de canciones que todas ellas fueron "la última". Desde el fondo, donde estaba, poco se entendía de lo que decían, y se cogían palabras al vuelo, pero, a menudo, da lo mismo lo que digan porque, como explicaba en algún sitio Kim Warsén, el rock and roll es "algo bastante primitivo, trabajas sobre emociones", y la emoción de Nasti de Plasti va tan rápido que se jalan medio cuarto de canciones y aún no has terminado de darle un buche a la cerveza. Eso sí, por mucho que corran no se tropiezan.
Justo lo contrario de lo que ocurre con las entradas que yo escribo. Me había prometido ser conciso y directo, pero, como tengo una aplicación de sinónimos, voy y escribo en su lugar, escueto y espontáneo y quedo como un gilipollas. 

Posdata: el cartel lo he pillado de su facebook. Me ha parecido como para robarlo y mostrarlo aquí. Perdón por hacer sisa, como decía una señora que estaba haciendo la compra esta mañana en el mismo supermercado que yo. Sí, la vida sigue, tío, como dice Pablo Laso, después de ser campeón de Europa, hay que llevar a los niños al colegio, y después de ver a Nasti de Plasti, hay que seguir yendo al Gelsa. Le hicimos sisa a la rutina ayer por una hora, pero ya está. Y, eso sí, lo de la foto. Que la he mangao, perdón. Escueto y Espontáneo, detectives privados.