miércoles, 29 de marzo de 2017

La concha de aislamiento



Volvía a casa y me paré en un semáforo en rojo. No tenía ni ganas de elegir la música, así que miré hacia la parada de autobús, para, simplemente, ver a la gente y el movimiento que desprendemos cuando vivimos y que se aprecia mejor estando quieto en el interior de un vehículo con tracción mecánica. Pero nadie se movía. Una persona estaba sentada en la marquesina, otra apoyada en el costado, y cinco estudiantes hacían una cola extraordinariamente perpendicular a la acera. Uncidos con sus mochilas, la cerviz se les doblaba, aunque no era la carga el motivo, si no que estaban fruncidos con sus dispositivos móviles. Todos. Los cinco estudiantes que tecleaban con fruicción, la chica cansada que reposaba en la bancada y la que lo hacía apoyada contra el metacrilato. Alguno sonreía. Los demás miraban la pantalla como lo hacía al infinito el hijo de Nigel en Children of Men (2006): hechizados por la profundidad del abismo pixelado.

Cuando ya se ponía en verde el semáforo, tuve un conato de ataque pseudofilosófico de caracter apocalíptico y muy propio de mi generación, y empezaba a recopilar todas esas frases y lamentos que acumulamos en nuestro cerebro para recuperarlos automáticamente cuando no tenemos cosa mejor que hacer que llenar nuestros huecos vitales con supuestas reflexiones adultas y reposadas: "vaya juventud", "qué va a ser de nosotros", "tanta tecnología", "se acabaron las relaciones sociales"... Más, había más, algunas chulas, de las que podrían rotular debajo de mi careto en primer plano mientras participo en un debate de La Sexta. Pero, si nuestra mente funciona rápido cuando se la entrena para activar este tipo de estimulos socorridos, más rápida anda cuando se trata de atizar con el subconsciente y destrozar nuestros mecanismos de inercia: no había llegado al siguiente semáforo, cuando ya estaba alarmado al darme cuenta de que yo soy igual o parecido. Soy más tóxico aún, porque el recuerdo que me obligó a renunciar a la crítica fue precisamente verme a mí mismo en blanco y negro cuando no suelto el móvil ni levanto la mirada de su pantalla si salgo a la calle para echarme un cigarrillo y un café de máquina (ámbito laboral) o cuando dejo a la cuadrilla dentro para salir fuera del bar a hacer lo mismo pero cambiando el café por algún tipo de líquido espiritoso (ámbito personal). 

Lo bueno fue que al recordar esto, me acordé precisamente de algo que solo podía haber leído por no saber qué hacer mientras me tomo mis cinco minutillos para café y pitillo y, ya que no me inspira ver las copas de los árboles o escuchar el trino de los gorriones, enredo en el móvil. Ese mismo día, en una de esas pausas, me había encontrado con hete aquí lo qué: un artículo del Tentaciones de El País que hablaba de que cuesta 2.499 euros comprarse la entrada VIP más VIP para ver a Metallica en cualquiera de sus conciertos en Madrid o Barcelona. Hola, ¿pero qué me cuentas? Sí, pero, de verdad, me la sopla lo que cueste ver a Metallica, a la Barbra Streisand o a Joaquín Sabina; lo que de verdad me interesó, teniendo en cuenta que me quedaban varias rotondas y semáforos y pasos de cebra y zonas de cincuenta con radares municipales antes de llegar a la autopista y después como unos 70 kilómetros de vía hasta llegar a otra radial en otra ciudad; lo que de verdad me interesó, teniendo en cuenta que sospechaba que la música no iba a funcionar esta vez para que el viaje se me hiciera apaciguado; teniendo en cuenta que pasaba de escuchar la radio; teniendo en cuenta que tengo que terminar esta frase, lo que de verdad me interesó es que encontré un hilo que me ayudaría a exhumar recuerdos y así conducir con la vista puesta fija en la carretera pero la mente incesante ocupada en sus evocaciones y fantasías. No sé si os parecerá más chorra mi lenguaje rimbombante o el contenido que esconde, pero vayamos ya a ello y hablemos de lo que recordé y elaboré durante mi comuting que diría un foodie que trabaja en los outskirts

Cómo ir de Metallica a Gigatrón pasando por Taburete y Coldplay en una sola hora de viaje extasiado y rutinario.

El 18 de Septiembre de 1996 yo estuve en el Velódromo de Donostia-San Sebastián viendo en directo a Metallica y Corrosion of Conformity. Tenía 20 años, estaba estudiando, seguía pidiendo prórrogas para el servicio militar, me estaba sacando el carné de conducir, y no tenía novia ni nada que se le pareciese porque era alérgico al ligoteo y seguía siendo uno de esos románticos que se encerraban en su concha de aislamiento para soñar que algún día alguien vendría para descubrir que debajo de aquellas turgentes lorzas se escondía un caudal irresistible de atractivo intelectual. Bien, sigamos. Dos amigos a los que no pondré ni iniciales ni nombres ficticios, pero que sabían hacer cuernos con los dedos y fingertapping sobre el mástil, me embaucaron (lo voy a decir así para intentar paliar un poco todo el autoinflingimiento) para asistir al concierto de aquella gira "Poor Touring Me" que incluía el ya famoso accidente planeado y la destrucción de un escenario que, aún a día de hoy, no soy capaz de visualizarlo y entender su estructura. 

Unos días antes del concierto, estábamos de cháchara chévere, cuando apareció otro de mis amigos "heavirrones", este de verdad (los otros también, no quiere yo ahora... ya tú sabes), con greñas, camiseta de los Maiden, cazadora de cuero, pantalones de chandal y j'haybers, a la sazón, batería de un grupo de caña del pueblo. Cuando nos despedíamos, después de haberle contado lo del concierto, gritó al vuelo: "¿Y tú también vas a ir, pero qué pintas tú allí?", dirigiéndose, como no podía ser de otra forma, a mi persona, que de natural es ceñifruncida, pero aquel día estaba de buen humor, con lo que le contesté de lejos, "¡A mí me gusta mucho el heavy!", mientras empezaba a cantarle, en medio de aquella calle peatonal, el "Fear of the Dark" de los Iron Maiden, imitando como podía a Bruce Dickinson, tanto en lo gesticular como en lo lírico. No fue suficiente, por supuesto, porque tanto él como mis amigos, sabían que solo conocía esa y me pidió más. "Me sé otra", le grité al recibir inspiración repentina, y comencé a gritar aquello de "Son Ruptura gente de valor, son Ruptura sin ninguna condición...", canción iniciática que cantaba su propia banda y que desató las risas de mis compañeros que no la suya. Todo este párrafo sobra en la misma medida que sobra el resto, pero más, porque solo lo entenderán cuatro o cinco que hayan tenido a bien nacer en el mismo sitio, al mismo tiempo que yo y con los mismos vicios compartidos.

Los recuerdos que tengo de aquel concierto de Metallica son escasos y borrososos. Levemente alcanzo a recorda el "Nothing Else Matters" y el "For Whom the Bells Toll" casi cerca del final del concierto, y el "Master of Puppets" en el primer o el segundo bis. Recuerdo el estruendo de la puesta en escena, ya hemos hablado de ello, el gentío, las ardides para meter priba, y que me compré una camiseta horrorosa con sus cuatro caretos que sobrevivió hasta épocas insospechadas, viendo desde el fondo de un cajón de mi casa como abandonaba a Metallica, pagaba por otros conciertos, salía de la concha de aislamiento etecé etecé. Aún y así, no la abandoné. La metí en otro cajón cuando me mudé y, al final, la saqué una mañana de esas que forman parte ensencial de una película romántica, para ponérmela de nuevo y lijar las paredes de la casa que acababa de comprarme con mi pareja. Ahora, permitidme que os lo diga, como si fuera una metáfora precisa y preciosa sobre la evolución, la camiseta sigue en casa, pero echa jirones y convertida en trapos para hacer la limpieza semanal. Casi nada.
No recuerdo qué nos costó aquel concierto, pero en zona VIP no estábamos. Fuimos en un autobús que salía de la plaza Zabalburu, y recuerdo que estuvimos allí horas antes para hacer precalentamiento en un patio interior de donde salimos corriendo cuando hubo algo así como un robo o un intento de. El autobusero se rindió pronto a la evidencia y dejó beber, fumar y yo qué sé qué más. También se resignó a que nadie le iba a cantar aquello de "el señor conductor no se...". Puso una colección de videoreportajes sobre música heavy que yo iba siguiendo con atención por dos razones básicas: una, para aguantarme las ganas de mear; otra, porque uno de mis amigos me había chinchado al decirme, "tío, tú que estudias inglés, qué ostias está diciendo". Ya llegábamos al peaje de Zarautz cuando me di cuenta de que no estaban hablando en inglés si no en alemán. 

De regreso, al bajar ya de vuelta al pueblo, me olvidé el arrantzale (jersey de lana con cremallera, para los que seais de Cuenca) en el autobús. Porque sí, yo iba así, con mi uniforme habitual de fin de semana por aquella época: vaqueros de pata ancha, docmartens, mi camiseta con la portada del Munstro Hilak de Su Ta Gar (o del Pretty Vacant de los Sex Pistols, dependiendo de la ocasión) serigrafiada en la pechera y el arrantzale negro. El lunes ya me di cuenta de que aquel concierto no había cambiado mi vida y volví a la rutina y a mis clases de conducir. Llevé puesta mi nueva camiseta de Metallica, por si acaso. Quería que la profesora se fijara en ella, que me preguntara qué tal el concierto. Estaba buena la tía y yo tenía 20 años y una simple concha de aislamiento. Pero no me dijo nada. Decepción y confirmación absoluta.

No volví a escuchar a Metallica hasta que años más tarde, aún estudiando, con la prestación social sustitutoria ya hecha, con carné pero sin coche, rompí la concha de aislamiento y una novia, ¡sí, una novia!, me regaló el Reload. Íbamos por el antiguo callejón de Gelsa cuando me lo dió, y al abrir el papel de regalo se me cayó al suelo y rompí la caja del cedé. Gestos casuales pero divinos. Por casa está, creo.

Tiene coña, y permitidme esta coda, que la única otra ocasión en la que he estado en el Velódromo de Anoeta fue para ver en concierto a Coldplay. 2005, un día lluvioso, si mal no recuerdo, con Goldfrapp de teloneros, aunque apenas llegamos a verlos. Recuerdo "Yellow", por supuesto, y el "God Put a Smile upon Your Face" que he de reconocer que alimentó muchas noches de esa nostalgia existencialista y ridícula que caracteriza a los dramáticos de corazón, como yo nunca he sido pero siempre me empeñé en ser. Cambiamos aquel apocalipsis de atrezzo que se montó Metallica por unos enormes balones de color amarillo que buscaban hermanar al público. También recuerdo que Chris Martin se marcó un solo al piano, que tocaron el "Ring of Fire" y que alguien dijo que Gwyneth Paltrow andaba por allí. No sé cuánto costó, pero no estábamos en zona VIP.

Los que sí que puede que estuvieran en zona VIP, en ese concierto, en el del regreso de Hombres G, o hasta puede que en alguno de Metallica, son los padres de los chavales cuyas fotos me arreglaron otro café y cigarro de esa mañana de trabajo. Y es que pinché en otro enlace del Tentaciones, con un titular que hacía honor al nombre de la publicación, y me puse a mirar el reportaje con el que intentaban explicar visualmente cómo es la gente que asiste a los conciertos del que dicen es el nuevo grupo de moda en la música pop española, Taburete, a los que conocía de nombre (más bien, de apellido), como todos, y lo poco más que averigüé no tenía que ver con su música, pero sí con su campaña de promoción, porque se explicó bastante bien en un artículo de Fernando Navarro que me leí de cabo a rabo (esta última expresión está de más pero es que rima). Volviendo al sentido común, en el reportaje fotográfico, se veía a una colección de adolescentes (algunos ya no tanto), bien nutridos y de saludable tez, ninguno calvo, pocos orondos, donde se hacía más hincapie en su estética que en otra cosa: las medias melenas al estilo Juventudes, el jersey al cuello (¿de verdad?, ¿esto no cambia?), náuticos, zapatos Pompeii, jerseys de punto Gant, camisas Ralph Lauren...

No pude evitar recordarme a mí mismo a su edad, con mis docmartens, mi camiseta de Fruit of the Loom customizada en Salehi, los vaqueros baratos y mi perdido arrantzale. Me compré otro, que conste, dos, al precio de uno. Y te creas o no, el gris lo volví a perder. Al volver de otro concierto; me lo dejé en un bar. Bilbao, 1999, y veníamos de ver en directo a Gigatrón en la sala Bilborock. Charly Glamour me había dejado epatado.

23 añitos tenía y 17 años después, cuando vuelvo de trabajar, después de una hora de conducir recordando conciertos de los que no es que me arrepienta pero no me reconozco, entro a tomarme un zurito antes de subir a casa en una tasca del barrio, y no hay nadie en el bar más que el camarero que me saludo con un "ey", me pone lo que le pido y se vuelve al Marca. Y desde la puerta, yo fumo, bebo. No quiero sacar el móvil porque, al final, me puse moñas y me acordé de él y le echo mucho de menos, en el fondo, y quiero volverme a parecer, un poco, solo un poco, en la inocencia, al menos, a aquel adolescente del arrantzale perdido que no tenía móvil y escribía cuentos que nunca terminaba en cuadernos milimetrados. Y por no sacar el móvil, miro hacia el televisor al fondo del bar y aunque apenas oigo lo voz, sí que distingo a una histriónica Eva González presentando El Gran Reto Musical y diciendo algo así como "Es una banda un poco rarota" antes de que se abra el telón y aparezcan los Gigatrón. Me da un vuelco el corazón. Esto más que un guiño tiene que ser una broma pesada. Vuelvo a entrar al bar y mientras pago le pregunto al camarero: "¿Eso qué es?", apuntando con la barbilla al televisor. Me mira extrañado y algo aburrido. De espaldas, enredando en la caja registradora, le oigo contestarme: "Es repetido. ¿Un programa nuevo, no?"

Muy nuevo, pienso. Tan nuevo como la nueva tecnología, los hypes, las entradas VIPs y los reportajes fotográficos. Todo muy nuevo. Tan nuevo como los niños acomplejados que van buscando su determinación en la música y un día, en un semáforo en rojo, se vuelven a mirar para atrás y se dan cuenta que, tras tanto tiempo, ha merecido la pena. Todo. Lo bueno, lo malo, lo viejo y lo nuevo. Los conciertos y el resto. Todo. Ha merecido la pena: ya no echo de menos mi concha de aislamiento. 

jueves, 16 de marzo de 2017

Esto no es una crónica, pero lo mío es crónico



Antesdeayer renové y sincronicé la biblioteca de mi reproductor musical. ¿He dicho yo eso? Sí, lo has dicho. Pero hay algo aún más triste: iba yo hasta contento por la calle a las seis y pico de la mañana, pensando qué bien me lo voy a pasar en esta hora y media al volante porque tengo música nueva para escuchar y voy a dar las cabezadas solo porque practicaré el "headbanging".

No me preguntes por qué pero de entre todos los álbumes que tenía elegí Prisoner de Ryan Adams. Quizás es porque, como a muchos otros, Rock N Roll me pareció un buen disco del que abusé hasta consumirle los surcos al vinilo. Se me gastaron como los canales de un neumático, vamos. Eso fue en 2003, y reconozco que, desde entonces, he pasado más tiempo volviendo a Whiskeytown que escuchando el resto de su producción en solitario: y son como una docena. Por eso, cuando leí por ahí que su último disco merecía la pena, quise intentarlo. Y me pasé la hora y media de viaje pensando en cómo era capaz de saltar de Robert Smith a Bruce Springsteen con tanta facilidad. Antes de llegar al peaje, eso sí, me acordé de que el viernes habíamos estado viendo en concierto a Gonzalo Portugal y no había dicho nada por aquí.

¿Por qué?
¿Por qué qué?

¿Por qué no había escrito sobre ese concierto o por qué me acordé de Gonzalo Portugal? Empiezo por el final, que el principio no lo tengo claro. Me acordé porque la canción que más disfruté de su concierto fue la versión que hizo de "Oh My Sweet Carolina" que venía en el primer disco en solitario de Ryan Adams, Heartbreaker. También porque la adiviné, igual que adiviné que estaba tocando el “Out on the Western Plain” de Rory Gallagher y se lo dije al de al lado: “esta sé cuál es.” Joder, es que te sientes bien. Un concierto entero viendo a Gonzalo Portugal amaestrar su guitarra con maestría, ir cantando verso a verso, y afinar con cada intento, significa, además del deleite, también darte cuenta de que no conoces ni un puto estándar. No todo lo que toca lo son, pero como si lo fueran. Así que cuando reconoces una, como que te dices a ti mismo: tate, ahí leas dao. Palmadita en la espalda y a disfrutar batallas que le importan una mierda al de al lado. No, de verdad, quizás debería tomarse sus conciertos en acústico y solitario como James Rhodes sus funciones al piano, y explicarnos qué toca, quién lo tocaba, por qué… Pero, por otra parte, qué coño le importa a Gonzalo Portugal que a mí me consuma no adivinar qué versión está haciendo, ¿no? Quizás debería ser yo el que escuchara más música y perdiera menos el tiempo escribiendo sobre ella. O, la próxima vez, voy rápido y le robo el setlist; o le ordeno toda esa colección de folios que va tirando poco a poco al suelo, algo que ya ha convertido en un gesto muy personal. O dejo de preocuparme de aparentar y confieso que la ignorancia me sienta mejor que los pantalones pitillo. Me grillo con esto, ¿verdad?

Y andaba grillándome con el último disco de Ryan Adams cuando ya llegaba a la capital y cambié de tercio para conducir a cincuenta por el casco urbano que no sería la primera vez que le tengo que dar aguinaldo a la policía municipal. En lugar de Adams, elegí un viejo disco que encontré por ahí de Deniz Tek, porque a veces me pongo deberes, y sabiendo que pronto aparecerá por Bilbao, había que repasar las notas para el examen final. Pero la que pone la voz al disco en cuestión es Lizzie Mack. Y la voz femenina me recordó que el viernes habíamos estado viendo en concierto a Namas'Cray y no había dicho nada por aquí. 

¿Por qué?
¿Por qué qué?

¿Por qué no había escrito sobre ese concierto o por qué me acordé de Namas'Cray? Empiezo por el final, que el principio lo tengo más claro. Los Soul Movers me recordaron a Namas'Cray porque ambas bandas tienen voz femenina. Nada más, porque no tienen mucho en común. Y no había hablado de este concierto porque lo cierto es que lo vimos arrinconados y no lo vimos completo. No suelo hablar de cosas que no veo o que no veo proporcionadamente, así que había decidido dejarlo para otra ocasión. Si aún así queréis un resumen poco válido y vergonzoso por mi parte, os diré lo que sigue: buen sonido, buena voz, y una versión de Skunk Anansie que te podrá dar pistas de por dónde va su música. A mí me sonaban a No Doubt haciendo versiones de Dinosaur Jr. Pero yo me grillo mucho, ya lo sabéis, lo he dicho antes. 

Y hoy volveré conduciendo por mi autopista hacia el cieno y en lugar de elegir a Ryan Adams o a Deniz Tek, lo tengo ya decidido, voy a ponerme la COPE, que así me grillo de otra manera, suelto adrenalina y, sobre todo, no me entran ganas de venir aquí a contarlo. Lo dicho en el título: esto no es una crónica. Pero, sí, lo mío es crónico.

viernes, 10 de marzo de 2017

Una jornada completa



Salir a las siete de la madrugada de casa, fichar a las ocho de la mañana, coger el coche a las tres, fichar en otro sitio a las cuatro, acabar a las ocho de la tarde, conducir hasta el centro de Bilbao y subir las escaleras del Antzoki hasta el segundo piso mientras vas escuchando cómo rebota por las paredes aquello de "turbo para el amor y fuckers para el rock" que lleva taladrándome el cerebro con anticipación toda la mañana, sin que sea capaz de cantarlo como lo hace Iñaki Sixx, que a mí, no me dan las sílabas para meterlo en un solo verso... La frase me ha quedado larga y no la he terminado gramaticalmente bien, pero es que todo el día fue interminable, así, como el travelling que abre Sed de Mal y la verdad es que yo llegué con sed de rock al concierto. Cerrar el jueves en la presentación en casa del Lady Infierno de los TurboFuckers fue como aplaudir porque merece la pena tener una vida asalariada y normal cuando lo celebras con un concierto final de rock and roll puro y duro, "como lo hacemos en Bilbao", que dijo el cantante de la banda bilbaína. Salí bien hidratado, por supuesto. Prometo que de aquí en adelante, voy a escribir mejor.

El Antxiki, como le leí a Óscar Cubillo en su crónica de Josh Hoyer, quien tocó en el mismo sitio el día antes, estaba repleto como en una despedida de soltero o algo así, llena de gente que sonreía y parecía dispuesta a disfrutar de lo que se celebraba y olvidar pesares y movidas varias. Eso sí, mientras los TurboFuckers iban arrancándose con el repertorio del disco que presentaban, la gente, en líneas generales, permanecía en la posición que es al rock lo que la empuñadura clásica del jazz a la batería, piernas abiertas con tres palmos entre pie y pie, ligero movimiento de la pelvis y los brazos caídos, como en espera: el resto lo hace el cuello, que bascula sobre ese eje vertical inamovible. Solo Javi Rubio, por supuesto, que tiene el rock en la sangre, se movía como si la electricidad le pasara de la aurícula al ventrículo y de ahí a las arterias. Poco a poco, todos fuimos levantando un tobillo, y después el otro, y muchos el puño, cerrado, porque los alegatos obreros y ordinarios que lanzan los TurboFuckers en forma de estribillo te dan más ganas de cerrarlo y comenzar la revolución que de hacer cuernos metafóricos. Escuchar sus canciones es como encontrar por fin el respaldo para esa energía tosca y empecinada que te hace sentirte orgulloso de haber nacido en un barrio de ladrillo caravista, lonjas cerradas y jubilados que se quitan el mondadientes para escupir. Fueron subiendo el ritmo poco a poco, casi sin que te dieras cuenta, hasta que encajaron en un solo golpe "Verano salvaje", "El juego" y "Psycho", con Toni Metralla sumándose para redondear "Socio de Satanás". Si sales de ahí con vida es porque acabas de entregársela al diablo en un cruce de caminos: vaya subidón, que hasta yo sentí un temblor en la clavícula. 

Ahí podían haber terminado y todos nos hubiéramos ido contentos para casa, con el eco aún de las canciones en la cabeza y pensando en silencio cuándo le va a poner alguien un electrocardiógrafo en el pecho a Iñaki Sixx por el bien de la evolución. Hay que estudiar cómo alguien puede mantener ese nivel de actitud y energía durante tanto tiempo, sin bajar un ápice, sin dejar de pegarse ostias en el pecho como si se estuviera auto aplicando la reanimación cardiovascular. Si todos nos enfrentáramos a la vida con la energía con la que él canta... Y dejo abierta la frase, porque antes hay que puntualizar que si esas cuerdas sin freno, que hasta las quintas las toca como si le fuera la vida en ello, que dijo bien dicho Jon B (y me guardo lo de Mick Jones para otro día), resaltan con brillo es porque la parte rítmica levanta el fundamento con la solidez necesaria, y el bajo en contrapicado hacia el público que esgrime Pepe Bombs y la batería en el fondo como el suelo bajo los pies no podrían ser retirados de la ecuación para que esto funcione. Había prometido escribir mejor, pero esto es lo que hay. 

Eso sí, como decía, ellos no terminaron ahí. Pusieron la guinda invitando a Los Rotos a subir al escenario y cantar con ellos la versión de "Brindando siempre a tu salud" en un momento que espero que aún siguiera por allí el incansable y nunca debidamente reconocido Dena Flows para inmortalizarlo. Los Dr. Feelgood de Bilbao, como les presentó Iñaki Sixx, le pusieron el volumen necesario de emoción a una noche que merecía terminar así, reclamando que el rock es mucho más que un género musical, porque a muchos nos sigue uniendo a la ciudad, a la gente, a una historia oculta que no necesita de enciclopedias para ser importante y reivindicada. Por eso, además, Pepe Bombs se quitó su camiseta de los suecos The Bones y lució la de Porco Bravo en un homenaje necesario a Pulpo. Y, para redondearlo, volvieron a salir al escenario y terminaron su fiesta privada y pública cantando el "Demasiado cabrones" de BC Bombs. 

Demasiado cabrones no sé si son, pero sí que puedo decirte que no es demasiado trabajar de ocho de la mañana a ocho de la noche si luego puedes reconciliarte con la vida asistiendo a su directo. Y, mierda, no hago más promesas, pero escribiré menos la próxima vez. 

Posdata: con permiso, la foto se la robo a Oskar, que andaba por allí al fondo y se lució al sacar esto.

lunes, 6 de marzo de 2017

Ibaeta, 3 de Marzo de 2017



El escenario estaba como de lado, dentro de un frontón cubierto. Las luces pillaban de costado y ayudaban a que se dibujaran sombras a la altura del pasa. Pasó con Pelayo y sus Malditos y pasó luego con Porco Bravo. No me voy a poner ahora a comparar esto con el mito de la caverna de Platón, pero sí que hubo ocasiones en las que mirabas de reojo y veías la silueta de Manu y detrás la de Kapi Guarrotxena, y algo te hacía ver más allá de las sombras y recordar. Recordar a Pulpo, por supuesto. Pero no hacían falta las sombras chinescas. Pulpo estuvo en el recuerdo durante todo el concierto: el primero de Porco Bravo desde su triste fallecimiento hace menos de un mes. Se le recordó sobre el escenario y se le recordó abajo. Se le veía en las sombras de la pared. Será complicado no acordarse de él en cada concierto, porque, entre otras cosas, va a haber más conciertos: no podía ser de otra manera. Sus cuatro compañeros de banda han decidido seguir haciendo lo que más feliz le hacía a él, tocar.

Si nos ceñimos al concierto: fue un set limpio, con algún error emotivo, una "Corre" que sonó expansiva y "Eléctrica actitud" cerrando, con chispas y tabla, sin foto pero con brío. Se hace raro no ver dos Gibsons sobre el escenario*, pero Kapi Guarrotxena tiene garbo y compás, un duende que encaja perfectamente en esta banda. Se pasó rápido, como si hubiera que pasarlo, pero yo, por lo menos, me sorprendí tarareando alguna de las canciones, como si haciéndolo, estuviera gritando eslóganes o expurgando penas, como si perteneciera, como si me reconociera allí y entonces. Bien. Cuando escribes canciones que para alguno trasciende lo meramente musical es que algo has hecho bien.

El domingo pasado ya comenté que no estaría mal ir hasta Ibaeta y estar cerca para la ocasión, pero la semana es larga. Ya había decidido rendirme a la rutina y no insistir, cuando me mandó un mensaje Jon B para ver si me animaba y le acompañaba. Me animé. Y le acompañé. Jon B no es B porque haya una opción A antes, porque mejor compañía no puedes tener: buena conversación, risas lingüísticas y me dio el currusco de su bocadillo. Lo de Sanchís y Jocano como banda sonora en el viaje de vuelta hasta tuvo su encanto y todo. Esa misma mañana de viernes, mientras ejercía de padre y vigilaba que no rebosara la cuchara de puré, me fijé que en el bar donde estábamos, en la televisión, estaban dando la Ruleta de la Fortuna. Tenían que descubrir una frase hecha: en seguida, reconocí la última palabra aunque le faltaba una vocal. La frase era: "Le está cayendo la del pulpo". Y a mí se me cayó el puré de la cuchara. Sonreí pensando en el viaje de la tarde hasta Ibaeta: la vida tiene a veces tretas que si te convencen acabas creyendo que la magia existe.   

Porco Bravo tiene magia, llámalo como quieras, de la auténtica, sin conservantes, ni colorantes, ni aceite de palma. Poesía sin versos alejandrinos, escenarios sin altura, música sin filtros. Sin Pulpo, la siguen teniendo, aunque estará con ellos siempre, porque, de alguna manera, lo que distingue a Porco Bravo es la línea del tiempo, la que vienen pisando desde el principio y que les une con el pasado y la realidad de su entorno, pero que también les marca un futuro en el que habrá espacio para el recuerdo y para esa palabra que dicha y escrita, en singular o plural, suena muy ñoña pero todos la practicamos en silencio, los sueños.

Quería ser breve y ya voy camino de no serlo, así que voy a cerrar aquí, bruscamente, que es la única manera de evitar que siga escribiendo.

*Mejor que corregirlo y ocultarlo, prefiero que quede constancia de mi error: sigue habiendo dos Gibsons. 

miércoles, 1 de marzo de 2017

La sal de la vida



Ya he averiguado por qué es miércoles y aún no he escrito nada sobre el concierto del pasado domingo: soy un desaborido. Lo he descubierto esta misma mañana, mientras conducía, y por los misteriosos mecanismos de la inercia matutina y el diseño rectilíneo de la red de carreteras, me he sorprendido pensando en ello:
- Mutagénicos, coño, que aún no he escrito nada. 
Así ha empezado mi reflexión, para seguir luego: y qué escribo, y cómo empiezo, ¿me pongo gracioso?, ¿melodramático?, ¿ingenioso?, ¿ridículo?, ¿denso?, ¿higiénico?... ¿Me pongo en evidencia?
- Nada, no se me ocurre nada. 
Y he vuelto a encender la radio y a tomar las curvas por el peralte. 
Entonces, porque hoy es miércoles de ceniza y ayer fue martes de carnaval, han pinchado en la radio el "Mardi Gras in New Orleans" de Professor Longhair. Y en lugar de ponerme a silbar, de aparcar el coche en el arcén y bailar pegado al teléfono de auxilio, en lugar de sonreír, mover la clavícula y el cuello y poner caras raras que si se graban en vídeo se hacen virales en instagram, me he puesto melancólico, ronco, un poco tenso, y me he acordado de Creighton Bernette y del hueco que quedaba en la cubierta de aquel ferry. 
-  Dale, tío, que toses y te sale una chirigota por la nariz. 
Ahí me he dado cuenta: que soy un sosaina. Y por eso no había escrito aún, creo, porque necesito que me den el pie para luego darme el tropezón, y no me salía una línea con la que abrir esta entrada porque es obligado que fuera todo luminoso y sandunguero, como fue el concierto del domingo y todo el día en sí, pero yo voy de cenizo a ceniciento y con el tiempo y la edad cada vez me estoy haciendo más acólito de los rictus egregios y la alergia al gambeteo. 

Mira que me dijo Juan, "tienes 500 palabras", pues, tate, en lugar de encontrar una frase con la que tirar para adelante y desbrozar mi memoria, me han hecho falta varios párrafos y un supuesto monólogo interior. Es lo que tiene esto, que por mucho que me ponga atril y partitura, luego me olvido de la letra, igual que le pasa al cantante de los Cracadura (si es con "k", kizás, no lo sé). Pero ya he arrancado el coche cuesta abajo, como Theo Faron escapando de los Fishes, y ya no paro. Regreso en pretérito al Satélite T, y hablamos un poco de la sesión doble que se marcaron Los Mutagénicos para celebrar los días de Carnestolendas. 

Pues sí, y fue así, un carnaval. Salieron disfrazados de crustáceos, bien almidonados y pasando calor, esgrimiendo pancartas al estilo del local pero cambiándole el nombre a la sesión. Todo para arrancarse en formato trío con varias instrumentales de aire surfero, ribeteadas con sus correspondientes onomatopeyas y sin intervalos. Luego se reposaron y empezaron a cantar, pasando del surf al garaje y al punk más popero, sin quitarse el traje, y acompañándose de Nacho Pelo Bola, al que presentaron como invitado, pero en todas las referencias digitales, le nombran como miembro de la banda. Porque, sí, yo te lo digo así. A mí me preguntaron: "¿vamos el domingo a ver a Los Mutagénicos?", y yo contesté, "vale, por qué no", con las mismas palabras que utilizó aquel viejo amigo irlandés cuando le ofrecimos el bocadillo de lomo con pimientos que nos había sobrado del viaje al recogernos en Montparnasse, mientras conducía por las calles de París un Renault 5 Turbo que días después nos dejaría tirados a pocos kilómetros de Cagnes-sur-Mer, camino de la Casa Museo de Renoir porque habíamos estado conduciendo desde Gallion con el starter puesto. ¿Qué? Pues eso, quinientas palabras: que dije, sí, vamos, qué más me da, sin saber quiénes eran Los Mutagénicos ni por qué merecía la pena ir. Y busqué en internet el día antes, para no ir a palo y luego hacerme el interesante. Por eso sé que a Nacho Pelo Bola le reseñaban como voz y guitarrista rítmico de la banda. Pero el domingo, en el Satélite T, no se acercó a ninguna guitarra. Apareció con cervezas la primera vez que pisó el escenario y después en batín como si bajara a desayunar en el bufé del Hotel Savoy, a orillas del Támesis. Pero estaba a orillas del Nervión, y como aquí somos muy dados a lo autóctono y a lo surrealista, el que también se unió a la fiesta, como ya hemos comentado, fue el cantante de los Cracadura, que, amén de serlo, también tiene cargos públicos en el gobierno del local del concierto, pero voy a abstenerme de relatarlos, para concentrarme más en su indumentaria (antiparras coloridas, gargantilla molar a lo Wau y los Arrrghs, y de atrezo una botella de lejía amarilla que le dio para hacer un chiste de contenido sexual y romper el hielo) y en su competencia, que estuvo a la altura del concierto, contribuyendo al aire festivo, y dejando además muestras de su facultad como frontman, una voz aceptable que creció por la tarde, y alguna laguna nemotécnica que pareció más teatro (bien ejecutado, por cierto) que otra cosa. 

Voy a cambiar de párrafo para respirar y terminar: bien, enérgicos, divertidos, con hits potenciales como "Patillas de velcro" y un disco nuevo en perspectiva, según comentaron, dicharacheros, cercanos, y sin aspavientos ni tirabuzones que luego se enreda uno y se tropieza, como yo con las palabras. No, Los Mutagénicos han ido ganando, me dicen, repercusión a base de la única reputación que merece la pena, la que queda grabada en tus biorritmos y en tu memoria. Y el domingo lo volvieron a hacer porque la música es como la vida misma, que decía el otro, y no todo van a ser reflexiones sesudas o epopeyas románticas, también necesitamos dulce y danza, convertir la revolución y la supervivencia en una declaración vital en favor de las ganas de aplaudir y de bailar. Y de eso dieron a espuertas en dos sesiones, porque, ni cortos ni perezosos, a la matiné le sumaron la función de tarde; el pobre Oskar Sánchez se puso de nuevo a desenredar cables que ya había enredado, y allí volvieron a la carga los de Logroño con todos sus invitados y un público bien comido y trasegado aunque algo más reducido que el de la mañana, claro, porque nadie se esperaba que la banda se animara con una repentina doble sesión. Doble sesión que, de buenos ciudadanos es confesarlo, nosotros no disfrutamos del todo. Nos piramos cuando aquello empezaba a tomar la forma de un Mardi Gras a la vasca, sin collares coloridos pero con quintales de cerveza. 

Y ahora que termino me quedo mirando la pantalla del ordenador y pensando, "¿por qué, tío, por qué?" Pero como soy un soseras (sí, ése de ahí, el que mientras todos bailan, él mueve los tobillos para pasar desapercibido) no tengo ganas de releer lo que he escrito porque me muero de ganas de ojear las necrológicas del periódico, averiguar cuál es el índice Nikkei del día, y aprovechar la hora del café para bajar a ver una nueva zanja que ha abierto una cuadrilla municipal frente a mi ventana laboral. Y dicho todo esto, me acuerdo de Creighton Bernette y de cómo decía aquello de que "the ending of the book is not the end; it is a transition", deseando que esta entrada, por favor, sea una transición hacia la resucitación de mi antaño carácter risueño y cascabelero. Si no lo consigo con voluntad, la próxima vez, dejaré que los genotóxicos de la música tradicional de Logroño muten mi código genético y, como la protagonista del libro del que hablaba Creighton en Treme, camine hacia el agua del Golfo de México en pos de la promesa del horizonte (lo flipas, un final para regurgitar lo anteriormente escrito, me piro).