sábado, 26 de septiembre de 2015

Escueto y Espontáneo



Este año han sacado disco. Mi último reducto, se titula. Así que parecía obligado presentarlo en El Tubo, que comparte vocales con la palabra reducto, por cierto, pero con el espíritu de resistencia e irreverencia que no le dan las acepciones de la RAE a esa palabra. Yo que escribo éstas llevaba tiempo sin aparecer por el reducto y tenía ganas, tantas como de ver en directo a una banda que lleva una docena de años subiéndose a los escenarios y aún no había tenido la vergüenza de verlos. No lo he dicho, pero hablo de Nasti de Plasti, grupo vizcaíno de punkpop, que tocó ayer en un Tubo tan oscuro y luminoso como siempre.
No te voy a mentir: echaba tanto de menos la música en directo, como la cerveza fresca y la conversación amena. Volver a casa con esa sensación de olvidarte de los problemas por una hora es algo impagable, y no olvidemos que los tragos, no, pero la música en El Tubo es gratis. No me voy a cansar de decirlo, porque ellos no se cansan de organizar conciertos, así que lo repito: algún día, cuando falten, que espero que sea dentro de mucho tiempo y por voluntad propia, echaremos la vista hacia atrás y no podremos evitar una sonrisa melancólica al recordar el empeño de esta gente por aportar su grano (granito suena fatal) de arena a la lucha contra la apatía y el pensamiento único.
Lo dejo aquí, que me pierdo.
Hablemos de Nasti de Plasti.
Se subieron los tres a la tarima y dijeron "buenas..." a modo de saludo; de ahí hasta que volvieron a hablar, "nos vamos a quitar una versión de enmedio", no hay forma humana de contar cuántas canciones pudieron tocar. Una detrás de otra, sin parar ni para tomar impulso. Porque lo suyo es el punk vertiginoso que en un par de minutos te abalea la cadera y la razón. Si fuera un buen cronista utilizaría palabras como píldoras e hipervitaminados, pero tengo una aplicación de sinónimos, y voy y escribo en su lugar, grajeas y tonificantes y así quedo como un gilipollas. El caso es que estos tíos esculpen melodías a base de una batería sin freno, un bajo machacón y un guitarrista que también canta y se olvida de los punteos barrocos que no sirven para nada. Canciones rotundas pero flexibles, cargadas de sentido del humor, que insuflan la energía necesaria para seguir aspirando a los mismos apetitos sencillos que nos ayudan a mirar para adelante. Por cierto, la versión que se quitaron de enmedio fue el "Voy a mil" de Olé-Olé y así queda bien claro que lo que he dicho antes en este párrafo no era gratuito.
Para compensar, también versionearon a Los Nikis y cantaron como una docena de canciones que todas ellas fueron "la última". Desde el fondo, donde estaba, poco se entendía de lo que decían, y se cogían palabras al vuelo, pero, a menudo, da lo mismo lo que digan porque, como explicaba en algún sitio Kim Warsén, el rock and roll es "algo bastante primitivo, trabajas sobre emociones", y la emoción de Nasti de Plasti va tan rápido que se jalan medio cuarto de canciones y aún no has terminado de darle un buche a la cerveza. Eso sí, por mucho que corran no se tropiezan.
Justo lo contrario de lo que ocurre con las entradas que yo escribo. Me había prometido ser conciso y directo, pero, como tengo una aplicación de sinónimos, voy y escribo en su lugar, escueto y espontáneo y quedo como un gilipollas. 

Posdata: el cartel lo he pillado de su facebook. Me ha parecido como para robarlo y mostrarlo aquí. Perdón por hacer sisa, como decía una señora que estaba haciendo la compra esta mañana en el mismo supermercado que yo. Sí, la vida sigue, tío, como dice Pablo Laso, después de ser campeón de Europa, hay que llevar a los niños al colegio, y después de ver a Nasti de Plasti, hay que seguir yendo al Gelsa. Le hicimos sisa a la rutina ayer por una hora, pero ya está. Y, eso sí, lo de la foto. Que la he mangao, perdón. Escueto y Espontáneo, detectives privados. 

jueves, 17 de septiembre de 2015

Ciclogénesis americana





Dice Amy Boone que le da lástima no tener tiempo para conocer mejor la ciudad. “Igual tengo que pasarme toda la noche en vela,” y se ríe en inglés, no sé si con acento de Texas. Lo ha dicho unos minutos antes: “yo soy de Texas, y estos tíos de Oregón.” Pues Bilbao, Bizkaia, les recibió con una ciclogénesis. Mientras la cantante de The Delines se mostraba educada y profesional, yo recordaba cómo, de camino hacia el Antzokia, había cruzado el puente del Arenal mojándome la rabadilla y evitando las varillas del paraguas de una señora, que se doblaban como las ramas de un alcornoque. Seguro que lleva diciendo lo mismo desde que llegaron a Irlanda, pensé, pero, aún y así, sonaba auténtico. Y, más o menos, ésa es la clave de la música de The Delines.



La banda sale a escena puntual. Cinco minutos más tarde de la hora que aparece en la entrada, a lo sumo. Y lo hacen elegantes (con esa elegancia tan americana, americana de chaqueta y zapatillas de deporte, o zapatos sin lustre y gorra de camionero), a paso lento, sin aspavientos. No lo he dicho antes, pero lo digo ahora: la gente está sentada. Sí, sentada en sillas plegables que han ordenado en perfectas filas desde el escenario hasta la barra. Eso es algo nuevo para mí, la verdad. No lo había visto nunca antes en el Antzokia de Bilbao. También confieso que al entrar fui al baño y había cambiado por completo: alicatado y con baños de pared. Me sentí como si envejeciera repentinamente, aunque esté exagerando, porque hace tiempo que me siento como si estuviera envejeciendo repentinamente. Repentinamente también, me siento rejuvenecer, porque, al volver del baño, me niego a sentarme (tampoco nos pongamos magnánimos, la verticalidad no dignifica tanto) y permanezco al fondo, de pie, viendo cómo, aparentemente, estoy en la franja de gente más joven entre el público reunido. Y lo que iba a decir desde el principio: la audiencia recibe al grupo con tímidos y reposados aplausos.



El sonido, desde el principio, es muy alto y nítido. La voz de Amy Boone se distingue del resto, pero se pueden apreciar perfectamente los acordes del bajo y hasta se escucha el mullido pellizco de las teclas del Nord Stage 2. Abren con "He Don't Burn for Me", y esa pesadumbre original, sin artificios, se apodera desde el principio del ambiente. La tercera canción comienza con unos acordes sencillos de Willy Vlautin a la guitarra. Porque soy un gilipollas engreído, pienso que esas pocas notas que pasan desapercibidas me recuerdan a David Simon y su tan mentado qué le jodan al espectador medio. Vlautin y su guitarra te dan el contexto, te cuentan lo que no te va a contar la canción y te tienes que imaginar tú: te dicen cuándo nació el sujeto en mención que protagonizará la canción, cómo su padre era un alcohólico, su madre les abandonó, él/ella trabajó en una tienda de piezas para automóvil y al final se enamora de un hombre/mujer mayor que él/ella y viven felices a pesar de sufrir un aborto y perder a un hijo/hija en Oriente Medio, mientras beben cerveza barata en un porche que da a la autopista que rodea Alburquerque y escuchan a Willie Nelson. No es ésa la historia que cuenta “The Oil Rigs at Night”, la tercera canción del repertorio, la que abrió Willy con la punta de su guitarra, pero podría haberlo sido o seguro que lo fue en otra de sus muchas canciones, tanto para Richmond Fontaine como ahora para los The Delines. Y yo, como espectador medio y mediocre, me pregunto si la gente lo escucha igual que yo. Si, ya estén sentados o de pie, son capaces de entender cuánto se parecen las historias que escribe Vlautin, por mucho que las suyas parezcan más cinematográficas (gracias, Sundance) o más dramáticas (porque nos las está cantando alguien que llegó desde lejos), a nuestras propias vidas. Y perdón por ponerme tan intenso pero creo que la culpa fue de ellos tanto como mía.  



Los teclados de Cory Gray se entrelazan con la guitarra, a veces con el bajo de Freddy Trujillo, como si fueran dos bailarines llevando en conjunción el ritmo. Gray hace magia y se saca una trompeta de debajo de los teclados. La acerca al micrófono y parece que nos acerca a la acequia que cruza en dos la tierra de la familia Ulibarri en Tierra Amarilla (esto es mentira, pero es un homenaje). Las raíces hispanas de la cultura norteamericana no aparecen solo a través de una trompeta que sonará a Calexico o a Ry Cooder, por mencionar a quienes conozco mejor. Los aires fronterizos y la mezcla de culturas también se asoman en la instrumental “Rudy”, donde Amy Boone se retira a una esquina y deja espacio para que los chicos ululen y describan el sur del Oeste de los Estados Unidos de América. También se celebra pertinentemente la mezcla cuando el bajista Trujillo reivindica la figura de su tocayo Freddy Fender, de los The Texas Tornados y Los Super Seven, con una canción donde lo chicano se explicita cultural y políticamente y que él introduce con un tímido pero expresivo castellano.



Cantan “Wichita Ain’t Too Far” y Amy Boone explica que la historia habla de una mujer que echa de menos a su marido, pero él es camionero y va a seguir echándole de menos mucho tiempo, por su trabajo, explica. Boone dice que se identifica y su empatía solo descubre que la de Texas parece empezar a sufrir las obligaciones de una gira que les ha llevado por Irlanda, Inglaterra, Holanda… y ahora Bilbao y el puente aéreo. 



Amy coje carrerilla y dice en un perfecto pero resbaladizo castellano: “Quisiera cantar una canción muy dramática.” Y la canta, pero antes dice “la luz, sssss”, también en castellano, y la luz se atenúa. Empieza la estrofa con una frase densa, de esas que Vlautin escribe con naturalidad, como si hiciera la lista de la compra: “I know the night will end…” Una levedad transcendente gravita sobre el teatro y la gente parece somatizar la pena. La letra es breve pero espesa. Pesa y la gente se atreve a sostener el peso. 


Se animan algo y por fin se oye la voz de Willy Vlautin. Es el prólogo de un final eléctrico que se corona con muchos aplausos, incluso con bravos, y un bis con el que no se hacen de rogar: no pasa ni un minuto y ya han vuelto a salir. Cantan dos más: “I Ain't Going Back”, la última. Buen cierre que les sirve para despedirse con la misma sobriedad y elegancia con la que abrieron, habiendo dejado en el interín, un buen ejemplo de la universalidad de la tragedia humana más ordinaria y su buen matrimonio con la música. Algo de soul con música de raíces, reivindicación sin demagogia de la interculturalidad que define las fronteras que no existen más que para cruzarlas y borrarlas. Un buen concierto, en resumen, que sonó auténtico y sincero por mucho que sonaran profesionales y refinados.



Salgo fuera a fumar un cigarrillo, sabiendo que voy a volver a entrar. La gente al salir mira los carteles como cuando sales del cine. Entro otra vez al baño alicatado y oigo conversaciones perdidas: parece que la gente ha salido reconfortada. ¿Reconforta escuchar historias tristes? ¿Hay esperanza en ellas, en la música, en la voz de Amy Boone? No lo sé, la verdad. Pero digamos que entro y saludo a Willy Vlautin, porque hace un tiempo que nos conocimos y nos dimos cuenta (o me di cuenta yo…) de que, salvadas las distancias (él tiene talento y su propia historia, yo tengo la mía y la osadía de inventarme el talento que no tengo), tenemos cosas en común que salvan esas distancias. Igual que saltan vallas y océanos y sillas plegables la música de The Delines. Compro un vinilo y me piro, a seguir viviendo mi vida que, a falta de circunvalaciones del Medio Oeste, discurre bajo el puente de Rontegi con el mismo empeño desesperado por ser humildemente feliz que desprenden las historias en las canciones de The Delines. Y perdón por la intensidad y la presuntuosidad.

  


Posdata: la foto tomada de su bandcamp. No es la banda que estuvo en Bilbao el martes. Si mis datos son correctos, en Bilbao, y aparentemente para toda la gira por Europa, la banda la formaron Amy Boone, Willy Vlautin, Sean Oldham y Freddy Trujillo, habituales y que sí aparecen en esa foto, más Cory Gray, de los The Dandy Warhols, a los teclados y la trompeta (y que no aparece en la foto, creo).

domingo, 13 de septiembre de 2015

Campo, piedras y canciones





… y, una vez rematado, atisbó el cielo hacia el sur,
un cielo azul tenue, levemente empañado por la calima,
 y frunció el ceño, no se ve rastro de vida
(Los Santos Inocentes, Miguel Delibes)

El cielo repleto de nubes grises
en medio de la mañana y una luz
transparente que perfilaba los objetos,
otorgándoles una nitidez que no recordaba.
(Intemperie, Jesús Carrasco)

Parece el final de este viaje,
pero aún queda un río por cruzar,
antes de llegar.
(Campo y piedras, Milana)


1

Desde el canchal zorrero, se veía todo el ejido. Recuerdo el sonido de la chicharra en el lejío y a mi abuelo, sentado a la puerta, contando el tiempo en silencio, como si su sombra fuera el testimonio de que la vida seguía ocurriendo. El sol absorbía la energía, la cal se agrietaba, y el rumor del viento era lo que sostenía aquella débil arquitectura de la realidad.
Yo tenía la edad para sufrirlo con fatalidad. Los terrones de tierra seca y la árida vastedad que partía en dos la carretera camino de Ceclavín parecían describir la agonía con la que intentaba admitir mi fracaso: no era capaz de acomodarme en aquel paisaje. El río Alagón aparecía tras una curva y su profundidad se hundía con un vértigo impregnado de bochorno y resonancia: ancas de rana, la piel curtida de mi abuela, el pelo acartonado por el cloro. Decían que había un pueblo hundido bajo el agua del pantano. Pensar en el fondo, desde lo alto del puente, era a la vez aliciente y espanto. Las orillas se perfilaban sobre un paisaje infinito, de color cobrizo, distante y expectante, que reclamaba tu cariño como si te estuviera ofreciendo la posibilidad de un descubrimiento doloroso.
Yo tenía la edad suficiente como para ser infantil y ridículo, ignorante e injusto. Me encerraba en las habitaciones más frescas, me sentaba a leer en una silla de enea, mera, única entre los estantes vacíos de la vieja alacena. Pasillos oscuros; entre los azulejos, un rastro de hormigas que buscaban la despensa; un barreño rojo en el patio; el sarmiento colgado; el olor a leña de encina; las moscas sobre el mantel de hule; el miedo a las sombras; la densidad del aliño para las aceitunas machás; la chanfaina en un cazo esmaltado; el empeño de mi padre por dar un paso adelante, hacerme mayor con cariño y conocimiento, crear un vínculo arraigado. Los días se hacían largos; las noches, profundas. Y uno detrás de otro, le seguían los primeros a las segundas. 
Un día me llevaron a Portugal: la frontera era una línea de agua quebrada que mi madre me hizo cruzar calzando sandalias de río. Un cielo cenizo y liso tapizaba la escena como si no fuera con él la fiesta. No recuerdo el otro lado; solo el recelo al dar el paso y la decepción de lo inmediato. Nada cambiaba, la otra orilla era igual que la partida. Otro país, las mismas piedras bruñidas, la misma tierra pajiza. En otra ocasión, mi padre me quiso llevar al mismo sitio pero campo a través. Salimos de madrugada, cuando el campo parecía un raso de escorias. Antes de llegar al castillo de Peñafiel, la bravura de los toros nos frenó en seco. Un muro de piedra calado de moras nos hizo las veces de frontera. Mi padre se apostó detrás de la mampostería y seguía con curiosidad sus movimientos. Pasamos un buen rato al abrigo de una chumbera, comiendo queso y morcón, viendo cómo, a lo lejos, las sombras negras dormían plácidamente al arrullo de la brisa y el día iba preparándose para su rutina. Al subir el sol, mi padre dijo que volviéramos y volvimos como si lo que habíamos visto fuera precisamente el destino, la frontera que buscábamos, que ya no era aquel río torvo al que le daban igual la raza de sus orillas. 
Toda esta dudosa poesía con la que ahora he querido describirlo era, en realidad y entonces, nada más que una amargura infantil, un rechazo indolente y perezoso: tirria pueril que afloraba por omisión. La calor me amedrentaba, la sequedad me ahogaba, la cobardía volvía más tremendas las tragedias que no lo eran. Y lo más turbador era que, subido al canchal, viendo el yermo abrirse al extranjero, lo que mejor recuerdo ahora es una sensación de gozo incómodo que comprendía aún menos que todo lo anterior. El cielo lo cubre todo, azul y pálido, como si le diera sentido a la tierra debajo. El bagazo del canchal calienta y el calor es agradable. Y yo miro hacia ninguna parte como si precisamente allí es donde estuviera lo que buscaba.

2

Como que tenía una resaca de caballo. De las lúcidas, de las que saboreas porque pareces hasta más listo. También era el sitio, las circunstancias. ¿Dónde estaba? Allí, Missouri Valley, Iowa, en una cafetería que hacia esquina cerca del almacén de Casey. La noche anterior les había convencido para ir a un concierto en el Sokol Underground de Omaha. No salimos del local ni para tomar el aire. A las dos de la mañana, alguien nos pidió un taxi. Conducía un bosnio que salió huyendo de Srebrenica. Llegamos haciendo ruido a casa de Ruth y yo me quedé dormido fuera, con las piernas sobre la mesa de jardín. El frío me despertó a las cinco de la mañana. Entré dentro: uno roncaba en el sofá, otro en el suelo, junto al televisor donde aún parpadeaba un canal de la televisión local con la voz muda. Me asomé a la habitación, vi que se habían enrollado y que ahora respiraban acompasados mientras dormía. Me di una ducha sin hacer ruido. Me puse la misma ropa. Casi me descalabro con el gato y me cagué en la gata que le parió. Cerré la puerta con cuidado. No recordaba dónde había dejado aparcado mi coche, pero allí estaba, justo frente a la casa: un Ford Taurus del color de la diarrea, con el cenicero atascado de colillas y una pegatina con el nombre de la escuela para la que trabajaba escoltándole los flancos. No dejé de conducir, a pesar de que me dormía, hasta que no crucé la línea del estado, llegué a una Missouri Valley que aún no había despertado y dejé el coche aparcado en la esquina del American National Bank.
Y tenía una resaca de caballo porque todo parecía verlo al mismo tiempo que ocurría. La mujer me dijo que se llamaba Mary Ann y a mí me sonó a chiste. Me llenó la taza de café varias veces y me preguntó qué garabateaba. Le dije, en broma, que estaba escribiendo una canción country y se lo tomó al pie de la letra: me dijo que ella hacía lo mismo. Tenía unos cuarenta años, el pelo cardado y un escote pronunciado debajo de la blusa de trabajo. Me contó que cantaba en una banda. No le entendí el nombre. Me dijo que debía venir a verlos, que el próximo jueves tocaban en el Jimmy's Pub de Logan. Le dije que allí estaría y la sonreí. Volvió a la barra, yo a la tarea: garabateaba, miraba por la ventana cómo ondeaba una bandera americana en el porche destartalado de una casa cercana.
Igual que había visto hacer en las películas, dejé varios billetes sobre la mesa, me despedí desde lejos y cuando iba a salir por la puerta, Mary Ann la camarera me gritó dulcemente: "Jimmy's Pub, 6 pm, don't forget." Y dije que sí con la cabeza. La resaca me dejaba apreciar que el día era soleado y el asfalto de la carretera brillaba como aceite a fuego lento. No había nadie por el pueblo. Caminé en silencio hasta el coche. Arranqué, me fui. Unos días después, hice el camino de regreso hasta Logan. Entré en el Jimmy's Pub y me senté al final de la barra, con la etiqueta de foráneo y la cualidad de impropio en la espalda desde que abrí la puerta y, tras la espesa negrura, aparecieron luces, aromas y siluetas. 
Nadie me molestó y nadie fue agradable conmigo. Me sirvieron cerveza fría después de estudiar mi documentación y se olvidaron de mí. A los diez minutos, se iluminó una pequeña esquina junto a los billares y apareció un escenario de madera que crujía cuando subían los miembros de la banda, con Mary Ann la camarera a la cabeza, sonriente y rejuvenecida, con un escote parecido pero mucho brillo de ojos y el pelo suelto y alisado para la ocasión. Dijo buenas noches, Logan, y el camino lo abrió a taconazos sobre el enmaderado. La gente aplaudía cuando debía, bailaban casi todo el rato y, de vez en cuando, compartían yihaaas! que sonaban a cuernos en la cima de un monte bocinero. Para cuando Mary Ann ya estaba despeinada, sofocada y desatada (o quizás es cómo la veía yo a través de tanta stout artesanal), el local se había convertido en un hervidero de feromonas patrióticas y yo en un extraño apéndice al que nadie había invitado. Entonces, Mary Ann aterciopeló su voz, pegó los labios al micrófono y dijo algo que traduzco y así pierdo aún más credibilidad: "Vamos a ponernos tiernos, chicos. La próxima es para que os arriméis. Pero antes os voy a contar algo: el otro día estaba trabajando y entró un chico al local. Venía de Omaha, pero, en realidad, había llegado antes desde algún lugar de Europa. Me trató de manera condescendiente, probablemente aún estuviera pedo por cómo le brillaban los ojos, ¿me entendéis? Pero me acordé de mi Lou. Todos conocíais a mi Lou. Y eso me hizo pensar: quizás solo somos extranjeros cuando queremos, porque, en realidad, todos hemos nacido en el mismo país de mierda, sea cuál sea su bandera. Ésta va para Lou y para aquel poeta europeo." A la altura de "hemos nacido" se dio la vuelta para mirar al batería, y no dio tiempo a que las caras de sorpresa y el silencio asombrado de los que la escuchaban desde abajo estropearan su momento. El guitarrista eligió unos acordes melancólicos, las luces se atenuaron, y la gente se olvidó de lo que dijo luego. Yo, al fondo, sin apartarme de la barra que me servía de parapeto, cerré la boca, la arrugué e intenté imaginarme a Lou y a Mary Ann bailando agarrados en pongamos que en un concierto de Bad Blake.
Termina el concierto y salgo, dejo dentro a Mary Ann, a Lou y al resto de la gente que pertenece. Logan ya se prepara para dormir. Camino hacia el coche, pero cuando llego, no entro. Enciendo un cigarrillo, me poso en el capó y miro hacia arriba: intenso, denso y tenebroso. Doy una larga calada y murmuro: “El mismo cielo de mierda."

3 

Apago el ordenador, cierro la puerta. Ya no queda nadie y salgo por el patio de atrás. Fuera, me paro en las escaleras y miro hacia el cielo; no porque vaya a tener epifanía alguna, simplemente porque se ha echado la tarde encima y el sol empieza a agazaparse por detrás de los tejados, dejando un rastro de color empolvado, un grana desvanecido, como el tiznado que deja el carmín. Es bonito. Me recuerda a la infancia. Llego al garaje, y no queda nadie. Arranco, enciedo la música, elijo el disco de Milana, y espero a que se abra el portón. Apenas hay tráfico, los semáforos se abren y se cierran. Cojo la autovía y todo es línea recta. Campo y piedras a un lado, piedras y campo en el otro. El cielo lo cubre todo mientras el carmín lo enturbia: vetas gruesas y gaseosas, rizos de vapor. Casi no me doy cuenta de que es el mismo camino de siempre, cruzando las mismas fronteras, bajo el mismo cielo. Así voy pensando, oyendo, viendo hacia atrás, lejos, sin miedo. Canción tras canción. 
Todo esto se me ha ocurrido al escuchar el disco de Milana, "Campo y piedras." Del disco y de la banda, de Azarías y la grajeta, ya hablaremos otro día.







Posdata: la imagen está tomada del buscador de imágenes de google y proviene del bandcamp de la banda, milanamusica.bandcamp.com. Es una de las ilustraciones que acompañan al disco. Su inspirada autora se llama María Polán.