lunes, 15 de agosto de 2016

Historia de un vinilo en concreto






1

El último día, decidimos cargar las maletas y comer en Porreres. Desde allí hasta el aeropuerto, media hora. El Volvo había estado al sol desde que este salió. Mientras Toni conducía y subía el aire, yo, de copiloto, cuidaba el vinilo, en mi regazo. El resto de la mañana, se quedó en el maletero, metido en una bolsa de Miramá, sobre la caja vacía donde venía la botella de Seagram’s. Al sol.
Ya en el aeropuerto, al llegar al control de seguridad, saco el portátil de la mochila y lo coloco en una bandeja. Al lado, la batería. En otra, la mochila abierta, el cinto, unas pocas monedas y la bolsa con el vinilo.
Puerta 45. El vinilo me lo olvido en una butaca. Nos cambian la puerta. Puerta 49, el vinilo de parrilla, aguantando una botella de agua de medio litro, mientras recorro el pasillo de arriba abajo con una niña que no entiende de retrasos.
Vueling nos coloca en sitios distintos y a mí me toca salida de emergencia. Coloco el vinilo en el compartimento superior y rezo. Tenemos suerte y nos cambian de sitio. Recupero el vinilo y lo coloco encima de la mochila, debajo del asiento del pasajero que, por suerte, no se reclina.
Aterrizados, en la cinta, espero las maletas con un carrito al que le falta una rueda. Coloco el equipaje; me pongo la mochila. “Por fin”, susurro. Cuando voy a salir, me doy cuenta. ¿El vinilo? Allí está, abandonado junto a un alemán al que le ha sentado mal el viaje o todo el verano.
Hogar dulce hogar. La niña corre libre y salvaje por un paisaje que conoce de memoria. Su madre deshace las maletas mientras yo vigilo y ayudo, sin tener éxito en ninguna de ambas. Cuando me doy cuenta, mi hija tiene el vinilo en las manos y lo ha convertido en un volante mágico con el que maneja un auto de nubes de colores que le transporta a un reino de ilusión. El viaje lo interrumpo yo, que aparezco con los ojos desorbitados gritando noooo como quien cae por un pozo. A tiempo, lo recupero justo cuando cogía la salida hacia el reino de las hadas.
Una cosa: el vinilo no tiene funda. Nadie sabe dónde están las fundas. Parece que Xim se encargaba de encajar las piezas. El disco por un lado, la cubierta por el otro. Ha viajado sin más protección que una fina envoltura con su forma y la bolsa de una tienda de ropa de Santanyi, Mallorca. Y ha sobrevivido.
La mayoría de la gente apareció por la puerta de salida del aeropuerto con su habitual aprovisionamiento de ensaimadas. Yo llevaba bajo el brazo un vinilo al que no corresponde mejor calificativo que el de superviviente.

2

Sobrevivir al éxito, por muy relativo que sea, es cosa jodida, supongo. No hablamos de esto, pero me fui con la sensación de que ellos lo consiguieron. Una tarde de calor, después de jugar en la piscina, degustar el cochinillo que a alguien le tocó en un sorteo de un equipo de fútbol, abrir el crianza, terminarlo, y compartir mesa entre risas y conversaciones amenas, Xim aparece con el vinilo en las manos, y delante de Gaspar, Simó y Toni, me lo regala como a quien le dan una placa de homenaje después de rescatar a un niño huérfano que se ahogaba. Con apretón de manos y todo. Si la placa fuera de oro, la fundía y me hacía una funda para la muela, pero el vinilo, no. Para mí, tiene aún más valor que el preciado metal. Por una parte, es música grabada en surcos y eso es tan precioso como un sarcófago egipcio. Por otra parte, me lo han regalado unos tíos a los que conocí como quien dice ayer y, desde entonces, me han tratado como uno más de la familia cuando, en realidad, yo era a la vez turista y admirador, recién llegado y extranjero. Nunca he sabido ser el centro de atención y menos aún soy capaz de entender que alguien pueda tratarme con ese cariño y atención cuando no comprendo qué he hecho yo para merecerlo. Así que cojo el vinilo y lo guardo en la habitación, pero no dejo de pensar en él mientras volvemos a la piscina, se sirve el postre, corre el Romanetti y siguen las risas y las conversaciones amenas. Yo también sobreviviré a este pequeño éxito.

Unos días más tarde, nos despedimos de Xim y Gaspar en su bar. Simó nos acompaña hasta que se monta en la moto. Toni nos deja en la fila que apunta hacia el mostrador de Vueling. Abrazos. Llevo el disco bajo el brazo. De alguna manera, todos ellos se han quedado grabados en esa órbita de vinilo.

3

Así que, cuando días más tarde, de vuelta a la realidad, encuentro un momento para levantar la tapa del tocadiscos y la música invade nuestra casa, a kilómetros de distancia del sureste de la isla, un mar más allá, vuelven de golpe los horizontes crecidos, las montañas ampulosas, la tierra rojiza, la piedra blanca que se esconde dos palmos por debajo, el suspiro de la tramontana, las contraventanas de colores, las callejas estrechas, los almendros, los acentos angulosos y el frescor de la vida entendida como una oportunidad continua de disfrutarla. La gente. Después de un viaje tan largo y de culminarlo con éxito, no podía ser de otra forma y este vinilo, definitivamente, es mágico. Menos mal que se lo quité de las manos a tiempo, porque seguro que mi hija lo hubiera convertido en un platillo volante.

4

Los Murder in the Barn solo publicaron un álbum. Lo grabaron en 1990. La canción “Al sur de la carretera de Manacor” se convirtió en un pequeño éxito en la isla y más allá. Sonaba en Radio 3, donde también pinchaban la que cerraba el disco, “Dos cruces”. Cruzaron el Mediterráneo y tocaron por la península. Su música recibió distintas etiquetas: rock fronterizo, rock sureño, nueva ola de los 80, rock de raíces americanas, rock mallorquín... Benditas etiquetas, son como jugar al teléfono descacharrado. Sin embargo, los Murder tenían un punto punkarra que no sonaba para nada a La Frontera, Los Rebeldes o todos esos grupos con los que los emparentaban. “Niño asesino” y “Hay amores que amputan” son mis favoritas. Puedo imaginármelos tocando en las fiestas del barrio, a medio camino entre los Dinamita Pa’ Los Pollos y los Parálisis Permanente. Años después de que se separaran, siguen siendo amigos y actuando como músicos de fortuna, si tiene usted alguna fiesta y se los encuentra, quizás puedas contratarlos. Toni Monserrat se montó hace unos años Toni Monserrat Inc y sacó un recomendable 38 Bucks donde colaboraban gente como Tim Easton o Jason Ringenberg. En compañía de Simó Vall, también en los renacidos BB Sin Sed, Monserrat ha actuado en Barakaldo (El Tubo, ahí es nada) y Bilbao (Power Records, un par de veces ya, que son como de casa) y a Elvis pongo por testigo que volverán a repetir. Mientras tanto, yo me pincho el disco que ha sobrevivido y me permito formar parte de su historia aunque nadie me haya invitado. 

Muy muy al norte de la carretera de Manacor y años años después de que todo ocurriera, llega el vasco a Porreras y se lleva el último que queda. ¿Qué te parece? 

viernes, 12 de agosto de 2016

Capítulo 2: Parques y paisajes o por qué tenéis que ir a ver a RF







Aunque suene muy poético decir lo contrario, yo creo que no: no, las canciones no nos eligen. Las elegimos nosotros. Otra cosa es que los seres humanos (por lo general, no se me alteren) somos tan sentimentales y delicados que tenemos por costumbre magnificar ciertos momentos de nuestras vidas porque, si no, las mismas, aunque tengan sentido, parecen no tenerlo. Por eso, los más afectados ponderamos la música cuando esta acompaña esos momentos tan oportunos y trascendentales. El colmo sería: “la banda sonora de mi vida”, con letras orladas y en versales.

En la casualidad, sí creo; aunque no sepa muy bien lo que es porque, casualmente, siempre ocurre cuando menos te lo esperas. Puede que la suerte o la fatalidad sí que participen en nuestras experiencias musicales.

Una vez leí un libro de Nick Hornby que creo que es bastante conocido pero no recuerdo su título. No sé si era la tesis que él defendía, pero yo me quedé con una idea general que quizás, en realidad, siempre fue una lectura personal y equivocada. Creo que Hornby venía a decir que las buenas canciones, las canciones que son verdaderamente buenas, no pueden ir unidas, relacionadas con esos momentos únicos. Una buena canción tiene una potestad y un valor indispensable e inmutable y seguirá siendo igual de efectiva y evocadora, la escuches cuando la escuches, transformando su energía y estimulándote de manera diferente en cada escucha.
Vale. Hornby es mucho más listo que yo y entiende mucho más de música. Y digo yo que, por lo tanto, tiene razón.

Sin embargo, yo no puedo evitar que haya ciertas canciones a las que el tiempo muda y viajar por él las marea. Con toda seguridad, no es cosa de la canción y sí de quien la escucha, que, cuando la escuchó por primera vez, cometió el error de corresponderla con el contexto y arruinarla. Me pasa también con los libros, las películas, los paisajes, las comidas y hasta con ciertas personas. Creo que es un síntoma de algún tipo de enfermedad degenerativa de mi ego ensimismado.

Me pasa aquí, por ejemplo, donde estoy ahora mismo. No os voy a decir dónde, pero sí voy a explicarlo. Hacía años que no pasaba parte del verano en esta pedanía. Bueno, el año pasado ya vine, pero antes de ése, había pasado una eternidad, casi una vida entera. Tanto que al pasear por el pueblo no me reconozco cuando me recuerdo. Desde niño he percibido este paisaje como mío: las mareas, las montañas, los eucaliptales y las lomas de yerba. Mi abuela nació remontando el río. Nos decía que sabía si iba a hacer bueno al día siguiente viendo el sol ponerse sobre el cerro. Mi tío bajaba en burro hasta la costa para vender verdura. Siendo bebé, me llevó una ola y la misma ola me devolvió. Recuerdo un cumpleaños con galerna, sin poder salir de casa, y no había más que flan de huevo para clavar las velas y que yo soplara. Tengo recuerdos más intensos que aquellos iniciáticos, algunos hasta malos, o perversos, poco recomendables y nada confesables. Durante uno de ellos, recuerdo leer el libro de Hornby escondido en un recodo desahuciado que se abre al mar sin miedo. Lo hacía hasta que se acababa la luz y después bebía vino barato y fumaba cigarrillos viendo las olas hasta que me entraba el sueño. También fue entonces cuando escuché por primera vez a Richmond Fontaine. No me eligieron, pero sí fue casualidad que en un bar pidiera un café y tardaran en servirme. Mientras tanto, cogí una revista abandonada y en la sección de las reseñas, me llamó la atención el nombre rotulado de una banda que estrenaba nuevo álbum, Post to Wire. También fue casualidad que no escuchara el disco hasta muchos meses después; que coincidiera que lo hacía allí, aquí; que estuviera leyendo a Nick Hornby; que la primera canción que escuchara fuera ésta: “Montgomery Park”. No creo que me eligiera, pero sí fue casualidad.

Ha pasado mucho tiempo desde entonces y aquí estoy otra vez. No me reconozco cuando miro hacia atrás, pero todos somos, en parte, los mismos que fuimos y ya no somos. Aún hoy en día, cuando oigo las primeras líneas de la canción, hay algo que me revuelve el espíritu como solo lo ha conseguido el amor, la amistad y todas esas cosas que merecen la pena: “I’d never been so uncertain or scared or alone / in such a big city with no family.” Es decir: “Nunca me había sentido tan solo, nunca había tenido tanto miedo o desconcierto / sin mi familia, en una ciudad tan grande.”

Supongo que yo me sentía así entonces, cuando era un egresado en paro, abrumado y a la deriva. “Montgomery Park” aparece siempre cuando miro hacia atrás y me veo joven, orondo, desorientado y torpe; pero, como dice Hornby, la misma canción es capaz de asomarse hoy y, con los viejos acordes y los versos repetidos, descubrirme nuevos pesares a los que nunca quiero poner nombre. Creo, incluso, ahora que miro por la ventana y hace sol y el cielo es limpio y las peñas se iluminan y veo esa cima en la que mi abuela contaba que un primo suyo pasó años escondido en una casulla para evitar la guerra civil, creo, digo, que hasta el alivio es distinto y que la canción no suena igual y que no tengo miedo al cambio ni al tiempo que sigue pasando sin que podamos hacer nada por detenerlo.

Espero que, en Octubre, la toquen en el BIME. Igual entonces entiendo qué demonios quería decir yo con todo esto y escribo un libro en homenaje a Nick Hornby.   

Por cierto, la canción no es tan intensa y pretenciosa como mi entrada, seguro que la disfrutáis. La fotografía está tomada del buscador de google, como casi siempre, y el vídeo proviene de youtube.com (¿la foto es una captura del vídeo, ¿verdad?).  La calidad no es la mejor pero no he conseguido otra cosa. Curiosamente, el eco turbio creo que le sienta bien a la canción, pero se merece escucharla en la toma grabada si queréis juzgar. Seguro que por bandcamp o por ahí lo encontrais. 

Habrá más capítulos, sí, y espero que mejores.