martes, 26 de abril de 2016

Repostería castiza y mucho rock'n'roll




Voy a empezar por citar a James Baldwin y así ya voy enseñando mis vergüenzas. Pero es así. Creo que fue él quien dijo aquello de que escribía por la misma razón por la que el pez respira agua, porque lo necesitaba para vivir. Cuando ves a estos cinco sobre el escenario, te da la sensación de que están subidos ahí arriba tan cómodos como un íbice ibérico en un risco, o más bien, como un jabalí debajo de un chaparro repleto de bellotas. Es su hábitat. 

Digamos que lo de ibérico viene a colación porque estábamos en Madrid, y por más cosas. Entre ellas que, a la mañana siguiente, mientras la gente corría 42 kilómetros por el centro de Madrid y nosotros arrastrábamos la maleta camino de la Avenida América, nos metimos primero en el bar Iberia y nos desayunamos con alegría castiza: café con leche, porras y vetustos camareros cabreados desde primera hora de la mañana mientras veían la vuelta de calentamiento en el circuito de Jerez. También porque, para hacerlo más bonito, le pusimos un círculo de masa de trigo y aceite a la experiencia, y, el día antes, antes de ver a Porco Bravo en directo desde la meseta central, nos merendamos unos churros con chocolate en un local de alcurnia y postín del centro de Madrid donde un camarero bien etiquetado celebró el gol de la victoria del Real Madrid sin perder la compostura del todo. Y habían ganado en el Teresa Rivero.
Y Manuel Pulleiro salió al escenario de la Sala Live de Carabanchel con la bandera en ristre y con la camiseta del Rayo Vallecano tapándole las heridas de Murcia, para luego celebrar que, en primera fila, se viera a gente llevando los colores del Barakaldo.
¿Lo ves? A veces, tiene lógica cómo escribo: digo porra, y tiro de ella hasta que se estira tanto que tiene sentido que haya dicho porra al principio. La mayoría de las veces me sale de churro y otras veces me sale porque yo también sé escribir entradas como otros escriben canciones, redondas como una rosca, con solidez, sin grietas, con branquias que me ayudan a utilizar el gas disuelto en el agua, igual que a James Baldwin le salían las palabras así de natural. 
Puta madre, lo he encajado todo perfectamente, e incluso he escrito ya el nombre de la banda y de la sala, aunque aún, como siempre, no haya dicho nada sobre música.

Por razones laborales me vi el viernes por la tarde noche en medio de Callao, con miedo a la turba consumista y a la lluvia repentina, buscando la calle San Bernardo como quien busca el Santo Grial, para dejar atrás el centro y volver a las callejas estrechas y oscuras donde hay tascas con nombres como Valladares, hermanos Cabrera o El Asturiano donde templar el tiempo con una caña corta y su correspondiente tapita de salchipapas que te alegran la distancia con tu casa y la ausencia de conciertos. Porque intenté ir a la sala Sol y ver en directo a Cápsula, pero se me quitaron las ganas porque el reloj iba despacio, la lluvia se espesaba y la gente crecía en número y volumen. Así que decidí guardarme las fuerzas para el sábado, cuando bajaban refuerzos como ya dije en otra entrada, y teníamos marcado en rojo presentarnos en Eugenia de Montijo para seguir la pared de la cárcel hasta Santa Fátima y comprar entradas para ver a los Porco Bravo en directo.

Salieron los primeros, después de emular a Russell Westbrook y Charlie Villanueva en una esquina del escenario y motivarse físicamente antes de subir los peldaños. Abrieron con un "Mírame" que, permíteme, queda larga, y siguieron mezclando canciones de su último disco, La Piara, con otras como "El Cazador", "Se quema" o, por supuesto, "Eléctrica Actitud" (categoría de himno, ya) que siguen teniendo más rodaje y empaque, aunque las nuevas vayan abriéndose camino en el repertorio y santoral de la banda que no es de Rontegi porque no quieren. El sonido pudo ser mejor, pero, desde la primera fila, se veía a la gente abrir la boca y a los más jóvenes aliviarse las penas juveniles con un pogo bien constante. Hubo fuegos de artificio, grapas en las barbas sarracenas del frontman (la estética de Manu empieza a parecerse a un quién es quién de las culturas aborigenes del mundo mundial), surf de bajos techos, dedicatorias sentidas, ironía vocal, guitarrazos bien expuestos y saltos al vacío por una sala que, y no quiero ser irrespetuoso, no parecía el lugar más adecuado para el cumpleaños de Ignotus y sí del de Don Omar. El respetable sí pegaba y se pegó, como decía, con armonía y fraternidad, intentando darle al pogo y sosteniendo, no con mucho talento, la verdad, a un Manuel que terminó un par de veces, de vuelta de su via crucis por encima de las cabezas de la peña, haciendo la croqueta sobre el escenario. 

Las conclusiones que sacamos fueron dispares. Ella, que sabe más que yo de música, dijo que le habían sorprendido cómo sonaban las nuevas en directo. Yo dije lo contrario. Pero lo que significa algo es que ahora puedes terminar un concierto de Porco Bravo y decir aquello tan manido de "no han tocado la que a mí más me gusta". Es decir, que pueden elegir. Y pueden tocar al ralentí porque su ralentí es como una orgía de las que se montaban los New York Dolls en el Mercer Arts Center. (Es que me estoy leyendo la biografía de Richard Hell y tenía ganas de decirlo porque soy así de gilipollas). Por lo demás, Isa se preocupaba porque no aparecía la pareja que nos cruzamos en el metro y no bajó en Montijo, y yo me obnuvilaba con la cara de concentración que pone Oskar en la batería, que parece que va contando baquetazos como Guy Pearce contaba segundos en Memento. Tocaron la lenta y una "La Piara" que va haciendo acólitos por toda la península y disfrutamos con las zarzas de riffs que se enredan entre Asier y Pulpo, con el esfuerzo vocal que hizo Manu, guardando los pesares físicos en el fondo de su garganta, y con un Txelu que a su ritmo sostiene la parta derecha del cerebro de este grupo, que, según los expertos, es precisamente el hemisferio de la música y el arte. Arte tienen estos cinco, del obrero, físico, espontáneo y eléctrico. Y funciona lo mismo en Carabanchel, que en Murcia, que en Bagaza, que, como sigan haciendo canciones con estribillos de oooooee, hasta en el FIB de Benicassim, que sería ya la repanocha. 

Había más gente de Baraka y alrededores que aparecieron por la Sala Live y departimos con ellos antes de volver a subir arriba y ver en directo el cumpleaños de unos Ignotus que fueron de menos a más. Tuvieron invitados, hicieron una versión de Barrikada (curioso que la última vez que vi a los navarros en directo estaba yo en Alcorcón precisamente y celebraban la feria), la gente fue calentándose y demostraron que ese punk-rock que a nosotros nos sonaba tan de barrio y de infancia, tan de Barakaldo y de recuerdos beodos y trasnochados, también forma parte de la cultura obrera y de extrarradio de otros lugares tan lejanos a nuestra querida ciudad fabril. A mí me recordaron a un concierto de Boikot en Alonsotegi, a Karretera Agropekuaria, al Ipotx, a fiestas de Baraka, a locales de ensayo, a las letras de Parabellum y a cuando le hacías un agujero al kulo del katxi para hacerte el kamikaze delante de tus kolegas. A la kelfo, ke kantan los Porko Bravo en una canción dedicada al Kilmister que se bailó kon korazón en la sala Live. 

El Baraka ganó en Lasesarre y el Castilla pinchó en La Florida y ya éramos líderes cuando los Porco subieron al escenario de Carabanchel. Manu cantó aquello de "domingo de resaca a ver al Barakaldo" apuntándome directamente, con lo que casi que se me erizaron hasta los vellos del sobaco. Un buen fin de semana de excursión con ALSA, regresando con esa sensación de que la música es el mejor DNI para identificarte, y si estos tíos son de Barakaldo, yo me siento orgulloso de decir que soy su vecino. 

Voy a cerrar citando a Alec Baldwin... No, mejor, no. 

sábado, 23 de abril de 2016

Lives



Cuatro conciertos en una semana. Punto. No hace falta decir nada más. El jueves vinieron desde Livorno, en la Toscana, parando antes en Burdeos, la Gironda, los The Biffers, que el cronista in-residence del El Tubo los definió como sigue: "melodias vocales bastante poperas, totalmente de acuerdo con quien ayer los comparaba a green day." Ayer fue el turno de Terral, llegados desde Málaga, con ánimo de darle al rock and roll según cuentan los testigos, y, en especial, el mismo que ya nos ha ayudado a entender qué hicieron The Biffers: "trio malagueño de rock'n'roll callejero con gran influencia platero."
Y aún hay más: mañana toca sarao matinal, sesión vermú con los siempre jubilosos y galvánicos 2lería; más que una banda, un fenómeno social, real y popular antes incluso de existir. Una oportunidad para divertirte y celebrar en comunión y sin tabúes. Seguro, además, a pesar del horario, que el Tubo se peta y se peta de verdad. Como no habrá habido suficiente, por la noche el que ocupará el diminuto escenario del bar será Stevie Klasson. El reputado guitarrista sueco, en su día atareado con Johnny Thunders o los Diamond Dogs, tocará en el Tubo en formato acústico y para regocijo de los que allí se presenten. 
Yo no me presentaré. Ni por la mañana, ni por la tarde, ni me presenté ayer ni lo hice el jueves. Me han dicho que parece que no salgo de El Tubo, cuando, en realidad, lo que no hago es entrar, joder. Esa jodida cosa que llamamos obligaciones laborales me ha traído a Madrid, un Madrid que ayer estaba petado por Gran Vía y Callao, donde tenía mi reunión de trabajo. Empezó a llover cuando me quedé solo por la calle Montera, así que hice lo que se podía esperar de alguien como yo, meterme en todos aquellos garitos castizos que podía encontrar y pedir una caña que acompañaban con su correspondiente tapita. En uno de los garitos estuve hablando con un camarero huraño que veía un campeonato de billar. Su frase apocalíptica pensé en tatuármela en algún lugar oscuro de mi cuerpo: "El billar es un puto coñazo, pero más lo es mi puto trabajo. Treinta y cinco años tirando cañas a tipos como tú y a otros peores." Lo sé, muy larga para tatuarla, pero dan ganas. Hacía mucho que no me llamaban tipo y me hizo hasta ilusión. También entré en La Central de Callao aunque me había dejado la barba en casa. Estaba aquello tan petado como lo estará el Tubo mañana, pero el respetable era muy distinto al que frecuenta el local barakaldés. Di una vuelta por la sección de música, otra por la de poesía y me fui de allí antes de que me diera un síncope. 
Ya está. 
No hay más. 
Bueno, sí. Hoy, a las tres, llegan refuerzos a la Avenida América e intentaremos, en compañía, alejarnos del imán turístico para visitar lo auténtico y real: Carabanchel, con concierto de Ignotus y, sobre todo, de los Porco Bravo. No va a ser la primera vez que veamos a los de Barakaldo fuera de Valladolid, pero sí la primera con el nuevo disco. Hay ganas de conocer la Sala Live y de ver un concierto en sábado noche, algo que no hacemos, por lo menos, desde hace 14 meses. Así que, con eso y con más cañas bien tiradas, tendremos que conformarnos por perdernos cuatro conciertos en una semana en ese garito que empieza a ganarse categoría de mítico: El Tubo. 
Para terminar, como ya me he puesto en evidencia antes, lo repito ahora: Patxi, David... Sois los putos amos.

martes, 12 de abril de 2016

Barrie & the Hot Rooms



Qué jodida es la vida, de verdad. Después de un domingo soleado y musical, que no siempre lo son, llega un lunes ventoso, gris, repleto de rutina, modorra y batallas de esas que pierdes aunque las ganes. Llevo todo el día pensando en escribir sobre el concierto matinal del domingo, con tantas ganas y desesperación como Papillon soñaba con una chalupa y el mar abierto. Miento si no te confieso que también me da pereza: malgastar las fuerzas en pintar un cuadro que no va a conseguir representar ni la mitad de lo que ocurrió el domingo por la mañana.
Porque se había pasado el viento soplando tantos días seguidos que había levantado el polvo y la polución y se veía todo tan dulce y afinado desde la terraza del Satélite T que los bilbaínos ociosos que disfrutaban del tiempo al borde de la ría, en bici, a pata, o al trote, parecían esas siluetas pequeñitas que a veces aparecen en las pinturas de Albert Bierstadt, gente diminuta enternecida por un paisaje monumental y glorioso, aunque en este caso las montañas de Sierra Nevada se vieran intercambiadas por un acristalado triángulo isósceles de 165 metros de altura que parece un hinque fálico cuya metáfora prefiero olvidar, igual que el nombre de aquel lugar de la Mancha.
Zas... en toda la boca. Es lo que tiene fumar a solas ahora que ya no se puede fumar dentro. Me quedo allí quieto, rodeado de tanta gente con bellos diseños capilares, que yo que me estoy quedando calvo, prefiero mirar el paisaje, y entonces me pongo bucólico y evocador porque no estoy hecho yo a los domingos de rabas y rock and roll y me emociona tanto el plan como las vistas.
Mi compañera de andanzas y un servidor teníamos ya ganas de visitar la Atlántida, de verdad, porque nos habían hablado tanto del Satélite T que lo veíamos como una isla mítica, tanto que creo que la primera vez que escuché el nombre se lo escuché a Platón. Es lo que tiene la vida, que es jodida, como decía, y ella no entiende de individualidades, por mucho que estemos interconectados y todas esas chorradas del efecto mariposa. Cada uno va a su ritmo y no espera a que te sincronices. Así que nació este peñón fantástico en un costado de la ribera y a nosotros nos pilló en una fase de nuestra vida que requería falta de sueño, vida doméstica y sacrificios personales. Ahora que ya empezamos a ver la luz, aprovechar un día tan soleado y aparecer por allí para ver a Eddie & the Hot Rods, y por fin vamos llegando al grano, fue como si te dicen que eres guapo, listo y bueno al mismo tiempo y además se lo creen. Un gozo, y sin pozo.
La música, bien, gracias. Barrie Masters tenía que coger aliento en un rincón de vez en cuando, pero explícame tú cómo empiezas en 1975 y sigues en 2016 sin tener que dar bocanadas de vez en cuando. Para la segunda, ya se habían ventilado "Teenage Depression", pero a mí no me había entrado la depresión, entre otras cosas, porque friso ya las cuatro decadas, y no recuerdo ni lo que era la adolescencia. Entre todas aquellas cabezas sudorosas, en el fondo de aquella epidermis de guitarrazos, más allá del contorsionsimo de Ian "Dipster" Dean, Eddie & The Hot Rods son como comprarte el tomo dedicado al rock and roll de la enciclopedia de la música y leértelo y memorizarlo como Johnny 5 en Cortocircuito. Podías cerrar los ojos, escuchar a Richard Holgarth puntear, y parecías tener una epifanía: entendías cómo funciona desde el punk del 77 hasta el heavy de Donington Park pasando por el powerpop o eso que llaman pub rock y no sé muy bien lo que es. Estos tíos parecen tener el caliz sagrado, o, al menos, la fórmula antediluviana que transmite el secreto de esto que, lo llames como lo llames, a la una y media del mediodía de un domingo de esparcimiento burgués en la ciudad, sonaba como una descarga pura de iluminación mística. Sabéis que me doy a la exageración más que a la bebida, y eso que el domingo entraban las cervezas como agua, pero creo que no es desorbitado decir que la batería estaba muy alta y que más que retumbar, palpitaba por todo el local. El doble tirabuzón final con las versiones del "The Kids Are Alright" de The Who y el "Born to Be Wild" de Steppenwolf fue como la expiación definitiva de todos los pecados veniales que nos adocenan y aborregan. No es que el rock and roll descubriera la penicilina, pero hay algo en las reacciones químicas que produce, aunque lleves más de cuarenta años cantando (y escuchando) las mismas canciones, que te revuelve el estómago de una manera trascendente y auténtica. Yo, por lo menos, que andaba por allí siendo un cuello anónimo más, sentí aquello como si fuera así y fuera verdad. 
Protagonistas en la memoria de Oriol Llopis, habituales del repertorio en el muzak de El Tubo, ver a Eddie & the Hot Rods en directo era otra de esas citas obligadas que últimamente no cumplíamos. Pero la cumplimos, y déjame que ponga el ribete aquí yéndome a lo personal y mencionando a toda la peña con la que compartimos mesa y, en especial, a nuestras vecinas fabriles, la que nos hizo de cicerone y nos presentó a gente tan interesante y cojonuda, y la que conspiró con nosotros para comprar los billetes y esperaba a todo el mundo en la puerta con una sonrisa capciosa. Si gloria es la música, la compañía ni te cuento. Y ya que nos ponemos melindrosos como solo nosotros sabemos, darle la enhorabuena a la gente del Satélite T por hacer realidad lo que contaba el griego en Timeo y Critias, y hacernos los domingos soleados tan sacrílegos y codiciables como el del pasado. Y en una nota muy personal para ponerle la guinda al pastel: emocionante fue conocer personalmente a uno de mis fotógrafos musicales preferidos y vergüenza que me dio solo que conociera este blog. 
Grande Dena Flows, grande Barrie Master, grande la gente sencilla a la que le emociona la música, grande la vida que de jodida tiene poco cuando la banda sonora merece la pena... y grandes, por supuesto, mis abrumadores redobles finales.


sábado, 2 de abril de 2016

Tu ne comprends rien à rien!



"¡No tienes ni puta idea!"
No tienes ni puta idea, me dice el tío. Así, sin paños calientes. Si te soy sincero, ni me acuerdo de en qué contexto me lo dijo, de qué coño hablábamos. Pero después de hablar de guitarras saturadas, estudios de grabación, percusiones varias o de Miley Cyrus ("la de la lengua") cantando el "Jolene" de Dolly Parton, que Patxi me suelte ese zas en toda la boca me dejó lapidado y no tuve más remedio que relacionarlo con este blog y con mi manía de escribir sobre música. 
No tienes ni puta idea, así. Y si quieres saber por qué se me quedó cincelado en la cabeza fue y es simplemente porque tiene toda la puta razón del mundo. 

Así que ahora sigue leyendo:

Es lo que tienen las despedidas de soltero: que te bebes el Four Roses como si el whisky fuera isotónico. Así que luego se te suben los riffs a la cabeza, a la peña le dan sacudidas eléctricas, le comes la oreja a tu bajista y te salen unos alegatos feministas que suenan a tu primer día de trabajo vendiendo enciclopedias puerta a puerta.
Si lo de The Inductions viene porque los norteamericanos usan la palabra para hablar del ejército y de su sistema de reclutamiento, el nombre les viene como anillo al dedo corazón. De verdad, porque The Inductions no tienen espectadores viéndoles en directo, tienen reclutas que acaban tarareando el coro de "My Girlfriend" como cantaban mientras corrían los chicos del sargento mayor Hartman o como cuando al Colectivo le da un tabardillo y se plantan a cantar que ya no paran hasta que el Baraka consigue campeonar. 
Los guipuzcoanos no se hacen los suecos pero he leído que hay un nuevo grupo que la peta por ahí y se llaman Viva Suecia, pues The Inductions podrían vocear su nombre como grito de guerra porque parecen de las afueras de Estocolmo casi más que de Irún o de Azpeitia. Sí, lo del high energy les emparenta con el frío norte pero se les notan recortes de otro palo que les sientan bien. Con una batería que percutía por todo el local y ocupaba el escenario entero, de tal manera que los otros tres instrumentistas tenían que tocar cogiendo mojojones en el mar, el Tubo se petó, el ambiente se caldeó, se vinieron arriba y la música se hizo tan espesa que casi se podía cortar con cuchillo y tenedor. 
Si hay algo evidente es que estos tíos tienen eso que los entrenadores de baloncesto siempre piden cuando su equipo pierde: actitud. Creo que, con el estilo que practican, eso es casi tan importante como la distorsión de las guitarras. Ayer en un Tubo oscuro lo dejaron claro. 

Salimos de allí con los oídos como empastados y con los codos de alguna marcados en las costillas, pero con ganas de más. Por eso cruzamos la plaza, que es como el pasillo de casa, y pasamos del salón a la salita de estar. Tocaba postre en el Panorama y tocaban en directo Toro y la Niña del Frenesí, a los que hacía tiempo que no veíamos pero ya habíamos visto unas cuantas veces antes. Hubo alguna nueva en la lista aunque sonaron clásicos que ya son también clásicos en el repertorio de estos dos, como la Nina Simone que ponían en los anuncios de televisión, Amy Alhóndiga, como dijo uno que se creía tan gracioso tan gracioso que le hacían gracia mucha gracia sus propios chistes malos, Etta James o el "Rid of Me" de PJ Harvey. La niña del Frenesí hizo honor a su nombre y se desató tanto como los Inductions, paseándose por todo el local, interactuando con el respetable y practicando la escalada mientras su compañero se quedaba sentado y hacía que el ímpetu fueran acordes. 

Poco después, haciendo ya la digestión de nuestra opípara cena musical, Patxi me soltó la frase. Y ahora recuerdo por qué venía: porque dije que Nacho Vegas era mejor letrista que Jaime Urrutia. No sé de verdad quién será mejor, pero peor que estas crónicas bañadas en tantas Mahous que se te multiplican las estrellas solo queda una buena patada en los huevos acompañada con un piquete de ojos. 

Lo dicho, ni puta idea. Amén, que dicen los cristianos, y aquí seguiremos esperando el próximo disco de los Maha. 



Posdata: todas las personas que aparecen en mis crónicas son personajes de ficción, cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.