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Un día de perros



Encogí los hombros y perseguí las sombras. El frío se olía. Una celosía vaporosa cubría cada esquina. Como si hubieran protegido los edificios con telones de organza; como si la ría pulverizada se hubiera quedado suspendida en el ambiente. Se me encharcaron las botas antes de llegar al Satélite T. Había poca gente dentro y, por lo que se veía, pocas ganas de empezar en punto, así que me puse a fumar, allí, bajo la cornisa, viendo el puente de Deusto como si fuera un daguerrotipo de lo que fue; contando las luces encendidas que se suponían ritmo y pensando cosas como ésta: un día típico de Bilbao, un sábado de perros perfecto para ver en directo a Dogo.

Antes de cantar "Susan", Juan Diego Fuentes se explicó: "A mí me gusta contar historias principalmente." A mí también. La diferencia principal es que él las canta, yo las cuento para disculparme cuando escribo de lo que ellos cantan. Cuando fumaba mirando hacia el puente pensaba en todo lo que él y sus mercenarios contaron en un puñado de discos: historias del barrio del Tardón, de canijos y canijas, de venas y duermevelas, de amor y desamor, de entonces y de ahora, locales y universales. Yo tengo historias sobre ese puente. Las que contaba mi tío de las batallas del astillero o la de una de aquellas veces que cogíamos el tren de cercanías para salir del extrarradio y pasear por la ciudad, lejos del barrio, para comprar alegría en rincones oscuros. Al ir a cruzar el puente, nos encontramos con un gentío. La reina, decían, venía en un coche, saludando, y mi amigo Tato me pegaba con el codo, "cuando pase", me decía, "peineta al canto y te voy a enseñar cómo le alcanzo yo a Evaristo Páramos", pero justo apareció por detrás un policía nacional, tan alto como la Torre del Moro, tan ancho como Castilla, y se nos puso detrás, susurrando a la oreja: "cuando pase la reina, ustedes dos van a aplaudir como si les fuera la vida en ello, si no, los dos van a caer a la ría como dos fardos de heno". No sabíamos lo que era el heno, pero henos allí, cuando pasó, con la cabeza baja, murmurando entre dientes, y aplaudiendo sin ganas. "Así, sí", nos volvió a susurrar, y se fue hacia Indautxu paseando con las manos cogidas por la espalda. No era la primera lección sobre el poder que acogíamos en nuestro espinazo, pero lo fue.

Quizás fue en otro puente. Quizás fue con otra reina. Fue con Tato, que en paz descanse, al que me encontré, la última vez, después de mucho tiempo sin saber de él, cuando la vida ya nos había separado, en una esquela. Yo venía de currar, llovía, y me quedé allí de pie, calándome, viéndole en la fotografía sin colores y preguntándome qué demonios habíamos hecho. Ha habido bandas contando historias de aquellos años. No están en libros. Están en cromo, en acetato, en la memoria compartida. Recuerdos de un Bilbao gris que nunca volverá, como cantan ahora Los Bonzos. Historias como esas, distintas, sobre otros puentes, otros Tatos, pero con la misma sabiduría de andar por casa son las que cantaban Dogo y los Mercenarios, de alguna manera. Así que, entré dentro del bar, habiendo fumado para tener en la reserva, con los pies aún fríos pero dispuestos a que me los calentara el rock and roll con historias de la vida común. 

Contémoslo, a nuestra manera, con los yerros y el disparate que nos caracteriza:

Primero sube la banda, que es nueva y ya no es mercenaria: del Kurt Baker Combo, todos menos el que pone el nombre. Y, de regalo, Xabi Señor No. En la esquina, con ganas, Dogo da palmas con arte y no se hace de rogar. Aparece, elegante, de negro penitente, con el póster de los Brioles, banda que les precedió el día antes en el mismo escenario, en la mano, por detrás lleva escrito una lista de canciones de la que algo cuenta antes de lanzarse a untar pringá con "Hoy vamos a ponernos bien", toda una declaración de intenciones. Desde los primeros acordes, desde los primeros temblores de la distorsión, ya sabes que esto va a ir bien. La voz de Dogo se hunde un poco y la batería le echa más tierra encima, algo que solo se corregirá un poco, no lo suficiente, en adelante. El cantante se disculpa, explica que el cuerpo no perdona y pide perdón por su voz rota, pero, la verdad, solo se le parte cuando habla. Cuando canta, quizás no llegue donde quisiera llegar, pero eso solo lo sabe él. Desde abajo, se le distingue el cuajo y el arte para superar las dificultades. No tiene ni un momento de duda, le salen las líneas como a Rimbaud los puñales. 

Antes de cada canción, la canción se explica. Durante la canción, la canción se enaltece. Dogo gesticula, usa las manos como ya no las usa nadie en el rock and roll. Le dedica "Sueños rotos" a Silvio Fernández Melgarejo: un medio tiempo que no lo es, del todo. Después llega "No me verás" y escucho a alguien gritar "qué buena". La platea se fue llenando, de público maduro, que se fue quitando ropa de abrigo para terminar bailando y pidiendo más. Hay espacio para las bromas. La banda se distiende y hasta recuerdan a Isaac Washington, el barman de Vacaciones en el mar. "Ángel",  de su disco Mala reputación (1991), también la dedica. Esta vez, a otro poeta, uno al que la gente de Vinalia Trippers recuperaron para muchos que no lo conocimos en su momento. Dogo se la ofrece en sentido homenaje a él, a Ángel Álvarez Caballero, no el crítico de flamenco de El País, sí al músico y poeta que murió a la edad de cristo y al que todos llamaban "El Ángel". Se permite recomendarnos que leamos Los planos de la demolición, el libro de poesía que el madrileño escribió hace más de 20 años y también un disco, el legendario Polvo de Ángel que grabó bajo el nombre de Ángel y los Volcánicos. En uno de sus poemas, "Paris Blues", Ángel Álvarez Caballero escribía aquello de "Pero Dogo y los Mercenarios están atronando... / ... y vuelvo a sentirme tan vacío". A mí, la canción, me llenó, a la mitad, como no podía ser de otra manera: otro medio tiempo que no lo es, como la poesía que dicen que no lo es pero lo es, como las canciones que son más que canciones.

Llega el clímax, uno de ellos, con la versión arrolladora y brumosa del "Sister Ray" de la Velvet Underground, cantada en castellano, con un Dogo inspirado y fascinado por la interpretación. Le suda la frente. Xabi agoniza las notas de su guitarra. Al Ruso, como ellos mismos llaman al baterista, un tío de muñecas hábiles y pegada incontrolada, se le va la mano, pero todos terminan la canción sosteniéndola en un vilo, reverberando. Piden cerveza. Dogo un chupito. Y otro pide "dos". Y el tercero dice "tres". Se brinda antes de seguir con "Largas noches" y viajar hasta 1987. Silvio vuelve a aparecer cuando cantan "Sureños", una canción que también ha aprovechado la gente de Grupo de Expertos Sol y Nieve. Una canción que incluye esas lecturas de ironía y genio que definen el arte que menos pretende serlo: "somos víctimas propicias de una antigua maldición / hemos de ganar el pan con el propio sudor / menos mal que aquí en Sevilla la vida tengo ganada / porque con tanto calor sudo aunque no haga nada." Y en un Bilbao lluvioso y oscuro, húmedo y frío, la banda suda aunque lo haga todo al abrigo del escenario. Ya no hay momento para el descanso, como si caminaran despacio por el dulce patíbulo de la euforia, encadenan "Mala reputación", el "Rock de Europa" de Moris y, finalmente, "Polígono Sur", mucho más oscura, densa, exigente y clarividente. Se marchan uno a uno, dejando un hueco repleto de expectación más que de ausencia.

No tardan en volver, porque, como dice Dogo, "es el paripé de siempre", y ya no lo es: "No hay rayas, no hay groupies". Pero el bis no es como lo suelen ser. Para empezar es largo e inesperado. Arrancan con una sorpresa de esas que se apuntan en la libreta: hibridan, el verbo lo elige él, a José Hierro, su poema "Vida", el del todo y la nada que dedicó a su nieta, con el "Rumble" de Link Wray. Dogo se sube los cuellos y lanza gritos fuera de micro. La canción se expande con una pujanza que salta sobre las fronteras de los idiomas y las culturas. No es la última sorpresa que tienen guardada para un bis sobresaliente. Acto seguido, y aunque se haga largo el preparativo, invitan a subir a José Salamander, de los The Salamanders, un grupo histórico dentro del garaje de León, como me chivarían luego que yo no lo sabía y pregunté. Tiene que compartir amplificador con uno de los guitarras y mientras lo preparan, Dogo enseña que tiene arte hasta para mandar: "José merece mayor grano en esa distorsión". Juntos cantan el "No Fun" de The Stooges y la electricidad se reparte como manteca fresca cuando hay hambre. Les veo a los dos desflemar con garra sobre el micro y me acuerdo de lo que Dogo contaba en la reciente entrevista que le hicieron en Jot Down. No viene a cuento, pero aprovecho para recomendarla y sigo, porque hay, hubo más.  Le reclama más atención para sus vacas, cuando José Salamander se baja del escenario, y, de seguido, Dogo pide comprensión porque duda de su fuelle para cantar "Alma y corazón", pero la canta con las dos. No se echa de menos el fuelle. Con la inercia y un esfuerzo natural, terminan a toda ostia con "Rock'n'roll caliente" que parece dibujarle el círculo al concierto. Nos pusimos bien, ahora estamos calientes, y todo ha sido cosa simplemente del rock and roll

A mi amigo Tato, con el que, por unos segundos, dejé de ser republicano, le recuerdo saliendo por la puerta del Corte Inglés. Montado en un sancheski robado, con el guardia jurado corriendo detrás de él. Aún le puedo ver, abriendo una zanja detrás de un centro comercial. Yo acababa de aparcar y él gritó mi nombre desde el otro lado de la acera. Un abrazo y cuéntame qué tal te va, a ver si quedamos para tomar algo, te veo muy delgado, aquí currando. Ya casi no le quedaban dientes. Seguía con su mohicana. Me pidió un cigarrillo y algo de dinero para el almuerzo. Cuando nos despedimos, mi novia me preguntó quién era. "Un amigo", le contesto, "un buen amigo". Y me giré pero se había metido dentro, y solo se veía la punta del pico subiendo y bajando. Saliendo y entrando. 

Como salimos y entramos, si nos dejan, de todas esas historias, noveladas, versificadas, vividas y revividas, que se nos cuentan o se nos cantan. Las de Dogo llevan años ahí. Se agradece que, después de tanto tiempo, y en la distancia que nos anteponen la geografía y las generaciones, aún sigan teniendo esa mordiente, esa profundidad para trascender el lenguaje que, al mismo tiempo, ennoblecen sin pretensiones: rock and roll caliente y a pie de calle, aunque llueva, aunque hiele, aunque pesen los tiempos verbales. 




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