sábado, 27 de junio de 2015

Guateque sangriento en el palomar





Brutus me dice kraut-jazz, yo pienso techno-punk-avant-garde. O avant-Gardel. O avant-Jardiel. Jardiel Poncela. Hay un momento del concierto en el que, no sé si por la cerveza o por el ambiente en general, pienso que la mejor definición de El Palomar sería la que hablaría de unos Delorean esquizofrénicamente imaginarios, siendo analfabetos tecnológicos y adictos al crack. Jardiel Poncela en Artxanda, aparcando el Delorean en un lugar oscuro para montárselo con Tracy Lords. La banda sonora de REC 14: "esta vez la niña Medeiros se refugia en un palomar. Sangre y plumas por el aire."
Me hace gracia que menciones a Delorean porque, en ocasiones, veo muertos, y en otras, me parece que el saxofonista-guitarrista-teclados-spokenwordista de El Palomar, sobre todo cuando se arroja al micro y sube los hombros, se parece al tímido George McFly en la primera de la saga Regreso al Futuro, antes de conquistar a Lorraine Baines
Stop.
Me pregunta Brutus al final si se oía la guitarra. Le digo que no, que lo que mejor se oía era la base rítmica. Y me contesta que mejor. Mejor, sí, porque El Palomar es un grupo donde bajo y batería no solo ponen el asfalto si no que también ponen el tráfico.
Stop.
Con parrafadas que condenarían al paraíso más inmaculado a Poppy Z. Brite, las palomas delirantes han descrito un credo musical que lo mismo les ha llevado al asesinato ficticio con voz a lo Sandra Cisneros premenstrual como a la cacofonía más vanguardista. Si Picasso les hubiera escuchado en París, seguro que les habría contratado para la fiesta de cumpleaños de Gertrude. Se han acercado hasta el folclore de las antípodas, porque no sé si no cómo explicar el eco que salía del uso de instrumentos variopinto-pintorescos, una resonancia como un didgeridoo que parecía evocar el sol poniéndose sobre la alambrada para conejos que antes dividía Australia en dos.
Stop.
Han terminado su concierto con el bis más obsolescente de la historia. Delirante e inexistente. Pura rebeldía estructural. "Esto es el Anti-climax", aunque creo que pocos le ha escuchado a Fernando Ulzión decirlo.
Stop.
Hablo con Brutus del Sentinel, pero, una fuerza arrolladora se apodera de él. Es la música. Corta nuestra conversación en dos y se marcha hacia la barra mientras le espeta a Patxi puño en alto: "Politician de Cream!" Y "Politician" de Cream es lo que está sonando.
Stop.
En resumen, anoche vi en directo a El Palomar. Bajista, batería, saxofonista etecé y Brutus a la guitarra. No sé si hacen kraut-jazz o tang en polvo, pero hacen una música difícilmente clasificable que podría ser el himno de las vanguardias más sucias y subterráneas. Crean extrañas atmósferas que después se encargan de derrumbar con un pititaco. Se encargan de hacer con la música lo que los cocineros modernos han hecho con los condimentos, no tanto convertir los acordes en un mojón de sirope que decora el plato, pero sí pensar cómo se construye una canción y pervertir la receta. Y funciona. Funciona porque bajo y batería son aplastantemente ordenados en medio del caos y porque Ulzión, encajado entre su teclado, su portátil, su saxofón y su guitarra (puede tocar ambas a la vez, y luego dicen qué), con pose tímida y concentración, le da el equilibrio perfecto a esa imperfección calculada que entre él y Brutus convierten en la pócima mágica para un viaje furtivo a la mente de Timothy Leary o a la tuya mismamente porque, en ocasiones, son capaces de ensimismarte. 
Stop, por favor, stop.
Después, te cuento por si acaso, he ido a saludar a Javi Barcina y me he encontrado con la cabina hueca y un montón de gente viendo en directo a Impfis, si es que lo he escrito bien, quienes versioneaban a todo lo que pillaban por banda y desde la mía, yo solo podía ver al batería.
Stop.
El saxofón aún perfora mi cabeza horas después de haber salido de allí. Ulzión. Si Zion era el reino de dios sobre la tierra, Ulzión debe ser el del saxofón sobre el escenario. 
Stop.
La primera vez que vi a Álvaro Brutus en directo aún se llamaba Karpenters, aunque creo que ya le había quitado las vocales. Estamos hablando del Billy Pool de Deusto y el día se refería más a la poesía que a la música. Por allí andaba David González. Pero también gente como Patxi Irurzun, Silvia D. Chica, Vicente Muñoz Álvarez... Era la fiesta de los Tripulantes. Los versos del inclasificable poeta barakaldés Goiko, el bardo que es capaz de convertir el ruido de la forja en estrofas, fueron tan surrealistas como la oferta musical que estaba por venir, en parte, definida por la pericia deconstructiva de Brutus y la imprudencia baterística de Bárbara. La segunda vez que me topé con Brutus, tenía otro proyecto, hacía frío, y tuve que cruzar la ría en bote para ir al Sentinel Rock Club (del que tengo preparada una entrada que se ha visto relegada por culpa de ésta). En realidad, yo fui a ver a mi colega David Mardaras recitar poesía mientras su hermano y otro colega resaltaban los relieves de los versos con todo tipo de sonidos. Era un proyecto que ellos llamaron Hipocondríacos del Amor y que estuvo acompañado de Kontubernio Kriminal Kósmico, KKK. Entre esas Ks, estaba Brutus. Desde entonces, no le había vuelto a ver sobre un escenario, aunque su fama le precede, y él mismo me insistió en que no me perdiera la ocasión de ver en directo a El Palomar cuando estábamos viendo a Los Plomos en el mismo caluroso antro cuyo nombre voy a repetir porque lo vengo sudando desde anoche: El Tubo. Brutus es un tipo activo que lo mismo se autofinanciaba fanzines que se montaba exposiciones fotográficas que se curraba un recopilatorio abrasivo que le veías en primera fila de todos los conciertos a los que ibas. Hay que reconocerle su fidelidad para con la música, en general, y para con la música local, en concreto. 
Stop. 
Nuri pregunta: ¿Por qué el Palomar?
Mi mente funciona rápido, e intento pensar algo instantáneo, el diálogo va por dentro: "algo gracioso, tío, di algo gracioso... No se me ocurre, ¡joder!, no se me ocurre, ¡algo que rime!, el palomar, el palomar... Está pasando el tiempo, ¡tío!, ¡di algo! ¡di algo ya!"
Nuri me sonríe cuándo le contesto: "Es una de esas preguntas que no necesitan respuesta."
Y sigue sonriendo aunque se le nota la sorpresa por mi estúpida respuesta: "¿Si? Pues yo quiero saber."
Ahora sonrío yo, y mientras le doy un trago a la cerveza para disimular, pienso: "... que no necesitan respuestas, gilipollas, más tonto no puedes ser, chaval." 
Pero, gracias a Thor, Nuri no puede escuchar mi mente y además se la sopla. 
Se pasa a la primera fila y le grita a Brutus: "¡Obsolecencia nenaaaaaa!"
Y yo me olvido de mi gilipollez. 
Stop. 
Se acaba la entrada. Así estaba programado. Obsolescencia programada. 
Stop. 

miércoles, 24 de junio de 2015

Brainstorming vascoaragonés



Qué fue de...

The Blakes, The Rumble Strips, Bishop Allen, The Pipettes, Clap Your Hands Say Yeah, I'm From Barcelona, The Elected, The Vines, Art Brut, The Raconteurs, Los Campesinos, Herman Düne, Rialto, The Fiery Furnaces, Radio 4, Q and Not U, Nudozurdo, Blitzen Trapper, The Futureheads, Clem Snide, Broken Social Scene, The Vandals, The Broken Family Band, Death by Stereo, The Rakes, Zodiacs, Stereo Total, Olimpic, The Enemy, Hot Hot Heat, The Polyphonic Spree, Fetish Kafé, Ash, dEUS, Matthew Sweet, The Black Box Revelation, Molotov, Carrots, The Brahmas, Rogue Wave, The Thermals, The City Lights, Aterkings, The Jeevas, The Meows, The Zutons, Morning Runner, Split 77, Lavodrama, I Am Kloot, Archie Bronson Outfit, Girls in Hawaii, Lambchop, Camera Obscura, The Briefs, Little Brazil, The Adolescents, Razorlight...

Empecé pensando... Joder, qué fue de The Rumble Strips, cómo me gustaba aquel disco...
Y el resto son peajes: me he pasado los viajes por la AP-68 de esta semana haciendo una lista mental... Hoy he parao. Si sigo, exploto. Ya no los pensaba, los buscaba, y estaba perdiendo sentido.
A muchos, los vi en directo. 
A otros, los escuché con ganas. 
A otros, los rechacé a la primera, pero sus nombres quedaron grabados en mi cabeza.  
A otros, los superé.
A muchos, los añoro. 
Uno es subliminal. 
Pero qué recuerdos. Qué gilipollas éramos. Qué mal gusto. Qué manera de ponerte en evidencia. Qué largas las noches, qué duras las mañanas.
Ni que decir tiene: muchos seguirán vivos, con mucho más recorrido que el de la autopista vasco-aragonesa. Lo único que sucede es que yo no me entero de nada. 
Que he dejado de escuchar mucha música. 
De estar al día. 
Hasta al día de ayer. 

Qué fue de ti, tío. 


miércoles, 17 de junio de 2015

Mi amigo Frost



"Two roads diverged in a yellow mood"... Yo también mood. No hay mood, habla. Paso a pequeña. 

Si te lo cuento sin soltar el chiste malo, no merece la pena. Yo fui a la universidad así: mientras unos fumaban petardos en la cafetería y aprendían a jugar al mus, otros nos quedábamos dormidos en clase mientras nos obligaban a leer a Robert Frost. 

"The Road Not Taken" era como el melón en Villaconejos, raro que a alguien no le guste. Todos los profesores de literatura, ya fueran de Norteamericana o de Británica, parecían estar obsesionados con el poema de Frost. "Two roads diverged in a yellow mood... And sorry I could not travel both." Que casi nos lo aprendíamos de memoria como antes los reyes visigodos. 

Recuerdo una mañana sentados al fresco sobre el duro marmol negro de la solana, con el papel en la mano y recitando el poema con un colega tan absorto como yo en dejar atrás la adolescencia sin parecer gilipollas. 

- ¿Y qué quiere decir?
- Lo de que si coges A es jodido no haber podido coger B. 
- ...
- ...
- ...
- ¿Lo pillas?
-  ...
- "Two roads..."
- Sí, sí, ya, déjalo. Que le den. Pásame el Marca.

Así que, entrar al Tubo y que Patxi sea capaz de empezar una conversación donde la discusión intente averiguar si Cañas y Barro lo escribió Torrente Ballester o Blasco Ibáñez y ver después a una pareja que parecen los dos caminos de tierra que dividían el bosque sentimental de Robert Frost, me invita a pensar que es verdad eso de que las artes copulan juntas sin que les preocupe qué piensen de ellas las ciencias más serias. Cañas y Barro. Cifras y Letras. Chivo y Two Roads

Dos conciertos en un mismo fin de semana. Si me lo dices el día antes, te salivo que te saco un ojo. 

Pero así fue. 

El viernes me pasé por el Tubo solo y casi que hasta nervioso. Hacía tanto tiempo que no iba por el templo oscuro que se me había caducado el carné de socio. Fue darle el primer trago a la cerveza y se me olvidó todo. Los Chivo salieron un poco más tarde y ya no hubo dudas ni certezas. No sé si era por la cerveza o por los vatios pero a mí me temblaba el cuerpo, el suelo, las paredes y hasta las plaquetas. Ya les había visto en directo antes, pero, desde entonces, han fichado a Amar'e Stoudamire y a un batería que decían que había llegado directamente desde Minas Tirith. Empezaron fuertes, tirantes, con la bola de demolición oscilando sobre nuestras cabezas. Y ya más o menos no pararon hasta el final. Más Corrosion of Conformity que Kyuss no me preguntes mucho más porque me sacas de Fu Manchu y, para mí, el stoner rock es un vago recuerdo de una noche dramática en la que acabé con una corbata atada en la frente moviendo mi cabeza como si tuviera una melena que perdí, en realidad, antes de cumplir la veintena. Y solo haberlo recordado ya es cruel, así que dejarlo por escrito ni te cuento. 

Ese fue un camino. One road. El otro lo tomé el domingo y acompañado. Two Roads. Reconozco que no me costó nada convencerla. Nos presentamos allí los dos y nos quedamos al sol en la puerta mientras platicábamos con David sobre los carteles de fiestas. Dentro se preparaban los dos cantantes con guitarra o guitarristas que cantan y que habían decidido unirse porque doce cuerdas valen más que seis, digo yo. Y a fé que no se equivocaban, ni las matemáticas ni ellos. Por un lado, Gonzalo Portugal de Last Fair Deal y Southern Lights; por el otro, Iñigo López de Quaoar. Three roads: toda la peña que versionearon. Desde Pearl Jam hasta Pink Floyd, pasando por The Who. Desde Tom Petty hasta Eric Clapton, pasando por un Ray LaMontagne que usaron de broche final. Se salieron con "Let Your Heart Rule Your Head" de Brian May, que les quedó como les sienta el neopreno a los surfistas. Recorrieron lo que antes era Aztlán repasándose las raíces del desierto y repartieron turnos para verse desde abajo y está feo decirlo pero no hubo empate técnico, aunque me reservo mi opinión. Los dos demostraron que son excelentes guitarristas y que tienen voces distintas pero igual de auténticas y sugerentes. Aún hoy tomando café después de la tercera reunión, sentado en un rincón del patio mientras fumaba mirando al infinito, podía recordar el bottleneck en el dedo corazón de Gonzalo Portugal y cómo sus dedos se movían nerviosos cuando no estaban sobre el mástil dejando huellas sobre los trastes. Con atriles y revuelo de papeles, no sé si fue la primera vez que se emparejaban, pero ojalá que haya más. En horario de vermú y después de varios meses sin vino blanco, ni ajenjo, ni armonía, ni distorsión, a los dos nos sentó como el vuelo al ave fénix poder regresar a la oscuridad del Tubo aunque fuera mediodía y aunque dos tíos muy serios se empeñasen en iluminarlo a base de melodías. Ella sonreía satisfecha y yo le puse fecha a ese día porque valdrá la pena repetirlo en el futuro, seguro.

No te equivocarás si escoges ese camino... o el otro. Escojas el que escojas lo mismo te arrepentirás de no haber cogido uno o el otro. ¿Era eso Robert Frost? Lo que le ocurría a Frost es lo que nos pasa a todos, que nunca podemos tener los dos. Pues yo tuve dos este fin de semana. Dos conciertos. Y ambos caminos me llevaron de regreso al maravilloso desfiladero de la música rock. Qué bien sienta despeñarse por él, amigo Frost.