Campo, piedras y canciones





… y, una vez rematado, atisbó el cielo hacia el sur,
un cielo azul tenue, levemente empañado por la calima,
 y frunció el ceño, no se ve rastro de vida
(Los Santos Inocentes, Miguel Delibes)

El cielo repleto de nubes grises
en medio de la mañana y una luz
transparente que perfilaba los objetos,
otorgándoles una nitidez que no recordaba.
(Intemperie, Jesús Carrasco)

Parece el final de este viaje,
pero aún queda un río por cruzar,
antes de llegar.
(Campo y piedras, Milana)


1

Desde el canchal zorrero, se veía todo el ejido. Recuerdo el sonido de la chicharra en el lejío y a mi abuelo, sentado a la puerta, contando el tiempo en silencio, como si su sombra fuera el testimonio de que la vida seguía ocurriendo. El sol absorbía la energía, la cal se agrietaba, y el rumor del viento era lo que sostenía aquella débil arquitectura de la realidad.
Yo tenía la edad para sufrirlo con fatalidad. Los terrones de tierra seca y la árida vastedad que partía en dos la carretera camino de Ceclavín parecían describir la agonía con la que intentaba admitir mi fracaso: no era capaz de acomodarme en aquel paisaje. El río Alagón aparecía tras una curva y su profundidad se hundía con un vértigo impregnado de bochorno y resonancia: ancas de rana, la piel curtida de mi abuela, el pelo acartonado por el cloro. Decían que había un pueblo hundido bajo el agua del pantano. Pensar en el fondo, desde lo alto del puente, era a la vez aliciente y espanto. Las orillas se perfilaban sobre un paisaje infinito, de color cobrizo, distante y expectante, que reclamaba tu cariño como si te estuviera ofreciendo la posibilidad de un descubrimiento doloroso.
Yo tenía la edad suficiente como para ser infantil y ridículo, ignorante e injusto. Me encerraba en las habitaciones más frescas, me sentaba a leer en una silla de enea, mera, única entre los estantes vacíos de la vieja alacena. Pasillos oscuros; entre los azulejos, un rastro de hormigas que buscaban la despensa; un barreño rojo en el patio; el sarmiento colgado; el olor a leña de encina; las moscas sobre el mantel de hule; el miedo a las sombras; la densidad del aliño para las aceitunas machás; la chanfaina en un cazo esmaltado; el empeño de mi padre por dar un paso adelante, hacerme mayor con cariño y conocimiento, crear un vínculo arraigado. Los días se hacían largos; las noches, profundas. Y uno detrás de otro, le seguían los primeros a las segundas. 
Un día me llevaron a Portugal: la frontera era una línea de agua quebrada que mi madre me hizo cruzar calzando sandalias de río. Un cielo cenizo y liso tapizaba la escena como si no fuera con él la fiesta. No recuerdo el otro lado; solo el recelo al dar el paso y la decepción de lo inmediato. Nada cambiaba, la otra orilla era igual que la partida. Otro país, las mismas piedras bruñidas, la misma tierra pajiza. En otra ocasión, mi padre me quiso llevar al mismo sitio pero campo a través. Salimos de madrugada, cuando el campo parecía un raso de escorias. Antes de llegar al castillo de Peñafiel, la bravura de los toros nos frenó en seco. Un muro de piedra calado de moras nos hizo las veces de frontera. Mi padre se apostó detrás de la mampostería y seguía con curiosidad sus movimientos. Pasamos un buen rato al abrigo de una chumbera, comiendo queso y morcón, viendo cómo, a lo lejos, las sombras negras dormían plácidamente al arrullo de la brisa y el día iba preparándose para su rutina. Al subir el sol, mi padre dijo que volviéramos y volvimos como si lo que habíamos visto fuera precisamente el destino, la frontera que buscábamos, que ya no era aquel río torvo al que le daban igual la raza de sus orillas. 
Toda esta dudosa poesía con la que ahora he querido describirlo era, en realidad y entonces, nada más que una amargura infantil, un rechazo indolente y perezoso: tirria pueril que afloraba por omisión. La calor me amedrentaba, la sequedad me ahogaba, la cobardía volvía más tremendas las tragedias que no lo eran. Y lo más turbador era que, subido al canchal, viendo el yermo abrirse al extranjero, lo que mejor recuerdo ahora es una sensación de gozo incómodo que comprendía aún menos que todo lo anterior. El cielo lo cubre todo, azul y pálido, como si le diera sentido a la tierra debajo. El bagazo del canchal calienta y el calor es agradable. Y yo miro hacia ninguna parte como si precisamente allí es donde estuviera lo que buscaba.

2

Como que tenía una resaca de caballo. De las lúcidas, de las que saboreas porque pareces hasta más listo. También era el sitio, las circunstancias. ¿Dónde estaba? Allí, Missouri Valley, Iowa, en una cafetería que hacia esquina cerca del almacén de Casey. La noche anterior les había convencido para ir a un concierto en el Sokol Underground de Omaha. No salimos del local ni para tomar el aire. A las dos de la mañana, alguien nos pidió un taxi. Conducía un bosnio que salió huyendo de Srebrenica. Llegamos haciendo ruido a casa de Ruth y yo me quedé dormido fuera, con las piernas sobre la mesa de jardín. El frío me despertó a las cinco de la mañana. Entré dentro: uno roncaba en el sofá, otro en el suelo, junto al televisor donde aún parpadeaba un canal de la televisión local con la voz muda. Me asomé a la habitación, vi que se habían enrollado y que ahora respiraban acompasados mientras dormía. Me di una ducha sin hacer ruido. Me puse la misma ropa. Casi me descalabro con el gato y me cagué en la gata que le parió. Cerré la puerta con cuidado. No recordaba dónde había dejado aparcado mi coche, pero allí estaba, justo frente a la casa: un Ford Taurus del color de la diarrea, con el cenicero atascado de colillas y una pegatina con el nombre de la escuela para la que trabajaba escoltándole los flancos. No dejé de conducir, a pesar de que me dormía, hasta que no crucé la línea del estado, llegué a una Missouri Valley que aún no había despertado y dejé el coche aparcado en la esquina del American National Bank.
Y tenía una resaca de caballo porque todo parecía verlo al mismo tiempo que ocurría. La mujer me dijo que se llamaba Mary Ann y a mí me sonó a chiste. Me llenó la taza de café varias veces y me preguntó qué garabateaba. Le dije, en broma, que estaba escribiendo una canción country y se lo tomó al pie de la letra: me dijo que ella hacía lo mismo. Tenía unos cuarenta años, el pelo cardado y un escote pronunciado debajo de la blusa de trabajo. Me contó que cantaba en una banda. No le entendí el nombre. Me dijo que debía venir a verlos, que el próximo jueves tocaban en el Jimmy's Pub de Logan. Le dije que allí estaría y la sonreí. Volvió a la barra, yo a la tarea: garabateaba, miraba por la ventana cómo ondeaba una bandera americana en el porche destartalado de una casa cercana.
Igual que había visto hacer en las películas, dejé varios billetes sobre la mesa, me despedí desde lejos y cuando iba a salir por la puerta, Mary Ann la camarera me gritó dulcemente: "Jimmy's Pub, 6 pm, don't forget." Y dije que sí con la cabeza. La resaca me dejaba apreciar que el día era soleado y el asfalto de la carretera brillaba como aceite a fuego lento. No había nadie por el pueblo. Caminé en silencio hasta el coche. Arranqué, me fui. Unos días después, hice el camino de regreso hasta Logan. Entré en el Jimmy's Pub y me senté al final de la barra, con la etiqueta de foráneo y la cualidad de impropio en la espalda desde que abrí la puerta y, tras la espesa negrura, aparecieron luces, aromas y siluetas. 
Nadie me molestó y nadie fue agradable conmigo. Me sirvieron cerveza fría después de estudiar mi documentación y se olvidaron de mí. A los diez minutos, se iluminó una pequeña esquina junto a los billares y apareció un escenario de madera que crujía cuando subían los miembros de la banda, con Mary Ann la camarera a la cabeza, sonriente y rejuvenecida, con un escote parecido pero mucho brillo de ojos y el pelo suelto y alisado para la ocasión. Dijo buenas noches, Logan, y el camino lo abrió a taconazos sobre el enmaderado. La gente aplaudía cuando debía, bailaban casi todo el rato y, de vez en cuando, compartían yihaaas! que sonaban a cuernos en la cima de un monte bocinero. Para cuando Mary Ann ya estaba despeinada, sofocada y desatada (o quizás es cómo la veía yo a través de tanta stout artesanal), el local se había convertido en un hervidero de feromonas patrióticas y yo en un extraño apéndice al que nadie había invitado. Entonces, Mary Ann aterciopeló su voz, pegó los labios al micrófono y dijo algo que traduzco y así pierdo aún más credibilidad: "Vamos a ponernos tiernos, chicos. La próxima es para que os arriméis. Pero antes os voy a contar algo: el otro día estaba trabajando y entró un chico al local. Venía de Omaha, pero, en realidad, había llegado antes desde algún lugar de Europa. Me trató de manera condescendiente, probablemente aún estuviera pedo por cómo le brillaban los ojos, ¿me entendéis? Pero me acordé de mi Lou. Todos conocíais a mi Lou. Y eso me hizo pensar: quizás solo somos extranjeros cuando queremos, porque, en realidad, todos hemos nacido en el mismo país de mierda, sea cuál sea su bandera. Ésta va para Lou y para aquel poeta europeo." A la altura de "hemos nacido" se dio la vuelta para mirar al batería, y no dio tiempo a que las caras de sorpresa y el silencio asombrado de los que la escuchaban desde abajo estropearan su momento. El guitarrista eligió unos acordes melancólicos, las luces se atenuaron, y la gente se olvidó de lo que dijo luego. Yo, al fondo, sin apartarme de la barra que me servía de parapeto, cerré la boca, la arrugué e intenté imaginarme a Lou y a Mary Ann bailando agarrados en pongamos que en un concierto de Bad Blake.
Termina el concierto y salgo, dejo dentro a Mary Ann, a Lou y al resto de la gente que pertenece. Logan ya se prepara para dormir. Camino hacia el coche, pero cuando llego, no entro. Enciendo un cigarrillo, me poso en el capó y miro hacia arriba: intenso, denso y tenebroso. Doy una larga calada y murmuro: “El mismo cielo de mierda."

3 

Apago el ordenador, cierro la puerta. Ya no queda nadie y salgo por el patio de atrás. Fuera, me paro en las escaleras y miro hacia el cielo; no porque vaya a tener epifanía alguna, simplemente porque se ha echado la tarde encima y el sol empieza a agazaparse por detrás de los tejados, dejando un rastro de color empolvado, un grana desvanecido, como el tiznado que deja el carmín. Es bonito. Me recuerda a la infancia. Llego al garaje, y no queda nadie. Arranco, enciedo la música, elijo el disco de Milana, y espero a que se abra el portón. Apenas hay tráfico, los semáforos se abren y se cierran. Cojo la autovía y todo es línea recta. Campo y piedras a un lado, piedras y campo en el otro. El cielo lo cubre todo mientras el carmín lo enturbia: vetas gruesas y gaseosas, rizos de vapor. Casi no me doy cuenta de que es el mismo camino de siempre, cruzando las mismas fronteras, bajo el mismo cielo. Así voy pensando, oyendo, viendo hacia atrás, lejos, sin miedo. Canción tras canción. 
Todo esto se me ha ocurrido al escuchar el disco de Milana, "Campo y piedras." Del disco y de la banda, de Azarías y la grajeta, ya hablaremos otro día.







Posdata: la imagen está tomada del buscador de imágenes de google y proviene del bandcamp de la banda, milanamusica.bandcamp.com. Es una de las ilustraciones que acompañan al disco. Su inspirada autora se llama María Polán.

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