(Paréntesis)



Lo voy a decir directamente (aunque no me haga mucha gracia): si todo va según lo planeado, a finales de enero, si paso el último corte, que aún está pendiente, permitirán que quede escrito en papel de imprenta (8000 palabras, nada más y nada menos), mi visión particular de la carrera de Willy Vlautin como escritor de canciones para Richmond Fontaine.
Si no paso el corte, tampoco importa (ya): lo importante ahora es que, aunque el proceso sigue en pie, estoy más libre. No con menos carga, pero, al menos, me he liberado de una cosa que me estaba mortificando: mi dieta musical. ¡Por fin puedo dejar de escuchar a Richmond Fontaine! Parece coña, ¿verdad? Estaba un poco astragado (como decía mi abuela) de tanta ración de Richmond Fontaine, y mira que me gusta la banda, joder, más aún cuando tuve libertad para trabajar con el material que me diera la gana, incluso con aquellos primeros discos, más punkarras, agresivos y desgarrados, que no creía que podría incluir.
Al principio me lo pasé de vicio. Recuerdo incluso estar de vacaciones, felizmente aislado del mundo, con los cascos, el bloc de notas, parando y yendo hacia atrás, tomando apuntes como un loco, intentando calcular el ritmo de las frases con mis dedos (un ejercicio estúpido), diciendo que sí y que no con la cabeza, hasta que la levanté y vi que no estaba solo e Isa me miraba como si estuviera loco.
Pero ya no podía más. Necesitaba otra droga. Estar todos los días de la semana comiendo ensaladilla rusa, por mucho que me guste, tiene que acabar siendo una tortura. (Pues parecido).
Hasta cuando conducía de vuelta a casa, durante meses, no podía aprovechar ese momento que es casi sagrado: tú solo, la carretera, y nadie que te escuche vociferar ni te vea mover la cabeza. No podía, como solía hacer antes, aprovechar los kilómetros para escuchar El Sótano, pincharme la música que me gusta, la que acababa de conseguir, o incluso hacer otras cosas que me da palo confesar como hablar conmigo mismo como si me estuvieran entregando el Óscar al mejor guión original, o, incluso, buscar el dial de la COPE y flagelarme un rato. No, iba y venía del trabajo repasando The Fitzgerald o Post to Wire, convirtiendo mi cerebro en una puta bomba de relojería.
Por todo eso, la semana pasada andaba como un niño con zapatos nuevos (qué bonito el refranero). Qué alivio, de verdad. Frenaba con gusto cuando llegaba el radar. Sonreía al del Renault Copa Turbo (mentira, ya no hay de esos, qué tiempos) que se te cuela en la rotonda, y mandaba besos de amor a los que usaban el claxon para maldecir mi ensimismamiento vial. Me la traía al pairo: tardé cuarenta minutos más de lo habitual en llegar a casa. No cogí ni la autopista, me fui por la nacional. Quería escuchar música y disfrutar. No sabía ni lo que tenía en el ipod. Pero estaba tan ansioso por volver a escuchar algo distinto que me importaba un rábano (rábano, cuánto tiempo). Una hora antes de salir del curro, me bajé a echar un cigarro, y me preparé para el viaje de vuelta: empecé a hacerme una lista de favoritos. Tenía planeado montarme una discoteca en el coche y volver a disfrutar de la música, sin tenerle que hacer glosa, sin que mi cerebro repitiera una y otra vez que no soy capaz de entender lo que quiero entender. Me encontré con un batiburrillo (batiburrillo, qué jóvenes éramos) de cosas que no sabía ni cómo habían llegado a mi reproductor: clásicos, nombres que ni conocía, nombres que hubiera preferido olvidar. Fui rebuscando, elegí lo que creía que me iba a hacer bien, y, porque dicen que nunca es bueno quitarte de golpe, también metí algunas canciones de los RF.
No creo que le interese a nadie (cierto, tío), pero, al final, esto es más o menos lo que me quedó:

"Rock'n'Roll Girl" de The Beat
"Holding All The Roses" de Blackberry Smoke
"Marie Marie" de The Blasters
"Tumble with Me" de The Boys
"Wait for the Blackout" de The Damned
"Tu novio, tú y yo" de TurboFuckers
"Flame Thrower Love" de The Dead Boys
"Montgomery Park" de Richmond Fontaine
"It's OK" de Dead Moon
"Cedar Point'76" de The Dirtbombs
"Al otro lado del cementerio" de Los Carniceros del Norte
"Lonesome Cowboy Hill" de Hollis Brown
"Run Amuck" de Lindi Ortega
"There Is No Ending" de Arab Strap
"Dirty Trick" de Mongrel State
"Habitación 615" de León Benavente
"Gunslinger" de Mink De Ville
"Non-Stop Girls" de Radio Birdman
"Out On the Western Plain" de Rory Gallagher
"Broke My Heart" de Tim Easton
"My Boys" de Twin Peaks
"Modern Times" de The White Buffalo
"Graveyard Shift" de Scott H. Biram
"Ft Lewis" de Richmond Fontaine
"Cul-de-sac" de Biznaga

25 canciones, qué más da, que me hicieron regresar a la felicidad tan repentina y efímera que produce la música. Ya lo dicen León Benavente en la canción que entró en esa lista: "¿y qué queréis saber sobre las canciones? / Si están bien hechas, no hacen falta explicaciones." Ni tan siquiera se os ocurra intentar averiguar cuán gilipollas o pretencioso soy juzgando la lista, para qué. (Qué más da). 

Lo importante, en realidad, es que ahora tengo algo más de tiempo, así que aquí va lo que realmente quería decir pero como siempre antes de hacerlo solté una chapa tremenda dando vueltas a la rotonda de mi centrífuga cabeza: me propongo, durante estas vacaciones de invierno y el mes de enero, publicar todas las críticas que se me han ido acumulando en casa (y a quién le importa...), pero, en lugar de hacerlo en libertad, voy a ponerme trabas (lo que yo haga...), 500 palabras máximo, en castellano (y a quién le importa...), intentando ir al grano y actuando como siempre hago, sin ocultar mis carencias pero intentando ser sincero con (lo que yo diga...). 

A quién le importa, no lo sé, pero si tuviera que contestar a esa pregunta, hace tiempo que hubiera dejado de escribir... pero no de escuchar música. 

Por cierto, a esas entradas, les voy a poner una etiqueta, igual que hacía con las entrevistas o hice con la ficción (qué fue de eso, por cierto). En esta ocasión, antes del grupo en cuestión al que le toque sufrir mi mal criterio al glosarles el disco, pondré la etiqueta que categoriza estas entradas del blog: 500 fiascos, lo voy a llamar, para que me acuerde de que puedo usar 500 y no más. Pronto empezamos (ya era hora) y así, de paso, con esta ocupación y algún concierto que caerá en fiestas, me libro de la obligación de escribir listas de lo mejor o rememorar el año que siempre ha sido algo que me ha dado más pereza aún que repasar una entrada cuando termino de escribirla (y encima, lo dice).

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