jueves, 16 de febrero de 2017

Pulpo



Un día me dijo Manu: "Casi haces llorar al Pulpo, ó". Otro día, me lo presentó. Pulpo me tendió la mano y me dijo algo que no recuerdo muy bien, porque, principalmente, eran cosas buenas, y siempre que me dicen algo bueno (algo bueno sobre mí), tiendo a olvidarlo. Nos cruzamos más veces. La última, le recuerdo en la puerta del Cuervo, gritándome "¡Fiasco!", dándome un abrazo y chinchándome porque yo había dicho que no volvería a escribir sobre Porco Bravo.
Hablamos, más largo y reposado, una sola vez. Tocaban en El Parral, en Vitoria-Gasteiz, y yo había alargado la jornada de curro para quedarme en la ciudad e ir a verles. Al llegar, estaban probando sonido. Salí fuera con mi cerveza y luego salió él, encendiéndose un cigarrillo por el camino. Me sonrió, se sentó a mi lado en un portal, y empezamos a hablar, mientras veíamos a Txelu Losa venir y marchar. Él llevó la conversación. Hablamos de lo jodido que es el rock y después ir a currar; o lo jodido que es currar y después ir al rock. Hablamos de su barriga. De la mía. Y hablamos, otra vez, de lo que yo escribo. No recuerdo exactamente lo que me dijo. De verdad, no lo recuerdo, pero lo que nunca olvidaré es que lo dijo. Todo lo que algún día me dijo Pulpo se fue quedando dentro, en un rincón, guardado para cuando me vinieran malos momentos. Solo necesito recordar eso: que, un día, casi le hice llorar; que algo que yo escribí le hizo feliz. Y recordarle a él, porque, además de regalarme muchos riffs, me regaló eso. 

Creo que alguna vez por aquí he escrito que este blog, de alguna manera, comenzó a crecer pegado a los cuartos traseros del jabalí. Las primeras entradas que tuvieron algo más que un par de lectores  tuvieron más porque hablaba de Porco Bravo. Pero el tiempo no pasa en vano. La repetición (de lo que yo escribo más que de lo que ellos cantan) fue haciendo cada día más difícil escribir entradas sobre ellos. Y ellos no paraban, seguían creciendo, tocando, ampliando la piara, y yo me quedaba en mi sitio, con mi tamaño adecuado. Me fui quitando. Además, aunque nunca haya perseguido la objetividad, se hacía difícil hablar de ellos cuando se habían convertido en amigos, en gente a la que quieres. Aún así, volví a escribir, más de una vez, y a inventarme imágenes chorras y metáforas retorcidas para explicar cómo me ponía la piel de gallina su música, en directo tanto o más que en estudio, porque la honradez y autenticidad se notaban en sus canciones. No había filtros ni imposturas. Eso es algo que te agarra del cuello. Incluso, escribí otras cosas para ellos. Recuerdo estar visitando a mi suegro mientras curraba en el frontón de Berriatua y recibir la llamada de Manu porque necesitaban no sé qué texto para no sé el qué. Recuerdo estar en Oporto por trabajo y leer un mensaje de Puro d'Oliva porque querían que les tradujera la canción de Lemmy al inglés. Un día en casa, con la niña ya acostada, tirado en el sofá a medio camino del sueño RAM, me sonaba el teléfono para encontrarme la voz del Pulpo al otro lado: querían algo fresco para la nota de prensa, algo distinto, y me preguntaba si podía echarles un cable. Un par de días después, le mandé cuatro o cinco opciones. Qué hicieron con ello, no lo sé, me da igual. Es gente a la que quieres, el resto no importa.

Sinceramente, no importa una mierda lo que yo escriba aquí. Todas estas entradas, un día, se volatizarán, se esfumarán, como las lágrimas del replicante. Nadie se acordará de una sola palabra de lo que he escrito en todos estos años, pero habrá merecido la pena. Habrá merecido la pena por la gente. Esto no es más que una pequeña parte más de mi vida pero es la parte que me ha traído cerca a gente que si no fuera por lo que escribo, como mucho, nos habríamos cruzado por la calle y saludado con la barbilla. Ha merecido la pena tener la oportunidad de conocer a gente como Pulpo, que necesitaba un segundo para hacerte sentir como si le conocieras hace años. Ha merecido la pena, sí, aunque solo sea porque, una vez, casi le hice llorar. Hoy, él casi me hace llorar a mí. Gracias por todo Pulpo, tío, gracias por regalarme alegría cuando tocabas y un pelín de autoestima cada vez que hablábamos. Aún me queda en la reserva. No se me dan bien las despedidas, y menos cuando la gente se va tan lejos, así que lo dejo aquí, brindando por ti y por todos los Porcos y dándote la razón aunque ya no puedas oírlo: sí, tío, tú eras el rock.


Posdata: Hoy se han colgado muchas fotos, pero yo he querido robarle esta a Jorge Fernández, que es a quien se la he visto publicar (no sé de quién es, si es de otro, también le pido perdón por usarla sin pedir permiso). Tampoco puedo evitar la tentación de terminar diciendo que esto no es un obituario: he terminado hablando más de mí que de él. Pulpo no necesita elegías, y menos mías, que siempre uso muchas palabras cuando, en realidad, hacen falta pocas para decir que era grande y se le echará de menos. 

sábado, 4 de febrero de 2017

Hasta Rorschach quiere boogie



No soy yo de sacar fotos en los conciertos. Por eso, luego las pido o las tomo prestadas. El domingo pasado, sin embargo, casi sin darme cuenta, saqué el móvil, apunté como con vergüenza, y apreté el botón. Me gusta lo que quedó. No es que yo sea Juan Gómez o David de Haro, ni tan siquiera me acerco a Robert Capa, pero me gusta. Es como un bodegón rock: bis en reposo para el bajista de los Sumisión City Blues, atento pero como ajeno a lo que sucedía en el frontis del escenario; el cartel del Rabba Rabba Hey! abandonado, al revés, invitando a inventar metáforas retorcidas y exageradas; el merchandising bien ordenado, a la espera, alegoría de lo que rodea a un concierto de música; el romanticismo pasivo de esa funda carmesí; y, sobre todo, la luz: violenta, repentina, colándose por una esquina. Es el halo que envuelve una aparición; dime que se estaba produciendo una epifanía.

El sol, a decir verdad, estuvo asomándose por el ventanal del Satélite T durante todo el concierto. Lo hacía con el mismo ímpetu y fogosidad con el que el Pela se encaramaba a la barra que le sirve de linde al escenario del local. De hecho, en una de esas que trepaba y se quedaba como el grifo de un mascarón de proa retando al oleaje, la luz quemaba su perfil y, desde nuestra esquina, parecía una tintura oscura, una silueta de ceniza. Una lámina del test de Rorschach. Dicen que esas figuras despiertan nuestra memoria a nivel emocional. Si después de salir el domingo del Satélite T, alguien me hubiera psicoanalizado, pidiéndome que le dijera qué veo en esas diez manchas de tinta, habría contestado, sin dudarlo, que en todas veía lo mismo; dos sílabas: Pela.

Si en "Solo tú" cantan aquello de los cuatro caballos desbocados, Sumisión City Blues podrían pasar por cinco jinetes encabritados, poseídos por una inspiración que no parece divina, por fortuna, y resulta terrenal y accesible. Si asistes a uno de sus conciertos y no descubres tu vocación espiritual, tus ansias por dejarte llevar por lo inefable que sostiene el embrujo de la música y los parlamentos con melodía, dime cómo lo haces y te diré quién eres. Yo a estos tíos no los conozco, no sé quiénes son, cómo son sus vidas, qué han hecho mal y qué bien, pero, cuando les ves sobre el escenario, parecen auténticos, reales, de carne y hueso, sin filtros ni máscaras, sin disfraces ni artimañas. Cada uno aparenta venir de un hogar distinto, hasta de una época diferente, pero juntos, en silencio, sin gestos aparatosos ni guiños para la galería, manejan una maquinaria perfecta que produce canciones tan puras y efectivas que si fueran metanfetamina serían de color azul. 

Así, el pasado domingo por la mañana, en el Satélite T, se repasaron el disco entero que acaban de publicar, y del que ya hemos hablado aquí, y otros recuerdos que forman la personalidad del grupo, como "Mi crucifixión" o "Suicida I & II", que se acoplaron perfectamente a las canciones más recientes, entre otras cosas, opino, porque la solidez musical de la banda existe mucho antes de hoy, cuando parece que disfrutan una visibilidad y reconocimiento que merecían hace tiempo. Y yo que les conozco como quien dice desde ayer, tengo la sensación de que siempre ha sido así, desde que aparecieron, según me dijeron, diciendo que querían ser una mezcla entre Cicatriz y Mink DeVille. Canciones como "La guerra", "Obedece" o "Nadie te va ayudar" plagian los ritmos de la naturaleza para apoderarse de tus biorritmos y enseñarte cómo la música puede ser somática y el conocimiento accesible por experiencias menos elevadas que las que te proponen la filosofía o la ciencia social. No me explico, si no, de otra manera cómo la mayoría de la gente que andaba por allí tras el concierto intentaba entender por qué le dolían las piernas tanto como las tripas y la conciencia. 

Lo sé, me he puesto barroco, exagerado, retorcido y un pelín petulante, pero, al fin y al cabo, si me dejáis que hable de mí, cada vez me cuesta más escribir de esto y escribir aquí y ya no me paro a pensar si lo que digo lo digo como lo quiero decir, simplemente lo digo y, como decía el rubio de Barakaldo, patapúm palante. ¿Quieres una descripción más exacta y menos tortuosa? Seguro que la encuentras por ahí. ¿Quieres un argumento más válido y simple para convencerte de que no debes perderte a Sumisión City Blues en concierto? Si eres amigo de los datos exactos, te los doy. En el Satélite T, sin contar los que no vi ni reconocí o simplemente no conozco, había músicos de bandas como TurboFuckers, Los Pirris, Mud Candies, Toni Metralla y los Antibalas, The Ribbons, The Northaguirres, Porco Bravo, Morraia, Señor No, Nasti de Plasti, Toro y la Niña del Frenesí... Si ellos estaban allí, señal de que era el lugar en el que había que estar. Creo que no hace falta mejor argumento. 

Es muy difícil, dicen, que, a los cuarenta años, encuentres bandas que te marquen como lo hicieron otras cuando tenías menos y todo te sorprendía o te iluminaba. Mucha gente de mi generación mira hacia atrás, casi por inercia. Pero yo, quizás porque intento seguir siendo ingenuo e ignorante como lo era de adolescente (y no me cuesta), sigo abrazando experiencias nuevas que se conviertan en parte de mi memoria emocional. Los Sumisión City Blues ya habían empezado a labrarse su hueco ahí, desde aquella tarde de sábado en las campas de Mendizabala donde empequeñecieron el gigantesco escenario del Azkena; y siguen haciéndolo ahora, con discos como el que acaban de publicar y conciertos como el del domingo pasado, que he tardado una semana en dejar aquí grabado, pero, en mi cabeza, lleva resonando toda la semana, entre semáforos en rojo, tareas en la agenda, el lavavajillas que pita y otra noticia sobre las genialidades del presidente de los Estados Unidos. Debajo de todo ese ruido que llamaremos vida, siete días escuchando el eco de esa fantasía que llamamos música y a la que apostamos nuestra supervivencia moral y sensible.

Termino igual de ostentoso, pero no voy a pedir perdón, si has llegado hasta aquí es culpa tuya porque con la foto valía y podías haberte librado de toda esta tabarra. Si ahora miro la primera lámina de Rorschach, también es verdad, solo veo un cúter con el que cortarme los dedos para que no siga tecleando.