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Mostrando entradas de marzo, 2017

La concha de aislamiento

Volvía a casa y me paré en un semáforo en rojo. No tenía ni ganas de elegir la música, así que miré hacia la parada de autobús, para, simplemente, ver a la gente y el movimiento que desprendemos cuando vivimos y que se aprecia mejor estando quieto en el interior de un vehículo con tracción mecánica. Pero nadie se movía. Una persona estaba sentada en la marquesina, otra apoyada en el costado, y cinco estudiantes hacían una cola extraordinariamente perpendicular a la acera. Uncidos con sus mochilas, la cerviz se les doblaba, aunque no era la carga el motivo, si no que estaban fruncidos con sus dispositivos móviles. Todos. Los cinco estudiantes que tecleaban con fruicción, la chica cansada que reposaba en la bancada y la que lo hacía apoyada contra el metacrilato. Alguno sonreía. Los demás miraban la pantalla como lo hacía al infinito el hijo de Nigel en Children of Men (2006): hechizados por la profundidad del abismo pixelado.
Cuando ya se ponía en verde el semáforo, tuve un conato de…

Esto no es una crónica, pero lo mío es crónico

Antesdeayer renové y sincronicé la biblioteca de mi reproductor musical. ¿He dicho yo eso? Sí, lo has dicho. Pero hay algo aún más triste: iba yo hasta contento por la calle a las seis y pico de la mañana, pensando qué bien me lo voy a pasar en esta hora y media al volante porque tengo música nueva para escuchar y voy a dar las cabezadas solo porque practicaré el "headbanging".
No me preguntes por qué pero de entre todos los álbumes que tenía elegí Prisoner de Ryan Adams. Quizás es porque, como a muchos otros, Rock N Roll me pareció un buen disco del que abusé hasta consumirle los surcos al vinilo. Se me gastaron como los canales de un neumático, vamos. Eso fue en 2003, y reconozco que, desde entonces, he pasado más tiempo volviendo a Whiskeytown que escuchando el resto de su producción en solitario: y son como una docena. Por eso, cuando leí por ahí que su último disco merecía la pena, quise intentarlo. Y me pasé la hora y media de viaje pensando en cómo era capaz de salta…

Una jornada completa

Salir a las siete de la madrugada de casa, fichar a las ocho de la mañana, coger el coche a las tres, fichar en otro sitio a las cuatro, acabar a las ocho de la tarde, conducir hasta el centro de Bilbao y subir las escaleras del Antzoki hasta el segundo piso mientras vas escuchando cómo rebota por las paredes aquello de "turbo para el amor y fuckers para el rock" que lleva taladrándome el cerebro con anticipación toda la mañana, sin que sea capaz de cantarlo como lo hace Iñaki Sixx, que a mí, no me dan las sílabas para meterlo en un solo verso... La frase me ha quedado larga y no la he terminado gramaticalmente bien, pero es que todo el día fue interminable, así, como el travelling que abre Sed de Mal y la verdad es que yo llegué con sed de rock al concierto. Cerrar el jueves en la presentación en casa del Lady Infierno de los TurboFuckers fue como aplaudir porque merece la pena tener una vida asalariada y normal cuando lo celebras con un concierto final de rock and roll pu…

Ibaeta, 3 de Marzo de 2017

El escenario estaba como de lado, dentro de un frontón cubierto. Las luces pillaban de costado y ayudaban a que se dibujaran sombras a la altura del pasa. Pasó con Pelayo y sus Malditos y pasó luego con Porco Bravo. No me voy a poner ahora a comparar esto con el mito de la caverna de Platón, pero sí que hubo ocasiones en las que mirabas de reojo y veías la silueta de Manu y detrás la de Kapi Guarrotxena, y algo te hacía ver más allá de las sombras y recordar. Recordar a Pulpo, por supuesto. Pero no hacían falta las sombras chinescas. Pulpo estuvo en el recuerdo durante todo el concierto: el primero de Porco Bravo desde su triste fallecimiento hace menos de un mes. Se le recordó sobre el escenario y se le recordó abajo. Se le veía en las sombras de la pared. Será complicado no acordarse de él en cada concierto, porque, entre otras cosas, va a haber más conciertos: no podía ser de otra manera. Sus cuatro compañeros de banda han decidido seguir haciendo lo que más feliz le hacía a él, t…

La sal de la vida

Ya he averiguado por qué es miércoles y aún no he escrito nada sobre el concierto del pasado domingo: soy un desaborido. Lo he descubierto esta misma mañana, mientras conducía, y por los misteriosos mecanismos de la inercia matutina y el diseño rectilíneo de la red de carreteras, me he sorprendido pensando en ello: - Mutagénicos, coño, que aún no he escrito nada.  Así ha empezado mi reflexión, para seguir luego: y qué escribo, y cómo empiezo, ¿me pongo gracioso?, ¿melodramático?, ¿ingenioso?, ¿ridículo?, ¿denso?, ¿higiénico?... ¿Me pongo en evidencia? - Nada, no se me ocurre nada.  Y he vuelto a encender la radio y a tomar las curvas por el peralte.  Entonces, porque hoy es miércoles de ceniza y ayer fue martes de carnaval, han pinchado en la radio el "Mardi Gras in New Orleans" de Professor Longhair. Y en lugar de ponerme a silbar, de aparcar el coche en el arcén y bailar pegado al teléfono de auxilio, en lugar de sonreír, mover la clavícula y el cuello y poner caras raras…