sábado, 17 de octubre de 2015

... not even close



"It wasn't the best I ever had / not even close", así termina "Reno" de Bruce Springsteen, después de cuatro minutos de inquietante sobriedad en los que el de New Jersey habla de una prostituta que, probablemente, conoció en Reno, Nevada.
Reno, Nevada.
Bill Harrah abrió el Harrah's Hotel and Casino en Reno hace ya mucho tiempo. Aún se habla de cómo se relacionaba con sus empleados y clientes, y de cómo Harrah fue el primer inversor en el mundo de las ruletas que se decidió a contratar croupiers femeninas y a pasarse por el forro la segregación racial. En Reno, también hay un museo del automóvil. Entras por la puerta y te encuentras con un Corvette y con el Delorean. Me contaban que todos esos coches no eran más que la mitad de la colección que poseía el propio Harrah. Algo se cuenta de un incidente de tráfico cuando era niño y cómo así nació una leyenda más para alimentar el ideal americano al que muchos aún se agarran con desesperación: el self-made man, que también se da, por cierto, lo mismo en Jerez de los Caballeros que en Arteixo que en South Pasadena. Volviendo al casino, el principal teatro de espectáculos que regentan se llama el Sammy's Showroom, y, ahora mismo, el espectáculo estrella es un show de magia a cargo de Alex Ramon.
El escenario del Harrah's, sin embargo, tiene historia: sobre sus tablas, han cantado gente como Loretta Lynn, Connie Stevens, Neil Sedaka, The Righteous Brothers, Joan Rivers, Andy Williams, Patti Labelle, Trini Lopez, Merle Haggard... Antes se llamaba el Headline Room, pero fue rebautizado como Sammy's Showroom en honor a Sammy Davis Jr, amigo íntimo de Bill Harrah, y a quien siempre le brindó la oportunidad de actuar en el Headline Room a pesar del contexto histórico y los problemas raciales que sufría el país y el propio Sammy. Me contaron que Harrah le renovó el teatro entero para que Sammy Davis Jr pudiera tenerlo para él. Al parecer, en los bastidores encuentras todo lo necesario para vivir sin salir del teatro: un dormitorio, baños, cocina... Harrah quería que su amigo viviera en el hotel y no sufriera la segregación. Ése fue su regalo. 
Ahora, dos enormes pinturas que recuerdan al sonriente tuerto de Harlem escoltan el teatro junto a la puerta de salida.
Hoy en día, el Sammy's Showroom, a los ojos de un europeo con poca experiencia en los casinos, parece una sala decadente, el escenario de tiempos que quizás fueron mejores. Los peldaños enmoquetados van cruzando una platea repleta de mesas estrechas, numeradas, todas con su pequeño aplique de luz. En una esquina, hay un balcón acortinado, y el telón cae sobre un escenario ovalado que se culmina con un visillo a modo de corona. 
Esa noche, apenas podemos estrujarnos en una mesa con formas angulosas que rodea un banco mullido, con las mismas formas retorcidas de la mesa. Intento encender la lámpara, pero no funciona. Toda la gente se va sentando poco a poco, y, tras un par de discursos que tampoco importan mucho aquí, aparece Arigon Starr en el escenario, con su poderosa presencia, una sonrisa amplia, una risa salvaje, que comparte desde el principio, y un cuerpo rotundo que ocupa todo el escenario. Solo están ella y su guitarra acústica. Una guitarra que luchará por afinar durante el resto del concierto.
Arigon Starr es india, de la tribu de los Kickapoo, aunque también corre por sus venas sangre Creek y Cherokee. En 1999, ganó el premio al mejor álbum independiente en los premios de la música nativo americana. Sí, existen. Su primer disco se titulaba Meet the Diva. Después, grabó Wind-Up y su canción "Junior Frybread" se convirtió en lo más parecido a un éxito que ha tenido nunca. Después llegarían Blackflip y The Red Road. Starr ha tocado en Inglaterra y Australia, además de recorrerse Estados Unidos de cabo a rabo. Tiene otros talentos, es actriz y dibujante, y, últimamente, su serie de cómics Super Indian está teniendo un gran éxito. De vez en cuando, sigue actuando, y, según ella misma contó, que le brindaran la oportunidad de volver a colgarse la guitarra y tocar en un escenario como el Sammy's Showroom le había devuelto la alegría. Y la alegría se le notó: no dejó de contar anécdotas y chirigotas, se vaciló a sí misma, se celebró a sí misma, se soltó en los coros y se entregó hasta el final en un concierto de música country, con contenido reivindicativo y agudo, sin descanso, y que terminó sin clímax. 
Empezó con "Navajo Radio", sonando a algo entre Flash Dance y Patti Smith, o los Pretenders, no sé, con el resto de la banda pregrabada, cosa que solo haría una vez más. Después, siguió con su repertorio y consiguió que su guitarra pasara de la cumbia a Billy Bragg sin que pudieras reaccionar. Coronaba sus canciones con historias que parecían ampliarlas o chistes que las relativizaban, como cuando terminó una con un chascarrillo que hizo reír a la audiencia local: "Baseball is an Indian game". Y lo sabes, añadió con un gesto que no fue igual que el de Julio Iglesias. La canción en la que homenajeaba la memoria de su padre y su colección de vinilos fue la mejor de la colección en directo, según mi pobre criterio. Habló de Bob Dylan, Dwight Yoakam y Robert Plant, y de músicos que habían grabado con ellos. También del escritor cherokee Robert J Conley, aunque tuvo la delicadeza de contarnos el final del libro y estropeárnoslo. Antes de acercarse al final y cerrar con la historia de un camionero indio o alabar la condición de hogar del estado de Oklahoma, Starr se puso "silly", como ella mismo dijo, y erizó aún más su sentido del humor, tanto con su country repleto de sorpresas inesperadas, como con sus parlamentos entre canción y canción. Memorable el sucedido, exagerando el acento de su tribu, en el que se puso a imitar a la gente que se acerca y le pide permiso para acariciar su pelo porque: "yu indians arrr so ispirituaaal". Que no traduzco. Por lo demás, terminó arrebatada, con una canción que no enganchó, pasando del country más puro a lo que se radiaría en Kiss FM, con un voz dominada por los graves y una guitarra que le costaba afinar, pero superando la prueba de la reivindicación cultural con sentido del humor y dignidad, sin resultar demagógica y demostrando lo complejo que es definirnos si queremos usar conceptos limitados y concretos. 
El Harrah's necesita toda una manzana, con fachadas hacia el norte, sur, este y oeste, para dar cobijo a sus cientos de habitaciones, sus varios restaurantes, y las mesas de juego que permanecen todo el día abiertas en salones sin ventanas, con los relojes prohibidos, y la moqueta soportando colillas y restos de cerveza. Todo el reino lo forman dos torres enormes y un pasadizo de cristal que las une. Fuera, en ocasiones, parece que todo el mundo abandonó la ciudad y las calles fueron evacuadas, mientras las luces del Cal Neva salpican con nostalgia el cruce de calles. La fachada del hotel que da a Lake Street, justo frente a la estación de autobuses y cerca de la vieja señal luminosa que daba la bienvenida al centro de Reno antiguamente, esconde un secreto que aparece en algunas guías de viaje. Entre el hormigón pálido del hotel, aún aguanta un pequeño edificio de ladrillo bermejo, chirriante y anacrónico, testarudo y orgulloso como la casa de Carl Fredricksen en Up, pero sin intención alguna de echarse a volar. Es el hotel Santa Fe, un hotel como el Red Star de Elko, que sirvió durante años para aliviar el desencanto y la añoranza de los vascos que emigraron a los Estados Unidos para cuidar ovejas. Me explican que ya murieron los últimos pastores que le daban sentido al hotel, también que Harrah's ha intentando comprar el negocio cientos de veces, pero el local, aunque haya cambiado de dueños, sigue allí, con un puñado de habitaciones, fotos de Biarritz, un plano de Euskal Herria, y un comedor con bancadas y manteles de cuadros donde no se reserva espacio, te tocará comer con quien se siente a tu lado. También hay una jukebox, con los letreros borrados por el tiempo. Todos los que vamos nos tomamos un picón, la bebida típica del local, algo que recuerda a una explosiva mezcla de sangría y orujo que parece no tener nada de vasca, al menos al sur del Bidasoa. Un vasco que emigró hace años, acodado en la barra, con una gorra de beisbol y camisa de cuadros, pone a prueba nuestro euskera. No sonríe pero se le ve agradecido. Dicen que es bertsolari, pero no bota ninguno.
Salgo fuera a fumar un cigarrillo y dejo al resto dentro, intentando vencer al picón. Enciendo el cigarrillo y me alejo un tramo, lo justo para ver el edificio en perspectiva y reconocer por qué es un sitio con magia. Emparedado entre las costillas del Harrah's, sobreviviendo con una testarudez que me obliga a dar una buena calada, reconozco el paso del tiempo y las heridas de guerra. También pienso en Arigon Starr. Hay algo que parecen compartir ambas experiencias, y no tienen nada que ver con "Reno" de Bruce Springsteen. O igual sí. Igual acabo de meter la cabeza en la ratonera, porque, como decía Bernardo Atxaga, es la única manera de llegar a lo universal, a través del agujero de una madriguera... 
"Not even close," tío, "not even close", me grita un tío cuando me ve lanzar la colilla de un pititaco y fallar en mi intento de perderla por la alcantarilla. Le sonrío. Y él me sonríe. Apenas le quedan dientes, lleva una gorra desgastada de los Hawkeyes de Iowa y tiene la piel tan curtida como el fondo de un río seco. Con sus dedos largos, sin carne, hace el gesto de darle una calada a un cigarro imaginario. Le doy uno de verdad. Me guiña un ojo y sigue calle abajo, probablemente, hacia ningún lado. "Best I ever had", grita, alzando el cigarrillo hacia el cielo.
Y yo no sé si es coña o me lo estoy inventando ahora mismo.

sábado, 10 de octubre de 2015

Undostres!!!



Una cosa: no tengo ni puta idea de cómo empezar. De cómo terminar, tampoco, pero eso es lo de menos. Empiezas y ya acabarás, pero si no sabes cómo empezar... empezar por decir que no sabes cómo empezar no es la mejor solución. 
Dos cosas: me da igual y, además, la gente que lee esto ya está acostumbrada. 
Tres tíos: uno que toca la batería, otro que toca el bajo, y el tercero a la guitarra, que también canta. 

Un, dos, tres, ¡fuego!

Los Quadrophenicos (con o sin acento, no lo sé) de Arrasate, o Mondra, versionearon "Sonidos de guerra" de Eskorbuto, y antes lo hicieron con "Venid a las cloacas" de la Banda Trapera del Río, dejando testimonio de su formación y equipaje. El cantante vestía camiseta de The Sonics (¡digresión!, que decía el propio Holden Caulfield: el otro día escuché su último álbum y no me quedaron ganas de escuchar otra cosa en todo el día), en el bombo ponía Los Cretinos y en el pozo sin fondo de internet les ves categorizados con etiquetas como garaje, punk, rock, rhythm and blues, blues... Por lo tanto, ¿alguien lee las etiquetas de los vaqueros para saber si puede o debe lavar los pantalones en frío o en caliente? Pues lo mismo pasa con la música: camisetas, descripciones largas del facebook, versiones y acordes prestados... Da igual todo: lo importante es el producto que siempre altera los factores.

Estos tíos son capaces de cantar una línea que dice "la policía al acecho está" y cerrarlo con un punteo con los dedos haciendo arabescos por la mitad del mástil. Punk y rock pero distinto. Nasti de Plasti, que fue a los últimos que vimos, son punkrock, pero como si ambos fueran líquidos miscibles, que yo no entiendo mucho de química pero espero que sirva para explicarme, y al mezclarlos producen una solución única. Los Quadrophenicos (con o sin acento, no lo sé) son punk y rock, como si la mezcla funcionara pero los solventes no formaran un todo homogéneo. Me explico: en una misma canción, las partes vocales pueden ser hasta hardcore a lo Mackaye y Picciotto, acompañadas por un bajo a lo The Business y una batería con perfiles pares, pero, de repente, se sueltan un frenazo y aparece un punteo que suena a rock and roll del de academia y enciclopedia, con cierto peso bluesero que hace aún más difícil la mezcla. ¿Lo cojonudo? Lo cojonudo es que mi estúpida y presuntuosa explicación pseudocientífica no funciona tan bien como funciona la mezcla de estos tíos, por mucho que se les vean las partes y/o las costuras. 

Déjame que te sea sincero por última vez: hubo momentos en los que aquello, más que El Tubo, parecía el local de ensayo de estos tíos en Arrasate, o Mondra, o dónde sea que ensayen. "Puto flash," le grita el cantante a un colega mientras se ríe. Desde mi esquina, me siento, a veces, como las amigas de Mary Tilford, escuchando escondido detrás de la puerta, porque estos tíos parecen estar tocando para los cuatro colegas que vinieron con ellos. No entran al trapo de las coñas futbolísticas y regionales que se escuchan por el fondo, aunque, al final, el batería, un tío que resultará bien simpático y se hartará a regalar discos después del concierto (gracias, tío, lo escucharemos con atención), se anima y grita: "Bilbao llega hasta Mondra, ¿no?" Algo más le costará al cantante, que se pasa la mitad del concierto sacudiéndose la muñeca izquierda y haciendo estiramientos, y al final, su chiste nos lo explica todo: "Mira si soy del Athletic que juego lesionado." Pero, a lo que iba, tocan como si estuvieran en el local, mirando para el techo o para la grada donde tienen a la afición. Incluso se lanzan preguntas como si estuvieran practicando: "¿Cuando está distorsionado o cuando no está?" El batería se excusa y va a mear: "No es muy profesional, pero...". Así que dicen: "Vamos a ir acabando con una versión..." Y desde el graderío del equipo contrario gritan aquello de "¡¡¡Una de Los Roñas!!!!", como es tradición por estos lares, pero ellos se sueltan el  "uno... dos... tres... Eskorbuto." La cosa llega al paroxismo de la república de mi casa cuando al pedirles un bis, en lugar de ello, el cantante se pone a la batera y dos chavales, aparentemente con edad para jugar en los juveniles de la Real ("La cantera de Gipuzkoa," sonríe David), y que estuvieron siguiendo el concierto como si por fin les interesara una lección de la profesora de inglés, pillan la guitarra y el bajo y se lanzan a tocar. Eso sí, como dicen que ocurre en el rugby, después llega el tercer tiempo, y todos los (pocos, la verdad) asistentes se mezclan (miscibilidad, qué bonita palabra que encontré en la wikipedia, fijo) con la banda, con los espontáneos, con los hosteleros, con los lugareños, y se reparten discos, se aceptan, otra vez, las coñas futbolísticas y regionales, y ya te lo dije al principio, no sabía cómo empezar, pero tampoco cómo acabar. Así que mejor paro aquí que a mí nadie me pide un bis.    

sábado, 3 de octubre de 2015

El poder de la música



He bajado a la misma cafetería a la que suelo bajar los sábados por la mañana, aquellos sábados en los que encuentro una hora para dedicarla a esto: sentarte junto a la ventana, sacar el ordenador, beber café mientras los paisanos hablan de fútbol, del gobierno o de un ayuntamiento que, precisamente, se ve desde donde estoy sentado. 
Abro el correo y veo que me han escrito desde Power Records. Es un email colectivo, con un archivo adjunto, que me pongo a leer antes de hacer caso al resto de los mensajes de trabajo. La tienda de discos bilbaína celebra su veinticinco aniversario e invitan a todos los que alguna vez han sido clientes de la tienda (es mi caso) a celebrarlo con ellos. De poco homenaje servirá hacerse eco en este blog descafeinado y fláccido, pero era obligado hacerlo. 

Yo abandoné el vinilo igual que abandoné el fútbol de segunda b. Lo hice cuando la mayoría de edad me permitía empezar a descubrir la profundidad de la noche. Siempre fui un chaval que sacaba buenas notas sin esfuerzo, que no hacía ruido en casa y que pasaba menos tiempo tirado en el sofá viendo la televisión, que en la cama leyendo libros. Mis padres no sé si confiaban o no supieron cómo llevarme la contraria. Así que no renové el carné del club y dejé de preocuparme por aprender sobre música, para dedicarme a consumirla compartida. También fui siempre tímido y acoquinado, y esto tendrá tanta influencia en lo que contaré a continuación, como todo lo anterior. 
Hace unos meses nació mi hija y solo decirlo parece cubrirte de años sin posibilidad de puntualizar. Unos meses antes de que lo hiciera le dije a mi pareja: es ahora o nunca. Cuando nazca, ya no lo haré, y llevo años queriendo hacerlo. Así que lo hice, me compré un buen equipo y lo instalé en casa. Me decía: no iré a conciertos, pero recuperaré la música que gira. Y así ha sido. Volví a revolver entre las filas de vinilos, sin dirección ni consenso, sin saber cómo quería construir una colección o para qué quería hacerlo. Solo porque parece que hay algo agradable en el simple placer de pronunciar la palabra vinilo. 
Lo primero que hice fue ir a Power Records. Compré el último disco de Alabama Shakes y les encargué el primero. Me pidieron mi dirección de correo para informarme cuando llegara, y lo hicieron. Y por eso me han mandado este nuevo email, supongo. 
Desde entonces he ido por allí otro par de veces, compré discos de The Kids, The Business y alguno más. El domingo pasado fuimos al MuMe y cayeron The Undertones, The Ozark Mountain Daredevils y un par de Jason & The Scorchers. Siempre me queda pendiente visitar La Casa de Atrás, donde la última vez que revisé los vinilos, aún no tenía equipo. He comprado más vinilos, pero mi colección apenas superará los cincuenta ejemplares, cada uno hijo de su padre y de su madre, desde The Beach Boys hasta Putakaska, pasando por The Wizards, Brand New Sinclairs, La URSS, Jennifer Rush (sí, Jennifer Rush... y Oskorri) y los ya mencionados. 
Aún hoy es el día en el que me pongo nervioso al empezar a revisar las montoneras. Tengo somatizada la idea de que el mundo del vinilo es un mundo de veteranos expertos y jóvenes despiertos con el gusto aguzado desde el nacimiento. Tengo somatizada la idea (quizás preconcebida) de que hay un ritual en todo esto. Y yo no conozco las señas aunque sepa jugar al mus. Me siento como un invitado molesto, como un foráneo fastidioso, como un novato que va de guay. Me abruma la cantidad de musica que ha sido grabada y lo difícil que es moverse en ese océano de posibilidad y arbitrio. Aún hoy en día entro a Power Records y sudo. Literalmente, sudo. Me paso allí una hora metido, mirando y mirando, pensando y pensando, y al final compro la última chorrada que pensaba comprar, mientras el resto del tiempo lo he dedicado a escuchar conversaciones que no me invitaban a escuchar, observando cómo la gente se mueve con soltura, qué miran, cómo lo miran, cómo serán sus vidas fuera de la tienda. Si alguien me pidiera que eligiera, entre los muchos personajes que se ha inventado el cine (creo que el de Nick Hornby era algo distinto) alguno al que quisiera parecerme, sin duda, elegiría al John Cusack de High Fidelity pero sin su inmadurez monomaníaca con las mujeres.
Más allá de Power Records o La casa de atrás (que es más que una tienda de discos) y alguna otra del botxo bilbaíno, o la más doméstica y socorrida Long Play de Barakaldo, no conozco muchas otras tiendas de discos. No soy un fanático que decida sus vacaciones por las posibilidades mercantiles en este campo, que conozco quién lo hace. Hace años, eso sí, pasamos unos días en Granada. Una noche entramos a un pub donde nos gustaba la música que sonaba. Era miércoles y no había ni un alma. Empezamos a hablar con el dueño y le preguntamos dónde había más bares del pelo. A mitad de la conversación, le saqué nuestro mapa y le dije: dime dónde. Sus ojos se abrieron y nos miró como si fuéramos Bonnie and Clyde pero sin ánimo de atracarle: es la primera vez que veo unos turistas con un mapa así. No habíamos marcado sobre el callejero de Granada ni una sola iglesia ni museo, estaba lleno de equis que señalaban los bares y las salas de los que habíamos oído hablar en internet. "Los tenéis todos," murmuró aún sorprendido. No podría hacer lo mismo con tiendas de vinilo, pero, en ocasiones, hacen la misma función que los bares: son esa sala de estar donde no puedes poner los pies encima del sofá, pero te puedes llegar a sentir incluso más relajado y cómodo. Cuando tuve que vivir un año alejado de toda la peña a la que apreciaba, en una aldea acojedora pero asfixiante del medio oeste americano, Homer's Music y Drastic Plastic, ambas en el Old Market de Omaha, fueron lo más parecido a una cura de morriña que pude encontrar. 

Así que después de toda esta chapa monumental que solo demuestra las ganas que tenía de encontrar una disculpa para ponerme a teclear mientras suena Guy Clark en este bar, y así retrasar aún más la lectura de los emails que ya debería haber leído, hablemos de lo que realmente es interesante: de Power Records y su fiesta de cumpleaños. 
Para celebrarlo, la tienda bilbaína te anima a ir al concierto cuyo cartel inaugura esta entrada en la cabecera. El canadiense Douglas Paisley, cuyo apellido remite a la etiqueta con la que hermanaron a Long Ryders y a Green on Red, un talentoso artista al que quizás no se le ha dado por aquí la publicidad que debería, y los The Parsons Red Head, una banda de Portland que menciona a los Beatles, los Byrds y Big Star en su biografía, se reunirán en la Kutxabeltza del Kafe Antzokia este próximo 7 de Octubre para felicitar con música el cumpleaños de una tienda de discos que, como ellos mismos dicen en el mensaje de invitación, ha podido sobrevivir a pesar de que, desde que empezaron en 1990, los tiempos han cambiado y "las tiendas de discos, las librerías, los cines fueron desapareciendo más o menos silenciosamente." Hay algunas que siguen abiertas, también silenciosamente, así que disfrutemos del ruido melodioso de la música para seguir celebrándolo y para no olvidarnos de que están ahí y que es mejor gastarse el dinero que nos cuesta ahorrar en ellas que, por ejemplo, en la ropa que globaliza estéticamente el mundo. 
Yo intentaré ir y espero sudar menos que cuando intento jugar al mus y echar órdago a pares sin tenerlos. Y, si no voy, seguiré escurriéndome por entre las hileras de discos mientras pienso que lo que vaya reuniendo, por poco gusto y sentido que tenga la mezcla, servirá para que, algún día, mi hija aprenda que merece la pena el tiempo que te lleva levantar la tapa, descapullar la aguja, colocar el vinilo, bajarla y escuchar lo que cinco tíos o tías desde el otro lado del mundo han grabado en el sótano de una granja porque, por alguna razón, necesitaban hacerlo. Ella seguro que no suda tanto y quizás pueda celebrar el cincuenta cumpleaños de Power Records y el aniversario de muchas otras tiendas de discos que le dan un sentido cojonudamente luminoso y goloso a la palabra anacrónico. 

Perdón por la chapa.