Una gira en tres actos: con prólogo, epílogo y sin remordimientos




Lo digo desde el principio, para que nadie se asuste: me la suda si me excedo. Sé que siempre me paso, pero paso de los adverbios temporales y de la propia consciencia. No podía escribir solo una crónica. O dos crónicas. O simplemente una crónica. O dos simples crónicas. No hay simpleza que valga, ni números ordinales. Ni experiencias ordinarias. Tengo que ponerle el extra por delante y por eso pienso excederme, extralimitarme.
Voy a proponerme hasta ponerle orden a la anarquía, que es como hacer bachata con "Espinete el primer punky", pero me la refanfinfla: pongo prólogo y epílogo para ordenar. Por lo tanto, ésta es la crónica expansiva y desmedida de mi (sí, primera persona del singular a espuertas) experiencia musical y extramusical durante la gira de Toni Monserrat con el Inc a medias, en dueto con Simó Vall y con la compañía de Tomeu Gomila, mánager, promotor y ex-vendedor de enciclopedias en el botxo bilbaíno.
Todo lo que aquí cuento, por cierto, ha pasado por el filtro de la inquisición de mi memoria, la censura de mi pundonor y la crítica de mi percepción. Ergo, ni puto caso. Lee solo el corolario, que viene a repetir lo que todos ya sabemos: lo mejor de la música es el alma y, si el alma existe, solo puede ser mejor con música. Así que puedes ahorrarte hasta leer el epílogo. Déjalo, vete, pega la vuelta, aprovecha el tiempo para hurgarte en la nariz o cualquier otra cosa más práctica y útil.

Prólogo: Allen Toussaint

Murió a los 77 años de un ataque al corazón, poco después de ofrecer el que sería su último concierto en el Teatro Lara de Madrid. Siempre unido a los sonidos de Nueva Orleáns, el destino (o quién o lo qué sea que decide, si es que alguien lo hace, cómo y cuándo morimos) quiso que Toussaint falleciera muy lejos del Misisipí, en Malasaña, donde no hay bayous pero sí, al parecer, un gusto exquisito para el calzado (léase alguna crónica de ese último concierto).
Toussaint murió el martes 10 de Noviembre. Yo escuché la noticia mientras volvía a casa. Casi al instante, aunque no estuviera relacionado, me llamó por teléfono Toni Monserrat. Estaba excitado porque se encontraba a pocos kilómetros de mi casa. Ya estaba en mi tierra. Me llamó por el diminutivo; quedamos para desayunar al día siguiente. Colgué. No sé por qué, pero me acordé de aquella frase con la que Toussaint hablaba del huracán Katrina en una entrevista: "I must say I saw the human drama in full force" ("Tengo que decir que vi el drama humano en toda su potencia"). No miento, me acordé. No es un recurso literario, tampoco algo de lo que esté orgulloso. Me acordé, no sé por qué. No me gustan los aforismos y menos el sarcasmo, pero me pareció que tenía coña la cosa: mi semana más musical del año comenzaba con una muerte. Jamás llegué a escuchar un disco entero de Toussaint, vaya la sinceridad por delante, pero aún recuerdo el título de aquella canción que un pianista borracho intentaba obcecadamente terminar mientras yo buscaba encestar cacahuetes en su copa de cognac: "Tipitina and Me".
A la mañana siguiente, camino del Satélite T para comer a 7,50 de 10, le comenté a Toni:
- "Ayer se murió Allen Toussaint."
- "¿Quién?"
Sentí un enorme alivio. No me gustan los aforismos, el sarcasmo ni las coincidencias fúnebres. 

Neil Young - Elvis Presley

Jon Barrasa, el dueño del negocio, nos comenta: "Ayer fue el cumpleaños de Neil Young, por cierto." Qué coincidencia. Neil Percival Young cumple setenta años, casi nada. Acabo de encontrar en una pila el vinilo del Panorama de The Cars y estaba explicándole a Toni lo que significa para mí ese disco. Para cuando The Cars sacaba Panorama, Young ya llevaba 20 años de carrera musical.
Paso a otra pila y leo el repertorio en un disco de Green on Red, mientras Toni me cuenta lo de ese concierto homenaje que le están montando al canadiense en Mallorca. Estará toda la tropa balear, me comenta, y a él le han propuesto participar en una charla coloquio, a la que también han invitado a uno de los muchos melómanos que conoceremos mañana, durante su concierto en Bilbao. 
- "¿Y qué digo yo del Young?," me pregunta Toni con una sonrisa, mientras sigue enredando en las pilas de Power Records. 
- "Que solo te gustan las versiones que hace Pearl Jam," le contesto. Y añado: "Vámonos a tomar una cerveza."
Y nos vamos. Nos vamos al casco y degustamos bacalao en distintas recetas, a cuál más autóctona. Croquetas en el Txiriboga y risas en el Irrintzi, aunque no me acuerdo por qué. Antes de coger el metro, paramos en el Muga y, mientras Toni repasa los carteles, aprovecho para comprar un ejemplar de Barakaldo Punk Rock City y regalárselo. Le explico la portada, le explico quiénes son los grupos y qué supone el punk para la ciudad donde tocará el sábado.
Del Muga nos vamos a la plaza Unamuno y le invitamos a un té verde a Bila. Llegó del Senegal hace varios años. Primero curró en el negocio de los bisones en Galicia, ahora vende calcetines y pulseras multicolores. Nos despedimos y viajamos al extrarradio. Mientras nos dejamos llevar por la rampa mecánica del metro, advierto a Toni: "Olvídate de todo lo que veías por Deusto, ahora vamos a un sitio distinto." 
Nos tomamos un gin-tonic en el Jokin y hablamos de Stepanovic. Me flipa que la frase rime porque todo es cierto y la música le da aún más valor. Acabamos subiendo a mi casa y me equaliza el equipo mientras escuchamos a Jason & The Scorchers. "Así se oye mejor el bajo, ¿lo notas?," dice Toni mientras cabecea al ritmo de la guitarra de Warner Hodges: "El rock es todo agudos y graves", o algo así me suelta, a modo de apúntate ésa, pero sin vanidad. Cambio de disco, The Kids. Hablamos de Jonathan Franzen y del MLA.
Volvemos a salir y buscamos a Isa y Vera. Paseamos un rato con ellas, les contamos cómo fue nuestro día y cómo podrían ser nuestras próximas vacaciones. Como empieza a refrescar, ellas se van y nosotros decidimos saltarnos nuestras obligaciones bilbaínas.
Tomamos algo antes de cenar japonés y le llevo a El Tubo. Conoce a David y hablan del equipo que necesitará el sábado. Alguien celebra que le han puesto dentadura nueva, a mí me vacilan por librarme de mis responsabilidades parentales, David evita el tema de su tocayo Moyes y, en un momento climático, Toni me suelta: "¿Vamos a otro sitio o nos tomamos otra aquí? Como no nos movamos, corro el riesgo de no querer salir de aquí hasta las cinco de la mañana." La música le mola y le gusta el local. Le empiezan a entrar ganas de tocar, pero decidimos ir al Panorama y saludar a Javi (de ahí venía lo de The Cars). Toni pregunta por el póster firmado de Jason Ringenberg y no sé muy bien cuándo, pero acabamos por irnos.
Subimos al barrio obrero donde vivo y hay un garito abierto. La plaza está vacía y resuenan aún más las conversaciones de la gente que se amontona en este último bar. Dos tíos están sentados en un banco, ajenos al resto. Uno toca la guitarra y el otro le admira. Toni y yo nos sentamos al lado y sorbemos cerveza mientras le ponemos voces a la peña que anda por allí. No deja de mirar de reojo al guitarrista, principiante pero empecinado, que lo mismo pasa del "Nothing Else Matters" a Nirvana. Al final, se arrima y se presenta. El guitarrista original le invita a substituirle. Toni se hace el remolón, pero todos sabemos lo que va a pasar. Agarra la guitarra y acaba, minutos después, subido al banco, mirando al cielo y destrozando los éxitos de Elvis Presley.
Un final triunfante para un día sin concierto pero con música a la vuelta de cada esquina. Esta vez, no me acuerdo de ninguna frase de Toussaint, pero sí que pienso, o llego a la conclusión, de que pasar un día con este tío es como caminar pisando cuerdas de guitarra: salen acordes hasta de los grifos de cerveza. 

Ramones - Cindy Lauper

El segundo día de gira, primero con concierto, comienza con tropezón. Toni se descalabra cogiendo el 72 y nos lo dice por whatsapp. Monika y un servidor andamos esperándole en la escalinata del Ayuntamiento de Bilbao. Se baja del autobús con un brinco tullido, pero no deja de sonreír. Como tenemos poco tiempo, nos metemos en el primer restaurante que vemos, una Trattoria Napolitana que no conocíamos, y donde nos sientan en frente de un fresco que, al parecer, representa toda la historia del SSC Napoli como si fueran un ejército de resistencia. Diego Armando Maradona a la cabeza. A los otros no los reconocemos y Toni quiere preguntar, pero no le dejo: "Uno será Careca, le digo", y pasamos a otro tema. A rabbiata, carbonara y amatriciana, bebiendo agua y coca-cola compartida, mientras Toni se pasa el tiempo cargando su móvil y preocupado por el overbooking de Air Berlín y las aventuras viajeras de su mánager y su guitarrista.
Después de comer, tomamos un café en Deusto y nos separamos. Para cuando volvamos a vernos en Power Records, Simó y Toni ya estarán con el equipo instalado. La gente ha empezado a rondar por la tienda de discos. Me tomo una cerveza en La Farmacia (creo que se llama así el bar) con Merche y cuando regresamos, ya están preparados para empezar. Mucha más gente que la primera vez que Toni tocó en Bilbao (y en el mismo sitio), aunque, en aquella ocasión, sin la compañía de Simó ni la presencia de Tomeu, quien les sigue en primera fila. Yo, al fondo, mientras espero a que empiecen, sonrío cuando, en una de las pilas, me encuentro con un disco decorado a fondo completo con una foto de Art Garfunkel, pero ésta es una broma balear que me llevaría tiempo explicar.
El concierto es corto pero intenso. Repasan 38 bucks y la Epiphone reluciente de Simó ciega con el reflejo de las luces. Se les ve sueltos y resueltos. A la gente parece gustarle. La voz de Toni suena a tierra y a casquijo, a Mojave y a Tramontana, a desierto y a asfalto, y parece que las fundas de los vinilos de segunda mano le dan aún más empaque al eco. Cuando terminan, Simó sale a fumarse un cigarro y aprovecho para presentarme. Cercano desde el principio, empezamos a hablar de todo, de la misma manera que terminaremos el fin de semana. Y cuando digo todo es todo: de mercadillos de libros, agricultura, guitarras eléctricas, bicicletas, fútbol, BB sin sed, Kiko Amat, Crackòvia, Teenage Fanclub, Javier Cárdenas... Y de los Ramones, por supuesto. Llegará un momento en el que me daré cuenta de que yo también puedo ser un puto pesado a veces (¿a veces?, tiene coña). 
Tardamos en salir de Power Records. Y tardamos en llegar a casa, pero aquí sí que me voy a permitir la elipsis y enumero sin entrar en detalle: calada hasta Atxuri, chuletón, calada hasta el Ambigú, bailoteo en el Azkena al ritmo de una Cindy Lauper que a alguno le sacó la electricidad de los bolsillos, y aventura en el Antzoki. Nos colamos en la sesión dj y de la misma nos piramos. Abajo, un grupo de individuos armados con bolígrafos y cuadernillos acorralan a Toni y a Simó y les secuestran hasta que no consiguen su rúbrica sobre el folio en blanco: su único delito, llevar una guitarra al hombro, les daba igual que no tuvieran ningún parecido con Michael Schenker, quien acababa de tocar esa misma tarde en el local. 
Y como estuvo todo el día lloviendo y el sol ausente, al retirarnos, parecía que no habían pasado las horas. Si Copérnico inventó el heliocentrismo, Bilbao parecía demostrar que el mundo, en realidad, también puede seguir girando alrededor de la oscuridad.

Copernicus Dreams - Murder in the Barn

Copérnico debió inspirar a más gente que a los astrónomos que le siguieron, porque una banda de Castro Urdiales decidió que las quimeras del prusiano eran una buena forma de ponerse nombre. Digresión (voz en off): toma frase estúpida que me acabo de currar porque me empeño en ligar los capítulos.
Nos reunimos en el Bar Bilbao, entre turistas y camareros atareados, pero pronto vamos para Power Records, donde siguen de fiesta. Han puesto una mesa fuera y todo tipo de gente se acerca a dar cuenta del chorizo, las croquetas y la tortilla. Hay vino blanco y tinto. Alguien me pasa una cerveza. Simó y un servidor nos divertimos viendo el poco disimulado almuerzo que se está currando un jubilado a quien el vinilo probablemente solo le suena por el policloruro rígido de las tuberías. Dentro, a los Copernicus Dreams los vemos empezar, pero no continuar. Simó sí que vuelve a entrar, pero yo me quedo fuera. No sé con cuánta gente hablamos. Por allí, andan muchos músicos, melómanos, aficionados, curiosos y generaciones que prometen relevo. Tomeu se compra el último disco de Ruper Ordorika y después empieza a preocuparse por el camino que le queda hasta el aeropuerto. La cosa se alarga y tenemos que irnos. Subimos por Colón de Larreategi hasta Ercilla y de ahí a Moyua, plaza que rodeamos por completo para llegar a las escaleras de la Agencia Tributaria y esperar en la esquina a que venga el autobús que lleva a Loiu.
Patxi me llama por teléfono, aún está en Bermeo, y necesita una siesta. No hay problema, me aseguran Toni y Simó, tampoco necesitan probar mucho. Quedamos a eso de las siete y media y todos contentos. Volvemos al tiempo presente, aunque yo me ausente para ir a mear a un bar cercano. Tomeu regresa antes a la isla y no podrá ver el concierto de Barakaldo en directo. Abrazos, despedidas, promesas que cumpliremos si el Barakaldo y el Atlético Baleares se topan en el play-off de ascenso.
Simó, Toni y un servidor decidimos ir a comer algo hasta Ledesma. Acabamos de nuevo en el Muga, esta vez en la terraza, donde asistimos a un concierto de un imitador de Elvis Presley belga que después nos cuenta en inglés sus conocimientos sobre geografía balear. A Simó, también le regalo un ejemplar de Barakaldo Punk Rock City y seguimos con nuestra diversidad de temas de conversación. Hasta que se hace necesario atender al reloj y recoger las guitarras.
Cogemos un taxi y mientras espero a que se preparen, Toni me enseña a tocar una recuperada kay de los años 50. Aunque lo único que consigo es pellizcar las cuerdas y esperarar que ocurra un milagro. Simó me regala Lo importante es perder de Manuel Pérez Subirana y le pido que me lo dedique:
- Pero... ¡no lo he escrito yo!
- Da igual, pero me lo has regalado tú. Así me acordaré de lo que me acabas de contar, de por qué tengo yo ese libro.
- Vale.
Escribe.
- Toma. Anda que vaya dedicatoria...
La leo. Me río.
- ... suficiente. Mejor que Michael Schenker.
Ahora, se ríe él, mientras guarda la epiphone en su funda.
Decidimos ir a Barakaldo en el tren de cercanías. Las vistas mejoran cuando llegamos a Zorroza. "Me recuerda a Sabadell", dice Simó. Y yo no soy un buen anfitrión. Apenas les explico de qué va tanto tinglado y tanta fábrica abandonada, pero cuando nos apeamos en el andén, se fotografían debajo del cartel de la estación: Desierto Barakaldo. No les digo nada, pero acaban de fotografiarse donde Eloy de la Iglesia rodó El Pico en 1983.
Subimos hasta El Cuervo y ahí nos tomamos una mientras hacemos tiempo. Limo y Simó hablan del concierto de los Ramones en Donostia y alguien se apunta a la conversación para explicarnos cómo llegó a estar el nombre del bar tallado en piedra sobre la puerta principal. Patxi me vuelve a llamar. Ya estamos esperándole en la puerta de El Tubo cuando aparece en su bicicleta. Al poco, llega Raúl Luceño (Club K). Poco después, lo hace Isa. Y Javi Barcina. Ya estamos todos. Dentro, Toni y Simó tienen problemas técnicos que no les ponen nerviosos. Aún con el olor a recién fregado, entramos y Toni sonríe: "Esperamos cinco minutos, ¿no?" Y los esperamos.

(Aquí debería ir la crónica; lo que, en realidad, me debería haber limitado a contar, pero, como dije al principio, me resultaba imposible hacerlo. Lo haré, porque en cuanto publique ésta, voy a escribir otra entrada, más escueta y específica, en la que hablaré tan solo del concierto de esa noche en el Tubo. Así, la gente que pase de leerse todo este montón de palabras sin chicha, puede ir directa a la siguiente, o saltarse las dos por el mismo precio. Aquí, eso sí, repasaré el concierto en dos líneas, aunque al final serán cuatro o cinco, ya verás):

Tocan repertorio de 38 Bucks: la que da título al disco o una "Johnny Supermarket" que, en formato más desenfrenado y agresivo, triunfa por todo lo alto. También caen versiones de los Ramones, una de The Dream Syndicate y dos viejos clásicos de cuando los dos formaban parte de un grupo que aún tiene fama de legendario en Mallorca, Murder in the Barn. Todas funcionan. Llega el final y la gente reunida parece haberlo disfrutado. Y los dos músicos sobre el escenario, también.
Acompaño a Isa y Barcina me acompaña a mí. Cuando regreso al bar, aún siguen los dos de cháchara. Nos vamos a cenar y Simó y un servidor compartimos un plato de callos. No quiero contar más. La noche se cerró, en realidad, hace un par de horas. O mi cerebro decidió apagarse: el cansancio y la semana hacen mella. Pero no hay mella suficiente para acabar con ese rumor de música que me acompañará durante los próximos días: como el eco de un estruendo que, en realidad, place más que complace.

Epílogo: Eagles of Death Metal

El eco de un estruendo, bonita frase que tiene más verbo que contenido. Pero aquel día hubo un estruendo. Y un eco que aún se escucha. A nosotros nos llega apagado, casi virtual, como si no pudiera ser verdad. Bataclán ocurre para nosotros entre mensajes de whatsapp, en la pantalla del móvil. Ocurre mientras bailamos; en diferido, cuando ya habíamos dormido y París aún seguía despierto. Y lo único que pudimos hacer fue celebrar la vida; y la música; la resistencia.
El rock and roll, he oído que dicen, es vicio, pecado, vergüenza, apariencia. El rock and roll es profano, libertino, banal, impío y concupiscente. La música no amansa a las fieras; altera el espíritu. Lo mortifica, lo contamina, lo deshonra. La cultura es una pérdida de tiempo, una desviación, una pérfida áspid que se enrosca en el mástil de una guitarra. Un águila de metal que amenaza fúnebre sobre las cabezas de la humanidad.
Pues... qué bien.
Empezó mi semana más musical con la muerte de Allen Toussiant y terminó con la imagen de Dave Catching desorientado, pero en pie, ante una ráfaga de balas, sobre un escenario que, por un momento, pareció un agujero negro, una realidad paralela, un espejismo en el infierno.
Aquel prólogo y este epílogo, y todo lo que he contado por el medio, han servido para convencerme de algo que creo que ya sabía antes: que lo importante son las personas. Y que la música las hace más humanas; que, qué cojones, gracias Tomeu, Simó, y sobre todo, gracias a mi hermano Toni, por una semana en la que mi pueblo pareció el puto centro del universo musical. O, simplemente, mi vida tuvo una banda sonora apasionante y, lo mejor, orgánica.
Las balas no aplacarán a la humanidad. La cultura es ignífuga. Por muy pequeños que seamos, por muy débiles que suenen nuestros redobles, seguiremos redoblando, y la música seguirá sonando aún más fuerte que antes.





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