sábado, 31 de enero de 2015

Porco Jones





Por la ventana veo caer el pedrisco y cómo la gente demuestra el frío que tiene porque llevan las bufandas como sogas al cuello mientras arrastran los paraguas y caminan aparentemente desesperados, con la barbilla buscando los tobillos.
Yo, mientras, estoy calentito aquí dentro. Sentado frente al ordenador, en la pantalla, el cartel del próximo PORCOFEST parece el fuego que crepita en un refugio de montaña. De vez en cuando, como si fueran señales de auxilio, se enciende la pantalla del móvil, abandonado sobre la mesa. Son los mensajes de Manuel Pulleiro, cantante de la banda Porco Bravo, al que le he mandado hace un rato un mensaje para preguntarle si le importaba que le hiciera un par de preguntas sobre el cartel que aún se aviva en mi pantalla.
Lo admito, por qué no: empezar mentando al granizo con una imagen tan patéticamente bucólica como el calor de la oficina y la melancolía de la ventana, probablemente no sea la forma más adecuada de hacer publicidad de un festival. O puede que sí. Me estoy imaginando el potencial anuncio para la televisión: un vulgar funcionario de aspecto dócil y apocado (yo no, que conste, no soy funcionario, aunque, posiblemente, sí dócil y apocado… y vulgar), sentado en su cubículo, recibe la bronca de su jefe, quien, de pie, parece cien veces más grande, y le apunta a un montón de papeles que acaba de dejar junto a su ordenador. El jefe le pega una colleja antes de irse y le señala la pantalla del ordenador, como diciéndole, trabaja, esbirro, y después te traigo el pienso. El funcionario dócil y apocado se queda mirando la pantalla donde, de repente, refulge el chivato que indica la entrada de un nuevo mensaje en el buzón de correo. Casi por inercia, hace doble clic y lo abre.  En lugar de un nuevo encargo, de otro correo de spam, o del boletín digital del sindicato, lo que le aparece es directamente un vídeo que se despliega como un bendito virus y se apodera de todos los píxeles: en primer plano, Manu con el micrófono en la mano; en segundo, Asier y Pulpo apuntándole con las guitarras, en la esquina Txelu protegido por un casco, dispuesto a comenzar una guerra en la que Puro d’Oliva, al fondo, se encarga de la batería mientras gasta munición a cascoporro. Son los Porco Bravo aporreándole el cerebro al funcionario, dócil y apocado; ahora mismo, azorado y ojiplático. Casi sin darse cuenta, está de pie, moviendo primero la cabeza, después la cintura, al final los pies. El jefe, al verlo, sale de su cubículo más grande y se acerca enfurecido y dispuesto a terminar con este minúsculo ser humano de un solo pititaco, pero su empleado ha mutado en un monstruo de dos cabezas al que las manos se le han convertido en dos armas de destrucción masiva con forma de cuernos amenazantes. El jefe da un paso atrás. El funcionario, hacia delante. Riéndose, con los ojos inyectados en una energía que hace temblar a toda la planta administrativa, le hace un corte de mangas, se arranca la corbata, se despedaza la camisa, y, con su pecho peludo al aire, sale de la oficina para encontrarse a los mismos Porco Bravo que estaban en la pantalla, tocando ahora en directo en la plaza que sirve de entrada al edificio de oficinas, amenazando con tambalear los cimientos de todo el edificio y reclamando a todos esos ejecutivos y funcionarios que se desprendan de sus trajes y uniformes y regresen a la esencia de la que vinieron, la animal y obrera, la primigenia y básica. Desde la ventana del quinto piso, el jefe mira la escena sin poder evitar que en su mirada se asome al mismo tiempo el miedo y la envidia. Se cierra el anuncio con el cartel del Porcofest, fundido en negro con los cuernos del Porco enmarcando la dentadura de Manuel Pulleiro, y se acaba mi párrafo y esta gilipollez de sueño despierto que acabo de tener.
Precisamente Manu, el de verdad, no el del sueño, se despide en el whatsapp y por eso vuelve a encenderse la pantalla y despierto de mi dócil y apocado sueño. Al mismo tiempo, un relámpago dibuja el contorno de la ventana, y la gente, fuera, en la calle, acelera el ritmo y aprieta el nudo de sus bufandas. Yo miro el cartel en la pantalla, releo lo que Manu ha escrito en el whatsapp, e intento ponerme a escribir. Suena el teléfono. Alguien llama a la puerta. La oficina recupera su función y dejo para mañana, que es hoy, lo de escribir sobre el Porcofest. Así que... vamos a ello:

El llamado Porcofest tendrá lugar en una semana: el 7 de Febrero de 2015 en el Santana 27 de Bilbao. Sí, así, con día, mes, año y escenario, como se pronuncian los hechos históricos en los documentales de la televisión, para que, ya desde el principio, tenga la transcendencia que estoy convencido de que va a tener.  Será el próximo sábado, efectivamente, y allí, sí, allí mismo, al final del polígono Santana en Bolueta, en las mismas entrañas del Bilbao más fabril y auténtico, frente a las vías del tren, lo que no deja de ser una metáfora que le sienta a este festival como anillo al dedo de un hobbit. Allí estarán esperándoos los de Barakaldo, unos Porco Bravo que estarán bien acompañados por los madrileños Ignotus y por los gallegos Nao. Voy a escribir, por fin, sus nombres en mayúscula y en negrita para que se vean de lejos: PORCO BRAVO, IGNOTUS y NAO, el orden no altera los factores y los factores a tener en cuenta son muchos. Muchos, sobre todo, en un festival al que le sobran hasta las últimas cuatro letras porque es así de especial, que rima. Ya seas de Dima o de Limasol, y yo me apunto también a la rima fácil, si te pierdes esta oportunidad te arrepentirás eternamente, que es mucho decir pero me apetece decirlo.
Primero, y si se me permite, te arrepentirás por lo musical. Tres grupos al precio de uno, sin descanso, y con la posibilidad de verlos en plena forma. Los Porco Bravo juegan en casa y hacen de anfitriones en un momento en el que, si no fuera porque ellos son más de parrilla y grasa animal, diría que están de dulce. Aún en plena gira de promoción de su segundo y recomendable disco (homónimo), tras haber teloneado a los Turbonegro y con la maquinaria de directo bien engrasada, los de Barakaldo (y Busturia) se han montado una fiesta particular (solo les falta el patio) a la que han invitado a los madrileños Ignotus, unos veteranos que saben de sobra de qué va a esto y que rendirán con eficiencia igual que siempre rendía Mauro Silva, y unos gallegos llamados Nao que llevan tiempo surcando la costa galega en un barco en el que ondea una bandera pirata que aquí significa expectación porque somos muchos los que tenemos ganas de verlos en directo aunque sea desde el acantilado.
Si este cartel no es suficiente para explicarte por qué puedes arrepentirte si no vas, además, te diré que corres el riesgo de arrepentirte por otra razón que, si se me permite, puede que sea aún más importante. Esa razón es la misma que podríamos simbolizar usando como imagen a esa válvula que tienes bajo el pecho y que bombea la sangre por tus venas.
Sí, me atrevo a mencionar al corazón, palabra que, tras tantas canciones escritas en tantas lenguas distintas, debería ser caballito blanco en este juego de la música. Me atrevo a mencionarlo porque es estrictamente necesaria aquí: se nos llena la boca hablando de los conciertos en directo, de los saludables beneficios del espectáculo musical, de cuánto debemos apoyar a las bandas locales, de la necesidad de cuidar la cultura sin manipularla ni maniatarla, de la libertad de expresión y de lo que echamos en falta a gente que se atreve a hacer cosas, tomar riesgos, apostar su dinero a un galgo tuerto, cojo y cruzado que compite contra una jauría de pedigrí. Se nos llena la boca con soflamas reivindicativas, ¿no? Pues, ya ves, éste es el momento de pasar a la acción. Los Porco Bravo lo han hecho. No se han amedrentado. No han hablado para luego no hacer nada.
Después de que me conteste a las preguntas que, en realidad, le pedí que me contestara, abuso de Manu y le escribo otra que me contesta lacónico, por fascículos, y con una brevedad que queda extraña en Manu, aunque no hable y en su lugar teclée. Esta es la conversación, tal como sucedió, tildes (o ausencia de ellas) y renglones incluidos:

-          Entonces… todo el asunto es cosa vuestra? Organizacion, inversion… (yo).
-          Todo (él).
-          Ok (yo).
-          Con dos huevos (yo).
-          Sala 
       Promoción 
       Bandas 
       Currelas 
       Producción 
       Merchan 
       Dormir 
       Y 
       dietas (él).
-          Lo dicho, con dos huevos (yo). 

Lo dicho, con dos huevos (o con dos cojones, por cojones: Por-co-jo-nes, Porco Jones, perdón, de verdad, lo siento). 
La música rock o la cultura del rock o el rock and roll como etiqueta, lo que sea, tiene muchos años de historia ya. No creo que este proyecto de los Porco Bravo sea un ejemplo aislado, pero aún así, merece la pena destacarlo y aplaudirles el atrevimiento y el compromiso. La definición de lo que pretenden que signifique el festival es, además, una declaración de intenciones que podría ir en cualquier decálogo que pretenda, a su vez, definir lo que llamamos música independiente o lo que sea. El Porcofest es, según Manu el Gallego, lo que sigue y que describe a través de la mensajería instantánea y gratuita: “la intención anual de traer buenas bandas, bandas que nos molan y de las que somos colegas pero que nunca han tenido la oportunidad de venir por aquí.” Manu añade algo más y eso es lo que creo que debería ir en portada de cualquier manual de música alternativa (vivan las etiquetas gratuitas): “creemos en el feedback como método efectivo para crear escena” y, por supuesto, concluye: “siempre con sudor de por medio, claro”. Espíritu y determinación, compromiso y acción, palabras y hechos. Si algo ha caracterizado a los Porco Bravo es que su música no se dispersa en el aire, si no que se clava en la tierra; que sus letras no se emborronan en papel mojado, si no que parecen convertirse en dardos cuando las cantan. Ahora, van más allá de lo musical, sin dejar lo musical, y pasan a la acción agrandando su compromiso al máximo. Di lo que quieras, pero ellos lo han hecho. Yo no, tú tampoco.
   Si con esas dos razones no tienes suficiente para que se te inflame la vena rockanrolera, tienes una tercera que el mismo Manu menciona después de que yo le anime por teléfono. Le invito (confieso que con el mismo espíritu aprovechado con el que Ana Pastor invita a sus políticos a que se vendan, pero quitándole la turba y el tufo) a que me explique cómo convencer a la gente de que no se pierda este concierto: “porque va a haber muchas sorpresas y colaboraciones. Además, habrá cambios en el repertorio.” Es decir, un concierto para fans y para curiosos, para desorientados y gente bien enfocada, para especialistas y  para diletantes, para todos los públicos y públicas.
   Así pues, si el 7 de Febrero no tienes nada mejor que hacer, que ya te digo yo que no, es la mejor oportunidad que tendrás para acercarte a esta bacanal de watios, sudoración, vindicación y diversión, por supuesto. Le pregunto a Manu si está cachondo, y me escribe: “Cachondo, siempre!” Pero añade también, intentando parecer todo lo serio que se puede parecer con los caracteres del whatsapp: “eso sí, lo que estoy es deseoso de que ocurra ya y de que esto se repita todos los años.” La guinda sobre el pastel. No soy yo el más adecuado para citar ahora a Buenaventura Durruti o a quién sea, pero tengo la impresión de que cualquier idea revolucionaria o comprometida, cuando toma la forma material y se convierte en acción, adquiere más valor si se entiende como una responsabilidad consecuente, como algo que se perpetúe, no como una respuesta tempestuosa y transitoria. Acción, no reacción. En esa frase caprichosa escrita en el whatsapp, Manu deja claro, y por extensión todos los Porco Bravo, que ellos no hacen nada a medias, que no es un capricho. Será o no será, pero es con todas las de la ley, la ley del Porco. 
   Quédate en casa viendo como llueve por la ventana, si quieres. Si lo prefieres, cálzate las katiuskas y cógete el metro hasta Bolueta. Tú verás, pero si no vas, vas a pasarte el resto de la semana leyéndole a la peña lo bien que se lo pasaron. 
     Los momentos más inolvidables no se calculan con antelación, pero, a veces, se huelen de lejos. Hay días en los que se escriben pequeños capítulos del libro donde luego recogemos la historia, aunque esa historia se escriba con minúscula o sea ridícula para otros que tienen presupuestos y ambiciones más altas pero no más dignas que las nuestras. Si Gotzon Hermosilla escribe un segundo libro que continúe el recomendable primero que publicó hace unos años, estoy convencido de que el 7 de Febrero de 2015 aparecerá con letras grandes. Así que, si quieres leerlo luego y decir "yo estuve allí", no te lo pienses, ya sabes lo que tienes que hacer, compra tu entrada, colabora, y la gente de Nao, Ignotus y los Porco Bravo se encargarán de que acabes celebrando que decidiste estar ahí y no en ningún otro lugar.

sábado, 17 de enero de 2015

El camarero que tarareaba a The Stranglers y más cosas con coña



Tiene coña la cosa. Escucho ahora mismo "I Fought the Angels" de The Delgados. Pienso, algo que hago muy de vez en cuando, y pienso que es una canción que, desde siempre, me ha hipnotizado. Hay otras: "Soul on Fire" de Spiritualized, "54-46 Was My Number" de Toots & The Maytals, "Fear of the Dark" de Iron Maiden, "Años ochenta" de Los Piratas, "Greetings in Braille" de The Elected o "Something Better Change" de The Stranglers. Esas solo son unas pocas y están elegidas de manera caprichosa. Algunas no tienen nada que ver conmigo, no he escuchado un disco entero de esos grupos en mi vida, no sabría decirte otra canción; otros sí son de mi palo pero tampoco les he prestado la atención que merecían. Sin embargo, es escuchar esas canciones y se me enciende la dinamo. 
Es curioso, porque "Something Better Change" sonaba ayer cuando entré al Tubo y me puse en la barra para pedir una birra. James Room andaba que no sabía dónde colocar el abrigo y Patxi le ponía capuchón a una mahou mientras tarareaba el estribillo sin darse cuenta. 
No me jodas. Después de una jodida semana de trabajo exasperante que me produjo hasta un tic en un ojo, entrar en un sitio donde el camarero silba a los The Stranglers y la cerveza te la sirven en tamaño maxi es como si por tu cumpleaños te despertaran, a eso de mediodía, el trino de los pájaros y alguien te sirviera el desayuno en la cama; y/o a James Woltz nada le mancha de rojo sus sábanas de raso y su caballo aún tiene la cabeza sobre el cuello. 

Es más curioso aún porque, aunque no tengan mucho que ver, James Room y sus compañeros de Weird Antiqua, en algún momento, me recordaron a la primera vez que escuché "Greetings in Braille". Y voy a sonar fariseo que te cagas, un poco flipao y ombliguista como tertuliano de voz profunda y perfil bueno, pero fue así: media tarde de sábado soleada y tenía el coche aparcado al borde de un camino de tierra. Delante, la 59 en dirección a Denison. A la izquierda, a lo lejos, las últimas casas de Schleswig. El cementerio baptista relucía a pocos metros y el resto era una amplia pradera interminable que parecía una eterna lámina dorada. Yo estaba montado sobre el capó y fumaba un cigarrillo. No pensaba en nada porque solo en las películas se tienen pensamientos profundos en estos momentos y tampoco estaba huyendo de la policía o esperando a algún compinche. Solo estaba fumando a escondidas. La radio puesta. Sonó "Greetings in Braille" y se quedó, para siempre, en mi cabeza, bruñida por aquel sol, atomizada por las moléculas de aquella tierra seca y ondulada.
Y tiene coña la cosa porque yo intento escribir con el ritmo de Toots, tener el brío de los Maiden, edulcorarme como en los años ochenta, inspirarme como Jason Pierce y enfrentarme a todos los ángeles con una espada que se dobla como redoblan todas estas palabras que siempre uso para digresión, digresión, que gritaba el propio Holden Caulfield en su libro. Pero es así y así será. 
Me recordaron al primer día en que escuché a The Elected porque James Room & Weird Antiqua comenzaron su concierto acercándose al Jairo Zavala que se va de acampada a Tucson y el polvo parecía sacudirse de sus instrumentos musicales. De ahí, se fueron a Pomona, regresaron a Casitas Springs, se pasearon por la frontera, se tomaron una birra en el Tootsie's Orchid Lounge e, incluso, ahí al fondo, parecían sonar los ecos de Donington Park. Que se hable de Tom Waits cuando se habla de James Room debe ser más recurrente que cuando Henry David tiene que soportar que siempre se hable de Ralph Waldo. De todas formas, versionearon al californiano. Room, que tiene tanto espacio como en su apellido para llenarse unos pulmones límpidos y sacarse voces que armoniza con tonos muy distintos, a veces cercano a Guy Clark, otras se acerca al Kelly Jones más estratégicamente ronco, siempre recuerda, aunque no lo quiera, a un Tom Waits que ha hecho gárgaras antes de salir al escenario. Tiene estilo y presencia, y muchas tablas. A Mr. Room sus canciones parecen sentarle como a mí me sienta el omeprazol antes de la cena de nochevieja, bien, vamos. Sabe compartir estribillo, alargar las notas, algarabiar (que no existe) a una audencia atenta y exigente, y sacarse un megáfono para amplificar el blues por todo el bar. Si, además, se acompaña por una cuadrilla a la que me da hasta vergüenza presentar, ya está todo hecho. Una cuadrilla que incluye a guitarristas premiados en concursos, baterías que también cantan y tocan la guitarra y un bajista que lo mismo te toca a Mozart, que a James Brown que a Johnny Cash. Con ese currículo se hace ahora cola en la puerta de una eteté, pero antes, te contrataban directamente en Sun Records. 
Así que en el Tubo, donde la música se consume más que se escucha, se somatiza más que se baila, estos tíos sonaron con un sonido extremadamente limpio: el contrabajo se apreciaba más que el grifo de la caña, los repiqueteos de baqueta sonaban cerca como un chasquido de tus nudillos y los solos de guitarra no estaban solos, la voz de Room tomaba toda la habitación e iba más lejos, porque, al menos, en mi caso, el tío me llevó hasta western Iowa y tiene coña la cosa.
¿Sabes qué tiene más coña aún? Los chistes malos de Txelu. Que también anoche hubo uno. Y los masajes de Nuri Draka. Y la habilidad fotográfica de Patxi (observad, observad aquí). Y los Tiparrakers en Gernika. Y yo diciendo adiós ahora mismo porque estoy cansado de escribirme a mí mismo. Termino como terminan los buenos toreros, en el paro y sin vuelta al ruedo: si podéis ver a JR & WA no os arrepentiréis. Creo yo. Y tiene coña la cosa. Que no sé por qué lo digo. Me piro. De verdad, por el foro. Mutis. 
Fum.