jueves, 17 de marzo de 2016

El cumpleaños de Bruce




Si ya casi que no hace falta que diga nada más, ¿no? Está todo ahí, en el cartel, y bien clarito, con la letra bien grande, el idioma de Shakespeare y el de Cervantes, casi todos los colores del arcoiris y las protagonistas en postura relajada o enigmática. 

Igual te lo ordeno un poco, por si no ha quedado claro. Y te lo resumo en un santiamén, que es una expresión tan válida como latina: fiestón en el Panorama

Primero, bolo de la banda bilbaína Rubia en formato duo: Sara Íñiguez a las voces y los teclados, y Mariana Pérez, quien canta y toca la batería. Presentan su disco Barman, que ha recibido elogios y parabienes de la prensa y de la audiencia. El concierto forma parte de una larga gira que ya las ha llevado por León, Vigo, Ferrol, Zaragoza y Valls y que después de Barakaldo les seguirá ayudando a conocer la geografía de la península. Cuando terminen, y sin tiempo para perder el ritmo, Reyes Torío, a los vinilos, y con ganas de alargar el sarao hasta que no queden más fuerzas. 

Si te lo pierdes es porque quieres o porque, como yo, no te queda otro remedio. La hora y la dirección la tienes ahí arriba y a mí solo me queda buscarle un título a esto, si puede ser, sin hacerme el gracioso, que no será, ya verás, y joderme en silencio mientras espero que llegue la próxima. 

Lo dicho: este sábado, 19 de Marzo, juerga padre (que viene al caso) en el Pano. Si te queda a mano, no te lo pierdas, que luego te arrepientes y ya no hay quien te aliente. También es el cumpleaños del detective McClane, de Bruce Willis más bien... jodido elegir, a que sí. ¡Venga ya!

domingo, 6 de marzo de 2016

Hawai Parte I (igual no hay ni Parte II): (Pseudo) Crónica (Casi) Musical



En el aeropuerto de Los Ángeles, buscando un hueco alrededor de la cinta de los equipajes, escucho a alguien destrozar mi nombre. Encuentro a la culpable. Al fondo de la sala, junto a otra cinta, una latina rotunda, con un moño que lucha contra la gravedad, devuelve el interfono a la pared y me busca en la lista cuando me acerco y le digo que acabo de oírle llamarme pero no sé qué ha dicho. Solo por la manera en la que pronuncio mi propio nombre, cambia del inglés al castellano y me explica, con toda la dulzura que le permite el obligado adocenamiento que inspira su trabajo, que mi maleta no va a llegar conmigo a Honolulu. Que cuando llegue yo, le diga a los de Delta que me falta la maleta. Pura poesía.
Resignado, me marcho hacia la zona de conexiones, mientras me pregunto si a Elvis Presley pudo pasarle lo mismo cuando volaba a Honolulu para grabar el Aloha from Hawaii que, terminada la Super Bowl, acabaría por retrasmitirse vía satélite.  
¿Por qué? Hawai, Elvis. Elvis, Hawai. ¿Por qué? No he visto ni una sola de sus películas. 
Y así voy en mi mundo, pensando en el rey y en camisas estampadas, cuando llego a otro mostrador. Esta vez el empleado es de origen asiático y su postura es aún más rígida, su gesto aún más huraño:
"No bag?", y me lo pregunta cabreado, anticipando que va a tener que explicarme algo que ya debería haber adivinado yo porque, al parecer, nacemos sabidos y debemos entender por completo y sin formación previa los misterios de la gestión de un aeropuerto y de la seguridad del mismo. 
"They lost it", le contesto aún pensando en Elvis, sin darle importancia. 
"Mmmm", murmura, aliviado y desorientado, quizás porque le he fastidiado el enojo profesional. 
Me devuelve el pasaporte, le pregunto si por ahí se va a la terminal 5, y me responde con un gruñido que lo mismo puede ser que sí, que no, que maybe.
Acabo en la calle.

Cojonudo: diez horas después, cigarrillo. Aprovecho para llamar a casa. Otro cigarrillo. Todos los aeropuertos que he conocido en Estados Unidos son exactamente iguales. Por alguna extraña razón, eso hace que me sienta incómodo, casi triste. También me vuelve, de golpe, el nerviosismo connatural al transporte aéreo transcontinental: nuevamente a pasar controles de seguridad, buscar puertas de embarque, rezar por que no te toque sentarte en medio de una pareja de jubilados de Nebraska que comparten continuamente una bolsa de pistachos pelados mientras tú intentas ver una película en medio de su intercambio.
Seis horas más y... Honolulu, Hawai. Ellos le añaden otra i, y mola. También te digo: no es el final del viaje.

En To the Mountain, Phyllis Barber, pianista y escritora, aventurera y una de las personas con el corazón más dulce que he conocido jamás, escribe: "Music is the safest place I know."
Así que, esperando el embarque, saco el ipod, me pongo los cascos, y busco algo de música folclórica, de la tierra, algo que me devuelva a casa: Tiparrakers. Con ellos aún de concierto en mis tímpanos, le doy mi billete a la azafata y leo en sus labios que me está saludando con un Aloha! que repito tímidamente.

Encuentro mi asiento al final del avión, junto a una pareja que comparte indumentaria (pantalones cortos, camiseta de Abercrombie, tatuajes y gafas de espejo) pero no raza: el que se siente a mi lado es afroamericano y musculado, el que está junto a la ventanilla, caucásico y fofisano. No se quitan las gafas de sol en todo el viaje, no me piden que me levante para mear, no se mueven: los dos ven Ant-Man al unísono, cada uno en su pequeña pantalla, pero sincronizados, riéndose de las mismas gracias. Love.

El aeropuerto de Honolulu me recuerda al de Reno. Cuando estuve allí hace unos meses, me encontré con Charles Bradley en el viaje de vuelta. Antes de venir, leí que su nombre estaba en la lista del próximo festival de jazz de Donostia. Mientras veo las primeras camisas hawaiianas y las muñecas de cintura bamboleante, fantaseo pensando en quién me encontraré aquí cuando vuelva al aeropuerto para regresar a casa: ¿a Willie Nelson? Creo que él va a Maui, donde tiene un bar en Paia, el Charlie's, y juega al dominó con Woody Harrelson.  Sí, me he leído Roll Me Up and Smoke Me When I Die: Musings from the Road. De hecho, estaba leyéndolo cuando apareció Charles Bradley.
Tardo una eternidad en salir del aeropuerto. Todo mi vuelo ha recogido las maletas cuando yo aún espero a que una pareja checa reclame su equipaje delante de mí. Me toca y antes incluso de atenderme ya me están agasajando: ¿quiero agua, unas patatas fritas, una chocolatina? No, gracias. Ni tan siquiera quiero mi maleta, pienso, solo quiero llegar al hotel, darme una ducha y dormir como si no fuera a haber un mañana. Pero no sé decir eso en inglés y que suene ligeramente sarcástico pero amable. Así que simplemente digo: "No, thanks, I'm good". Y sonrío. Y le doy mis datos y espero a que los teclee y bla bla bla. Cuando salgo lo hago casi corriendo porque se suponía que alguien iba a estar esperándome para llevarme al hotel y cuarenta minutos después de la hora establecida me temo que hayan dicho yo no espero más, vámonos a pillar unas olas.

Pero no, allí está. Un chaval de doce años con una mano en el bolsillo y en la otra un cartel amarillo donde ha escrito mi nombre con letras negras impresas. Está hablando con la mujer que ordena los taxis, cuando llego yo y me excuso. El chaval me dice que su hermano está dando vueltas por el aeropuerto. El otro tiene dieciséis, es igual de rubio, conduce un monovolumen rojo, y me ofrece otra cesta de bienvenida: fruta, patatas fritas, chocolate y agua. Cojo el agua y suspiro. Por fin.
Hablamos de todo aunque, a veces, les tenga que pedir que me repitan las preguntas. La carretera es estrecha y llena de curvas. Está oscuro y solo veo vegetación y sombras. A la media hora, nos encontramos un control de policía. Diez minutos después, obras en la carretera. La conversación empieza a terminarse y ponen la música un poco más alta. 
Me estoy quedando dormido y no quiero, así que busco conversación y comento que la música que suena es buena: "What is this? Jack Johnson?"
Los dos se dan la vuelta para mirarme, al mismo tiempo, y aprovechando un semáforo en rojo: "Yeah, you know him?" Les digo que le vi en directo, y es cierto: BBK Live 2014. Lo que no les digo es que nos quedamos a media distancia del escenario y no lo vimos entero. Abrió con "Good people" y recuerdo que sonó "Radiate", pero nada más. Nos fuimos a beber cerveza y a descansar un rato. Ellos insisten, interesados, y me preguntan qué tocó, algo harto difícil de contestar aunque el concierto hubiera sido del mismísimo Billy Bragg, y lo hubiera dado en mi sala de estar, pidiéndome que yo eligiera el repertorio. Así que les hablo de lo que recuerdo: un escenario que parecía la sala de estar de una agradable casa con vistas al mar. "Cool!", dicen y me cuentan que Jack Johnson vive cerca de Laie y que, hace poco, apareció en la fiesta de cumpleaños de uno de los amigos del hermano pequeño. Se cantó algunas canciones con ellos y los críos lo disfrutaron. Ahora soy yo el que dice "cool!", aunque lo digo en voz baja porque me siento muy raro. Cambiamos de tema y hablamos de surf: el mayor sabe lo que es la ola de Mundaka y cuando me pide que le diga nombres de surfistas vascos, solo me sale Iker Acero, y él me replica, aunque me cueste dios y ayuda entenderlo, que él conoce a Aritz Aranburu.

Me quedo dormido sin quitarme ni las botas.

Al día siguiente, instalado pero aburrido en el hotel, vuelvo de mis obligaciones laborales y no sé qué hacer. Así que decido salir a dar una vuelta, que por lo menos se airée la ropa sucia que me he puesto otra vez después de darme una ducha: no hay aceras. Así que voy por el borde de la carretera. La vegetación es espesa, las aves de corral se apoderan del sembrado, y las casas en primera línea de playa me recuerdan al barrio de Nobita... o si quieres que parezca más sofisticado, a los dibujos de Jiro Taniguchi. En los cascos Lydia Loveless, pero, aún así, puedo escuchar el hip hop que hace temblar a una pickup blanca que me pasa rozando en la curva. Cuando llego al Foodland, me la encuentro aparcada fuera. La música sigue atronando incluso cuando me meto dentro del supermercado. 
Vuelvo por donde vine, mientras me fijo en las casas y recorto a las gallinas que viven en libertad por el aparcamiento, entre utilitarios japoneses y SUV del tamaño de una Wiesel blindada. A medio camino, me da el tabardillo, me cuelo por un camino y llego a la playa. Dejo de escuchar a M Ward y escucho el mar. Me siento en el peldaño abandonado de lo que antes debía ser el acceso privado a la playa de una casa que, precisamente, están tirando abajo mientras yo intento tener una epifanía frente al Pacífico. Me como mi sandwich de atún, bebo mi zumo de naranja, me fumo un cigarrillo. Vuelvo a ponerme los cascos y para dejarme de chorradas reflexivas me pincho Off! 
Para llegar al hotel tengo que cruzar la carretera, que es al mismo tiempo calle, autopista y casi el borde del mar. Lleva el nombre del Rey Kamehameha III. Me contó alguien en cuanto llegué que él fue quien trajo vaqueros de Nuevo México para impulsar la ganadería. También me dicen que esos mismos vaqueros introdujeron la guitarra española en Hawaii. El instrumento se adaptó y apareció una nueva forma de tocarlo: la técnica que llaman kihoalu. Mientras me lo contaban, me preguntaba si Tommy Tedesco sabría tocar así la guitarra. En el avión, estuve viendo el documental sobre la Wrecking Crew que dirigió su propio hijo. La última vez que me crucé el océano atlántico metido en un saco de radomo, titanio y fibra de carbono me vi Love & Mercy, así que después de ver a John Cusack y Paul Dano hacer de Brian Wilson mientras cruzaba el océano Atlántico, parecía tener sentido ver este documental sobrevolando el Pacífico. 
También vi Ricki and The Flash, que conste, y aunque me ponía nervioso ver a Ricki tocando la guitarra, cuando tocan en la boda "My Love Will Not Let You Down" de Bruce Springsteen casi me echo a llorar como un gilipollas.
Dejo las bolsas de la compra en la habitación. Dejé la televisión encendida y ahí sigue Andy Katz analizando el juego de Kansas. Paso de encerrarme y me voy a la cafetería del hall. Pido un tall latte porque he aprendido a pronunciarlo perfectamente y me siento en una esquina del amplio comedor. Abro el portátil y trabajo un rato mientras, desde donde estoy sentado, veo la piscina y las palmeras y el cielo inmenso que parece reflejar el mar que rodea completamente este pedazo de tierra. Dos jubilados juegan a ver pasar las nubes en la terraza. La música de fondo es música de ukelele.

Bonito nombre para un instrumento musical. Leo que llegó importado a Hawaii. De Madeira y Cabo Verde trajeron el machete de rajao y los hawaianos, como hicieron con la guitarra española, lo acoplaron a sus gustos y preferencias. Me acuerdo de Gaby Pahinui, crecido en Kaka'ako, cerca de Honolulu, aunque reconozco que no lo conocí por su talento en la técnica de slack-key o con la Kika Kila (steel guitar). Como les pasó a muchos otros, tuvo que aparecer Ry Cooder, quien le produjo un disco, para que yo supiera que había música en Hawai. Además, conocí al hijo antes que al padre. En Chavez Ravine, Ledward Kaapana y Bla Pahinui se unieron al grupo de músicos chicanos que quisieron colaborar con el de Los Angeles. Kaapana tocaba la guitarra en varias canciones, entre ellas, una de mis favoritas, "3rd Base, Dodger Stadium", la misma en la que Bla Pahinui toca el ukelele. James "Bla" Pahinui es, por supuesto, hijo de Gaby Pahinui, y sigue la tradición musical de su padre, igual que sus hermanos Cyril y Martin. 

Cuando sobrevolábamos el centro de Los Ángeles, busqué el barranco de Chavez allá abajo, pero no lo encontré. Phyllis Barber es una fan de los Dodgers, tanto cuando estaban en Brooklyn como ya en Los Ángeles. Me pregunto si conocerá la historia del Dodger Stadium y la familia Arechiga. Se lo preguntaré mañana, pienso, ya de vuelta en la habitación, con la ESPN  a tope, aunque aún repican las cuerdas del ukelele en mi cabeza. Hundo el tenedor en el  kamaboko que compré en el Foodland y respiro hondo: voy a escribir todo esto en el blog, me da igual por qué, porque si no me va a matar el jetlag. Y, eso, amigos, es lo que ha pasado.