domingo, 26 de junio de 2016

Deuce



Había pensado empezar la entrada hablando de la señora McArrow. Yo esto no lo viví, me lo contaron. Era la casera escocesa que nunca sonreía y siempre cobraba, quisieras o no quisieras pagar, al final de la semana. Todos los fines de mes, volvía el domingo de misa y servía a sus huéspedes haggis para comer. Un día se pasó con el sauternes y en la sobremesa les contó cómo sacó a su marido del calabozo metiendo una ganzúa dentro de un haggis. Tanto se le subió el vino dulce que terminó su  historia con una frase picante: "Esa misma noche concebimos a nuestro hijo y a la mañana siguiente, cogimos el barco para América. Archibald era un hombre de verdad".

Los Haggish son una banda de verdad. Tan rotunda y bien rellena como la morcilla escocesa de la señora McArrow. Eso lo sabe, desde el 94, todo el mundo al que le guste el punk-rock. Y si no lo saben, acabarán aprendiéndolo. Alguno lo aprendió ayer en El Tubo.

Yo reconozco que los había oído, pero aún no había tenido el gusto de verles en directo. Ayer me quité la espina y casi me la clavo en un ojo como otros se pellizcan para asegurarse de que algo está ocurriendo de verdad. Empezaron tarde porque se les jodió un ampli de guitarra y aún y con eso sonaron limpios, contundentes y enérgicos. Acompasados, bien conjuntados, y no hablo ni de baile ni de ropa.

77/82 lo anuncian como un homenaje al mejor punk, porque los bilbaínos se dedican a repasar alguna de esas canciones que, desde California hasta Washington DC y de allí al fin del mundo, han decidido los gustos musicales, las ideas políticas y hasta las rutinas de diferentes generaciones de jóvenes. Ayer sonaron en el Tubo gente como los Black Flag, Bad Brains, Angry Samoans, Adolescents, Dead Kennedys, Dead Boys... Y yo qué sé cuántos más: un setlist que debería ser materia obligatoria en la universidad. Escuchando a Fugazi se puede aprender más que leyendo el Financial Times todos los putos días de tu vida.

Que se me va la pinza, dice Mikel Actitud. Y razón tiene. También se me va la batería que es la primera vez que tengo los santos cojones de escribir una entrada con el móvil pero es que tenía ganas de escribirlo: que aún cierro los ojos y veo a John McEnroe bebiendo a morro del grifo de cerveza.

Merece la pena. No son una banda de tributo pero el que le han hecho al hardcore y al punk-rock es de lo mejor que puedes encontrarte en el mercado, si es que hay mercado para esto, que probablemente no lo haya, y de ahí lo bien que suena y lo que alimenta ver a cuarenta personas en un bucle oscuro disfrutando de un repaso empático de lo mejor de lo mejor. ¿El qué? No lo sé, de verdad, pero esta no es forma de escribir. Me quedo sin batería, sin ciencia y sin limoná. La señora McArrow me hizo pagar y ya está, cumplí.

domingo, 19 de junio de 2016

Vitoria-Gasteiz, 18 de Junio de 2016, que sigue rimando un día después




Siempre me ha gustado un tío que se llama Paul Gilroy. No lo conozco. Si te soy sincero, no me he leído ninguno de sus libros enteros. También James Clifford y Routes. Me gustan sus teorías, o, al menos, lo que creo entender de ellas. Tal y como los entiendo yo, durante mucho tiempo (y hablo de siglos, que me estoy poniendo humanista) nos empeñamos en definirnos por categorías muy fijas, poco flexibles. O eras cristiano o eras judío. O eras negro o eras blanco. O eras de aquí o eras de allí. Abolengo y heráldica. Después, con los tiempos modernos, la cosa se complicó que no veas. Ya no te podía definir solo la iglesia, tu lugar de nacimiento, tu linaje... Te definían todos esos y muchos otros aspectos que ni tan siquiera parecían pertenecerte ni eras capaz de entenderlos. Somos sujetos alterables, complejos y caprichosamente paradójicos. Somos de donde somos y también de a donde vamos, de donde vinimos, de donde nunca fuimos pero siempre quisimos ir. Es lo que en inglés definen con dos palabras de pronunciación muy parecida: "roots" y "routes", raíces y rutas. Somos la tierra, pero también el camino. Somos habitantes y emigrantes. Todos somos refugiados.

Pela se acordó de ellos. Sacó una bandera en favor de los refugiados y repartió estopa para toda la clase política. Solo fue un detalle más de uno de los mejores conciertos del festival: Sumisión City Blues

Me acordaba de ello esta misma mañana, cuando aparcábamos el coche en cualquier rincón de Lakua, justo antes de coger la AP-68 en dirección a Bilbao, y buscábamos una cafetería abierta por una ciudad que parecía desierta, evacuada. Cerraron la carpa Merle Haggard y todos nos pusimos a hibernar, pensaba mientras aparcaba y doblábamos la esquina de una calle vacía. En una plaza interior, sin embargo, encontramos varias cafeterías abiertas y familias de bien que sacaban de recreo a sus hijos e hijas mientras disfrutaban del vermú. Yo, sin embargo, aún tenía los ojos vidriosos y un agujero en el estómago. Mis compañeras también: café y algo de comer, por favor, ya. La camarera es latinoamericana y su compañero también. Rizos afros, semblante serio y una camiseta de Pearl Jam. Toma ya. Y en la pantalla de la televisión, Bruno Mars. 
Siempre me dijeron que Vitoria fue una ciudad de curas y militares. Mientras fumo fuera y apuro el cortado, me acuerdo de Pela, de su bandera y de todo lo bueno que pasó ayer. Más rutas, pienso, más raíces. Más jodidos nudos, nódulos, vías, viajes. Miro al frente y veo a la gente, con sus vidas, con sus ritmos, en una ciudad que no es la mía... 
Ahora es cuando cuentas tu teoría, tío, pero aún hay algo de resaco: no soy capaz de conclusiones. Tiro la colilla, la piso, y me disculpo ante su padre porque al volverme para entrar casi me cargo a un mozalbete tan feliz con su camiseta del glorioso. No sé al equipo, pero al segundo día de la decimoquinta edición del Azkena Rock Festival, ese adjetivo le viene de serie. Me explicaré a continuación, sin brevedad y con absurdidad, como siempre. 

Yo me empeñé en que el día consistiese en diez horas de estar de pie viendo a gente gritar. O cantar, llámalo como quieras. Yo me empeñé. Lo dije desde que comíamos menú del día en la calle Cuchillería: "lo que queráis, pero yo a las cinco estoy en la puerta". Vamos a partir desde el principio: aquí cada uno tiene una opinión. Todo el mundo escucha la misma canción y la escucha de una manera distinta. Yo escuché ayer, calculo, más de cien canciones en directo y esta es mi rotunda opinión: fue uno de los días más felices de mi vida, que es mucho exagerar, y mira que yo exagero, pero se entiende lo contundente que quiero ser. Si el día anterior había sido un día más de anécdotas que de memorias, el del 18 de Junio de 2016 en las campas de Mendizabala yo lo guardaré como oro en paño en la memoria RAM de mi cerebro. 

Y lo guardaré por esto:

Ya he hablado de los vitorianos Sumisión City Blues. Ese rock canalla con letras poéticas, llenas de imágenes carnosas y punzantes, y un toque punkarra fue de lo mejor del festival. Patadas al aire, sobeteos a las perneras, vaciles al respetable, parece que tienen un lenguaje propio que solo entienden los que han tenido los huevos de prestarles oído. Para mí, fue la primera vez, y solo conseguí arrepentirme de todo el tiempo que había perdido hasta ayer. Tienen, además, canciones que, yo creo, podrían hasta petarla en la radiofórmula, pero es precisamente esa pátina que le ponen de me suda la polla y que le den al sistema lo que las hace alérgicas a la gloria pero, al mismo tiempo, auténticos temazos (quiero decirlo: es la primera vez que utilizo esta horrorosa palabra en el blog) instantáneos. 

Si empiezas así el festival a las cinco de la tarde, ya no hay solución. Has entrado en el bucle y por mucho que le eches limón a la cerveza ya no vas a poder pararlo. 

Ni quise pararlo:

El siguiente momento imperecedero ocurrió porque, precisamente, somos nómadas y la música nos lo recuerda. Nómadas del espacio y del tiempo porque Radio Birdman se pasó por el forro la lógica de las dimensiones y dio un concierto de esos que transcienden el continuo espacio-temporal. Y, además, concatenado, porque todos los eventos del universo ocurren en ese continuo y, por un momento, ayer Gasteiz era la capital del mismo y lo más parecido a una Australia que abandonara las antípodas. The Scientists aprovechó el escenario con mejor sonido del festival para recordar su herencia y eregir a Kim Salmon en uno de los protagonistas imborrables de la historia del Azkena: el cierre con "We Had Love", de los que luego sacas a colación cuando en el futuro te pones nostálgico. 

Hubo más, y mejor, a mi entender:

Después de 091 debería haber llamado al 112 y denunciar que me habían robado el resto del festival. Por un momento, no tuve ganas de más. Cuando terminaron de cantar "La vida que mala es" quise gritar que la mía era cojonuda. "La calle del viento", "¿Qué fue del siglo XX?"... Yo qué sé. Había versos de Lapido que García hacía lapidarios, frases que parecían convertirse en tatuajes potenciales en un concierto que tuvo el mejor sonido del festival, a mi entender. Los de Granada regresan pero ayer en Gasteiz se quedaron para siempre. Yo, lo digo en breve, flipé. 

Y, por supuesto, lo que te dirá todo el mundo porque prácticamente no encontré a uno que no estuviera de acuerdo:

The Who, simplemente. Te podría hablar de las imágenes, del repertorio, de su testimonio final, de la multitud, el sonido... No diría nada distinto de lo que le vas a oír decir a la mayoría de la gente que se encontraba frente al escenario Lemmy Kilmister: convincentes y contundentes. Por supuesto, habrá opiniones para todos los gustos. Conciertos tan concurridos como este te enseñan lo mismo que te enseña la cola de la frutería, las estaciones de metro, las barras de un bar o, precisamente, el derecho a opinar, que la gente se divide en solo dos tipos: los gilipollas y los que lo son menos. Y con tanta gente alrededor, los gilipollas abundan y se hacen más aparentes. Perdón por el exabrupto, pero aún me duraba el cabreo. Y la resignación, que duele más. Solo añadiría: "Can't Explain" es una de mis favoritas, y abrieron con ella. Mientras sonaba "Sparks" cumplí 40 años, y ya no añado más. 

En resumen, dos bandas australianas que son, curiosamente, cada una de una punta de la isla. Londres, Granada y Vitoria-Gasteiz. Raíces y rutas. La música es un puto refugio que no abandonaría en la vida y ayer abrió de par en par sus fronteras para que nos alojáramos todos allí, calentitos y felices. Yo fui feliz, muy feliz, durante diez horas que estuve de pie viendo a gente cantar. O gritar, llámalo como quieras. 


Hubo más: Cobra, rotundos. The Milkyway Express, elegantes. Raveneye, estimulantes. Vintage Caravan, verriondos. Imelda May, delicada. Marky Ramone, atlético. Supersuckers, distendidos. A Refused y a Fields of the Nephilim, no los vi, lo siento. Son doce de catorce, desde las cinco y cuarto de la tarde hasta las tres y pico de la madrugada. Me vas a perdonar que sea condescendiente conmigo mismo, pero, no está mal, tío. Feliz, muy feliz. Miles de notas, cientos de acordes, decenas de canciones para dibujar rutas, desenterrar raíces que consigan darle sentido a esta vida que, de lo mala que es, es magnífica: no lo puedo explicar mejor, pero nos queda el amor. En esta última frase, quedan enterradas para siempre tres canciones que, como ya he mencionado, me hicieron feliz, muy feliz, aunque solo fuera por un fugaz momento, entre el 18 de Junio y el 19 de Junio de 2016. Y si sigue rimando un día después, imagínate cómo retumba aún.

sábado, 18 de junio de 2016

Vitoria-Gasteiz, 17 de Junio de 2016, que rima



Debajo de un toldo, esperando a que Edurne salga del albergue mientras llueve y pasan dos tíos con cara de no haber dormido aún. Uno le dice al otro:
- Yo, tío, puedo estar un año, dos, sin drogarme ni beber. Pero es que luego me lo pide el cuerpo. 

Una habitación de hotel tan grande como mi casa. Tras cientos de intentos para captar la red wifi (waifai, dude), nos sentamos en el sofá para ver la entrevista a Ojete y Calor en Latemotiv. ¿A quién se parece Calor?
El doble de Calor, en la carpa, a las cuatro de la mañana, me mete la mano en la bragueta y luego se marca un Joachim Löw. 

Horas antes, al ir a pedir, me toca la esquina por la que cae todo el agua y yo me fijo en el tío que está pidiendo a mi lado. Cansado, serio, pide dos katxis de cerveza. Tiene las manos sucias, manchadas de pintura seca. 

- ¡Rick Astley! Yo me lo trago todo. 

Los ponchos coloraos. Los bocatas de tortilla. Las tejas de chocolate. Los garajes con luces que se encienden a tu paso. Paso. 

Diez minutos para recordar que la compañera de andanzas de Mikael Blomqvist se llamaba Lisbeth Salander. Y todo porque alguien quería soltar la chorrada de que el guitarrista de The Hellacopters parecía su hermano pequeño. 

Jonathan "Butch" Norton, elegante. Hasta el último botón de la camisa bien dado, chaleco, sombrero de ala ancha... enfocan hacia abajo y va en pantalón corto. Los baterías son como los presentadores de las noticias de mediodía en las leyendas urbanas.

Dena Flows a la carrera con un colorido poncho y Jon Barrasa a resguardo en su puesto. Dos maneras de currar, con dos velocidades distintas, mientras otros nos ocupamos solo en divertirnos.  

El tío del paragüas. ¡La coña de los paragüas! Y un solo tío paseándose por el festival con el suyo. Con su paragüas y una camiseta de Humble Pie. 

 Lluvia.
Agua.

Yo bailo el agua que te cagas, que no es lo mismo que bailar bajo la lluvia. Me lo han dicho antes, que además de un palizas, soy un dorador de píldoras. Es que me vuelven loco esas dos expresiones: bailar agua y dorar píldoras. Magnífico, ¿cómo no voy a hacerlo? 

Pero hoy estoy raro. Parece que sale el sol, así que más raro aún. Por lo tanto, voy a ir al grano y voy a explotarlo. ¿Valoración del primer día del Azkena 2016? Decepcionante, si quieres que te diga la verdad. La decepción necesita que antes haya una expectación, y yo tampoco es que la tuviera, sinceramente. El primer día del Azkena, para mí, era de precalentamiento. Quitando a Lucinda Williams, yo solo tenía pensamientos para el día de hoy. Eso sí, algo más, lo que fuera, ya esperaba. No soy el único que te dirá que acabó sin entender qué pasaba con el sonido: con las guitarras de The Hellacopters y los acoples de Danzig. ¿De dónde salía la voz de Glenn Danzig? Parecía que la música era profiláptica, espeleológica, afónica, karaokica.

A pesar de ello, el Azkena siempre merece la pena. Bajo la lluvia, los toldos, los pollos que se montan en el baño y las barras que parecen dos veces más largas con la poca gente que las atiende. Da igual, porque llegas a Vitoria-Gasteiz, donde Josean Querejeta hace la ley, y te pasan (ves, vives, oyes) cosas como las que he escrito antes, al principio. Y también otras que son más musicales. Porque aunque me perdiera a Daniel Romano, me decepcionaran The Hellacopters, escuchara de lejos a Vintage Trouble y me fuera a cenar con los Blackberry Smoke, hay (hubo) momentos que quedarán tatuados en la memoria:

1) Julián Maeso la bordó en las dos canciones que le llegué a ver. 
2) Enorme concierto de una Lucinda Williams a la que no hace falta contarle los años para darle más valor a lo que hace. Con cuatro músicos que la acompañan con garantías, no solo lo bordó y emocionó al público cerrando con un "Rockin' In the Free World" que empieza a tener la misma categoría de himno alternativo que alcanzó, en su día, el "This Land is Your Land" de Woody Guthrie, si no que todo su concierto, eléctrico, auténtico, sencillo y directo, estuvo a la altura de lo que se puede esperar de alguien que se presenta con sombrero vaquero y chupa de cuero, dispuesta a reescribir las fórmulas que definen la música. 
3) Sex Organs. No sé qué más añadir, cuando ves en el escenario a un percebe gigante que se supone que es un pene y a un trozo de lahmacun que se supone que es un vagina. Pero, al menos, una sonrisa. 

Poco, ¿verdad? Pero suficiente para tener fe en el día de hoy. Se espera a mucha gente por las campas de Mendizabala y yo pienso presentarme ahí desde las cinco de la tarde, con la digestión aún por hacer. Empezaremos con Sumisión City Blues, por supuesto, y esperemos terminar con Supersuckers. Su-Su. Xa-Xa-Xa. Ese es el ritmo bueno.

¿Gutterdämmerung?
Otro día, de verdad.

jueves, 16 de junio de 2016

Australianos por el Pano



Voy a hacerlo ya porque si no, no lo hago. ¿De qué hablo? Kim Salmon. En el Panorama Pub. Vamos a contarlo ahora, cuando, seguro, a alguno aún le dura la resaca, porque yo voy a estar parecido este fin de semana y no prometo que recuerde lo que ya he empezado a olvidar. 

No es que hiciera trabajo de campo antes de ir a verlo, porque eso quedaría patético, y más aún confesarlo aquí, pero hace poco le leí definir el punk. Escribía para Double J y me topé con el artículo por pura casualidad. Esto es lo que decía Salmon:

"Punk? It’s about bullshit and pretentiousness. It's about no pretences. It’s about the formula, but it's about experimentation. Sometimes it's inarticulate, sometimes it's poetry."

Hoy no juego a trujamán. Creo que se entiende. Y lo cito porque, en parte, es un vistoso resumen que sirve para ilustrar el concierto que ofreció el australiano ayer en Barakaldo, un lugar, en muchos sentidos, y como tantos otros, tan aislado del resto del mundo como Perth, Australia. 

Salmon sonó, a veces, desarticulado; otras veces, poético. Repitió la fórmula y experimentó. Pero, sobre todo, sonó natural y auténtico, sin sandeces, sin resultar presuntuoso, como si hubiera cogido el metro para llegar al Pano, como si aquello fuera una fiesta de cumpleaños y los años no pasaran en balde. 

De balde no fue el concierto, y quizás por eso mismo, la concurrencia era selecta y entendida. Me da un poco de sofoco ponerme ahora a contar cómo fue el concierto cuando entre los presentes, calcularía que el 99'9% de la gente había (o habrá) escuchado más música que yo y otro alto porcentaje la ha producido también, cosa que yo solo hago cuando silbo y silbo poco porque odio las cremas labiales y siempre los tengo secos. Si me untan con el letibalm, me lo como, y lo que siempre como son mis propias palabras, así que aún y cuando use porcentajes para esclarecer mi vergüenza, yo sigo igual que siempre y escribo sobre ello:

Es difícil resumir la carrera de un tío que empezó a tocar en Australia en los años 70, alcanzó repercusión (poco remunerada pero proverbial) con The Scientists y giró por todas las antípodas del globo terráqueo con los Beasts of Bourbon. Por decir algo rápido. Tan difícil es resumir y definir que algunos hasta inventaron un adjetivo para resumir y definir su música: "salmonesque". Y salmonesca era una camisa amarilla que vestía bajo la chaqueta americana negra (no sé si alguien le aconsejó la combinación estando donde estaba) y que dijo, con sentido del humor, que tenía más de treinta años y que no le sentaba igual que en los años setenta. Me lo va a decir a mí, que llevaba una negra con botones de corchete que tiene como un lustro y antes me sentaba de maniquí y ayer estaban los corchetes con los mofletes hinchados de la fuerza que hacían por no reventar a la altura de mi tripa. Te conservas bien, Kim, como la azafata del Un, Dos, Tres. 

Dejémonos de chorradas y hablemos un poco de lo que pasaba media docena de cabezas delante de mí. Kim Salmon departió amablemente con la gente, preguntando la hora y ofreciéndose a aceptar sugerencias. Repasó, sobre todo, su reciente álbum en solitario, My Script, y lo hizo con su guitarra distorsionada y un dictáfono que llevaba colgado del cuello y que hacía un sonido parecido al que debe hacer el viento cuando sopla entre los pináculos del desierto occidental australiano. Por supuesto, hubo viajes en el tiempo, y sonaron, como no, "Frantic Romantic" o "We Had Love", ambas recibidas con entusiasmo por los presentes. Además de esas, también se lució con "Feel", que tocaba con The Surrealists, si no me confundo, que probablemente lo haga, o dos arrebatadas de su último disco, "Pathologise Me" y "Tell Me About Your Master". Mejor ronco que en falsete, sonó limpio y hondo cuando bajó la distorsión y subió el sentimiento, algo que hace brevemente en su disco en solitario, disco que algunos han definido como "psychoanalytic rock" y que él mismo calificó de manera parecida cuando dijo que para escribirlo se había sentado en el diván y había dejado que el mundo alrededor le hiciera de psiquiatra. Leo que Salmon tiene una manera muy especial de tocar la guitarra, y cuando hace lo mismo de solista que de rítmica, más aún, digo yo. Tanto su manera de hacerlo, como su voz, como sus canciones, a mí me suenan al punk que él definía porque aceptan la imperfección; son energía pura y sincera; escriben poesía con renglones deslavazados y puntiagudos. 

Así me sonó a mí ayer en el Panorama Pub, pero, si te quieres formar una idea más aproximada a la realidad, probablemente hagas bien en preguntarle a alguien que no forme parte del 0'1% que come crema labial y va de experto sin serlo. Donde sí estaré y seré feliz será en Mendizabala, este próximo sábado, cuando Kim Salmon vuelva a subirse al escenario aunque, esta vez, lo haga con toda la banda a la espalda. Justo antes que ellos, lo habrán hecho Radio Birdman, y la experiencia ualabí habrá sido ya completa. Imagínate pasar de "Aloha Steve and Danno" a "Swampland" sin cambiar el katxi de mano. Ya me estoy mordiendo el labio de placer y aún no me lo he hidratado. 


Posdata: Digamos que no tendríamos buena educación, (y mi padre, que era soldador en la Babcock & Wilcox, me la estañó como soldadura en plomo), si no hago mención de la gente que consiguió que Kim Salmon reuniera a lo más granado de las cercanías en la calle Francisco Gómez. Enhorabuena a Javi y a sus diligentes camareras, a la gente de Munsterama, a Mikel que custodiaba la puerta y a quien consiga quitarme el teclado de las manos para que deje de ponerme merengón. Lo hago yo, no te preocupes. Me voy a echar un cigarro antes de volver al Tajo, que no pasa por Valladolid pero sí por Toledo, y por donde va a pasar Salmon después de actuar en Vitoria es por Pamplona, así que, si no estuviste ayer en el Panorama, ni estarás pasado mañana en Mendizabala, date prisa que aún podrás pillarle en el Nebula Bar pamplonica.

miércoles, 15 de junio de 2016

BafFAST, too fast



Se iba a cabrear Bo Diddley, quien decía aquello tan versioneado de que no se puede elegir un libro por la portada. Una vez me compré uno solo por que me gustaba el título. Era de Javier Marías y yo aún no tenía la mayoría de edad. Por ahí está: ya no me gusta el título y aún no lo he leído. Se iba a cabrear Bo Diddley porque las cosas hay que tomárselas en serio y no se puede elegir al tuntún ni escribir al runrún. Y por eso no iba a haber crónica.
Pero la hay.
La hay porque de mayor yo quiero seguir siendo así: inconstante, tornadizo y contradictorio.
El domingo hubo dos conciertos y no hubo ninguno. En los dos estuvimos de cuerpo presente, por breves instantes, incapaces de absorber la música como comúnmente lo hacemos.
Primero, nos presentamos en familia para ver a Brand New Sinclairs moldear su repertorio con la audiencia en la consciencia. Y es que en lo que antes se llamaba la Campa del Pito y ahora no sé cómo se llama, allí donde, antiguamente, se montaba la plaza de toros en fiestas y hoy ya no se hace porque, a veces, hasta los ayuntamientos maduran normalmente, se presentaron familias enteras, curiosos y curiosas, jubilados extraviados, niños y niñas de todas las edades, fotógrafos y fotógrafas amateurs y amateuras, profesionales y profesionalas para darle la bienvenida al Baffest, festival barakaldés de fotografía, que inauguraba tan grata ocurrencia con un concierto al aire libre a cargo de los ya mencionados Brand New Sinclairs.
Empezaron los antiguos The Sinclairs con su repertorio propio, recuperando incluso canciones que recordamos haber oído desde los primerísimos conciertos, pero añadiéndole a la música la coreografía de una jovencísima bailarina que se movía mejor que lo que algunos lo hacían en Fama, con su osito de peluche de la mano. Después pasaron al didacticismo más divertido y acabaron versioneando desde Nancy Sinatra hasta los clásicos con más funk, swing, y bule bule, permitiendo que los niños se quitaran los zapatos y se pusieran a bailar al ritmo de los rosas que vestía Ana.
Una buena fiesta que en nuestra esquina, Vera disfrutaba con arranques flamencos y movimientos de cabeza a lo Sepultura meets Rabbid Invasion, como solo ella sabe bailar y como ha repetido esta misma mañana mientras yo le pinchaba Kitty, Daisy & Lewis para desayunar. Sus padres, que somos dos que nos proponemos inocularle el hambre musical, la seguíamos ojopláticos y lunáticos, azuzándola para que no dejara de bailar hasta que dejaba porque le daba la gana.
Sin pedir permiso ni despedirme, hice mutis por el foro y salí por el vomitorio de la izquierda, caminando rápido para llegar al Tubo y robarle aunque fuera veinte minutos a la mañana de domingo porque quería ver algo de la sesión vermú en el templo del baskizol.
Llegué cuando Travesti Afgano probaba sonido y ya le aplaudía la concurrencia, mientras ellos, algo dormidos, me pareció, preparados en formación y pidiendo avituallamiento, se reían cuando decían que solo estaban probando pero que ahora mismo iban a empezar. Me dio tiempo a escucharles cinco canciones, entre ellas, si no me confundo, alguna de las que escuché en Radio 3 cuando les descubrí y acepté que había ahí algo más que uno de los nombres de banda más extravagantes de los últimos tiempos. Casi tanto como el epitético Muerte Mortal, banda que les seguía luego en la sesión matinal del Tubo, y a los que no pude quedarme a ver. No me dio tiempo ni para hacerme un juicio formado de lo que ofrecían en directo los gallegos pero reconozco que me quedé con las ganas de seguir descubriendo y descubrir si esos teclados acababan por taladrarme el cerebro o no. Me sonaron oscuros, épicos, punkarras, vanguardistas, lentos, rápidos, propios del Rockdelux y del Maximun Rock'N'Roll. Es decir, nada, que no me dio tiempo a llegar a conclusiones y no podía ser de otra manera cuando solo me llegué a ver la portada antes de tener que marcharme. 
Acepté por buena la cerveza y esas cinco canciones, eso sí, para quitarme el mono de Tubo que tenía. Hoy volvemos a la palestra, creo, porque llega Kim Salmon al pueblo y, en principio, tengo apalabrada mi presencia. Después llega el finde, pero de eso ya hablaremos. 
De lo que quiero hablar antes de marcharme es del Baffest. Buena gente (y mejor bailarín) anda detrás de esta idea que ha engalanado las farolas de Barakaldo y muchos otros rincones, con más cosas que simples blasones de publicidad. Si tienes la oportunidad, pásate por el pueblo y busca las sopresas como los americanos buscan huevos de pascua. Yo ya he empezado pero no he terminado aún. Aún tengo, eso sí, pendiente seguir imaginándome las historias que sugieren las fotografías de Cristina de Middel, por ejemplo. Empieza por ahí, si quieres, y luego déjate llevar. Yo lo haría y lo haré y poco más puedo decir antes de poner el punto y final. 

miércoles, 1 de junio de 2016

De Portland a Bilbao y BIME porque me toca



Yo estoy un poco mayor ya para festivales, sí. Sé que suena patético decirlo, pero cada vez me apetece menos. Hubo un tiempo en el que, por qué no confesarlo, la yerba seca, las tiendas de campaña, las colas para pedir un katxi, las saunas comunitarias bajo las carpas patrocinadas... todas esas chorradas me animaban el verano. Hasta me dejaba las pulseras de tela puestas. Que sí, que era así, que soy así, supongo. 
Flipé en directo con conciertos y estilos musicales de los que ahora renegaría no por chaquetismo estético si no porque, sinceramente, ahora me entra urticaria. Tampoco es que fuera al Sónar o festivales por el estilo, con todos mis respetos. Las guitarras, la distorsión y esas cosas también estaban presentes en aquellos días. Lo dicho, no reniego de ello, pero miro hacia atrás y algo raro sí que me veo. Tengo grandes recuerdos de alguno de ellos, siguiendo con la sinceridad: Brian Wilson, Edwyn Collins, los primeros y frescos Franz Ferdinand, Los Enemigos, Imelda May, The Strokes, los Pixies, los Primal Scream, Kings of Leon con el pelo largo y sin que les conociera ni cristo... Yo qué sé, tampoco es mi intención ponerme nostálgico ahora ni contaros todas mis vergüenzas. 
El caso es que la última vez que fui a uno vi más ambiente en el stand de Vans que en la primera fila de los conciertos que me apetecía ver. Me cansé de adolescentes eufóricos cantándome el himno del River Plate a la oreja. El beodismo de galerías Urkijo trasladado al monte me quitó las ganas de golpe. Hay más cosas, claro. Supongo que con la edad no solo se te encorva la espalda si no que se te agudiza la conciencia y hay siglas, rótulos, costumbres y procedimientos que te tientan el bulto más de lo que antes lo hacían, que ni los veías, ni te daba por mirar. 
En lo que no he cambiado es en lo de repudiar las posturas extremistas, así que no me voy a hacer de la liga antifestival. No voy a pisarlos, pero tampoco los voy a pisotear. Sobre todo, porque sí que hay alguno que todavía visito y que me apetece con tantas ganas como agarrar los días en rojo del calendario y no soltarlos aunque fueran colorados porque están hirviendo. 
El Azkena es distinto, opino. No sé si sueno ridículo diciéndolo, pero yo allí, me siento más cómodo, menos fuera de lugar. Por eso, este año también estaremos allí. Por eso y porque cumplo cuarenta años justo ese domingo y celebrarlo viendo a Lucinda Williams me ayuda a olvidar que cuatro décadas son ya muchas décadas. 
El MAZ Basauri llevo tiempo sin visitarlo, pero las veces que fui, cuando creo que aún no tenía tanta aceptación como ahora, me apeteció mucho volver a repetir. El concierto de Nacho Vegas, y le he visto unas cuántas veces más, lo tengo grabado en la nube de la memoria, aunque están apunto de borrármelo los de Euskaltel. Es broma. Este año me jodió no ir, pero es lo que tiene la vida como ya he dicho tantas veces antes que me cansa más decirlo que la vida en sí. Ese formato de festival urbano y sin aspiraciones grandilocuentes, integrado y polifacético, mola. Leí por ahí que la media de edad fue muy muy baja, y no voy yo ahora a establecer estereotipos gratuitos por culpa del año de nacimiento, cuando ya tenemos bastante con el género, los gustos sexuales, las creencias religiosas, los números de la nómina y otras cuestiones para clasificarnos con torpeza y sin gusto alguno. El gusto es lo que permanece, y no los años con los que lo tienes. 
Pero, de repente, hace como unas semanas, otro festival al que también suelo asistir, de vez en cuando, aunque tampoco lleven tanto, se puso en primera fila. Ya te lo adelanto, aunque probablemente te la sude, pero, si no surge un contratiempo, este año también estaremos en el BIME. 
Ocurrió así. 
Una noche me encuentro en la bandeja de entrada del correo electrónico un mensaje de grupo desde la página oficial de la banda de Oregón Richmond Fontaine. Os lo digo desde el principio: es una de mis bandas favoritas, por muchas razones, algunas laborales. Además, ya que esta entrada parece una larga y aburrida confesión, también os digo que conozco personalmente a Willy Vlautin y nos consideramos amigos. En el email anuncian su última gira europea. Acaban de sacar álbum, You Can't Go Back if There's Nothing to Go Back, y dicen que será el último, que lo dejan. Los proyectos paralelos y el tiempo parece que han acabado con la banda. Viajarán a Europa, donde han tenido más éxito que en su tierra, por última vez, y se ven fechas en Irlanda, Inglaterra, Holanda, Alemania... pero nada en España. Además, ya que es la despedida, piden que la gente proponga canciones para elegir el repertorio. Con sentido del humor, les contesto lamentando que no bajen tan abajo y que me vayan a obligar a viajar lejos para despedirlos, y, de paso, pido dos canciones: "Montgomery Park" y "The Water Wars", ambas por razones personales. Podría haber elegido otras, de las primeras, de las que les acercaban a Dead Moon y a Minutemen, de las que ya no tocan en directo y a mí me molan. Me piro a trabajar y a mediodía bajo a echar un cigarro y tomar un café. Me entran unos WhatsApps de Isa que está excitada: ¡Suede, Suede, Suede!, repite por escrito, y, al final, me explica que acaban de confirmar que Suede estará en Barakaldo para tocar en el BIME. Es su grupo preferido de la adolescencia y esas cosas marcan por mucho que pase el tiempo. No será la primera vez que los vemos, pero sigue apeteciendo. Cuando regreso a casa, rendido y con sueño, cenamos, terminamos con la rutina que hemos ido digeriendo en estos últimos meses, y nos sentamos en el sillón. Nos dejamos caer. Abre internet y repite, ahora en voz alta, ¡Suede, Suede, Suede!, y para completar la información, lee la lista completa de los grupos confirmados:

- "... Wild Beasts, Lambchop... y Richmond Fontaine"

Lo reconozco, no la estaba haciendo caso. Mirando a la pantalla de mi ordenador, los nombres que iba diciendo, me entraban por un oído y me salían por el otro. Pero el último...

- "¿Cómo?"
- "... y Richmond Fontaine... Joder, ¡ala!, ni me he... Richmond Fontaine."
- "¿Richmond Fontaine? Pero qué ostias..."
- "Richmond Fontaine, sí, lo pone aquí, confirmado. ¿No te ha dicho nada Willy?"

Si no te gustan cosas como Uncle Tupelo, Green on Red, Calexico, Dave Alvin, Gram Parsons... Cosas así, ni lo intentes. Si no te gustan los medios tiempos, la slide guitar, el eco del desierto, el reverso del Sueño Americano, las letras sobre camioneros que beben para olvidar y adolescentes que viven en moteles desde que perdieron todo el dinero en los casinos de Reno, no hagas el esfuerzo. Si te gustan las historias bien contadas, la música auténtica y sincera, las guitarras bien acopladas, los arrebatos eléctricos impredecibles y cosas así, no te los pierdas. No voy a intentar convencerte, pero yo llevo convencido desde hace mucho tiempo. Los escucho y los leo a partes iguales cuando quiero entender de qué coño va a esta mierda que llamamos vida y, por ahora, mejor o peor, he conseguido sobrevivir, y, en parte, ha sido gracias a ellos. Así que estaré en otro festival, en el BIME, y no puedo evitar sugerirte que vayas tú también y te despidas de una de esas bandas que no pasarán a la historia porque a la historia no siempre pasan los que merecen protagonizarla. 

Es un festival sin verde, sin iglús, sin carpas ni puestas de sol dignas de un anuncio de Vodafone, pero tienen a Richmond Fontaine, y a Suede, y nosotros vamos a estar ahí. 

Si creías que aquí acaba el tormento, no. Como soy así de gilipollas, a partir de ahora y hasta que en Octubre se celebre el festival, una vez al mes, y cuando no más, os iré colgando canciones de Richmond Fontaine, que por supuesto glosaré, solo por una razón, porque me apetece y porque soy cabezón. Si a alguien le hago ir así, esa que me apuntaré. No empiezo ahora, eso sí, ya lo haré después. 

¡Richmond Fontaine! Aún no me lo creo. Sales por la puerta del BEC, y casi que se ve desde ahí mi casa. Será una buena despedida, sin duda. 


Posdata: Recíen termino de escribirlo, me viene un pensamiento a la cabeza: ¿y si ahora va y se suspende? Mierda, a ver si termino de leer el libro de James Rhodes, porque esto de anticiparse a las malas noticias y de ver lo malo antes que lo bueno, empieza a ponerme nervioso, joder.