miércoles, 30 de noviembre de 2016

La próxima



Amigo, lo sé, en la anterior entrada he dicho que iba a robar cinco minutos y han sido diez. Pero es que, además, para más deshonra, la entrada se ha publicado en diferido, porque, en realidad, la escribí ayer, mientras en lugar de comer, miraba el tupper junto a la mesa y aprovechaba el descanso para escribir. Ahora estoy aquí, en una cafetería junto al tráfico de la ciudad, mirando el reloj de reojo porque en veinte minutos hay que volver a la realidad, y me he dado cuenta de que no hice la crónica del concierto de The Vanjas y The Fuzillis al que sí que fui, y acompañado. 

Vamos a ello aunque tengamos que hacerlo rápido y apretado, pero con tiempo y reposo, tampoco íbamos a hacerlo mejor:
Los dos nos lo merecíamos y lo disfrutamos. 
Todo: el resolillo de fuera, la conversación con Iñigo Kani, las cervezas, la música en directo, los pintxos del Satélite T y el viaje de vuelta sintiéndonos a gusto porque después de tanto disgusto cuando vemos anuncios de conciertos y en silencio nos tragamos nuestra pena por no asistir sienta bien volver en metro con el eco de lo que acabas de escuchar. 
Nos lo merecíamos y con eso ya basta para tachar a un concierto de genuinamente bueno. Porque toda apreciación es subjetiva, y si quieres más objetividad, mejor buscas en los lugares donde la aparentan o incluso son capaces de conseguirla. Aquí, no. Aquí todo va a resultar, probablemente, abultado y exagerado pero solo tiene una única justificación: que las cosas que ocurren poseen un valor o carecen de él, dependiendo de quién los vive, cómo los vive, dónde los vivie y cuándo los vive. Vivir conciertos en directo para nosotros, en el Satélite T, y cuando la vida nos ha cambiado para bien porque renunciar a cosas es maravilloso por las razones por las que renunciamos, es siempre bueno aunque el concierto, si me apuras, sea simplemente una demostración comercial de batidoras miniprimers.  
En el Satélite T ocurren cosas portentosas y no me refiero tanto a la calidad de lo que pasa en el escenario, a la interactuación del público, a los instrumentos ópticos de Txarly Romero o al deleite gastronómico. Me refiero a detalles como, por ejemplo, ir a pedir una cerveza y que un camarero al que no conoces de nada, te pregunte afablemente qué te ha parecido el concierto y, a continuación, sin asomo de pretensión, te explique qué le ha parecido a él y argumente por qué le gustan más The Vanjas que The Fuzillis. Como me dijo después Bea de The Ribbons, ser camarero no significa que no tengas ni puta idea de música, es cierto, pero es que tampoco es común que por servir copas en un bar de rock & roll, entiendas de qué va el tema. A mí no me sorprendió tanto como me resultó agradable: no hay nada como mantener el concepto de tabernero y tener relación hostelero-cliente. Por eso me gusta mi barrio, aunque principalmente las conversaciones sean sobre fútbol y el tiempo de cocción del marisco. 
Además de hablar con los camareros, flipamos con el directo de The Vanjas. Lo reconozco, verles salir tan hieráticos y elegantes, me hizo dar un paso hacia detrás. El histrionismo facial de la cantante, y sus gestos elásticos y estereotipados, me ayudaron a volver a darlo hacia delante. Le dije a ella al oído, como escriba sobre ellos, la voy a comparar con Sylvia Plath, y es que, aunque suene pretencioso y ridículo, de alguna manera, me pareció que su manera de cantar era tan reveladora y catártica como la poesía de una escritora que acabó por meter la cabeza dentro del horno. Y que conste que, en su momento, le susurré al oído Emily Dickinson cuando quería decir Sylvia Plath. Nunca había oído a The Vanjas y ahora los escucho prácticamente todos los días: la música es contraste, y debajo de esa capa esquiva y distinguida, la banda ofreció un repertorio de canciones efectivas, sugerentes y aguerridas. Buena base rítmica, una guitarra con los solos justos y una voz que pasa del soul al garaje, sin perder por el camino el valor de una actitud impetuosa que recuerda más al punk que al R&B. No sé lo que he dicho pero lo que quiero decir es que The Vanjas son recomendables cuando tienes un día jodido y quieres que te recuerden que merece la pena darle una patada en la entrepierna a tu pesimismo. 
Tras el entreacto gastronómico, se subieron al escenario los Fuzillis, de los que no diré lo que todos ya saben, pero que hicieron precisamente eso, lo que todos ya esperaban: virtuosismo en las guitarras, mucho saxofón del excitante, guateque y homenaje a lo enardecedor y revitalizante que ha tenido esto del rock and roll desde que Elvis Presley se puso a tocar una guitarra. Instrumentales salvajes, ascensiones a la barra, público tomando el escenario, los punteos del jovencísimo Dan Martin Jr y su perfecto tupé que, de alguna manera, ilustra la naturaleza de su música que invita, como ocurrió por allí, a bailar y hacer la digestión de las alubias y la costilla que se vendió en el intermedio. No estuvo mal, aunque The Vanjas ya nos hubieran obligado a hacer comparaciones y clasificaciones inútiles. 

Una entrada desde una perspectiva íntima y relativa, como siempre, para acentuar que la música, pase lo que pase, sea como sea, la haga quien la haga, siempre puede ayudarte a aliviar los pesares y refrescarte las ideas. ¿Pues no volvíamos en el metro pensando en la próxima? Pensar en la próxima es precisamente el secreto de una vida feliz, creo, pero no quiero ponerme excelente. 

Por cierto, la imagen que ilustra esta entrada la he encontrado en google images pero proviene, al parecer, según reza en el pie de la foto, de la web RockinBilbo, un nuevo proyecto en la red nacido en la ciudad al que no haríais mal en darle una oportunidad, visitarlo y darle a me gusta si es que os gusta para echarles un cable y empujarles a que sigan escribiendo sobre música.

Cinco minutos



Voy a robarle cinco minutos a esta vida de mierda para pedir perdón por haber prometido que iba a hablar de Tim Easton antes de su concierto en Bilbao y no lo hice. Voy a escribir así, con frases largas y telegráficas para gastarme una entrada sin más texto que una breve chapa y un par de citas sacadas de sus letras. 

Es verdad, dije que iba y no fui. Ni escribí ni estuve en el concierto. Al día siguiente vi el titular en la versión digital de un periódico de tirada nacional. Creo que la crónica era de Óscar Cubillo y por el titular y las pocas palabras que pude leer debajo de él parecía que lo que decía iba a ser bueno, pero no quise seguir porque prefería no seguir leyendo, ni más ni menos. 

Yo a Tim Easton le conocí porque colaboró con Toni Monserrat en su disco 38$ Bucks, por nada más. Mira que el tío no lleva discos pero no había tenido el placer de escuchar su nombre ni ninguno de sus discos. Hace unas semanas, el susodicho Monserrat y un servidor nos hicimos una road movie camino de Huesca, con parada en Sangüesa y momentos para el recuerdo junto a los Mallos de Riglos y el puente de hierro del embalse de La Peña. Durante todo el camino, escuchamos a Janis Joplin, a Johnny Cash, pero, sobre todo, a Tim Easton. Y, sin que pudiera ser de otra manera, sus canciones y las glosas de Toni acabaron por convencerme de que el de Nashville era una de esas cuentas pendientes que podían haber pasado desapercibidas eternamente para desgracia de mi disfrute musical y mi clarividencia a la hora de intentar entender de qué coño va la misma y, por extensión, esta vida de mierda a la que le estoy robando cinco minutos. 

Sé que Tim Easton lo bordó en Mallorca, sé que la banda con la que tocó fue de lujo, sé que rindió homenaje al espíritu más primitivo y excepcional del arte musical en el mejor bar de la isla, Sa Fonda, en Porreres, y sé que después tuvo la suerte de descubrir la oscuridad de la historia de este país, visitando el cementerio de Porreres, en un tema que mejor dejamos para otra ocasión. Pero no sé qué pasó en Santander, ni en el resto de su gira, ni en ese concierto de Bilbao al que al final, por las mismas cuestiones de siempre (trabajo, trabajo, trabajo), no pude asistir y Óscar Cubillo glosó, incluso con ocurrentes sinónimos para mencionar al batería, y que supongo que aún podéis leer en la hemeroteca del periódico para el que escribe. 

Yo ya no le encuentro el sentido a decorar mi entrada con explicaciones sobre por qué Tim Easton podría petarla en lo comercial pero parece que no quiere o no sabe sin serle infiel a la autenticidad y candidez con la que escribe canciones mayúsculas, aparentemente sencillas, pero con una profundidad que sobrepasa lo musical para acercarse a lo lírico. Ya lo he hecho, como siempre hago, pero voy a cerrar de golpe con dos citas. Dos líneas de dos de sus canciones que, a mí, personalmente, me parecen de lo mejor que he visto escrito en canciones poco ambiciosas, que se nos ocultan misteriosamente, pero que pueden causar un impacto instantáneo en cómo disfrutamos de la música. 

Una, proviene de su canción "Daily Life" y es precisamente el estribillo. Parece que Tim Easton está en medio de un concierto mientras la escribe o encontró la inspiración entonces. Después de unas breves líneas siendo irónico sobre la rutina en el Medio Oeste, canta:

"Oh singer, give me something I can take home tonight / Sounds are cool / but I need something stronger to set me right / And get me through daily life"

Mi penosa y preteciosamente creativa traducción: "Ahora que cantas, dame algo que pueda llevarme a casa / Suena bien / pero necesito algo más que me ayude a sentirme bien / y superar otro día más". 

Me parece una de las mejores líneas que he escuchado reivindicando la necesidad de que las canciones, además de tener una buena melodía, digan algo que nos revuelva el estómago. 

La otra cita puede parecer más ñoña, pero a mí me parece el mejor ejemplo para significar lo que pedía en "Daily Life", más aún, cuando está hablando del tema más universal y manido de la música, pero la rima es original e inesperada y la presunta inmediatez esconde más de lo que parece. La línea se encuentra en su canción "Broke My Heart" y dice así:

"There's only two things left in this world: / Love and the lack thereof"

Mi penosa y pretenciosamente creativa traducción: "Solo quedan dos cosas en este mundo: el amor y la escasez del mismo". 

Lo he dicho, no vi a Tim Easton ni hablé de él y prometí hacer ambas cosas, así que, para qué vamos a hacer más promesas, cuando la única que permanece intacta es la misma de siempre: que nada de lo que prometo, cumplo. Tim Easton, sí lo hace, y parece que lo hizo. Se fueron los cinco minutos, que, en realidad, han sido diez. 



Posdata: la imagen la he encontrado en google images pero es un fotograma de un vídeo en youtube.com.

jueves, 17 de noviembre de 2016

Trabajo y placer



Llevo unos días consumido por el curro, de verdad, perdonad que empiece así. Dicen que todo el mundo tiene derecho a quejarse, pero a mí me da un poco de palo. No trabajo a turnos y llego con la espalda doblada y la cara colorada por la eléctrica, como le pasaba a mi padre. ¿De qué me quejo, entonces? Tengo curro, además, así que soy afortunado. Me revienta que yo me queje de esto cuando veo a mi suegro jodido porque después de trabajar cuarenta años, ahora, para evitar el paro, vuelve a tener que ponerse el buzo y aguantar a peones que te tocan los cojones porque la edad, al parecer, en lugar de hacerte más listo te hace más torpe a los ojos de niñatos sabelotodo que han nacido con el discurso de poder tan quebrado que se creen que la mejor manera de reivindicar al obrero es copiando los vicios del patrón. También siento ponerme así de estupendo, pero el cansancio me ofusca y es más fácil cabrearse que mirar las cosas con perspectiva. Yo tengo un curro de esos que se llaman liberal, de los que parece que no sirven para nada porque no producen nada visible, tangible, vendible, y encima la abuela no puede entenderlo ya que no tengo horarios fijos. No ficho, no pillo bajas, no tengo jefes que me putean. A cambio, trabajo todos los días del año, estoy perdiendo la vista y la cabeza, y no tengo un jefe, tengo varios, y algunos son inexcrutables y omnipresentes. Pero nunca me quejo, hasta hoy, que me ha salido como de filo y luego me he dejado llevar y ya llevo un párrafo entero soltándoos una chapa que habrá acabado por hacerme perder a las dos o tres personas, incautas e inocentes, que aún siguen leyendo este blog a pesar de mis largos periodos de silencio y, sobre todo, a pesar de que, y tiene coña, se suponga que es un blog para hablar de música y últimamente ni la escucho ni la veo.

Pero hablé el otro día con Patxi Harper. Yo pretendía mirar el escaparate de Long Play y lo que hacía era mirar la pantalla del móvil hasta que Patxi que pasaba por allí me sacó de la morralla de contestar emails incluso cuando andas por la calle. Un día en lugar de adjuntar una archivo voy a adjuntarme una ostia de campeonato. Le pregunté a Patxi por el concierto de Bullet Proof Lovers. Hablamos del próximo viernes y del que dará Rakel Winchester en el Edaska. No me di cuenta entonces, porque ya lo sabía de antes: últimamente lo que hago es preguntarle a la gente qué tal los conciertos. Me voy a hacer cronista en diferido. Pero si ya me he quejado de la carga de trabajo y ahora me sigo quejando de la abstinencia musical, mejor me corto una falange, la meto en un sobre y me pido rescate: hay cosas buenas. Creo que 2016 ha sido un año cojonudo y lo va a ser aún más en lo que queda. 

El otro día oía en la radio que Kendall Jenner había cerrado su cuenta de instagram, mamá, que me da un patatús. Algún seguidor incondicional bramaba al cielo por la desgracia y decía que ya se podía afirmar que 2016 era el peor año de la historia mundial. ¡Ala! De la historia mundial, tú. Ni pestes ni guerras ni hambrunas ni genocidios, que la pequeña de las Kardashian se ha desenchufado. Pero, muchos, aunque no por esto, sí que afirmarán que 2016 pasará a la lista de años negros o annus horribilis que diría Isabel II: Donald Trump ha sido la guinda del pastel, aunque aún queda mes y medio para mejorarlo (o empeorarlo). En lo musical, los argumentos son aún más redondos: Leon Russell, Merle Haggard, Glenn Frey, Paul Kantner, George Martin, Leandro "Gato" Barbieri, Jim Boyer, Otis Clay, Mose Allison, David Bowie, Prince y Leonard Cohen. Todos nos dejaron. Y aunque fue en 2015, eran ya 28 y 31 de Diciembre cuando también dijeron adiós para siempre Lemmy Kilmister y Natalie Cole. Un año jodido, sí. Para compensarlo, los académicos suecos le dieron el premio Nobel a Bob Dylan, supongo.

En este blog, sin embargo, no solemos mirar tan lejos, pero, aquí cerca, las noticias son igual de lustrosas que los ocho millones de coronas suecas que te llegan acompañados de una medalla de oro y un diploma en memoria del inventor de la dinamita. Hace unas entradas ya hablamos de lo cojonudo que era que nos hubiéramos tenido que gastar lo que sobra después de pagar la hipoteca para pillar los discos de La Kontra, Las Sexpeares, Toni Metralla y los Antibalas y Last Fair Deal. Pero el fin de año nos guarda aún más sorpresas. En el año en que Atom Rhumba nos han hecho volver a pensar en ellos, Villapellejos sacó un disco que aún no tenemos igual que Los Plomos lo sacaron un año antes y aún no lo hemos conseguido. El sonido Deustchester Home se asienta y emparenta de tal manera que hasta Melena Simone colabora para que David Murders se ponga sombrero vaquero aunque sea entre las sombras y vuelva a enchufar su guitarra. Y si estaba en Long Play cuando apareció Patxi Harper era solo porque minutos antes había pasado por un Tubo vespertino con la persiana bajada y había visto un cartel anunciando nuevo disco de Positiva. Y, como no decía Van Gaal, siempre Positiva, nunca negativo. Más: Tiparrakers graban tan rápido como yo me sonrojo si me pellizcas el cachete. Yo ya he oído alguna pista y no exagero si te cuento que el otro día con la superluna pedí de deseo que me dejaran hacerlo de nuevo y pronto. ¿Cómo no va a ser bueno un año bisiesto si pasan por el estudio estos y los TurboFuckers? Además, para más sorpresas, enredo en internet y por casualidad descubro que hay una cosa que se llama Tabula rasa y es el nuevo disco de los Willis Drummond. Por favor, ya solo falta que Toni Monserrat Inc acabe por grabar esas canciones que llevan tiempo prometiendo que van a grabar. 2016, lo siento por los seguidores del instagram de Kendall Jenner, no va a ser un año tan malo como indica el obituario musical. 

No es ésta una entrada como ésas que se escriben en Diciembre para hacer recuento del año porque yo no sé escribirlas: no tengo memoria y, además, debido en parte a este trabajo mío que me consume y del que no me quejo aunque lo haga, para mí los años empiezan en Septiembre y terminan en Julio. Y como no es ese tipo de entradas, tampoco voy a hacer promesas que luego no cumpliré. Ahora, eso sí, hay un deseo: a ver si levantamos vuelo y dejo de escribir de escribir sobre música para escribir de música. ¿Se entiende? 

Ah, y por cierto, si quieres que el fin de año sea aún mejor: 28 de Noviembre, Tim Easton en directo y en Bilbao. Ya que he dicho que no iba a hacer promesas, prometo: pronto escribo una entrada sobre él.