sábado, 16 de septiembre de 2017

Rock en el barrio



Cuando eres joven todo te parece pequeño. Todo se te queda estrecho. Quieres más. Con el tiempo, desde luego, creces y la perspectiva cambia. Hasta el barrio se convierte en un lugar inmenso, donde puedes encajar el mundo sin necesidad de hacer reformas. Por eso, nosotros, por ejemplo, conocido ya el extranjero y lo exótico (no todo, claro, que es muy grande), aún con preguntas e ilusiones (eso siempre), elegimos las fiestas de Rontegi antes, incluso, de otras cosas (conciertos) que nos apetecían más. Queríamos disfrutar de esto: de la gente con la que compartimos los siete días de la semana, de las calles donde nos cuesta aparcar en día laboral (recuperadas para los peatones), de nuestros vecinos con mendigozale, del trabajo que la comisión hace con esfuerzo durante el resto del año… y, en general, queríamos disfrutar de la fiesta, que es de lo que se trataba ayer. Y por eso nos presentamos bajo la lluvia en la plaza, sin miedo a mojarnos, dispuestos a escuchar música en directo, rodeados de amigos, sin más ánimo que disfrutar y contribuir mínimamente a que las humildes fiestas de nuestro barrio repitieran el éxito de siempre: pasarlo bien sin más aspiración que esa, pasarlo bien.

Antes, porque no teníamos nada mejor que hacer y porque había ganas de volver a casa, nos presentamos en El Tubo para ver a The Mentes Kamikazes. Entre conversaciones con nuestro hermano Kalbo, buches a la cerveza, pereza para levantarse de la silla, y cosquillas que me hacía la barbilla sin apurar, nos divertimos viendo en directo a tres tíos y una tía que mezclaron el punk y el rockabilly como pudieron, le dieron al blues, repitieron repertorio para alargarlo y se lo pasaron tocando, aparentemente, mejor que nosotros escuchándoles. De allí salimos a la lluvia, que permanecía agazapada para atacar luego, y subimos al barrio justo cuando el toro de fuego aparecía por la plaza. Nos marchamos a tomar un zurito, huyendo de las chispas.

Gris Perla es un color y los colores, como dice el refranero, están hechos para gustos. Por lo que se veía y sentía por allí, el grupo vizcaíno fue del gusto de mucha peña que, como yo, frisaba la juventud por los años finales del siglo pasado. La gente aún se acordaba de las canciones y las coreaban sin reparo. Yo mismo, por qué no confesarlo, recordaba muchas, y, de hecho, aproveché que tenía a Bustinza al lado, siempre dispuesto a prestar su oreja, para contarle que aún me acordaba de la última vez que les vi en directo; otra vida, otro Holden, también con lluvia, fiestas de julio en una villa pesquera de la margen izquierda, y nadie bailaba delante del escenario excepto el que esto escribe y sus colegas, que llevaban todo el día celebrando por lo alto el día grande de las fiestas que fueran y agradecíamos la lluvia para rebajar los grados que llevábamos acumulados en la sangre. Patiné y me esmorré, que aunque me lo subraye en rojo el autocorrector, es un verbo y es un verbo que duele cuando va en primera persona, sea del indicativo o no. Por lo demás, el concierto dio de sí lo que se podía esperar, tappings a espuertas, punteos cada dos por tres, guitarristas y bajista en fila india compartiendo la agonía de los acordes, estribillos dulces y ese juego melódico en la frontera entre el heavy, el pop y el rock más accesible. Platicaron, hicieron chistes, buenos y malos, protozoos y protozoas, tocaron los clásicos, cerraron con “Siempre gris”, abusaron de las rimas, y a mí me hizo torcer una sonrisa que “Corazón de metal”, aunque fuera escrita hace tantos años, aún se pueda escuchar como algo actual y, al mismo tiempo, parezca cosa de otra época.

Salieron después los Manifa, que habían aparecido antes por El Tubo, lo que habla bien de ellos, y desde el principio dejaron claro que habían venido a darlo todo y que sabían cómo hacerlo. Sin aspavientos, sin tenerle miedo al viento y la lluvia,  sin medias tintas, presentaron una buena colección de canciones que tienen lo que siempre se le ha pedido al punk por estos lares: sencillez pero contundencia, letras bien trenzadas y con fondo. La que yo tenía al lado, que es alguien en quien confío para esto de la música y para todo lo que no tiene nada que ver con ella, no dejaba de repetir su entusiasmo y sorpresa. Y suele ser difícil convencerla. Manifa la convencieron, creo yo, porque saben hacer muy bien lo que hacen, sin pretensiones de ser lo que no quieren ser, y además tienen mordiente y determinación para usar el humor y llenar los versos de argumentos que, al menos, te hacen pensar. “Cristales rotos”, “El gran circo del rock and roll”, la del viñarock, como decían por allí, y las que no son del viñarock... No hubo bajón. Hablaron y cantaron de la rutina, la vida, lo divino y lo profano, todo bien practicado y con un vocalista que tiene tablas, un garrote que da miedo, buenos movimientos, y esa voz perfecta para el punk que entona las opiniones como si fueran eslóganes en las paredes. Sonó mucho el bombo y poco el guitarrista principal, que es uno de los grandes secretos de esta banda, pero aún y así, sonaron bien y siguen sonando hoy, que nos hemos despertado repitiendo de memoria a silbos algunos de los riffs. Fueron los triunfadores de una noche que nos recordó que el barrio y lo que hace la gente de barrio es tan trascendente e importante como cualquier lección que puedas aprender en la universidad o en los libros de autoayuda que no sirven para una mierda. Resumen: no persigas sueños como te dicen en los vídeos de motivación virales, dedícate a conseguir que la realidad sea mejor y más justa. La música te ayudará, créeme.


Por supuesto, voy a terminar aplaudiendo hasta con las orejas a los culpables de que exista el Rock’n’tegi. Ya van unos cuantos años y cada uno de ellos los hemos disfrutando. Y seguiremos haciéndolo. Les voy a poner nombre para ver si así Mikel se acuerda de darme la pegatina que me prometió y Jabito me consigue una camiseta. Todo sea por el barrio, que merece la pena. Visitar las montañas más altas, descubrir los lugares más inhóspitos, conocer a gente nueva, aprender otros idiomas, tener muchas experiencias es algo cojonudo, pero empieza por casa, porque mirarse el ombligo es una puta chorrada, pero el ombligo existe y, al fin y al cabo, hay que cuidarlo, que por ahí empezamos comiendo todos, hasta Harry Dean Stanton (descanse en paz).

Posdata: Diez minutos, tú, llevo aquí, mirándole la nuca a la barrita en blanco donde tengo que escribirle el título a esto. No se me ocurre ni una sola cosa. Tútecrees. Paso, no valgo para esto. Hoy, no, no tengo paciencia. Voy a poner el título más sinsorgo que se me ocurre, el único que se me ha ocurrido y ya está, a hundir reputación, que eso sí que se me da bien. 

miércoles, 23 de agosto de 2017

Fiasco Review!: Brussels.dream by David Murders


Trabajo de Pablo Gallo para el ep Brussels.dream de David Murders


Espera, ¿cuándo entró España en la Unión Europea? Hace como treinta años, ¿no? Yo tendría diez, o así. Por entonces, en mi barrio, que era una calle muy larga con mucho tráfico, si conocíamos Bruselas, no era por la política sino por las coles. Quién cojones vivía en aquella ciudad, joder. ¿A quién se les ocurrió plantar eso y cocinarlo después? Armas letales para madres dispuestas a vengarse de niños traviesos.
De sueños, sabíamos muy poco.

Hace unos años visitamos la ciudad. Recuerdo el mercado de Les Marolles. Mi amiga se compró una cuña de queso e iba comiéndosela por el camino. Fuimos por una calle llena de restaurantes asturianos. En un mercadillo, alguien vendía postales pornográficas decimonónicas. O pretendidamente decimonónicas. Entramos en un bar que daba a la plaza y, desde la ventana, veíamos a los belgas vivir mientras nos bebíamos su cerveza. Las patatas fritas no eran para tanto.
De sueños, entonces, ya sabíamos algo más.

Supongo que, en el futuro, a toda esa retahíla de vagas asociaciones personales con la capital de la Unión Europea, deberé añadirle el primer EP de David Murders, Brussels.dream (de ahí lo de los sueños, también). Cinco canciones reunidas en torno a un título que evoca lo mismo el tormento gastronómico de aquellas verduras hervidas, la asimetría de la Grand-Place, el exhibicionismo inocente del Manneken Pis o la historia política, cultural y social de la vieja y jodida prostituta, como cantaba La Polla Records. Tiene el disco ese aire cosmopolita de la Europa moderna de mercados libres, leyes Bosman, flujos migratorios y reciclaje de bicicletas, pero con la mirada particular y expansiva de un David Murders que lleva tiempo contando cosas interesantes aunque, a veces, cueste entenderle si lo que pretendes es que te lo den trillado y masticado.  

Este bilbaíno al que no se le puede categorizar solo como músico ya había pasado por aquellos Newhell Citizens que salían en el Viernes Evasión o, más recientemente, en Horses of Disaster. A los últimos, los vimos en directo en el Edaska y nuestro protagonista de hoy era, en aquella ocasión, bajista, aunque él ande por los 190 centímetros de altura (un dato irrelevante que no debería estar en esta entrada pero no sabía cómo cerrar la frase de manera ingeniosa y ahora voy y lo explico, así que queda peor. Bien, sigamos). De los primeros, aún recuerdo aquel reportaje en el ya mencionado suplemento de El Correo que pasó a mejor vida hace mucho tiempo: alguien me pidió prestada la maqueta y ya no la he vuelto a ver.

Murders, en cualquier caso, es, además, polifacético y versátil, siempre y cuando hablemos de letras, acordes y discordias: poesía, narrativa, canciones, ironías y demás reflexiones. Ahora, ha vuelto a la música y enreda en las redes, pero antes fue el papel y la pluma. Publicó Dedo d, un poemario de tapas rojas que contenía una ideología más subversiva y tentadora que la que aleccionaba aquel otro libro rojo tan famoso. Después vino Terrorizer, que se editó en formato single y contenía pringue del bueno, narrativa en algarada y atronadora. Aún hoy en día, si hay tormenta y mi hija se desvela, en lugar de cantarle una nana le recito el “Homenaje a Dave Lombardo”. Su poesía siempre me ha parecido una búsqueda sincera y apasionada en pos de la musicalidad del lenguaje: ejercicios de prosodia con buzo de currela. Probablemente sea uno de los poetas actuales que más ha acercado música y poesía sin que la balanza venza para uno u otro lado.

Y, ahora, sin avisar, coge y regresa a la música para mirar hacia delante más que hacia atrás. Brussels.dream es, como decía, su primer EP en solitario. Aunque ha tenido ayuda, claro: el disco contiene las guitarras de Sergio Llanos en tres cortes y del propio Murders en todas; percusiones al natural de Víctor Mardaras y programadas por el titulante; sintetizadores; y Murders, de nuevo, al bajo y las voces. Las letras son suyas.

Le ha salido una obra de cantautor que, en realidad, no lo es: inspiración belga para unas letras más universales y evocadoras. A mí, salvando las distancias, vayamos al grano, me recuerda a Rafael Berrio, Nacho Vegas, Corcobado con el Inquilino Comunista haciéndole de banda; Gene Clark puesto de ácido, mientras lee flipado una novela de Philip J. Dick; T-Bone Burnett, después de una noche de gaupasa, tatuándose el careto de Baudelaire en el pecho mientras, de fondo, se escucha a Ministry versioneando a Roxy Music. Así ma’dejao.

“Black Beauties in Belgium” tiene un contrachapado funk, con guitarras nítidas y un embozo oscuro e inquietante para cerrar cada estrofa. Sobre una estructura linear, pero con un aire ascendente, la canción es hipnótica y reverberante, gracias a una voz subterránea con un eco sugerente. Una canción perfecta para discotecas afterhour en noches que parezcan una novela de iniciación con protagonista cuarentón. “Brussels.dream” se mantiene sobre una batería pregrabada, donde las guitarras juegan al hinque. Me recuerda al Nacho Vegas más agónico y violento, el de “Baby Cat Face”, pero tiene un aire ochentero que entierra esa oscuridad visceral. La voz de Murders parece temblar, vulnerable, confiándose a la esperanza que infunde un preciso y precioso riff de guitarra. “El Jordán” es un largo acústico con aire desértico y penetrante, como manteniendo un inquietante misterio, una historia narrada a base de notas de una fuerza acuciante. “Prostituta Callejera” tiene el mismo aire hipnótico con guitarras tersas y una voz que se arrastra y fascina, se balancea sobre unas cuerdas hondas y reveladoras. “No faith in me, no possibility of something neat, you’re beautiful but you’re so down”, canta y suena a frase lapidaria que, si la escuchas a los dieciséis, te sientes identificado, capaz de superar la mierda adolescente que te consume para verte más guapo y listo que los estúpidos que te lanzan chanzas. A edad más madura, también funciona, pero con un aire a concordia melancólica que resulta más verídico y realista aún. Y, finalmente, “The Crying Girl” me recuerda a una balada del indie de los 90, con una batería rotunda, con mucha reverberación. Y entra esa voz en castellano rollo postpunk desconsolado de local de ensayo. Suena a los discos de Dead Moon mal grabados: el riff pegado al estribillo recuerda aún más a los de Portland pero como pinchados a menos revoluciones. Punk vertebrado, con aire indie de los noventa, como en el pasaje instrumental del final que suena a unos Pixies compungidos y de resaca.

Lo próximo, digo yo, será el directo, donde creo que Murders se dejará acompañar por Melena Simone (Los Plomos, Villapellejos) a los teclados. Esperamos ser testigo de ello y describirlo sin abusar tanto de los adjetivos, que me he puesto a contar los que he escrito en este texto, y si fueran parné, ya era rico. Por cierto, que también al volver a leerlo me he dado cuenta de que no me entiendo: sé lo que quiero decir, pero… Como la vida misma; aquí, en Bruselas y en la Conchinchina.

martes, 25 de julio de 2017

Le FestiBal Est Fini



Bueno, resumamos. Los resúmenes estos siempre me salen un poco... Y qué, ostias, vamos a ponernos excesivos y tiernos. Pero eso luego; lo dejo para el final. Ahora, empecemos por el principio.

El año pasado ya hicimos lo mismo, o algo parecido, pero este año nos propusimos hacerlo mejor: si vamos a ir de conciertos en fiestas, hagámoslo bien. David me había dicho que este blog tendría en primicia la lista de conciertos de El Tubo. Bueno, pues eso merecía hacer las cosas bien. Además, Javi había estado meses enseñándome el cuaderno cuadriculado donde iba apuntando las bandas que pensaba traer a El Cuervo. Se palpaba la ilusión. ¿Cómo no íbamos a implicarnos? Así que hicimos lo que pudimos para participar de esta fiesta que, en realidad, tiene dos grandes protagonistas: los hosteleros y los músicos. Dos gremios que a veces se confunden y otras veces se coligan de una manera que nos puede dar la vida. Esta semana ha pasado eso último, en mi humilde opinión.

En algún momento, se me ocurrió llamarlo FestiBal. Con B de Barakaldo y sin más añadidos. Me comí la cabeza, te lo creas o no, porque no quería hacer, de ninguna manera, una palabra compuesta terminada en fest. El caso es que alguien, en un comentario por las redes sociales, dijo, al hilo de otro, y supongo que de coña pero acertadamente, que más bien era un FestiBar. Igual hasta hubiera quedado mejor, pero, para entonces, y para mi sorpresa, lo del FestiBal ya estaba institucionalizado. A nuestro amigo Antonio de Rock Attitude Facezine se le ocurrió aprovechar el resumen que yo había hecho en el blog y encartelarlo. Eso ya fue el acabose. El FestiBal existía.

Creo que fue el día de Haggish. Antes de que empezaran a tocar, estaba fuera echándome una cerveza con Ian McLaren, y empezamos a hablar de esto. Salió el nombre que tenía que salir: el South by Southwest. Pero no el de ahora, el primero. El de andar por casa. Creo que este FestiBal ha sido lo más parecido a un formato que siempre me he imaginado aquí, en el pueblo. Estaría bien hacerlo fuera de la semana de los Cármenes. Conciertos en bares, en la calle, en estaciones de tren, jardines, mercados y cajeros automáticos, programados y por sorpresa, bandas que empiezan y otras que regresan, acompañados por otras actividades lúdicas y académicas. Fueron cinco minutos, pero tío, a Ian y a mí se nos encendieron los ojos y creo que fuimos capaces de visualizarlo así, en un fiuum. Pero se esfumó. En parte, lo estábamos viviendo. Porque pasarte una semana entera yendo de este a oeste de la ciudad, duplicándote la existencia para poder compaginar, encontrándote con que algún concierto lo tienes que ver desde la puerta porque ya no entra ni un alfiler, escuchando a las bandas que vienen de fuera sentir envidia y compartir el orgullo de participar, quedarte a charlar después del concierto, brindar, la camaradería, el buen rollo... todo esto no me lo estoy imaginando yo, ¿no? Bueno, igual sí. No sé si es el South by Southwest, el FestiBal o una fantasía que yo me trago por alegría y porque soy así de inocente, pero, como dice el refranero, que nos quiten lo pogao.

De todo lo que vi no voy a volver a hablar. Ya lo he hecho intentando resumirlo en menos de 500 palabras por banda. De muchas me atreví a hablar sin haber visto el concierto entero, cosa que siempre intento evitar, pero ya pedí perdón. De otras logré escribir después de robarle tiempo a la resaca, la familia o el trabajo. A contrarreloj y de pie en una cafetería mientras me decían si el periódico que se me había quedado pegado al codo lo iba a leer o podía prestárselo: así que hice lo que pude y hasta allí llegamos. Han sido, en total, 6576 palabras publicadas, porque escribir, he escrito unas cuantas más que tuve la decencia de borrar. Repartidas entre quince bandas de las que escribí aquí (por orden de actuación: Copycats, Pomeray, Tacoma, Haggish, Macarrones, Last Fair Deal, Huts, Los Roñas, Putakaska, Mud Candies, Los Vibradores, Chulería, Shock y TurboFuckers). Se podría hacer un buen festival con ellos. Igual que se ha hecho un gran FestiBal.

Pero ya he dicho que me iba a poner excesivo, así que voy a hablar también de lo que no he visto o de lo que no he hablado aquí. Porque ver, vi más bandas: a los River Oaks District en el Panorama, a Rat-zinger y Gris Perla en El Cuervo, a La agonía del congrio en Rocketa o a las Moonshakers en La Riojana, pero de todas estas bandas vi muy poco o lo vi muy mal, con lo que preferí no inventarme más de lo que ya me imagino normalmente. Tomando una cerveza en el Tubo, por ejemplo, los Sermonds probaron sonido y se tocaron un par de temas. Luego tuvimos que irnos. Probablemente sea el concierto que más he lamentado perderme, junto con el que cerraba la tanda, el último vespertino en el mismo sitio, el de Superfortress, pero a todo no se podía llegar. Radikal Hardcore, Lomoken Hoboken, Southern Lights, Boogie Riders, Las Sexpeares o la doble sesión burgalesa con Downtown Brigade y Cristo Mutante... Hubiera querido ir a todos, pero, como siempre repito, no soy profesional y casi que ni amateur. No podía ser. Sin embargo, procedía mencionarlos aquí, a todos ellos y a los que faltan pero están en el cartel. También a otros que se añadieron luego o a algunas otras actividades culturales ajenas a la música (no del todo) a las que sí asistí, como la exposición de fotografías de David de Haro que organizó Fotopop (con actuación musical incluida) o la visita guiada al Basterra.

Si tuviera que hacer un resumen, diría que el nivel musical de esta semana ha estado en el notable alto; probablemente, en el sobresaliente. La calidad del sonido ha sido, por lo general, buena. Ha reinado el punk (más o menos bastardo) entre los estilos y tengo la sensación de que ha sido una semana de frontmans (o frontmen, lo que quieras). Quizás haya faltado algo más de diversidad, pero igual la ha habido y yo no la he visto. Y, en algunas ocasiones, ha faltado público: relevo generacional. Lo que sí he visto ha sido compromiso e implicación: interés por la cosa pública, que no debería ser más que la música, toda la cultura, el codo con codo y, de vez en cuando, la diversión desbocada. De todo eso hemos tenido, y como decía al principio, hay dos gremios a quien, principalmente, se lo debemos agradecer: los músicos y los hosteleros. Y ambos grupos los hago expansivos, incluyendo a técnicos de sonido, encargados del merchandising, pipas, plomos, fotógrafos musicales, camareros de refuerzo, cocineros y porteros. Todos. A ellos les debemos el placer de haber disfrutado de esto. A ellos y a los asistentes, claro.

Venga, que llega el pasteleo. Total, ya carezco de toda reputación: antes de terminar, felicitaré a algunos nombres propios. A subrayar el atrevimiento en la programación de Javi en El Cuervo: había que alojar eso ahí con muchos bemoles. Podíamos habernos quedado a acampar en el callejón de atrás. Se merece un aplauso y doble tirabuzón, pero no se lo digo más que se le sube a la cabeza. Enhorabuena a él y a toda la peña que curró con él esta semana, incluyendo a DJ El Niño de cuya sesión no dije nada en la crónica, pero allí estuvimos cantando a pulmón el "Maggie May". Aplauso también para la gente del Rocketa por obligarnos a hacer ejercicio y bajar hasta allí abajo, que no se quitaban las ganas por la caminata. A la Riojana por insistir e insistir y por mantener un bar acogedor y comprometido. Y a todos los demás, a los que no fui o fui menos o fui tarde o fui pronto, porque se les agradece el esfuerzo y el interés puesto en la música: el aire fresco en la calle San Antolín, gracias al Eguzki, la Palentina y el Dantzari, por ejemplo. Pero, sobre todo, esto ya os lo olíais, y es que no podía ser de otra manera, le doy las gracias a Patxeko y a David, por una semana de gloria en la que la oscuridad del Tubo nos ha iluminado el camino. No son gratis los halagos y ellos se los han ganado a pulso. Desde aquí va mi genuflexión en señal de admiración y les regalo esta rima infortunada para que no les falte de nada. 

Ojalá crezca esto y se perpetúe. En un mundo perfecto, los vecinos estarían contentos a pesar, los hosteleros satisfechos al contar, los músicos cómodos al tocar y nosotros felices al oír. Ojalá, repito, siga siendo así.  

Ahora, vamos a ir despidiéndonos poquito a poco. Todavía queda alguna cita pendiente, empezando por este viernes. Y en agosto intentaremos darle salida a varias cosas, pero a otro ritmo. La única música en directo que voy a escuchar es el de los cambios de marea, los trinos de los pájaros, mi respiración en la siesta, las páginas que silban al pasarlas... Muy bucólico, lo sé, pero necesario. Ya volveremos con más fuerzas... por qué no. Total, no hacemos daño a nadie, ¿no?

lunes, 24 de julio de 2017

TurboFuckers



Te podrán gustar más o menos, hoy o mañana, turb o fuckers, pero lo que está claro es que, como les veas en directo, se te van a quedar los estribillos alojados en el cerebro hasta que te los saque a ostias la rutina, el ruido del tráfico o la alarma del despertador. A mí, por lo menos, me pasa. O me pasó, que ya estamos a lunes y sonó el despertador. Pero ayer domingo, después de la matinal sudada en el Tubo, me pasé el resto del día con el sonsonete en la sesera. Por ejemplo, estaba yo fregando, agradeciendo que mi ama me hubiera invitado a comer, cuando se me acerca por la espalda y me dice: "¿vamos a ir luego con la niña a ver a Jolín?", y me pone cara de susto cuando saco las manos de la espuma y chorreando hago cuernos y le espeto: "Sí, todos, mi novia, tú y yooooo." Buff. Pero sí, allí, restriega y enjuaga, enjuaga y restriega, me iban viniendo de vuelta todos los estribillazos a la cabeza. Te podrán gustar más o menos, pero consiguen que el concierto se convierta en un tajo de adrenalina directo al esternón. 
En el Tubo les tuve muy cerca; casi les veía las muelas. Con la pantalla del Berna (buen trabajo al sonido) tan cerca de mi oído derecho que los coros del señor Bombs me tapizaban la cóclea. Así, cerca pero cubierto, aproveché para fijarme. Fijarme en cosas como los punteos en los trastes altos de Iñaki Sixx, que le salen rápidos y moldeados; fijarme en cosas como los coros traviesos de Pepe Bombs, perito en conseguir que no sean de acompañamiento, ya que lo mismo se expanden que se contraen, trepan que caen, pero siempre rubrican lo que canta su compañero; fijarme también en cómo loas matemáticas se aplican a la batería y te salen las cuentas para encontrar la fórmula que supere a la física, si no, no entiendo el funcionamiento de ese repiqueteo en múltiplos de dos que Charly aplica sobre los parches para sostener y luego arrancar de golpe una canción. Todo conjuntado es como hacer equilibrios sobre un hilo de pita. Por fijarme en eso, canciones como "Mad Boys" o "Socio de Satanás", que, otras veces, me pasaron desapercibidas, brillaron sobre las demás. 
Por lo demás, los TurboFuckers fueron a lo suyo: se soltaron una tras otra sin perder impulso hasta llegar al frenético final recuperando a Los Rotos y BC Bombs. Hubo, eso sí, material nuevo que sonó prometedor, incluso diría que más ambicioso y complejo, pero esperaremos. 
Esta cita estaba marcada en rojo: iba a ser el final perfecto para una semana rotunda. En un FestiBal que ha encumbrado el orgullo de pueblo, el espíritu urbano de cultura sin mayúsculas ni ayudas públicas, un buen concierto de adrenalina y letras que retratan el heroísmo ordinario de la vida en el barrio no podía ser más que la guinda al pastel. Y lo fue. 

Banda: TurboFuckers
Escenario: Bar El Tubo
Día: Domingo, 23 del 07 de 2017
Número de palabras: 500
Fotografía: Busty'n'zas

domingo, 23 de julio de 2017

Shöck



El Tubo tan petado que en primera fila no se veía un carajo. Abajo estaba la cantante, que se daba la vuelta para enfrentar las voces coreadas con el bajista, quien, a su vez, tenía a su vera al guitarrista, y entre ambos arrinconaban al batería. Ese es el planteamiento.
El nudo: Los tres que tocan instrumento estuvieron hace unos días por el pueblo disfrazados de Los Vibradores. Con voz femenina en la vanguardia, ahora se llaman Shöck y hacen punk-rock. Punk-rock en castellano con coros rocosos, espacio para los punteos, melodías bien rimadas y el pringue que necesita la receta: actitud, energía y puntería para disparar. Macizos como un risco alpino, bien entallados y sin escatimar un solo vatio.
Así llegaron al desenlace: un concierto que superó problemas técnicos para repartir estopa musical sin mesura ni contención: shöckear, creo que lo llaman ellos. Los Shöck llegaban con la fama precedida, y eso que han empezado con este proyecto ayer, como quien dice. Se trajeron a su gente, les cantaron de frente y otorgaron lo que se les demandaba. Decía la cantante que se veía atrapada y apenas iba a moverse, pero se movió y bien que lo hizo. En sus dos cuartos de espacio para esparcirse recorrió más terreno que cualquier otro en campo abierto. He leído que lleva tiempo en esto de la música y ha pasado por diferentes proyectos. Eso se nota. Tiene una voz que aúna ternura y fuerza; combinada con el nervio que lleva en la retaguardia consigue que las canciones caigan a plomo sobre el público.
No hacen nada que no hayamos visto antes, pero lo hacen bien. Si no lo hicieran, la gente no respondería, y ayer no se podía ni chiscar los dedos en el Tubo si no querías molestar a alguien. Por cierto, tendré que repetir excusa porque tuve que salir antes de que terminaran. En un Tubo repleto, eso se sabe, se enteran cuando te piras. Y yo no quería marcharme, pero tuvo que ser así. Le pido perdón a la banda. Habrá más ocasiones. Por ahora, habiendo pasado ya por el planteamiento, el nudo y el desenlace, solo nos queda, aunque ya nadie lo hace, la moraleja: deja de quejarte y baila la rabia.

Banda: Shöck
Escenario: Bar El Tubo
Día: Sábado, 22 de Julio de 2017
Número de palabras: 375
Fotografía: Holden

sábado, 22 de julio de 2017

Chulería



A los Chulería no se les puede medir por la talla si no por el talle, que lo tienen ágil y dinámico. Practican el contraste. Los instrumentistas permanecen quietos. Su función es confirmar la ley de la conservación de la energía. Mientras tanto, en el medio, los dos cantantes hacen justo lo contrario, oscilar por el escenario como si otra teoría de la ciencia, la del caos, se estuviera demostrando en directo. No te he ayudado, ¿verdad? ¿Quieres saber más? Tendría que utilizar, probablemente, las palabras punk y cabaret, recurrir al diccionario del teatro de Patrice Pavis o volver a hacer un ejercicio de arqueología musical como el que siempre me saco de la manga cuando hablo de bandas del pueblo que siguen practicando nuestro folclore más arraigado, el que nació por los ochenta y se maduró en los noventa del siglo pasado. Lo hablaba con un satisfecho Luceño que lo tenía al lado: folk del pueblo. Todo franco y genuino. La foto que va arriba es como esos efectos ópticos que te ponen en los morros si te alivias en los baños de un cine, pero, en este caso, es lo que lees en los urinarios del Rocketa si eres tío. Pues bien: quítale el artículo, y es lo que te he dicho, aunque ahora ellos se hayan retocado el nombre: "2lería, yo soy de Baraka, ¿y tú?" No hace falta que leas libros para conocer nuestra historia desde que en Los Hermanos jugábamos al baloncesto retirando chutas de un puntapié hasta aquí. La música también te lo cuenta. 
Te voy a dar dos detalles más. Uno, casi que no fue un concierto, fue un ensayo. Llevaban más de un mes sin juntarse para ensayar. Dos, yo bailé. Me lo dijo Bustinza que lo tenía justo en el lado contrario al que ocupaba Luceño: "ostias, si bailas y todo." Lo único que había hecho era pegarle con el hombro en plan simulacro de pogo. Algo es algo. Isa sonreía y se divertía, que, muchas veces, es lo que buscamos, lo único que buscamos, en un concierto de música. Todo acabó muy rápido. Luis, el bajista, salía por la puerta cabizbajo: confesó haber metido un par de gambas gordas. Gambas, no; gambones. Como las que seguro que metían Los Ramones, Luis. Pidió y pedía perdón, pero no pasa nada: la zarpa está para meterla más que para arañar. Es un buen ejercicio mental y además es punk. Que es lo que son y lo que practican en esta banda, a su estilo, un estilo que nadie más hace por aquí y que les emparenta, por mucho que parezca lo contrario, más con el punk de Barakaldo en los 90 que con el madrileño de la Movida. 

Ya he pillado ritmo y seguía, que la noche dio mucho de sí, pero lo que voy a tener que hacer es podar, que me he pasado de quinientas. 
No sé yo si vamos a llegar al final, aunque lo veo ya. Ahí, casi. 

Banda: Chulería. 
Escenario: Taberna Rock eta Golak. 
Día: Viernes, 21 de Julio de 2017. 
Número de palabras: 500. 
Fotografía: Holden. 

The Wizards



Un puto final apoteósico y un comienzo abrumador. Todo espíritu y físico. Hay dos formas, una evidente y otra que lo es menos de entender hasta donde han llegado los Wizards: a la quema blasfema de todas las fronteras, las tangibles y las emocionales. Una forma, la que puedes tocar y te toca, es su frontman, Ian Mason, que es incapaz de permanecer alejado, encumbrado en el escenario. Desde el primer alarido, se lanza a la vinculación, a la conexión, a buscar una intimidad cierta y somática con el público. La segunda forma la deforma su música, que trasciende los renglones torcidos del ángel caído para convertirse en voces en el confín. No hay género, genera energía, es la música destilada en electricidad, en potencia. Por eso cuando él mira al infinito con los brazos extendidos en una eterna búsqueda que ninguno allí parecía poder resolver, la música desde atrás le sostiene, le mantiene, le retiene. Y, al mismo tiempo, le eleva, iza, levita. Tiene que ser atronador y visionario estar ahí dentro en ese momento. Tienes que verlo. 
Over our heads, stars are shining on, cosmogenesis, creating life from within
Aún repican. Aún se repiten.
En "Stardust", sublime y reveladora, justo en la rampa final hacia la gloria, te explican cómo todos venimos del polvo, pero del polvo de las estrellas, de la roca de la montaña y del caos primordial, del misterio infinito que no podemos alcanzar. Ahí es donde residen ahora los Wizards, en un espacio etéreo y liminal que consigue confraternizar con el extranjero y el contiguo, con el cuerpo y el alma, con la luz y la oscuridad. 


Mi cabeza cobija voces. En cuarenta años, aún no he conseguido domarlas. Estoy con gente y convivo, pero ellas viven dentro. Yo las escucho, pero vosotros no. Cuando terminaron, me dediqué a vivir, a relacionarme, a reír y sí, hasta a bailar. Pero por dentro estaba pensando cómo escribir esta entrada, qué decir y cómo decirlo. No quería sonar pedante, no quería excederme, quería decir las cosas claras y bien. Pero me ha salido espeso, retorcido. Ahora, la claridad: los Wizards se salieron, porque lo tienen todo. Canciones y ejecución. Brío y sutileza. Rock en vena. Se flexionaban cuellos hasta la contorsión. Se subió Manu Porco Bravo a cantar el "Search & Destroy" y se despidieron con Danzig. Glorificaron el nombre de nuestro pueblo. Hipnotizaron a la peña a base de un ritmo trepanador. El guitarrista de la camiseta de Dead Moon, los dedos sobre la Rickenbacker, los ojos de Ian Mason. Viajar al pasado con "Welcome to the Future". Un momento y la eternidad. 

Tenía media hora, 500 palabras y el 19% de batería para escribir todo esto. No es lo que quería, pero tampoco sé qué buscaba. Eso me pasó ayer en el concierto de The Wizards: lo encontré, pero no sé qué es lo que encontré. Aún lo tengo, eso sí, lo siento, en la piel y en las vísceras. 

Banda: The Wizards
Escenario: Bar El Cuervo
Día: Viernes, 21 de Julio de 2017. 
Número de palabras: 500
Fotografía: Isa



jueves, 20 de julio de 2017

Los Vibradores



Bueno, vayamos al grano: me cuesta hablar de este concierto sin acordarme del que hicieron los Haggish unos días atrás en el Rocketa. Si lo de 77/82 sería una asignatura obligatoria de primero de carrera en el grado en Estudios Punk, el setlist de Los Vibradores sería material obligatorio en segundo seguro. La diferencia, y lo que me alegró el día, fue ver cómo el inglés era secundario en la selección de los Vibradores: castellano a punta pala, porque ya es hora de que dejemos de discutir sobre si el punk nació en Nueva York o en Londres. El punk sí que hace cierto eso que dicen de los bilbaínos, porque nació donde le salió de la k. No se puede hablar de punk sin bajar a Madrid, subir a Buenavista, sin pasar por Santurtzi, sin ir a Australia o sin recordar una canción de Los Ilegales. Por eso, Los Vibradores, ayer, me ganaron para siempre, porque hacer un homenaje general al punk y cantar cosas como Polanski y el ardor, Código Neurótico, Larsen, Safety Pins… y otros canónicos como Dead Boys, Newtown Neurotics o los Sex Pistols es como para hacerles reverencias hasta que te duelan los riñones. Con dos cojones, porque, además, los tíos son buenos. Llevan más de tres lustros en esto y le ponen actitud y aptitud como ninguno otro. No hacen poses, aunque sudaban para aparentar, dijo el guitarrista, quien, por cierto, empezó con problemas técnicos y terminó el tío ganándose nuestra admiración: vaya manera de sacarle ímpetu magnético a la Gibson.
Había poca gente en El Cuervo, y los que estábamos, estábamos un poco parados. Nos hundíamos en las cenizas del incendio que montaron el día antes los Die Putaken. Tuve la sensación de que, si llegan a tocar antes, allí debajo el concierto se hubiera vivido de otra manera. Pero teníamos la energía consumida, todos menos Elemento, que se subió a cantar con ellos, y Mikel Tuca Raca, quien lo dio todo en primera fila y luego en la sobremesa: buena conversación post-concierto con él, Juanillo, bajista de los Vibradores, las chicas, Patxeko y hasta con el tío que acompañaba a Asier Domínguez, que no sé muy bien quién era con su camiseta de los Pennywise pero se merece desde ya la cortesía de un aplauso porque el cabrón ha conseguido que no salgamos de su bar y vivamos toda la semana con resaca… musical.
Volviendo a lo importante, la música, están siendo unas fiestas de lo más punk: volver a cantar a grito pelado el “Cuando yo reviente” de los Commando 9mm o hacerlo por primera vez con el “Ataque preventivo de la URSS” fue para implosionar de felicidad, sin mirar atrás, ni arrepentirse de nada. Vaya semana, y aún estamos a jueves.

Banda: Los Vibradores
Escenario: Bar El Cuervo
Día: Miércoles, 19 de Julio de 2017
Número de palabras: 461
Fotografía: Isa

Mud Candies



Se levantó el viento y lo que se llevó no fue el honor de Tara sino la música de los Mud Candies. El aire revuelto les robaba la voz, pero es normal, tocar al aire libre en una calle concurrida tiene esas cosas, que tocas para la gente que se queda quieto viéndote, para los que pasan de largo como si la banda fuera transparente y para la meteorología que no es, al parecer, un fenómeno muy melómano. De hecho, yo que llegué pronto y estaba ya allí apoyado contra la pared, he de decir que sonaron mejor cuando no había nadie, no soplaba nada, y estaban probando cómodos y relajados. La cantante probó el xilófono y las notas se enredaban entre las ramas de los árboles.
A pesar de todo ello, los Mud Candies se curraron un concierto a doble pase, con bastante gente rodeándoles y con su habitual sutileza para combinar buenas armonías y turgentes cuerdas. Tocaron con un único contrabajo para llevar el ritmo. No les hizo falta más para repasar con agilidad el folclore musical de la tradición norteamericana. Dijo la cantante al principio que a ella le gustaban los pasodobles, y esa querencia por los compases populares se vio reflejada en una cultura un tanto lejana a la castiza, aunque, al fin y al cabo, todo es ritmo y compás, y se puede pasar del pasodoble a la ranchera y del chachachá al punk melódico sin que te enteres ni te des cuenta.
Solo vimos un pase. En el descanso, tuvimos que emigrar a un local interior y cambiar la meteorología por la espeleología, pero nos dio tiempo a ver todo eso que he comentado antes y a escuchar canciones que ya han hecho propias, como el “Perhaps, Perhaps, Perhaps” o el “Joline” de Dolly Parton, más su propio material y otras versiones, todas ejecutadas con el patrón bien labrado de contrabajo, guitarra, shaker y una voz articulada y embriagadora, capaz de robustecer aún más las canciones.
Mud Candies hicieron un buen servicio substituyendo a The Longboards, quienes no pudieron actuar aunque estaban anunciados para esa tarde de miércoles en el escenario al aire libre del Eguzki, La Palen y el Dantzari, tres bares que se han puesto de acuerdo para sumar más oferta musical y en un formato distinto.

Banda: Mud Candies
Escenario: Eguzki/Palen/Dantzari
Día: Miércoles, 19 de Julio de 2017
Número de palabras: 385
Fotografía: Brutus