domingo, 30 de abril de 2017

Del Tet al Ong



Decían que venían a conquistar Laos y Birmania, aka Araba y Bizkaia, aka Agurain y Baraka. No sé cómo les irá en Álava, porque faltan un par de semanas para que empiecen la ofensiva tierra adentro, pero el asalto anfibio les ha quedado niquelado: salieron de las lanchas de desembarco junto a las playas de El Tubo y en una hora pelada invadieron, dominaron, luego recogieron y se fueron. Muchos huyeron, otros nos quedamos, pero todos sucumbimos a Vietcong 68, y voy a dejarme ya de jugar a que entiendo de estrategia y belicismo porque no es así y ya me estoy aburriendo. 

Ellos, en alguna entrevista, han confesado ser unos "frikis de la historia" y reconocían que se llaman Vietcong 68 porque les parece que los vietnamitas resistieron al gran poder y sirve de metáfora para representar cómo entienden ellos la música. Yo os lo copio en euskera, que es la lengua que usaban para explicarlo en una entrevista en maxixatzen.eus: "Gizarte honetako ezjakintasun musikala borrokatzera gatozen lau rock gerrilari gara. Zer da ba rocka gaur egun? Erresistentzia erritu bat," pero, en castellano, lo explican igualito en Riot Kids. Que el rollo va de resistir. Luego, sus canciones, y lo dicen ellos, hablan "de ligoteo, de ocasiones perdidas, momentos de locura, como combatir la ignorancia... chorradas, vaya".

En el Tubo, desde la intro se vio que esto no era un concierto de punk dentro de los cánones más puristas y predecibles. El bajo sonaba tan rotundo que hacía temblar la caja de la batería. El guitarrista, por mucha distorsión que añadiera, no ocultaba una tonalidad alejada del punk que enriquecía las canciones. El cantante, a medio camino entre Jello Biafra y Ian Curtis, ponía el nervio y el vínculo. Todos juntos, los cuatro, sonaban a ese punk espurio, adúltero, que copula con otras etiquetas del rock, sin miedo a crear hijos bastardos que no distingan entre el hardcore, el punk, el rock, el roll y el Nhac Nhac vietnamita. 

Salieron pertrechados con sus nón lá y sus camisas rojas, incluido un escudo en el pecho que, desde lejos, más que el de la banda a mí se me parecía al del Real Murcia. Cuando llegué, andaban probando sonido, y amén que lo prepararon tan bien como el Ejercito de Vietnam del Norte y el Vietcong organizaron la Ofensiva del Tet en el 68. Quizás, por eso, su ofensiva musical también fue un éxito y, como decíamos, acabaron por conquistar el Tubo. Lo hicieron repitiendo repertorio y luciéndose con algunas versiones, especialmente un viejo himno de Los Ilegales que, a más de uno, nos hizo eternamente felices por un momento. Hay canciones para tumbar imperios en su nuevo disco, que me traje en vinilo, y que ellos repasaron, como ya he dicho, hasta tener que dar otra vuelta al circuito. 

No se podía esperar menos. No son nuevos; llegaban con las rodillas manchadas de haber cavado muchas trincheras. Ahora, parece que han encontrado el ejército perfecto para tomar la CAV, como dicen ellos, y luego ya vete tú a saber si el Mundo Entero, aka lo que haga falta, aka Hanoi y Washington DC también. Mandaremos un corresponsal, alguien más parecido a Hunter S. Thompson que a Arturo Pérez Reverte, y os lo iremos contando.  

Ket



Una cosa te voy a decir, y ya desde el principio: no iba a escribirlo. Iba a quedarme con esa imagen en la cabeza para siempre y ¡fum!, como hacen los magos de pacotilla, desaparece. No iba a hacer entrada de Deniz Tek y compañía por dos razones: una, días que pasan y la cosa pierde sentido. Dos, he leído las crónicas, he hablado con gente del concierto, hasta estoy de acuerdo con mucho de lo que dice en la suya Óscar Cubillo. ¿Qué voy a añadir yo pues?
Yo iba a quedarme con lo musical, que suele ser lo primero, quieras o no quieras, en esfumarse, y recordar cómo sonaron canciones como "NY Confidential", "Prison Mouse" o la instrumental "Comanche", todas en el último disco de Tek. O las versiones de Radio Birdman y The Fleshtones. Los elegantes y oscuros punteos de Tek, los que hacía en horizontal su compañero Keith Streng o la contundencia en la parte rítmica de los hermanos Godoy. 
También iba a quedarme con lo más abigarrado y visual, lo menos musical: cómo se daba la vuelta Streng, agarraba su copa de vino, y miraba hacia el infinito como si estuviera desplegando toda su plácida lucidez en algún otro dominio completamente alejado de la realidad del Satélite T. Los dedos fajados y vendados de Tek, danzando como poseídos mientras toca la armónica. La rotunda plasticidad muscular de Steve Godoy. La colección de camisetas serigrafiadas que convirtió el Satélite T en un concurso del buen gusto musical. Ibas buscando a ver con cuál te quedabas, mientras los dueños se engalanaban al dejar patente su paladar. Mirabas tu camisa negra, mal planchada y sin rotulación y te susurrabas: "así te va". 
Y así fue. Todo muy rápido. Cuando nos quisimos dar cuenta, ya estaba la música de vuelta en el Satélite T, pero enlatada. En un fin de semana donde visitaron Bilbao Rudi Protrudi, Deniz Tek, Keith Streng, Richard Manitoba, Ross Friedman, Rafa Suñén y Johnny Cifuentes parecía mentira que nos los fuéramos a perder a todos y, al menos, llegamos a tiempo de ver a unos, reforzando ese idilio con el rock and roll más puro, enigmático y roñoso. Si sentimos predilección por lo que pasó en Detroit y por lo que hacían en Australia, imagínate lo que pasa cuando un tío de Ann Arbor que escuchaba a sus vecinos de Sonic's Rendezvous Band emigra a las antípodas y se pone a tocar la guitarra con autóctonos con los que comparte los mismos vicios y virtudes. Pues pasa lo que pasa, que cuarenta años más tarde se pasan por aquí, casi al final de una de esas giras apabullantes (del 5 al 30 de Abril solo dos días de descanso y ese domingo en Euskadi con cita doble para compensar), tú te presentas allí y nada parece decepcionarte. 
Lo único que te decepciona eres tú, que, como siempre, dices que decías que no ibas a hacer pero vas y lo haces, lo estás haciendo. No pude remediarlo, no lo remedio. Lo voy a hacer corto, eso sí, lo estoy jodiendo. Fin. La próxima vez que escriba sin quererlo voy a hacerlo como en el rotulado de los servicios de emergencia para que después tengáis que leerlo en un espejo, así, por lo menos, haré algo nuevo y distinto: Ket - Tek. 

sábado, 29 de abril de 2017

Yo tuve, tú tuviste, él Tubo



Pasó esto. Que se me jodió el ordenador. Y como estaba en garantía: servicio técnico. El metro a las tres y media de la tarde, que yo no tengo costumbre, porque hace tiempo que emigré al otro lado de Altube para currar. A currar era donde iba la gente en los vagones. O venían. Hasta arriba el vagón y yo tengo la manía de fijarme en la gente. Corriente, como yo. No tan corrientes en la tienda, pleno centro chic del Bilbao más Instagram y franquiciado. Es entrar, y me doy cuenta de que no me he afeitado. Mientras espero, miro hacia abajo y veo lo sucias que están mis zapatillas. Ríete que es mejor que llorar. Ya me llamarán cuando esté arreglado. Voy a tomarme un café pero voy dejando pasar cafeterías: ésta no. Esta tampoco. Ya estoy casi en Santutxu cuando encuentro un bar alicatado, con una película de vaqueros en el televisor y un solo cliente que bosteza mientras pasa hojas del Marca. Éste. Mando WhatsApp a casa. "Yastá. Dime dnd y voy buscaros." La familia también venía a Bilbao, así que quedo con ellos: junto al Arriaga. Terminado el recado, a por otro. Ellas entran a una gran superficie de material deportivo. Yo les digo: "me quedo fuera a fumar." "Ya, ya..." Me contesta I con sorna. La firma francesa que regenta la superficie se instaló en los viejos locales de un cine donde, si te digo la verdad, no recuerdo qué películas vimos, pero sí que formaba parte de nuestros usos y costumbres "de cuando novios". La calle, ahora, es peatonal. Y frente al negocio, hay otro en el que suelo entrar para tardar en salir. Sí, alguno de Bilbao o alrededores lo habrá adivinado desde que escribí "deportivo": hablo de Power Records. Le digo que no con la cabeza mientras voy sacando el cigarro: "No quiero entrar, que no quiero comprar nada." Pero acabaré entrando, por supuesto. Con la niña. Que salió de la tienda con su abuela. Ya no para quieta. Ha subido y bajado los escalones del bar de al lado como unas doscientas veces. Ha corrido detrás de la pelota de otra niña. Me ha cogido la cartera y ordenado el contenido, pero a su manera. Me pone y me quita las gafas. Me quita y me pone las gafas. Dice "aitaaaaa" y luego grita: "No". Rotundo, sin alargar la o. Su madre, dentro, me manda un WhatsApp: "Enseguida salgo". Así que decido entrar yo, pero al negocio de enfrente, porque ya no se me ocurre como entretenerla y estoy hasta los de Espartero de agacharme a recoger a Chase, que si le aprietas el colgante, salen dos apéndices tecnológicos de sus cartucheras. Me la meto en Power Records, que es una frase que entre comillas podría ser un buen título de canción con mucho doble sentido dependiendo del estilo que practique la banda en cuestión. Y salimos a los diez minutos, después de pararla cuando andaba arrancándole pegatinas de oferta a los cedés trasnochados. Para disimular, le pido a Jon Barrasa el libro de Stevie Klasson, que, antes, mientras echaba el cigarro, había visto en el escaparate. Solo les quedaba ése precisamente. Lo coge y me lo trae. Lo mete en una bolsa, le pago y mi hija sale arrastrando la bolsa por toda la tienda hasta que lo saca y se lo enseña a su abuela.

Me lo leí en dos días. Ese mismo fin de semana. No sabía ni que Stevie Klasson había sacado un libro, pero, al tenerlo en casa, dije, voy a echarle un vistazo. A la hora de la siesta, tumbado en el sofá, con la música de fondo de la retransmisión del partido de segunda B en la ETB1, empecé a leerlo. A la mañana siguiente, incapaz de alargar más el sueño, volví al sofá y terminé de leerlo. Cuando lo cerré, pensé: "vaya personaje". Y mientras me preparaba un café, insistí: "jodido que es el rock and roll". Y dejando las cosas en el fregadero, me di cuenta y recordé: "¡Pero si este tío ha tocado en El Tubo!"

Así fue. El 24 de Abril de 2016, si no me confundo. Un domingo por la noche. Por la mañana, hubo guateque con 2lería. Esa misma semana, ya habían tocado The Biffers, llegados desde Burdeos, y al día siguiente, Terral, malagueños. Klasson apareció por el Tubo coincidiendo con los 25 años de la muerte de su amigo y compañero Johnny Thunders y según contaban las crónicas de aquel día, se mostró afable, humilde e ilusionado, completando un repertorio que incluyó canciones propias y versiones. Yo no estuve. Estaba fuera por trabajo, pero que me arrepienta de ello y me lo perdiera, no le quita repercusión al evento. Tener a Stevie Klasson en un bar de tu pueblo, si te gusta el Rock and Roll, es, yo qué sé, como si Jorge Alberto "Mágico" González Barrillas, si te gusta el fútbol, se presenta en tu pachanga entre amigos para enseñarte a regatear. No es una buena comparación, pero sirve. Klasson tiene un currículo como para estamparlo en una camiseta y vestirla los domingos. En I Dreamed I Was a Very Clean Tramp, Richard Hell le menciona cuando habla de la muerte de Johnny Thunders. Y es que a Klasson, que vive en Suecia pero también lo ha hecho en Londres o Nueva York, se le conocía, sobre todo, como guitarrista de Thunders pero también de Hanoi Rocks, Diamond Dogs o sus Black Weeds. Hay mucho más, y en su libro solo se descubre una parte, pero, entre anécdotas, recetas de cocina y de más memorabilia, descubres una de las razones por las que Igor Paskual, que de esto sabe un montón, decía de Klasson que "es uno de los elegidos que tiene el toque viejo y oxidado del rock and roll". Su devoción y conocimiento del instrumento que lleva tantos años tocando supera lo que se puede esperar de un guitarrista normal, por mucho que sea avezado. Los capítulos sobre guitarras vintage y su vida en el negocio son apabullantes. La historia de Peter Green me llevó, como solo consiguen las buenas historias, a buscar más información y enterarme de toda la historia de la mítica guitarra del de Fleetwood Mac que, creo, ahora posee Kirk Hammett de Metallica. No es la mejor anécdota del libro, hay otras más sorprendentes, incluso alguna escatológica, pero, en líneas generales, el libro se lee del tirón, a pesar de ir a saltos, tener una estructura casi inexistente, y basarse en la espontaneidad. Hay faltas de ortografía porque la naturaleza del texto es su franqueza e inmediatez. Son historias que Stevie Klasson sabe contar muy bien y su amigo Staffan Bagge pasó a letra impresa, dejando a Yasmin Spjut la traducción al inglés. En ese camino que va de lo oral a lo escrito, del sueco al inglés, probablemente ya se ha perdido lo suficiente como para preocuparte demasiado sobre la edición. No es algo que moleste, al contrario enriquece el texto, ayudándote a ver a Klasson, con su estética de viejo pirata, contándote cada historia al oído. Me recuerda al Roll Me Up and Smoke Me When I Die de Willie Nelson pero este es muchísimo más divertido. Además, el libro viene acompañado de un disco que se presenta como el álbum de debut de los Black Weeds y le roba el título al libro. Además, y con esto ya termino, acabas comprendiendo que el rock and roll, sí, es una manera de entender la vida, por mucho que, a menudo, no ayude a entenderla. 

Así que fue mi hija, de alguna manera, la que me llevó al libro. Y el libro me llevó a Estocolmo, Londres y Nueva York. Y de allí volví a El Tubo. Hay un momento en el libro que Stevie Klasson confiesa que su lugar favorito para tocar en directo es una gasolinera en la isla sueca de Färo. Kuten's Basin, se llama, y para llegar tienes que coger dos ferrys y cruzar el Mar Báltico. Pero antes de hablar de Kuten's Basin, Klasson explica (y traduzco yo directamente, haciéndome responsable de los posibles errores): "He tocado en los escenarios más legendarios: el Ritz en Nueva York, el Marquee en Londres, Hacienda en Manchester o por todos los garitos de Sunset Strip en Hollywood. He tocado en bodas de aristócratas y en la fiesta de cumpleaños de un conocido presidente de una agrupación motera. He tocado en el Círculo Polar con la banda de blues de Big Walker o con Alison Gordy en varios locales mafiosos del Caribe". Pues también ha tocado en El Tubo. 

Ah, por cierto, una semana después, volví a la tienda pija y recogí mi ordenador. Otra vez con zapatillas sucias y sin afeitar, pero, eso sí, habiendo leído ya a Stevie Klasson lo que me da un prurito que te cagas, tanto que puedo escribir esa palabra y repetirla, prurito, justo antes de pedir un zurito y cerrar esta amena mañana de sábado dedicada a escribir. Fin.

viernes, 28 de abril de 2017

Los heraldos negros de Rui Díaz y la Banda Imposible



Enredando, me he encontrado con una entrevista en La Galera Magazine. Bueno, con el titular, porque he de confesar que el resto no lo he leído: "Siempre he entendido la canción como un género literario", dice Rui Díaz. La frase coincide con la forma en la que yo he entendido y disfrutado el disco Los heraldos negros de Rui Díaz y la Banda Imposible. Eso es lo que os voy a contar luego, pero, siguiendo con este ejercicio de autoconvencimiento, necesito añadir que ellos mismos escriben en el librillo que acompaña al disco, en la parte de los créditos, que este disco es "una historia de amor y muerte." Un poco más abajo, cierran la lista de agradecimientos con la siguiente línea: "A ti, que tienes esta historia entre las manos y los oídos. Hazla tuya. Sólo entonces tendrá sentido." Digo entonces que encaja y coincide, ¿no? Después de leer esto, me he convencido de que sí, a) las canciones forman una historia y b) tengo libertad para interpretarlas. Si, además, leo a Rui Díaz decir que c) la canción es "un género literario", pues ya no quedan dudas y creo que puedo escribir todo lo que iba (y voy) a escribir a continuación.

Pero empecemos dando un rodeo y expliquemos cómo llegué yo a conocer el disco de Los heraldos negros, teniendo en cuenta que yo vivo en el norte y hablamos de una banda pacense y de un disco que no habría podido descubrir si, por razones laborales, no hubiera bajado a Cáceres y, entre otros muchos recuerdos, regresara a casa con la satisfacción de conocer en persona a Jay Martin de Milana. Gracias a él y a Aritz Sertucha, conocí un rincón apacible e inspirador en Cáceres, la librería-cafetería Psicopompo. De cháchara, le pedí a Jay Martín que me hablara de alguna otra banda extremeña y fue así como volví a casa con el disco en la mochila. El lunes, al volver al curro, me llevé el disco, y en el viaje de ida y en el de vuelta, Rui Díaz y sus compañeros de banda me hicieron más ameno el trayecto. Lo mismo pasó el miércoles y el jueves, hasta que, por inercia, fui descubriendo los entresijos del álbum y ejercitando una forma de escuchar discos que estamos perdiendo. Me refiero a esto: no encontré una canción que me obligara a rebobinar, ahora que no se rebobina, y destacarla del resto. Tenía que escucharlas todas, una detrás de otra, y apreciar en conjunto todo el álbum.

El disco es un poco como el Rayuela de Julio Cortázar. Me explico, antes de que alguien grite: puedes leerlo con atajos, abriendo caminos que van de una canción a otra y vuelta atrás, o puedes leerlo de manera lineal, de principio a fin. Y como yo no soy tan listo como me creo, opté por lo rectilíneo para delinear la narración que creía distinguir dentro del disco. Así, me inventé una cronología, como si, canción a canción, se dibujara la vida de alguien que huía de un incendio para refugiarse en el amor sin poder esquivar del todo las debilidades y tentaciones que nos llevan a errar. Alguien que partía con su familia, obligado a dejar su tierra atrás, para sumar capítulos de una vida en la que la violencia y el descalabro se superan con una relación que acaba un capítulo más tarde, dando lugar a un final donde el personaje principal aprende a admitir la debilidad, lucha por admitirse, quererse e intenta situarse en un lugar y en un tiempo que parece lo mismo ahora que entonces, aquí que allí. Por eso, entendí el álbum como una historia contada en seis capítulos, y cada capítulo era un bloque de entre una y tres canciones. El primer capítulo (para mí, repito, así lo leí/escuché) lo forman un bloque con las dos primeras canciones, "La casa en llamas" y "Balas pequeñas para Ray", que deslizan el contexto pretérito de la historia. Un segundo bloque descubre el capítulo más esperanzador y luminoso, la historia de amor que se convertirá en el equilibrio entre lo pasado y lo que está por pasar. Este segundo capítulo lo forman la preciosista "Hotel Masada #202", "Ciudades rotas" y "Nana para niñas grandes". En el tercer bloque o capítulo, incluía yo las canciones "Algo de suerte" y "Carreteras secundarias", un interín en el que la idea del camino aprovecha esa virtud simbólica que tanta preponderancia ha tenido en la música. "Vértigo" conforma un capítulo climático; una canción que trastorna el desarrollo, reproduciendo un momento que obliga a reinterpretar las esperanzas desesperadas del anterior capítulo. Finalmente, "Servicio de lavandería" y "Antes de soñar", llenan de misterio y preguntas todas las certezas que esperas recibir cuando se acerca el final de la historia. Hay un sexto bloque, porque quedan tres canciones: una especie de capítulo-epílogo, más personal, como una oportunidad de deglutir lo escuchado. "Los hermosos vencidos" consigue con el plural del título que vayamos más allá de la primera persona del singular y aceptemos el juego de interpretar, de disfrutar de las canciones como un espacio creativo entre la ficción y la realidad. La parte melódica en portugués enriquece y complica aún más la historia. El piano alarga la tristeza; la melancolía se refuerza con una voz más ronca, con más determinación. "Caminos de vuelta" insiste en la metáfora del viaje y la tierra, un sentimiento que, en la historia que desarrolla el álbum, tiene tanto o más peso que el amor. Es una canción más enérgica, limpia y desnuda. Así te preguntas si lo que acabas de oír es ciencia o ficción, si los pueblos desaparecen o aparecen metáforas sobre los designios de la vida. Finalmente, "Lo que querían de mi" es un minuto y medio de evocación y reposo, voz con eco y dolor, donde la armónica prolonga el relato hasta convertirlo en memoria o poesía.

Me he flipado, lo sé. Se me ha ido la mano con las explicaciones. Es lo que hay, si no me dices para, yo sigo hasta... vete tú a saber dónde. En resumen (encima, con sarcasmo), un disco en el que destaca la producción; en el que la tierra, el sentido de pertenencia más primitivo y natural juega un papel importante, igual que la ciudad. Una historia sencilla que hacen compleja unas canciones que, aunque yo me empeñe en llenar las frases de subordinadas y ellos las canciones de pequeños detalles, siguen funcionando con una arrolladora espontaneidad. La guitarra eléctrica en "Caminos de vuelta" le otorga a la canción una energía que corrige todo lo pasado hasta entonces. El piano al comienzo de "Servicio de Lavandería", el cello en "La casa en llamas"... el contraste es uno de los recursos literarios más imponentes del disco. "Antes de soñar", una de las canciones más equilibradas, puede funcionar ajena al disco: "Te hice reír, te hice llorar, y, a veces, pareció que iba a funcionar. Siempre se nos dio fatal / mentirnos y creernos / que queríamos ser como los demás". Con silbido incluido. Ukelele. Va del folk al pop. La electricidad en "Vértigo" o el final de "La casa en llamas", por ejemplo, ofrecen una tonalidad alejada del folk, mucho más sugerente."Los hermosos vencidos", con la percusión partiendo la canción en dos antes de que entre el portugués y vuelva la canción del revés. El cello y el piano colaboran para darle ese halo de esperanza que parece mirar hacia atrás y repasarlo todo para terminar con una alegría contenida, reposada, resignada. La voz de Rui Díaz es una figura retórica más: parece cantar cada palabra como si fuera un texto completo. "Carreteras Secundarias" recuerda al Pink Floyd de "I Wish You Were Here", "Hotel Masada #202" a Xoel López, "Caminos de vuelta" a Quique González y "Los hermosos vencidos" a Josele Santiago. 

En conclusión, un disco como los que se hacen a veces, que ocupa un mundo completo, que  engendra un universo particular, aunque, en "Servicio de Lavandería", por ejemplo, se pueda hablar lo mismo de alguien ajeno que de uno mismo. Da igual quién sea Ray, todos los ritmos, el arte de la edición, los títulos, el título, los capítulos se pueden resumir en una línea del álbum: "Puede que el tiempo maquille la verdad". Quien dice tiempo, dice espacio, dice juego, dice música, poesía, literatura o esa espesura que queda libre entre el que canta y el que escucha. De lo que no hay duda es de que esto lo he escrito yo. Y yo tengo la culpa de la fronda que he ido sembrando, así que lo mejor que puedes hacer es lo que decían ellos: hazla tuya, dale sentido y, si puedes, olvídate de todo lo que acabo de decir. 

sábado, 1 de abril de 2017

Rock & Roll por un Tubo



Hubo un momento en el que, inconscientemente, resumieron por qué se llaman Negracalavera, que, por cierto, me parece uno de los nombres más logrados de nuevas bandas autóctonas que he oído últimamente. El cantante quiso presentar una canción que, al parecer, tenía una letra de contenido vitalofilosófico y empezó a presentarla hablando del ciclo de la vida: que nacemos, vivimos, y cuando quiso añadir lo de morir, no supo cómo cerrarlo porque, efectivamente, aún están vivos y casi que recién nacidos. Otro miembro de la banda le ayudó: "pero moriremos pronto", lo que le puso ese punto de humor negro que parecía darle significado al nombre de la banda. Pero, en cualquier caso, el cantante lo arregló reescribiendo la frase con acierto y poesía: "nacemos, crecemos y tocamos". Y tocan. Rock & Roll tocan.

Los Negracalavera se estrenaban en el Tubo, al que ellos mismos calificaron como coliseo. Coliseo igual no es, pero el Tubo es un lugar espléndido para bautizar un nuevo proyecto y ayer estuvo petado para asistir al bautismo de esta banda bilbaína que aprovecharon la cantidad de público para pervertir el rito cristiano y en lugar de meter la cabeza en la pila bautismal practicar la ablución con los cuerpos presentes de todos los fieles que atendieron la misa del viernes noche.

Será un nuevo proyecto, pero esta gente no ha empezado ayer. Hay miembros con currículos extensos que les emparentan con otras bandas desgraciadamente fenecidas o aún en activo, como The Ribbons, Bugatti, Belushi o Beer Mosh. Es decir, que ayer se les notó ya el cuajo y el desparpajo, por mucho que el concierto fuera el primero del montón que, supongo, pretenden dar a partir de ahora. Además de bagaje, tienen una buena ristra de influencias que confiesan en las redes sociales (punk y protopunk, rock escandinavo, glam de Detroit y Nueva York, Rock and Roll clásico y hasta los Nashville Pussy), y que alimentó aún más la expectación que había por verlos en directo para cerrar la ristra de directos en el Tubo durante el mes de Marzo.

Y se notaron, como ya he dicho, lo mismo la experiencia que las influencias. Desde donde yo estaba, al fondo, pegado a la barra, lo que mejor se veía era la parte rítmica: un bajista al que no solo se le veía sino que también se le notaba cómo alicataba las canciones y un batería reconocido por su estilo particular: uno en el que añade sonidos más variados a los habituales que salen de combinar parches, bombo y platillos. El cantante sonaba como si estuviera cantando con los cables enchufados a la toma de tierra: remoto y misterioso, contundente en la energía y los estribillos propios del Rock & Roll autoreivindicativo y vigoroso. A los guitarras ni los veíamos, por más que nos pusiéramos de puntillas para mirar. Oírles se les oía porque lo que se percibía era ese High Energy que necesita muchas cuerdas para resultar eficaz. En conjunto, desde el fondo, los cuarenta minutos de concierto parecieron un poco planos, que no se me entienda mal, siempre manteniendo un mismo nivel diligente y bien ejecutado, pero sin ningún momento climático, sin una canción que destacara sobre las demás, sin ángulos ni sorpresas. Eso se lo guardaron para el final, en un bis que resultó prometedor y robusto, dejando a la peña con ganas de más. 

Ese final, en una banda que está en el principio, nos deja con ganas de seguirles la pista en el durante, porque prometen y dan confianza. Apostaría a que son capaces de confirmar todo lo que asomaron ayer por un Tubo que actuó de testigo para ver que el grupo nace, además, con la gente dispuesta a sumarse a mi apuesta y a su propuesta.

En resumen, quédate con el nombre y acércate por allí por donde lo oigas que no es un hechizo para sortilegios de santería, es más bien un grito de guerra para practicar Rock & Roll, así, con mayúsculas y con todas las letras. 

Posdata: les robo una foto del Facebook para ilustrar esta entrada. Ya les devolveré el favor haciéndome con su música en plástico cuando la graben.