jueves, 16 de abril de 2015

Dos de tres, John Havlicek



De los tres que dijo Bob Geldof me queda uno. La cita ha sido citada cientos de veces, pero no por eso va a convencer a quienes no se convencieron ya: "Rock music in the seventies was changed by three bands -- the Sex Pistols,  the Ramones and The Saints." En otro idioma, castellano por decir uno: "En los años setenta, tres bandas cambiaron la música rock: los Sex Pistols, los Ramones y The Saints." Geldof, muy listo, puso en la quiniela un uno, un dos y la equis: Reino Unido, Estados Unidos y Australia. Así, acierto yo y acierta Anthony Blake.
Yo nací en Junio de 1976 y, para celebrarlo, estallaba el punk en todo el mundo. Ese mismo mes, The Saints registraban "(I'm) Stranded" y "No Time" pero no encontraban a nadie interesado en grabarles un disco y finalmente lo hacían ellos mismos en Septiembre. Dos meses más tarde, los Sex Pistols sacaban su single "Anarchy in the UK" pero, antes de que ocurriera todo esto, el 23 de Abril de 1976, se publicaba el disco de debú de The Ramones, Ramones. Es decir, no me había destetado yo aún y la gente ya podía oír en vinilo canciones como "(I'm) Stranded", "Anarchy in the UK" o "Blitzkrieg Bop". Es más, déjame que añada algo porque, en Gran Bretaña, antes de que la anarquía se grabara en estudio, The Damned publicó "New Rose" en Octubre del 76. Lástima que pasaran siete años hasta que Eskorbuto grabó Mucha policía, poca diversión, porque, a título personal, diría que, si aceptamos la frase de Bob Geldof para definir los comienzos del punk, incluir a los de Santurtzi acabaría por darle rotundidad.
A los Sex Pistols los vi en directo en verano de 2008, tocaron sobre el escenario de una Boadilla del Monte a la que se llegaba en metro ligero y que aún administraba, si no me confundo, Arturo González Panero, alias "El Albondiguilla". Aquel Summercase que reunió a los Kings of Leon, The Verve, Kaiser Chiefs, Los Planetas, Grinderman, Blondie o Maximo Park, quedaría en mi memoria por quitar viejas deudas al ver en directo a gente como The Stranglers, The Breeders o los propios Sex Pistols, pero sobre todo no lo olvidaré nunca por asistir al maravilloso espectáculo que supuso escuchar en directo a un Edwyn Collins que había sufrido una hemorragia cerebral tres años antes. Y por las salchipapas de Alcorcón y los caracolillos de Móstoles, que aún es recordárlos y se me revuelve el estómago. Para muchos, quedaría como el festival en el que Johnny Rotten le sacudió a Kele Okereke, o eso contaban.
Ver a John Lydon aka Johnny Rotten sobre el escenario fue una especie de alivio que no alivia nada, como mearte encima para que deje de picarte la urticaria de la medusa. 
No es lo mismo, claro. 
Claro que no es lo mismo ahora que cuarenta años antes. 
No puede serlo. Pero aún hay gente que lee La Cabaña del Tío Tom e incluso hay gente que sigue escribiendo artículos académicos sobre Harriet Beecher Stowe, así que... 
Ayer tocaron The Saints en Vitoria-Gasteiz y supongo yo que no sería lo mismo, porque tampoco puedo compararlo. Cuarenta años no pasan en balde pero a Chris Bailey esto se la trae al pairo. Presentaban un disco doble, en directo y en estudio, que ya había publicado Fire Records a finales del año pasado. Acompañando a Bailey, se subieron al escenario el experimentado y elegante batería Peter Wilkinson y a la guitarra un Barrington Francis que ya había formado parte de la banda en los ochenta. Yo no pude hacer comparaciones ayer por la tarde, pero déjame que te diga que por el público vi a gente que podía haberlos visto fácilmente en Brisbane en los setenta, así que quizás ellos mejor que yo sepan decirte cómo fue la cosa.
Debería haber dicho esto desde el principio, pero nunca es tarde para puntualizar: solo vi una hora de concierto, después tuve que marcharme que no quiere decir que quisiera marcharme. Así que no sé si tocaron "(I'm) Stranded", no sé si el cierre fue épico, y no sé si, al final, alguien se rió con los chistes fáciles de un lacónico Chris Bailey, al que parecía volverle loco un brebaje colorado que algunos reconocieron como pacharán, aunque no sé si él lo admitió. Yo no me quedé hasta el final y no es de recibo sacar conclusiones cuando no lees hasta la última página del libro, así que, por eso, no me meteré en apreciaciones subjetivas de hondo calado. 
Solo diré que ver en directo a The Saints supuso mucho más alivio que ver en directo a los Sex Pistols, primero porque, en el plano personal, conseguía quitarme de encima una sequía que había convertido mi dieta de música en directo en un homenaje a la huelga de hambre de Bobby Sands y compañía. Segundo, porque, a pesar de lo que afecte el tiempo y el espacio, a mi humilde parecer, Bailey, Francis y Wilkinson, diminutos problemas de coordinación y sonido aparte, saben hacer música y saben hacerla en el momento. Cuando Bailey bajó el bajo, se pudo apreciar mejor la batería y se escuchó mejor la conciliación con una guitarra que Francis tocaba con la arrogancia justa y sin aspavientos y que administraba con cordura entre estribillo y estribillo, melodías que me hacían añorar la voz áspera de un joven Bailey al que yo solo he oído en diferido, que conste.
Reconozco que (I'm) Stranded (1977) y  Eternally Yours (1978) son los dos discos de The Saints que he escuchado hasta la saciedad, así que, igual que no tengo potestad para glosar (a conciencia) el concierto porque no lo vi entero, tampoco tengo el enfoque ni el conocimiento necesarios para evaluar la carrera completa de una banda que ya estuvo en Vitoria-Gasteiz hace cinco años (Azkena Rock Festival 2010) y que abría con este regreso a la capital de Álava una gira que también les llevará hasta Alicante, Granada, Estepona, Algeciras, Huelva, Lisboa, Cáceres y Oviedo. Ni Madrid, ni Barcelona.
Lo dicho, me queda uno, uno que creo que me quedará de por vida porque, entre otras cosas, en el año 1991, cuando los Ramones visitaron el pabellón Zubialde de Portugalete, yo tenía 15 años y andaba más preocupado de grabar en tedecá el Bronka en el Bar de Parabellum que de otra cosa. Es lo que tiene escuchar música rebobinando, que descubres primero a Wolfmother, y después a Black Sabbath, y finalmente a Cream y a los Yardbirds y no es mi caso porque los compatriotas de The Saints me pillaron ya talludito y con los deberes hechos, pero vale de ejemplo. Descubres las raíces cuando el árbol ya ha crecido tanto que las tiene bien hundidas bajo tierra. 
Y, sí, no será lo mismo, pero me da igual. Tenía tanto mono que la semana pasada estuve apunto de faltar al curro para asistir a un festival de música rusa folklórica, así que, gracias Bailey, gracias Peavey. Dos de tres y, eh, tampoco John Havlicek podría ahora volver a robar la pelota.

lunes, 13 de abril de 2015

Recopilatorios y otros problemas de orientación habituales



El otro día me compré el cedé Algo Salvaje: Untamed 60s Beat and Garage Nuggets from Spain Vol 1 creyéndome que en realidad compraba Euskodemos: Arqueología en ferrocromo, Rock Underground vasco 1981-1986. Y alguien que tenga la mente más afilada que la mía, dirá, ¿cómo?, o, quizás, simplemente, si es capaz, suba una ceja en señal de sorpresa y haga un chasquido de estupefacción con su labio inferior. 
Sí. 
Yo tampoco lo entiendo. Ando últimamente un tanto desorientado, tan perdido, que mi mejor amigo no es un perro, si no el pulpo que se perdió en el garaje. Vi el disco en el escaparate de una de las dos tiendas de música que quedan en el pueblo y dije, ostia, esto me suena y me suena a que es algo sobre lo que leí y que me interesó. Voy a entrar, pensé, entré, y mientras abría la puerta de la tienda, mi memoria susurró: ¡es lo del Gegúndez! Pero no era. Esta mañana me puse a escucharlo y fui yo el que hice el chasquido de estupefacción: ¿Tony Ronald y sus Kroner's? ¿Tocando en un gaztetxe justo antes de las inundaciones del 83? No puede ser. Y no era. 
No. 
Mezclé artículos, anotaciones mentales y se fue la pinza al pantalón. En fin. 
En cualquier caso, no me arrepiento de haber sumado este disco a la fonoteca de casa y aunque ya lo haya escuchado en una ocasión, merece otro par más de escuchas atentas para llegar a alguna conclusión. De todas formas, el empeño Munster por seguir recopilando y recalibrando la tradición musical más cercana es digno de elogio. 
Y parecido ímpetu es el que llevó a Fernando Gegúndez a embarcarse en el rastreo y compendio de Euskodemos que, desgraciadamente, me sigue quedando pendiente. Si no cae próximamente vía had clic en la pantalla, habrá que ir a buscarlo donde sea necesario. 
Ahora. 
Vayamos a lo que iba desde el principio porque hay una tercera recopilación que merece un hueco en este blog. En este caso, se trata del recopilatorio que Frenetica REC ha pergeñado y en el que reúne a quince bandas de Barakaldo con el propósito, me imagino, de dejar constancia del momento actual y el estado de forma de la escena (perdón por usar esta palabra) local. Por supuesto, no están todos porque todos no entran y, por supuesto, te podrá parecer mejor o peor lo que queda dentro y lo que se quedó por entrar, pero, por supuesto, es necesario celebrar y aplaudir proyectos como éste. 
Por supuesto. 
Por supuesto, no lo olvidaba, el título del recopilatorio: Barakaldo Punk Rock City.  Así que ya sabes de qué palo van los surcos de este vinilo aunque el producto vaya a salir, finalmente, en digipack con un librillo de 20 páginas y diseño (muy bien diseñado, por cierto) de Lucía de Andrés. Toda esta información, y mucha más, podéis encontrarla en el facebook de Frenetica REC, así como, por supuesto, la lista con las quince bandas que formarán el roster de este equipo All-Star. Si no queréis ir hasta el caralibro porque os da pereza o estáis ya en pijama, ya os copio yo aquí la lista, porque, supongo (si no pido perdón) ya hay permiso para reproducir la noticia: Radikal Hardcore, Tiparrakers, Paniks, Porco Bravo, Radiocrimen, Si te cah, Parabellum, Putakaska, Rockalkohol, Karretera Agropekuaria, La Kontra, Distorsión, Audiencia Nacional, El Lobo de Armañón y Obsesión Fatal. Fatal me parece que no te interese escuchar esto e indagar y averiguar, saborear y experimentar. Pero bueno, para eso están los colores además de para diseñar banderas que quedan de puta madre en la sede de la ONU y en las Olimpiadas. 
Aún no hay fecha fija de salida pero los discos deben estar ya con una rodilla hincada sobre el tartán esperando a que el árbitro dispare la pistola y se dé la salida. Desde Frenetica REC dicen que no queda nada así que, nada, nadaremos que así no nos ahogamos, a lo perro, esperando que el pulpo encuentre la parcela del garaje, el disco salga a la calle y yo no lo confunda con el último recopilatorio de La Voz porque me da algo.
Algo. Salgo de aquí y me voy.  

lunes, 6 de abril de 2015

Whiplash, en toda la boca



A falta de conciertos, habré de conformarme con el cine sobre música, que no musical. En unos pocos días, me he visto tres películas que, en mayor o menor medida, tienen relación con la música. 

Las dos primeras me las vi de viaje a Madrid y seguidas. Es lo que da de sí la distancia entre la periferia y el centro y las ventajas de salvarla en autobús. Primero me tragué la más llevadera, amena y asequible, una comedia romántica con final triunfal pero sin boda, que protagonizan Mark Ruffalo y Keira Knightley. Dirigida por John Carney (ya habló de música en Once, que aún no he visto), la historia comienza cuando parece que termina la de Dan Mulligan y la de Gretta James (muy evidente, ¿no?) se desmorona. Como en muchas otras ocasiones (y canciones se han escrito muchas al respecto) sus historias vuelven a empezar o a levantarse cuando ambas se cruzan. Gretta tiene una relación con Dave (Adam Levine) quien acaba de petarla con su música y parece que ha firmado por una multinacional. La música comercial y el negocio que la sustenta se carga la relación y el futuro de Gretta en Nueva York hasta que ésta se encuentra con un productor musical venido a menos por problemas sentimentales que derivan en problemas con el alcohol. Empieza así y sigue en progresión hasta que todos acaban medianamente felices y triunfa la música, incluyendo un extremado alegato purista y orgánico de una Gretta que parece ser la única convencida de su entusiasmada osadía final. El examen del negocio musical en la gran ciudad se queda a medio camino porque la profundidad del mismo se doblega para que funcionen los rudimentos del género y la comedia sea romántica y el romance cómico. Lo mejor: el momento en el que Dave descubre a Gretta cantando "A Step You Can't Take Back" y su mente de productor se imagina ya la canción vestida y maquillada, preparada para salir de marcha. Por cierto, creo que no lo he dicho, la película se titula Begin Again. Y es necesario decirlo: no me interesan mucho los coches, pero un Jaguar del 60 como el que conduce Ruffalo en la película, ya me pillaba, ya.



Como no tuve suficiente, aún no habíamos dejado Burgos atrás cuando me puse a ver Inside Llewyn Davis, que en España se tradujo como A propósito de Llewyn Davis. La película de los hermanos Coen dura lo que duran siete días en la vida de Llewyn Davis, un cantautor folk en los años sesenta y en el Greenwich Village de Nueva York. Intentando conseguir dinero o un sofá donde pasar la noche, lo que pasan son los días y el metraje y el gato de los Gorfein sigue perdido. Más allá del final circular y con pretensiones alegóricas, la película se las ingenia para retratar una época que siempre parece dorada, y te imaginas a Bob Dylan y Joan Baez volviendo a casa de resaca mientras escriben canciones en la cabeza, pero que tenía sus miserias y sus derrotados como cualquier otra. Hasta el fílmico Gaslight Café, que en la vida real fue escenario de gente como Link Wray, Big Mama Thornton, Mississippi John Hurt, Phil Ochs, Ramblin' Jack Elliott, Richie Havens o Dave Van Ronk, parece en la película un lugar decadente y plomizo en el que Pappy Corsicatto (homenaje de los Coen al cineasta italiano Pappi Corsicato) está obsesionado con beneficiarse a todas las artistas feminas que contrata. Por cierto, dicen que algunos de los personajes que aparecen en la película se inspiran en la vida de Dave Van Ronk, aunque lo que he leído es que fue T Bone Burnett a quien recurrieron los Coen para que el actor principal, Oscar Isaac, tuviera un mentor y monitor que le ayudara a trabajar el personaje de Llewyn Davis. Isaac, precisamente, cuenta una anécdota al respecto. En algún sitio le leí o escuché cómo contaba que en su primera reunión con Burnett, este se limitó a, enigmáticamente, ponerle un disco de Tom Waits y abandonar la habitación de la reunión para no volver hasta pasada una hora. Lo mejor de la película: crear un personaje al que odias, quieres, compadeces, repudias, matarías o ampararías a partes iguales. 



Y, finalmente, ayer fue el día que llevaba tiempo esperando, porque la tenía guardada para cuando pudiera verla acompañado y con sosiego y ese momento no llegaba pero llegó. Whiplash de Damien Chazelle cerró la trilogía musical que me sirve de calmante mientras espero que llegue el momento de la música en directo. Dicen que la historia es una historia muy personal del propio Chazelle pero no es nada que no hayamos visto antes. Un joven que quiere convertirse en el mejor batería de jazz de la historia y emular y superar al vanagloriado Buddy Rich y un profesor y mentor que recuerda al sargento mayor Hartman. Incluso los peldaños que llevan la historia del primer clímax trágico a la resolución culminante parecen tan transitados que casi comprometen la película, pero, en este caso, lo mejor de la película es la película en sí misma. Lo mejor de la película es que consigue que las palabras de Terrence Fletcher (J.K. Simmons) y las baquetas de Andrew Neyman (Miles Teller) sigan repiqueteando en tu cabeza horas después de haber terminado. Y lo consiguen por un virtuosismo tan natural y tan poco calculado que parece contradecir el mismo espíritu pedagógico que examina la historia. Lo consigue porque los personajes resultan factibles y falibles, siempre matizados en posturas extremas. Lo consigue porque mantiene un final tan abierto que no es final si no comienzo y lo consigue porque no parece ser una película de respuestas si no de preguntas y lo que te repiquetea en la cabeza horas después de haber terminado no son las notas que tocaba Neyman con sus baquetas ni las palabras que dijo Fletcher en sus lecciones si no las que no tocó y las preguntas sin contestación que tanto Fletcher como Neyman, Neyman como Fletcher se encargan de tocar y decir sin que las digan ni toquen. Rebuscado, pero yo me entiendo. Creo que más que una película sobre música es una película sobre educación, y el debate que la historia propone se resume en un diálogo calmado y volátil que hace de pasillo entre los dos momentos más eléctricos de la película y que puede resultar de lo más enigmático si realmente el tema consigue atrapar tu atención. 
Por lo demás, queda ese pequeño detalle al comienzo de la película, cuando premeditadamente el ángulo de la cámara nos permite ver una pared decorada detrás de Andrew que descubre un recorte de periódico de lo más ilustrativo. Es una cita del propio Buddy Rich, icono único de la batería como instrumento en el género del jazz a tenor de la película, que dijo, y aquí reproduzco, lo que sigue: "if you don't have ability, you wind up playing in a rock band". Es decir: si no tienes talento, acabarás tocando en una banda de rock. Me gustaría saber qué opinan algunos que se asoman por este blog (aka baterías sin fronteras, David Tiparrakez, Patxi Paniks o Puro d'Oliva) de tal afirmación y de esa forma de entender el talento con un aprecio científico y una obsesión tan metódica que ralla con lo enfermizo y lo genial al mismo tiempo. Yo creo que ya he dado mi opinión en reiteradas ocasiones en este blog, pero no me parece que yo sea la persona más indicada para volver a debatir sobre el virtuosismo y el duende cuando yo carezco de ambos, ya hablemos de una Slingerland con bombo de 24x14, de cualquier tipo de pelota esférica reglamentaria o incluso de teclados llenos de letras que aporreo sin mucha noción de la mesura, el decoro ni la coherencia. 



¿Quieres saber algo más a parte de todo esto?
Son las 3:08 de la mañana, creo que es hora de dejar de perder el tiempo e irse a la cama.